Modelo perfecta de consagrada

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Modelo perfecto de consagrada

[Exordio] Queridas Madres y Hermanas, primero que nada, quisiera agradecer la invitación a celebrar esta Eucaristía con Ustedes en este sábado tradicionalmente dedicado a la Santísima Virgen María. Siendo nosotros esencialmente marianos1 y habiendo el derecho propio indicado en varios de sus documentos el rol principal y preponderante que tiene la Virgen en nuestra espiritualidad y actividad misionera no podemos dejar de considerar y profundizar el ejemplo de nuestra Santísima Madre. De hecho, el derecho propio nos la presenta como el “modelo perfecto de consagrada al que todo religioso debe siempre contemplar e imitar”2. Por eso quisiera hoy destacar algunos aspectos o más bien actitudes de nuestra Madre que si bien son interpelantes para todo cristiano, son –a mi modo de ver– esenciales en una servidora.

1. Servicio

Y la primera actitud o cualidad que se destaca en la Virgen es precisamente la de servicio. Muchas veces hemos leído en el evangelio aquel pasaje del relato de la Visitación que dice: En aquellos días, María se puso en camino hacia la región montañosa…3. Las palabras del relato evangélico nos hacen ver con los ojos del corazón a la joven Virgen de Nazaret en camino hacia la ciudad de Judá donde habitaba su prima, para prestarle sus servicios. Análogamente cada hermana servidora por ser misionera –que es otro aspecto esencial en nosotros– es o será enviada a otra ciudad a prestar sus servicios. Esto implica disponibilidad, olvido de sí para servir al otro, humildad, celo por las almas… Sin embargo, en María nos impresiona, ante todo, la atención, llena de ternura, hacia su prima anciana. Se trata de un amor concreto, que no se limita a palabras de comprensión, sino que se compromete personalmente en una asistencia auténtica. La Virgen no da a su prima simplemente algo de lo que le pertenece; se da a sí misma, sin pedir nada a cambio. Ella ha comprendido perfectamente que el don recibido de Dios, más que un privilegio, es un deber que la compromete en favor de los demás con la gratuidad propia del amor.

Por eso la cualidad que debe sobresalir en cada hermana servidora debe ser precisamente la de actitud de servicio. Si una hermana no sirve a los demás, no sirve. Es un contrasentido. Porque precisamente lo propio de toda servidora es servir, con humildad, con actos concretos de servicio hacia los miembros de la propia comunidad, hacia los pobres que vienen cada día a la puerta del convento, hacia los sacerdotes, seminaristas –miembros de la propia Familia– y por supuesto hacia las almas que le han sido encomendadas.

Ustedes tienen que persuadirse de que han consagrado sus vidas al servicio del Verbo Encarnado. Eso no es algo abstracto, una idea en la nebulosa, o algo utópico, eso se concretiza “en el servicio humilde y la entrega generosa, en la donación gratuita de ustedes mismas mediante un amor hasta el extremo”4 en el servicio al prójimo. Y al decir donación gratuita quiere decir, sin esperar recompensa, sin esperar reconocimientos, sin esperar consuelos, sin exigencias… Es además un servicio constante, no se trata de algo esporádico, sino que a ejemplo de María Santísima se trata de una entrega que llena todo y todos los días.

Si una servidora dice que quiere ser humilde o se cree humilde, pero no sirve a los demás, por más propósitos que haga y oraciones que eleve al cielo, se está yendo por las ramas. Por eso intrínsecamente asociada al servicio la virtud que más debe distinguir a las servidoras es la humildad.

Y de allí se desprende una segunda cualidad, que es:

2. La alegría

Cada día rezamos en las vísperas el canto del Magníficat que dice: proclama mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador porque ha mirado la humillación de su esclava.

Justamente de esa disponibilidad para el servicio, de saberse ‘servidora del Señor’ brota la alegría de la Virgen Santísima. Similarmente si cada servidora está dispuesta a proclamar su fiat a la voluntad de Dios –sin reticencias, sin lentitudes, sin reservas– entonces podrá proclamar su magníficat y vivir en plenitud su consagración.

La alegría de la Virgen brota de saberse mirada por Dios, a pesar de su humildad5; brota del ‘servicio’ que puede prestar, gracias a las maravillas que el Todopoderoso obra en Ella.

Es interesante notar que el Magisterio de la Iglesia dice que “la mujer no puede encontrarse a sí misma si no es dando amor a los demás”6 y por lo tanto no encontrará su alegría, su plenitud, sino es dándose. Lo cual yo –en mis pocas luces– entiendo como el dar todo lo que nos pide el amor, con disponibilidad total, inmediatamente, sin condiciones, sin pedir nada a cambio, con alegría y deseando que se nos pida aún más.

Para esto hace falta –entre otras cosas y a mi modo de ver– el pedir la gracia de la sabiduría maternal que infunde ese afecto del todo previsor para adelantarse en satisfacer las necesidades no dichas de los nuestros, que lleva la caridad hasta el detalle, que hace de su servicio oculto y silencioso a los suyos un sacrificio luminoso y alegre, que defiende a los suyos hasta con la mirada, que sabe ahorrarles la pena y el trabajo, que recibe con corazón fuerte las preocupaciones y enojos que nublan sus rostros, que no lleva jamás un recuento de las cosas que hizo por los que ama porque su dicha está en darse “sin medida, hasta el extremo, hasta no poder más, hasta el fin”.

Fíjense que después del Magníficat se siguieron esos tres meses de servicio a su prima Isabel acerca de los cuales el evangelio no dice nada. O, tal vez, se nos dice lo más importante:  el bien no hace ruido, la fuerza del amor se manifiesta en la discreción serena del servicio cotidiano. Y esa es una gran lección para todos nosotros que tantas veces buscamos oficios, apostolados notorios que nos atraigan la gloria humana. La Virgen sirvió en silencio.

3. Intercesión

Finalmente, una tercera cualidad que debiéramos ver replicada en cada servidora es la de ser intercesora. Lo vemos en el diálogo entre la Virgen y el Verbo Encarnado en las bodas de Caná. Ella es sensible a las necesidades de los demás7 e intercede ante Cristo. Ella es la que pide gracias y favores del cielo para nosotros. San Luis María dice que no hay gracia de Dios que no pase por las manos de María. Por eso la Virgen Santísima es la Mujer que intercede.

Asimismo, cada servidora, debe implorar con sus sacrificios y oraciones favores del cielo para todas las almas, especialmente para el Instituto, para la Familia Religiosa toda y por supuesto para todas las almas. Nos lo dice explícitamente el derecho propio: “debemos recurrir a su misericordiosa intercesión”8 y pedir todas las gracias que necesitamos para ser fieles a nuestra consagración9, como dice nuestra fórmula de profesión de votos, gracia que hay que pedir no sólo para nosotros mismos sino para todos los miembros de nuestros Institutos.

En este sentido “conviene a las Servidoras… orientar a todos al cielo por el ejemplo de sus vidas y por su intercesión”, por eso deben rogar toda gracia para ustedes mismas, para el Instituto, para los pecadores … y especialmente ahora que no son tiempos fáciles para la Iglesia [y para el Instituto] es cuando más hay que pedir. La intercesión de María Santísima no falla. Porque como buena Madre no es distante de nuestras preocupaciones, de nuestros problemas, o de nuestras luchas, antes bien, con solicitud maternal Ella busca ayudarnos, protegernos, defendernos, darnos lo que sabe nos conviene para ser felices en el tiempo y en la eternidad…

Por eso las invito y las animo a pedir con fervor por los nuestros, por nuestra propia Familia Religiosa para que se mantenga siempre unida y arraigada en el precioso carisma que se nos ha legado. Y cuando les sobrevenga alguna cruz, algún sacrificio que deban hacer –quiera Dios– tengan a bien ofrecerlo –a ejemplo de nuestra Madre del Cielo– por el bien de nuestra Familia.

[Peroratio] En fin, queridas hermanas, la santidad ejemplar de la Virgen nos debe mover siempre a levantar los ojos hacia Ella. Por eso pidamos en esta Santa Misa que la contemplación de las virtudes de nuestra Madre Santísima –especialmente su servicialidad, su alegría y su dedicación a la oración intercesora– adornen nuestras almas y las reproduzcamos en actos concretos en la vida diaria. Pues así solo así nos estaremos comportando como verdaderos hijos devotos de la Virgen y estaremos cumpliendo con nuestro propósito de ser esencialmente marianos.

Que la Virgen las bendiga.

1 Cf. Constituciones, 31.
2 Directorio de Misiones Ad Gentes, 409.
3 Lc 1, 39.
4 Cf. Directorio de Vida Consagrada, 229.
5 Cf. Lc 1, 48.
6 Directorio de Vida Consagarada,373; op. cit. Mulieris Dignitatem, 30.
7 Directorio de Misiones Ad Gentes, 409: “la única sensible a las necesidades de Caná”.
8 Cf. Constituciones, 141.
9 Constituciones, 254.257.

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