San Bernabé, Apóstol

Contenido

11 de junio

 

San Bernabé apóstol

Memoria de san Bernabé, apóstol, varón bueno, lleno de Espíritu Santo y de fe, que formó parte de los primeros creyentes en 335 Jerusalén y predicó el Evangelio en Antioquía e introdujo entre los hermanos a Saulo de Tarso, recién convertido. Con él realizó un primer viaje por Asia para anunciar la Palabra de Dios, participó luego en el Concilio de Jerusalén y terminó sus días en la isla de Chipre, su patria, sin cesar de difundir el Evangelio (s. I).

Derecho Propio

 

Directorio de Misiones Ad Gentes

  1. En ellos está la presencia y el poder del Espíritu, y la asistencia de Jesús: Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos (Mc 16,20). La venida del Espíritu Santo los convierte en testigos o profetas[1]. El Espíritu les da la capacidad de testimoniar a Jesús con toda libertad (Hch 28,31). Pablo y Bernabé se sienten empujados por el Espíritu hacia los paganos[2]. En el primer Concilio, que reúne en Jerusalén a miembros de diversas Iglesias alrededor de los Apóstoles, se toma una decisión reconocida como proveniente del Espíritu: es el Espíritu quien impulsa a ir cada vez más lejos, no sólo en sentido geográfico, sino también más allá de las barreras étnicas y religiosas, para una misión verdaderamente universal. Por Él, el grupo de los Doce, como un único cuerpo guiado por Pedro, proclama la Buena Nueva. Esta comunidad percibe que el Espíritu Santo ha elegido a Pablo y Bernabé para ser enviados[3]. La lectura de los Hechos nos hace entender que, al comienzo de la Iglesia, la misión ad gentes ya contaba con misioneros “de por vida, entregados a ella por una vocación especial”[4].

 

Fundador

 

“Pensemos también en la escena de Listra, en que las gentes creían en una teofanía: «había en Listra un hombre que tenía las piernas paralizadas. Como era tullido de nacimiento, nunca había podido caminar, y sentado, escuchaba hablar a Pablo. Este, mirándolo fijamente, vio que tenía la fe necesaria para ser curado, y le dijo en voz alta: “Levántate y permanece erguido sobre tus pies”. Él se levantó de un salto y comenzó a caminar. Al ver lo que Pablo acababa de hacer, la multitud comenzó a gritar en dialecto licaonio: “Los dioses han descendido a nosotros en forma humana” y daban a Bernabé el nombre de Júpiter y a Pablo el de Mercurio porque era el que llevaba la palabra»(Hch 14,8-18) […] Lo que eternamente ha anhelado el corazón humano, aunque no se lo imaginase en las formas tan difusas y supersticiosas que el concepto del theios supone, ha sido incorporado a la idea cristiana del «hombre de Dios», del sacerdote. El sacerdote es el hombre de la ciencia sagrada y divina, el teólogo, el anunciante, el mistagogo que nos introduce en los misterios sagrados, que limpia de culpas a los hombres y los convierte en criaturas de Dios” (Extracto de “Sacerdotes para siempre”).

[1] Cf. Hch 1,8; 12,17-18.

[2] Cf. Hch 13,46-48.

[3] Cf. Hch 13,1-4.

[4] Cf. Redemptoris Missio, 27.

Otras
publicaciones

Otras
publicaciones