Queridos hermanos:
Recordamos hoy, en este día, en este domingo, la Jornada Mundial por las Misiones. La Iglesia nos invita, por tanto, hoy, una vez más, a la consideración de la vocación misionera de la Iglesia Católica. Vocación esta que está inscrita en el momento mismo de su institución: cuando Cristo —después de pasar toda la noche en oración— eligió a los primeros 12, aquel incipiente colegio apostólico tenía un solo fin: enviarlos a predicar. Cristo, en los Evangelios, se cansa de repetir que él ha sido enviado a predicar la buena nueva, a anunciar el Reino de Dios, a dar testimonio del Padre, etc., y la remata diciendo: así como el Padre me envió, así os envío yo. No hay dudas: la Iglesia nació con una vocación misionera; tales son las últimas palabras de nuestro Señor en los cuatro Evangelios, palabras que deben estar grabadas a fuego en todo aquel que posea un corazón católico.
Leemos así en el Evangelio de Mateo, cuando la última despedida sobre el monte de la Ascensión: «Id, enseñad a todas las gentes, … enseñándoles a observar todo lo que yo os he mandado … Yo estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos». Marcos es más explícito: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura, … a los que creyeren les acompañarán estas señales: en mi nombre echarán los demonios, hablarán lenguas nuevas, tomarán en las manos las serpientes, y si bebieren ponzoña no les dañará; pondrán las manos sobre los enfermos y estos serán curados». En San Lucas les dijo que se predicase en su nombre la penitencia para la remisión de los pecados a todas las naciones, comenzando en Jerusalén. Las últimas palabras que nos trae San Juan son también palabras de misión; son el deseo de Cristo ante un corazón que lo ama: después de la triple confesión de amor, a Pedro le dice: «Apacienta mis ovejas». Incluso los Hechos de los Apóstoles, que narran los inicios de la Iglesia, comienzan señalando que Jesús subió a los cielos recomendándoles a los suyos: «Y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines de la tierra». La Iglesia nació para la misión; la misión está inscrita en la esencia misma de la vocación cristiana: ser cristiano significa ser misionero, ser cristiano significa tener un alma preocupada por las ansias de misión. Esto significa tener espíritu católico, espíritu universal: hasta los confines de la tierra.
1. La salvación de las almas
Predicar a Cristo, llevar el evangelio hasta los confines de la tierra; hacer que los hombres participen de la Vida que viene de Él, hacer que los hombres amen a Dios, la gloria de Dios, la salvación de las almas: he aquí la vocación de la Iglesia católica. Es por este fin por el que la Iglesia forma a los sacerdotes en sus seminarios; es por este fin por el que la Iglesia envía a sus más esforzados y virtuosos sacerdotes a las tierras y a los países más inhóspitos. Pienso ahora en los sacerdotes y misioneros que padecen dificultades, que pasan hambre y privaciones, que están encerrados en las cárceles y sometidos muchas veces a torturas por confesar a Cristo: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda la creación». Me vienen a la memoria esos dos sacerdotes misioneros en el Sudán, en Jartum (la capital), que, según el último informe de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos (la congregación romana encargada de las misiones, a quien son destinadas las colectas de todas las iglesias y capillas de toda la cristiandad en el día de hoy), siguen siendo torturados para que confiesen un crimen que nunca cometieron; los sacerdotes que en los países árabes no pueden dar a conocer su nombre; los que en Vietnam fueron encarcelados el mes pasado; los que en China son condenados a la pena capital si no responden a la Iglesia nacional, y tantos más que gastan y desgastan sus vidas, como decía San Pablo, para que Cristo reine, para que Cristo venza y para que Cristo impere.
Es por este fin por el que tantos hombres y mujeres, dejando placeres y riquezas de este mundo, dedicaron sus vidas a la clausura de los monasterios para rezar por la misión de la Iglesia: «la salvación de las almas» (Santa Teresita, Edith Stein).
¡Cuánto vale un alma! Uno lee los textos del Evangelio que conducen a Cristo hacia Jerusalén y puede penetrar en el corazón de Cristo y su amor a las almas: «con bautismo de fuego tengo que ser bautizado, ¡y qué angustias las mías hasta que esto se cumpla!». Antes de la Pasión y en el momento de la institución de la Eucaristía se lee: «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo». Obra verdaderamente grande:
El Pseudo Dionisio: «es la obra más divina entre todas las obras divinas».
San Juan Crisóstomo: «quien convierte una sola alma agrada más a Dios que si repartiera todos sus bienes. No hay cosa más cara a Dios que la salvación de las almas».
Clemente de Alejandría: «tan agradable es a Dios que se diría que Él no tiene mayor afán que ver salvos a todos los hombres».
Nuestro Señor al P. Colnado: «trabaja por la conversión de los pecadores, pues nada hay más agradable para mí».
El mártir San Carpo decía a sus verdugos: «Golpéame de nuevo, porque de nuevo estoy presto a morir por los pecadores».
San Lorenzo Justiniano: «si te preocupa la honra de Dios, no la podrás buscar de modo mejor que trabajando en la salvación de las almas».
San Bernardo: «A los ojos de Dios, un alma vale más que el mundo entero».
Esta era la obsesión de los santos:
Para Santa Teresita: «una sola cosa deseo: hacer amar a Dios».
San Agustín: «Si amáis a Dios, arrebatad a todos hacia el amor divino».
San Alfonso María: «Quien de veras ame a Dios, hace cuanto puede por inclinar a todos a amarlo».
Santa Teresa decía: «Cuanto en las vidas de los santos leemos que convirtieron almas, mucha más devoción me hace y más ternura, y más envidia que por todos los martirios que padecen; por esta la inclinación que Nuestro Señor me ha dado, pareciéndome que precia más un alma que por nuestra industria y oración le ganásemos mediante su misericordia que todos los servicios que le podemos hacer en esta vida».
Don Orione exclamaba: «Ponme, Señor, en la boca del infierno, para que con tu misericordia lo cierre».
Para los santos esto era algo verdaderamente grande:
San Juan Crisóstomo: «Desearía ser mirado como objeto de execración con tal de que se convirtiesen mis súbditos».
San Buenaventura: «Recibiría tantas muertes como pecadores hay en el mundo para que se salvasen».
De San Cayetano se cuenta que «murió de dolor de ver las almas que se condenaban».
2. Nosotros y la obra misionera
Queridos hermanos, ante tanta grandeza no podemos, ciertamente, ser indiferentes. También nosotros, en la medida de nuestras posibilidades, debemos emprender la obra de la salvación de las almas, «la más divina entre las divinas», y trabajar en nuestro medio para que los que estén en contacto con nosotros alcancen lo que los Padres de la Iglesia llamaban «la gracia de las gracias», es decir: «la gracia de salvar el alma». Esto es un gran signo de predestinación:
Decía San Agustín: «Si salvaste un alma, predestinaste la tuya».
Y Santiago, en su carta: «Entiendan que el que convierte a un pecador del extravío de su camino, salvará su alma de la muerte y cubrirá la multitud de sus pecados».
Y que nunca nos sea indiferente o ajena la misión universal de la Iglesia, para que los hombres conozcan a Jesucristo y la Vida que viene de Él. Que no nos suceda lo de aquel que tenía un talento y fue rechazado por nuestro Señor porque no lo hizo fructificar. Según San Ambrosio: «son los que pueden trabajar en la salvación de las almas y no lo hacen». Y San Agustín, a los que dicen que basta con salvar su alma, les dice: «¿Qué es lo que dices? ¿No te acuerdas del criado que escondió su talento?».
Que este día, en que la Iglesia nos hace recordar nuestra vocación misionera, sirva para enardecer en nosotros la sed de almas. Que no nos suceda el reproche de los ángeles antes de la Ascensión del Señor: «Varones de Galilea, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo…?».
Que la Santísima Virgen nos haga tomar conciencia de nuestra vocación, que nos conceda un corazón misionero, un corazón católico.
«No me habléis de finis terrae, nombre de magia que cierre la senda a toda intención. Hombre es de poca ambición el que sus ansias encierre en palabra tan ruin. Mientras exista un confín de tierra sin alabar al que nos vino a salvar, la tierra no tiene fin».



