Tres maneras de humildad

Contenido

Puntos predicados durante un ejercicio espiritual correspondiente a los números [164-168] del libro de los Ejercicios Espirituales

 

Según los párrafos [164-168] del libro de los Ejercicios Espirituales

 

[Introducción]

 

Para reunir y concentrar en un solo haz cuantos rayos de luz han brillado desde el Principio y Fundamento hasta ahora san Ignacio nos presenta un faro luminoso que nos guíe y oriente cuando llegue el tiempo de elegir. El faro no es otro que la consideración que él llama “tres maneras de humildad” [164-168] y que es lo que vamos a considerar ahora. El santo quiere que esta consideración se tenga “antes de entrar en las elecciones”, “considerando a ratos por todo el día, y asimismo haciendo los coloquios” [164].

La finalidad de esta contemplación no es otra sino “buscar y hallar la voluntad divina en la disposición de la vida”[1]. Esta es una meditación que apunta no sólo a la inteligencia o a la voluntad sino a ambas, para fijar bien en el alma cual es el mensaje de la bandera de Jesucristo: la cruz.

A diferencia de las contemplaciones anteriores no se señala hora fija, ni se prescriben todos los preámbulos que son ordinarios en la oración. Sin embargo, hemos de mantener la oración preparatoria que es la de siempre:

[46] Oración. La oración preparatoria es pedir gracia a Dios nuestro Señor, para que todas mis intenciones, acciones y operaciones sean puramente ordenadas en servicio y alabanza de su divina majestad.

Y hemos de mantener el primer preámbulo:

[150] 1º preámbulo. El primer preámbulo es la historia. Que hemos de encontrar entre los números [165] y [167] del libro de los Ejercicios.

1. Tres maneras de humildad

 

San Ignacio nos presenta tres tipos de humildad, las tres son buenas, pero cada una representa distintos tipos de disposiciones (es decir, cuánto dejo a Dios trabajar en mi alma) y, por lo tanto, unas dan más frutos de santidad que otras. Ahora bien, es importante entender que estos frutos de los que estamos hablando no son cosas exteriores, sino que son principalmente interiores. No se trata aquí de decir, bueno yo soy monja, si llego a superiora general di mucho fruto; o yo soy superiora local, si llego a superiora provincial di mucho fruto; o si toda mi vida fui súbdita no di fruto. Ni tampoco pensar que porque uno se la pasó de súbdito toda la vida es re-humilde y si uno tuvo que servir de superior no lo es. Los frutos de la fe no se miden así, se miden por el grado de santidad. Entonces se trata aquí no sólo de darnos cuenta de cuales son mis disposiciones interiores sino de determinarme a mejorar para ordenar mi vida según la voluntad divina. Poniendo nuestra inteligencia y voluntad al servicio de Dios con grande ánimo y liberalidad, como decíamos al inicio de estos ejercicios; con “una grande y muy determinada determinación”[2] de no querer ninguna otra cosa sino lo que sea más servicio de Dios; cuidando que “el ojo de nuestra intención”[3] sea simple, sea recto, que no haya ninguna pasión que desvíe mi elección. Que yo sea capaz de sacrificar lo que haya que sacrificar, de renunciar a lo que haya que renunciar por la gloria de Dios buscando en todo hacer la voluntad de Dios.

[165] 1ª humildad. La primera manera de humildad es necessaria para la salud eterna, es a saber, que así me baxe y así me humille quanto en mí sea possible, para que en todo obedesca a la ley de Dios nuestro Señor, de tal suerte que aunque me hiciesen Señor de todas las cosas criadas en este mundo, ni por la propia vida temporal, no sea en deliberar de quebrantar un mandamiento, quier divino, quier humano, que me obligue a peccado mortal. 

Este tipo de humildad dice san Ignacio es necesaria para la salud eterna. Es característica de aquellos que se alejan por todos los medios del mal. Es decir, no sólo del pecado mortal, sino del pecado venial y que luchan contra sus imperfecciones. Por decirlo de algún modo, son los que se esfuerzan por disminuir la voluntariedad y el número de las imperfecciones cotidianas, de las pequeñas infidelidades a la voluntad de Dios en las que caemos día a día (dar ejemplos). Es decir, son almas que están preocupadas en corregir, o por combatir eficazmente los propios defectos. Son los que con voluntad de tercer binario han decidido caminar por el camino de la perfección.  

Noten ustedes que san Ignacio dice que son los que obedecen en todo la ley de Dios, de tal suerte que aunque los hiciesen Señores de todas las cosas criadas en este mundo y aunque los amenazaran con perder la vida corporal, estos tales tienen hecha la “decisión formal de no pactar, no transigir, no capitular, no negociar, no conceder, ni hacer componendas con el espíritu del mundo”[4]. Son los que mientras los dejen están decididos a obrar con fervor todo bien, de cumplir acabadamente su oficio, aun cuando los critiquen, aun cuando mal interpreten sus intenciones, ellos quieren hacer el bien, obrar según la voluntad de Dios porque de lo contrario, entienden que faltarían a Dios.  

[166] 2ª humildad. La 2ª es más perfecta humildad que la primera, es a saber, si yo me hallo en tal puncto que no quiero ni me afecto más a tener riqueza que pobreza, a querer honor que deshonor, a desear vida larga que corta, siendo igual servicio de Dios nuestro Señor y salud de mi ánima; y, con esto, que por todo lo criado ni porque la vida me quitasen, no sea en deliberar de hacer un peccado venial. 

Estas son almas que además de haber dejado el pecado y de corregir sus defectos buscan de practicar de modo generoso las virtudes del anonadamiento, a saber: “humildad, justicia, sacrificio, pobreza, dolor, obediencia, amor misericordioso…, en una palabra, tomar la cruz”[5].

Estos tales se han empleado concienzudamente en abrazar la pobreza espiritual, se han determinado de veras en sujetarse a la voluntad divina, y “viven como si no hubiese en este mundo más que Dios y ella (el alma)”[6]. De modo tal que ni “por todo lo criado ni porque la vida le quitasen” consentirían en la más mínima infidelidad u ofensa a Dios.

Nuestras Constituciones los describen diciendo que son los que tienen “rectitud y severidad, para sólo obrar buscando agradar a Dios, junto con la benignidad y la mansedumbre, a fin de que todos adviertan que obra movido por la caridad; asimismo, brilla en estos, la magnanimidad y la fortaleza, para empezar obras grandes en servicio de Dios y perseverar hasta el fin en su realización, sufriendo las flaquezas de muchos, sin desfallecer por halagos o amenazas y manteniéndose por encima de los vaivenes de fortuna o de fracaso, teniendo el alma dispuesta a recibir la muerte, si fuese preciso, por el bien del Instituto al servicio de Jesucristo[7].

[167] 3ª humildad. La 3ª es humildad perfectíssima, es a saber, quando incluyendo la primera y segunda, siendo igual alabanza y gloria de la divina majestad, por imitar y parescer más actualmente a Christo nuestro Señor, quiero y elijo más pobreza con Christo pobre que riqueza, oprobrios con Christo lleno dellos que honores, y desear más de ser estimado por vano y loco por Christo que primero fue tenido por tal, que por sabio ni prudente en este mundo.

Este grado de humildad es perfectísima. En el decir de san Juan de la Cruz es “la suma humildad”[8], que es precisamente “quedar resuelto en nada”[9], lo cual él identifica con la “libertad de espíritu”[10].

Esta es la monja que predica el evangelio sin muchas palabras, que cuando habla del sufrimiento sabe lo que es sufrir; que cuando habla de la renuncia, sabe lo que es renunciar; que cuando habla del martirio, sabe lo que es el martirio; y cuando habla de amor a Dios −dichosa ella− sabe lo que es el amor. Este grado de humildad hace de la persona, una persona coherente entre lo que predica y lo que hace. Estos son los que de verdad cumplen aquella exhortación de san Juan Pablo II que el derecho propio no duda en hacer suya y que dice: “Demostrad con la profundidad de vuestras convicciones y con la coherencia de vuestro obrar que Jesucristo nos es contemporáneo”[11].

Ya ven como no se trata de tener sólo profundas convicciones o de sólo realizar obras exteriores, ambas cosas van unidas y son una demostración de la fe y de la caridad que los anima. Los dueños de este tercer grado de humildad son los que se disponen para lo más perfecto, porque han quitado de sí “totalmente lo que repugna y no conforma con la voluntad divina”[12]. Pero no sólo eso, sino que aun quieren y eligen la pobreza, los oprobios, y hasta el hacerse “locos por Cristo”[13]. A estos que tienen este tercer grado de humildad “los llevarán de aquí para allá, se reirán de ellos y los tendrán por torpes, atrasados y, aun, débiles mentales; sin embargo, ellos sabrán bendecir a los que los maldicen y se reirán junto con los que se ríen y burlan de ellos como niños que no comprenden, y aun cuando se les golpee, persiga y martirice, ellos darán gracias a Dios que los encontró dignos”[14]. Es decir, no se conforman con la santidad alcanzada, con hacer el bien, sino que tienen deseos de una mayor santidad, de una santidad heroica. Buscan siempre lo más perfecto, son los que hacen de verdad “oblación de mayor estima”. Son “los incondicionales de Dios”, incondicionales en la entrega, en sacrificar lo que sea, en servir en lo que sea a Dios y como Dios quiera.

Un sacerdote jesuita, irlandés, escribía durante sus ejercicios espirituales, algo que me parece se puede aplicar muy bien también a las religiosas. Dice así: “Dios quiere que no me contente con la vida de religioso mediano, quiere que me haga guerra incesante a mí, a mis pasiones, inclinaciones, malos hábitos, que sujete y quebrante mi voluntad, que la mortifique en todas las cosas. Para esto tengo que esforzarme en cercenar de mi vida toda comodidad, escoger lo duro, ir contra mi natural inclinación y renunciar a mi vida de gusto propio que hasta aquí he llevado. El motivo para hacerlo es el inmenso, profundo y verdadero amor del corazón de Jesús para conmigo. ¿Podré hacer esto cinco, diez, veinte años? ¿Podré llevar vida crucificada tan larga? Jesús no me pide sino que lo haga por este día que pasa tan rápidamente y con él el recuerdo del pequeño sufrimiento y mortificación sufrida. Una vez pasada se acabó. Pero la recompensa es eterna”. Esta y no otra es la humildad que se pide de nosotros, es la humildad propia de la verdadera misionera de la Familia Religiosa del Verbo Encarnado; porque es sólida, porque se mantiene inmutable antes los vaivenes de fortuna o de fracaso; porque busca hacer en todo la voluntad de Dios ya en las circunstancias más adversas ya en las más favorables.

2. Tercer manera de humildad 

 

Esta virtud de la humildad si bien es esencial para todo cristiano, es de capital importancia para las religiosas. Yo diría que es inherente a la condición de religiosas. Al punto que no se puede ser religiosa y no ser humilde. Porque las religiosas han consagrado su vida a servir a Dios y al prójimo. Si no sirven, entonces hay gran contradicción entre lo que se creen que son y lo que son en realidad. Ser altanera, buscar figurar, no servir a los demás (y por supuesto que para esto buscan mil pretextos), promocionarse entre los demás haciendo alarde de TODO lo que hacen –al punto que parecen no haber leído esa frase del evangelio que dice: que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu mano derecha–, querer tener la última palabra en todo, jamás consultar, el “mandar con imperio”[15], dice san Juan de la Cruz (quiere decir con soberbia, con prepotencia) y miles de ejemplos más que podríamos citar, nos alejan o al menos ponen en gran peligro la humildad que nos debe caracterizar y que las debe caracterizar a ustedes especialmente.

Una carmelita, Ana de Jesús Lobera, que fue dirigida de san Juan de la Cruz da testimonio de la humildad del santo. Es un ejemplo cortito, pero que puede servir para ejemplificar lo que venimos diciendo. Dice la monja carmelita: “Recuerdo también que una vez, estando él presente, yo comencé a alabarle delante de algunas personas de categoría, y empecé a decir que había sido prior o suprior de cierto convento y él, ‘trajo a consecuencia con mayor sal [con mayor énfasis], que allí mismo había sido cocinero. Como huyendo de la vanagloria y humillándose’”[16]. ¿Se entiende por dónde va la cosa? No hay que creérsela. “Los que tienen en la comunidad responsabilidades tienen que huir de la tentación de considerarse ‘grandes’ y de hacer sentir su autoridad”[17]. “Humilde es el que se esconde en su propia nada y se sabe dejar a Dios”[18], así define categóricamente el santo a la persona humilde. Para tener en cuenta.

Por otra parte, noten Ustedes que la expresión “tercer manera de humildad” aparece explícitamente  en tres de los cuatro libros escritos para Ustedes y ochenta veces aparece la palabra “humildad” en esas mismas obras. Si tenemos en cuenta el derecho propio, solo en las Constituciones y Directorio de Espiritualidad aparecen las palabras humildad/humilde unas treinta y cinco veces.  ¿Qué creen Ustedes? ¿Será o no será importante este tema de la humildad?

“El tercer grado de humildad, es el ponerse realmente en marcha para alcanzar la perfección, eso es abrazarse a la Cruz: «Nada, nada, nada, nada, nada. Y en el Monte nada», para llegar al Sumo Bien, que es Dios”[19]. Fíjense Ustedes que el padre dice ponerse realmente en marcha, no utópicamente, no cuando haga los votos perpetuos, no cuando cumpla 50 años de votos perpetuos, sino aquí y ahora: realmente; a pesar de mis crisis, a pesar de mis dramas espirituales, a pesar de lo que sea… Es un determinarse aquí y ahora, en estos ejercicios, no en el del año que viene, no cuando me toque un director espiritual mejor, o cuando me manden a otro destino. Sino aquí y ahora, como soy, como sea el estado de mi alma, ponerme en marcha. Y el primer paso es simplemente ser humilde. Conocer y reconocer nuestra miseria. Y disponerse a renunciar a esas cosas, a esos modos, a esos lugares que me hacen sentir tan cómoda; a esas personas que me hacen sentir querida, valorada, que me consultan; a esos gustos, a esos oficios que me dan tanta seguridad; a esos defectos a los que tanto me aferro y que tantas veces me detienen, me alejan, o me distraen de la cima a la que debo llegar. Significa también seguir haciendo el bien, aunque los demás me envidien, me critiquen, tenga ganas o no tenga ganas; sin entristecerme porque los demás me hagan un poco a un lado, sin emplearme en el ingrato oficio de llevar la cuenta de cuánto hago yo y cuánto hacen los demás… abrazarse a la cruz, saberse dejar a Dios.

Ahora, yo quiero que se entienda bien, que la negación a la que nos invita san Juan de la Cruz en sus obras y Cristo, por sobre todo, en su evangelio, no es un negarse por negarse, no consiste en programar una vida de mortificación –como si se tratara de hacer un fixture de la penitencia que van a hacer cada día– sino de optar de forma total (radical) por Jesucristo. ¿Se entiende?

Supongo que ya a estas alturas se habrán dado cuenta, pero lo menciono igual: Escalar esa cima, llegar a la suma humildad es cosa de tiempo y esfuerzo, como lo es adquirir cualquier virtud o hábito. El modo concreto de proceder –avisa el Santo– es asumir la nada del propio ser frente a Dios[20], es decir, “no sólo el tener sus propias cosas en nada, mas con muy poca satisfacción de sí”[21]. Brota de ahí el sincero deseo de ser enseñados y guiados por los demás[22]. Y dice además que es señal cierta de verdadera humildad el aceptar las propias limitaciones e imperfecciones. Las almas humildes “en las imperfecciones que se ven caer, con humildad se sufren, y con blandura de espíritu y temor amoroso de Dios” esperan en él[23]. Son las que tienen a los demás por mejores y no se creen ‘algo’ por las cosas que hacen o que les encargan que hagan o por los logros académicos que tuvieron, porque como son humildes saben lo mucho que Dios se merece y lo poco que es cuanto hacen por él. Las almas humildes no se creen maestras de nadie, porque nunca piensan que aciertan en nada, entonces piden consejo, piden ayuda, se dejan enseñar, consultan… Tampoco se andan fijando en si los demás hacen o no hacen como llevando la cuenta de lo que la otra hace y de lo que hace ella. La que es humilde tampoco se desespera por un maltrato, por la falta de estima de las otras hermanas o de las superioras, no se le viene el mundo abajo si sufre alguna injusticia si recibe alguna injuria…   

Ahora la que no es humilde, dice el santo de Fontiveros, querría “enseñarlo todo, y aun cuando parece les enseñan algo, ellas mismas toman la palabra de la boca como que ya se lo saben”[24], no sé si alguna vez se encontraron con alguien así. “También algunas de éstas, sigue diciendo el santo, tienen en poco sus faltas, y otras veces se entristecen demasiado de verse caer en ellas, pensando que ya habían de ser santas, y se enojan contra sí mismas con impaciencia, lo cual es otra imperfección”. “A veces también, cuando sus maestros espirituales no les aprueban su espíritu y modo de proceder (porque tienen gana que estimen y alaben sus cosas), juzgan que no las entienden, o que ellos no son espirituales, pues no aprueban ni condescienden con ello. Y así, luego desean y procuran tratar con otro que cuadre con su gusto”. “En general son enemigas de alabar a otros y amigas de que las alaben, y a veces hasta lo pretenden”. Todo esto lo trata el Santo en el primer libro de la Noche oscura. De aquí que san Juan de la Cruz diga que “quien de sí propio se fía, peor es que el demonio”[25].

La verdadera humildad está íntimamente vinculada al propio conocimiento y tiene su expresión concreta en la desnudez espiritual, que lleva derechamente al ejercicio de la caridad[26].

A propósito de esto, el P. Segundo Llorente, jesuita, misionero en Alaska, en unas platicas que les daba a las monjas carmelitas acerca de este “ponerse realmente en marcha” (o práctica concreta de la desnudez espiritual) les decia que “cuando no sepan de qué confesarse, estén seguras de que ustedes faltan a lo siguiente”, son cuatro cosas, presten atención:

1ª. «De contentarse prácticamente con una medianía en la vida espiritual», es decir, no apuntar más alto, no aspirar a más, no querer señalarme más en el servicio de Dios, no amar a Dios con todas las fuerzas que debo, no sobrenaturalizar todo lo que hago como debiera hacerlo… y no hacer todo eso supone contentarse con una medianía en la vida espiritual, ¿estamos?

2ª. «De irreverencias internas en el trato con Dios». Ahí caen todas, ¿verdad? Porque si realmente nos diésemos cuenta, así, cuenta completa de con quién tratamos en la Santa Misa o en la comunión y esas cosas… pues estaríamos así… como temblando de emoción, en un estado así de ternura temblorosa ante Dios… y al contrario de eso, lo damos por supuesto y vamos bostezando a comulgar… Bueno, bostezando no, pero vamos despreocupados, pensando en Fulano o Mengano, o pensando en yo qué sé, en vez de pensar lo que debemos pensar, de manera que a eso se llama irreverencia interna; externamente estamos muy modositos, muy reguapitos… internamente andamos por los Cerros de Úbeda, ¿verdad? Ya tienen dos acusaciones.

3ª. «Faltar al silencio interno». ¿Saben lo que es faltar al silencio interno? Faltamos al silencio interno cuando tenemos: pensamientos frívolos, pensamientos tontos, pensamientos vanos, pensamientos del pasado, pensamientos de cuando fuimos a la escuela, de aquella vez que nos caímos en el río, de aquella vez cuando salimos a bailar…, y por falta de silencio interno Dios nuestro Señor no nos habla como quisiera hablarnos, porque nos encuentra ocupados… Quiere hablarnos, pero estamos ocupados. ¿En qué estamos ocupados? Pues en esos pensamientos.”

El silencio no es un tema menor, el derecho propio le da mucha importancia a esto. Y aquí viene lo interesante, presten atención:

4ª. «Preocuparme inútilmente en cosas que ni me van ni me vienen». Porque no están muertas todavía… ¿Están muertas ya? Todavía no se han muerto, ¿eh?… Para morir, 1º quererlo, hay que quererlo… 2º Se va uno a la iglesia… y empieza a morir a todo. Mueren:

  • a la patria, porque si la mandan a Alaska, o la mandan Tanzania o a Canadá, usted está dispuesta a dejar Italia, ¿verdad? Pues usted muere a la patria. Y a las que ya han estado mucho tiempo en este o en otro país también le podemos decir: ‘esta dispuesta a dejar su país de misión, ¿verdad?’
  • mueren a la lengua. [Varias aquí ya murieron hace rato a la propia lengua] Si la mandan al extranjero tienen que aprender otra lengua. ¿Está dispuesta usted a aprender otra lengua? ¿El japonés o el árabe o el inglés o algo así? ¿Está dispuesta a sacrificar el español?… Cada muerte de éstas es un golpe formidable en la cabeza del egoísmo, ¿eh?…
  • mueren a la familia, quiere decir que hay que estar completamente desapegada. La familia hay que quererla mucho ¿eh?, pero hay que dejarla, ¿estamos? Algunas tienen pánico de ir a un lugar alejado de misión porque van a estar lejos de la familia ¿Qué clase de misionera es esa?
  • después mueren a la voluntad propia. ¡Hombre!, eso es facilísimo, dice el P. Llorente, y en un par de líneas pone en práctica la doctrina sanjuanista acerca de la humildad que acabamos de mencionar. Dice así: “Miren, no tienen que hacer más que lo siguiente: nunca hagan nada porque les gusta, nunca dejen de hacer nada porque les disgusta. Háganlo porque ésa es la voluntad del Padre Dios, todo lo que hacen lo hacen para agradar a Dios, y con eso ya no tienen voluntad propia. Bueno, ¿qué cosas quiere Dios?… Quiere todas las cosas que manda la Regla, eso lo quiere Dios; las virtudes, la práctica de las virtudes, eso lo quiere Dios; el silencio, la unión con Dios. ¿Qué es lo que quiere Dios?… Pues al alma le sale una especie de radar para ver, aunque haya una bruma espesísima a una distancia enorme, aunque sea noche oscurísima, con el cual ve venir los cielos de lejos, ve venir a mil kilómetros ya lo que ofende a Dios y lo que le agrada a Dios… ¿eh? Usted hace las cosas para agradar a Dios. Todo lo que hace lo hace porque Dios lo quiere, se acuesta porque Dios lo quiere, come porque Dios lo quiere. Ustedes hacen todo para gloria de Dios, y cuando les llegue la muerte, dicen: yo me muero porque Dios lo quiere… vivo porque Dios quiere que viva… y si usted se pone enferma, dice: porque Dios lo quiere, así… Y cuando lo sobrenaturalicen todo, cuando hagan todo, como lo han hecho por la gloria de Dios, han muerto ustedes a su propia voluntad… No es imposible, ¿verdad? Pues manos a la obra…
  • luego mueren a la compañía. Ustedes están aquí con las que Dios les trae, no con las que ustedes quisieron tener. Pero hay veces en que les toco una superiora que les es favorable o una hermana que es verdaderamente como su hermana o un capellán o director espiritual o párroco que es verdaderamente un padre para Usted o con el que trabaja muy bien, ahora, si Dios la aleja de esas personas, pues bien, a morir al consuelo de la buena compañía también.
  • mueren a los consuelos espirituales. Ustedes se agarran a los consuelos que Dios les dé. A las lágrimas que les dé, agárrense bien a ellas y si Dios se las quita, si Dios quiere que usted pase por esas purificaciones, noches del sentido y noche del espíritu, no se quejen, ¿eh? Y díganle al Señor: Señor si tú a mí me reprendes, tú me estás queriendo… Mientras más árida y seca estoy, más me quieres tú. Así, con eso, pues ya se pasa mejor la aridez… Cuando el demonio las persuada a ustedes de que ustedes están ya condenadas, que ésas son las pruebas de la purificación del espíritu, díganle al Señor: aquí Satanás no hace más que decirme que yo estoy condenada, pero yo no se lo creo… Se lo dicen a él, ¿eh? Y así con eso ya están ustedes despojadas de todo y muertas a todo…
  • Ah, ¡claro! Hay a la fama, tienen que morir a la fama. A usted lo mismo le da ser abadesa que ser cocinera, ¿verdad? Lo mismo le da un oficio que otro, ¿verdad?… ¿Todavía no están muertas a los oficios?… la fama, las ocupaciones, las compañeras, la voluntad propia, la lengua, la patria, la familia y los consuelos espirituales… a todo eso hay que morir. Y cuando hayan muerto a esto, ya están muertas. Y luego después se levantan muertas y echan a andar muertas. ¿Se entiende?… Hasta que a los tres o cuatro días resucitan… y una vez que resuciten… ¡a morirse otra vez! ¿Saben ustedes cuántas veces hay que morir y resucitar? ¡Setenta veces siete!… Y si las agarra la muerte muriendo y resucitando, muriendo y resucitando, son ustedes como el Señor, que iba camino del Calvario, que es la muerte, y allí: Venid, benditos de mi Padre… Y ya está…

Dice San Juan de la Cruz –sigue diciendo el P. Llorente– que las almas así, Dios las tira con tal fuerza y las almas tiran con tal fuerza de Dios, que las carnes ya no pueden sujetar al alma y el alma sale, y eso es morir de amor… Y esas almas ya no pasan por el purgatorio, porque ya están purificadas de amor de Dios. Y no pasan por el juicio, porque ya están juzgadas de antemano y aprobadas. Bueno, pues a mí eso me dio mucha luz… Cuando me veo en algún apuro o viene algún contratiempo o un desplante o algo, digo: Bueno, ¿y a mí qué me importa todo eso, si yo voy a morir de amor?… ¿A mí qué más me da… que me ahogue, o que muera en el hospital, o que muera en la cama, que nieve, que haga frío, que pierda el tren, que no lo pierda, a mí qué más me da, si tengo que morir de amor? ¡A mí que más me da! Puede que a lo mejor les ayude a ustedes”[27].

[Peroratio]

Por eso ahora cuando vayan a la meditación, cada una piense, que es a lo que tienen que morir para ser más humildes. Y decídanse o renueven la decisión de vivir según el tercer binario y según la tercer manera de humildad. Pidan a Dios y a la Virgen grandes deseos de oprobios y menosprecios para más imitar a Jesús! Digan con la Beata María de Jesús Crucificado:

“Si tus penas no pruebo, oh, Jesús mío,

vivo triste y apenada.

Hiéreme, pues que el alma ya te he dado.

Y si este bien me hicieres, mi Dios,

claro veré que bien me quieres”[28].

[Coloquios] 

En este caso san Ignacio recomienda con singular énfasis en la nota [168]:

[168] Nota. Assí para quien desea alcanzar esta tercera humildad, mucho aprovecha hacer los tres coloquios de los binarios ya dichos, pidiendo que el Señor nuestro le quiera elegir en esta tercera mayor y mejor humildad, para más le imitar y servir, si igual o mayor servicio y alabanza fuere a la su divina majestad.

Que son los que se hallan en el [147] del libro de los Ejercicios.

[Examen de la meditación]

No hemos de omitir hacer el examen de la meditación por espacio de quince minutos como recomienda el santo jesuita.

[1] P. Casanovas, Comentario y explanación de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, Parte II, 5, p. 221.

[2] Santa Teresa de Jesús, Camino de Perfección, 335, 2. Citado en el Directorio de Espiritualidad, 42.

[3] [169].

[4] Directorio de Espiritualidad, 118.

[5] Constituciones, 11.

[6] Cf. San Juan de la Cruz, Monte de Perfección, Obras Completas, Ed. BAC, Madrid 1982, 74. Citado en Constituciones, 68.

[7] Cf. Constituciones, 113.

[8] Subida al Monte, Libro 2, cap. 7, 11.

[9] Ibidem.

[10] Cf. Subida al Monte y Noche oscura.

[11] Discurso del Papa a los jóvenes de Brescia; OR (03/10/1982), 14. Citado en el Directorio de Espiritualidad, 115.

[12] Subida al Monte, Libro 1, cap. 5, 3.

[13] Directorio de Espiritualidad, 181.

[14] Cf. Ibidem.

[15] José Vicente Rodríguez, San Juan de la Cruz La biografía, cap. 36, p. 460.

[16] José Vicente Rodríguez, San Juan de la Cruz La biografía, cap. 21, p. 291.

[17] Servidoras I, Parte II, cap. 2,2.

[18] San Juan de la Cruz, Dichos de luz y amor, 137.

[19] Servidoras III, cap. 1,3.

[20] Subida al Monte, Libro II, Cap. 4

[21] Noche oscura, Libro I, Cap. 2,6.

[22] Ibidem, 7.

[23] Ibidem,8.

[24] Noche oscura, Libro I, cap. 2,7.

[25] Avisos a un religioso, 5,8.

[26] Subida al Monte, Libro III, cap. 23,1.

[27] Cf. Segundo Llorente, S.J., Cartas desde Alaska.

[28] Bernardo Maria de San Jose, C.D., La florecilla árabe (Vitoria), p. 74.

Otras
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