La Presentación en el Templo

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Homilía predicada con ocasión de la Fiesta de la Presentación del Niño Jesús en el templo

 

La sagrada liturgia en la fiesta de la presentación nos eleva a considerar los sufrimientos de Cristo y de María. Es la fiesta de la consagración, en la que se realiza el ofrecimiento de Cristo, y es interesante ver cómo el ofrecimiento de Cristo se da por medio del sufrimiento. En cada paso que daba el Salvador se hacía más patente la cruz.

La presentación del Niño Jesús y la profecía de Simeón abren el pórtico doloroso de la vida de la Santísima Virgen.

En cuanto María presenta a Dios una ofrenda digna de Él, recibe inmediatamente el galardón de un dolor indecible para toda su vida, porque es pensamiento fijo del Señor que las penas de este mundo sean raíces de las gracias del otro. Por eso se gozan los santos en padecer, pareciéndose a Cristo.

Desde este momento todo fue dolor para María: el tiempo porque acortaba la distancia del Calvario; la visión del Nino, que se lo recordaba; la de los campos y la ciudad, que siempre trata a su pensamiento algo relacionado con la Pasión. La Santísima Virgen bubo de desempeñar sus tareas siempre bajo esta aflicción. Y si así lo pudo hacer, es porque tenía siempre presente a Jesús.

Así lo afirma Santa Teresa que decía: “Esto me dijo el Señor otro día: ¿Piensas, hija, que está el merecer en gozar? No esta sino en obras y en padecer amar … Ves mi vida toda llena de padecer y sólo en el monte Tabor habrás oído mi gozo. No pienses cuando ves a mi Madre que me tiene en los brazos, que gozaba en aquellos contestos sin graves tormentos. Desde que le dijo Simeón aquellas palabras le dio mi Padre clara luz para que viese lo que yo había de padecer …”. Allí María comprendió mejor todo lo que debía sufrir. Quizás allí se le empezó a esclarecer todos los sufrimientos que había padecido en el nacimiento de Cristo.

La inmensidad del dolor de María y la rapidez con que acepta su oblación, demuestran la santidad de nuestra Madre, pues Dios proporciona las tribulaciones con las fuerzas necesarias para sobrellevarlas.

Hay algo que siempre se dice al hablar los sufrimientos de Jesús y de María, y es que es tal al unión que hay entre ambas que todo sufrimiento se veía acrecentado por el hecho de que una sufría por la otra. Y esto es así porque cada una sufría por el sufrimiento de la otra; más aún cada una sufría porque la otra sufría a causa de sus sufrimientos. Decía San Bernardo, refiriéndose a María al pie de la cruz: La misma pena que llenaba al corazón de María incendiaba en amargura el de Jesús; y le hace decir a la Virgen Esta yo viéndole y Él me veía a mí, y más sufría por mí que por sí mismo.

Es interesante, pero este día, la Iglesia reconoce el día de la vida religiosa, porque es el día en el que se celebra el ofrecimiento de Cristo por María. Y si en todos los actos de nuestra vida debemos mirar como modelo a Cristo, según aquello de Santo Tomás las acciones de Cristo son nuestro ejemplo, con mucho mayor razón en este misterio que se representa la consagración de la vida religiosa.

La consagración de Cristo y María fue por media del sufrimiento. Simeón dice: Mis ojos han visto la salvación, pero luego afiade una espada te atravesará el corazón. La salvación y el dolor están íntimamente unidos, de tal manera que no pueden separarse. Si queremos realizar el mismo ofrecimiento de Cristo debemos saber también consagrarnos por el sufrimiento y el dolor.

Al igual que Jesús y María nos consagramos para la salvación, para sufrir. Es así coma se obra la salvación. San Pablo les dice a los Efesios: Por tanto os ruego no decaigáis de ánimo en vuestros muchos sufrimientos, como yo sufro por vosotros, pues todas estas tribulaciones son para vuestra gloria. 

Es este sufrimiento el camino que Dios ha escogido para todos sus santos, incluso para los m:is grandes hombres que pisaron esta tierra; Jeus y María.

El mismo San Ignacio en los Ejercicios Espirituales dice: “mirare y considerare lo que hacen Nuestra Señora y San José, como se ponen en camino, como sufren mil pruebas a fin de que el Señor nazca … y muera por último en cruz y todo esto por mí”. Porque el morir de Cristo fue una consecuencia en el instante de ser concebido; los dolores de María son una consecuencia de aquel fiat de la Encarnación.

Es esta la gloria de los santos y de los imitadores de Cristo. Sin duda la causa de que sufrió María fue porque en todo quiso Dios que fuesen conformes la Madre y el hijo, y que, pues esta Virgen era la más perfecta de las perfectas, no dejase de participar de la mayor gloria del Santo de los santos. Y porque la mayor de este Señor fue haber padecido tantos dolores por obediencia del Padre, no era razón que faltase parte de esta gloria a su Madre Santísima.

En este día pidamos a Dios tener en el corazón de consagrarnos a Dios por el mismo medio que se ofrecieron Jesús y María, es decir por el dolor, pidamos tener el ansia que tenía San Bernardo: “Pero ¿que ofrecemos nosotros, hermanos, o que le devolvemos por todos los bienes que nos ha hecho? Ella ofreció por nosotros la Víctima más preciosa que tuvo, no pudiendo dar otra más preciosa; hagamos también nosotros lo que podamos ofreciéndole lo mejor que tenemos, que somos ciertamente nosotros mismos. Él se ofreció a sí mismo ¿tú quién eres que dudas ofrecerte? ¡Oh si yo tuviera la dicha de que se dignara recibir mi ofrenda tan grande Majestad! …Mejor me es y mucho más útil y glorioso ofrecerme a ti que dejarme para mí mismo”. 

Y si algún día nos parece difícil el camino por el sufrimiento debemos repetir la invocación de San Bernardo: ¡Mira a la estrella, llama a María!

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