(astutia, sollertia, calliditas)
Santo Tomás estudia la astucia como un vicio opuesto a la prudencia, pero que tiene cierta semejanza con ella. Astuto es el prudente, el que piensa, el político, el “vivo”. El astuto es inteligente.
Pero, a pesar de ser inteligente, no es de inteligencia recta. Usa de su inteligencia para lograr su objetivo, cualquiera sea el medio que se utilice.
Para San Pablo, la astucia se opone a la manifestación clara de la verdad. Astuto es el apóstol que no predica la verdad, que falsifica la palabra de Dios: “Por esto, investidos de este ministerio de la misericordia de Dios, no desfallecemos, de que fuimos objeto, no desfallecemos, con astucia ni falsificándola palabra de Dios, manifestamos la verdad…” (2Cor 4,1-3).
En el comentario al texto Santo Tomás nos enseña que la astucia va contra la rectitud de intención. Pues puede haber una obra exteriormente mala.
“En la intención se evita el mal, si la intención es recta, y por esto dice NO PROCEDIENDO CON ASTUCIA, esto es, con astucia, simulación, hipocresía, como los que obran falsamente, pretendiendo una cosa en lo exterior, mientras que en lo interior buscan otra” (In II Cor 4,3).
Al ser un vicio de la intención tiene en particular gravedad: que es oculto e interior. Y por lo tanto más difícil de ver y de corregir.
Pero no solo es oculto. Hay otros vicios ocultos: la soberbia, la desesperanza, por ejemplo. Sino que su esencia es ocultar, no manifestar. De ahí que Santo Tomás la relaciona con la simulación, la hipocresía, la falsedad. Es la doblez, de la que habla la Escritura: “Aborrezco la doblez y amo tu ley.” (Smo. 119,113)
Hay personas que tienen gran capacidad de ocultar. Es típico de los traidores. Pensemos en Judas: como habrá ocultado su plan a Cristo y a los Apóstoles. Hasta su mismo modo de entregarlo es oculto: “con un beso…”. El gesto del amor oculta el desprecio interior.
En el Antiguo Testamento encontramos el caso del sumo sacerdote Onías, asesinado por el astuto Andrónico: “Andrónico se llegó donde Onías, y, confiando en la astucia, estrechándole la mano y dándole la diestra con juramento, persuadió a Onías, aunque a éste no le faltaban sospechas, a salir de su refugio, e inmediatamente le dio muerte, sin respeto alguno a la justicia” (2Mac 4,34).
Entre nosotros, la mala intención se puede ocultar bajo el gesto piadoso, el rostro bondadoso, la sonrisa. También bajo las lágrimas, que logran que el adversario baje la guardia y se compadezca. Por esto decía el Martin Fierro: “No creo ni en la renguera del perro, ni en lágrimas de mujer”.
Al astuto conviene no concederle nada, pues fácilmente si se le concede una verdad parcial, la utilizará para argumentar y deducir de ella, con mucha inteligencia, conclusiones erróneas, malas o menos buenas. Hay que ponerle rostro, como enseña San Ignacio con el ejemplo de la mala mujer: “… es propio de la mujer, cuando riñe con algún varón, perder ánimo, dando huida cuando el hombre le muestra mucho rostro, y, por el contrario, si el varón comienza a huir perdiendo ánimo, la ira, la venganza y ferocidad de la mujer es muy crecida y tan sin mensura…” (E.E. 325).
La astucia se opone a la simplicidad. Simple es aquel que es uno, no dos: el de afuera y el de adentro.
Los enemigos de la Fe, dice San Pablo, usan de la astucia: “…para que ya no seamos niños, que fluctúan y se dejan llevar de todo viento de doctrina por el juego engañoso de los hombres, que para seducir emplean astutamente los artificios del error; sino que al contrario, abrazados a la verdad, en todo crezcamos en caridad…” (Ef 4,14).
Es propio del astuto “jugar” con las personas. Es “ágil”: avanza o retrocede, se ríe o llora, se enoja o pide perdón, se hace el amigo o se hace el ofendido, presiona o simula docilidad… todo esto es un juego engañoso para lograr que piensen bien de él, que le digan lo que quiere oír, que le den ese permiso que pide.
Le es propio el “seducir” (y en esto la mujer es especialista). Seducir viene de se-ducere: esto es, conducir al otro consigo, es el arte de traer al otro a mi voluntad, empleando “los artificios del error”.
Y cuantos artificios es posible utilizar. Podemos decir con San Luis María: “No acabaría nunca si quisiera describir aquí las vueltas y revueltas de la naturaleza…” (Carta a los amigos de la Cruz, n. 48).
Pero en el mismo texto San Pablo nos da el medio de resistir a los astutos: “Abrazados a la verdad”. Nótese la fuerza de la expresión, pues no es suficiente una adhesión tímida y superficial cuando arrecian fuertes vientos.
Firme adhesión al dogma. Pero no solo al dogma. Firme adhesión a las verdades espirituales, a la doctrina de los santos. Tampoco sólo eso. Firme adhesión al mandato concreto del superior.
Resumiendo un poco, podemos decir que al astuto le corresponde dos actos: el fabular y el engañar.
El fabular (excogitare) es el acto por el cual piensa, imagina, recuerda, qué medios utilizar para lograr su objetivo. Acá entra mucho la cogitativa, la experiencia de las personas, la intuición.
En este sentido, no todo el que quiere ser astuto, puede.
No le da ni para eso, y entonces “se pisa”, “se entierra”, se precipita. “hay necios que ni siquiera saben hacer el mal” dice la Escritura (Ecl 19,20).
El engañar es el acto exterior. Es la ejecución de lo fabulado. También en esto no todo el que quiere, puede.
En la ejecución, el primer medio es la palabra, “pues ocupa el principal lugar entre los signos por los cuales el hombre significa algo a otro”. De ahí que el dolo principalmente se atribuya a la locución. Sin embargo también con los hechos se puede engañar.
De ahí el cuidado que tenemos que tener en nuestras palabras. Es muy común diferenciar entre “lo que dije”, y “lo que quise decir”. Esto evidencia el poco valor que le damos a las palabras. Las vaciamos de contenido racional, para llenarlas de contenidos afectivos.
Que podamos decir: “Justos son todos los dichos de mi boca, nada hay en ellos de astuto ni tortuoso” (Prov 8,8).
También con los hechos se ejercita la astucia: “Hay quien va encorvado y enlutado, pero en su interior está lleno de engaño. Lleva la cabeza baja y se hace el sordo, pero cuando menos lo piensas se te echa encima” (Ecl 19,23-24).
La astucia es lo propio de demonio. Por eso es representado por la serpiente “el más astuto de todos los animales” (Gn 3,1), pues, como la serpiente, el astuto, avanza silenciosamente, se sabe esconder y disimular entre el follaje sabe esperar la ocasión oportuna, ataca repentinamente, es difícil de agarrar y flexible y escurridizo.
Al respeto, San Pablo escribía a los corintios: “Pero temo que, al igual que la serpiente engañó a Eva con su astucia, se perviertan vuestras mentes apartándose de la sinceridad con Cristo” (2Cor 11,3).
La astucia, entre nosotros, se puede ejercitar entre superiores y súbditos.
Casiano dice que el ABC de los monjes era dar cuenta de todo pensamiento malo y tentación a los superiores.
San Ignacio dice algo semejante: “conviene en gran manera que los súbditos se den totalmente a conocer a sus superiores” (Const. 34,4).
Esta claridad de conciencia es lo más opuesto a la astucia, pues por ella se descubre nuestro interior, nuestras intenciones, buenas o malas.
En la vida religiosa la astucia es el medio para lograr a la vez dos cosas opuestas: obedecer al superior y hacer mi propia voluntad. ¿Y cómo hago? Sencillamente haciendo que el superior mande lo que yo quiero hacer, que él venga a mi voluntad. Y esto no es obediencia, aunque parezca.
También los superiores pueden obrar con astucia, con cierto doblez. Con los súbditos hay que ser tan trasparentes como pretendemos que sean con nosotros.
Pero esto no quita que el superior se reserve cosas, razones, cuando es para el bien de la comunidad.
Procedamos, pues, en nuestra vida, como el mismo Cristo, “siempre abrazado a la verdad”.





