La credencia

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La credencia suele ser una mesita ubicada en el presbiterio sobre la cual se coloca lo necesario para la celebración de la Santa Misa. Quienes han sido seminaristas mientras el P. Buela vivía en San Rafael y aun sacerdotes en sus distintas misiones, habrán comprobado con cuanta agudeza nos instruía acerca de la disposición de las cosas en la credencia y de la ubicación de la misma en el presbiterio. 

Empecemos por lo primero:

  • Siguiendo la Instrucción General del Misal Romano en la credencia se debe preparar: “el cáliz, el corporal, el purificador, y según las circunstancias, la palia; la patena y los copones, si son necesarios; a no ser que sean presentados por los fieles en la procesión del ofertorio: el pan para la Comunión del sacerdote que preside, del diácono, de los ministros y del pueblo y las vinajeras con el vino y el agua; una caldereta con agua para ser bendecida, si se hace aspersión; la patena para la Comunión de los fieles; y todo lo necesario para la ablución de las manos”[1]. Por lo tanto, no corresponde colocar candeleros con velas encendidas sobre la mesa de la credencia durante la Misa como se hace en algunos lugares, pues toda la atención debe estar dirigida hacia el altar.
  • Respecto de su ubicación el P. Buela siempre recomendó que la credencia estuviese separada del altar (no contigua o pegada al altar) y más bien a la derecha atrás del ambón. De hecho, cuando alguno colocaba la credencia pegada al altar lo reprendía.

Asimismo, el P. Buela consideraba “preferible preparar el cáliz en la credencia; y esto debe hacerlo el diácono o un celebrante, no el que preside. El agua no se bendice”[2]. A su vez, dejó escrita la siguiente recomendación respecto de la purificación de los vasos sagrados una vez terminada la comunión de los fieles: “No purifiques los vasos sagrados en el centro del altar. Hazlo en un lado del mismo, o, mejor aún, en la credencia. Lo ideal es hacerlo después de la Misa. No purificar la patena con agua”[3].

Creemos conveniente recordar aquí que “si los vasos son purificados en el altar, un ministro los lleva a la credencia. Sin embargo, se permite dejar los vasos que deben purificarse, sobre todo si son muchos, en el altar o en la credencia sobre el corporal, convenientemente cubiertos y purificarlos enseguida después de la Misa, una vez despedido al pueblo”[4].

También es cierto que a veces el Evangeliario puede llevarse a la credencia luego de que se imparte la bendición al pueblo con el mismo[5].

“Siempre la Misa diaria fue lo más importante de mi día”[6], decía nuestro Fundador. Es nuestra oración que cada día nos preparemos con esmero y poniendo cuidado en todo detalle para la digna celebración de la Misa, pues también para nosotros debe ser lo más importante del día.

[1] 118. Cf. Carlos Buela, IVE, Ars participandi, 314.

[2] Carlos Buela, IVE, Ars celebrandi, 38.

[3] Carlos Buela, IVE, Ars celebrandi, 41; op. cit. Instrucción General del Misal Romano, 183; 279: “Los vasos sagrados son purificados por el sacerdote, o por el diácono o por el acólito instituido, después de la Comunión o después de la Misa, en cuanto sea posible en la credencia. La purificación del cáliz se hace con agua o con agua y vino, que tomará el mismo que purifica. La patena, como de costumbre, límpiese con el purificador”.

[4] Carlos Buela, IVE, Ars participandi, 332; op. cit. Instrucción General del Misal Romano, 163.

[5] Cf. Instrucción General del Misal Romano, 175.

[6] VoxVerbi 097, “Ultima crónica de viaje” (27/11/1996).

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