Enseña Santo Tomás que Cristo en su Bautismo se sumerge en las aguas sepultando en ellas al hombre viejo (pues Él tenía carne de pecado) y purificando las aguas para que tengan el poder de santificar. Es por esto que nosotros en nuestro Santo Bautismo morimos con Cristo al hombre viejo y resucitamos con Él a la vida nueva de la gracia. Dice la carta a los Romanos fuimos, mediante el bautismo, sepultados con Cristo en la muerte, a fin de que como Cristo fue resucitado de entre los muertos … así también nosotros caminemos en vida nueva.
Es decir, por el Bautismo los cristianos nos configuramos con Cristo, recibimos de Él la gracia enorme de participar la vida divina y poder ser llamados con propiedad Hijos de Dios. Por eso el Bautismo de Cristo en la liturgia cristiana se celebra con tanta solemnidad; el mismo Santo Tomás dice que el día del bautismo el hecho de que se hayan abierto los cielos alegóricamente representa el hecho de que también en ese día se abrieron para todos los hombres las puertas del cielo. Por eso, por el bautismo somos Hijos en el Hijo y templos del Espíritu Santo.
Ahora bien, por gracia de Dios, nosotros también somos consagrados, y si en el bautismo ya nos entregamos a Dios por la renuncia a Santan.is y la profesión de la fe de la Iglesia, es decir pertenecemos a Dios, somos de Dios, y de algún modo somos Dios, en cuanto tenemos la vida divina y somos un solo espíritu con Él. En la consagración religiosa hacemos algo similar en cuanto en ella queremos darnos totalmente a las cosas de Dios, pero hay algo m.is en la entrega que hacemos cuando hacemos los votos.
Relación del bautismo con la vida religiosa
El bautismo tiene una íntima relación con la vida religiosa, pues hablando en rigor la vida religiosa no es otra cosa sino intentar lograr un perfecta desarrollo del Santo Bautismo. Es llevar hasta las últimas consecuencias la muerte al mundo y la vida en Dios. Es esto lo que enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: El estado religioso aparece por consiguiente como una de las maneras de vivir una consagración más íntima “que tiene su raíz en el bautismo y se dedica totalmente a Dios. En la vida consagrada, los fieles se proponen, bajo la moción del Espíritu Santo, seguir más de cerca a Cristo, entregarse a Dios amado por encima de todo y persiguiendo la perfección de la caridad en el servicio del Reino, significar y anunciar en la iglesia la gloria del mundo futuro”. Ya lo afirmaba el Concilio Vaticano II en la Perfectae Caritatis: “Recuerden ante todo los miembros de cualquier instituto que, por la profesión de los consejos evangélicos, respondieron a un llamamiento divino, de forma que, no solo muertos al pecado, sino también renunciando al mundo vivan únicamente para Dios. Entregaron, en efecto, su vida entera al servicio de Dios, lo cual constituye sin duda una peculiar consagración, que radica íntimamente en la consagración del bautismo y la expresa con mayor plenitud”.
De aquí esa continua unión , hasta tal punto que la tradición cristiana está perfectamente de acuerdo en que la religiosa constituye como un segundo bautismo, es abrumador el número de Santos Padres —tanto orientales como occidentales— y de teólogos de todas las escuelas que emplean la fórmula securulum baptismus, o tampoco como simple reconocimiento de las promesas de) bautismo, ni siquiera por su efecto santificador, lo propio y característico de la profesión religiosa como segundo bautismo, consiste en que por ella se llevan las exigencias del bautismo hasta su máxima plenitud y perfección. Aquellas mismas exigencias bautismales —muerte para el mundo y vida ara Dios— se ratifican y se afirman de manera tan plena y consumada en la profesión religiosa, que esta ratificación no solamente produce en el alma del que la hace los mismos efectos del bautismo —remisión de la culpa y la pena debida por los pecados anteriores—, sino que le constituye en un estado de perfección, cosa que no produjo la simple recepción del primer bautismo.
Segundo bautismo —dice un teólogo (S. Aguilar C.M.F.)— en cuanto que en la profesión se administra y recibe el sacramento del bautismo en toda la integridad de su ser bautismal, es esta una
gracia concedida por la Iglesia y voluntariamente aceptada por el cristiano, como medio de entrar enteramente en el reino de Dios sin adherencias voluntarias a este mundo que disminuyan la perfección de su nueva vida de hijo de Dios. La vida religiosa cumple con estas exigencias, esto es la muerte al mundo y la vida para Dios, y esto porque, según enseña la Iglesia:
- La profesión religiosa como estado de perfección, incluye el compromiso voluntario, bajo voto, de vivir los consejos evangélicos con la finalidad de vivir realmente la muerte al mundo y entregarse totalmente a las cosas de Dios, así lo dice el Concilio: Así, pues, los religiosos, fieles a su profesión, dejándolo todo por Cristo, deben seguirle a Él como lo único necesario o, oyendo sus palabras, y dedicándose con solicitud a los intereses de Cristo.
- La profesión religiosa es un segundo bautismo porque puede tener el mismo efecto del bautismo de renovarse a una nueva vida de perfección, precisamente porque la voluntad del profeso constituye un acto de caridad perfecto que produce, acá ya ex opere operantis (es decir no como en el bautismo que se sus efectos se producen ex opere operato, por el mismo hecho, bautice Pedro o bautice Judas, sino ex opere operantis significa que el efecto se produce de acuerdo a los esfuerzos que proponga aquel que hace la profesión) produce el mismo efecto del bautismo: remisión total de la culpa y de la pena de todos los pecados pasados De aquí que enseñe Santo Tomás: Si algún hombre puede por la limosna satisfacer sus pecados según aquello de la Sagrada Escritura redime tus pecados con limosnas , cuanto más satisface por todos sus pecados el que se entrega totalmente a las cosas divinas por el ingreso a la vida religiosa, lo cual excede todo género de satisfacción, ... así como el holocausto excede al sacrificio, como dice San Gregorio. Así se entiende lo que dicen los padres que los que ingresan en religión consiguen la misma gracia que los bautizados. Así puede un religioso —por más que haya sido un gran pecador— llegar a ser por la profesión y los votos un santo e inocente ante Dios.
Consagración a la Virgen
Esta relación íntima y esta comunicación esplendida que se encuentra entre los efectos del bautismo y los de la profesión religiosa, se encuentra también en algo muy propio y muy querido por nosotros que es nuestro cuarto voto de consagración a la Virgen. Esta consagración está íntimamente unida al Santo Bautismo. Esto lo enseña San Luis María Grignion de Montfort en el Tratado de la Verdadera Devoción, al decir que es precisamente por esto que hacemos la presente devoción, pues por ella renunciamos al demonio, al mundo, al pecado y a nosotros mismos y nos consagramos totalmente a Jesucristo, simplemente que añadimos al bautismo no sólo que lo hacemos voluntariamente y ofreciendo incluso el valor de nuestras buenas acciones sino también que nos
consagramos expresamente nuestro Señor por manos de María.
Decir que queremos ser uno con Jesucristo, decir que queremos vivir hasta las ultimas consecuencias las promesas de nuestro bautismo para ser más plenamente de Jesús, en definitiva, decir que deseamos hacer esto con total perfección significa decir que queremos cumplir fielmente a Dios en la vida religiosa, porque en ella se cumplen de manera admirable los fines del bautismo
por el que nos unimos a Dios y santificamos nuestras almas por la renuncia al pecado y la participación de una vida nueva.
Hoy al celebrar el bautismo del Señor, todos nosotros debemos recordar con alegría el día de nuestro bautismo y el de nuestros votos perpetuos, y en el caso de Ustedes que todavía no los han hecho mirar con esperanzas a ese día en que se entregaran totalmente a Dios, para obtener en plenitud los efectos del santo bautismo.
Por eso el apóstol San Andrés cuando el verdugo quería hacerle renegar de Jesucristo le Respondía: ¡Oh si conocieras el misterio de la cruz! Si conocieras el amor que te manifiesto Jesucristo muriendo en la cruz para salvarte, no te cansarías en persuadirme que renegara de Él, sino que tú mismo abandonarías cuanto tienes para consagrarte del todo al amor de Jesucristo.
¡Cuánto nos consolaran en la hora de la muerte si durante la vida los meditamos asiduamente con amor! Decía el Kempis: “Nada aprovecha tanto como meditar en la Pasión del Señor”. Que al ver el crucifijo y el rostro sangrante de Jesús sepamos decir: “Señor cuanto me has amado y cuan poco es el pobre amor que te devuelvo”.
La Encamación fue la obra más grande del amor de Dios, pidamos hoy la gracia de devolver a Dios, día a día, algo del amor que Dios nos tuvo y nos tiene. Que sepamos cantar el amor de Dios como decía San Agustín con nuestro amor. Ya que Dios nos ha dado la gracia de padecer por Cristo. O más aun como pedía San Francisco de Asís: “que muera por amor de tu amor, ya que por amor de mi amor, te dignaste morir”.





