Dios un Padre providente

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Luego de aumentar el número de seminaristas de 42 a 147 en ocho años; y el de los seminaristas menores, de 200 a 500, en cuatro seminarios; luego de impartir formación permanente a los sacerdotes de seis diócesis de la Iglesia metropolitana de Hue; luego de desarrollar e intensificar la formación de jóvenes y laicos en la diócesis de Nhatrang (Vietnam), el entonces obispo de esa diócesis, Francis Xavier van Thuan, fue nombrado por San Pablo VI arzobispo coadjutor de Saigón. Sin embargo, nueve meses después de llegar allí fue arrestado por los comunistas y enviado a un “campo de reeducación” –eufemismo que usaban para la palabra cárcel– donde permaneció desde 1975 hasta 1988 padeciendo el “cautiverio más duro”[1].

 

De esos 13 años, 9 los pasó en aislamiento, solo con dos guardias, algo que él mismo describe como “una tortura mental, en el vacío absoluto, sin trabajo, caminando por la celda desde la mañana hasta las nueve y media de la noche para no ser destruido por la artrosis, al límite de la locura”[2]. Tenía entonces 48 años.

Ciertamente que el suyo fue un caso extremo; sin embargo, es común a muchos hombres y mujeres de bien el padecer sin culpa males morales. Por eso, como nos podría suceder a cualquiera de nosotros y, de hecho, nos sucede cuando las cosas por las que luchamos tan arduamente son destruidas de un día para el otro, el obispo van Thuan, se veía tentado y más que tentado, era atormentado por el hecho de que teniendo 48 años, de haber trabajado ocho años como obispo, adquirido mucha experiencia pastoral, etc., se encontraba ahora aislado, inactivo, separado de su gente.

Cuántas veces a lo largo de nuestra historia –a nivel Instituto, pero también en lo personal– nos ha tocado dejar sin terminar un programa o un proyecto que estaba bien planeado, bien organizado; cuántas veces actividades que pusimos en marcha con mucho entusiasmo quedaron obstaculizadas; apostolados o proyectos de gran envergadura han pasado a ser actividades menores, cuántas veces buscando hacer el bien, hemos sido calumniados, perseguidos, amenazados… No obstante, también nosotros, como el obispo van Thuan, debemos aprender a “escoger a Dios y no las obras de Dios”[3] que todo lo dispone para nuestro mayor beneficio.

Dios nos concede hoy comenzar un nuevo año. Y por eso pudiera parecer extraño hablar de una experiencia así, cuando el mundo entero planea el nuevo año con optimismo, pero frecuentemente sin incluir a Dios en sus proyectos.

De parte nuestra, no es que no tengamos proyectos, no es que no tengamos propósitos a alcanzar, ni desafíos antiguos que seguir enfrentando, pero no es menos verdad que la providencia divina tiene para nosotros designios misericordiosos que no siempre coinciden con nuestros planes. Esto no quiere decir que esa intervención providencial de Dios tenga que ser siempre adversa, sino que, muy por el contrario, es siempre positiva y busca allanarnos el camino, aun cuando esas situaciones no nos den gusto y nos parezcan malas y muy desfavorables. Por este motivo, nos ha parecido que puede ser muy saludable a nuestras almas, tener en cuenta en ‘nuestro planeamiento’ esa coordinada maestra, que en realidad es el eje central del que penden las distintas variables que conforman el entretejido de los múltiples sucesos de nuestra vida diaria. De modo tal que lejos de comenzar el año con una visión pesimista de la realidad, queremos ofrecer una breve reflexión acerca de la especial y misericordiosa providencia divina que se manifiesta aun cuando a los buenos les acaecen cosas malas y a los malos cosas buenas, ya que, como dice San Juan de la Cruz, “habiendo Su Majestad ordenádolo así, es lo que a todos más nos conviene[4].

1. Los “tesoros escondidos” de la providencia divina

 

A no pocos cristianos les sucede que aun cuando profesan su fe en la divina providencia y se esfuerzan con todo empeño en dar lo mejor de sí mismos para hacer algo bueno, para sí mismos o para los demás, ven despreciados sus esfuerzos y la obra de sus manos esfumarse delante de sus ojos. Así, no pocos se enfrentan con la realidad, por ejemplo, de que sus negocios se fueron a la ruina; de que aun habiéndose casado y dado todo, su familia se termine dividiendo; de que la misión que tantos sacrificios les ha costado se ha cerrado o una enfermedad los ha alejado del apostolado; o simplemente, aquellos de quienes esperaban ayuda los han traicionado. De aquí que la realidad del mal y del sufrimiento presente bajo tantas formas en la vida humana constituya para muchos –incluso religiosos– la dificultad principal para aceptar la verdad de la providencia divina (y decimos aceptar en el sentido de asimilar interiormente y no simplemente de asentir intelectualmente a una verdad).

Haciéndose eco de esta realidad, San Juan Pablo II afirmaba en una de sus audiencias: “En algunos casos, esta dificultad asume una forma radical, cuando incluso se acusa a Dios del mal y del sufrimiento presentes en el mundo llegando hasta rechazar la verdad misma de Dios y de su existencia (esto es, hasta el ateísmo). De un modo menos radical y sin embargo inquietante, esta dificultad se expresa en tantos interrogantes críticos que el hombre plantea a Dios. La duda, la pregunta e incluso la protesta nacen de la dificultad de conciliar entre sí la verdad de la providencia divina, de la paterna solicitud de Dios hacia el mundo creado, y la realidad del mal y del sufrimiento experimentada en formas diversas por los hombres”[5].

Por otro lado cada año hacemos Ejercicios Espirituales y cada año, por tanto, meditamos el Principio y Fundamento: “El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima; y las otras cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es criado. De donde se sigue, que el hombre tanto ha de usar dellas, quanto le ayudan para su fin, y tanto debe quitarse dellas, quanto para ello le impiden. Por lo qual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; en tal manera, que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados”[6]. San Ignacio lo llama el Principio y Fundamento de sus Ejercicios Espirituales, pero también es la verdad más fundamental sobre la existencia del hombre y la providencia divina. Así lo expresaba San Juan Pablo II al decir: “La fe en la providencia divina, está íntimamente vinculada con la concepción basilar de la existencia humana, es decir, con el sentido de la vida del hombre. El hombre puede afrontar su existencia de modo esencialmente diverso, cuando tiene la certeza de no estar bajo el dominio de un ciego destino (fatum), sino que depende de Alguien que es su Creador y Padre. Por esto, la fe en la divina providencia inscrita en las primeras palabras del Símbolo Apostólico: ‘Creo en Dios Padre todopoderoso’, libera a la existencia humana de las diversas formas del pensamiento fatalista[7]. No obstante, a veces sucede que bajo presión o circunstancias difíciles nos olvidamos de esto o aceptamos estas palabras como simples principios abstractos de la vida espiritual sin que se vuelvan parte integral de nuestra vida diaria. Es decir, no las asumimos de manera vital. Por eso en este primer punto quisiéramos traer a colación lo que el Magisterio de la Iglesia y su ilustre Doctor, Santo Tomás de Aquino, enseñan acerca de este tema tan fundamental.

Por una parte, ninguno de nosotros desconoce que la verdad de la providencia divina está presente en toda la Revelación. Más aún, podemos decir que “impregna toda la Revelación[8]. Asimismo, se encuentra desde el principio, como verdad fundamental de la fe, en el Magisterio ordinario de la Iglesia, aunque sólo el Concilio Vaticano I se pronunció sobre ella en el ámbito de la solemne Constitución dogmática De fide catholica, a propósito de la verdad sobre la creación. He aquí las palabras del Vaticano I: “Dios conserva todo lo que ha creado y lo dirige con su providencia ‘extendiéndose de uno al otro confín con fuerza y gobernando con bondad todas las cosas’[9]. ‘Todo está desnudo a sus ojos’[10], incluso lo que tenga lugar por libre iniciativa de las criaturas”. Siguiendo las huellas de la constante tradición de la enseñanza de la Iglesia, también de los textos del Concilio Vaticano II, se deduce que Dios es el que “cuida de todos con paterna solicitud”[11], y en particular “del género humano”[12]. Manifestación de esta solicitud es también la “ley divina, eterna, objetiva y universal, por la que Dios ordena, dirige y gobierna el mundo universo y los caminos de la comunidad humana según el designio de su sabiduría y de su amor”[13]. “El hombre… no existe efectivamente sino por amor de Dios, que lo creó y por el amor de Dios, que lo conserva. Y sólo se puede decir que vive en la plenitud de la verdad cuando reconoce libremente ese amor y se confía por entero a su Creador[14].

En la Summa Theologica, I, q. 22 trata el Angélico sobre la providencia de Dios. No hemos de transcribir todo lo que allí se explica –aunque recomendamos vivamente su lectura[15]–, sino que simplemente nos remitiremos a ofrecer los conceptos básicos que nos servirán de lineamiento para abordar este tema.

  • Lo que en Dios se llama providencia es la razón del orden de las cosas a sus fines[16].
  • Todos los seres están sujetos a la providencia divina, y no sólo en conjunto, sino también en particular[17].
  • La providencia comprende dos cosas: la razón del orden de los seres proveídos a su fin y la ejecución de este orden, llamada “gobierno”. En cuanto a lo primero, Dios provee inmediatamente a todas las cosas, porque en su entendimiento tiene la razón de todas, incluso de las ínfimas, y porque a cuantas causas encomendó algún efecto las dotó de la actividad suficiente para producirlo, para lo cual es indispensable que de antemano conociese en su razón propia el orden de tales efectos. En cuanto a lo segundo, la providencia divina se vale de intermediarios, pues gobierna los seres inferiores por medio de los superiores, pero no porque sea insuficiente su poder, sino porque es tanta su bondad, que comunica a las mismas criaturas la prerrogativa de la causalidad[18].
  • Es efecto de la providencia divina no sólo que suceda una cosa cualquiera, sino que suceda de modo necesario o contingente, y, por tanto, sucede infalible y necesariamente lo que la divina providencia dispone que suceda de modo infalible y necesario, y contingentemente lo que en la razón de la providencia divina está que haya de suceder de modo contingente[19].

Ahora bien, el sufrimiento que nace de las múltiples experiencias del mal, especialmente cuando es sin culpa, hace que el hombre se plantee aquellos difíciles y dramáticos interrogantes, que constituyen a veces una denuncia, otras un desafío, o un grito de rechazo de Dios y de su providencia. De alguna manera estas preguntas podrían resumirse así: “¿Cómo conciliar el mal y el sufrimiento con la solicitud paterna, llena de amor, que Jesucristo atribuye a Dios en el Evangelio? ¿Cómo conciliarlas con la trascendente sabiduría del Creador? Y de una manera aún más dialéctica: ¿podemos de cara a toda la experiencia del mal que hay en el mundo, especialmente de cara al sufrimiento de los inocentes, decir que Dios no quiere el mal? Y si lo quiere, ¿cómo podemos creer que Dios es amor, y tanto más que este amor no puede no ser omnipotente?”[20]. La aflicción o el sufrimiento de los buenos –si es sin culpa– es lo que parece contraponerse a la providencia divina.

Ante estas preguntas, también nosotros como Job, experimentamos qué difícil es dar una respuesta. Por eso con humildad frente al misterio[21] buscamos la respuesta en la Palabra de Dios que el Espíritu Santo fecundó con la verdad[22]. Así en el Antiguo Testamento encontramos la afirmación:  …pero la maldad no triunfa sobre la sabiduría. La sabiduría se extiende poderosa del uno al otro extremo y lo gobierna todo con suavidad[23]. Vemos entonces que frente a las multiformes experiencias del mal y del sufrimiento en el mundo, ya el Antiguo Testamento testimoniaba el primado de la Sabiduría y de la bondad de Dios, de su providencia divina. Esta actitud se perfila y desarrolla en el Libro de Job, que se dedica enteramente al tema del mal y del dolor vistos como una prueba a veces tremenda para el justo, pero superada con la certeza, laboriosamente alcanzada, de que Dios es bueno. 

Santo Tomás de Aquino en su Expositio super Job ad litteram afirma lo siguiente: “Después de que la mayoría de los hombres afirmaron la opinión de que las cosas naturales no sucedieron por casualidad sino por la providencia debido al orden que claramente aparece en ellas, surgió una duda entre la mayoría de los hombres acerca de los actos del hombre, es decir sobre si los asuntos humanos evolucionaron por casualidad o por causalidad, de si estaban gobernados por algún tipo de providencia o un orden superior. Esta duda se alimentó especialmente porque no hay un orden seguro aparente en los eventos humanos. Porque las cosas buenas no siempre le suceden a las buenos, ni las malas a los malos. Por otro lado, las cosas malas no siempre sobrevienen a los buenos, ni las buenas a los malvados, sino que el bien y el mal caen indistintamente sobre los buenos y los malvados. Este hecho movió especialmente el corazón de los hombres a tener la opinión de que los asuntos humanos no están gobernados por la providencia divina. Algunos decían que los asuntos humanos proceden por casualidad excepto en la medida en que están gobernados por la providencia y el consejo humano, otros atribuyen su resultado a un fatalismo gobernado por los cielos.

Esta idea causa mucho daño a la humanidad. Porque si se niega la providencia divina, no quedará reverencia ni verdadero temor de Dios entre los hombres. Cada hombre puede sopesar bien cuán grande será la propensión al vicio y la falta de deseo de virtud que se deriva de esta idea. Porque nada retrae así a los hombres de las cosas malas y los induce al bien tanto como el temor y el amor de Dios. Por esta razón, el primer y principal objetivo de quienes habían buscado la sabiduría inspirada por el espíritu de Dios para la instrucción de otros era quitar esta opinión del corazón de los hombres. Entonces… el Libro de Job… está dirigido a esto: mostrar que los asuntos humanos están regidos por la providencia divina

[…] La aflicción de los justos es lo que parece impugnar especialmente la providencia divina en los asuntos humanos. Porque, aunque a primera vista parezca irracional y contrario a la providencia que a veces les suceden cosas buenas a los hombres malos, esto puede ser excusado de una forma u otra por la compasión divina. Pero que los justos sean afligidos sin causa parece socavar totalmente el fundamento de la providencia. Así, las variadas y graves aflicciones de un determinado justo llamado Job, perfecto en todas sus virtudes, se proponen como una especie de tema para la cuestión que se pretende discutir”[24].

En la tradición espiritual cristiana Job simboliza el sufrimiento resignado; la aceptación confiada del dolor. Por ello el ‘Santo Job’ es el arquetipo y el paradigma de la paciencia cristiana. Además es, según los estudiosos, “la mejor figura típica y tropológica de la purificación pasiva”[25], pues pasa por todas las etapas de la oscura purificación: desde la prueba física –desnudez, abandono de amigos, pérdida de los bienes– hasta el grito desgarrador del alma afligida y humillada que “ruge y brama”[26]. Y esta noche purificadora tiene sentido de medio respecto al fin, que es llegar a la unión con Dios. Por eso hay que saber reconocer que cualquiera sea ‘nuestra noche’ es “una noche encubridora de las esperanzas de la luz del día[27].

Siendo esto así, la afirmación de la Sagrada Escritura: la maldad no triunfa sobre la sabiduría[28] refuerza nuestra convicción de que, en el plano providencial del Creador respecto del mundo, el mal en definitiva está subordinado al bien. Y eso es muy importante tenerlo en cuenta siempre. Esto mismo nos lo recuerda el derecho propio al exhortarnos a dar gloria a Dios confiando sin límites en su providencia cuando nos dice: “que todas las cosas se disponen para el bien de los que aman a Dios[29]. Al decir todas las cosas, no exceptúa nada. Por tanto, aquí entran todos los acontecimientos, prósperos o adversos, lo concerniente al bien del alma, los bienes de fortuna, la reputación, todas las condiciones de la vida humana (familia, estudio, talentos, etc.), todos los estados interiores por los que pasamos (gozos, alegrías, privaciones, sequedades, disgustos, tedios, tentaciones, etc.), hasta las faltas y los mismos pecados. Todo, absolutamente todo. Al decir se disponen para el bien, se entiende que cooperan, contribuyen, suceden, para nuestro bien espiritual. Hay que tener esta visión y no la del carnal o mundano. Hay que ver todo a la luz de los designios amorosos de la providencia de Dios, que sólo el hombre espiritual descubre: el espiritual lo juzga todo[30]. Debemos creer con firmeza inquebrantable que aun los acontecimientos más adversos y opuestos a nuestra mira natural, son ordenados por Dios para nuestro bien, aunque no comprendamos sus designios e ignoremos el término al que nos quiere llevar. Pero por nuestra parte, hemos de cumplir una condición para que esto suceda así. Por eso añade de los que aman a Dios, es decir, aquellos cuya voluntad está unida y sumisa a la de Dios, que procuran ante todo los intereses y la gloria de Dios, que están dispuestos a sacrificar todo sin reservas, persuadidos de que nada es tan ventajoso como abandonarse en las manos de Dios, en todo lo que a Él le plazca ordenar, como nos dio a entender Jesús: si alguno me sirve, el Padre lo honrará[31]. Sólo Él conoce todo, aun nuestra alma, sentimientos, carácter, los secretos resortes que es preciso mover para llevarnos al cielo, los efectos que tal o cual cosa producirán en nosotros, y tiene a su disposición todos los medios”[32].

Además, en el contexto de la verdad integral sobre la providencia divina, y para una mejor comprensión es necesario tener en cuenta las siguientes afirmaciones: “Dios no quiere el mal como tal” y “Dios permite el mal”. Acerca de lo cual San Juan Pablo II explica: “A propósito de la primera es oportuno recordar las palabras del Libro de la Sabiduría: …Dios no hizo la muerte ni se goza en la pérdida de los vivientes. Pues Él creó todas las cosas para la existencia[33].

  • En cuanto a la permisión del mal en el orden físico, por ejemplo, de cara al hecho de que los seres materiales (entre ellos también el cuerpo humano) sean corruptibles y sufran la muerte, es necesario decir que ello pertenece a la estructura de estas criaturas. Por otra parte, sería difícilmente pensable, en el estado actual del mundo material, el ilimitado subsistir de todo ser corporal individual. Podemos, pues, comprender que, si Dios no ha creado la muerte, según afirma el Libro de la Sabiduría, sin embargo, la permite con miras al bien global del cosmos material.
  • Pero si se trata del mal moral, esto es, del pecado y de la culpa en sus diversas formas y consecuencias, incluso en el orden físico, este mal decidida y absolutamente Dios no lo quiere. El mal moral es radicalmente contrario a la voluntad de Dios. Si este mal está presente en la historia del hombre y del mundo, y a veces de forma totalmente opresiva, si en cierto sentido tiene su propia historia, sólo está permitido por la divina providencia, porque Dios quiere que en el mundo creado haya libertad. La existencia de la libertad creada (y por consiguiente del hombre, e incluso la existencia de los espíritus puros como los ángeles, de los que hablaremos en otra ocasión) es indispensable para aquella plenitud del bien que Dios quiere realizar en la creación. La existencia de los seres libres es para él un valor más importante y fundamentalque el hecho de que aquellos seres abusen de la propia libertad contra el Creador y que, por eso, la libertad pueda llevar al mal moral”[34].

Por eso el derecho propio con paternal acento nos llama a ofrecer con nuestras vidas –con todas sus vicisitudes y circunstancias particulares– “un culto incesante a la divina providencia”, teniendo “la certeza de que ‘el peligro corporal no amenaza a aquellos que, con la intención de seguir a Cristo, abandonan todas sus cosas, confiándose a la divina providencia’[35]. Aquel Padre lleno de bondad que se ocupa de los pájaros y de las flores del campo[36], no abandonará a los que con tanta confianza se entreguen a Él”[37].

Indudablemente la razón y de la revelación nos iluminan grandemente en relación con el misterio de la divina providencia que, aun no queriendo el mal, lo tolera en vista de un bien mayor. Sin embargo, la luz definitiva sólo puede venir de la Cruz victoriosa de Cristo.

Esto lo desarrolla magistralmente el Padre Espiritual de nuestra Familia Religiosa en una serie de catequesis diciendo: Pues, “en el plano eterno de Dios y en su acción providencial en la historia del hombre, todo mal, y de forma especial el mal moral –el pecado– es sometido al bien de la redención y de la salvación precisamente mediante la Cruz y la Resurrección de Cristo. Se puede afirmar que, en Él, Dios saca bien del mal. Lo saca, en cierto sentido, del mismo mal que supone el pecado, que fue la causa del sufrimiento del Cordero inmaculado y de su terrible muerte en la Cruz como víctima inocente por los pecados del mundo. Por eso en la liturgia de la Vigilia Pascual exclamamos: ‘felix culpa[38][39].

“Así pues, a la pregunta sobre cómo conciliar el mal y sufrimiento en el mundo con la verdad de la providencia divina, no se puede ofrecer una respuesta definitiva sin hacer referencia a Cristo. Efectivamente, por una parte Cristo –el Verbo Encarnado– confirma con su propia vida –en la pobreza, la humillación y la fatiga– y especialmente con su pasión y muerte, que Dios está al lado del hombre en su sufrimiento; más aún, que Él mismo toma sobre Sí el sufrimiento multiforme de la existencia terrena del hombre. Jesús revela al mismo tiempo que este sufrimiento posee un valor y un poder redentor y salvífico, que en él se prepara esa herencia que no se corrompe, de la que habla San Pedro en su primera Carta: la herencia que está reservada para nosotros en los cielos[40]. La verdad de la providencia adquiere así mediante “el poder y la sabiduría” de la Cruz de Cristo, su sentido escatológico definitivo. La respuesta definitiva a la pregunta sobre la presencia del mal y del sufrimiento en la existencia terrena del hombre la ofrece la Revelación divina en la perspectiva de la ‘predestinación en Cristo’, es decir, en la perspectiva de la vocación del hombre a la vida eterna, a la participación en la vida del mismo Dios. Esta es precisamente la respuesta que ha ofrecido Cristo, confirmándola con su Cruz y con su Resurrección. De este modo, todo, incluso el mal y el sufrimiento presentes en el mundo creado, y especialmente en la historia del hombre, se someten a esa sabiduría inescrutable, sobre la cual exclama San Pablo, como transfigurado: ¡Oh profundidad de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán inescrutables son sus juicios e insoldables sus caminos…![41]. En todo el contexto salvífico, ella es de hecho la sabiduría contra la cual no puede triunfar la maldad[42][43].

Por eso, lo que venimos diciendo –aunque como hemos dicho lo trataremos en otra oportunidad–, se aplica también a la acción de los demonios, que son simples creaturas y que no pueden sustraerse a la causalidad de Dios, Primera Causa Universal de todo el ser y del obrar. Ellos, muy a su pesar, terminan cumpliendo el plan de Dios, que dispone todo para el bien de los que lo aman[44]. Y cuanto más se ensañan contra las obras de Dios y contra los cristianos, hasta causarles incluso el martirio, más contribuyen a la santificación de los elegidos y a la difusión del Reino de Dios. Por eso decía Tertuliano que “la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos”.

2. Algunos avisos prácticos de los santos

Bien sabido es que los santos también sufrieron y se purificaron en el crisol de las penas que les acaecían tantas veces ‘injustamente’ siendo ellos totalmente inocentes. Ahora bien, dado que los santos no se equivocaron en la práctica de las virtudes[45] conviene aprender de ellos a completar lo que falta a la Pasión de Cristo[46] con una reparación afectiva… efectiva… y aflictiva… en provecho propio y de todo el Cuerpo Místico, como se pide de cada uno de nosotros[47]. De modo tal, que si alguna vez todo se desmoronase y todo por lo que luchamos y tanto defendimos pareciese arruinado; si las cosas que proyectamos hacer llegasen a afrontar amenazas y nos viésemos envueltos en males morales y sufriésemos el peso aplastante de la humillación y la calumnia; si la pregunta “¿qué hacer cuando nada parece tener sentido?” toca a la puerta de nuestras almas; nuestra respuesta sea: es tiempo de creer. Es tiempo de ejercitar nuestra fe. Es tiempo de aferrarse aún más a Dios. Es tiempo de vivir con confianza la locura de la Cruz que consiste en vivir las bienaventuranzas[48]. Es el tiempo de vivir “la locura del amor sin límites ni medidas por la cual hemos de bendecir a los que nos maldicen, sin devolver mal por mal[49][50]. Es el tiempo de esforzarse en adquirir la sabiduría de la Cruz, por la cual el mundo no podrá engañarnos[51].

Precisamente de esta sabiduría están llenos los escritos apostólicos para ayudarnos, cuando estemos atribulados, a reconocer el paso de la gracia de Dios. Así, San Pedro escribe a los cristianos de la primera generación: Exultad por ello, aunque ahora tengáis que entristeceros un poco, en las diversas tentaciones[52]. Y añade: para que vuestra fe, probada, más preciosa que el oro, que se corrompe, aunque acrisolado por el fuego, aparezca digna de alabanza, gloria y honor en la revelación de Jesucristo[53]. Estas últimas palabras se refieren al Antiguo Testamento, y en especial al libro del Eclesiástico, en el que leemos: Pues el oro se prueba en el fuego, y los hombres gratos a Dios, en el crisol de la humillación[54]. Por eso el Apóstol, tomando el mismo tema de la prueba, continúa en su Carta: Antes habéis de alegraros en la medida en que participáis en los padecimientos de Cristo, para que en la revelación de su gloria exultéis su gozo[55].

De forma análoga se expresa el Apóstol Santiago cuando exhorta a los cristianos a afrontar las pruebas con alegría y paciencia: Tened, hermanos míos, por sumo gozo, veros rodeados de diversas tentaciones, considerando que la prueba de vuestra fe engendra la paciencia. Mas la paciencia sea acompañada de obras perfectas, para que seáis perfectos y cumplidos[56]. Por último, San Pablo en la Carta a los Romanos después de comparar los sufrimientos humanos a los “dolores de parto” añade: Ahora bien, sabemos que Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman…[57], y más adelante, ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?[58], concluyendo al fin: Porque estoy persuadido que ni muerte ni vida… ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios (manifestado) en Cristo Jesús, nuestro Señor[59].

Por eso debemos aprender a ver junto a la paternidad de Dios, que se manifiesta mediante la providencia divina, la pedagogía de Dios: Sufrís en orden a vuestra corrección. Como con hijos se porta Dios con vosotros; Pues, ¿qué hijo hay a quien su padre no corrija (eduque)…? Dios, mirando a nuestro provecho, nos corrige para hacernos participantes de su santidad[60].

Así, pues, visto con los ojos de la fe, el sufrimiento, si bien puede presentarse como el aspecto más oscuro de nuestro destino terrenal, nos permite transparentar el misterio de la divina providencia, contenido en la revelación de Cristo, y de un modo especial en su Cruz y en su Resurrección. 

Los santos de todos los tiempos tuvieron esta verdad de la divina providencia bien asentada en el alma. Y por eso cuando las cosas no iban bien, cuando veían sus planes gravemente alterados y los frutos de sus esfuerzos por el piso, cuando los insultaban y los echaban de los pueblos (incluso en algunos casos los obispos de las diócesis), cuando no los dejaban predicar, cuando los acusaban falsamente, incluso cuando los amenazaban de muerte y los conducían al cadalso, ellos no se turbaban, no perdían la calma, perdonaban a los enemigos y hasta se gozaban.

Nosotros, como todo cristiano, no estamos exentos de esas pruebas, y por tanto, si algo de esto nos sucediese tenemos que hacernos el favor a nosotros mismos de rezar. No una oración que le diga a Dios las cosas que tiene que hacer respecto de las injusticias que padecemos y los sufrimientos que nos laceran. Dios ya sabe lo que tiene que hacer. Sino que la nuestra debe ser una oración que nos clave más aun en nuestro centro, a saber, Dios mismo –que por nosotros fue clavado en la Cruz[61]–, y nos reafirme que estamos en sus manos, procurando, como dice San Juan de la Cruz, “conservar el corazón en paz” sin que nos “desasosiegue ningún suceso de este mundo”; pues que “mire que todo se ha de acabar”[62].

El Místico Doctor tenía tan embebida en el alma la verdad acerca de la solicitud paternal de nuestro Señor que en los más arduos combates no veía disminuida su confianza, muy por el contrario, esta crecía en proporción a las pruebas que enfrentaba. Y esto mismo aconsejaba a las almas, como consta, por ejemplo, en la carta a doña Juana de Pedraza: “Todo es aldabadas[63] y golpes en el alma para más amar, que causan más oración y suspiros espirituales a Dios, para que él cumpla lo que el alma pide para él. Ya le dije que no había para qué inquietarse por aquellas cosillas, sino que haga lo que le tienen mandado, y, cuando se lo impidieren, obediencia y avisarme, que Dios proveerá lo mejor. Los que quieren bien a Dios Él se tiene cuidado de sus cosas, sin que ellos se soliciten por ellas[64].

Y en otra carta le aconseja a una monja carmelita algo que todos nosotros podemos practicar: “Cuando se le ofreciere algún sinsabor y disgusto, acuérdese de Cristo crucificado, y calle. Viva en fe y esperanza, aunque sea a oscuras, que en esas tinieblas ampara Dios al alma. Arroje el cuidado suyo en Dios, que él le tiene; ni la olvidará. No piense que la deja sola, que sería hacerle agravio”[65].

Además, tengamos en cuenta que la verdad acerca de la providencia divina se halla también estrechamente unida a la verdad del reino de Dios, y por esta razón tienen una importancia fundamental las palabras pronunciadas por el Verbo Encarnado en su enseñanza sobre la providencia: Buscad primero el reino de Dios y su justicia… y todo eso se os dará por añadidura[66]. La verdad referente a la divina providencia, es decir, al gobierno trascendente de Dios sobre el mundo creado se hace comprensible a la luz de la verdad sobre el reino de Dios, sobre ese reino que Dios proyectó desde siempre realizar en el mundo creado gracias a la predestinación en Cristo, quien fue engendrado antes de toda criatura[67]. Por eso, es doctrina común entre los santos el exhortar a los fieles a vivir la pobreza de espíritu como disposición fundamental para disponerse a recibir la dádiva divina. En efecto, así es como nuestra vida “se vuelve un culto incesante a la divina providencia”[68].  

 

Esto mismo lo recomienda, por ejemplo, el Místico de Fontiveros: “conserven el espíritu de pobreza y desprecio de todo… queriéndose contentar con solo Dios. Y sepan que no tendrán ni sentirán más necesidades que a las que quisieren sujetar el corazón; porque el pobre de espíritu en las menguas está más constante y alegre porque ha puesto su todo en nonada en nada, y así halla en todo anchura de corazón”[69].

Por su parte, también San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia, y en la misma línea con San Juan de la Cruz, nos invita a ver los sucesos adversos que Dios permite que nos sucedan como momentos de especial purificación para el bien de nuestra alma. Así se lo escribe con sapiencial pluma el Doctor de Ávila a una mujer casada a cuyo hijo le había sucedido una desgracia: “Nuestro Señor… tiene cuidado de enviarnos algunas tribulaciones para que veamos nuestra flaqueza, y nos desengañemos si por fuertes nos teníamos, y veamos la fortaleza que Dios nos da para alegremente sufrirlas, y conozcamos cuán poderosa es su mano, que en vasos tan flacos pone virtud, y cuán bueno es, pues nos hace ganar en los males[70]. Y entonces le hace ver cómo Dios a través de estos padecimientos nos “limpia [de] nuestras culpas y nos fabrica en el cielo coronas; y las gracias que en estas tribulaciones a Dios se dan es una música cristiana y suave en sus orejas. Digo cristiana, porque el dárselas en las consolaciones es de todos, mas en las tribulaciones de sólo los buenos cristianos”[71].

Por tanto, sigue diciendo el Santo de Ávila, esos sucesos que nos son adversos, penosos, y no pocas veces muy dolorosos, no nos deben turbar, ni debemos considerarlos castigo, “porque la verdad cristiana confiesa que ninguna cosa viene acaso, mas todas debajo de la providencia de Dios; y como cosa de su mano tome vuestra merced lo acaecido. Y aunque lo tome de su mano, mírele al corazón, y hallará que envió esto con mucho amor, aunque en la mano parezca rigor. Ámanos Dios verdaderamente, aunque alguna vez disimule su amor y finge que se va lejos, no porque nos olvida, pues tiene jurado diciendo: Si de ti me olvidare, mi mano derecha se seque, y mi lengua se pegue al paladar si de ti no me acordare[72]. Pues, cierto, así lo cumple como lo dice el que nos tiene escritos en sus manos[73] y muy a su costa; mas se aparta porque suspiremos por Él y nos inquiete el hambre, para que después mejor nos sepa el pan que mantiene a cielo y tierra”[74].

Entonces, aunque de momento pueda parecer que todo se acabe y nos resulte todo muy trabajoso, dice San Juan de Ávila: “a la verdad, el que algo ve, hallará que otro gozo ni descanso no hay sino que se cumpla la voluntad de Dios en nosotros; y la consolación verdadera es gozarnos en la voluntad de Dios, aunque nos desconsuele. Y si estas desconsolaciones nos parece que vienen por nuestra tibieza (que es lo que a muchos suele desconsolar), digo, después de haberlo mirado, que es mejor llevar su culpa con igualdad sosegada de corazón y buena confianza en la misericordia divina que, por matar la mosca (como dicen) que me pica en la frente, darme un golpe con que me mate. No han de ser todos iguales los que al cielo han de ir; ni hemos de desesperar porque no somos de los mejores ni medianos; mas dar gracias a nuestro Señor porque nos dio esperanza de salvación por su clemencia. Y conviene alegrar en esto el corazón y agradecerlo a Dios, porque no nos quite esto que nos ha dado como a desagradecidos, y así caigamos en el infierno, porque no nos hizo Dios de los mejores del cielo. Créame que esta cosa de la paz del corazón que los perfectos tienen no se da por descontentos ni puñadas, mas Dios la da a quien y como y al tiempo que es servido[75].

Algo similar enseñaba San Juan Pablo II invitando a las almas a no desasosegarse si de momento les parece que no pueden sobrellevar con ánimo resignado o hallar consuelo en los sucesos que les son adversos, o si aun experimentan quejas interiores y a veces también exteriores acerca de las ‘injusticias’, malos tratos, etc. que padecen. Porque “gradualmente –afirmó el Santo Padre– y con la ayuda de la fe alimentada por la oración se descubre el verdadero sentido del sufrimiento que cada cual experimenta en su propia vida. Se trata de un descubrimiento que depende de la palabra de la divina revelación y de la ‘palabra de la Cruz[76] de Cristo, que es poder y la sabiduría de Dios[77][78].

Continúa el Maestro de Ávila dándonos el siguiente aviso: “No dejemos de hacer lo que pudiéremos y tener buena confianza en Dios, en el cual nos debemos de poner tan de corazón, que aun sobre nosotros mismos no osemos dar sentencia de cómo nos va[79]; mas, confiados en Él, correr con alegría la carrera de sus mandamientos y de sus pisadas y esperar que nos galardonará nuestros bienes y perdonará nuestros males, para que por uno y otro le alabemos y bendigamos en los siglos de los siglos”[80]. Y San Juan de la Cruz bien podría agregar en este punto lo que por carta le escribía a una de sus dirigidas: “Mas todo es breve, que todo es hasta alzar el cuchillo y luego se queda Isaac vivo, con promesa del hijo multiplicado[81][82].

Por este motivo se hace patente la necesidad de “pedir la gracia de la ciencia de la Cruz y de la alegría de la Cruz, que sólo se alcanzan en la escuela de Jesucristo”[83], como expresamente nos lo señala el derecho propio. Porque, “si en la actual economía salvífica fue necesaria la Pasión de Cristo, también será necesario nuestro padecer. Si hubiese otro camino para ir al cielo, Jesucristo lo hubiese seguido y, es más, lo hubiese enseñado. Pero no es así, Cristo fue por el camino regio de la Santa Cruz y nos enseñó a ir por él”[84].

Esto mismo es lo que, si bien con otras palabras, intentaba el Maestro de Ávila hacerle entender a un obispo de Córdoba (España) cuando fue a presidir un concilio provincial que se celebró en Toledo (1565) y que a la salud de nuestra alma bien le conviene tener presente al comenzar este año: “No piense vuestra señoría persuadir a nadie reformación, si él no va reformado. Ni piense que por otros medios ha de ser su embajada provechosa, sino por los que Jesucristo por ordenación de su Padre tomó para cumplir la suya. Porque si otras hubiera más convenientes, ni la sabiduría divina las ignorara ni su providencia las dejara de ordenar más, pues con tanto acuerdo, y siendo tan costosas a su propio Hijo, ordenó las que sabemos, gran temeridad es querer el siervo y criado huir de los medios que tomó el Hijo y tener en más la propia y carnal sabiduría que la de Dios. Alce los ojos vuestra señoría al Hijo de Dios puesto en una Cruz, desnudo y crucificado, y procure desnudarse del mundo y de la carne, y sangre, codicia, y de honra, y de sí mismo, para que así sea todo él semejante a Jesucristo y sea su embajada eficaz y fructuosa. Muera a todo y vivirá a Dios, y será causa para que otros vivan, porque, si esto no lo hace, perderse ha a sí y a los otros, pues la palabra de Cristo Señor nuestro no puede faltar: Nisi granum frumenti[85], etc.”[86].

Por último, recomienda San Juan de Ávila la lectura de la Sagrada Escritura, ya que de ella “sacará grande alegría, fundada en la misericordia de Dios; sacará contentamiento y paciencia en los trabajos y penas que se ofrecieren, mirando que, si no se muda la hoja en el árbol sin la voluntad de Dios, que tampoco habrán venido aquellos trabajos sin su providencia, y así, mirando que el que las envía es su Dios y murió por él, entenderá que debe de ser cosa que le cumple para su salvación. Tendrá también longanimidad en las peticiones que a Dios hiciere y no se las concediere de la manera que las pide, entendiendo que Aquel que le dio su propia vida le dará aquello que es menos, si le cumpliere. Y así verá que, como sumamente sabio, viendo las cosas por venir, entienda que aquello no le cumple o que, si le cumple, que no por entonces, por cuya causa le dilata la misericordia”[87].

*****

Por eso el tiempo de la prueba, cualquiera sea, es el tiempo de disponerse a experimentar la verdadera alegría como llama San Francisco de Asís a la aceptación sobrenatural de los designios misericordiosos de la divina providencia sobre nosotros. Recordarán Ustedes aquel capítulo de Las Florecillas cuando el santo le responde a Fray León: “Cuando lleguemos a Santa María de los Ángeles, calados por el agua y helados por el frío y cubiertos de barro y afligidos por el hambre y llamemos a la puerta del lugar y el portero vendrá enfadado y nos dirá: ‘¿Quién sois?’. Y cuando digamos nosotros: ‘Somos dos de vuestros hermanos’. Y él contestará: ‘Mentís; sois dos bribones que andáis por el mundo engañando y robando las limosnas de los pobres; fuera de aquí’; y no nos abrirá y nos hará quedar fuera, en medio de la nieve, del agua y del frío y con hambre hasta que sea de noche; entonces, si a tanta injuria, a tanta crueldad y a tantos vituperios nos sostenemos pacientemente sin turbarnos y sin murmurar de él, pensando humilde y caritativamente que aquel portero verdaderamente nos conoce y que Dios le hace hablar contra nosotros, ¡oh, fray León!, en esto estará la verdadera alegría. Y si perseveramos llamando a la puerta y sale él turbado y como a bergantes inoportunos nos eche con villanías y con bofetadas, diciendo: ‘Largo de ahí, ladronzuelos vilísimos; idos al hospital, que aquí no comeréis vosotros ni os albergaréis’, y nosotros lo sostendremos pacientemente y con alegría y con amor, fray León, escribe que en esto habrá perfecta alegría. Y si acuciados por el hambre, por el frío y por la noche volvemos a tocar y llamemos y  roguemos por amor de Dios con gran llanto que nos abra y nos meta dentro, y aquél, escandalizado, diga: ‘Éstos son bribones inoportunos; ya les daré la paga que merecen’, y sale fuera con un bastón nudoso y cogiéndonos por el capuchón nos eche al suelo sobre la nieve y nos golpee duramente; si entonces nosotros padecemos todas estas cosas con alegría, pensando en las penas de Cristo bendito que debemos padecer por su amor, ¡oh, fray León!, escribe, aquí se hallará la perfecta alegría; pero atiende a la conclusión, fray León: sobre todas las gracias y dones del Espíritu Santo que Cristo concede a sus amigos, está la de vencerse a sí mismo y de buen grado sostener penas, injurias, oprobios y desprecios por su amor; porque no podemos gloriarnos de los demás dones, porque no son nuestros sino de Dios; de donde dice el Apóstol: ¿Qué tienes tú que no hayas recibido de Dios? Y si lo has recibido, ¿por qué te glorías como si fuese tuyo? Pero en la Cruz de la tribulación y de la aflicción nos podemos gloriar porque esto es nuestro, y por esto dice el Apóstol: Yo no quiero gloriarme sino en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo[88].

Ya en los albores de este nuevo año nos encomendamos a María Santísima, Madre de la Divina Providencia, a fin de que Ella que como nadie se abandonó en Dios, nos conceda encarar este 2022 con todas sus gracias y con todas sus pruebas abandonados enteramente a la voluntad de beneplácito de nuestro buen Dios[89].

Agradecidos avancemos confiados por el camino llano de la Voluntad Divina, esforzándonos por cumplir acabadamente lo que Él pide de nosotros, según las circunstancias que Él dispone, y al tiempo que Él lo precisa, que siempre será lo mejor.

¡Feliz Año Nuevo para to

[1] F. X. Nguyen van Thuan, Cinco panes y dos peces, cap. 2.

[2] Ibidem.

[3] Ibidem.

[4] Epistolario, Carta 25, A la M. Ana de Jesús, 6 Julio 1591.

[5] Audiencia General (04/06/1986).

[6] Ejercicios Espirituales, [23].

[7] Audiencia General (07/05/1986).

[8] Ibidem.

[9] Cf. Sb 8, 1.

[10] Cf. Hb 4, 13.

[11] Gaudium et Spes, 24.

[12] Dei Verbum, 3.

[13] Dignitatis Humanae, 3.

[14] Gaudium et Spes, 19.

[15] https://tomasdeaquino.org/cuestion-22-de-la-providencia-de-dios/

[16] S. Th., I, q. 22, a. 1.

[17] S. Th., I, q. 22, a. 2.

[18] S. Th., I, q. 22, a. 3.

[19] S. Th., I, q. 22, a. 4.

[20] San Juan Pablo II, Audiencia General (04/06/1986).

[21] Cf. Directorio de Espiritualidad, 142.

[22] Cf. Directorio de Espiritualidad, 236.

[23] Sb 7, 30 – 8, 1.

[24] Tomado del Prólogo de la obra mencionada.

[25] Eulogio Pacho, Estudios Sanjuanistas, t. 2, p. 327.

[26] San Juan de la Cruz, Noche Oscura, libro 2, cap. 9, 7.

[27] Ibidem, 8.

[28] Sb 7, 30.

[29] Cf. Rm 8, 28.

[30] 1 Co 2, 15.

[31] Jn 12, 26.

[32] Directorio de Espiritualidad, 67.

[33] Sb 1, 13-14.

[34] Audiencia General (04/06/1986).

[35] Santo Tomás de Aquino, S. Th., II-II, 186, 3 ad 2.

[36] Cf. Mt 6, 25-34.

[37] Constituciones, 63.

[38] Cf. Exultet de la Liturgia de la Vigilia Pascual.

[39] San Juan Pablo II, Audiencia General (11/06/1986).

[40] Cf. 1 Pe 1, 4.

[41] Rm 11, 33.

[42] Cf. Sb 7, 30.

[43] San Juan Pablo II, Audiencia General (11/06/1986).

[44] Rm 8, 28.

[45] Cf. Constituciones, 213.

[46] Cf. Col 1, 24.

[47] Cf. Directorio de Espiritualidad, 169.

[48] Cf. Directorio de Espiritualidad, 181.

[49] Rm 12, 17.

[50] Cf. Directorio de Espiritualidad, 181.

[51] Ibidem.

[52] 1 Pe 1, 6.

[53] 1 Pe 1, 7.

[54] Si 2, 5.

[55] 1 Pe 4, 13.

[56] Sant 1, 2-4.

[57] Rm 8, 28.

[58] Rm 8, 35.

[59] Rm 8, 38-39.

[60] Hb 12, 7.10.

[61] Directorio de Espiritualidad, 135.

[62] Avisos Espirituales, 182.

[63] Golpear con la aldaba (RAE: 1. f. Pieza de hierro o bronce que se pone a las puertas para llamar golpeando con ella).

[64] Epistolario, Carta 11, A doña Juana de Pedraza, 28 enero 1589.

[65] Epistolario, Carta 20, A una Carmelita Descalza escrupulosa, por Pentecostés de 1590.

[66] Mt 6, 33; cf. Lc 12, 13.

[67] Col 1, 15.

[68] Constituciones, 63.

[69] San Juan de la Cruz, Epistolario, Carta 16, A la M. María de Jesús, 18 de julio 1589.

[70] San Juan de Ávila, Obras completas de San Juan de Ávila, IV, p. 438.

[71] Ibidem.

[72] Sal 136, 5ss.

[73] Cf. Is 49, 16.

[74] San Juan de Ávila, Obras completas de San Juan de Ávila, IV, p. 438.

[75] Ibidem, pp. 439-440.

[76] Cf. 1 Co 1, 18.

[77] 1 Co 1, 24.

[78] San Juan Pablo II, Audiencia General (11/06/1986).

[79] Cf. Sal 118, 32.

[80] San Juan de Ávila, Obras completas de San Juan de Ávila, IV, p. 440.

[81] Gn 22, 1-18.

[82] San Juan de la Cruz, Epistolario, Carta 11, A doña Juana de Pedraza, 28 de enero de 1589.

[83] Directorio de Espiritualidad, 136.

[84] Directorio de Espiritualidad, 134.

[85] Jn 12, 24: Si el grano de trigo arrojado en tierra no muere, se queda solo; mas si muere, produce fruto abundante.

[86] San Juan de Ávila, Obras completas de San Juan de Ávila, IV, p. 1002.

[87] Ibidem, p. 1268.

[88] Las Florecillas de San Francisco de Asís, cap. 8.

[89] Cf. Constituciones, 9; 38.

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