El IVE y la Cruz

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“El amor que no nace de la cruz de Cristo es débil”
Directorio de Espiritualidad, 137

El misterio de la Encarnación del Verbo que nos identifica se halla directamente relacionado con el misterio de la Cruz que en unos pocos días hemos de celebrar.

Cruz que, hoy como ayer, sigue siendo escándalo para los judíos, locura para los gentiles, mas poder y sabiduría de Dios para los llamados[1].

De aquí que la confesión de Cristo Crucificado traiga aparejada habitualmente –y casi diría como norma de vida cristiana–, la misma cruz.

“Lo que escandaliza de la Iglesia” –decía el Santo Padre– “es el misterio de la encarnación del Verbo. […] Este es el centro de la persecución […] (cuando afirmamos que) el Hijo de Dios vino y se hizo carne, cuando predicamos el escándalo de la cruz, vendrán las persecuciones, vendrá la cruz”[2].

Y sin embargo, la tarea fundamental de la Iglesia en todas las épocas –y yo diría que de modo especial en la nuestra– es siempre la de conducir a las almas al encuentro con Cristo Crucificado, a través de la cruz y de la muerte que lleva a la resurrección. Porque es precisamente en la cruz donde se une el alma con Dios.

De hecho, para esa unión con Dios hemos sido creados, y esa unión se realiza mediante la Cruz y en la Cruz es consumada y santificada. Es una unión que va marcada por toda la eternidad con el sello de la Cruz[3].

Por este motivo, no sólo todos nuestros esfuerzos de evangelización deben partir y deben conducir al misterio de la cruz -a Jesucristo crucificado- sino que además nosotros mismos debemos adentrarnos en el insondable misterio de la cruz en nuestras vidas si es que en verdad hemos de ser “memoria viviente del modo de existir y de actuar de Jesús, el Verbo hecho carne[4][5].

Pero además nosotros como Instituto tenemos que estar dispuestos a abrazar la cruz a fin de “revivir y testimoniar el único misterio de Cristo[6], sobre todo en los aspectos de su anonadamiento y de su transfiguración”[7] como lo expresa nuestro derecho propio.

Esto es lo que queremos hacer y lo que de hecho hacen todos nuestros misioneros, testimoniando que “a Jesús se le ama y se le sirve en la Cruz y crucificados con Él, no de otro modo”[8].

1. La Cruz en nuestra vida

“Conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”, dice el Ritual del Orden Sagrado, y todos los que hemos sido ordenados recordamos que una vez esas palabras nos fueron dirigidas de manera puntual.

Y así, de acuerdo a la invitación que un día nos hizo Cristo: el que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz y sígame[9], nuestra vocación no es otra que el morir cada día[10] “para clavar en el corazón al que por nosotros fue clavado en la cruz”[11]. Lo cual implica un “determinarse a sujetarse a llevar esta cruz, que es un determinarse de veras a querer hallar y llevar trabajo en todas las cosas por Dios […] para andar este camino así, desnudo de todo sin querer nada”[12].

Por este motivo ya desde el noviciado se nos aconseja el “vivir profundamente unidos a Cristo en su pasión, a fin de devolver amor por amor, pagando con obras”[13]. Y luego en el seminario se nos inculca aún más “el sentido de la cruz”[14] y se nos enseña a practicar “la donación radical de nosotros mismos, propia del sacerdote”[15] a fin de que, “participando misteriosamente de la cruz de Cristo colaboremos en la edificación de su cuerpo”[16]. Todos recordarán los duraderos frutos que nos ha producido la hermosa costumbre de hacer aquello que nos enseñaron en el Seminario y que llamamos “El libro de la Pasión”: es un modo concreto de ir aprendiendo la “ciencia de la cruz”.  

San Juan de la Cruz en una de las páginas más sublimes de la literatura cristiana explica: “¡Oh, quién pudiera aquí ahora dar a entender y a ejercitar y gustar qué cosa sea este consejo que nos da aquí nuestro Salvador de negarnos a nosotros mismos, para que vieran los espirituales cuán diferente es el modo que en este camino deben llevar del que muchos de ellos piensan! Que entienden que basta cualquiera manera de retiramiento y reformación en las cosas; y otros se contentan con alguna manera de ejercitarse en las virtudes y continuar la oración y seguir la mortificación, mas no llegan a la desnudez y pobreza, o enajenación o pureza espiritual, que todo es uno, que aquí nos aconseja el Señor; porque todavía antes andan a cebar y vestir su naturaleza de consolaciones y sentimientos espirituales que a desnudarla y negarla en eso y esotro por Dios, que piensan que basta negarla en lo del mundo, y no aniquilarla y purificarla en la propiedad espiritual. De donde les nace que en ofreciéndoseles algo de esto sólido y perfecto, que es la aniquilación de toda suavidad en Dios, en sequedad, en sinsabor, en trabajo (lo cual es cruz pura espiritual y desnudez de espíritu pobre de Cristo) huyen de ello como de la muerte, y sólo andan a buscar dulzuras y comunicaciones sabrosas en Dios. Y esto no es la negación de sí mismo y desnudez de espíritu, sino golosina de espíritu. En lo cual, espiritualmente, se hacen enemigos de la cruz de Cristo; porque el verdadero espíritu antes busca lo desabrido en Dios que lo sabroso, y más se inclina al padecer que al consuelo, y más a carecer de todo bien por Dios que a poseerle, y a las sequedades y aflicciones que a las dulces comunicaciones, sabiendo que esto es seguir a Cristo y negarse a sí mismo, y esotro, por ventura, buscarse a sí mismo en Dios, lo cual es harto contrario al amor. Porque buscarse a sí en Dios es buscar los regalos y recreaciones de Dios; mas buscar a Dios en sí es no sólo querer carecer de esto y de esotro por Dios, sino inclinarse a escoger por Cristo todo lo más desabrido, ahora de Dios, ahora del mundo; y esto es amor de Dios[17].

Dios ha creado nuestras almas para Sí. Y quiere unirlas a Sí y comunicarles la inconmensurable plenitud y la incomprensible felicidad de su propia vida divina ya en esta vida[18]. Esa es la meta hacia la que avanzamos y debemos persuadirnos de que “la cruz es el báculo para poder arribar”[19].  Pero lo cierto es que muchas almas se quedan en el camino, o huyen espantadas.

No debe suceder así con los miembros del Instituto. Porque la Cruz es parte esencial de la vida cristiana y pertenece “de modo particular a la esencia de la vocación religiosa”[20]. Nosotros debemos tener bien en claro que el nuestro es un llamado a crucificar al hombre viejo, no es un llamado a pasarla bien. Por eso mucho conviene el “disponerse a morir”[21], a pasar por la segunda y la tercera conversión[22] y el aplicar la voluntad a “amar la cruz viva de los trabajos, humillaciones, afrentas, tormentos, dolores, persecuciones, incomprensiones, contrariedades, oprobios, menosprecios, vituperios, calumnias, muerte…”[23]; y esto, “no con ánimo aniñado, mas con voluntad robusta”[24].

Y que de hecho nuestras vidas estén signadas con la Cruz, “es el mayor regalo que Dios puede hacernos en este mundo”[25]. Porque esa es la manera en que ocurre “el aniquilamiento progresivo de la naturaleza para dar más cabida a la luz de arriba y a la vida divina”[26] y el modo en que nos hacemos como “otra Encarnación del Verbo”[27], “otros Cristos”[28]. Sepan también que generalmente a los que tienen sujeto y más fuerza para sufrir, con más intensidad y más presteza los purga Dios[29].

Por eso no hay que retroceder ante la cruz, ni tener miedo, ni evitarla, antes bien, lo propio nuestro es avanzar con ánimo valeroso, sin quejas, sin mezquindades y sin buscar consuelos ni recompensas. Y cuanto con mayor disposición nos extendamos sobre la Cruz y nos dejemos clavar en ella, tanto más profundamente experimentaremos la realidad de estar unidos con el Crucificado. “Tomar la cruz que Dios nos envía –dice el Venerable Arzobispo Fulton Sheen– como Él tomó la que le fue dada, aún cuando no la merezcamos, es el camino más corto a la identificación con la voluntad de Dios, lo cual será el principio del poder y de la paz: poder, porque nos haremos uno con Quien puede hacer todas las cosas; paz: porque estaremos tranquilos en el amor de Quien es justo”[30].

A doña Juana de Pedraza –una mujer que San Juan de la Cruz dirigía espiritualmente y que quizás estaba tentada de no avanzar por el sendero estrecho de la cruz-, el Místico Doctor le escribió: “Nunca estuvo mejor que ahora, porque nunca estuvo tan humilde ni tan sujeta, ni teniéndose en tan poco, y a todas las cosas del mundo; ni servía a Dios tan pura y desinteresadamente como ahora, ni se va tras las imperfecciones de su voluntad y enterez, como quizás solía. ¿Qué quiere? ¿Qué vida o modo de proceder se pinta ella en esta vida? ¿Qué piensa que es servir a Dios, sino no hacer males, guardando sus mandamientos, y andar en sus cosas como pudiéramos? Como esto haya, ¿que necesidad hay de otras aprehensiones ni otras luces ni jugos de acá o de allá, en que ordinariamente nunca faltan tropiezos y peligros al alma […]? ¿Qué hay que acertar sino ir por el camino llano de la ley de Dios y de la Iglesia, y sólo vivir en fe oscura y verdadera, y esperanza cierta y caridad entera, y esperar allá nuestros bienes, viviendo acá como peregrinos, pobres, desterrados, huérfanos, secos, sin camino y sin nada, esperándolo allá todo? Alégrese y fíese de Dios […] Y no quiera nada sino ese modo, y allane el alma que buena está”[31].

Bien nos hace notar el derecho propio que si “según el plan de la Santísima Trinidad era preciso que Jesucristo padeciese para salvar a todos los hombres, es decir, que si en la actual economía salvífica fue necesaria la Pasión de Cristo, también será necesario nuestro padecer. Y que si hubiese otro camino para ir al Cielo, Jesucristo lo hubiese seguido y, es más, lo hubiese enseñado. ¡Pero no fue así! Cristo fue por el camino regio de la santa Cruz y nos enseñó a ir por él”[32]. Por tanto, la Cruz no es otra cosa que el camino al cielo y es más, es “el camino más corto y más seguro”[33]. Así que, “¡nada de ilusiones! si Cristo tuvo que entrar en el cielo por medio de la cruz, por ella tendremos que entrar cuantos lo sigamos”[34].

De nosotros se pide el “ser especialistas en la sabiduría de la cruz, en el amor a la cruz y en la alegría de la cruz”[35] e incluso el “desear vehementemente la cruz”[36] y “pedir en la oración: la gracia… de padecer por Cristo[37]. Ahora bien, “una ciencia de la cruz sólo puede lograrse cuando uno llega a experimentar del todo la cruz”[38]. ¿Acaso esa cruz no se concreta en el sufrimiento, la fatiga y las penalidades de cada día, así como en la humillación del fracaso, las marginaciones y las dificultades de la vida diaria? ¿Cómo es entonces que nos quejamos? Hasta puede haber algunos que pretendan que el ‘mundo se detenga’ para venir a atender sus necesidades olvidándose “que todo es aldabas y golpes en el alma para más amar”[39] y que “quien no busca la cruz de Cristo, no busca la gloria de Cristo”[40]. Por tanto, hay que saber aprovecharse de ellas y perseverar firmes en la vocación recibida de manos de Aquel que por medio del apóstol nos dijo: a vosotros, gracia y paz abundantes[41] y seguir siempre adelante “en suma esperanza del Dios incomprehensible”[42].

¿Cuál debe ser entonces nuestra actitud frente a la cruz? Ya algo hemos dicho: debe ser valerosa, de gallardía, porque esa es la actitud sacerdotal propia del “tercer binario” como meditamos cada año en los Ejercicios Espirituales. Lo cual exige “un acto de fe integral y de entrega total [a Cristo], con una decisión formal de no pactar, no transigir, no capitular, no negociar, no conceder, ni hacer componendas con el espíritu del mundo”[43]

Pero también hay que darse cuenta de que en las pruebas más interiores –en las purificaciones pasivas–sucede a veces lo que decía San Pedro Julián: “Dios se complace en multiplicar las dificultades, detiene y clava en la impotencia. Bien se quisiera, pero no se puede”[44]. Entonces, no hay más que hacer lo que sapiencialmente aconseja el Místico Doctor de Fontiveros:

  • Paciencia y conformidad: “procure siempre llevar esas cruces con paciencia y conformidad con la voluntad de Dios, y no llevarlas de manera que, en lugar de aprovecharle Dios en la probación, le venga a reprobar por no haber querido llevar la cruz de Cristo con paciencia”[45]. Y esto hacerlo con gran desnudez de espíritu y tan sin arrimo de las criaturas que todo el infierno no baste para turbarnos[46].
  • En silencio: “Porque es imposible ir aprovechando sino haciendo y padeciendo virtuosamente, todo envuelto en silencio[47]. Asimismo, dice el Maestro de la fe: “cuando se le ofreciere algún sinsabor y disgusto, acuérdese de Cristo crucificado, y calle. Viva en fe y esperanza, aunque sea a oscuras, que en esas tinieblas ampara Dios al alma. Arroje el cuidado suyo en Dios, que él le tiene; ni la olvidará. No piense que la deja sola, que sería hacerle agravio”[48]. “Quien se queja o murmura ni es perfecto ni aún buen cristiano”[49].
  • Con tranquilidad: Es decir, “saberse aquietar”[50]. “Porque claro está que siempre es vano el conturbarse, pues nunca sirve para provecho alguno. Y así, aunque todo se acabe y se hunda y todas las cosas sucedan al revés y adversas, vano es el turbarse, pues por eso [las almas] antes se dañan más que se remedian. Y llevarlo todo con igualdad tranquila y pacífica […] Donde se da a entender que en todos los casos, por adversos que sean, antes nos habemos de alegrar que turbar”[51]. Por tanto, “nunca por bueno ni malo dejar de quietar el corazón con entrañas de amor”[52].
  • Con alegría: “Alégrese ordinariamente en Dios, que es su salud[53] y mire que es bueno el padecer en cualquiera manera por el que es bueno”[54]. Sabiendo que los padecimientos del tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria venidera que ha de manifestarse en nosotros[55].
  • Considerando la brevedad de la pena: Ya que “todo es breve, que todo es hasta alzar el cuchillo y luego se queda Isaac vivo, con promesa del hijo multiplicado”[56].
  • Perseverando en la oración: puesto que “como no falte oración, Dios tendrá cuidado de su hacienda, pues no es de otro dueño, ni lo ha de ser”[57].
  • Con fidelidad a su consagración: “En ninguna manera quiera saber cosa, sino sólo cómo servirá más a Dios y guardará mejor las cosas de su instituto”[58].

Pues así va el alma aprendiendo la ciencia de la cruz que es ciencia de amor[59], porque “el amor que no nace de la cruz de Cristo es débil”[60]. No se trata aquí de amar la cruz poéticamente, sólo de palabra o con deseos efímeros. Lo nuestro es ser capaces de sacrificios grandes y hasta heroicos, como lo requiere nuestra vocación de religiosos del Verbo Encarnado. ¿No es eso acaso lo que nos recuerda la frase que ponemos al pie de los crucifijos en nuestras casas “Así se ama”? San Juan Pablo II decía: “la cruz ‘es la inclinación más profunda de la Divinidad hacia el hombre (…). La cruz es como un toque del amor eterno a nuestras vidas’”[61].

Por tanto, sepamos cargar nuestra cruz tras las huellas de Cristo pobre en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento[62]. Tesoros a los que el alma no tiene acceso “si no es entrando en la espesura del padecer de muchas maneras, poniendo en eso el alma su consolación y deseo. […] Porque para entrar en estas riquezas de su sabiduría, la puerta es la cruz, que es angosta”[63].

Y parafraseando a San Luis María digamos: “Los demonios se conjuran para arrastrarnos a la perdición: ¡unámonos para derrotarlos! Los avaros se juntan para negociar y amontonar oro y plata: ¡unamos nuestros esfuerzos para conquistar los tesoros de la eternidad, ocultos en la Cruz! Los libertinos se asocian para divertirse: ¡unámonos para caminar en pos de Jesús crucificado!”[64]. Y esto nos lleva al segundo punto de esta carta.

2. Revivir y testimoniar la vida del Verbo Encarnado

Porque si cada uno de nosotros está llamado –y de hecho a eso nos hemos comprometido solemnemente bajo voto– a ser “memoria viviente del modo de existir y de actuar de Jesús, el Verbo hecho carne[65], ante el Padre y ante los hombres”[66] es natural que el Instituto mismo como un todo reviva a lo largo de su historia la vida del Verbo Encarnado, quien en su sabiduría infinita eligió “el anonadamiento de Nazaret y del Calvario”[67], y por tanto la cruz.

Por tanto, también nuestro Instituto ya en su misión, ya en su misma historia, lleva la impronta de la cruz. Nuestro mismo derecho propio a lo largo y ancho de cada uno de sus documentos lleva impreso el signo de la cruz y esto se vuelve determinante en relación con nuestro puesto en la Iglesia.

En efecto, el carisma mismo del Instituto claramente expresa que la cruz de Cristo y el crucificarse con Él, no es un elemento adjunto al carisma, sino que es parte integral y esencial del carisma mismo: “Por el carisma propio del Instituto, todos sus miembros deben trabajar, en suma docilidad al Espíritu Santo y dentro de la impronta de María, a fin de enseñorear para Jesucristo todo lo auténticamente humano, aun en las situaciones más difíciles y en las condiciones más adversas[68]. Lo cual se concretiza llevando la gracia de la Redención a las familias, al ámbito de la educación, de los medios de comunicación, a los hombres de pensamiento y a toda otra legítima manifestación de la vida del hombre[69].

Así entonces, nuestra espiritualidad, la materia de nuestra predicación, la fuente y el punto de convergencia de todo nuestro empeño apostólico y “la cátedra suprema de la verdad de Dios y del hombre”[70] se halla en la cruz. Pero más aún: también nuestro modo de vivir la vida fraterna en común y nuestro modo de hacer apostolado quedan configurados por la imitación del anonadamiento de Cristo informado por su amor redentor: en el servicio humilde y la entrega generosa, en la donación gratuita de sí mismo mediante un amor hasta el extremo[71].   

Y esto es así porque como Instituto estamos llamados “a revivir y testimoniar el único misterio de Cristo[72], sobre todo en los aspectos de su anonadamiento y de su transfiguración”[73]. Testimonio del que no se puede disociar el escándalo de la cruz. Porque “la ley de la Encarnación es ley de padecimiento”[74] y eso no se nos debe olvidar.

Si Cristo mismo durante su vida terrena “puso radicalmente en crisis la imagen mesiánica, consolidada en una parte del pueblo judío, que esperaba un liberador más bien político, que les traería la autonomía nacional y el bienestar material”[75] no es de sorprenderse que nuestro Instituto que decididamente se declara en “rechazo pleno y total del mundo malo”[76]; que está determinado a mantenerse independiente frente a las máximas, burlas y persecuciones del mundo[77] y que tiene como timbre de honor el confesar “la distinción de las Personas, la unidad de su naturaleza y la igualdad en la majestad”[78] halle oposición, rechazo, o padezca la confabulación constante de sus enemigos que, como en otros tiempos, hoy también buscan al Verbo Encarnado para matarle[79].

No en vano decía el Santo Padre: “‘El problema que escandalizaba a esta gente [los escribas y ancianos de Jerusalén] era aquello que los demonios gritaban a Jesús: Tú eres el Hijo de Dios, tú eres el santo. Esto, esto es el centro’. Lo que escandaliza de Jesús es su naturaleza de Dios encarnado. Y como a Él, también a nosotros ‘nos tienden trampas en la vida’; lo que escandaliza de la Iglesia es el misterio de la encarnación del Verbo. También ahora oímos decir a menudo: ‘Pero vosotros cristianos, sed un poco más normales, como las otras personas, sensatas, no seáis tan rígidos’. Detrás, en realidad, está la petición de no anunciar que ‘Dios se hizo hombre’, porque ‘la encarnación del Verbo es el escándalo’”[80].

Ya Tertuliano comparaba el escándalo de la encarnación con el de la cruz dado que sólo porque tuvo lugar la primera existió la segunda. Entonces dice: “¿Qué cosa hay más indigna de Dios o de qué cosa se debe avergonzar más?, ¿de nacer o de morir?, ¿de llevar la carne o de llevar la cruz?, ¿de ser circuncidado o de ser crucificado?, ¿de ser depositado en una cuna o de ser puesto en un sepulcro? (…) No quitéis la única esperanza del mundo entero. ¿Por qué eliminar la necesaria vergüenza de la fe? Lo que es indigno de Dios, a mí me conviene (…). Fue crucificado el Hijo de Dios: no me avergüenzo porque hay que avergonzarse. Murió el Hijo de Dios: es creíble, porque es increíble (…). Pero cómo serán verdaderas esas cosas en Cristo, si Cristo mismo no fue verdadero, si no tuvo verdaderamente en sí mismo lo que podía ser colgado de la cruz, muerto, sepultado y resucitado (…). Así la realidad de su doble sustancia nos lo mostró hombre y Dios, nacido y no nacido, carnal y espiritual, débil y fortísimo, moribundo y viviente (…). ¿Por qué cortas por la mitad a Cristo con la mentira? Todo entero fue verdad”[81].

Y así, como a lo largo de la historia hubo muchos que se escandalizaron de la Encarnación del Verbo y de su cruz: Lutero, Hegel, teólogos progresistas, y todos aquellos que “interpretan la Sagrada Escritura fuera de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia”[82]; también a lo largo de nuestra historia como Instituto hubo, hay y habrá quienes comportándose como enemigos de la cruz[83]se escandalizan de que prediquemos y que vivamos de acuerdo a la sublime verdad de que el Verbo se hizo carne[84].

Entonces si predicamos Ejercicios Espirituales donde el alma pide: “Quiero y elijo más pobreza con Cristo pobre que riqueza, oprobios con Cristo lleno de ellos que honores, y deseo más ser estimado por vano y loco por Cristo que primero fue tenido por tal, que por sabio ni prudente en este mundo”[85], y cada vez más son los jóvenes que ingresan a la vida religiosa, nos dicen que les ‘lavamos el cerebro’, olvidándose que es Dios quien “siembra a manos llenas por la gracia los gérmenes de vocación”[86] y de que el mismo Cristo dijo: cuando sea elevado en lo alto atraeré a todos hacia Mí[87]. Lo que atrae no es el sometimiento a la muerte sino la entrega del corazón por amor a Dios.

Y si nuestro estilo sacerdotal es el de aquellos “que por poseerse pueden darse” [88] y sentimos como propio el llamado a predicar el Evangelio en todo el mundo[89] estando siempre disponibles para la misión y para llevar la gracia de los sacramentos a las almas, entonces no faltan quienes apacentándose a sí mismos[90] buscan de obstaculizar nuestro trabajo.

Y si decimos que “como todo Instituto de vida consagrada queremos dedicarnos totalmente a la edificación de la Iglesia y a la salvación del mundo”[91] pero “no insistimos en las misiones por cuenta propia sino que es el Espíritu Santo quien nos impulsa a anunciar las grandes obras de Dios”[92] porque es “quien guía a la Iglesia, quien la conduce por los caminos de la misión y quien hace misionera a toda la Iglesia”[93] y por eso sentimos con la Iglesia y actuamos siempre con ella[94]: aún así, se nos ha acusado de “internacionalismo forzado” y de tantas otras cosas. Sin embargo, es la Iglesia misma quien a través de sus Pastores nos ha confiado la misión, hoy por hoy, en 91 diócesis en todo el mundo. Y los pedidos de fundación siguen llegando, aún con todas las detracciones que el Instituto sufre.

Y si en nuestro Instituto el Santo Sacrificio de la Misa –donde Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, perpetúa el sacrificio de la cruz y ella misma es “la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia”[95], es celebrada “con unción y sin afectación”[96] siendo conscientes de que “la acción litúrgica es ‘sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia’”[97], entonces nos desestiman como ‘preconciliares’. Hay gente stulta que todavía piensa que lo somos. 

Y si en nuestras comunidades se vive en alegría y caridad fraterna “haciendo vida en común, bajo la dependencia del superior”[98] aún cuando a veces sean pocos miembros, ellos con una visión sombría y pesimista de la vida consagrada (que ellos mismos no consiguen vivir) dicen: “no hagan poesía de la fraternidad” y desalientan todo intento que contribuya a fortalecer a los religiosos “en lo referente a la fidelidad comunitaria y personal según las propias Constituciones”[99] y estiman como desatino el que el superior se esfuerce en “fomentar por todos los medios a su alcance la fidelidad de los religiosos al carisma del Fundador”[100].

Ni hablar del hecho que tenemos por gran gracia el seguir las enseñanzas de Santo Tomás de Aquino –según el lugar privilegiado que les otorgan los Papas, el Concilio Vaticano II y el mismo Código de Derecho Canónico[101]– y que esa es la enseñanza que recibimos e impartimos como lo requiere la augusta tarea de la evangelización y lo manda la Iglesia[102]. Por esto nos dicen que seamos un poco más “normales”, como las otras personas, sensatos, no tan rígidos. Queriendo con ello decir que no trabajemos para que la vida pública y social de los pueblos se subordine a Dios como a su fin último, sino que adaptemos el cristianismo a la civilización moderna, que diluyamos la fe en lo racional, que convirtamos lo sacro en profano, que transformemos la teología en antropología, que disolvamos lo eterno en la historia, que trabajemos no por la cristianización del mundo sino por la mundanización del cristianismo, no por evangelizar la cultura sino por abrazarnos a ella así como tal, ‘sin filtro’; no que formemos hombres cabales, heroicos, de convicciones firmes, sino ‘abiertos de mente’; no que formemos hombres de “una sólida mentalidad de fe”[103] que les capacite “para ser servidores del Evangelio y maestros del pueblo de Dios”[104] sino simples comentadores en quienes reine la confusión de la teología y la filosofía o la sociología o la psicología y que “ignorando la tradición viviente de la Iglesia… interpreten a su modo la doctrina de la Iglesia, incluso el mismo Evangelio, las realidades espirituales, la divinidad de Cristo, su Resurrección, o la Eucaristía, vaciándolas prácticamente de su contenido y creando de esa manera nuevas gnosis”[105].

Pues estos tales olvidan que lo nuestro es la “búsqueda, investigación, proclamación y celebración de la verdad, porque seguimos al Verbo que dice: Yo soy la Verdad[106], por ser ese mismo ‘el fin último del universo… la verdad’[107] y porque para eso se encarnó Jesucristo: Yo para eso he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad[108][109]. Nuestra vocación como miembros del Instituto del Verbo Encarnado “supone una identidad cristiana firme”[110] y, repito, “un acto de fe integral y de entrega total [a Cristo], con una decisión formal de no pactar, no transigir, no capitular, no negociar, no conceder, ni hacer componendas con el espíritu del mundo”[111]. Y en esa actitud queremos vivir permanentemente[112] aunque de ello se siga la cruz.

Es más, análogamente al modo en que Cristo se hizo hombre sin dejar de ser Dios, nuestro Instituto está en el mundo[113] “sin ser del mundo”[114] y trabaja en el mundo para convertirlo, no para mimetizarse con él. De hecho, en la actualidad nuestro Instituto está presente en más de 40 países de culturas muy diversas y en cada uno de ellos nuestros misioneros trabajan no para mimetizarse con ellas, sino para, asumiendo todo lo que en ellas es bueno y por tanto asumible, sanarlas y elevarlas con la fuerza del Evangelio, haciendo, análogamente, lo que hizo Cristo: “Suprimió lo diabólico, asumió lo humano y le comunicó lo divino”[115].

Y al igual que el Verbo Encarnado que se hizo semejante a nosotros en todo excepto en el pecado[116], son inasumibles para nosotros el pecado, el error, y todos sus derivados. Porque dos fidelidades son inconciliables, como nos lo enseñó el mismo Cristo: no se puede servir a dos señores[117].

¿Como podríamos decir que queremos configurarnos con Cristo[118] y que el Instituto como un todo está llamado a revivir y testimoniar el misterio de Cristo, donde no hay “nada de mentira, falsedad, inseguridad, velación o hipocresía”[119] sino que por el contrario todo “es transparencia, autenticidad, sinceridad, coherencia, verdad”[120] y caer en esos falsos dualismos y en esas dialécticas destructoras que buscan dividir, separar, y oponer la gracia a la naturaleza, la fe a la razón, la Iglesia al mundo, realidades que no deben oponerse destructivamente, sino unirse ordenadamente[121]?

Sí, es cierto: el Hijo de Dios vino y se hizo carne, y cuando es eso lo que predicamos, vienen las persecuciones, viene la cruz, como decía el Santo Padre[122]. Mas nosotros “no tenemos vergüenza de vivir con el escándalo de la cruz”[123]. Antes bien procuramos presentarnos ante Dios como hombres probados, como obreros que no tienen por qué avergonzarse, como fieles distribuidores de la Palabra de la verdad[124]. Y ese “es el centro de la persecución”[125]. Porque está claro que todo espíritu que no confiesa a Jesús (venido en carne), ese no es de Dios[126].

Hoy, como ayer, al Verbo Encarnado clavado en la cruz el mundo sigue gritándole: baja de la cruz y creeremos en Ti[127]. Deja la oración por la acción, los Ejercicios Espirituales por las ‘puestas en común’. Deja la mística y la ascética por la ‘denuncia profética’ y el ‘cambio de estructuras’, la espiritualidad recia de la cruz por la liberación de la pascua, hablen de justicia sólo en referencia a los pecados sociales, pero cuando se trate de los pecados personales entonces enfaticen la misericordia, no prediquen la realidad de los novísimos porque eso no entusiasma, hablen del Credo pero no de la disciplina… y así podríamos continuar con una larga enumeración de aberraciones con las que toma forma hoy en día el grito que lanzaban aquellos al Crucificado escandalizados de que el Mesías muriera en una cruz. Mas de estos hablaba el profeta cuando dijo: Confundidos quedarán y avergonzados todos los que contra Ti se irritan, serán como la nada y perecerán los que te hacen guerra[128].

Por tanto, hoy como ayer, los enemigos del Verbo Encarnado siguen siendo de tres clases:

  • Algunos son como los sacerdotes que junto a los escribas y ancianos decían: que baje de la cruz y creeremos en Él[129]. Son los que quieren catequesis pero no mortificación, son los que están dispuestos a aceptar cualquier cosa: la Eucaristía, las llaves de Pedro, incluso la Divinidad del Verbo, pero no la cruz[130]. Son los que asienten –al menos nominalmente– a las enseñanzas del Monte de las Bienaventuranzas, pero no a las del Gólgota. Entonces se llenan la boca hablando de las enseñanzas de Cristo pero siempre sin cruz: nada de abnegación, ni mención de pecado ni de culpa, nada de muerte al hombre viejo, todo sin límites, de lo contrario, es represión.
  • Otros son como los soldados que luego que se sortearon sus vestiduras y se las repartieron se sentaron allí para mirar[131]: son los espectadores que no se quieren involucrar, son los que de alguna manera creen en Dios pero sin pasión, creen en Dios como en una idea, no como Persona, son los que están implicados con el mundo pero no con la redención. Como los escribas con quienes consultó Herodes el Grande para saber dónde nacería Cristo, ellos sabían, pero no fueron[132].
  • Y otros son como aquellos que al pie de la cruz demandaban la crucifixión porque este había dicho Yo soy Hijo de Dios[133]. Son los que ridiculizan su sacrificio o son lo suficientemente indiferentes como para jugar a los dados a la sombra de la cruz. Son los que no se adhieren con todas sus fuerzas al bien y a la verdad, no luchan contra el mal y la mentira y terminan trabajando para esto último. Son los que cierran los ojos a la realidad, los que se tapan los oídos para no oír, los que no quieren pensar para no entender y señalan como ‘exagerados’, como ‘faltos de prudencia’, como de ‘extrema derecha’ a quienes defienden la pureza de la fe[134].

Y bajo similares pretextos ¡cuántas veces a lo largo de la historia del Instituto han procedido con nosotros como con el Crucificado! y ellos mismos terminaron marchándose como aquellos profetas de los que habla la Escritura que profetizaban mentiras, y presentaban como vaticinios las imposturas de su corazón[135]. Pues acerca de ellos reza el salmo: Mis enemigos todos quedarán sonrojados y llenos de vergüenza, huirán súbitamente confundidos[136].

Sin embargo, nuestro Instituto está persuadido de que hoy como siempre, nuestra misión en la Iglesia es la de proclamar ante el mundo que el Verbo se hizo carne y la de anunciar a los cuatro vientos el poder redentor de la cruz en toda su extensión y profundidad, sin recortarla, sin rebajarla, sin vaciarla, sin evitar las consecuencias que ello nos traiga. ¡Lejos de nosotros el avergonzarnos del Dios encarnado que murió por nosotros en la cruz!

Porque lo que “la Iglesia y la gente espera de nuestro Instituto y de cada uno de sus miembros es un ferviente culto a la verdad. Y que aun a costa de renuncias y sacrificios, busque siempre la verdad que debe transmitir a los demás, sin venderla, sin disimularla jamás por el deseo de agradar a los hombres, de causar asombro, ni por deseo de aparentar. En nuestro Instituto no se rechaza nunca la verdad. No se obscurece la verdad revelada por pereza de buscarla, por comodidad, por miedo. No se deja de estudiarla. Antes bien, se la sirve generosamente sin avasallarla”[137].

Porque sólo el Verbo Encarnado puede salvar al hombre y a los pueblos. Ya que Él es el único que tiene palabras de vida eterna[138].

Porque “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado… (Él) manifiesta plenamente el hombre al propio hombre”[139].

“Porque la roca es Cristo y nadie puede poner otro fundamento[140].

Porque las desviaciones modernas que reducen todo el misterio de la Encarnación y de la Redención a una sombra vana y sin cuerpo son invención verdaderamente sacrílega[141] .

Porque el mismo Cristo que dijo el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará[142] es el mismo que dijo si alguien se avergüenza de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con sus santos ángeles[143]. De lo cual se sigue que tendríamos por gran gracia el “martirio por lealtad a Dios”[144].

Ese es el espíritu que nos anima, esa es la fe que profesamos y si degenera en otro, comprometemos nuestra súplica para que el Señor borre nuestra congregación de la faz de la Iglesia[145].

 

* * * * *

Queridos todos:

A la luz del Verbo Encarnado que entregó su vida en la cruz por nuestra redención no podemos menos que entregar nuestra vida a “amar y servir, y hacer amar y hacer servir a Jesucristo: a su Cuerpo y a su Espíritu. Tanto al Cuerpo físico de Cristo en la Eucaristía, cuanto al Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia”[146]. Pues que para eso nos pensó Dios: para revelar al Hijo de Dios venido en carne, que por nosotros murió y resucito, e impregnar las culturas con la plenitud de su Evangelio “aún en las situaciones más difíciles y en las condiciones más adversas”[147]. Ese es nuestro programa. Ese es nuestro camino: el de la Cruz, que es el mismo que el Verbo Encarnado eligió para Sí. Y es allí, en el misterio del Verbo Encarnado clavado en la cruz en donde reside el secreto de toda fecundidad espiritual.

Sigamos siempre adelante con la fe y la confianza fijas en Aquel que dijo: A todo aquel que me confiese delante de los hombres, Yo también lo confesaré delante de mi Padre celestial[148]; sí, en el mundo tendréis tribulaciones, mas no temáis: Yo he vencido al mundo[149] yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo[150].

Que la Santísima Virgen nos conceda la gracia de “la santa familiaridad con el Verbo hecho carne”[151], de adherirnos plenamente al Verbo, de vivir para Él, de ser gobernados por Él, de comprender de Él lo que debemos dar a luz para Él y de vivir abrazados a su cruz. Que hoy y siempre seamos predicadores incansables[152] del Evangelio que salva[153], que para eso nos ha congregado el Señor en este Instituto.

 

[1] 1 Cor 1, 23-24.

[2] Francisco, Misas Matutinas en la Capilla del Domus Sanctae Marthae (01/06/2013).

[3] Cf. Santa Edith Stein, La ciencia de la cruz, Parte II, cap. 3.

[4] Cf. Jn 1, 14.

[5] Constituciones, 254; 257.

[6] Cf. Vita Consecrata, 93.

[7] Directorio de Vida Consagrada, 3.

[8] San Luis Orione, Cartas de Don Orione, carta del 24/06/1937, Ed. Pío XII, Mar del Plata 1952, 89.

[9] Mt 16, 24.

[10] Cf. 1 Cor 15, 31.

[11] Directorio de Espiritualidad, 135; op. cit. Cf. San Agustín, De Sancta Virginitate, nnº 54-55.

[12] Cf. San Juan de la Cruz, Subida al Monte, Libro 2, cap. 7, 7.

[13] Cf. Directorio de Noviciados, 84.

[14] Directorio de Seminarios Mayores, nota 373; op. cit. Pastores Dabo Vobis, 48, propositio 23.

[15] Cf. Directorio de Seminarios Mayores, 234; op. cit. Pastores Dabo Vobis, 48.

[16] Cf. Directorio de Seminarios Mayores, 249; op. cit. Cf. Ratio Fundamentalis, 49, 166.

[17] San Juan de la Cruz, Subida al Monte, Libro 2, cap. 7, 5.

[18] Cf. Santa Edith Stein, La ciencia de la cruz, Parte II, Introducción.

[19] San Juan de la Cruz, Subida al Monte, Libro 2, cap. 7, 7.

[20] San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Redemptionis Donum, 10.

[21] Directorio de Espiritualidad, 216.

[22] Directorio de Espiritualidad, 42.

[23] Directorio de Espiritualidad, 135.

[24] San Juan de la Cruz, Epistolario, Carta 16, A la M. María de Jesús, OCD, Priora de Córdoba Segovia, 18/07/1589.

[25] Cf. San Luis María Grignion de Montfort, Carta circular a los amigos de la cruz, 18.

[26] Santa Edith Stein, La ciencia de la cruz, Parte II, cap. 3.

[27] Directorio de Espiritualidad, 1.

[28] Constituciones, 7.

[29] Cf. San Juan de la Cruz, Noche Oscura, Libro 1, cap. 14, 5.

[30] Ven. Fulton Sheen, The Seven Virtues, cap. 1. [Traducido del inglés]

[31] Cf. San Juan de la Cruz, Epistolario, carta 19.

[32] Cf. Directorio de Espiritualidad, 134.

[33] Palabras de Jesús a Santa Faustina Kowalska, Diario de la Divina Misericordia en mi alma, 1487.

[34] Cf. San Luis María Grignon de Montfort, Amor a la Sabiduría Eterna, 180.

[35] Constituciones, 42.

[36] Directorio de Espiritualidad, 136.

[37] Ibidem; op. cit. Flp 1, 29.

[38] Santa Edith Stein, La Ciencia de la Cruz, Werke IX, 167. [Citado por Mons. Juan Esquerda Bifet]

[39] San Juan de la Cruz, Epistolario, carta 11, A doña Juana de Pedraza, en Granada Segovia, 28/01/1589.

[40] San Juan de la Cruz, Puntos de amor, reunidos en Beas, 23.

[41] 2 Pe 1, 2.

[42] San Juan de la Cruz, Subida al Monte, Libro 3, cap. 2, 3.

[43] Directorio de Espiritualidad, 118.

[44] San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas, Ejercicios espirituales dados a las Siervas del Santísimo Sacramento.

[45] San Juan de la Cruz, Avisos a un religioso para alcanzar la perfección, 4.

[46] Cf. San Juan de la Cruz, Epistolario, carta 4, A la M. Ana de san Alberto, Priora de Caravaca, Granada, 1582.

[47] San Juan de la Cruz, Epistolario, carta 8, A las Carmelitas Descalzas de Beas, Granada, 22/11/1587.

[48] San Juan de la Cruz, Epistolario, carta 20, A una Carmelita Descalza escrupulosa, por Pentecostés de 1590.

[49] San Juan de la Cruz, Avisos procedentes de Antequera, 4.

[50] Cf. San Juan de la Cruz, Noche Oscura, Libro 1, cap. 9, 6.

[51] Cf. San Juan de la Cruz, Subida al Monte, Libro 3, cap. 6, 3-4.

[52] Cf. San Juan de la Cruz, Epistolario, carta 8, A las Carmelitas Descalzas de Beas, Granada, 22/11/1587.

[53] Lc 1, 47.

[54] San Juan de la Cruz, Puntos de amor, reunidos en Beas, 5.

[55] Rom 8, 18.

[56] San Juan de la Cruz, Epistolario, carta 11, A doña Juana de Pedraza, en Granada Segovia, 28/01/1589; op. cit. Cf. Gn 22, 1-18.

[57] Ibidem.

[58] San Juan de la Cruz, Avisos a un religioso para alcanzar la perfección, 9.

[59] Cf. San Juan de la Cruz, Noche Oscura, Libro 2, cap. 18, 5.

[60] Directorio de Espiritualidad, 137.

[61] Cf. Homilía Misa de Consagración del Santuario a la Divina Misericordia, op. cit. Dives in misericordia, 8.   

[62] Col 2, 3.

[63] Cf. San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual B, Canción 36, 13.

[64] Cf. Carta Circular a los Amigos de la Cruz, Parte I, 2.

[65] Cf. Jn 1, 14.

[66] San Juan Pablo II, Exhortación apostólica post sinodal Vita consecrata, 22; Constituciones, 254; 257 (nuestra fórmula de profesión de los votos).

[67] Constituciones, 20.

[68] Constituciones, 30.

[69] Cf. Constituciones, 31.

[70] Directorio de Espiritualidad, 142; op. cit. San Juan Pablo II, Homilía durante la Misa para los universitarios romanos (06/04/1979), 3.

[71] Cf. Directorio de Vida Consagrada, 228.

[72] Cf. Vita Consecrata, 93.

[73] Directorio de Vida Consagrada, 3.

[74] Fr. Frederick William Faber, The Foot of the Cross: or, The Sorrows of Mary, cap. 1, 7. [Traducido del inglés]

[75] San Juan Pablo II, Audiencia General (03/12/1997).

[76] Directorio de Espiritualidad, 36.

[77] Ibidem.

[78] Directorio de Espiritualidad, 9; op. cit. Misal Romano, Prefacio de la Santísima Trinidad.

[79] Cf. Mc 14, 1; Mc 14, 55.

[80] Francisco, Misas Matutinas en la Capilla del Domus Sanctae Marthae (01/06/2013).

[81] Tertuliano, De carne Christi 5, 1-8; Cf. Adv. Prax. XXVII, 7-15.

[82] Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Dominus Iesus (06/08/2000), 4.

[83] Flp 3, 18.

[84] Jn 1, 14.

[85] San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, [167].

[86]Directorio de Espiritualidad, 290; op. cit. San Juan Pablo II, Mensaje a la XXIX Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones (10/05/1992), 4.

[87] Jn 12, 32.

[88] Directorio de Espiritualidad, 41.

[89] Mc 16, 15.

[90] Cf. Ez 34, 7.

[91] Cf. Constituciones, 23.

[92] Directorio de Misiones Ad Gentes, 12.

[93] Cf. Directorio de Misiones Ad Gentes, 66.

[94] Cf. Directorio de Vida Consagrada, 25.

[95] Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, 10.

[96] Directorio de Vida Litúrgica, 51.

[97] Directorio de Vida Litúrgica, 6; op. cit. Constitución sobre la Sagrada Liturgia, 7.

[98] Cf. CIC, c. 665.

[99] Cf. Directorio de Vida Consagrada, 383; Evangelica Testificatio, 13.

[100] Sagrada Congregación para los Institutos de Vida Religiosa y los Institutos Seculares, Criterios Pastorales sobre las relaciones entre Obispos y religiosos en la Iglesia, 14.

[101] Cf. Constituciones, 178.

[102] Cf. Ratio Fundamentalis, 85, 259: es “uno de los más grandes maestros de la Iglesia”. Juan XXII, Alocución en el Concistorio (14/07/1323): “iluminó más a la Iglesia que todos los otros doctores”. Benedicto XV, Fausto Appetente Die, 4b: “la Iglesia ha proclamado que la doctrina de Santo Tomás es su propia doctrina”.

[103] Directrices sobre la preparación de los formadores en los seminarios, 46.

[104] Ibidem.

[105] Cf. San Pablo VI, Alocución Consistorial del 24/5/1976.

[106] Jn 14, 6.

[107] CG, I, 1.

[108] Jn 18, 37.

[109] Directorio de Espiritualidad, 66.

[110] San Juan Pablo II, Discurso del Santo Padre a los Laicos en el Palacio de las Exposiciones de Coronmeuse de Lieja (19/05/1985).

[111] Directorio de Espiritualidad, 118.

[112] Cf. Directorio de Espiritualidad, 73.

[113] Cf. Jn 17, 11.

[114] Cf. Jn 17, 14-16.

[115] Beato Isaac de Stella, Sermón 11, ML 194, 1728.

[116] Heb 4, 15.

[117] Mt 6, 24.

[118] Cf. Directorio de Espiritualidad, 44.

[119] Directorio de Espiritualidad, 55.

[120] Ibidem.

[121] Cf. Directorio de Espiritualidad, 62.

[122] Francisco, Misas Matutinas en la Capilla del Domus Sanctae Marthae (01/06/2013).

[123] Cf. Ibidem.

[124] Cf. 2 Tim 2, 15.

[125] Francisco, Misas Matutinas en la Capilla del Domus Sanctae Marthae, (01/06/2013).

[126] 1 Jn 4, 3.

[127] Cf. Mt 27, 42.

[128] Is 41, 11.

[129] Mt 27, 42.

[130] Cf. Ven. Fulton Sheen, Those Mysterious Priests, cap. 8. [Traducido del inglés]

[131] Cf. Mt 27, 35-36.

[132] Ven. Fulton Sheen, Those Mysterious Priests, cap. 8. [Traducido del inglés]

[133] Mt 27, 43.

[134] P. Carlos Buela, IVE, El Arte del Padre, Parte III, cap. 23, III, III.1.

[135] Cf. Jer 23, 26.

[136] Sal 6, 11.

[137] Cf. Directorio de Misiones Ad Gentes, 139.

[138] Jn 6, 68.

[139] Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et Spes, 22.

[140] Constituciones, 7; op. cit. 1 Co 3, 11.

[141] Cf. San León Magno, Ep. 28, 3; PL 54, 763; Cfr. Serm. 23, 2; PL 54, 201.

[142] Mc 8, 35.

[143] Mc 8, 38.

[144] Directorio de Espiritualidad, 36.

[145] Cf. Constituciones, 17.

[146] Constituciones, 7.

[147] Constituciones, 30.

[148] Mt 10, 32.

[149] Jn 16, 33.

[150] Mt 28, 20.

[151] Constituciones, 231.

[152] Constituciones, 231.

[153] Christifideles Laici, 44 citado en Directorio de Evangelización de la Cultura, 238.

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