Reliquias bajo el altar

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Enseña el Directorio sobre la piedad popular y la liturgia que “el Misal Romano, renovado, confirma la validez del ‘uso de colocar bajo el altar, que se va a dedicar, las reliquias de los Santos, aunque no sean mártires’. Puestas bajo el altar, las reliquias indican que el sacrificio de los miembros tiene su origen y sentido en el sacrificio de la Cabeza, y son una expresión simbólica de la comunión en el único sacrificio de Cristo de toda la Iglesia, llamada a dar testimonio, incluso con su sangre, de la propia fidelidad a su esposo y Señor”[1]. A su vez, la Instrucción General del misal Romano advierte: “Cuídese, sin embargo, que conste con certeza de la autenticidad de tales reliquias”[2].

Siguiendo esta pía tradición cristiana nuestro Fundador nos enseñó que “es conveniente colocar sus reliquias [la de los mártires y santos] debajo de los altares, de tal modo que –como dice San Ambrosio– ‘en el lugar donde Cristo es la Víctima, se pongan las víctimas triunfales. Pero Cristo sobre el altar, ya que padeció por todos; ellos debajo del altar, ya que han sido redimidos por la Pasión de aquél’”[3].

Y así se hizo en la mayoría de los altares que nos tocó construir. Por ejemplo, “en el altar de la Capilla de la Casa ‘Beato Benito de Jesús’, ubicada en El Nihuil, se introdujeron reliquias de los Mártires de Lyon y de Barbastro, del comulgatorio en donde recibían la Eucaristía Mamá Margarita y Santo Domingo Savio, y algunas de Tierra Santa. Y más adelante se colocó la reliquia del Beato Benito de Jesús”[4].

Ya lo dijimos antes: “una de las características del progresismo cristiano es el placer de demoler y vilipendiar, en grado patológico. […] Lo hemos visto hasta el cansancio en su desprecio a los santos: a sus imágenes, a sus reliquias, a la lectura de sus vidas, a confiar en el poder de su intercesión”[5]. Por eso, tanto se nos ha inculcado la devoción a los santos, sabiendo que al honrarlos, honramos a Dios, de quien los santos son obra. Esto no lo pueden tolerar los que se avergüenzan de la trascendencia divina. Sin embargo, los santos y los mártires son el fruto mayor y más completo de la Encarnación y de la Redención. Obviarlos es quitar algo de la realidad al Cuerpo Místico y es presentar la Encarnación y la Redención como si fuesen estériles. […] Para los ‘progresistas’ los santos significan milagros y el milagro es una inexcusable testificación divina. Saben que la Iglesia Católica es la verdadera porque los santos obran milagros. Pero si ‘a priori’ se han abolido los milagros, los santos son superfluos”[6]. Consecuentemente, a nosotros el P. Buela nos enseñó a venerarlos y a tenerlos siempre por amigos, coherederos, hermanos y bienhechores.

Por eso si en los altares de nuestras parroquias o capillas no ha sido posible colocar reliquias bajo el altar, se debe en lo posible tener un relicario. Pues, “debemos venerar dignamente, en su memoria, con culto de dulía relativo, todo aquello que nos han dejado y sobre todo sus cuerpos”[7].

Y en este sentido nos exhortaba: “Honremos las reliquias de los santos, porque en ellas honramos al Creador. Así ‘adoramos mejor a Aquel por cuyo amor los santos padecieron’ (San Jerónimo).

Veneremos sus reliquias, así los sentiremos más cerca nuestro, los sabremos nuestros hermanos, encontraremos más fuerza en el combate sabiendo que ellos vencieron, más seguridad en su intercesión porque están viendo a Dios y más alegría en nuestras cruces, porque al igual que a ellos, nos hacen ganar muchos méritos para la vida eterna”[8].

Además, es muy propio nuestro, el enseñarle a la gente a tener devoción a los santos. Recuerdo una vez, cuando visitó una parroquia donde yo era párroco, llevó cientos de estampas del entonces Beato Juan Pablo II para distribuirle a la gente al final de la misa con la indicación clara y expresa que si querían llevarse más de una que se la diéramos sin más.  “Conocí a un señor que no pudo hacer la escuela primaria, y, sin embargo, rechazaba a las sectas. Decía simplemente: ‘Creo en Dios, la Virgen y los santos’”[9].

“Las diversas formas de devoción popular a las reliquias de los Santos, como el beso de las reliquias, adorno con luces y flores, bendición impartida con las mismas, sacarlas en procesión, sin excluir la costumbre de llevarlas a los enfermos para confortarles y dar más valor a sus súplicas para obtener la curación, se deben realizar con gran dignidad y por un auténtico impulso de fe. En cualquier caso, se evitará exponer las reliquias de los Santos sobre la mesa del altar: ésta se reserva al Cuerpo y Sangre del Rey de los mártires”.

“Las reliquias”, concluye el P. Buela, “nos deben pues recordar que con la cruz podemos triunfar. Por eso subiré al altar de Dios, de Dios que alegra mi juventud (Sal 43,4)”[10].

[1] 237; op. cit. Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, 237.

[2] 302.

[3] Carlos Buela, IVE, Mi Parroquia. Cristo Vecino, Parte I, cap. 2, 59.

[4] Carlos Buela, IVE, El Señor es mi Pastor. Memoria y Profecía, Parte III, cap. 29, 475.

[5] VoxVerbi 90, Carlos Buela, IVE, Homilia ‘Los santos, vilipendiados’.

[6] Cf. Ibidem.

[7] Carlos Buela, IVE, Mi Parroquia. Cristo Vecino, Parte I, cap. 3, 86.

[8] Ibidem, 88.

[9] Ibidem, 89.

[10] Carlos Buela, IVE, Mi Parroquia. Cristo Vecino, Parte I, cap. 2, 59.

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