En la medida de lo posible, catedralicia
En 1985, después de un año de haber comenzado la experiencia religiosa en la diócesis de San Rafael, el P. Buela y el primer grupo de seminaristas se trasladaron a lo que es hoy La Finca. Allí acondicionaron una de las habitaciones para usarla como capilla bajo el nombre de “Nuestra Señora de la Anunciación”. Al no ser suficiente el espacio de esa capilla, los seminaristas usaban también la habitación contigua (la portería) para rezar y tener misa; e incluso, durante el verano, también usaban el jardín adyacente. No obstante, ya incluso desde esa minúscula capilla el P. Buela nos inculcaba que nuestras misas deberían ser en la medida de lo posible, catedralicias. Sentencia que recoge el Directorio de Vida Litúrgica en el número 119: “Toda liturgia debería ser, en la medida de lo posible, catedralicia”.
Poco tiempo después se comenzó la construcción de la Iglesia de “Nuestra Señora de los Dolores”[1] bajo la supervisión del mismo Fundador. Trabajaron varios seminarista y sacerdotes a quienes instruía sobre distintos aspectos cultuales respecto de la disposición del templo. Así por ejemplo quiso que el altar se hallase en el punto de encuentro de los dos brazos de la Iglesia (en forma de cruz latina), ocupando el presbiterio casi la mitad de todo el espacio interior y fue diseñado con estas proporciones pensando en las grandes concelebraciones y para dar suficiente espacio para que los sacerdotes, diáconos y ministros pudiesen celebrar una ‘liturgia catedralicia’[2]. En el medio del presbiterio elevado sobre tres escalones se halla el altar de piedra ónix blanca rodeado por candelabros de pie de hierro forjado.
No se trataba sólo de gusto estético, sino de un propósito muy claro, de la preocupación por lograr las mejores condiciones para la celebración eucarística, para el correcto desarrollo de la liturgia, de la cual el P. Buela en persona se ocupaba, haciéndola objeto de estudio, de conferencias, de predicaciones e incluso de ensayos y aplicaciones prácticas[3].
Varios de ustedes recordarán cuando el P. Buela inició un ciclo de homilías (todos los jueves presidía y predicaba en el seminario mayor) sobre la Eucaristía, normalmente comentando un paso de Santo Tomás, aunque no exclusivamente. Lo mismo hacía durante la solemne Misa dominical que por muchos años fue presidida por nuestro Fundador y cuya homilía versaba casi siempre sobre el misterio del sacerdocio o de la Eucaristía[4]. Incluso en los momentos de dificultad (que normalmente acompañan los inicios de una nueva fundación) no cambió el tema de predicación, mostrando con los hechos que la única preocupación del sacerdote y por ende del seminarista debe ser ocuparse de las cosas del Señor[5].
En una de esas ocasiones el P. Buela explicaba qué quería decir aquella sentencia del derecho propio antes citada: “Toda liturgia debería ser, en la medida de lo posible, catedralicia”[6]. Quiere decir, decia el padre: “esforzarse para que la liturgia de la Misa sea catedralicia sin formalismos, bella sin afectaciones, solemne sin engolamientos, austera pero plena, fiel a las rúbricas pero creativa, con el máximo de participación y desarrollando todas las posibilidades que da la misma liturgia al máximo, de modo particular en los cantos y en la música sagrada”[7].
Según esto nos inculcaba a los sacerdotes algunos principios litúrgicos generales, por ejemplo:
– “No tomes las leyes litúrgicas ni demasiado en serio ni tampoco a la ligera.
– No te contentes con un culto ‘chapucero’.
– No exageres ni rebajes la importancia de la Misa.
– No introduzcas o acentúes partes o acciones secundarias en detrimento de las principales.
– No menosprecies las cualidades positivas de la tradición litúrgica romana. Expresa magníficamente San Juan Pablo II: ‘la mística esencialidad del rito latino’, en el encuentro con los obispos católicos de Ucrania, en la Nunciatura Apostólica de Kiev (24/6/2001).
– No busques un tema donde no lo hay.
– Nunca hagas ordinario lo excepcional.
– Cuando hagas adaptaciones en la liturgia, no omitas sistemáticamente ciertas opciones.
– Evita en la liturgia el estilo ‘bombero’ (hacer todo rápido)
– No prescindas de la sede presidencial.
– Nunca pongas una Cruz pequeña sobre el altar.
– Nunca omitas el silencio. El silencio está previsto como parte de la celebración (OGMR, n. 45), y no es facultativo, en seis momentos de la Misa: Antes del acto penitencial, después de la invitación ‘Oremos’, después de las lecturas, de la homilía, durante la oración universal y después de la Comunión”[8].
Y concluía exhortando a seminaristas: “No ahorren ningún esfuerzo para participar cada vez mejor de la santa Misa. Luchen contra la pereza, la acidia, las distracciones, la aridez, la rutina. Lo más tonto que se puede hacer en un Seminario es desaprovechar la Misa. Estudien todos los años, por lo menos, un libro sobre la Misa, como sacrificio y como sacramento, la liturgia eucarística, su historia, desde los grandes tratados teológicos hasta los libros más simples de reflexión y meditación. Vale la pena”[9].
[1] Bajo cuyo patrocinio quiso Mons. Kruk que estuviese la iglesia parroquial “en recuerdo de los dolores pasados en los inicios de la nueva congregación religiosa”.
[2] Carlos Buela, IVE, Pan de vida eterna y cáliz de eterna salvación, presentación, 415.
[3] Cf. Carlos Buela, IVE, Pan de vida eterna y cáliz de eterna salvación, presentación, 417.
[4] “Desde hace años la Eucaristía y la Misa han sido el objeto preferido de mis estudios”, cf. Carlos Buela, IVE, Nuestra Misa, epílogo.
[5] Carlos Buela, IVE, Pan de vida eterna y cáliz de eterna salvación, presentación, 415.
[6] Directorio de Vida Litúrgica, 119.
[7] Carlos Buela, IVE, Homilía del Domingo del Buen Pastor (5/5/1998).
[8] Carlos Buela, IVE, Ars celebrandi, 29.
[9] Carlos Buela, IVE, Homilía del Domingo del Buen Pastor (5/5/1998).





