Devoción Mariana

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Según el artículo 4 de nuestras Constituciones, que expresa el carisma propio del Instituto, nos confesamos como “esencialmente misioneros y marianos”[1] y manifestamos que es firme nuestra resolución de trabajar “en suma docilidad al Espíritu Santo y dentro de la impronta de María”[2] “para prolongar la Encarnación en todas las cosas, haciendo un cuarto voto de esclavitud mariana según San Luis María de Montfort”[3]. “De modo tal que podemos decir que nuestra espiritualidad se deriva de la Persona del Verbo y de su Madre”[4]

Por tanto, la devoción a la Madre del Verbo Encarnado se convierte naturalmente en un elemento esencial y no negociable del Instituto. Pues −como muy acertadamente señala nuestro Fundador− es algo que “no puede perderse sin grave prejuicio de nuestro carisma”[5], y que se convierte, además, en “fuente perenne de fecundidad sobrenatural para nuestra pequeña Familia Religiosa”[6].

Tan es así que, nuestra espiritualidad “que quiere ser del Verbo Encarnado”[7] queda “signada, con especial relieve”[8] por la consagración a María “‘en materna esclavitud de amor’ según el modo admirablemente expuesto por San Luis María Grignion de Montfort”[9] al profesar nuestro cuarto voto, “de modo que toda nuestra vida quede marianizada”[10].

Este cuarto voto[11] implica, por un lado, entregarle a la Madre de Dios con valentía, todo lo que somos, todo cuanto tenemos, “o podamos tener en el futuro, en el orden de la naturaleza, de la gracia y de la gloria, sin reserva alguna […], y esto por toda la eternidad, y sin esperar por nuestra ofrenda y servicio más recompensa que el honor de pertenecer a Jesucristo por María y en María”[12]. Y, por otro lado, implica también que “es nuestro deseo, es nuestra intención explícita marianizar toda nuestra vida”.

Para nosotros la total consagración a Jesús por María es un “programa de vida hermoso”[13], que nos permite vivir de la forma más perfecta los consejos evangélicos. Ya que “consagrarse a la Virgen es dejarse llevar por Ella hasta el Corazón de Jesús para que Cristo sea formado en nosotros[14][15]. “Es Ella el modelo perfecto de consagrada al que todo religioso debe siempre contemplar e imitar”[16], señala el derecho propio. Entonces, esta devoción a la Madre de Dios, no es algo accesorio o decorativo, sino que es inherente a la vida diaria de cada uno de los religiosos del Instituto. Esto lo manifestamos, por ejemplo:

– renovando todas las veces que sea necesario, incluso varias veces al día, nuestra consagración a la Virgen;

– esforzándonos por ser “apóstoles de María”[17], porque estamos convencidos de que la devoción mariana es contenido esencial de la evangelización y por eso la devoción a la Virgen María es principalísima en todas nuestras misiones;

– recitando el santo rosario diariamente; el Ángelus; realizando procesiones con la Virgen en las misiones populares; celebrando con gran solemnidad sus fiestas; llevando el escapulario de la Virgen, etc.   

–  intentando, por todos los medios, imitar las virtudes de nuestra Madre del Cielo, para de ese modo pronunciar diariamente nuestro fiat y, como Ella, hacernos disponibles para siempre a la voluntad de Dios. Ella es el modelo de quien aprendemos la “docilidad y prontitud en la ejecución de lo que pide el Espíritu Santo, trabajando siempre contra la tentación de la dilación, contra el miedo al sacrificio y a la entrega total”[18] y también junto a Ella al pie de la cruz aprendemos a sufrir en silencio y a dar la vida por las ovejas.

Sabiéndonos nacidos del Inmaculado Corazón de María, la devoción a la Madre de Dios es esencial en nosotros si hemos de ser fieles a nuestro carisma, si hemos de realizar con fruto nuestra misión. Por eso llevamos a la Virgen, particularmente bajo la advocación de la Purísima y Limpia Concepción de Luján, a todos los lugares donde se halla el Instituto. La Virgen es nuestra Reina, es nuestra Madre, y después de Jesús, el más alto ideal y nuestro gran amor.  

Por eso decimos en el código fundamental de nuestra espiritualidad: “No, Jesús o María; no, María o Jesús. Ni Jesús sin María; ni María sin Jesús. No sólo Jesús, también María; ni sólo María, también Jesús. Siempre Jesús y María; siempre María y Jesús. A María por Jesús: He ahí a tu Madre (Jn 19, 27). A Jesús por María: Haced lo que Él os diga (Jn 2, 5). Todo por Jesús y por María; con Jesús y con María; en Jesús y en María; para Jesús y para María. En fin, sencillamente: Jesús y María; María y Jesús. Y por Cristo, al Padre, en el Espíritu Santo”[19].

[1] Constituciones, 31.

[2] Ibidem.

[3] Constituciones, 17.

[4] Constituciones, 36.

[5] Cf. P. Carlos Buela, IVE, Juan Pablo Magno, cap. 30.

[6] Ibidem.

[7] Directorio de Vida Consagrada, 413.

[8] Directorio de Espiritualidad, 19.

[9] Constituciones, 83.

[10] Directorio de Espiritualidad, 19.

[11] Explicado en nuestras Constituciones, en los números 82-89.

[12] San Luis María Grignion de Montfort, Obras, Tratado de la verdadera devoción a María, 121.

[13] P. Carlos Buela, IVE, Totus tuus ego sum.

[14] Ga 4, 19.

[15] P. Carlos Buela, IVE, Mi parroquia Cristo Vecino, Apéndice, 1, Prólogo.

[16] Directorio de Vida Consagrada, 410.

[17] Directorio de Espiritualidad, 307.

[18] Directorio de Espiritualidad, 16.

[19] Directorio de Espiritualidad, 325. 

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