SAN JUAN DE LA CRUZ Y LA FORTALEZA

Contenido

DIOS ES LA FORTALEZA
Y LA DULZURA DEL ALMA

 

Un escrito sobre la fortaleza en la vida
y en el magisterio de San Juan de la Cruz

Ya en 1989 San Juan Pablo II decía que la fortaleza es una “virtud [que] encuentra poco espacio en una sociedad en la que está difundida la práctica tanto del ceder y del acomodarse como la del atropello y de la dureza en las relaciones”[1], y definía a esta virtud como “la virtud de quien no se aviene a componendas en el cumplimiento del propio deber…y que da vigor al alma…en la lucha por permanecer coherentes con los propios principios; en el soportar ofensas y ataques injustos; en la perseverancia valiente, incluso entre incomprensiones y hostilidades, en el camino de la verdad y de la honradez”[2].

“Carmelita de sandalias y escaso de figura”[3] fue la expresión que algunos biógrafos usaron para describir al gigante de la santidad que fue san Juan de la Cruz. Pero Juan de Yepes no nació santo. Se fue haciendo. Tuvo que esforzarse en la “lenta conquista”[4] de la santidad, que Dios le daba, a punta de lanza.

Juan de la Cruz no fue un personaje anodino[5], sino que vivió sus jornadas con intensidad, con una fortaleza enorme ante las dificultades, con una dulzura y alegría singulares. Y si bien es cierto que “a cada uno lleva Dios por diferentes caminos, que apenas se hallará un espíritu que en la mitad del modo que lleva convenga con el modo de otro”[6], la ejemplaridad de su fortaleza en una vida marcada por el signo de la cruz como una línea continua, irradia una gran luz a quienes como él intentamos “subir a este monte [de la perfección] a hacer de sí mismo altar en él, en que ofrezca a Dios sacrificio de amor puro y alabanza pura y reverencia pura”[7].

1. Hombre de valor y pecho

Comencemos por decir que a Juan de Yepes la tribulación le fue compañera desde su infancia con la cruz de la orfandad y la “extrema pobreza”[8]; con la peregrinación del hambre por tierras de Toledo y de Ávila; con la cruz de andar mendigando por las calles de Medina del Campo, primero para los niños de la Doctrina y, después, para los enfermos del Hospital de las bubas, en donde prestaba sus servicios de enfermero; en su tener que armonizar estudio y trabajo, poco descanso y entrega intensa a los libros[9]. Cruz que supo llevar aun siendo muy joven con “espíritu robusto, no asido a nada”[10] haciendo de la necesidad virtud.

La cruz, como dijimos antes, fue una constante en su vida y así cuantos testigos le conocieron todos coinciden en afirmar que aquel que parecía tan poquita cosa “era hombre de valor y pecho, pero no temeroso, porfiado, ni arrimado a su propio parecer y juicio; antes amigo de mirar bien las cosas, deliberando con madurez y consejo y dando a cada cosa su razón y punto con toda lisura y llaneza, sin afeites ni artificio”[11].

Del mismo modo, Inocencio de San Andrés, que es uno de los testigos más seguros en cuanto declara, dice que el padre fray Juan de la Cruz “era un hombre que en negocios graves y dificultosos no se inquietaba ni ahogaba, antes conoció en él este testigo un gran corazón y ánimo varonil para vencer cualquier dificultad, y así en el gobierno de sus religiosos, ni en cosas de sus condiciones, ni en cosas de seglares, ni aun cuando se dijo en la Religión que los padres Calzados Carmelitas tenían ya casi negociado que los Descalzos carmelitas se calzasen, ninguna cosa de todas estas le hizo hacer mudanza en lo exterior, y su ordinario modo, antes cuando algún religioso en alguna dificultad de estas u otras le decía algo que le pudiera turbar, antes le animaba al tal religioso, y le alentaba”[12]. Eco de esto mismo que sus hermanos en Religión testimonian acerca de él, pone por escrito el mismo santo en uno de sus Avisos recogidos por la edición de Gerona, probando con ello la gran coherencia entre su decir y obrar: “Procure conservar el corazón en paz; no le desasosiegue ningún suceso de este mundo; mire que todo se ha de acabar”[13].

Pequeño, valiente, decidido, fuerte, así lo veían los testigos. De su coherencia, fortaleza espiritual, constancia y entereza en las decisiones que tomaba aquel hombre “tan chico”, después de mucha oración y reflexión, habla la siguiente anécdota: “El padre Ambrosio Mariano le decía por donaire a Juan de la Cruz, poniéndole la mano en la calva: ‘Padre fray Juan, esta tu calabaza, ¿cuándo se ha de madurar?’. Y respondiole el santo no a la gracia sino a lo que significaba en ella diciendo: ‘Madurará cuando Dios la madure y no antes, aunque esté verde hasta la muerte’”[14].

Y en esta brevísima anécdota como en muchas otras que en seguida veremos el santo nos enseña que la magnífica obra de nuestra santificación “es, sobre todo, obra de Dios”[15], y que todo está en rendirse a “la mano de Dios que es de suyo tan blanda y suave”[16], aunque se vuelva penosa y dura a la hora de enderezar nuestras tendencias con la intención de convertirnos totalmente hacia Él. Porque como enseña el Místico Doctor: “Eso que pretendes y lo que más deseas [a saber, la santidad] no lo hallaras por esa vía tuya ni por la alta contemplación, sino en la mucha humildad y rendimiento de corazón”[17].

2.  Terriblemente trata Dios a sus amigos

Si hasta aquí hemos visto lo que algunos testigos en visión retrospectiva y general han apreciado acerca del testimonio del santo de Fontiveros, veamos ahora algunos ejemplos más concretos de su vida donde destella su actitud espiritual de gran fidelidad a la iniciativa de Dios y su gran fortaleza para venir “a tan fuerte y estrecho abrazo de Dios”[18].

Santa Teresa de Jesús decía: “terriblemente trata Dios a sus amigos”[19] y el mismo san Juan de la Cruz parece continuar la frase cuando escribe: “sintiéndolos ya Dios, aquí algo crecidillos, para que se fortalezcan y salgan de mantillas, los desarrima del dulce pecho y, abajándolos de sus brazos, los veza[20] a andar por sus pies”[21].

La cárcel toledana desde la noche del 2 al 3 de diciembre de 1577 al 16-18 de agosto de 1578 (poco más de 8 meses) fue sin duda una de las pruebas más duras que tuvo que soportar el santo. Encarcelado injustamente, excomulgado[22], desposeído de su hábito pardo de descalzo y vestido con el hábito negro de calzado, víctima de brutales vejaciones[23], diariamente reprendido y burlado públicamente delante de la comunidad de calzados, al punto “que los religiosos más jóvenes lloraban de compasión y se decían: ‘Este es santo, digan lo que quieran’”[24]; viviendo en la estrechez de un oscuro calabozo sin que pudiese tratar (salvo el carcelero) con otra persona alguna de este mundo; diciendo sus misas de deseo sin pan ni vino, sin altar, sin corporales, sin velas, sin incienso, sin misal y sin gente; se pasó horas y días y noches de sufrimiento acendrado, de grandísima soledad y de hondo desamparo el pobre fray Juan.

Sus carceleros pueden comprobar desde un primer momento que fray Juan no dará un paso atrás al ver su modo peregrino de callar y sufrir con paciencia tanto martirio lento. La fuerza con que el carcelero Juan de Santa María[25] pondera la magnanimidad, constancia, fortaleza y humildad del preso, tan contrastadas en un cautiverio tan duro, es digna de atención. Así, por ejemplo, tras la fuga del santo a este pobre fray Juan de Santa María le privaron de voz activa y pasiva y le pusieron en el último lugar de aquella comunidad de Calzados tan numerosa. Sin embargo, muchos años más tarde siendo ya casi anciano, tenía 77 años de edad cuando declaró en el Proceso Ordinario de Ávila en 1616, todavía parecía fresca en su memoria como “él y otros frailes particulares se holgaron se hubiese ido, porque tenían compasión de le ver padecer, llevándolo todo con tanta virtud”[26]. En este breve fragmento de su declaración además de lo que ya dice de la virtud del santo, hace otras afirmaciones subrayando su paciencia, su no quejarse de nadie, o llorar su suerte, etc., todo un himno de primera mano a la grandeza de ánimo del preso.

Curtido por la experiencia del cautiverio Juan de la Cruz escribirá más tarde: “andar a perder y que todos nos ganen es de ánimos valerosos y de pechos generosos; de corazones dadivosos es condición dar antes que recibir, hasta que vienen a darse a sí mismos, porque tienen por gran carga poseerse, que más gustan de ser poseídos y ajenos de sí, pues somos más propios de aquel infinito Bien que nuestros”[27].

Tan es así, que “si un alma tiene más paciencia para sufrir y más tolerancia para carecer de gustos, es señal que tiene más aprovechamiento en la virtud”[28].

Y en esos sus días y sus horas de trato con Dios en la soledad de la cárcel toledana dan fe dos piezas poéticas claramente autobiográficas: el poema que dice que bien sé yo de la fonte que mana y corre, aunque es de noche…; y la glosa o comentario al salmo 137 “super flumina Babilonis [29], que comienza: “encima de las corrientes que en Babilonia hallaba...”. Si ya es de destacar que en tal situación de prueba uno se ponga a escribir poesías, la profundidad espiritual de ambas es aún más de admirar. Veamos esta última que hace más a nuestro propósito.

El autor del Salmo se encuentra en Babilonia, desterrado de Sión. Nuestro preso se identifica con él. Como maestro de trascendencia y de trasposición sabe sobrevolar las situaciones concretas, penosas, como la de la cárcel en que está metido. Y le pasa que “moríame por morirme”, como dice en el verso 35, y aspirando a la visión de Dios, comprueba que la vida de acá abajo le está privando de la vista del Señor. Se admira de que sus captores no se den cuenta de que el gozo los tiene engañados. Ante sus requerimientos él se niega a cantar en tierra ajena; se le ha quedado la alegría en Sión. No puede tener fiesta; sería una traición clamorosa a Sión. El final del romance suena muy fuerte pero deja entrever que espera todos sus bienes allá, porque “el premio por la práctica de la virtud no se da en esta vida sino en la otra”[30]. Pues frente a Sión, que representa a la descalcez, de la que ha sido arrancado a viva fuerza, se sitúa la hija de Babilonia, mísera y desventurada a quien le dice:

“Bienaventurado era

aquél en quien confiaba,

que te ha de dar el castigo

que de tu mano llevaba,

y juntará sus pequeños,

y a mí, porque en ti lloraba

a la piedra, que era Cristo,

por el cual yo te dejaba”.

Aquel en quien confiaba es Cristo, que ha de castigar a su tiempo a quien ahora le hacen daño y parecen ganar, y al final, Dios mismo juntará sus pequeños, es decir, a los humildes en los cuales se incluye el santo y los unirá a la piedra que es Cristo, a quien por permanecer fiel, él ha dejado la Orden mitigada de los Calzados.

Pero aquí no se acabaron las cruces de fray Juan, sino que el cautiverio de Toledo le preparó para otras mayores o quizás más lacerantes por venir de aquellos que le fueron más cercanos.

3. Tener unida su flaqueza en la fortaleza de Dios[31]

Ciertos acontecimientos con sus derivaciones dolorosas y crucificantes son buena prueba de la obra purificadora de Dios en el alma de fray Juan de la Cruz “para que el alma tenga más fortaleza y habilidad para recibir la fuerte unión de amor de Dios”[32].

Su tener que enfrentarse con los del Consejo General, al que pertenecía, por el caso del padre Jerónimo Gracián; sus sufrimientos al encontrarse marginado en el Capítulo General de 1591; y marginado por razones inexistentes y malentendidos. Todo esto él lo va tratando de ‘digerir’, pero no significa que no lo sienta. Alguien le vio alegre y contento, pero también hay quien le sorprende en un momento bajo y no tiene más remedio que confesar: “No ha hecho nadie pecado venial en cuanto me han hecho padecer, yo me tengo de venir a holgar con estos trabajos y, aunque ella me vea ahora llorar, pídame a Dios la gloria del padecer, que la he menester”. Y dice la comunicante: “se hinchó todo en lágrimas sin poderse defender”[33].

Digno es de destacar, que con lágrimas en los ojos reaccionó el santo ante estos sucesos adversos aunque ya había escrito sus obras mayores de la Subida, la Noche, el Cántico y la Llama; aunque ya había pasado grandes trabajos y mortificado mucho toda la vida; aunque había sufrido cárceles[34] y malos tratos; aunque hacía ya tiempo había perdido a sus padres[35]; aunque toda la vida había padecido de gran pobreza. Aquí queremos decir que san Juan de la Cruz era un hombre acostumbrado al sufrimiento y de una fortaleza admirable. Y que esos “momentos bajos” paradójicamente son “momentos altos” en los que Dios se llega al alma para infundirle su Fortaleza. Ya que como el mismo Doctor Místico explica, “cuando estás cargado, estás junto a Dios que es tu fortaleza, el cual está con los atribulados”[36].

Con esto nos enseña el santo que la virtud de la fortaleza es un don que hay que conquistar lentamente a lo largo de toda la vida, que los ‘momentos bajos’ no siempre significan ausencia de fortaleza, porque la misma virtud de la fortaleza que ya existe en el alma ha de purificarse, puesto que “la virtud se perfecciona en la flaqueza”[37]. En efecto, “¡cuántas humillaciones procura Dios a sus amigos! ¡Cuántos tropiezos permite! ¡En qué incertidumbres, tinieblas y perplejidades les deja!”[38]. Por tanto, no se trata de una ecuación matemática (sufrimiento + paciencia) – queja= fortaleza. Sino que es un don de Dios que hay que esforzarse por obtener y hay que pedir con insistencia y que últimamente se reduce a rendir la flaqueza de uno “en los brazos de Dios”[39], como veremos más adelante.

Una vez repuesto y dejando su “flaqueza en la fortaleza de Dios”[40] le escribirá a la Madre María de la Encarnación: “… De lo que a mí toca, hija, no le dé pena, que ninguna a mí me da. De lo que la tengo muy grande es de que se eche culpa a quien no la tiene; porque estas cosas no las hacen los hombres, sino Dios, que sabe lo que nos conviene y las ordena para nuestro bien. No piense otra cosa sino que todo lo ordena Dios. Y adonde no hay amor, ponga amor, y sacará amor…”[41]. Imitando así a nuestro Señor en el acto más grande de bravura que jamás haya existido ni existirá cuando crucificado, totalmente destituido y olvidado de sí mismo se detuvo a perdonar al buen ladrón.

Sin oficio, pero ilustrando con su conducta que los fuertes “son los que saben en cada instante las cosas por las cuales se debe morir”[42] y tratando de purificar su memoria de cuanto le había pasado últimamente, se marcha a la soledad de la Peñuela, quizás rumiando en su interior aquel mismo consejo que antes había dado a otros: “No pare mucho ni poco en quien es contra ella o con ella, y siempre procure agradar a su Dios. Pídale se haga en ella su voluntad. Ámele mucho, que se lo debe”[43].

Su vida en los últimos meses de verano en La Peñuela, parece un paréntesis de paz y calma espiritual y campesina, mientras en el horizonte se cierne la posibilidad de ir a México[44]. En la “anchura del desierto” se levanta con las estrellas, sale al campo y se pone de rodillas junto a una acequia, entre unos mimbres hasta que la fuerza del sol lo obliga a retirarse al convento. Allí dice su misa y sigue dialogando con su Dios. Quien ha sido siempre el primero en los oficios de la casa: fregar y barrer, va con los demás de la comunidad de La Peñuela a recoger, como un labriego más, los garbanzos y luego también ayuda a trillarlos.

Sin embargo, hay una tormenta en su cabeza. Lo sabe, lo soporta, lo disimula y aun tratando de “llevarlo todo con igualdad tranquila y pacífica”[45], hay una testigo que cuenta que le dijo: “Que había pedido a Dios nuestro Señor le diese trabajos; y que su divina Majestad le había cargado de manera que, viéndose muy apretado, dijo: ‘¡Señor, muy apretado veo el natural’”; “¡Señor, no lo decía yo por tanto!”[46]. Con lo cual deja entrever que humanamente le dolía verse así orillado pero en ningún momento se volvió atrás. Su carta a doña Ana del Mercado y Peñalosa del 19 agosto 1591 tiene también trazos lastimeros que proyectan la sombra de “su desierto espiritual”[47]: “la anchura del desierto ayuda mucho al alma y al cuerpo, aunque el alma muy pobre anda”[48]. “Es lindo manosear estas criaturas mudas, mejor que no ser manoseadas de las vivas”[49]; que era precisamente lo que Diego Evangelista andaba haciendo.

Este hermano en religión fue “el perseguidor” de fray Juan de la Cruz y uno de quienes Dios se sirvió para dar las últimas cinceladas a la obra maestra de santidad que fue fray Juan de la Cruz. Su aversión contra fray Juan venía de años atrás, cuando el santo era vicario provincial de Andalucía y tuvo que llamarle la atención a él y a Francisco Crisóstomo (quien será luego el superior del convento en Úbeda, donde fue a morir el santo) por entregarse con demasiada dedicación al púlpito y consiguiente descuido de la vida comunitaria[50], volviéndose estos dos muy resentidos contra el santo superior.

Así, entonces, Diego Evangelista aprovechando su condición de Visitador a los conventos de Andalucía se tomó la atribución de indagar acerca de la vida y costumbres de fray Juan de la Cruz pero más bien queriendo usar algo de lo que los declarantes podrían decir para tergiversarlo y probar con ello supuestas “ruines costumbres” del santo. Así, por ejemplo, “escribía lo que quería y después, sin leer la declaración a la interesada, se la hacía firmar”[51], o bien cuando los declarantes comenzaban a ponderar la virtud del santo o a decir todas cosas buenas de él, Diego Evangelista les replicaba que no buscaba aquello; cesaba de escribir y los mandaba fuera[52].

Cuando al Doctor de la noche oscura[53] le llegaban noticias de las insidias y persecución de Diego Evangelista contra él, éste trataba de no perder la paz y de aprovechar la estancia en aquella soledad para adentrarse más en Dios y configurarse más y mejor con Cristo. Escribe a Ana de San Alberto, priora de las descalzas de Caravaca: “… Ya sabe, hija, los trabajos que ahora se padecen. Dios lo permite para prueba de sus escogidos. En silencio y esperanza será nuestra fortaleza (Is 30,15). Dios la guarde y haga santa. Encomiéndeme a Dios”[54].

Y así, mientras la persecución arrecia y desconcierta a no pocos, fray Juan se ocupa de apaciguar y calmar el ojo del huracán y no tolera que se hable del tema. Juan Evangelista, amigo y confidente como nadie de fray Juan de la Cruz, declara: “Fue pacientísimo en los trabajos, y por grandes que fuesen y por grandes dolores y enfermedades que tuviese, no se le vio jamás quejarse; ni por agravios que le hiciesen no abrió nunca su boca a decir que lo hacían mal con él; ni se quejó jamás de nadie, y en todo el tiempo que le conocí no le oí palabra de murmuración, con haber mil ocasiones para ello; antes de todos decía bien, y en particular de sus prelados, a los cuales estimaba mucho y disculpaba en cuantas ocasiones se ofrecían, de que soy buen testigo”[55]. Y a propósito de esto último, digamos un ejemplo:

Cuando la fiebre se apodera de san Juan y no le deja, tiene que abandonar la soledad y la compañía de unos hermanos muy virtuosos en La Peñuela para ir a curarse a otra parte. En lugar de Baeza, donde es muy conocido y estimado, escoge Úbeda donde no le conocen, pero donde también el superior le es grandemente contrario como ahora veremos.

Los religiosos en ese convento lo reciben con alegría, en contraste con Francisco Crisóstomo, prior del convento, que no puede disimular su desagrado. Por empezar le asigna la celda más pobre y más estrecha y aun estando fray Juan gravemente enfermo (tenía erisipela en el empeine del pie, donde le habían salido cinco llagas que estaban tan afistoladas que vinieron a ser heridas mortales) se empeñaba en que asistiera a los actos de la comunidad y “porque una vez se excusó de ir al refectorio, le envió a llamar y le reprendió ásperamente”[56]. Además, viendo como el enfermero se afanaba en cuidar al santo, le quitó el oficio con un precepto. Asimismo, le echaba en cara a fray Juan lo que comía y prohibió a los religiosos que lo visitasen a menudo para que no se faltase “al recogimiento y al silencio”. Cuentan los súbditos que el superior no hacía más que quejarse de la pobreza del convento, como quien dice: y encima me traen aquí este enfermo. Lo cierto es que el enfermero escribió al Provincial quien reprendió severamente a Francisco Crisóstomo pero aun así, testimonia el mismo enfermero, éste no cambiaba por lo cual le parecía a este testigo “lo permitía nuestro Señor para mayor mérito y corona del santo”[57].

Una anécdota poco conocida y que −en nuestro entender− hace despuntar el espíritu fuerte de fray Juan es la corrección en privado y por pura caridad, de hermano a hermano, que fray Juan hace al prior. Aun cuando éste tenía un trato duro con él san Juan no se amedrenta, siente la obligación grave del “mandato del Señor: si pecare tu hermano contra ti, ve y repréndelo a solas. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano[58][59]. “Lo cuenta Bartolomé de San Basilio, que vivía entonces en Úbeda: fray Juan ‘le reprendía al prior de sus demasías [en el gobierno de la casa y en su relación con los religiosos]; y así le vio al dicho padre prior por cosa de tres veces de rodillas ante el lecho del santo padre fray Juan de la Cruz, derramando lágrimas y al santo que con sus razones, que no entendió del todo, por acertar a entrar cuando ellos estaban solos, se veía que con ellas le iba a la mano y le enseñaba cosas. Mas en cosas que tocaban a sí mismo, jamás el santo se quejó al tal prelado ni a nadie, todo lo callaba”[60]. Y Dios le premió con la conversión o el cambio de actitud del prior.

Años más tarde, Francisco Crisóstomo refiriéndose a esos dos meses y medio que vivió con el enfermo, “con no poco dolor decía se espantaba de sí mismo y del desabrimiento y dureza que entonces tuvo para con el bienaventurado padre, que le parecía que le habían entonces mudado en otro hombre y que le maravillaba la paciencia que en sufrirle había tenido, sin haber desplegado vez alguna el Siervo del Señor su boca, a quien él conocía tener obligaciones por muchos títulos; y así juzgaba haber sido obra de Satanás”[61].

Pero quisiéramos retomar esa última frase del testimonio de fray Bartolomé de San Basilio que tan a las claras manifiesta la nobleza de alma del santo de Fontiveros: “Mas en cosas que tocaban a sí mismo, jamás el santo se quejó al tal prelado ni a nadie, todo lo callaba”. Bien podría fray Juan haber usado de esos “muchos títulos” que menciona el prior para ganar algún favor de parte de él o de otros religiosos y, sin embargo, no lo hizo. Porque un religioso que no ordena su afectividad, que busca ser querido por los demás de un modo egoísta, que quiere ser el centro de atracción y más que servir busca su propia comodidad y ser servido, que se posesiona de los prójimos no sólo buscando afecto de un modo desordenado sino queriendo ejercer orgullosamente su dominio, que hace acepción de personas rodeándose de obsecuentes que solamente adulan y jamás contradicen, demuestra en la práctica que a ese religioso no le basta Jesucristo; lo cual hubiese sido muy contrario al espíritu del Verbo Encarnado que fray Juan de la Cruz abrazó para sí y que incluye la fiesta continua en el alma de inmolarse por amor a su Esposo Cristo.

Hay quienes leen en clave negativa y negativista las renuncias sanjuanistas e interpretan esto como fatalismo, pero no lo es. El fatalismo es la sujeción por una necesidad ineludible. Antes bien, es paciencia lo cual implica la resignación a la Voluntad del Divino Amor quien en definitiva no puede desearnos sino felicidad eterna y la misma perfección. Esa es la clave. El verdadero espiritual no puede dejar determinar ‘su estado de ánimo’ por el mundo o por los sucesos externos; nuestra voluntad debe centrarse en la órbita de la Voluntad de Dios. Entonces, nada de lo que suceda será en ‘contra de nuestra voluntad’, porque nuestra voluntad será la Voluntad de Dios. Así se entiende mejor que el Místico Doctor hable de la “fortaleza y paz que siente [el alma], aunque muchas veces siente atormentar la carne y los huesos por defuera”[62] y de que le escriba a la Madre Ana de Jesús: “De no haber sucedido las cosas como ella deseaba, antes debe consolarse y dar muchas gracias a Dios, pues, habiendo Su Majestad ordenádolo así, es lo que a todos más nos conviene; sólo resta aplicar a ello la voluntad, para que, así como es verdad, nos lo parezca; porque las cosas que no dan gusto, por buenas y convenientes que sean, parecen malas y adversas, y ésta vese bien que no lo es, ni para mí ni para ninguno: pues que para mí es muy próspera, por cuanto con la libertad y descargo de almas puedo, si quiero, mediante el divino favor, gozar de la paz, de la soledad y del fruto deleitable del olvido de sí, y de todas las cosas; y a los demás también les está bien tenerme aparte, pues así estarán libres de las faltas que habían de hacer a cuenta de mi miseria”[63].

Por esa misma razón, con sapienciales trazos, el derecho propio nos dice: “Debemos creer con firmeza inquebrantable que aun los acontecimientos más adversos y opuestos a nuestra mira natural, son ordenados por Dios para nuestro bien, aunque no comprendamos sus designios e ignoremos el término al que nos quiere llevar”[64].

Digamos también que toda nuestra miseria puede trazar su origen a esa rebelión contra la voluntad de Dios. Y toda nuestra paz está en sujetarnos a su servicio. Por eso la cruz es el camino.

4. Paciencia es menester[65]

Son incontables los testigos que afirman cómo fray Juan de la Cruz les animaba a pasar toda clase de trabajos por amor a Cristo y a no desanimarse porque Dios siempre les sería cercano. Así, por ejemplo, le escribe a una monja carmelita: “Ahora entre tanto que Dios nos le da en el cielo[66], entreténgase ejercitando las virtudes de mortificación y paciencia, deseando hacerse en el padecer algo semejante a este gran Dios nuestro, humillado y crucificado; pues que esta vida, si no es para imitarle, no es buena”[67].

Es decir, no se trata de una actitud estoica, que no reconoce flaquezas y pretende a fuerza de puños una paz inalterable. Se trata de una fortaleza que sobrenaturalmente y con gran paciencia se esfuerza por aplicar la propia voluntad a la Voluntad de Dios, como hemos visto hacer a fray Juan en medio de grandes pruebas y esto dentro de su gran sensibilidad.

“Paciencia y fortaleza están relacionadas como el lado cóncavo y convexo de dos piezas que encajan perfectamente. La fortaleza se pone en práctica en la lucha activa contra los peligros y las dificultades, mientras que la paciencia es la aceptación pasiva de aquello que es difícil de sobrellevar.

Nuestro Señor en la cruz practicó la fortaleza al aceptar la muerte libremente y sin temores para ganarnos el perdón; practicó la paciencia al aceptar pasivamente la Voluntad del Padre.

Siendo Dios podría haberse bajado de la cruz. Doce legiones de ángeles podrían haber cuidado de sus heridas; la tierra podría haber sido su escabel, el mar su bálsamo curativo, el sol su carruaje, los planetas su cortejo, y la cruz su trono triunfal. Pero Él quiso aceptar la muerte para darnos un ejemplo: Que no se haga mi voluntad, sino la tuya[68].

La aceptación pasiva de la voluntad de Dios es paciencia. Paciencia que, manteniéndose todas las otras cosas iguales, es más noble que la fortaleza; porque en nuestro obrar activo podríamos elegir aquellas cosas que más nos agradan y así engañarnos a nosotros mismos, pero en la resignación a las cruces de la vida, siempre hacemos la voluntad de Dios. […]

Tomar la cruz que Dios nos envía como Él tomó la que le fue dada, aun cuando no la merezcamos, es el camino más corto a la identificación con la voluntad de Dios, lo cual es el principio del poder y de la paz: poder porque nos hacemos uno con Él que todo lo puede; paz porque permanecemos tranquilos en el amor del que es Justo”[69].

Atreverse a llamarse a sí mismo cristiano y esperar otro camino al cielo que no sea el camino de la cruz, o “desear la gloria del cielo y pedirla sin decidirse a padecerlo todo es una locura y una petición extravagante”[70].

Por eso mucho recomienda el santo: “Conviénele, pues, al alma mucho estar con grande constancia y paciencia en todas las tribulaciones y trabajos que la pusiere Dios de fuera y de dentro, espirituales y corporales, mayores y menores”[71].

5. Fidelidad estable, firme y constante a la voluntad de Jesucristo[72]

“Cata que tu carne es flaca y que ninguna cosa del mundo puede dar fortaleza a tu espíritu ni consuelo; porque lo que nace del mundo, mundo es, y lo que nace de la carne, carne es; y el buen espíritu sólo nace del espíritu de Dios, que se comunica no por mundo ni carne[73][74].

Por eso “la fortaleza cristiana incluye no sólo obrar lo que es bueno, sino también resistir lo que es malo”[75].

Así, entonces, esta fortaleza que le vemos practicar a fray Juan de la Cruz durante grandes momentos de prueba fue precedida por innumerables actos de fortaleza a lo largo y ancho de sus días en los eventos menudos de la vida cotidiana así como en las situaciones imprevistas de las que está llena esta vida.

Por ejemplo, en 1580 se desencadenó la pandemia que llamaron “el catarro universal”. Fray Juan estaba en Beas mientras se declara la peste en su colegio de Baeza. Le llega la noticia e inmediatamente se regresa. Cuando llega se encuentra a todos los religiosos: dieciocho, en cama, sin que hubiera ninguno en pie que pudiese acudir a nada. Juan de Santa Ana, uno de los fundadores, cuenta su caso: “Cuando volvió nos halló a todos en la cama enfermos, sin haber quedado alguno en pie que pudiese acudir a los demás. Él llegó a tal tiempo, que es cierto si no viniera entonces muriéramos algunos. De mí digo lo tengo por muy cierto muriera, porque ya estaba sin poder comer bocado. Llegó él muy afligido”. Hay que obrar con rapidez, se dijo fray Juan, y ¿qué se le ocurre?

Manda traer a toda prisa “un cuarto de carne y lo hizo aderezar, y él mismo iba a llevarlo y hacernos comer, aunque sin gana, poniéndonos delante el mérito de la obediencia; y fue con tanto cuidado y caridad que en pocos días estábamos todos buenos”.

En este trance tan delicado la cosa se complica, porque llegan otros nueve enfermos del convento del Calvario. Cuando los ve llegar el procurador de la casa se asusta y dice al rector que hay que salir a buscar entre los bienhechores la ayuda necesaria para el caso. Fray Juan le dice, frenándolo: “Dios proveerá”. Y la providencia en este caso les llega “con más de veinticuatro o veinticinco colchones y cantidad de almohadas y sábanas y algunas camisas”. A esto se sumaron “treinta pollos y otros muchos regalos” que la señora Teresa de Ibros donó generosamente para los enfermos.

Durante este tiempo, muchos cuentan cómo fray Juan se desvivía por cuidar y alegrar a sus hermanos enfermos a quienes les contaba cuentos para hacerlos reír. Por eso dice uno de sus biógrafos: “Así era este dulce santo, no arrebatado en éxtasis, sino contando chistes como ejercicio de caridad y exquisitez fraterna. A los chistes añadía el uso de la música, y todo ello como ejercicio exquisito de caridad fraterna”[76]. Hasta aquí la anécdota pareciera no ilustrar mucho su fortaleza sino la reacción normal de un religioso que estando sano se pone a atender a los enfermos. La situación cambia si mencionamos que durante esta misma pandemia murió su madre en Medina del Campo, muy lejos de donde él estaba, también víctima del “catarro universal”, mientras él en Baeza se afanaba en atender a sus frailes enfermos.

Eco de este gran dolor callado en el alma del santo parece ser lo que nueve años más tarde escribirá a una de sus dirigidas diciendo que el Señor nos pone a sufrir “en el amor de lo que más queremos, para que mayores sacrificios hagamos y más valgamos”[77].

Hombre cabal, como siempre lo ha sido, con gran madurez de espíritu y fortaleza incólume se condujo según había enseñado a otros hacer: “acerca de todas las personas tengas igualdad de amor e igualdad de olvido, ahora sean deudos ahora no, quitando el corazón de éstos tanto como de aquéllos y aun en alguna manera más de parientes, por el temor de que la carne y sangre no se avive con el amor natural que entre los deudos siempre vive, el cual conviene mortificar para la perfección espiritual. Tenlos todos como por extraños, y de esa manera cumples mejor con ellos que poniendo la afición que debes a Dios en ellos”[78]. Tal fue el dominio sobre sí de este gigante de la santidad.

Aunque pudiésemos poner muchísimos más sirva el siguiente ejemplo para ilustrar su fortaleza contra los enemigos de la carne: san Juan de la Cruz aunque amante de la soledad y del claustro era un gran viajero. Y lo cierto es que no le han faltado tampoco tentaciones en sus viajes. “En uno de ellos se tuvo que hospedar en una casa particular de un secular. Cuando menos lo piensa, al amparo de la oscuridad de la noche, ‘una mujer de buena gracia’ se le presenta en la habitación, y le solicita con su persona, diciéndole que ‘no pensase llevarlo por lo santo porque si no satisfacía a sus deseos, se volvería a su aposento y daría voces para infamarlo’. Fray Juan se niega y la rechaza un par de veces; ella sigue amenazándole que si no consiente gritará que la ha querido forzar; y se le va a meter en la cama; él salta del lecho y, vestido como estaba, sin mirarla a la cara, se acurruca en un rincón, se cubre bien con su capa y allí permanece hasta que la tentadora se cansa, y compungida y avergonzada se marcha”[79].

Muy probablemente esta otra anécdota, también de uno de sus viajes, sirva para ejemplificar como el Místico Doctor mortificaba su cuerpo (su sensualidad) lo cual le permitía en trances de mayor prueba responder −ayudado de la gracia de Dios− como lo hizo en el ejemplo precedente: “En otro de los viajes Juan Evangelista se dio cuenta de que Juan de la Cruz llevaba unos calzoncillos de nudos y tomizas (cuerda o soguilla de esparto). Le dijo que cómo traía aquello, estando tan enfermo y que ‘cómo no hacía conciencia de ello’. Respuesta: ‘Calle, hijo, basta el regalo que traemos de venir a caballo; no ha de ser todo descanso’”[80].

San Juan de la Cruz escribió en la Subida del Monte: “todo el señorío y libertad del mundo, comparado con la libertad y señorío del espíritu de Dios, es suma servidumbre, y angustia, y cautiverio”[81]. Teniendo esto en mente despunta aún más la fortaleza de espíritu de fray Juan de la Cruz cuando previo a los capítulos generales de la Orden y específicamente respecto al proceso al padre Gracián por el mucho trato que tenía y había tenido con las monjas, Juan de la Cruz se manifiesta contrario (aun siendo miembro del Consejo General) y un documento de 1588 recoge brevemente esta situación: “Muchas de las culpas que imputan a Gracián son de otros. Y en lo que dicen de la frecuencia en los monasterios de monjas, ninguno de los vicarios ha dejado de tener el mismo trato; y en particular un religioso escribió al P. Nicolas que si por aquello había de castigar al padre Gracián, comenzase por él”. Ese religioso era Juan de la Cruz[82]. No le importó perder su cargo ni verse marginado, antes prefirió con toda vehemencia la honestidad.

6. El callar y obrar recoge y da fuerza al espíritu[83]

Quizás una de las maneras más elocuentes por las que Juan de la Cruz mostró ser dueño y buen administrador de su fortaleza fue a través de sus silencios, como ya hemos visto varias veces en los ejemplos precedentes. Y esto es así, porque como él mismo explica “la mayor necesidad que tenemos es de callar”[84] porque el lenguaje que Dios oye “sólo es el callado amor”[85].

En verdad, los episodios en su vida en que sobresale el silencio virtuoso se apilan formando una columna que se alza al cielo.

Testimonia este “callado amor” de parte de fray Juan la misma santa Teresa en una de sus cartas escrita al rey Felipe II, pidiendo justicia tras la captura del santo. Y así, después de haberlo puesto al tanto del asunto le dice: “A mí me tiene muy lastimada verlos en sus manos, que ha días que lo desean, y tuviera por mejor que estuvieran entre moros, porque quizá tuvieran más piedad. Y este fraile tan siervo de Dios está tan flaco de lo mucho que ha padecido, que temo su vida”. Y presiona al monarca al agregar: “Por amor de Nuestro Señor suplico a vuestra majestad mande que con brevedad le rescaten, y que se dé orden como no padezcan tanto con ‘los del paño’ estos pobres descalzos todos, que ellos no hacen sino callar y padecer y ganan mucho, más dase escándalo en los pueblos”[86]. Y en efecto, sus mismos captores se admiraban de verle invencible en padecer, sufrir y callar.

Asimismo ocurre cuando al final de sus días, ya muy enfermo y víctima de una persecución infame, otros varios religiosos de la Orden van a visitarle y le dicen que los superiores deberían obrar con más justificación y darse cuenta que lo estaban haciendo sufrir mucho porque era obvio que era una gran injusticia. A lo cual fray Juan responde: “Rato ha que hubiera dicho que callaran Vuestras Reverencias y lo he dejado por no desconsolarlos; dejemos a los prelados de la Orden, que ellos piensan que aciertan en lo que hacen”. Y con esto callaron, quedándose todos edificados con su paciencia”[87]. Quién no ha de percibir en ello las resonancias de aquella máxima antes había enseñado a una de sus dirigidas espirituales: “Cuando se le ofreciere algún sinsabor y disgusto, acuérdese de Cristo crucificado, y calle[88]. Y así le vemos callar cuando un fraile a quien le había encomendado la predicación en una fiesta, se excusa diciendo que a causa de un mal humor no lo iba a hacer dejando a toda la gente esperando en la iglesia; o cuando una priora le da la profesión a una novicia desoyendo el consejo del santo de no hacerlo y contándole esta el suceso, san Juan se marcha sin intercambiar palabra ni con la priora ni con ninguna de las monjas.

“Porque el hablar distrae, y el callar y obrar recoge y da fuerza al espíritu”[89]. Y aunque esto lo decía a otras monjas, las carmelitas descalzas de Beas, recordándoles que “luego que la persona sabe lo que le han dicho para su aprovechamiento, ya no ha menester oír ni hablar más, sino obrarlo de veras con silencio y cuidado, en su humildad y caridad y desprecio de sí; y no andar luego a buscar nuevas cosas, que no sirve sino de satisfacer al apetito en lo de fuera, y aun sin poderle satisfacer, y dejar el espíritu flaco y vacío sin virtud interior”[90], eso mismo ha practicado el fraile de Fontiveros a lo largo y ancho de toda su vida en cada uno de sus aspectos.

“Oh, cuantas veces sufre la virtud opresión sólo porque es silenciosa. Convivir sinceramente con quienes molestan continuamente, eso requiere de un gran espíritu de sacrificio. Uno siente que sangra, pero las heridas no se ven. Oh Jesús, cuantas cosas nos revelará solamente el ultimo día. ¡Que alegría! De nuestros esfuerzos no se pierde nada”[91], escribió santa Faustina Kowalska. Lo cual viene muy bien para preludiar el siguiente ejemplo en la vida del Místico Doctor: ocurrió un día durante la recreación en la comunidad de San Hermenegildo. Estaba hablando Juan de la Cruz de algún tema santo, espiritual, sobre el que había caído la conversación. Diego Evangelista, recién elegido definidor general, “tomando la mano, con palabras de desdén mandó al santo que callase, y él, con serenidad celestial, cesó de hablar, y con su superioridad de ánimo, como si no oyese palabras contra sí, no respondió palabra ni mostró desplacerse lo que contra él este prelado ahora comenzó a verter y después prosiguió, como veremos”[92]. Así queda Diego Evangelista como “mozo y menos mortificado, a quien la envidia traía estomagado acerca de las cosas del varón del Señor”[93]. En verdad, “el alma silenciosa es fuerte”[94]. Por eso, enseñaba el santo: “aprendan a fundar la voluntad en fortaleza de amor humilde, y obrar de veras, y padecer imitando al Hijo de Dios en su vida y mortificaciones; que éste es el camino para venir a todo bien espiritual, y no muchos discursos”[95].

Con esto no se piense que fray Juan de la Cruz era de esos que se callaban por flaqueza o pusilanimidad. En efecto, ya hemos visto que tuvo la valentía de corregir a su superior y que sin miedos se pronunció en el Capítulo de 1591 que lo terminó marginando. Pero tampoco era de esos que de tantas amarguras se llenaba de resentimientos y entendía fortaleza con dureza o aspereza en el trato. Muy por el contrario. Era dueño de una mansedumbre y de una “apacibilidad que tocaba alegría”[96] de la que hizo escuela. Nada más lejos de él que la agresividad y ferocidad: “porque, ¿quién jamás ha visto que las virtudes y cosas de Dios se persuadan a palos y con bronquedad?”[97].

7. Tenga fortaleza en el corazón[98]

No nos hemos de extender en la fortaleza mansa y arraigada de fray Juan a la hora de cumplir sus oficios, de hacer apostolado, de confiar en la Providencia, de perseverar en la oración. Sólo queremos intentar exponer en esta sección −aunque muy breve y simplemente− el magisterio del Doctor de la noche oscura acerca de esta magnífica virtud.

El término “fortaleza” en su uso más corriente en sus escritos equivale a baluarte o fortificación, como cuando escribe que el demonio combate y turba siempre al alma “con innumerable munición de su artillería, porque ella no se entrase en esta fortaleza y escondrijo del interior recogimiento de su Esposo”[99]. Otras veces san Juan se refiere a la fortaleza en el sentido de fuerza, vigor o energía. Por ejemplo, cuando dice que el alma “siente la fortaleza y brío para obrar en la sustancia que le da el manjar interior”[100], o bien cuando habla en su Cántico de “la libertad y fortaleza que ha de menester [el alma] para buscar a Dios”[101]. Por último, también san Juan se refiere a la fortaleza como virtud, cuando, por ejemplo, en las noches “ejercita también aquí la virtud de la fortaleza, porque en estas dificultades y sin sabores que halla en el obrar saca fuerzas de flaquezas, y así se hace fuerte”[102]. Por esto mismo en uno de sus Avisos dice: “Tenga fortaleza en el corazón contra todas las cosas que le movieren a lo que no es Dios y sea amiga de la Pasión de Cristo”[103].

La novedad sanjuanista viene, según nuestro sencillo entender, al contraponer insistentemente la fortaleza a la flaqueza. Veamos esto.

Para el santo de Fontiveros la fortaleza del hombre es igual al conjunto de sus potencias y capacidades. Él lo da habitualmente por asentado y lo define también explícitamente: “La fortaleza del alma consiste en sus potencias, pasiones y apetitos, todo lo cual es gobernado por la voluntad”[104]. Entonces hace una aplicación inmediata: “cuando estas potencias, pasiones y apetitos endereza en Dios la voluntad y las desvía de todo lo que no es Dios, entonces guarda la fortaleza del alma para Dios, y así viene a amar a Dios de toda su fortaleza”[105].

Por otra parte, cuando el alma anda dispersa, esto es, “no recogida en un solo apetito de Dios, pierde el valor y vigor en la virtud”, como las especias aromáticas que “desenvueltas van perdiendo su fragancia y la fuerza”[106]. Por tanto, cuando los apetitos, las potencias y las pasiones están desparramadas en otras cosas que no son Dios eso enflaquece al alma, le quita fuerza. En cambio, cuando todas sus potencias, gustos y apetitos están reunidos y bien aparejados en Dios, el alma cobra fuerza, como un caudal que corre por un solo cauce. Así, entonces, dirigida el alma toda a Dios, rendida su flaqueza a la fortaleza de Dios, se mantiene fija en el objetivo y nada hay de arriba ni de abajo que la pueda desviar o distraer ni siquiera un punto de ese fin que es descansar en el pecho del Amado. Por eso dice que “el alma que anda en amor no cansa ni se cansa”[107] sino que recibe su fuerza del mismo Dios para soportar en toda paciencia y callado amor lo que la Bondad Divina dispone para ella. Esa es la enseñanza constante del Místico de Fontiveros.

Lo que quiere es que todo entero el hombre esté orientado definitivamente a Dios y por ello dice que debe apartar su voluntad, su entendimiento y su memoria de todo lo que no es Dios. Y en la medida en que todas las potencias, gustos y apetitos se concentran en su objetivo final (Dios), se armonizan en la misma dirección y perseveran en ello, “venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabájese lo que se trabajare, murmure quien murmure, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo”[108], el alma se va haciendo fuerte. Pues que en eso consiste el amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas[109]. O, dicho en otras palabras, así es como el alma viene al “fuerte y estrecho abrazo de Dios”[110].

Por tanto, la fortaleza ‘según la mente sanjuanista’ también puede entenderse en su función de desnudar, purificar y enderezar las potencias a Dios (que es lo que hace en sus obras de la Subida y de la Noche), o bien como una realidad conseguida (que es lo que hace en sus obras del Cántico y de la Llama).

La conquista de la “fortaleza competente”[111] para llegar a la unión con Dios requiere su purificación. Es entonces cuando “Dios hace merced aquí al alma de limpiarla y curarla con esta fuerte lejía y amarga purga, según la parte sensitiva y la espiritual, de todas las afecciones y hábitos imperfectos que en sí tenía acerca de lo temporal y de lo natural, sensitivo y especulativo y espiritual, oscureciéndole las potencias interiores y vaciándoselas acerca de todo esto, y apretándole y enjugándole las afecciones sensitivas y espirituales, y debilitándole y adelgazándole las fuerzas naturales del alma acerca de todo ello (lo cual nunca el alma por sí misma pudiera conseguir, como luego diremos) haciéndola Dios desfallecer en esta manera a todo lo que no es Dios naturalmente, para irla vistiendo de nuevo, desnuda y desollada ya ella de su antiguo pellejo”[112] y revistiéndola de su Fortaleza.

Es cierto que en ese proceso catártico −arduo y fatigoso− el alma sufre penas muy agudas a “causa de su flaqueza natural, moral y espiritual”. Lo explica así san Juan de la Cruz: “como esta divina contemplación embiste en el alma con alguna fuerza, al fin de la ir fortaleciendo y domando, de tal manera pena en su flaqueza, que poco menos desfallece, particularmente algunas veces cuando con alguna más fuerza embiste”[113].

Así la flaqueza del hombre se va transformando en fortaleza de Dios, cumpliéndose el dicho paulino recordado por el santo de que la virtud en la flaqueza se hace perfecta[114].

8. Terrible fortaleza

Por otra parte, son magníficos los capítulos del Cántico Espiritual donde el Místico Doctor expone la fortaleza en términos de la unión Dios. “En este estado consigue el alma muy alta pureza y hermosura, y también terrible fortaleza por razón del estrecho y fuerte nudo que por medio de esta unión entre Dios y el alma se da”[115] dice en una de sus canciones.

En este estado, entonces, “las virtudes fuertes y heroicas, envueltas en fe se asientan sobre el alma fuerte en cuya fortaleza ha de reposar el pacífico Esposo sin que perturbe alguna flaqueza”[116]. Esas mismas virtudes heroicas del estado de unión se comparan a las cuevas de los leones, “muy seguras y amparadas de los demás animales”, porque “temiendo ellos la fortaleza y osadía del león que está adentro, no sólo no se atreven a entrar, más ni aun junto a ellas posan parar”[117]. Eso es tener el alma “las virtudes en fortaleza”[118].

Agrega además san Juan de la Cruz que la grandeza y estabilidad del alma es muy grande en este estado, porque aquí le falta al alma lo que tenía de flaco en las virtudes y le queda lo fuerte, constante y perfecto[119] de ellas que recibe del ordinario abrazo del alma con Dios[120].

Así, entonces, una vez que llega el alma a esta fortaleza, “todo lo que obra es ganancia, porque toda la fuerza de sus potencias está convertida en trato espiritual con el Amado”[121].

En la explanación de la canción 22 del Cántico Espiritual san Juan de la Cruz explica con sapienciales trazos qué es esto de la fortaleza que recibe el alma al rendir su flaqueza a Dios. 

Entrado se ha la Esposa

en el ameno huerto deseado,

y a su sabor reposa,

el cuello reclinado

sobre los dulces brazos del Amado.

Explica el santo: “El cuello significa aquí la fortaleza del alma, mediante la cual como habemos dicho se hace esta junta y unión entre ella y el Esposo porque no podría el alma sufrir tan estrecho abrazo si no estuviese ya muy fuerte. Y porque en esta fortaleza trabajó el alma y obró las virtudes y venció los vicios justo es que en aquello que venció y trabajó repose el cuello reclinado sobre los dulces brazos del Amado. Reclinar el cuello en los brazos de Dios es tener ya unida su fortaleza o por mejor decir su flaqueza, en la fortaleza de Dios porque los brazos de Dios significan la fortaleza de Dios en que reclinada y transformada nuestra flaqueza tiene ya fortaleza del mismo Dios. De donde muy cómodamente se denota este estado del matrimonio espiritual por esta reclinación del cuello en los dulces brazos del Amado porque ya Dios es la fortaleza y dulzura del alma en que está guarecida y amparada de todos los males y saboreada en todos los bienes”[122].

Por tanto, llegar a tener en el alma dicha fortaleza es llegar a la santidad. Por eso decía el P. Buela que el “Espíritu de fortaleza se identifica con la santidad”[123].

La conclusión y aplicación sanjuanista no pueden ser más consoladoras. Dios es la única y verdadera fortaleza para el hombre. Reposar en los brazos de Dios confiere la fortaleza absoluta en que se basa la fortaleza cristiana. Por eso, “siempre hay que pedir la virtud, el don y el espíritu de fortaleza”[124].

9. Con ser tan chico era tan grande

Comenzamos este escrito con las palabras de otro “santo fuerte”, como fue san Juan Pablo II, y con sus palabras también queremos terminarlo.

“La virtud de la fortaleza requiere siempre una cierta superación de la debilidad humana y, sobre todo, del miedo. Porque el hombre teme por naturaleza espontáneamente el peligro, los disgustos y sufrimientos. Para llegar a tal fortaleza el hombre debe ‘superar’ en cierta manera los propios límites y ‘superarse’ a sí mismo, corriendo el ‘riesgo’ de encontrarse en situación ignota, el riesgo de ser mal visto, el riesgo de exponerse a consecuencias desagradables, injurias, degradaciones, pérdidas materiales y hasta la prisión o las persecuciones. Para alcanzar tal fortaleza, el hombre debe estar sostenido por un gran amor a la verdad y al bien al que se entrega. La virtud de la fortaleza camina al mismo paso que la capacidad de sacrificarse. […]

Tenemos necesidad de fortaleza para ser hombres. En efecto, hombre verdaderamente prudente es sólo el que posee la virtud de la fortaleza, del mismo modo que hombre verdaderamente justo es sólo el que tiene la virtud de la fortaleza”[125].

Muchos atestiguan cómo fray Juan de la Cruz: “… Con ser de mediana estatura y antes más de pequeña que alto, con todo eso tenía grande ser y lo mostraba, con una gravedad santa y humilde, que se hacía respetar y venerar de todos”[126]. Y aun los calzados cuando lo atormentaban en la cárcel toledana admirados decían: “¿quién sino un frailecillo como él es el que nos pone en tantos alborotos?”[127]. Así y todo, este hombre “tan chico” fue un grande de la santidad por la “terrible fortaleza” con que avanzó prendido del báculo de la cruz, siempre con la sonrisa florecida en sus labios, obrando sin otro fin más que el de agradar a Dios, para fundirse en el abrazo estrecho de su Amado.

Pidamos este don del Espíritu Santo que se llama “don de fortaleza”. Cuando al hombre le faltan fuerzas para “superarse” a sí mismo con miras a valores superiores como la verdad, la justicia, la vocación, la fidelidad, es necesario que este “don de lo alto” haga de cada uno de nosotros un hombre fuerte y que en el momento oportuno nos diga “en lo íntimo”: ¡Ánimo!

ÍNDICE

  1. Hombre de valor y pecho. 2
  2. Terriblemente trata Dios a sus amigos. 3
  3. Tener unida su flaqueza en la fortaleza de Dios. 6
  4. Paciencia es menester 13
  5. Fidelidad estable, firme y constante a la voluntad de Jesucristo. 15
  6. El callar y obrar recoge y da fuerza al espíritu. 18
  7. Tenga fortaleza en el corazón. 21
  8. Terrible fortaleza. 24
  9. Con ser tan chico era tan grande. 26

[1] Regina Caeli, (14/5/1989).

[2] Cf. Ibidem.

[3] Torrente Ballester, en el prólogo de Florecillas de san Juan de la Cruz. La hondura de lo humano, San Pablo, Madrid 1990, 5.

[4] Constituciones, 235; op. cit. Congregación para la Educación Católica, Carta Circular sobre algunos aspectos más urgentes de la formación espiritual en los Seminarios (1980), 1, f.

[5] Insignificante, ineficaz, insustancial.

[6] Llama de amor viva, canción 3, 59.

[7] Subida del Monte, Libro 1, cap. 5, 7.

[8] San Juan Pablo II, Maestro en la Fe, 5.

[9] Cf. José Vicente Rodríguez, “Carmelita en sandalias y escaso de figura. El gozoso viacrucis de San Juan de la Cruz”, Revista Vida Religiosa, vol. 68, núm. 6, (1/11/1990).

[10] Dichos de luz y amor, 42.

[11] Testimonio citado por José Vicente Rodríguez, San Juan de la Cruz – La biografía, Presentación, p. 29.

[12] Ibidem.

[13] 32.

[14] Así lo cuenta José de Jesús María (Quiroga) en su Historia, 252-253, diciendo que refiere las palabras de la declaración jurada de un testigo de vista muy acreditado.

[15] Directorio de Seminarios Menores, 35.

[16] Cf. Noche oscura, Libro 2, cap. 5, 7.

[17] Dichos de luz y amor, 40.

[18] Cantico Espiritual B, canción 20, 1.

[19] Carta 233, 3, a Jerónimo Gracián, 622.

[20] Enseña, muestra. Cf. Concordancia de los Escritos de San Juan de la Cruz, p. 859.

[21] Noche oscura, Libro 1, cap. 8, 3.

[22] Cf. José Vicente Rodríguez, “Carmelita en sandalias y escaso de figura. El gozoso viacrucis de San Juan de la Cruz”, Revista Vida Religiosa, vol. 68, núm. 6, (1/11/1990).

[23] “Le bajaban al refectorio, estando allí los frailes, tres o cuatro veces, para que recibiera allí disciplina”. José Vicente Rodríguez, San Juan de la Cruz – La biografía, cap. 13, p. 308.

[24] Ibidem.

[25] Segundo carcelero del santo en Toledo, desde mayo hasta agosto. Es el testigo más calificado sobre la prisión de Toledo. Cf. Eugenio Pacho, Diccionario de San Juan de la Cruz, p. 674.

[26] José Vicente Rodríguez, San Juan de la Cruz – La biografía, cap. 14, p. 339.

[27] Dichos de luz y amor, 136.

[28] Puntos de amor, 40.

[29] Junto a los ríos de Babilonia, allí nos sentábamos y llorábamos, acordándonos de Sion

[30] Fulton Sheen, The Seven Virtues. (Traducido del inglés)

[31] Cf. Cántico Espiritual B, canción 22, 8.

[32] Cf. Noche oscura, 11, 3.

[33] José Vicente Rodríguez, “Carmelita en sandalias y escaso de figura. El gozoso viacrucis de San Juan de la Cruz”, Revista Vida Religiosa, vol. 68, núm. 6, (1/11/1990).

[34] La primera cárcel fue en mayo de 1576 cuando fue detenido, junto a su compañero en La Encarnación, por los padres calzados y encarcelado en Medina del Campo. La segunda cárcel, como ya hemos dicho, fue en Toledo, de entre el 2-3 de diciembre de 1577 al 16-18 de agosto de 1578.

[35] Su padre murió cuando Juan tenía 3 años. Su madre Catalina Álvarez murió en 1580, cuando el santo tenía 38 años.

[36] Dichos de luz y amor, 91.

[37] Subida del Monte, Libro 1, cap. 12, 6.

[38] Cf. San Luis María Grignion de Montfort, Carta circular a los Amigos de la Cruz, 47.

[39] Cántico Espiritual B, canción 22, 8.

[40] Cantico Espiritual B, canción 22, 8.

[41] Epistolario, Carta 26, A la M. María de la Encarnación, OCD, en Segovia Madrid, 6 julio 1591.

[42] Directorio de Espiritualidad, 41.

[43] Avisos recogidos por la edición de Gerona, 33.

[44] A partir del 1 de junio de 1591 se celebra el Capítulo General ordinario en Madrid y allí está fray Juan, cesando en todos sus cargos. Aunque se le ofrece el priorato de Segovia, no acepta, reintegrándose a la comunidad como simple súbdito. Se ofrece luego al P. general para pasar a México, cosa que se le acepta y se le expedita una licencia.

[45] Subida del Monte, Libro 3, cap. 6, 3.

[46] José Vicente Rodríguez, San Juan de la Cruz – La biografía, cap. 35, p. 734.

[47] Expresión que se halla en la misma carta.

[48] Epistolario, Carta 28, A doña Ana del Mercado y Peñalosa del 19 agosto 1591.

[49] Ibidem.

[50] Es de destacar que en la época de San Juan de la Cruz ir a predicar era salir de la casa religiosa y lo que el santo corregía en este caso no era tanto el predicar sino el pasar demasiado tiempo fuer del Convento

[51] José Vicente Rodríguez, San Juan de la Cruz – La biografía, cap. 39, p. 829.

[52] Cf. José Vicente Rodríguez, San Juan de la Cruz – La biografía, cap. 39, p. 831.

[53] San Juan Pablo II, Maestro en la Fe, 15.

[54] Epistolario, Carta 30, A la M. Ana de san Alberto, OCD en La Peñuela, agosto-septiembre 1591.

[55] José Vicente Rodríguez, San Juan de la Cruz – La biografía, cap. 36, p. 766.

[56] Ibidem, cap. 39, p. 824.

[57] Ibidem.

[58] Mt 18,15.

[59] Constituciones, 105.

[60] José Vicente Rodríguez, San Juan de la Cruz – La biografía, cap. 39, p. 826.

[61] Ibidem.

[62] Cf. Noche oscura, Libro 2, cap. 23, 4.

[63] Epistolario, Carta 25, A la M. Ana de Jesús, OCD, en Segovia Madrid 6 julio 1591.

[64] Directorio de Espiritualidad, 67.

[65] Epistolario, Carta 11, A doña Juana de Pedraza, en Granada Segovia, 28 enero 1589.

[66] El Sumo Bien.

[67] Epistolario, Carta 25, A la M. Ana de Jesús, OCD, en Segovia Madrid 6 julio 1591.

[68] Lc 22, 42.

[69] Fulton Sheen, The Seven Virtues, cap. 1. (Traducido del inglés)

[70] Cf. San Luis María Grignion de Montfort, Carta circular a los Amigos de la Cruz, 24.

[71] Llama de amor viva B, canción 2, 30.

[72] Directorio de Espiritualidad, 53.

[73] Jn 3, 6.

[74] Dichos de luz y amor, 42.

[75] Frase de San Agustín citada por P. Carlos Buela, IVE, El Arte del Padre, Parte III, cap. 22, IV.

[76] José Vicente Rodríguez, San Juan de la Cruz – La biografía, cap. 16, p. 414.

[77] Epistolario, Carta 19, A doña Juana de Pedraza, 12 de octubre de 1589.

[78] Cautelas, 5 (primera cautela contra el mundo).

[79] José Vicente Rodríguez, San Juan de la Cruz – La biografía, cap. 23, 533.

[80] Ibidem.

[81] Libro 1, cap. 4, 6.

[82] José Vicente Rodríguez, San Juan de la Cruz – La biografía, cap. 34, p. 315.

[83] Epistolario, Carta 8, A las Carmelitas Descalzas de Beas, 22 noviembre 1587.

[84] Ibidem.

[85] Ibidem.

[86] Carta 218, 5.

[87] José Vicente Rodríguez, San Juan de la Cruz – La biografía, cap. 39, p. 833.

[88] Epistolario, Carta 20, A una Carmelita Descalza escrupulosa Por Pentecostés de 1590.

[89] Epistolario, Carta 8, A las Carmelitas Descalzas de Beas, 22 noviembre 1587.

[90] Ibidem.

[91] Santa Faustina Kowalska, Diario de la Divina Misericordia, 236.

[92] José Vicente Rodríguez, San Juan de la Cruz – La biografía, cap. 34, p. 724.

[93] Alonso, lib. 2, c. 24, 509-510

[94] Santa Faustina Kowalska, Diario de la Divina Misericordia, 477.

[95] Cf. Subida del Monte, Libro 2, cap. 29, 9.

[96] José Vicente Rodríguez, “Carmelita en sandalias y escaso de figura. El gozoso viacrucis de San Juan de la Cruz”, Revista Vida Religiosa, vol. 68, núm. 6, (1/11/1990).

[97] José Vicente Rodríguez, San Juan de la Cruz – La biografía, cap. 36, p. 774.

[98] Dichos de luz y amor, 94.

[99] Cántico Espiritual B, canción 40, 3.

[100] Noche oscura, Libro 1, cap. 9, 6.

[101] Cántico Espiritual B, canción 3,5.

[102] Noche oscura, Libro 1, cap. 13, 5.

[103] Dichos de luz y amor, 94.

[104] Subida del Monte, Libro 3, cap. 16, 2.

[105] Ibidem.

[106] Subida del Monte, Libro 1, cap. 10, 1.

[107] Puntos de amor reunidos en Beas, 18. Citado por el Directorio de Espiritualidad, 108.

[108] Directorio de Espiritualidad, 42; op. cit. Santa Teresa de Jesús, Camino de Perfección, 35, 2.

[109] Cf. Dt 6, 5.

[110] Cántico Espiritual B, canción 20, 1.

[111] Cántico Espiritual B, canción 20, 2.

[112] Noche oscura, Libro 2, cap. 13, 11.

[113] Ibidem, Libro 2, cap. 5, 6.

[114] Cf. Cántico Espiritual B, canción 30, 5.

[115] Cántico Espiritual B, canción 20-21, 1.

[116] Cf. Ibidem, canción 19, 2.

[117] Ibidem, canción 24, 4.

[118] Ibidem, canción 24, 2 y 8.

[119] Cf. Ibidem, canción 20-21, 10.

[120] Cf. Ibidem, canción 20-21, 14.

[121] Ibidem, canción 30, 10.

[122] Ibidem, canción 22, 7-8.

[123] Cf. El Arte del Padre, Parte III, cap. 22, IV.

[124] Ibidem.

[125] Cf. San Juan Pablo II, Regina Caeli, (14/5/1989).

[126] José Vicente Rodríguez, San Juan de la Cruz – La biografía, Presentación, p. 30. (De hecho, medía sólo 1,60 m.)

[127] Ibidem, cap. 13, 308.

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