Lo que el mundo necesita es intolerancia

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Lo que el mundo necesita es intolerancia

 

[Exordio] En el Evangelio que acabamos de escuchar el evangelista menciona como luego de la curación del leproso, difundiéndose más y más la fama de Cristo, las muchedumbres afluían en gran número para oírle y hacerse curar de sus enfermedades1. Es decir, Jesús se dedica a los que sufren, a los marginados de la sociedad. Los cura y, les abre así la posibilidad de vivir y decidir juntamente con los demás, los introduce en la igualdad y en la fraternidad.

Esto, como es obvio, nos atañe también a todos nosotros:  Jesús nos señala a todos la dirección de nuestro obrar, nos dice cómo debemos actuar. Y como también existen hoy en día patologías y enfermedades mortales que infectan nuestra religión y nuestra misma razón, es necesario que también nosotros asumamos la responsabilidad de curar. De qué enfermedades se trata, pues por ejemplo las destrucciones de la imagen de Dios a causa del odio y del fanatismo, la pasión por la novedad olvidándose de la verdad, el aceptarlo todo ‘sin filtro’ en el afán de mostrarse tolerante o ‘abierto de mente’, el levantar la bandera de la igualdad donde todo termina siendo una mezcla informe y se diluye la propia identidad. Hay que tener cuidado de eso, porque ninguno de nosotros está exento de ello. G. K. Chesterton advertía con su usual ironía: “No seas tan abierto de mente que se te caiga el cerebro”2. “El mero hecho de ser abierto de mente no significa nada. El objeto de abrir la mente, es como el de abrir la boca, es para volver a cerrarla con algo sólido”3.

Por eso lo nuestro sigue siendo no el proponer “soluciones técnicas” a la pobreza, al drama del racismo reinante aun hoy en muchos países, a la situación sanitaria precaria que afecta a tantos lugares, sino que nuestra “primera contribución a la solución de los problemas sociales ha de ser la proclamación de la verdad sobre Cristo, sobre la Iglesia y sobre el hombre, aplicándola a una situación concreta”4. Es lo que nosotros denominamos: ‘morder la realidad’. “La cuestión social y el Evangelio son realmente inseparables. Si damos a los hombres sólo conocimientos, habilidades, capacidades técnicas e instrumentos, les damos demasiado poco”5.

Por tanto, es necesario hacer que se conozca, se ame y se crea en Jesucristo; hay que convertir los corazones, para que exista también progreso en el campo social, para que se inicie la reconciliación, para que se puedan combatir las injusticias, los flagelos sociales de la drogadicción, del adulterio, etc. afrontando de verdad sus causas profundas y curando a los enfermos con la debida atención y compasión.

El mundo necesita a Dios. Nosotros necesitamos a Dios. Nuestra fe no la imponemos a nadie. Ese tipo de proselitismo es contrario al cristianismo. Pero también debemos decir que la fe sólo puede desarrollarse en la libertad. Y es a la libertad de los hombres que le pedimos que se abra a Dios, que lo busque, que lo escuche, que se deje sanar. No faltamos el respeto a las demás religiones y culturas, no faltamos el respeto a su fe, si confesamos en voz alta y sin medios términos al Verbo Encarnado, a aquel Dios que opuso su sufrimiento a la violencia, que ante el mal y su poder elevó su misericordia. Porque ¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?6.

Lo que el mundo necesita es intolerancia7

Podemos decir entonces, con el Venerable arzobispo Fulton Sheen, que el mundo hoy en día no sufre de intolerancia, sino de tolerancia. Sí, escuchen bien.

Nuestro mundo, nuestro país y tantos otros, no sufre por falta de tolerancia, sino por falta de intolerancia. Pues se tolera, como si nada, la mescolanza del bien y el mal, de la verdad y el error, de la virtud y la maldad, de Cristo y el caos. Por eso podemos decir con Sheen: nuestro país –la sociedad actual– no ha sido invadida por gente intolerante, sino por los ‘abiertos de mente’8. Porque si un hombre toma una decisión de una manera ordenada, discerniendo, guiándose por principios, como cualquier hombre tiende su cama cada mañana, entonces se lo llama ‘intolerante’, fanático, ‘autorreferencial’; pero si un hombre no puede decidirse, sino que se muestra ambivalente ante las opciones, se lo llama tolerante, abierto de mente.

Un hombre intolerante es aquel que se rehúsa a aceptar una razón por cualquier cosa; un hombre de mente amplia es aquel que acepta cualquier cosa por una razón, siempre que no sea una buena razón. Es cierto que existe una exigencia por la precisión, exactitud y definición, pero es solo una exigencia por precisión científica, no lógica. Esto ha producido un colapso mental, dice F. Sheen, lo cual se manifiesta de tres maneras: la tendencia a resolver los problemas no con argumentos sino con meras palabras, la voluntad para aceptar sin reservas la autoridad de cualquiera en el tema de la religión y, por último, el amor por la novedad.

Lo cierto es que la verdad de nuestra santa religión tiene derecho a ser escuchada de labios de portavoces cualificados, así como la ciencia de la física o la astronomía tiene derecho a ser escuchada a través de sus portavoces cualificados [por eso la imperiosa necesidad de una sólida formación]. La religión es una ciencia a pesar de que algunos la conviertan en un sentimiento. La religión tiene sus principios, naturales y revelados, que son más exigentes en su lógica que las matemáticas. Pero la falsa noción de tolerancia ha oscurecido este hecho a los ojos de muchos que son super intolerantes en los detalles más pequeños de la vida pero super tolerantes con sus relaciones con Dios: enseñan aberraciones contrarias a la fe, cometen graves injusticias, todo lo bueno es para ellos sospechoso, todo heroísmo les parece extremismo, etc .

Otra evidencia del colapso de la razón que ha producido este extraño hongo de las ‘mentes abiertas’ es la pasión por la novedad, en oposición al amor por la verdad. La verdad se sacrifica por un epigrama9, la Divinidad de Cristo por un titular en el diario del lunes por la mañana. Es más, más de un ‘párroco moderno’ está mucho menos preocupado por predicar a Cristo y Él crucificado que por su popularidad entre la gente. Esa falta de columna vertebral intelectual hace que los hombres digan tonterías a montones, y aunque no vamos a poner aquí ejemplos baste repetir lo que Chesterton decía: “Los que abandonan la tradición de la verdad no escapan hacia algo llamado libertad. Solo escapan a otra cosa que llamamos moda”. Por eso vemos muy poco que algún dedo acusador se levante contra las injusticias que suceden en los tribunales, contra los padres que favorecen y hasta fomentan la homosexualidad en sus hijos; ninguna voz resuena en los oídos de los ricos, diciendo con algo de la ‘intolerancia’: No te es lícito vivir con la esposa de tu hermano. Más bien escuchamos: “Amigos, ¡los tiempos están cambiando!”

Creer en la existencia de Dios, en la divinidad de Cristo, en la ley moral, se considera algo del pasado. Pero eso sí, lo último en esta nueva moda de tolerancia es lo que se considera lo verdadero, como si la verdad fuera una moda, como un sombrero, en vez de ser una institución bien cimentada, como la cabeza.

Por último, esta amplitud de miras nos hace pensar que la verdad es novedad y, por tanto, la ‘verdad’ cambia con las fantasías pasajeras del momento. Como el camaleón que cambia de color para adaptarse al lugar, pretendiendo que la verdad cambie para adaptarse a las debilidades y oblicuidades de la época. Presten atención: La naturaleza de ciertas cosas es fija, y ninguna más que la naturaleza de la verdad. La verdad puede ser impugnada mil veces, pero eso solo demuestra que es lo suficientemente fuerte como para sobrevivir a mil asaltos. Que alguien diga: ‘Algunos dicen esto, algunos dicen aquello, por lo tanto, no hay verdad’, es tan lógico como lo hubiera sido para Colón, que escuchó a algunos decir, ‘La tierra es redonda’, y a otros que decían: ‘La tierra es plana’, concluir: ‘Por tanto, no hay tierra’. Y así como un carpintero podría deshacerse de su regla y usar cada viga como una vara de medir, así también, aquellos que han desechado la norma de la verdad objetiva no tienen nada más que medir que la moda del pensamiento del momento.

El vértigo de la novedad, la inquietud sentimental de una mentalidad inestable y el miedo antinatural a una buena dosis de pensamiento sólido, todo eso parece combinarse para producir ese grupete de tolerantes que piensan que no hay diferencia entre Dios como Causa y Dios como una “proyección mental”; o equiparan a Cristo y Buda, o que después en un desborde arrasador de sus ‘mentes ya abiertas’ dicen no solo que cualquier secta ‘cristiana’ es tan buena como otra, sino incluso que una religión en todo el mundo –cualquiera sea esa religión– es tan buena como otra, o que cada instituto religioso debe ser igual a los demás –y por lo tanto olvidarse de su propia identidad– practicando un amor general a Dios y al prójimo. Cuántos religiosos llevados por un excesivo deseo de adaptabilidad y de espontaneidad, en su afán por ser ‘abiertos de mente’, de progresar, de actualizarse, han abandonado los trazos característicos de su familia religiosa para confundirse con los otros y dejaron las obras que realizaban por miedo a que los tachen de ‘rígidos anticuados’10.

Mientras tanto, cualquier hombre sensato se pregunta cómo puede haber progreso sin dirección y cómo puede haber dirección sin un punto fijo. Y porque uno habla de un “punto fijo”, enseguida dicen que uno está atrasado, que son cerrados, cuando en realidad están más allá del tiempo mental y espiritualmente hablando.

Por eso, dice Fulton Sheen, ante esta falsa ‘apertura de mente’, lo que el mundo necesita es intolerancia. El mundo parece haber perdido por completo la facultad de distinguir entre lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto. Hay algunas mentes que creen que la intolerancia siempre está mal, porque hacen que ‘intolerancia’ signifique odio, estrechez intelectual o fanatismo. Y son los mismos que creen que la tolerancia siempre es correcta porque, para ellos, significa ‘caridad’, ser inteligente –justamente porque ‘son abiertos de mente’– y tener un buen natural, que la mas de las veces es falsamente compasivo.

¿Qué es la tolerancia?

La tolerancia es una actitud de paciencia razonada hacia el mal y una contención que nos impide mostrar enojo o infligir castigo. Pero lo que es más importante que la definición es el campo de su aplicación. El punto importante aquí es este: la tolerancia se aplica solo a las personas, pero nunca a la verdad. La intolerancia se aplica solo a la verdad, pero nunca a las personas. La tolerancia se aplica a los que yerran; la intolerancia al error.

Por eso hoy en día, la sociedad del mundo contemporáneo no sufre tanto de intolerancia, entendido como fanatismo, sino de tolerancia, que es indiferencia hacia la verdad y el error, y esa indiferencia filosófica que se interpreta como ser abierto de mente. No me mal entiendan, por supuesto que es deseable una mayor tolerancia (en el buen sentido), porque nunca se puede mostrar demasiada caridad a las personas que difieren de nosotros. De hecho, nuestro Señor mismo pidió que “amemos a los que nos calumnian”, porque siempre son personas, pero nunca nos dijo que amemos la calumnia.

Según el Espíritu de Cristo, la Iglesia nos ha alentado siempre a la oración por todos aquellos que están fuera del seno de la Iglesia y pide que se les muestre la mayor caridad. La caridad, entonces, debe mostrarse a todas las personas y, en particular, a los que están fuera del redil, a quienes por la caridad hay que atraerlos o hacerlos volver, para que haya un solo rebaño y un solo Pastor. Acaso, ¿se le negará a Dios, que no mira con un ojo igualmente tolerante a todas las religiones, el nombre de ‘Sabiduría’ y se le llamará Dios ‘intolerante’?

La Iglesia se identifica con Cristo tanto en el tiempo como en los principios. Ella comenzó a pensar en sus primeros principios y cuanto más pensaba, más dogmas desarrollaba. La Iglesia nunca olvidó esos dogmas, sino que los recordó y su recuerdo es lo que llamamos la Tradición de la Iglesia. Los dogmas de la Iglesia, la verdad predicada por la Iglesia durante todos estos siglos, son como los ladrillos, elementos sólidos con los que el hombre puede construir, no como la “experiencia religiosa” que como la paja sólo sirve para ser quemada. La Iglesia ha sido y será siempre intolerante en lo que respecta a los derechos de Dios, porque la herejía, el error y la falsedad no afectan a asuntos personales en los que se pueda ceder, sino al mismísimo Derecho Divino en el que no hay que ceder. La verdad es divina; el hereje es humano. Si se hace la debida reparación, la Iglesia admitirá al hereje de nuevo en el seno de su Sabiduría, pero nunca a la herejía. Lo correcto es lo correcto incluso si nadie está en lo correcto; y el mal está mal aunque todo el mundo este equivocado.

[Peroratio] Ya para terminar: La actitud de la Iglesia en relación con el mundo moderno sobre esta importante cuestión puede asimilarse mejor siguiendo la historia de esas dos mujeres en la sala del tribunal de Salomón. Ambas reclamaban el niño. La madre legítima insistió en tener el hijo completo o nada, porque un hijo es como la verdad: no se puede dividir sin arruinarse. La madre ilegitima, por el contrario, accedió a un compromiso. Estaba dispuesta a dividir al bebé, y el bebé habría muerto por esa ‘amplitud de miras’.

Debemos percibir nuestra misión en la historia y tratar de corresponder a ella. “Es importante decir con claridad en qué Dios creemos y profesar con convicción el rostro humano de Dios”11. Se necesita responsabilidad y preocupación por nuestra salvación y por la salvación de todo el mundo. Seamos servidores de la Verdad, como pide de nosotros el derecho propio, de la verdad acerca de Dios, de la verdad acerca del hombre y de su misterioso destino, de la verdad acerca del mundo. Verdad difícil que debemos buscar en la Palabra de Dios y de la cual nosotros no somos, ni los dueños, ni los árbitros, sino los depositarios, los herederos, los servidores12.

De ahí que debamos aun a costa de renuncias y sacrificios buscar la Verdad, formarnos en la Verdad, asimilar la Verdad que debemos trasmitir a otros, sin disimulos por el deseo de agradar a otros, de causar asombro o por el deseo de aparentar. Sin oscurecer la Verdad por la pereza de buscarla, o por comodidad, sino que debemos servirla sin avasallarla.

A la Virgen Santísima le pedimos en esta misa la gracia de despojarnos del hombre viejo, que es como la lepra acerca de la cual leíamos hoy en el evangelio y en vez, seamos revestidos por Ella de la pureza, gusto y voluntad de nuestro Divino Salvador. Que así sea.

1 Cf. Lc 5,15.

2Do not be so open-minded that your brains fall out.”

3Merely having an open mind is nothing. The object of opening the mind, as of opening the mouth, is to shut it again on something solid.”

4 Cf. Directorio de Misiones Ad Gentes, 105; op. cit. Sollitudo Rei Socialis, 41.

5 Benedicto XVI, Homilía en la explanada de la Nueva Feria de Munich, (10/9/2006).

6 1 Jn 5,5.

7 Seguimos libremente el discurso del Ven. Arzobispo Fulton J. Sheen.

8 Una expresión equivalente, según el derecho propio, sería: el que “se cree vivo, no respeta las esencias, manosea todo, carece de señorío e ignora las jerarquías, se regodea con que es ‘entrador’… es insanablemente superficial” (cf. Directorio de Espiritualidad, 108).

9 RAE: 1. m. Frase breve e ingeniosa, frecuentemente satírica.

10 Cf. San Juan Pablo II, Encuentro con las religiosas en Brasil, (3/7/1980).

11 Benedicto XVI, Homilía en Ratisbona, (12/9/2006).

12 Cf. Directorio de Misiones Ad Gentes, 138.

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