Textos propios para la Misa de la Virgen de Luján

Contenido

Misa de Nuestra Señora de Luján 

 

Antífona de entrada

Alegrémonos todos en el Señor, al celebrar esta festividad en honor de la santísima Virgen María. Los ángeles se regocijan por esta solemnidad y alaban al Hijo de Dios. Aleluia.

Oración colecta

Señor, mira con bondad la fidelidad de tu pueblo
y concédenos que, por los méritos e intercesión
de la santísima Virgen María,
obtengamos los dones de tu gracia en la vida presente
y la salvación eterna en el cielo.

Oración sobre las ofrendas

Señor, te rogamos, por tu bondad
y por la intercesión de la santísima Virgen María,
que este sacrificio nos dé la prosperidad y la paz
en esta vida y en la eterna.

Antífona de comunión

A ningún otro pueblo trató así el Señor, ni le dio a conocer sus mandamientos. Aleluia.

Oración después de la comunión

Señor, alimentados con este sacramento
de nuestra salvación,
te pedimos que experimentemos en todo lugar
la protección de la santísima Virgen María,
en cuyo honor te hemos ofrecido este sacrificio.

Prefacio

Santa María de Luján, Madre del pueblo argentino 

V: El Señor está con ustedes.
R: Y con tu espíritu. 

V: Levantemos el corazón.
R: Lo tenemos levantado hacia el Señor. 

V: Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R: Es justo y necesario.

Realmente es justo y necesario,
Padre todopoderoso,
que entonemos siempre en tu honor
himnos y cantos de alabanza,
especialmente por el amor sin límites
que quisiste manifestarnos en María, Virgen y Madre:

Una humilde imagen de su limpia y pura Concepción
se quedó milagrosamente a orillas del río Luján
como signo de su maternal protección
sobre tu pueblo peregrinante en la Argentina,
para que llevados de su mano
podamos llegar al trono del Cordero inocente
que quita el pecado del mundo,
Cristo Jesús, tu Hijo y nuestro único Salvador.

A él lo alaban el cielo y la tierra,
los ángeles y los santos,
diciendo sin cesar:
Santo, Santo, Santo…

Liturgia de la Palabra

 

Lectura del libro del profeta Isaías                                                                                                                        35, 1-7

¡Regocíjense el desierto y la tierra reseca, alégrese y florezca la estepa! ¡Sí, florezca como el narciso, que se alegre y prorrumpa en cantos de júbilo! Le ha sido dada la gloria del Líbano, el esplendor del Carmelo y del Sarón. Ellos verán la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios.

Fortalezcan los brazos débiles, robustezcan las rodillas vacilantes; digan a los que están desalentados: «¡Sean fuertes, no teman: ahí está su Dios! Llega la venganza, la represalia de Dios: él mismo viene a salvarlos.»

Entonces se abrirán los ojos de los ciegos y se destaparán los oídos de los sordos; entonces el tullido saltará como un ciervo y la lengua de los mudos gritará de júbilo. Porque brotarán aguas en el desierto y torrentes en la estepa; el páramo se convertirá en un estanque y la tierra sedienta en manantiales; la morada donde se recostaban los chacales será un paraje de caña y papiros.

Palabra de Dios

SALMO                                                                                                                   Lc 1, 46-48. 49-50. 51-53. 54-55 (R.: cf. 49)

 

R. El Señor hizo en mí maravillas:
¡Gloria al Señor!

«Mi alma canta la grandeza del Señor,
y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador,
porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora.
En adelante todas las generaciones me llamarán feliz.  R.

Porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas:
¡su Nombre es santo!
Su misericordia se extiende de generación en generación
sobre aquellos que lo temen.  R.

Desplegó la fuerza de su brazo,
dispersó a los soberbios de corazón.
Derribó a los poderosos de su trono
y elevó a los humildes.
Colmó de bienes a los hambrientos
y despidió a los ricos con las manos vacías.  R.

Socorrió a Israel, su servidor,
acordándose de su misericordia,
como lo había prometido a nuestros padres,
en favor de Abraham
y de su descendencia para siempre.»  R.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo

a los cristianos de Éfeso                                                                                                                                       1, 3-6. 11-12

Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales en el cielo, y nos ha elegido en él, antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por el amor. Él nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, que nos dio en su Hijo muy querido. En él hemos sido constituidos herederos, y destinados de antemano -según el previo designio del que realiza todas las cosas conforme a su voluntad- a ser aquellos que han puesto su esperanza en Cristo, para alabanza de su gloria.

Palabra de Dios

ALELUIA                                                                                                                                                                   2Crón 7, 16

Aleluia.
Dice el Señor: Yo he elegido y consagrado esta Casa,
a fin de que mi Nombre resida en ella para siempre.
Aleluia.

EVANGELIO

Aquí tienes a tu hijo. Aquí tienes a tu madre

 

Lectura del santo Evangelio según san Juan                                                                                               19, 25-27

Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo.» Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre.»  Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.

Palabra del Señor

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