Ornado del altar

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Nos referimos ahora al ornado del altar.

El Código de Derecho Canónico can. 932 § 2 establece como requerimiento mínimo que “el Sacrificio Eucarístico debe realizarse sobre un altar dedicado o bendecido; fuera del lugar sagrado, se puede emplear una mesa apropiada, utilizando siempre el mantel y el corporal”.

A su vez, la Instrucción general del Misal Romano da indicaciones más precisas acerca del mantel que ha de usarse sobre el atar: “Por reverencia para con la celebración del memorial del Señor y para con el banquete en que se ofrece el Cuerpo y Sangre del Señor, póngase sobre el altar donde se celebra por lo menos un mantel de color blanco, que en lo referente a la forma, medida y ornato se acomode a la estructura del mismo altar[1]. Es decir, se debe evitar usar manteles demasiado chicos respecto del altar, o que por su forma requieran ser sostenidos con alfileres, abrojos, cinta adhesiva, etc.

Por otra parte, el derecho propio siguiendo estos lineamientos señala en el número 96: “Hay que notar que es necesaria la máxima pulcritud en todo el ajuar del altar y del celebrante. Los ornamentos deben ser dignos y hermosos”. Y agrega más adelante:  “los signos deben hablar por sí solos. El silencio resulta favorecido cuando el fuego es fuego y no una lámpara de luz; cuando el cirio puede derretirse y gotear en vez de ser una mecha alimentada por un líquido inflamable; las flores deben dar perfume, abrirse y marchitarse, y eso es mejor a que sean artificialmente eternas; que el espacio litúrgico permita el dinamismo de la acción litúrgica; que el ambón sea el lugar digno donde colocar la Palabra de Dios; que la sede deje ver a quien obra en persona de Cristo Sacerdote; que el altar hable por sí mismo y que todo esté dirigido hacia él, porque el sacrificio ha sido el precio de nuestras almas; que los ornamentos sean dignos; que se permita distinguir al sacerdote del pueblo e incluso al celebrante principal de los concelebrantes”[2].

Reiteramos: “que el altar hable por sí mismo y que todo esté dirigido hacia él, porque el sacrificio ha sido el precio de nuestras almas”[3]. Por tanto, “la misma ornamentación del templo con los cirios encendidos, las flores, el incienso, la música sagrada −el órgano, el instrumento más parecido a la voz humana−, las luces”[4], todo debe dirigirse a percibir con fuerza ese signo principal (el altar) donde se halla el símbolo básico de la Eucaristía que es un pan y un cáliz.

Asimismo, se nos exhorta a observar moderación en el ornato del altar. Por ejemplo, “durante el tiempo de Adviento el altar puede adornarse con flores, con tal moderación, que convenga a la índole de este tiempo, pero sin que se anticipe a la alegría plena del Nacimiento del Señor. Durante el tiempo de Cuaresma se prohíbe adornar el altar con flores. Se exceptúan, sin embargo, el Domingo Laetare (IV de Cuaresma), las solemnidades y las fiestas”[5].

Pero además, los arreglos florales deben ser siempre moderados, y han de colocarse más bien cerca de él, que sobre la mesa del altar[6]. Es lamentable y por decir lo menos distractivo cuando sobre el altar principal se colocan arreglos florales, guirnaldas de luces, etc.

Consejo práctico del Fundador: “No subestimes la fuerza subconsciente de los símbolos: altar, ambón, sede, crucifijo, gestos, vasos, ornamentos (saber usarlos bien –a algunos se les cae el cíngulo–, saber guardar los ornamentos –aunque haya sacristán–, que los manteles estén blancos…), cirios – huelen mejor los que son de cera de abeja que duran más que los de estearina que duran menos, lo que hace que en el costo sean iguales–, incienso, ajuar del altar, música-canto…; bancos para los fieles; sonido, luces…”[7]. Todos esos detalles hacen al estilo propio de nuestras celebraciones litúrgicas.

[1] 304.

[2] Directorio de Vida Litúrgica, 62.

[3] Ibidem.

[4] Carlos Buela, IVE, Sacerdotes para siempre, Parte II, cap. 1, 445.

[5] Instrucción general del Misal Romano, 305.

[6] Cf. Ibidem.

[7] Ars celebrandi, 24.

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