Nos toda considerar ahora el misterio tan consolador para nosotros los cristianos, que es el misterio de la Ascensión del Señor.
La Ascensión es fruto de su Pasión
Después de la Resurrección, Nuestro Señor permaneció cuarenta días con sus discípulos, en ellos Jesús preparó a la Iglesia naciente, y la fortaleció para que supiera sobrellevar la ausencia de Él.
Al finalizar esos cuarenta días, Cristo los condujo a todos hacia Betania, una pequeña aldea cercana a Jerusalén, allí se desarrollaría la escena de la despedida, pues allí tendría efecto su Ascensión hacia los Cielos. En ese momento se produjo el hecho, levantó esos preciosos brazos que ostentaban las marcas de los clavos. Ese ademán sería el último recuerdo que del Maestro conservarían los apóstoles. Esas manos que ahora se elevan para que luego desde el cielo desciendan hacia la tierra procurando bendiciones incesantes. Esas manos que habían sido horadadas por los clavos de la cruz, les llegó el momento de dar su última bendición Mientras los bendecía, separóse de ellos y fue llevado arriba al cielo[1], dice el evangelio de San Lucas.
La Ascensión se realizó en el monte de los Olivete, a cuyo pie se encuentra Betania. Para llegar hasta ahí, llevó a sus apóstoles a través de Betania, lo cual significó que tuvo que pasar por el mismo lugar en que Cristo había sufrido, pues cruzaron el monte de los olivos, desde allí Cristo había llorado cuando vio a Jerusalén, y fue desde allí desde un monte situado encima del huerto de retorcidos olivos teñidos por la Sangre de la Pasión, desde allí Cristo manifestaba que su sumo poder al elevarse en cuerpo y alma al Padre que está en el cielo.
Con esto nos enseñó una gran verdad que la Ascensión y la gloria de los cielos era el fruto de aquella crucifixión. Que para subir a los cielos, los hombres debían afrontar primero y sobrellevar los sufrimientos y las cruces que se nos presenten en esta tierra, para luego poder entrar así en su gloria. Él había dicho refiriéndose a sí mismo Era necesario que el Mesías padeciese, para poder entrar así en su gloria[2].
Es notable, pero si hubiera sido coronado en la tierra en vez de ascender a los cielos, los pensamientos que los hombres hubieran concebido sobre Él habrían quedado confinados a la tierra. Pero la Ascensión haría que las mentes y los corazones de los hombres se eleven por encima de lo terreno. Es difícil a veces creer que justamente Él, el Varón de dolores, familiarizado con la angustia y el sufrimiento estuviese ahora en la gloria. Es difícil de creer que Él, que no había querido bajar de una cruz, pudiera subir ahora al cielo. Es difícil de creer que Él que en el pesebre de Belén no tenía fuerza para levantar sus brazos, ahora los alzase y se elevara con ellos a la casa de su Padre. La Ascensión disipaba ahora todas estas dudas al introducir su naturaleza humana en una comunión íntima y eterna con Dios.
Los hombres se habían mofado de aquella naturaleza humana que había asumido al nacer, cuando los soldados le vendaron los ojos y le pedían que adivinara quien le golpeaba. Se burlaron de Él en cuanto profeta, se mofaron de Él en cuanto rey al ponerle un vestido real y por cetro una caña. Finalmente, se burlaron de Él como sacerdote al desafiarle, a Él, que se estaba ofreciendo como víctima, a que bajase de la cruz. Pero la vindicación sería completa cuando viniera en su justicia, como juez de los hombres, en la misma naturaleza humana que de los hombres había tornado. Ninguno de los que seremos juzgados por Dios podrá quejarse de que Dios ignoraba las pruebas a que estamos sometidos los mortales. Cuando nos juzgue, su misma aparición demostrará que Él ha librado las mismas batallas que los hombres y sufrido las mismas tentaciones que los que comparecían ante el tribunal de la justicia divina.
Llagas triunfadoras
Pero hay algo más importante en la Ascensión, y no menos consolador, y es lo que completa la frase del artículo del Credo que toca hoy, Subió a los cielos, y está sentado a la derecha de Dios Padre todo poderoso. Otro de los grandes motivos por los que Nuestro Señor subió a los cielos en cuerpo y alma, era el hecho que pudiera abogar, interceder ante nuestro padre con una naturaleza humana, es verdadero Dios, pero también es verdadero hombre, y puede pedir como un hombre común al resto de los hombres. Ahora, Él puede, con el solo hecho de mostrar las llagas de su gloria no solo como trofeo de victoria, sino también como insignias de intercesión. Ante esas llagas triunfadoras por cuya intercesión nos vienen todas las gracias.
Cristo desde el momento de la Ascensión está sentado a la derecha del Padre, desde allí intercede por nosotros, por eso los cristianos jamás debemos dejar de considerar esta verdad, Cristo vive en los cielos, y que sería un gran disparate el vivir como si Él ya no existiera, nuestra religión no terminó un Viernes Santo sino que triunfó con la victoria de la resurrección y con la Ascensión continua el caminó hacia su fin hasta que el último de los elegidos entre en el reino de los cielos. Por eso puede darnos y de hecho nos da, si se lo pedimos fielmente todo lo que necesitamos; y bien sabe lo que nos hace falta, nadie como Él experimentó que esta vida era un valle de lágrimas, y padeció los avatares de la pasión, fue semejante a nosotros en todo menos en el pecado: Teniendo pues, un gran sumo sacerdote, que ha pasado a través de los cielos, Jesús, el Hijo de Dios, permanezcamos en la fe. Porque no tenemos un sumo sacerdote que sea incapaz de compadecerse de nuestras flaquezas, sino uno que se ha asemejado a nosotros en todo menos en el pecado[3].
Cristo subió y allí nos espera, para que siguiendo sus pasos lleguemos a donde el esta, pues cómo el mismo dijo, Subo a prepararos un lugar[4], un lugar que nos espera y que cada uno de nosotros no puede dejar vacío. Había dicho en el Evangelio de San Juan Cuando sea levantado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí[5]. Cristo espera con ansias que lleguemos a ese lugar, nos cuida y nos tiene en muy en cuenta, dice la Sagrada Escritura: Los ojos de Dios es tan fijos en sus fieles[6], fijos, o sea no es que el ya en el cielo, terminada su misión no le interesen más las cosas de la tierra, al contrario, su sacerdocio es eterno y quiere entregarnos esa gloria que el ganó con tanto esfuerzo el viernes de la pasión. Si vivimos conforme a este dogma de nuestra fe, comprenderemos aquello que decia un santo: una cosa es necesaria, llegar al cielo. Todos los sufrimientos, y tribulaciones e inconvenientes de esta vida mueren ante una gran verdad Cristo resucitó y está sentado a la diestra de Dios[7]. Por eso hay que llegar a donde Él está, podemos fracasar en muchas cosas pero en esto no podemos fallar, decía San Alfonso todo es poco, por no decir todo es nada con tal de ganar el paraíso[8]. Allí, se terminarán todos los problemas de esta vida. Por eso, que puede ocurrir, cuando nos asalte el desaliento, nos cerquen los sufrimientos y las tribulaciones, pensemos en el cielo, y pensemos en Jesucristo presente en el cielo, en Él debe estar fija nuestra mirada, porque solo allí seremos felices, donde como dice el canon de la Misa Dios enjugará las lágrimas de nuestros ojos, y ya no habrá más pena, ni dolor, ni tristeza, porque llegaremos a la casa del Padre, al día sin ocaso, a la luz que no tiene fin, allí donde como dice nuestro Señor en el Evangelio, vuestra tristeza se convertirá en gozo[9].
Que al contemplar hoy, en esta novena a San Cayetano, el misterio de la Ascensión del Señor, Dios nos conceda la gracia enorme de vivir siempre con nuestra mirada fija en el cielo, y que no cedamos nunca en la lucha por llegar allá, para que se cumpla en nosotros lo que Cristo pedía al Padre antes de la Pasión: Padre ruego por ellos para que donde yo este, ellos también estén[10].
Que la Santísima Virgen , que tantas veces después de la Ascensión habrá fijado sus ojos sobre el cielo de Jerusalén viendo a su hijo que con los brazos abiertos la esperaba, nos conceda esta gracia a todos.
[1] Lc 24,51.
[2] Cf. 24,26.
[3] Heb 4,14-15.
[4] Jn 14,2.
[5] Jn 12,32.
[6] Sal 32,18.
[7] Cf. Rm 8,34.
[8] Preparación para la vida eterna.
[9] Jn 16,20.
[10] Jn 17,24.




