nuestro fin

Fin común, propio y específico

Evangelizar la cultura para extender la Encarnación del Verbo

Como todo Instituto de vida consagrada, tanto religioso como secular2, tenemos un fin universal y común –que suele denominarse vocación– por el que queremos seguir más de cerca a Cristo bajo la acción del Espíritu Santo, dedicándonos totalmente a Dios como a nuestro amor supremo, para que entregados por un nuevo y peculiar título a su gloria, a la edificación de la Iglesia y a la salvación del mundo, consigamos la perfección de la caridad, y por la caridad a la que conduce la profesión de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, unirnos de modo especial a la Iglesia y a su misterio3.

Asimismo, tendemos al fin propio de todo Instituto de vida religiosa, el cual no es otro que la consagración total de nuestra persona, manifestando el desposorio admirable establecido por Dios en la Iglesia, signo de la vida del Cielo. Así consumaremos la plena donación de nosotros mismos como sacrificio ofrecido a Dios, por el que toda nuestra existencia se hace culto continuo a Dios en la caridad.

Esto se manifiesta en que formamos una familia4, emitimos votos públicos y vivimos vida fraterna en común; y el testimonio público que debemos dar conlleva un apartamiento del mundo5. Para vivir según el Espíritu Santo, necesariamente hay que apartar de sí el espíritu del mundo: El Espíritu de verdad… el mundo no lo puede recibir, porque no le ve ni le conoce (Jn 14,17).

Finalmente queremos, como fin específico y singular, dedicarnos a la evangelización de la cultura, es decir, trabajar para “transformar con la fuerza del Evangelio

-los criterios de juicio,
-los valores determinantes,
-los puntos de interés,
-las líneas de pensamiento,
-las fuentes inspiradoras,
-los modelos de vida de la humanidad”6;


para que estén imbuidos de la fuerza del Evangelio
-los modos de pensar,
-los criterios de juicio,
-las normas de acción”7,

pues no podemos olvidar que el Concilio Vaticano II ha señalado que: “El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época”y ello se debe en gran medida a que el mundo “se ha ido separando y distinguiendo, en estos últimos siglos, del tronco cristiano de su civilización”9, lo cual ha conducido a la descristianización de la cultura.

Consideramos que algunos de los medios más importantes para alcanzar el fin establecido es trabajar sobre los puntos de inflexión de la cultura, a saber: las familias, la educación –en especial la seminarística, la universitaria y la terciaria–, los medios de comunicación social y los hombres de pensamiento o “intelectuales”, en lo que hace a la iniciación y llamamiento, desarrollo, discernimiento, formación, consolidación, acompañamiento y posterior ejercicio de la vocación al apostolado intelectual.

Por eso comprometemos todas nuestras fuerzas para no ser esquivos a la aventura misionera, para prolongar la Encarnación del Verbo “en todo hombre, en todo el hombre y en todas las manifestaciones del hombre”10 asumiendo todo lo auténticamente humano, para ser como otra humanidad de Cristo, para realizar con mayor perfección el servicio de Dios y de los hombres11.

 
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1  Constituciones N 23-26, 29, 254.
2  Cf. Código de Derecho Canónico, Normas comunes a todos los Institutos de vida consagrada, cc. 573-606.
3  Cf. Código de Derecho Canónico, c. 573.
Cf. Código de Derecho Canónico, De los Institutos religiosos, cc. 607-709.
Cf. Código de Derecho Canónico, c. 607.
Evangelii Nuntiandi, 19.
Juan Pablo II, Constitución Apostólica Sapientia Christiana, sobre las Universidades y Facultades Eclesiásticas (15/04/1979), 1; OR (03/06/1979), p. 7.
Gaudium et Spes, 43.
Ecclesiam Suam, 14.
10 Cf. Pablo VI , Ecclesiam Suam, 23-24.
11 Cf. Constituciones 254.