Y dichoso aquel que no halle escándalo en mí

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[Exordio] Queridos hermanos: Como el domingo pasado, la Iglesia nos sigue presentando –como lo hace todos los años– en este tiempo de adviento la figura de San Juan Bautista, el precursor. El domingo pasado leíamos el evangelio de la predicación de Juan en la Judea, predicación de conversión ante la venida de Cristo; conversión que tenemos que saber que escuchar de manera particular nosotros que miramos anhelantes la fiesta de la Navidad, para que la venida del Señor nos encuentre con un corazón bien dispuesto. Por eso el adviento es tiempo de conversión, tiempo fuerte en la vida de la Iglesia, para acercarse más a Dios para profundizar y examinar cómo va nuestra vida espiritual, cómo va nuestra vida sacramental.

El domingo pasado Juan daba testimonio de Cristo convertíos porque ha llegado el Reino de los Cielos. Este es aquel de qui en habla el profeta Isaias … el que viene detrás de mí es más grande que yo[1]. En este evangelio, en el que acabamos de leer es Cristo quien da testimonio, de si primero y luego de Juan diciendo en verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista… [2] Él es Elías el que iba a venir[3]. Muy hermosa es esa calificación de Cristo A quien salisteis a ver ¿a un profeta? Si, os digo y más que un profeta[4]. Creo que hay a lo largo de estos 12 versículos que acabamos de leer –llenos de contenido por cierto– una temática que podemos sacar a luz y que estimo que es de mucho provecho para considerar en el corazón del adviento. Y es la exigencia del Evangelio; lo que implica, el trabajo que conlleva. Estamos en Adviento, es bueno reflexionar sobre esto.

Tres partes tiene este evangelio.

1. El testimonio de Cristo sobre sí mismo

 

Juan dice el evangelio se encontraba preso en la cárcel, de aquella penumbra Juan saldría a la gloria del martirio cuando el episodio de Herodes y el baile de Salome la hija de Herodias. Fue desde aquel el sótano del palacio de Herodes que Juan cerro su misión entregando el resto de sus discípulos –ya había enviado a otros– a aquel Jesús que desde Cafarnaúm recorría el lago, las aldeas y las colinas haciendo milagros. Los discípulos llegaron donde Jesús y le preguntaron: Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?[5] Y Jesús, respondió de manera apologética, las obras dan testimonio de mí, y respondió con la escritura: Andad y anunciad a Juan lo que habéis vista y oído: los ciegos ven y los cojos caminan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y la Buena Nueva es anunciada a los pobres[6]. Respuesta contundente, aquellos que lo escuchaban no podían dudar de la veracidad de su testimonio. Pues Jesús resumió en

aquella breve respuesta las profecías taumatúrgicas de Isaías –de los cantos 29,35,61,13,26 y sobre todo del canto 5 del cual dos frases literales están aquí y que eran aplicadas al Mesías, como diciendo, “esto es lo que estaba anunciado, bien, esto es lo que estáis viendo”.

Pero queremos hablar de la exigencia de) evangelio. Y hay una frase sobre de la respuesta de Jesús sobre creo que hay que reflexionar, frase enigmática dice alguno de los santos padres y es cuando Jesús después de decirle a los enviados de Juan que los milagros testimonian que yo soy, le dice lo siguiente: “id también y decid a Juan que no se escandalice de mí”, textualmente dichoso aquel que no halle escándalo en mí[7]. Hay un misterio en todo el evangelio. Juan era el más grande de los nacidos de mujer; Juan es una antorcha que arde y que ilumina[8], dice el cuarto evangelio; Juan había cumplido fielmente su misión y con gran humildad había anunciado al precursor, sin embargo Juan se encontraba en prisión en un sótano del palacio de Herodes, sufriendo las cadenas y muy próximo a morir. Decid a Juan que no se escandalice de mí, de esta frase debemos de aprender que quien quiera seguir a Jesús en esta vida deberá cargar su cruz, cumpliendo su deber. Este será grande ante los ojos de Dios. Dichoso el que no se escandalice de mí, es decir “dichosos los que en mí no tropiecen, porque encontrando a Cristo, o se cree, o se tropieza y escandaliza”.

2. El testimonio de Cristo sobre Juan el Bautista

 

Luego en el evangelio vemos que Cristo da testimonio de Juan el bautista. Aquellos discípulos de Juan habían llegado hasta el lugar donde Nuestro Señor hacia milagros, le habían hecho la pregunta sobre si era él o debían esperar a otro. Jesús había respondido y muchos lo habían escuchado, entre aquellos se encontraban muchos que habían escuchado antes a Juan. Cristo ahora daba testimonio de él mostrando el valor de la vida de Juan, y dijo: ¿Que salisteis a ver en el desierto? ¿una cana agitada por el viento? ¿Qué salisteis a ver, sino un hombre elegantemente vestido? ¡No! Los que visten con elegancia están en Los palacios de Los reyes. Entonces a que salisteis ¿A ver un profeta? Si, os digo, y más que un profeta al precursor Este es de quien está escrito: he aquí que yo envío mi mensajero delante de mí … En verdad os digo que no ha surgido entre las nacidos de mujer mayor que Juan el Bautista[9]. 

Estas palabras, son también muy interesantes porque marcan en cierta manera el espíritu del cristianismo. El vigor, la firmeza y la virilidad que tienen y pintan de cuerpo entero la grandeza de ese hombre que fue Juan el Bautista. Un hombre cabal, que practicaba lo que predicaba; que pedía conversión y penitencia y el mismo se vestía de cuero de camello y comía langostas miel silvestre. La frase de Cristo es desafiante. El cristianismo no ha sido hecho para regalarse en esta vida sino para los que se exigen. Juan era uno de ellos. Muestra también la virilidad que se encierra en el espíritu cristiano.

Ciertamente que nuestra religión no ha sido hecha para los débiles (de espíritu) sino para aquellos que quieran exigirse de corazón, a quienes quieran tener rigor consigo mismo, que sepan dominar sus pasiones y practicar la virtud; que siempre será difícil; y que sepan ser fieles a Dios incluso hasta el martirio; como tantos ejemplos hemos tenidos en la Historia de la Iglesia. ¿A quién salisteis a ver?[10] No a un cualquiera sino a un hombre hecho y derecho, fiel a sí mismo y fiel a Dios. El más grande entre los hijos de mujer[11]. 

3. El versículo que culmina el evangelio

 

La tercera y última parte que quisiera hacer notar son los versículos con los que culmina el Evangelia. Frase tan1bien enigmática es cuando Jesús dice: el Reino de las cielos padece violencia, y solo los violentos lo arrebatan[12]. Jesús acababa de canonizar a Juan ese hombre que con tanto rigor había cumplido la misión que se le había encomendado; había dicho también que no obstante hasta el más pequeño en su reino es mayor que él. Ahora declara también que para llegar a su reino será necesario trabajar para alcanzarlo. Solo aquellos que se hacen violencia lo alcanzan[13], incluso más, el texto si hemos estado atentos dice lo arrebatan, como dándole fuerza a la expresión.

Por tanto, el planteamiento es claro: para llegar al cielo es necesario esforzarse, es necesario trabajar. Esto se percibe a lo largo de toda la Sagrada Escritura cuando se presenta la vida del hombre sobre la tierra como una milicia, como un combate que hay que vencer ¿contra qué enemigos? Nuestra lucha no es contra la carne ni la sangre sino contra los espíritus de los aires[14], dirá San Pablo. Lucha contra el demonio, contra el mundo y contra la carne; ya que para vencerlos deberemos hacernos violencia. Violencia para rechazar las tentaciones, para cumplir a la perfección los mandamientos, para ser fiel a los que Dios nos pide cada día y a cada momento. El reino de los cielos padece violencia y solo los violentos lo arrebatan[15]. Al cielo debemos llevar cansados. El camino de esta vida no deberá ser siempre de rosas sino que también habrá espinas y ante ellas es necesario ser fiel, es necesario hacerse violencia. Y es necesario trabajar pues para ganar ese cielo grande que Jesús nos ha prometido donde –a decir de San Pablo– ni ojo vio ni oído oyó lo que Dios tiene preparado para aquellos que le aman[16]; –y a decir de San Pedro– donde nos espera un peso eterno de gloria incalculable[17]; porque –como dice el canon de la Misa de difuntos– “allí Dios enjugará las lágrimas de nuestros ojos y no habrá ya más pena ni dolor”.

[Peroratio] Queridos hermanos, el relato del Evangelio que hemos escuchado es más profundo porque devela en definitiva como debemos caminar por esta vida. Sepamos pues saber escuchar las palabras de Jesús: de no escandalizarnos de Él ante las dificultades que pueden sobrevenir y que sobrevendrán en el camino; a ser fieles como Juan, un hombre entero, fiel a su misión; y a trabajar haciéndonos violencia, es decir exigiéndonos para entrar el Cielo donde Jesús nos espera. Como decia San Alfonso María de Ligorio: “todo es poco, por no decir todo es nada con tal de alcanzar el paraíso”, recordad siempre lo que dice el evangelio de San Juan vuestra tristeza se convertirá en gozo[18], “en consecuencia alcemos los ojos al cielo y consolémonos siempre con la esperanza del paraíso … allí nos esperan los santos, la Santísima Virgen y el mismo Jesucristo con la corona para hacemos reyes de aquel reino celestial”.

[1] Mt 3,2-3;11.

[2] Lc 7,28

[3] Mt 11,14.

[4] Mt 11,9.

[5] Lc 7,19.

[6] Lc 2,22.

[7] Mt 11,6.

[8] Jn 5,35.

[9] Mt 11,7-11.

[10] Mt 11,8.

[11] Mt 11,11.

[12] Mt 11,12.

[13] Ibidem.

[14] Ef 6,12.

[15] Mt 11,12.

[16] 1 Co 2,9.

[17] 2 Co 4,17.

[18] Jn 16,20.

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