El más hermoso de los votos religosos

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Nos podemos preguntar, como lo hace Santo Tomás de Aquino: ¿cuál es el más grande de los votos religiosos, aquel que supera ampliamente a los demás? Es el voto de obediencia.

San Gregorio Magno, en su obra Moralia, dice que los votos religiosos equivalen a los holocaustos y agrega: “La obediencia justamente viene preferida a los sacrificios, porque en el sacrificio se ofrecen las carnes de los otros, mientras que en la obediencia se inmola la propia voluntad”. En la obediencia se ofrece un holocausto más perfecto: lo más íntimo, lo más nuestro.

Decía San Luis Orione: “La obediencia es el aroma del sacrificio”[1].

Por tres razones este voto es el más perfecto:

1. Porque en él se ofrece a Dios un bien mayor

 

Se ofrece nuestra propia voluntad, que es superior al propio cuerpo ofrecido a Dios por la castidad y a los bienes externos ofrecidos por el voto de pobreza. Hemos dicho muchas veces que la vida religiosa es un martirio, un holocausto; y ese holocausto es más perfecto cuando se ofrece lo más propio y lo mejor que uno tiene.

Esta es la razón por la cual lo que se cumple por obediencia es más hermoso y más meritorio para el alma que aquello que se realiza según la propia voluntad. Esto es muy importante tenerlo en claro; de lo contrario, se tergiversa la vida religiosa. Si uno piensa que ser pobre es más importante que ser obediente, no entiende el núcleo de la vida religiosa. Los tres votos son importantes, pero el principal —el que manifiesta mejor el holocausto y el sacrificio de la oblación religiosa— es la obediencia.

Por eso, salvando la esencia de los demás votos (lo cual no significa que no haya que cumplirlos), la obediencia va primero. No se podría, por ejemplo, bajo pretexto de pobreza, realizar algo contrario a la obediencia, como regalar cosas de la comunidad. Ir contra la obediencia es ir contra la esencia misma de la vida religiosa y contra todos los demás votos al mismo tiempo.

Tal es la admonición de San Jeronimo a Rústico, monje: “Mis palabras quieren enseñarte a no fiarte de tu propio arbitrio”. Y agrega: “No hagas lo que quieres; come lo que te han mandado; acepta lo que se te ha concedido; viste los hábitos que te han dado”.

Añade Santo Tomás de Aquino: “Ni siquiera el ayuno es agradable a Dios si es hecho por propia voluntad», como resulta evidente de las palabras del profeta Isaías, que mostraba la queja del pueblo: «¿Por qué ayunamos y tú no lo ves? ¿Por qué nos mortificamos y tú no lo sabes?” (cf. Is 58, 3).

2. Porque el voto de obediencia abraza a los otros dos

 

El religioso, aun estando obligado por votos especiales a la castidad y a la pobreza, vive estos bajo la forma de la obediencia, “la cual abraza con ella muchas otras cosas”. La obediencia informa y ordena los demás votos.

3. Porque se ordena directamente al fin de la vida religiosa

 

El voto de obediencia se extiende propiamente a los actos más próximos al fin de la vida religiosa. Cuanto más propia es una cosa al fin, tanto más buena es. Por eso el voto de obediencia es el más esencial al estado religioso.

Si uno —dado el caso— observase la pobreza y la castidad, aun bajo voto, y no observase la obediencia, sepa que no es religioso. La obediencia es preferida incluso a la virginidad, como afirma San Agustin de Hipona: “Ninguno, por cuanto yo sepa, ha osado jamás preferir la virginidad a la vida monástica de obediencia”[2].

Esta doctrina es muy importante y también muy hermosa. Así como entre las virtudes teologales la caridad es la más excelente, así también entre los votos religiosos el de la obediencia es el más precioso, del cual —por así decir— más debemos enamorarnos y esforzarnos por vivir bien. Ha de ser el santo y seña de nuestra vida religiosa.

Dice San Ignacio de Loyola:

“Y aunque en todas virtudes y gracias espirituales os deseo toda perfección, es verdad —como habréis oído de mí otras veces— que en la obediencia más particularmente que en ninguna otra… porque la obediencia es una virtud que sola ella ingiere en el alma las otras virtudes e impresas las conserva (San Gregorio); y mientras esta floreciere, todas las demás se verán florecer y llevar el fruto que yo en vuestras almas deseo y el que pide aquel que redimió por obediencia al mundo perdido por falta de ella: hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (cf. Flp 2, 8)”.

“En otras religiones podemos sufrir que nos aventajen en ayunos, vigilias y otras asperezas; pero en la pureza y perfección de la obediencia, con la resignación verdadera de nuestras voluntades y la abnegación de nuestros juicios, deben distinguirse los que en esta Compañía sirven a Dios nuestro Señor, nunca mirando la persona a quien se obedece, sino a Cristo nuestro Señor, por quien se obedece”.

Añade el principio fundamental:

“No porque el Superior sea muy prudente, ni muy bueno, ni muy cualificado en otros dones, sino porque tiene sus veces y autoridad, debe ser obedecido, diciendo la eterna Verdad: El que a vosotros oye, a mí me oye; y el que a vosotros desprecia, a mí me desprecia (cf. Lc 10, 16)”.

Y citando a San Pablo Apóstol:

Los siervos, obedeced a vuestros amos según la carne, con temor y temblor, con sencillez de corazón, como a Cristo (Ef 6,5). Todo lo que hagáis, hacedlo de buena gana, como quien sirve al Señor y no a hombres (Col 3,23-24).

Dice también San Bernardo de Claraval: “Ora sea Dios, ora sea el hombre, vicario suyo, el que diere cualquier mandato, con igual cuidado debe ser obedecido, cuando el hombre no manda cosas contra Dios”[3].

Por su parte, San Juan Bosco afirmaba: “Si cumplís la obediencia del modo indicado, os puedo asegurar, en nombre del Señor, que pasaréis en la congregación una vida tranquila y feliz. Pero desde el día en que, dejando de lado la obediencia, obréis solo según vuestro capricho, comenzaréis a sentiros pesarosos de vuestro estado”[4].

Y San Francisco de Sales decía: “Todo es seguro en la obediencia; todo es sospechoso fuera de ella”[5].

Finalmente, la Virgen María es nuestro modelo perfecto de obediencia. Siempre obedeció con rendimiento de juicio, alegría de corazón y prontitud en la ejecución. Obedeció a San José, a quien veía como cabeza del hogar y representante de la autoridad de Dios. No discutía sus órdenes ni contradecía sus indicaciones. No consideró nunca pequeñas las cosas mandadas por obediencia. Se llamó a sí misma la esclava del Señor (cf. Lc 1, 38).

Quien ha hecho voto de obediencia vea a lo que se ha obligado. No hay otro modo de cumplirlo que vivir totalmente entregado en la libertad, la voluntad y el propio parecer a la autoridad legítima. A imitación de María, no debe detenerse a examinar las razones de lo mandado, sino saber si está mandado o no, y obrar sin dilaciones.

Haz un examen detenido de este punto: analiza tu obediencia, compárala con la de María y deduce de ahí lo que has de hacer.

[1] Carta espiritual sobre la obediencia.

[2] San Agustín, De sancta virginitate.

[3] Sermones.

[4] Cartas espirituales.

[5] Introducción a la vida devota.

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