[Exordio] Queridos hermanos hemos escuchado en el evangelio que acabamos de leer, tres de las parábolas conocidas como las parábolas del reino que Jesús pronunció en su predicación por la Decápolis, es decir por las ciudades vecinas al mar de Galilea. En estas parábolas esta narrado de una manera muy sencilla pero muy hermosa, la verdad de nuestra vida cristiana, como nace, como debe crecer y más aún como debe culminar. Y si somos profundos, en estas parábolas se encuentra en definitiva enseñando la verdad de la vida humana, su principio, su fin, desde donde venimos, hacia donde vamos.
1. En primer lugar hemos escuchado la parábola de la cizaña. El reino de los cielos es pues semejante
a un sembrador que sembró semilla buena en el campo. Esta parábola en el evangelio de Mateo viene relatada inmediatamente después de la parábola del Sembrador que hemos leído el domingo pasado. Jesús clarificara mejor el significado de esta parábola diciendo , es el Hijo del hombre el que siembra la buena semilla, el campo es el mundo, la buena semilla son los hijos del reino (los que son fieles, los que harán fructificar la buena semilla). La cizaña son los hijos del maligno y es el diablo quien la siembra. Ambas deben crecer juntas y la buena semilla debe perseverar para no dejarse ahogar por la cizaña, porque un día y todos sabemos que así será (es dogma de fe) vendrá la época de la siega, la siega es la consumación del mundo, dice el evangelio. Los segadores serán los ángeles, y así como se recoge la cizaña y se hecha en el fuego, así será en la consumación del mundo. Tan gráfico como dramático, como la paja, el yuyo malo y seco porque no ha dado fruto se hecha en el fuego, así ocurrirá con los malvados en el día del juicio final. No es cosa de chiste la vida cristiana ni la vida humana sobre la tierra, hay un fin y un destino eterno, o eterna dicha a los que fueron fieles o triste, horroroso y eterno final para aquellos que se condenen; sus ángeles recogerán de su reino todos los escándalos y a todos los obradores de iniquidad, y los arrojaran en el horno de fuego, donde habrá llanto y crujir de dientes. En cambio a los fieles, todo lo contrario: los justos brillaran como el sol en el reino de su Padre. Eterno final, eterna dicha o eterna condenación. Ese es el drama que plantea el evangelio, ese es el dran1a de la vida humana, del cual somos hoy invitados a tomar conciencia y por tanto a obra consecuencia. No en vano decía en su vida San Jeronimo al considerar estas realidades; “territus terreo”, “atemorizado, atemorizo”.
2. En segundo lugar, de manera más breve pero no menos elocuente tenemos la parábola del grano de mostaza, de aquella semilla pequeñísima que se cultiva en Jerusalén, especialmente en la zona de Betania, que apenas si se ve porque es un puntito negro pequeñísimo; sin embargo está destinada a crecer y que si crece y vence las dificultades que todo crecimiento tiene, su dignidad es muy grande: y con ser la más pequeña de todas las semillas, cuando ha crecido es la más grande de todas las hortalizas y llega a hacerse un árbol, de suerte que las aves del cielo vienen a anidar en sus ramas. El reino de los cielos –al que todos aspiramos– es una semilla que está destinada a crecer.
3. En tercer lugar, muy similar a la anterior, tenemos la parábola de la masa y de la levadura. Nuevamente, es un poco de levadura que todo fermenta, que crece, que da fruto. Muy sencillo pero de manera muy clara y contundente está planteado el drama del hombre. Dios ha dado al hombre, ha dado la gracia (de muchas maneras dice esto el evangelio, ha dado algunos talentos, nos ha dado al cuidado la viña, nos ha arrendado su campo, etc.) y ese tesoro que es la gracia nos ha sido dado para que crezca, para que fructifique y somos nosotros los que debemos hacerla crecer. En definitiva, si somos conscientes, ese es el único trabajo en nuestra vida, para eso Dios nos creó, para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto sea abundante y duradero. Podríamos resumirlas enseñanzas del evangelio en tres grandes verdades, sobre las que la Iglesia nos invita a tomar conciencia este domingo:
a. La semilla de la gracia
La vida cristiana es como una semilla. Es una semilla que Dios nuestro buen padre puso en nuestras almas el día de nuestro bautismo. Un tesoro muy grande. No tenemos tiempo de hablar aquí de todo lo que significa la gracia en un alma, del valor que tiene un alma en gracia (cuyo valor es más grande que el del mundo entero). Es un don muy grande el del bautismo (por eso es que la Iglesia insiste tanto que se bauticen a los niños de chiquitos y cuanto antes se pueda mejor, porque es algo muy grande lo que sucede en cada bautismo, si los padres en verdad quieren lo mejor para sus hijos no se comprende que los priven que cuanto antes sean cristianos). La gracia es un don muy grande de Dios que nos hace ser hijos de Dios y herederos del cielo (si va bien la cosa, hablar un poco más de la gracia). Bueno, este tesoro tan grande, en el día del bautismo se nos da como una semilla, que tiene que crecer, que tiene que luchar. Cuando bautizamos a los niños (y también a los grandes) siempre realizamos ese rito que es la imposición de la vestidura blanca: “que esta vestidura sea signo de tu dignidad y que la ayuda del ejemplo de los familiares logréis mantenerla pura hasta el día de tu sepultura” y cuando se les entrega el cirio pascual, siendo los niños muy chicos se les impone a los padres y padrinos la misión de ayudar a hacer crecer esa luz “a vosotros padres y padrinos, se os confía la misión de acrecentar esta luz”. La vida cristiana es una semilla que tiene que crecer que debe siempre crecer. Bien dicen los autores espirituales que “en la vida cristiana el que no avanza retrocede”. Primera verdad de la que tenemos que tomar conciencia entonces es que tenemos una misión en nuestra vida y es hacer crecer, hacer fructificar la vida de la gracia en el alma. Lo decían los antiguos; “tengo un Dios a quien servir, tengo un alma que salvar, tengo una misión que cumplir en esta vida”.
b. La lucha
Segunda verdad en la que debemos tomar conciencia, y es otra gran verdad revelada en el evangelio yes que debemos luchar. En la viña del Senior donde nuestra semilla debe fructificar habrá también que luchar. El buen Dios siembra la semilla pero permite también otra verdad el enemigo vino y sembró cizaña entre el trigo y se fue. Y luego la cizaña creció y hubo que luchar. Es muy claro el evangelio ¿de dónde viene la cizaña? Y él le contestó “es obra de un enemigo. Hay pues enemigos, hay que saberlo, no hay que engañarse. Y más cuidado todavía ya que la cizaña son los hijos del maligno y quien la siembra es el diablo. No es chiste la vida cristiana. Quien quiera ser buen cristiano, quien quiera cumplir con el designio de Dios y hacer fructificar la semilla necesariamente deberá de luchar. Hijo mío –dice el libro de los Proverbios– si decides dedicarte al servicio de Dios, prepara tu alma para la tentación. San Pablo a menudo habla de una lucha, y contundentemente dirá: nuestra lucha no es contra la cameo la sangre sino contra los espíritus de los aires. Ciertamente que quien quiera vencer en la vida tendrá que vencer a esos tres grandes y poderosos enemigos de la vida humana que son: el diablo, con todas sus pampas y engaños, Padre de la mentira, y sus falacias que nos envuelven; el mundo con sus ilusiones y sus placeres del momento pasajeros como –dice la Escritura– pluma que se la lleva el viento; y la carne con sus pasiones que quieren imponerse al dominio de la razón. Todos los santos y los buenos cristianos han tenido que librar como decía San Pablo el buen combate. Militia est vita hominis super terra, dice el libro de Job, milicia es la vida del hombre sobre la tierra. Pero ante enemigos tan fuertes y tan poderosos tenemos la ayuda y las promesas divinas que si somos fieles venceremos y sino pereceremos. Cristo se lo dijo a San Pablo cuando este se quejaba del fragor de la lucha cristiana, Nuestro Senior le respondió: te basta mi gracia.
Pidamos a Dios esta gracia, para que podan1os decir como decía San Francisco Javier cuando moría en las plazas de la india; “te he confesado hasta el fin, con firmeza y sin rubor, no puse nunca Señor la luz bajo el celemín, me cercaron con rigor angustias y sufrimientos, pero en mis desalientos vencí Señor con ahínco, me diste cinco talentos y te devuelvo otros cinco”.
c. La gloria
Tercera y última gran verdad de las parábolas del reino que remarcamos hoy y que nunca debemos olvidar. Es esa verdad que aumenta nuestra esperanza y cuya promesa nos hace ser siempre vigorosos y constantes en la pelea y es el cielo. Los infieles, los que despreciaron la misericordia de Dios y se condenaran irán al infierno para siempre (si va bien, hablar de la eternidad del infierno) en cambio los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre, irán al cielo, a ese cielo grande que Jesús nos ha prometido y que coronara la victoria de sus fieles. Donde –en palabras de San Pablo– ni ojo vio, ni oído oyó, lo que Dios tiene preparado para aquellos que le aman porque –como decía San Pedro–nos espera un peso eterno de gloria incalculable. Bien decía San Alfonso: “todos sufrimiento es poco, todo dolor es nada con tal de ganar el paraíso”. Vida sin fin, vida para siempre, gozo eterno.
Tengo en nada los sufrimientos de la vida presente con tal de ganar el paraíso. Siempre –todos los días de nuestra vida– hay que pedir a Dios esta gracia, lo que los padres de la Iglesia llamaban la gracia gratiarum, la gracia de las gracias, que es la gracia de morir en gracia de Dios. De ser fieles hasta el último memento de nuestra vida. Es muy hermoso siempre el ejemplo de Santa María Egipciaca y del obispo San Zósimo cuando este vino a darle su última comunión… ¿cómo había podido soportar tantos sufrimientos?… Con la esperanza del cielo.
[Peroratio] Queridos hermanos, mucho más podríamos decir, valgan estas consideraciones para considerar con profundidad el valor de la vida humana, el valor de la vida cristiana. El día de nuestro
bautismo, Dios puso un tesoro inmenso en el alma que como una semilla, como el grano de mostaza o la levadura en la masa está destinada a crecer y a producir fruto, ha ser un árbol frondoso y fructífero
donde puedan hacer nido las aves del cielo. Que la santísima Virgen Madre de las Victorias, nos conceda la gracia de la fidelidad, de saber luchar y de vencer. Que así sea.




