Una marcada devoción Eucarística

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Una marcada devoción Eucarística

Porque el fin específico de nuestra Familia Religiosa es la evangelización de la cultura, es decir, el trabajar por transfigurarla en Cristo[1] y para Cristo[2] y porque estamos convencidos de que “nuestro pobre aliento únicamente es fecundo e irresistible si está en comunicación con el viento de Pentecostés”[3] los miembros del Instituto del Verbo Encarnado tenemos el noble oficio de “amar y servir, y hacer amar y hacer servir a Jesucristo… Tanto al Cuerpo físico de Cristo en la Eucaristía, cuanto al Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia”[4]. Ya que Cristo en la Eucaristía es fuente y centro, artífice y expresión fundamental de la cultura cristiana[5]. Asimismo, es la Sagrada Eucaristía la fuente y fuerza creadora de comunión entre los miembros de la Iglesia[6].

Sabiéndonos además llamados a ser “otros Cristos”[7] y reconociendo que eso no se logra sin familiaridad con el Verbo hecho carne[8] oculto bajo el velo sacramental, nos sentimos urgidos a la oración y adoración incesantes[9]. Por este motivo en nuestras comunidades se adora al Santísimo Sacramento durante una hora diaria conscientes de que no sólo es el acto más santo y más justo[10] que podamos realizar, sino también porque estamos persuadidos de que “un rato de verdadera adoración tiene más valor y fruto espiritual que la más intensa actividad, aunque se tratase de la misma actividad apostólica”[11].

Así pues, esta bellísima espiritualidad cristocéntrica y eucarística que nos identifica, requiere una auténtica educación litúrgica conducente a una participación “plena, consciente y activa”[12] de la Eucaristía. Aspecto este que se manifiesta explícitamente en la formación que recibimos y que impartimos en nuestras casas de formación, puesto que consideramos que “la celebración de la Eucaristía tiene [una] ‘importancia esencial’ en la formación espiritual de nuestros seminaristas[13], y es el ‘momento esencial de su jornada’[14][15]. A tal punto estamos convencidos de ello que hemos podemos decir que “el Seminario es la Misa”.

Para nosotros “lo principal, lo más importante que debemos hacer cada día, es participar del Santo Sacrificio de la Misa”[16] y así “en todas las casas del Instituto la Santa Misa es el centro de la vida, es el sol que ilumina la vida interior, el apostolado, el trabajo y toda actividad”[17]. En este sentido, parece que nunca se insistirá lo suficiente sobre el hecho de que a nuestros sacerdotes les compete “ser maestros del ars celebrandi, y a nuestros seminaristas mayores, a nuestros hermanos, etc. el esforzarse por su parte, en vivir del modo más perfecto el ars participandi[18].

Más aun, como “en la tarea de evangelizar la cultura no son suficientes los esfuerzos individuales o de alguna generación, sino que se hace necesario un gran movimiento que vaya creciendo en extensión y profundidad”[19] consideramos que la Eucaristía además de ser “el fundamento más profundo de nuestra unidad como Familia Religiosa”[20], nos impulsa a la misión y ella misma se vuelve el centro de nuestra pastoral.

Es decir, la Eucaristía no sólo es fuente de la caridad sino, de alguna manera, el objetivo de todo nuestro apostolado. Por consiguiente, todas nuestras actividades apostólicas –campamentos, oratorios, el apostolado educativo, las peregrinaciones, los grupos de jóvenes, las misiones populares, etc.– tienen como componente esencial una marcada devoción eucarística o al menos son conducentes a ella.

Siendo entonces la Sagrada Eucaristía la “consumación de la vida espiritual y el fin de todos los sacramentos”[21] todos los miembros del Instituto están “dispuestos a ir a cualquier parte de la tierra a donde sea necesaria la predicación del Evangelio y la celebración de la Eucaristía”[22]; a fin de proponer y promover, en todos los ambientes –de las familias, de las asociaciones laicales y de las parroquias y, sobre todo, en los centros de educación (especialmente en los seminarios y universidades) y de investigación científica, y en los medios de comunicación social–, una auténtica pastoral de la santidad, que subraye la primacía de la gracia y que tenga su centro en la Eucaristía dominical[23].

Allí donde nuestros misioneros tienen la cura pastoral de una parroquia −ya en medio de la selva, ya en zonas rurales o en las grandes metrópolis del mundo− trabajan con denodado esfuerzo “para que la Santísima Eucaristía sea el centro de la comunidad parroquial de fieles”[24], y “se alimenten con la celebración piadosa de los sacramentos, de modo particular con la recepción frecuente de la Santísima Eucaristía y del sacramento de la Penitencia”[25], promoviendo asimismo el culto de la Eucaristía por medio de la exposición Eucarística para ser adorada por todos.

La celebración eucarística solemne los domingos y fiestas de precepto, las procesiones eucarísticas con su correspondiente “diálogo eucarístico”, el cuidado del ajuar litúrgico, etc. no son sino manifestaciones de la marcada devoción eucarística que nos caracteriza y según la cual queremos destacarnos. Porque siempre será cierto que “en la Sagrada Eucaristía está contenido sustancialmente todo el bien común espiritual de la Iglesia[26], ‘esto es, Cristo’[27][28].

Quien participa de las misas celebradas por los miembros del Instituto percibe “un estilo de celebraciones litúrgicas en las que se encarna el Verbo y en las que aparece –sacramentalmente– Encarnado, en las que se resalta siempre la principal presencia y acción del Sacerdote principal −Cristo mismo−, y en las que se percibe que la esencial actitud del sacerdote secundario es la actitud orante –propia del que se sabe mero instrumento, e instrumento deficiente, subordinado a la causa principal y sujeto a sus fines–, y en las que todos los elementos visibles coadyuven al conocimiento esplendoroso de lo Invisible”[29].

En suma: sabemos que “en la Eucaristía, la lógica de la Encarnación alcanza sus extremas consecuencias”[30] y que en ella encontraremos la luz, fuerza e inspiración necesarias para llevar a cabo la ingente labor de la Nueva Evangelización que nos aguarda[31]. Por lo tanto, la devoción al Verbo Encarnado presente en la Eucaristía es, así sin más, un elemento no-negociable adjunto al carisma del Instituto del Verbo Encarnado y la ‘plataforma’ desde la cual nos lanzamos a la maravillosa aventura de inculturar el Evangelio.

 

[1] Cf. Directorio de Espiritualidad, 122.

[2] Cf. Constituciones, 13.

[3] Constituciones, 18.

[4] Constituciones, 7.

[5] Cf. Directorio de Evangelización de la Cultura, 244.

[6] Directorio de Espiritualidad, 294.

[7] Constituciones, 7.

[8] Constituciones, 231.

[9] Cf. Directorio de Vida Consagrada, 226.

[10] Cf. Constituciones, 139.

[11] Constituciones, 22.

[12] Sacrosanctum Concilium, 48.

[13] Cf. Pastores Dabo Vobis, 48.

[14] Cf. Ibidem.

[15] Directorio de Seminarios Mayores, 224.

[16] Constituciones, 137.

[17] Directorio de Seminarios Menores, 14.

[18] Cf. P. C. Buela, IVE, Ars Participandi, cap. 1.

[19] Constituciones, 268.

[20] Directorio de Espiritualidad, 300.

[21] Santo Tomás de Aquino, S. Th., III, 73,3; citado en Directorio de Vida Litúrgica, 8.

[22] P. C. Buela, IVE, Sacerdotes para siempre, Parte II, cap. 3, 12.

[23] Cf. Directorio de Evangelización de la Cultura, 243-244.

[24] Directorio de Parroquias, 59; cf. CIC, c. 528 § 2.

[25] Ibidem.

[26] Cf. Santo Tomás de Aquino, S. Th., III, 65, 3, ad 1.

[27] Santo Tomás de Aquino, S. Th., III, 79, 1 c.

[28] Directorio de Vida Litúrgica, 6.

[29] Cf. Ibidem, 2.

[30] San Juan Pablo II, Alocución dominical (19/07/1981), 2; OR (26/7/1981), 2.

[31] Cf. Directorio de Espiritualidad, nota 385; op. cit. San Juan Pablo II, Mensaje en el V Centenario de la Primer Misa en América (12/12/1993); OR (14/01/1994), 9.

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