La autodestrucción de la Iglesia

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“La autodestrucción de la Iglesia”

San Pablo VI[1]

G. K. Chesterton dijo una vez: “Hay una cosa en el mundo que nunca progresa y es la idea de progreso”. Con esto quería decir que a menos que tengamos un concepto fijo de lo que es realmente progreso nunca sabremos si estamos haciendo algún adelanto. Desafortunadamente hay muchos que, en vez de trabajar por alcanzar un ideal, lo cambian, y lo llaman progreso. De ese modo, uno nunca podría saber si está progresando de Buenos Aires hacia Roma si a Roma la identifica con New York. Solo cuando el objetivo es fijo y definitivo entonces podemos decir que tenemos un blanco al que apuntar y la energía necesaria para disparar nuestra flecha hacia ese blanco.

Sucede a menudo que el hombre pierde de vista el objetivo y se concentra en lo meramente transitorio y terrenal y trata de obtener algún placer de eso. Lo vemos en la vida diaria. Son los que se deleitan pasando las hojas de un libro, pero nunca terminan de leer la historia; son los que toman pinceles en sus manos, pero nunca acaban la pintura; son los que viajan por mares, pero nunca llegan a un puerto. Y esto también puede sucederles a los religiosos, a los sacerdotes, y por supuesto, puede suceder también a nivel eclesial, lo cual se traduce muchas veces en progresismo cristiano.

Por eso cuando en 1980 San Juan Pablo II dirigió una alocución a la Conferencia Episcopal Francesa les advertía: “Nada tiene de extraño el que, en esta etapa ‘postconciliar’ se hayan desarrollado también, con bastante intensidad, ciertas interpretaciones del Vaticano II que no corresponden a su Magisterio auténtico. Me refiero con ello a las dos tendencias tan conocidas: el ‘progresismo’ y el ‘integrismo’. Unos, están siempre impacientes por adaptar incluso el contenido de la fe, la ética cristiana, la liturgia, la organización eclesial a los cambios de mentalidades, a las exigencias del ‘mundo’, sin tener suficientemente en cuenta, no sólo el sentido común de los fieles que se sienten desorientados, sino lo esencial de la fe ya definida; las raíces de la Iglesia, su experiencia secular, las normas necesarias para su fidelidad, su unidad, su universalidad. Tienen la obsesión de ‘avanzar’, pero, ¿hacia qué ‘progreso’ en definitiva? Otros –haciendo notar determinados abusos que nosotros somos los primeros, evidentemente, en reprobar y corregir–, endurecen su postura deteniéndose en un período determinado de la Iglesia, en un determinado plano de formulación teológica o de expresión litúrgica que consideran como absoluto, sin penetrar suficientemente en su profundo sentido, sin considerar la totalidad de la historia y su desarrollo legítimo, asustándose de las cuestiones nuevas, sin admitir en definitiva que el Espíritu de Dios sigue actuando hoy en la Iglesia, con sus Pastores unidos al Sucesor de Pedro”[2].

Esto mismo ya advertía en 1907 el Papa San Pío X en su Encíclica Pascendi para reprender y desenmascarar la doctrina de lo que luego se llamó modernismo, y más recientemente, progresismo. Con el deseo de exponer y presentar a la Iglesia esta peligrosísima y enmarañada doctrina la denominó sin más, como “el conjunto de todas las herejías”[3], o como también se dice “cloaca de todas las herejías”. Como tal, no se deja entender fácilmente –ni tampoco lo quiere ser– y ataca a la Iglesia y a nuestra fe desde muy diversos flancos, queriendo llenarla de confusión con su doctrina tan perversa como escurridiza, porque “más que un sistema es una confusión”[4], aunque todos los que enarbolan la bandera progresista “sin excepción, quieran ser y pasar por doctores en la Iglesia”[5], decía San Pío X.

Fundado en una filosofía inmanente, el progresismo se presenta como una continuación del gnosticismo de los primeros años de la Iglesia, que en los últimos tiempos ha recobrado más y más fuerzas, tal como lo dijera el Papa Magno, San Juan Pablo II: “Es necesario admitir con realismo, y con profunda y atormentada sensibilidad, que los cristianos hoy, en gran parte, se sienten extraviados, confusos, perplejos e incluso desilusionados; se han esparcido a manos llenas ideas contrastantes con la verdad revelada y enseñada desde siempre; se han propalado verdaderas y propias herejías, en el campo dogmático y moral, creando dudas, confusiones, rebeliones, se ha manipulado incluso la liturgia; inmersos en el ‘relativismo’ intelectual y moral, y por esto, en el permisivismo, los cristianos se ven tentados por el ateísmo, el agnosticismo, el iluminismo vagamente moralista, por un cristianismo sociológico, sin dogmas definidos y sin moral objetiva”[6].

El P. Alfredo Sáenz por su parte afirmaba: “en los últimos tiempos, a partir sobre todo de fines del siglo pasado, ocurrió algo insólito, y es que ese mundo ‘mundano’ penetró con sus criterios en el interior mismo de la Iglesia, principalmente a través del modernismo y del ulterior progresismo, al punto que [San] Pablo VI pudo hablar en términos dramáticos de una ‘auto demolición de la Iglesia’”[7].

En efecto, el progresismo sigue muy latente en la Iglesia de hoy, pues sus promulgadores “se ocultan en el seno mismo de la Iglesia, siendo enemigos tanto más perjudiciales cuanto lo son menos declarados”[8], queriendo desvirtuar su naturaleza, y confundir a los fieles. Por eso nuestro deber es conocerlo más profundamente para mejor descubrirlo y así defender al Cuerpo Místico de Cristo y proteger a las almas, a fin de no ser infieles al más sacrosanto de nuestros deberes que es el ser servidores de la Verdad[9].

Decía con preclaro análisis San Pablo VI: “Todos saben cómo la Iglesia está inmersa en la humanidad, forma parte de ella; de ella proceden sus miembros, de ella extrae preciosos tesoros de cultura, y cómo sufre sus vicisitudes históricas y también contribuye a sus éxitos. Ahora bien; todos saben por igual que la humanidad en este tiempo está en vía de grandes transformaciones, alteraciones y progresos, que cambian profundamente no sólo sus formas exteriores de vida, sino también sus modos de pensar. Su pensamiento, su cultura, su espíritu vienen a modificarse íntimamente, ya con el progreso científico, técnico y social, ya también con las corrientes del pensamiento filosófico y político que la invaden y atraviesan. Todo ello, como las olas de un mar, envuelve y sacude a la Iglesia misma: los espíritus de los hombres que a ella se confían están fuertemente influidos por el clima del mundo temporal; de tal manera que un peligro como de vértigo, de aturdimiento, de aberración, puede sacudir su misma solidez e inducir a muchos a ir tras los más extraños pensamientos, imaginando como si la Iglesia debiera renegar de sí misma y abrazar novísimas e impensadas formas de vida. Así, por ejemplo, el fenómeno modernista -que todavía aflora en diversas tentativas de expresiones extrañas a la auténtica realidad de la religión católica-, ¿no fue precisamente un episodio semejante de predominio de las tendencias psicológico-culturales, propias del mundo profano, sobre la fiel y genuina expresión de la doctrina y de la norma de la Iglesia de Cristo? Ahora bien: creemos que para inmunizarse contra tal peligro, siempre inminente y múltiple, proveniente de muchas partes, remedio bueno y obvio es profundizar en la conciencia de la Iglesia, en lo que ella es verdaderamente, según la mente de Cristo contenida en la Escritura y en la Tradición, e interpretada y desarrollada por la genuina enseñanza eclesiástica, la cual está, como sabemos, iluminada y guiada por el Espíritu Santo, dispuesto siempre, cuando se lo pedimos y cuando le escuchamos, a dar indefectible cumplimiento a la promesa de Cristo: El Espíritu, que el Padre os enviará en mi nombre, os enseñará todas las cosas y os recordará todo lo que yo os he dicho (Jn 14, 26)”[10]. 

1. La gran tempestad

 

Históricamente, y como bien y extensamente lo demuestra el P. Julio Meinvielle en una de sus obras maestras[11], el progresismo es continuación de lo que se conoce como la Cábala judía[12] que no es sino la culposa perversión de la tradición primordial originada en nuestros primeros padres, y de la revelación dada a los patriarcas, gracias al continuo contacto con los pueblos idólatras por parte del pueblo elegido. A esta tradición pervertida o gnosis secreta, nuestro Señor hace alusión cuando les dice a los fariseos y a los escribas: Anuláis el mandamiento de Dios por mantener vuestra tradición […] invalidando la palabra de Dios con esa tradición que os transmitís; y hacéis otras muchas cosas semejantes[13].

Luego de la Encarnación del Verbo de Dios, de la Redención y de la fundación de la Iglesia, esta Cábala también penetra en el naciente cristianismo dando lugar así al gnosticismo cristiano, que afirma un monismo fundamental ontológico que termina desembocando en un panteísmo absoluto. Al mal le da una consistencia positiva y una fuerza dinámica, y pone dentro del hombre el origen mismo de su salvación, de tal modo que no necesita de ningún salvador ni de la gracia.

Este gnosticismo cristiano fue tomando diferentes nombres y fue sobreviviendo gracias a muchos filósofos, teólogos y escritores que con doctrinas heterodoxas se oponían a lo que enseñaba el Magisterio de la Iglesia y la auténtica filosofía y teología cristiana, representada más acabadamente en Santo Tomás de Aquino.

Ahora bien, a fines del siglo XIX, este gnosticismo cristiano se presenta más vigorosamente con el nombre de modernismo llevado adelante por una caterva de intelectuales que se consumían, con intención de arruinar la Iglesia[14] pretendiendo cambiar su doctrina desde dentro y a través de la confusión. 

El modernismo, contra el cual arremetió fuertemente San Pío X, se podría sintetizar como el esfuerzo de acomodar la fe católica a los requerimientos del mundo, o sea, hacer que la Iglesia de Jesucristo se doblegue y se adecue, con completa sumisión, a los quereres y antojos del devenir de la historia, con el sólo argumento de que la historia es la manifestación de Dios. “Las corrientes subjetivistas, inmanentistas y evolucionistas que inficionaban la mentalidad moderna se infiltraban en los ambientes intelectuales católicos determinando en la exégesis, la historia de los dogmas y de la Iglesia, la filosofía y la teología una nueva interpretación del cristianismo que, en la realidad de los hechos, lo alteraba fundamentalmente, y, con ello, lo destruía”[15]. El modernismo quería destruir la naturaleza divina de la Iglesia y volverla una entidad meramente humana al servicio de la historia moderna. Por eso no tememos en afirmar que “en el fondo los ‘modernistas’ de ayer y de hoy tienen en común el método que supone el inmanentismo filosófico; pero como dice Lortz, el modernismo no es tanto un sistema de doctrina herética cuanto un modo herético de pensar[16][17]. Así fue que hombres como Félicité Lamennais idearon extraños modos y argumentos para acomodarse al mundo, traicionando a la Iglesia y a sus conciencias. No obstante, como bien se nos enseñó: “si la civilización moderna envuelve la autonomía absoluta del hombre frente a Dios, es harto claro que la Iglesia no puede reconciliarse con ella”[18].

Es oportuno notar que San Pío X en cierto modo previó el desarrollo posterior del modernismo que ha llegado, hoy, al nihilismo en el plano teórico (en la medida en que tal cosa es posible) y al relativismo ‘absoluto’ en el plano práctico. Cualquiera de las formas del inmanentismo (empirista, racionalista, materialista, historicista, sentimentalista, cientificista, progresista en el sentido del iluminismo) que se tome como método y como filosofía de base para la Teología, tendrá la misma conclusión: la eliminación de la posibilidad misma de la Revelación sobrenatural y la negación del misterio. Y eso, para la Iglesia Católica sería la eliminación del depósito revelado y, por tanto, la muerte por su reducción al ámbito del mundo[19].

Últimamente, gracias a muchos autores de la Nouvelle Théologie[20] y con mayor tenacidad luego del Concilio Vaticano II, este gnosticismo cristiano se presenta con el nombre de progresismo y busca con ahínco someter a la Iglesia tanto a la ideología marxista y al comunismo, como al liberalismo, negando un orden social cristiano[21]. Hoy por hoy, es este progresismo la gran tempestad que la Iglesia debe afrontar para la salvación de las almas.

2. Mezcla confusa

Como gnosis que es, el progresismo se presenta como una mezcla confusa: “un menjunje de sobrenatural y natural, una fusión de fe y razón, una combinación espuria de Cristo y César, una confusión de la teología y la filosofía o la sociología o la psicología”[22]. Más aún, el progresismo contemporáneo, al asumir la esencia del marxismo –que es la dialéctica–, no tiene reparo en afirmar y negar cosas diametralmente opuestas, o contradecirse, porque no busca la verdad sino el acomodarse a la época. Ya Pío XII había subrayado esta característica: “Estas nuevas opiniones, no siempre las proponen con el mismo orden, con la misma claridad o con los mismos términos, ni siempre con plena unanimidad de pareceres entre sí mismos; y, de hecho, lo que hoy enseñan algunos más encubiertamente, con ciertas cautelas y distinciones, otros más audaces lo propalan mañana a las claras y sin limitaciones”[23].

El progresismo también se presenta como una inversión, que es fruto de esa manía de hacer dialéctica de todo. “En vez de Dios el hombre… en vez de amor a Dios amor al prójimo… en vez de un mensaje de salvación un mensaje social… en vez de la Cruz la apertura al mundo… en vez de la verdad absoluta la verdad del tiempo”[24]. No saben armonizar cosas que son aparentemente opuestas, porque jamás meditaron en el misterio del Verbo Encarnado. Subvierten la realidad y la dejan patas para arriba, porque nunca logran tener una correcta valorización de las cosas. “Es buscar primero la añadidura y luego, si queda tiempo y ganas, el Reino de Dios”[25].

También se caracteriza el progresismo por la disolución. Como su estrategia es la confusión, busca disolver las verdades de fe y la misma religión católica, quitándoles sus fundamentos filosóficos e históricos y poniéndolos siempre en tela de juicio, arrogándose el derecho de dudar de los dogmas y de la fe transmitida por los Apóstoles y protegida por el Magisterio. Presentan así falsas ‘salvaciones’ que, aunque llevan el nombre de cristianas, no son sino encubiertas maneras de aliarse con el espíritu del mundo. Disuelven, a su vez, todo el orden sobrenatural en el natural, quitándole su valor y justificación. Postulan una “absoluta independencia entre lo espiritual y lo temporal”, “de modo que autoriza a actuar en lo temporal sin preocupaciones de tipo espiritual”[26].

Asimismo, declaraba con toda su fuerza el Santo Papa: “Andan clamando que el régimen de la Iglesia se ha de reformar en todos sus aspectos, pero principalmente en el disciplinar y dogmático, y, por lo tanto, que se ha de armonizar interior y exteriormente con lo que llaman conciencia moderna, que íntegramente tiende a la democracia; por lo cual, se debe conceder al clero inferior y a los mismos laicos cierta intervención en el gobierno y se ha de repartir la autoridad, demasiado concentrada y centralizada. […] Pretenden asimismo que se debe variar la influencia del gobierno eclesiástico en los negocios políticos y sociales, de suerte que, al separarse de los ordenamientos civiles, sin embargo, se adapte a ellos para imbuirlos con su espíritu. […] En lo moral, que las virtudes activas han de ser antepuestas a las pasivas, y que deben practicarse aquéllas con preferencia a éstas. […] Hay, por fin, algunos que, ateniéndose de buen grado a sus maestros protestantes, desean que se suprima en el sacerdocio el celibato sagrado.

¿Qué queda, pues, intacto en la Iglesia que no deba ser reformado por ellos y conforme a sus opiniones?”[27].

3. Consecuencias inevitables y causas inmediatas

El Dr. Alberto Caturelli en un artículo preparado con ocasión del 100º aniversario de la Encíclica Pascendi señala que “el inmanentismo filosófico, científico e histórico que, arbitrariamente postulan que tiene objeto cognoscible a diferencia de la fe cuyo sujeto estiman incognoscible, es la fuente de todos los errores y de todas las rebeldías”[28].

San Pío X ya había señalado las consecuencias inevitables de ese modo erróneo de pensar que conduce al ateísmo y a la negación de toda religión como resultado del simbolismo puro.

“La causa próxima e inmediata [de este mal] es, sin duda, la perversión de la inteligencia”[29]. Si nos preguntamos acerca de las motivaciones o causas personales que llevan a alguien a pensar de esa manera el Santo Padre señalaba dos fundamentales: el orgullo (“inflados con el soberbio nombre de ciencia”[30])y, simultáneamente, el vicio opuesto a la virtud de la estudiosidad que es la curiosidad en el sentido de búsqueda viciosa de lo nuevo (“bajo el impulso de un amor audaz y desenfrenado de novedades”[31]), no de la verdad objetiva. En el caso de la Teología ambos vicios se agravan porque el hombre se pone a sí mismo como norma suprema[32].

Si nos preguntamos, “por las causas inmediatas, dos surgen con invencible evidencia: a) la ignorancia: se trata de una ignorancia no común sino profunda (si puede calificársela así), ignorancia que puede afectar a muchos ‘doctos’ que enseñan en Seminarios y Universidades Eclesiásticas sin adhesión real al Magisterio y desprecio del realismo metafísico; dice San Pío X: ‘Todos los modernos, sin excepción, que quieren ser y pasar por doctores en la Iglesia, aunque subliman con palabras grandilocuentes la filosofía moderna y desprecian la escolástica, no abrazaron la primera (…) sino porque su completa ignorancia de la segunda los privó de los argumentos necesarios para distinguir la confusión de las ideas y refutar los sofismas’[33].

b) La otra causa está contenida en la primera pues no es otra que el odio al método escolástico. Estos gratuitos ‘titulares’ de un ‘magisterio paralelo’, rechazan ‘el método escolástico de filosofar, la autoridad y tradición de los Padres, el magisterio eclesiástico’ (…) ‘Ridiculizan generalmente y desprecian la filosofía y teología escolásticas’[34]. En 1907 [como en 2022] todos aquellos que defienden la ortodoxia y luchan por la Iglesia, son víctimas de ‘la conjuración del silencio’[35]; esta manera de proceder contra los católicos, dice San Pío X, ‘es tanto más odiosa porque al propio tiempo exaltan sin ninguna moderación, con perpetua alabanza, a todos aquellos que con ellos consienten; los libros de éstos, concluye el Pontífice, llenos por todas partes de novedades, recíbenlos con grande admiración y aplauso…’[36][37]. Mas, “si la Iglesia condena a alguno de ellos, no sólo se aúnan para alabarle en público y por todos medios, sino que llegan a tributarle casi la veneración de mártir de la verdad”[38].

“Si San Pío X hubiese vivido hoy habría podido comprobar que cuanto él denunciaba entonces, ha alcanzado ahora cierta absolutidad. Las vidrieras de librería católicas llenas de libros de Boff, Küng, Gutiérrez, Rahner, Moltmann y muchos otros; precisamente porque han sido ‘observados’ por la Santa Sede son un buen negocio… venden… venden mucho. En la Pascendi, el Papa denunciaba la impregnación de los seminarios y congresos, revistas, periódicos y órdenes religiosas”[39].

4. Sus ataques

Como se ha dicho, el progresismo es un conglomerado de todas las herejías[40], y por ende no hay aspecto ni verdad de nuestra fe que no ataque o quiera destruir.

Empezando por destruir los preámbulos de fe, y congeniando con la filosofía de la inmanencia, quita a la razón su capacidad de conocer la realidad objetivamente. “La esencia del progresismo está en que considera que la realidad tiene carácter unidimensional, es decir, que, a pesar de las palabras en contrario, el progresismo empuja a un monismo y el progresismo pleno es un monismo absoluto, que en el rechazo de la trascendencia afirma la inmanencia absoluta y que conlleva un falso concepto de Dios”[41]. Y como consecuencia de esto, el progresismo niega la capacidad de la razón humana de trascender la creación y conocer a su Creador, porque para ellos Dios no es más que el mundo y no hay distinción entre el ser por esencia y el ser por participación. Tal es la situación real del mundo y nos quieren hacer creer que hoy es menester una ‘Teología sin Dios’ porque esa es la ‘madurez’ del cristiano. Y si queremos que el mundo escuche el mensaje cristiano –sostienen los progresistas– tenemos que partir de esa ‘madurez’ (que asume la situación del mundo ateo) e inaugurar una exégesis nueva…

Por eso el progresismo también es enemigo acérrimo de la historicidad de las Sagradas Escrituras, considerándolas muchas veces como un mero mito o una creación fantástica de ciertas comunidades, quitándole así todo valor histórico a la Revelación Divina y a la Persona de Nuestro Señor, poniendo en duda la veracidad de sus mismas palabras contenidas en los Evangelios. “Hunde el dato revelado en la historia y sólo en la historia. Adquieren aquí una importancia desmesurada la arqueología y otras disciplinas puestas al servicio de la nueva exégesis”[42]. Más aún, para el progresismo, Cristo no es Dios como lo ha entendido la Iglesia y lo han explicado los Santos Padres y los Santos Doctores tan acertadamente, entre los que descuella Santo Tomás de Aquino: el Ipsum Esse Subsistens, transcendente y puramente espiritual, personal, libre, providente y creador. Cristo no es más que una persona humana donde la presencia de Dios se hallaba de modo más particular y patente, negando así lo unión hipostática de la naturaleza humana y divina en la Segunda Persona del Hijo, unión que es por asunción. Consecuentemente, Cristo no es el Salvador del género humano, sino simplemente un ejemplo o motivación. El hombre se auto-salva al actuar según su naturaleza en la decisión total sobre sí mismo. Así lo afirmó el teólogo Karl Rahner en su doctrina del cristianismo anónimo. Una vez aceptada esta peregrina afirmación, caen por tierra todos los sacramentos, la Iglesia misma, su misión salvífica y su tarea de bautizar a todos los pueblos. Si el hombre no necesita de los sacramentos para ser salvo, entonces la Iglesia se convierte en no menos que una simple organización humanitaria y no en el arca de la salvación, quedando completamente secularizada.

A partir de aquí, la mente progresista reinterpreta todo, desde la Eucaristía como una mera celebración simbólica y conmemorativa –hablando de transignificación o transfinalización, en lugar de transubstanciación–, que nada tiene de actual ni sacrificial, hasta la vida espiritual del hombre y su búsqueda de Dios, negando incluso la existencia del Cielo y del Infierno, o afirmando gratuitamente que al fin de los tiempos todos los hombres serán salvados, porque, según ellos: “Dios es bueno y no castiga a nadie”[43].

La moral tradicional es sustituida por una moral de situación, que termina avalando las más descabelladas aberraciones y pecados, incluso los actos intrínsicamente malos, como el acto homosexual. Llegan incluso a hablar de la homosexualidad como lícita y querida por Dios. Pero a su vez, muchas trivialidades son tachadas de pecaminosas, como un simple descuido de la naturaleza o la indiferencia ante el supuesto cambio climático. Son paladines de una severa justicia y al mismo tiempo predicadores de una falsa misericordia: “En el orden temporal quieren la justicia sin la misericordia y en el sobrenatural la misericordia sin la justicia, exponiéndose así a no alcanzar la justicia en la tierra ni la misericordia en el cielo”[44].

Del sacerdocio hablan como si no fuese un sacramento instituido por Jesucristo y que hace a la jerarquía de la Iglesia, sino que afirman que todos los cristianos lo somos del mismo modo. Se quiere así introducir el sacerdocio femenino, y con la excusa de no caer en la Escila del clericalismo se cae en la Caribdis de la banalización del orden sagrado. Detestan las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, promueven casi solamente la vocación laical y se espantan de que algunas congregaciones tengan muchas vocaciones, ¡como si fuera algo malo!

La liturgia también es víctima del progresismo, pues en ella se introducen un sinnúmero de estupideces, abusos y deformaciones con la excusa de hacerla más entretenida o accesible al pueblo, o la vuelven instrumento y propaganda de ideologías anticristianas.

El falso principio de la “inmanencia vital” puede llegar mucho más lejos. Esta inmanencia vital postula que la razón humana está encerrada rigurosamente en el círculo de los “fenómenos” y cierra todo acceso natural a Dios y sobrenatural a la revelación externa, llevando así al agnosticismo. Hace que la fe dependa de algún fenómeno, aunque este esté en el campo de la ciencia y de la historia. Por eso, el mismo fenómeno es desfigurado atribuyéndosele una realidad que no tiene[45]

A los progresistas “les es suficiente”, afirma el Dr. Caturelli, “aceptar o postular la no existencia, de proposiciones con contenido de verdad, para concluir en el relativismo más radical que hoy invade el mundo. No se trata sólo de los ambientes académicos; el relativismo (cada uno tiene ‘su’ verdad y nadie tiene ‘la’ verdad) ha penetrado no sólo en la ciencia y en la ‘Teología’ (las encíclicas son sólo la ‘opinión’ del Papa y son discutibles) sino en la vida social, en todas las manifestaciones públicas, en la vida familiar y en la política”[46].

5. Los remedios

San Pío X reconoció con gran claridad que el principio de inmanencia era el nervio común de los errores que denunciaba entonces. Nosotros podemos decir que lo sigue siendo de los problemas que nos aquejan hoy en día. Se ha dicho desde antiguo que no existe herejía “nueva”. Es verdad. En el progresismo, hay un esfuerzo empecinado de “regreso” al hombre viejo transfiriendo la salvación al mundo; pero lo único nuevo es Cristo, el Verbo Encarnado, por eso, todos los errores y herejías, son viejos aunque tengan una careta de “novedad”.

¿Qué remedios proponía el Santo Padre en 1907? Entre otros que el Papa pone en la encíclica mencionamos los siguientes:

  • “En primer lugar, pues, por lo que toca a los estudios, queremos, y definitivamente mandamos, que la filosofía escolástica se ponga por fundamento de los estudios sagrados”[47]. Para que no queden dudas agrega: “Lo principal que hay que notar es que, cuando prescribimos que se siga la filosofía escolástica entendemos principalmente aquélla que enseñó Santo Tomás de Aquino”, y advierte: “el apartarse del doctor de Aquino, en especial en las cuestiones metafísicas, nunca dejará de ser de gran perjuicio”[48] . “Colocado ya así este cimiento de la filosofía, constrúyase con gran diligencia el edificio teológico”[49].
  • Por otra parte, exhorta a promover “el estudio de la Teología, para que los clérigos salgan de los seminarios llenos de una gran estima y amor a ella y que la tengan siempre por su estudio favorito”[50]. Propugna además el estudio de las disciplinas profanas siempre que no sea en menoscabo de los estudios sagrados.
  • Al final menciona algunas medidas prácticas acerca de la elección de “los rectores y maestros de los seminarios o de las Universidades católicas” diciendo que si “de algún modo estuvieren imbuidos de modernismo [progresismo], sin miramiento de ninguna clase sean apartados del oficio, así de regir como de enseñar, y si ya lo ejercitan, sean destituidos”[51].

*   *   *

El progresismo, en fin, en sus múltiples manifestaciones y facetas, busca sin más destruir al Dios transcendente, al Dios de los Evangelios y de nuestra fe católica. “El progresismo –liberal o marxista, burgués o revolucionario– no trabaja para que la vida pública y social de los pueblos se subordine a Dios como a su fin último, porque ‘su’ dios ya no es trascendente; si toda chabacanería es posible en “sus” liturgias, es porque ‘su’ dios no es la majestad misma; si han cuestionado toda verdad de la fe y dudado de cuanto milagro o profecía hay en la Escritura, es porque ‘su’ dios no es todopoderoso; si son fecundos en dudas y en certezas estériles, es porque ‘su’ dios no es la infinita verdad”[52]. Y al sacar a Dios de en medio, han puesto en su lugar al hombre, endiosándose a sí mismos, creyéndose el centro de la historia, de la teología y de la salvación. De aquí que sólo se hable de los derechos del hombre, y poco y nada de los derechos de Dios. No lo quieren presente en la sociedad, ya sea comunista, ya capitalista, o de cualquier índole. Ni tampoco hablan de hacerlo conocido en los países no cristianos, y no quieren predicarlo nuevamente en las naciones de antigua tradición cristiana.

Por este progresismo, ateísmo reinante, hoy son muchos los que consideran al mundo moderno como ‘sin esperanzas’. En verdad, a veces parece como un largo Viernes Santo donde todo lo divino parece haber fracasado. Quizás nunca como ahora el futuro parece tan impredecible. La gente parece padecer una angustiosa sensación de desolación.

Sin embargo, no hay necesidad ni lugar para tal desesperanza. El mundo parecía tan desolado antes, cuando crucificó a Cristo, como lo está ahora y, sin embargo, resucitó a la frescura de una nueva civilización cristiana. Lo mismo puede suceder ahora, como ya ha sucedido al menos una docena de veces desde la venida de Cristo. Sin embargo hay que saber que el ideal moderno no es precisamente la bondad, sino el éxito. Y tal ideal hace increíblemente difícil la penitencia. Es cierto que el paganismo antes de Cristo también pecó, pero el pecado del paganismo moderno tiene el serio agravante de haber traicionado un ideal que los paganos no tenían, a saber, Cristo. Y por eso el “progresismo” no se puede considerar progreso porque ha sustituido el Ideal eterno, por el mundo temporal y sus máximas. Por tanto, la humanidad no va a resucitar a la paz y a la felicidad con remedios políticos y económicos, aunque estos sean también necesario, sino fundamentalmente por la regeneración espiritual de los corazones y de las almas, por la conversión -o la vuelta- a Cristo, única paz y felicidad del hombre. Por eso decía San Pío X al asumir la sede petrina: “Si se nos pide una divisa que sea la expresión de Nuestra voluntad, siempre presentaremos esta sola: recapitular todas las cosas en Cristo[53][54].

Esta es la tarea que nos incumbe particularmente a nosotros como miembros del Instituto del Verbo Encarnado que hemos sido llamados a “asumir” las culturas, purificándolas y elevándolas a partir de Cristo y su Evangelio, entendido “en Iglesia”. Por lo tanto, análogamente al misterio de la Encarnación, debe ser una asunción, o sea, se debe dar una acción y pasión que exprese el devenir y no sólo el resultado final y que diga referencia distinta a cada uno de los términos, de partida y de llegada. No nos basta con una mera unión ni con sólo poner una etiqueta nominalista a la realidad para que esta sea, de verdad, enseñoreada por Cristo. El “estar en el mundo” sólo tiene sentido para nosotros cuando depende del “no ser del mundo”. Sólo así se puede ser de verdad sal de la tierra y luz del mundo[55]. Si no nos convertiríamos en sal sosa y en luz bajo el celemín[56]. El “no ser tributarios”[57] sigue siendo nuestra consigna.

En este sentido, la doctrina que se recibe y que se imparte es de capital importancia. Sin ella, que es la expresión misma de la Palabra hecha carne no es posible recapitular todas las cosas en Cristo. Esta

[1] A los miembros del Pontificio Seminario Lombardo (07/12/1968).

[2] Alocución a la Conferencia Episcopal Francesa en el Seminario Issy-les-Moulienaux (01/06/1980).

[3] Pascendi, 38.

[4] Carlos Buela, IVE, El Arte del Padre, Parte III, cap. 13, p. 358.

[5] Pascendi, 42.

[6] San Juan Pablo II, Discurso a los participantes en el congreso nacional italiano sobre el tema «Misiones al Pueblo para los años 80», 2.

[7] Cf. In Persona Christi, Introduccion, p. XIII.

[8] Cf. Pascendi, 1.

[9] San Pablo VI, Evangelii Nuntiandi, 78.

[10] Carta encíclica Ecclesiam suam, n. 10.

[11] Cf. De la Cábala al progresismo, Ed. Calchaquí, Salta 1970.

[12] «La Cábala es invención judía que se origina en la corrupción por los misterios paganos de la revelación dada por Dios al pueblo judío. Es la tradición divina pervertida por el hombre» Julio Meinvielle, De la Cábala al progresismo, Ed. Calchaquí, Salta 1970.

[13] Mc 7, 9.13.

[14] Cf. Pascendi, 42.

[15] Julio Meinvielle, El significado de la Canonización de Pío X. En: El progresismo Cristiano, Buenos Aires 1983, Cruz y Fierro, p. 88-89.

[16] Cf. Joseph Lortz, Historia de la Iglesia, p. 606, trad. de A. P. Sánchez Pascual, Ed. Guadarrama, Madrid, 1962.

[17] Alberto Caturelli, “La Pascendi Dominici Gregis, una encíclica profética”, Revista e-Aquinas, Año 5 Abril 2007, p. 3.

[18] Julio Meinvielle, El progresismo Cristiano, Buenos Aires 1983, Cruz y Fierro, p. 21.

[19] Cf. Alberto Caturelli, “La Pascendi Dominici Gregis, una encíclica profética”, Revista e-Aquinas, Año 5 Abril 2007, p. 6.

[20] En especial la Escuela Trascendental, que para hacer teología usa de base la filosofía moderna.

[21] Cf. Julio Meinvielle, El progresismo Cristiano, Buenos Aires 1983, Cruz y Fierro, p. 18 y 20.

[22] Carlos Buela, IVE, El Arte del Padre, Parte III, cap. 13, p. 357. Ya el Concilio Vaticano I hablaba de la mala mezcla de naturaleza y gracia como causa de estos errores: haciendo una mala mezcla de la naturaleza y la gracia, de la ciencia humana y de la ciencia divina se ha depravado el sentido genuino de los dogmas y se pone en peligro la integridad y sinceridad de la fe; cf. Constitución Unigenitus dei Filius: “naturam et gratiam perperam commiscentes…”.

[23] Pío XII, Humani Generis, n. 8. Ya San Pío X había dicho que la táctica de los modernistas era, «a la verdad, la más insidiosa, consiste en no exponer jamás sus doctrinas de un modo metódico y en su conjunto, sino dándolas en cierto modo por fragmentos y esparcidas acá y allá, lo cual contribuye a que se les juzgue fluctuantes e indecisos en sus ideas, cuando en realidad éstas son perfectamente fijas y consistentes», Pascendi¸ 3.

[24] Alfredo Sáenz, S.J., Inversión de los Valores, Ed. Mikael, Paraná 1978, p. 12 y 22.

[25] Carlos Buela, IVE, El Arte del Padre, Parte III, cap. 13, p. 357.

[26] Bruno de Solages, Postulados doctrinarios del progresismo, Librería Huemul, Buenos Aires 1964, p. 18

[27] Pascendi, 37.

[28] Cf. Alberto Caturelli, “La Pascendi Dominici Gregis, una encíclica profética”, Revista e-Aquinas, Año 5 Abril 2007, p. 10.

[29] Pascendi, 41.

[30] Pascendi, 11.

[31] Ibidem.

[32] Cf. Pascendi, 11. 43.

[33] Pascendi, 42.

[34] Ibidem.

[35] Pascendi, 43.

[36] Ibidem.

[37] Cf. Alberto Caturelli, “La Pascendi Dominici Gregis, una encíclica profética”, Revista e-Aquinas, Año 5 Abril 2007, p. 11.

[38] Pascendi, 43.

[39] Alberto Caturelli, “La Pascendi Dominici Gregis, una encíclica profética”, Revista e-Aquinas, Año 5 Abril 2007, p.11.

[40] Pascendi, 11.

[41] Carlos Buela, IVE, El Arte del Padre, Parte III, cap. 13, p. 359.

[42] Cf. Alberto Caturelli, “La Pascendi Dominici Gregis, una encíclica profética”, Revista e-Aquinas, Año 5 Abril 2007, p. 12.

[43] «La palabra castigo me parece muy fuerte aplicada al Dios del amor y de la misericordia en que creo». Así lo expresó el p. Damián María Montes, reconocido sacerdote, que hace videos en Tik-Tok. Es un típico ejemplo del progresismo meloso que nos rodea. (https://www.larazon.es/religion/20201101/vfeg3d645fgz5o6n5r743i5qge.html?jwsource=cl)

[44] Carlos Buela, IVE, El Arte del Padre, Parte III, cap. 14, p. 369.

[45] Por ejemplo: “en la persona de Cristo, la ciencia y la historia ven sólo un hombre; en virtud del agnosticismo que rige la exégesis, es menester borrar de la historia de Cristo todo carácter divino y mantener sus condiciones históricas; hay que concluir que la figura de Cristo ha sido desfigurada por la fe y es menester prescindir de ella en sus palabras, actos, lugar en que vivió, etcétera. Hoy diríamos que una cosa es lo que los Apóstoles creyeron y transmitieron y otra la realidad histórica”.

[46] Alberto Caturelli, “La Pascendi Dominici Gregis, una encíclica profética”, Revista e-Aquinas, Año 5 Abril 2007, p. 13.

[47] Pascendi, 46.

[48] Ibidem.

[49] Pascendi, 47.

[50] Ibidem.

[51] Pascendi, 49.

[52] Carlos Buela, IVE, El Arte del Padre, Parte III, cap. 13, p. 359.

[53] Ef 1, 10.

[54] E Supremi Apostolatus Cathedra, 2.

[55] Mt 5, 13ss.

[56] Directorio de Espiritualidad, 65.

[57] Constituciones, 214.

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