Durante la Misa el sacerdote presta su voz a Cristo al repetir las santas palabras de la institución decía San Juan Pablo II[1]. Por eso la voz del sacerdote —si alta, si baja, si comprensible o no, si dichas con unción y claridad o no— tiene una gran importancia en la liturgia.
El derecho propio así lo expresa: “Los elementos visibles tienen gran importancia en la liturgia. La palabra debe tener su ritmo, ni rápida ni lenta, ni voz hiriente ni mortecina; debe ser dicha con expresión, sin teatralidad, con sinceridad, claridad, precisión, originalidad, unción… sin olvidar que, a través de ella, Dios se hace presente y patente”[2]. Tan importante resulta la voz del sacerdote que si pronunciadas las palabras del modo que acabamos de mencionar, “la Santa Misa”, sigue diciendo el Directorio, “habrá sido fructífera; en efecto, el ‘culto eucarístico madura y crece cuando las palabras de la plegaria eucarística, y especialmente las de la consagración, son pronunciadas con gran humildad y sencillez, de manera comprensible, correcta y digna, como corresponde a su santidad; cuando este acto esencial de la liturgia eucarística es realizado sin prisas; cuando nos compromete a un recogimiento tal y a una devoción tal, que los participantes advierten la grandeza del misterio que se realiza y lo manifiestan con su comportamiento’”[3].
En consonancia con esto la Instrucción General del Misal Romano prescribe que dada “la naturaleza de las partes ‘presidenciales’ [esto] exige que se pronuncien con voz clara y alta, y que todos las escuchen con atención. Por consiguiente, mientras el sacerdote las dice, no se tengan cantos ni oraciones y callen el órgano y otros instrumentos musicales”[4].
El P. Buela sabiendo que las palabras de la consagración al ser dichas in persona Christi son palabras divinas y reciben su poder del poder divino, por eso, a la vez que dice, por el poder divino hace, es decir son eficaces pues realizan lo que significan[5], daba grandísima importancia a la voz del sacerdote no solo para la predicación (temática que dejamos para otro escrito) sino por sobre todo a la hora de la pronunciación de las partes de la misa y en especial, de la consagración. Pues estaba convencido de que una auténtica celebración litúrgica expresa la sacralidad del Misterio eucarístico y se refleja (o debería reflejarse) en las palabras y las acciones del sacerdote celebrante mientras intercede ante Dios, tanto con los fieles como por ellos[6] pero evitando siempre no caer en la “afectación”[7] ya por la gravedad de las palabras, ya por la lentitud con que se pronuncian, etc.; es decir, no hay que caer en la teatralidad. Por eso, y en plena concordancia con lo que prescribe la Iglesia nuestro Fundador nos dejó consejos prácticos y concretos que todos los sacerdotes del Instituto podemos seguir. Por ejemplo:
- “Las palabras [que] deben pronunciarse: Han de pronunciarse con claridad, por ejemplo, en el canon”[8].
- “En la concelebración, los concelebrantes cuando les compete, todos a una, pronuncian en voz baja, para que pueda oírse al concelebrante principal”[9].
- “También hay partes que se dicen ‘en secreto’[10], no musitando, no cuchicheando, sino sin sonido alguno”[11].
- “Habitualmente, no digas en voz alta las oraciones del ‘ofertorio’. Si no hay canto para el ofertorio se pueden pronunciar en voz alta las plegarias del mismo”[12].
Recordamos aquí que:
- El prefacio lo canta o lo dice solo el celebrante principal; el Santo, en cambio, lo cantan o lo dicen todos los concelebrantes juntamente con el pueblo y los cantores[13].
- Y que “es un abuso hacer que algunas partes de la Plegaria Eucarística sean pronunciadas por el diácono, por un ministro laico, o bien por uno sólo o por todos los fieles juntos”.
Es bien sabido que la Plegaria Eucarística es “el centro y la cumbre de toda la celebración”[14] y que “por su naturaleza exige que sólo el sacerdote, en virtud de su ordenación, la profiera”[15]. Las siguientes son las partes de la Plegaria Eucarística que le corresponden solo al sacerdote principal:
- En la Plegaria Eucarística I las palabras que pronuncia solo el sacerdote principal son: Padre misericordioso; Acepta, Señor, en tu bondad; Por Cristo, Señor nuestro, por quien sigues creando[16].
- En la Plegaria Eucarística II solo el sacerdote principal dice: Santo eres en verdad, Señor[17].
- En la Plegaria Eucarística III solo el sacerdote principal dice: Santo eres en verdad, Padre[18].
- En la Plegaria Eucarística IVTe alabamos, Padre santo, porque eres grande hasta llevando a plenitud su obra en el mundo, son dichas sólo por el celebrante principal. La doxología final de la Plegaria Eucarística es pronunciada solamente por el sacerdote celebrante principal y, si se quiere, juntamente con los otros concelebrantes[19].
En el Directorio de Vida Litúrgica se lee: El sacerdote “gracias a la facultad concedida por el sacramento del Orden sacerdotal, realiza la consagración. Con la potestad que le viene del Cristo del Cenáculo, dice: ‘Esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros… Éste es el cáliz de mi sangre, que será derramada por vosotros’. El sacerdote pronuncia estas palabras o, más bien, pone su boca y su voz a disposición de Aquél que las pronunció en el Cenáculo y quiso que fueran repetidas de generación en generación por todos los que en la Iglesia participan ministerialmente de su sacerdocio’. Celebra ‘in Persona Christi’; ‘es decir, en la identificación específica, sacramental con el ‘sumo y eterno Sacerdote’, que es el autor y el sujeto principal de su propio sacrificio, en el que, en verdad, no puede ser sustituido por nadie”[20].
“Por eso siempre”, nos aconsejaba nuestro Fundador, “tenemos que esforzarnos por agradar a Dios con nuestras disposiciones interiores, ya que de nada vale alabarlo con los labios si nuestra mente y nuestras disposiciones interiores están lejos de Él […] Las disposiciones principales deben ser: ‘La sumision completa de la criatura al creador, la conformidad de nuestra voluntad con la de Dios, la identificación más completa con los sentimientos de Jesucristo’[21]”[22].
“Nunca te limites simplemente a decir Misa”[23].
[1] Carta a los sacerdotes con ocasión del Jueves Santo (23/3/2000).
[2] Directorio de Vida Litúrgica, 54; op. cit. cf. Sacrosanctum Concilium, 7.
[3] Directorio de Vida Litúrgica, 55; op. cit. Dominicae Cenae, 9.
[4] 32.
[5] Cf. Carlos Buela, IVE, Sacerdotes para siempre, Parte I, cap. 2, 124; op. cit. Santo Tomás de Aquino, Comentarios al Evangelio de San Mateo, 26, 3.
[6] Propositio 25 del Sínodo de los Obispos, citada en Sacramentum Caritatis, pie de pág. 116.
[7] Directorio de Vida Litúrgica, 51.
[8] Carlos Buela, IVE, Ars celebrandi, 25.
[9] Ibidem. “Las partes que dicen conjuntamente todos los concelebrantes y, especialmente, las palabras de la consagración, las cuales todos están obligados a pronunciar, deben decirse de tal modo que los concelebrantes las acompañen en voz baja y que la voz del celebrante principal se escuche claramente”, Instrucción General del Misal Romano, 218.
[10] La Instrucción General del Misal Romano núm. 33 prescribe así: “las oraciones que se proponen antes de la lectura del Evangelio, en la preparación de los dones, así como antes y después de la Comunión, se dicen en secreto”.
[11] Carlos Buela, IVE, Ars celebrandi, 26.
[12] Ibidem, 36.
[13] 216.
[14] Sacramentum Caritatis, 48; op. cit. Ordenación General del Misal Romano, 78.
[15] Instrucción General del Misal Romano, 147.
[16] Cf. Instrucción General del Misal Romano, 219; 221; 225.
[17] Cf. Instrucción General del Misal Romano, 226.
[18] Cf. Instrucción General del Misal Romano, 229.
[19] Cf. Instrucción General del Misal Romano, 232; 236.
[20] 49.
[21] Cf. Benedicto XIV, De Sacrosancto Missae Sacrificio, II 16,10-22.
[22] Carlos Buela, IVE, Nuestra Misa, cap. 3, 198.
[23] Carlos Buela, IVE, Ars celebrandi, 28.




