Para ser monjas de 10– 1ª Parte

Contenido

[Introducción] Cuando pensaba en qué tema podríamos tratar en la esta conferencia me crucé con un pasaje del libro Juan Pablo Magno del Padre Buela que dice: “Juan Pablo II ha sido y sigue siendo fuente inspiradora del empeño apostólico de nuestra Congregación y se presenta ante nuestros ojos como un ejemplo singular de santidad, invitándonos a abrir de par en par las puertas de nuestro corazón a Jesucristo”.

Dentro del marco de esas palabras, y dado que somos miembros de una única familia religiosa misionera que reconoce en San Juan Pablo II a su Padre Espiritual me pareció que podía ser de utilidad considerar sólo 10 puntos sobre los que San Juan Pablo II les pedía a las religiosas para que sean buenas esposas de Cristo. Para que sean “monjas de diez” o “monjas 10 puntos”, de ahí viene el título de esta charla.

Para este trabajo me he basado en gran parte en los mensajes que él dirigió a la Asamblea Internacional de las Superioras Generales en Roma durante los 15 años que van desde 1978 a 1993[1]. Además, por supuesto, del derecho propio y de los escritos de nuestro Fundador.

Una aclaración antes de comenzar a tratar estos puntos: aunque el Santo Padre les hablaba a las superioras generales, se entiende que el mensaje debía ser transmitido a las demás religiosas en cada congregación. Con esa misma intención yo les hablo a Ustedes que han sido llamadas a dar una valiosa aportación al gobierno de la congregación, aportación que en varios casos puede ser determinante para la superación de dificultades, para conseguir mejores resultados, para consolidar elementos muy buenos y que ya están presentes en la vida del Instituto. Es más, Ustedes se tienen que dar cuenta del rol preponderante que tienen en estos momentos en lo que se refiere a ‘salvaguardar’ el carisma y de “fomentar la fidelidad en todas las hermanas al carisma del Fundador”[2] con todo su patrimonio.

Por eso a medida que esta charla se vaya desarrollando me parece que es bueno que cada una vaya pensando el aspecto práctico y concreto de lo que aquí se dice para hablarlo después entre Ustedes si les parece. Ojo que mucho de esto ya se hace, pero como dice el Directorio de Espiritualidad “lo nuestro es vivir en el más y en el por encima”[3] y “lo que importa es dar un paso, un paso más, siempre es el mismo paso que vuelve a comenzar”[4].

1. Radicalidad 

El primero de los elementos que Juan Pablo II insistentemente les pedía a las religiosas para “ser monjas de 10” es la radicalidad.

Así por ejemplo en 1989 les decía: “La vocación a la vida consagrada se caracteriza por la llamada a ser discípulos del Señor de una manera muy especial… Esta vocación conduce a la donación total de sí mismo para servir al Señor, por medio de la profesión y la práctica de los consejos evangélicos que comprometen para toda la vida”[5]. Y en otra ocasión les decía: “Opciones como la vuestra supone la donación sin reservas de la propia vida”[6].

El P. Buela ya en el primer libro de las Servidoras tiene todo un capítulo dedicado a este tema. ¡Está súper!, se los recomiendo. Allí hablando del radicalismo evangélico él dice: “son [las] exigencias particularmente inhabituales, duras y absolutas… Es comprometerse en un camino imprevisible… es descentrarse de sí mismo. […] Es la radicalidad de vida del que no mide, sino que vende todo lo que tiene. […] ¡Es lo del servidor que no pedirá nada! Continuará trabajando, considerándose ¡siervo inútil! que por su trabajo no merece ninguna recompensa especial”[7]. Y concluye el Padre diciendo que Dios nos ha llamado a vivir estos radicalismos y que los votos que profesamos en esta Familia Religiosa son una señal de que queremos vivir estos radicalismos[8].

Esto se los menciono porque a las Servidoras (y lo mismo que digo aquí para Ustedes lo digo también para el IVE) Dios no les pide un esfuerzo cualquiera, sino la consagración de toda la existencia al servicio del Verbo Encarnado. No se trata de algo esporádico –que se reduce sólo a horarios de oficina y pide no ser molestada en el día libre– sino de una entrega que llena todo y todos los días y las noches. De aquí que el derecho propio afirme que si hay algo que debe distinguirnos es el servicio humilde y la entrega generosa, en la donación gratuita de sí mismo mediante un amor hasta el extremo[9].

Y sin embargo, puede ser que a veces y en algunos casos –como hombres y mujeres falibles que somos– no advirtamos que estamos cayendo en la excusa del ‘falso equilibrio’ que no es otra cosa sino la tentación de la mediocridad, por la cual toda magnanimidad parece soberbia, todo heroísmo parece extremismo, toda generosidad parece exageración[10]. Hasta puede haber quienes bajo el pretexto de distintas falacias y con miles de sutilezas, obstaculicen o alejen a las hermanas del verdadero radicalismo con que deben servir imitando el anonadamiento de Cristo y su condición de siervo[11].

Nuestro querido P. Buela, con su genio particular y la unción especial que le da el hecho de ser el Fundador, dice así: Algunas dan, sí, pero “son avaras en dar y duras con los que necesitan ayuda”[12].

Por eso Juan Pablo II les decía a las superioras: “La Iglesia y –digámoslo– también el mundo, tienen necesidad más que nunca de hombres y mujeres que lo sacrifiquen todo por seguir a Cristo como los Apóstoles”[13]. Se necesitan hermanas que se involucren de lleno con la causa del Instituto que no es otra sino la causa de Cristo.

Las Servidoras todas, las de ahora y las que vendrán en el futuro, tienen que persuadirse que lo propio es ser “como otra humanidad de Cristo”[14] por lo tanto, y sigo aquí citando al P. Buela: “se requiere de nuestra parte no una entrega a medias; no una entrega en algunos lugares o en algunas cosas solamente; no una entrega en algunos momentos; sino una entrega total y plena, en cualquier parte y tiempo que sea”[15]. Porque lo propio de las Servidoras a imitación de su Esposo es “la oblación de sí”[16], y esto individualmente hablando y como Instituto.

Así se los decía el P. Buela con toda la fuerza de su afecto paternal: “¡nada de tanto egoísmo, de tanta mezquindad, de tanto cálculo! ¡Hay que ir a la entrega total!”[17].

Fíjense Ustedes que esta radicalidad “empuja a exigencias irresistibles de sacrificio por amor a Cristo que al mismo tiempo es un acto de fe integral y de entrega total, con la decisión formal de no pactar, no transigir, no capitular, no negociar, no conceder, ni hacer componendas con el espíritu del mundo”[18]. Y siempre van a haber tentaciones, excusas para no hacer ‘más’ que lo indispensable, para dar pero que también me den, para concentrarse en ‘su obra’, en sus proyectos, y no prestar atención a las obras del Instituto o de la Familia Religiosa como un todo…

Muy clarito se lo decía San Juan Bosco a los suyos: “Renunciemos al egoísmo individual; por consiguiente, jamás busquemos la utilidad privada o de nosotros mismos, sino trabajemos con gran celo por el bien común de la Congregación”[19].

Sobre este punto termino con Juan Pablo II: “la Iglesia siempre necesita de donaciones radicales y totales, impulsos nuevos y valientes”[20]. Y el Instituto de las Servidoras no sería fiel a su naturaleza “esencialmente misionera”[21] si no continuara formando religiosas y enviando religiosas que estén convencidas de que la entrega a la misión implica toda su persona y toda su vida, todas sus energías y todo su tiempo. 

2. Fidelidad 

Fidelidad, especialmente al carisma del Instituto y como consecuencia de esto al Fundador que es el primus receptor de este carisma. De hecho, es lo que más extensamente pide una y otra vez Juan Pablo II a las religiosas.

Sus mensajes se vuelven como una letanía suplicante de fidelidad. Sólo cito aquí dos ejemplos:

“[Superioras]: cumplirán mucho mejor su misión si Ustedes mismas están impregnadas de espíritu filial… son también hijas de sus fundadores …son hijas de sus congregaciones, que las han engendrado a la vida religiosa y diariamente las sostienen en su santificación personal… ¡Mantengan, hagan reflorecer, consoliden las opciones de los fundadores! En las apremiantes necesidades actuales, su servicio apostólico debe concretarse según la finalidad específica de vuestro instituto…”[22].

Y sigue diciendo: “Cada instituto debe preocuparse de mantener su propia fisonomía, el carácter específico de su propia razón de ser, que ha ejercido un atractivo, que ha suscitado vocaciones, actitudes particulares, dando un testimonio público digno de aprecio. Es ingenuo y presuntuoso creer, a fin de cuentas, que cada instituto debe ser igual a todos los demás practicando un amor general a Dios y al prójimo. Quien así pensara olvidaría un aspecto esencial del cuerpo místico: la heterogeneidad de su constitución…”[23]. Estas palabras nos enseñan que así como hay una auto referencialidad dañina y peligrosa, hay una auto referencialidad positiva y necesaria en todo Instituto religioso.

Este es un tema sobre el que todas Ustedes están bien precavidas, me imagino. Pero que se vuelve importantísimo dadas las circunstancias especiales de nuestra Familia Religiosa. Explícitamente lo enseña y lo prescribe el derecho propio en varios de sus documentos. “Fidelidad y amor, decíamos, al Fundador y también a las Constituciones. Son ellas el ‘modelo’ sobre el cual debe el religioso configurar su vida. Por eso ha de ‘conocerlas, amarlas, y, sobre todo, vivirlas con generosidad y fidelidad’[24][25] afirma uno de los directorios.

Mas aun: quisiera aquí mencionar lo que el P. Pombo cita en el Prólogo del IV libro de las Servidoras acerca de algunos documentos pontificios. Dice allí: “el documento Mutuae Relationes n. 11, afirma que el carisma mismo de los Fundadores se revela como una experiencia del Espíritu, transmitida a los propios discípulos para ser por ellos vivida, custodiada, profundizada y desarrollada constantemente en sintonía con el Cuerpo de Cristo en crecimiento perenne. Por tanto el carisma debe ser custodiado por todos, [y] en primer lugar por el Instituto mismo que es el depositario del don del Espíritu.

Si el carisma del fundador (sigue diciendo el P. Pombo) perdura en el tiempo en sus hijos e hijas, son éstos quienes de modo particular deben custodiarlo a través de una vida en total fidelidad a ese carisma. Por eso el canon 578 impone a los religiosos: ‘Todos han de observar con fidelidad la mente y propósitos de los fundadores, corroborados por la autoridad eclesiástica competente, acerca de la naturaleza, fin, espíritu, índole de cada Instituto, así como también sus sanas tradiciones, todo lo cual constituye el patrimonio del Instituto’. Esto quiere decir que los religiosos tienen una verdadera obligación de conocer al fundador, de llegar a entender y penetrar en su mente y propósitos, que no son otra cosa que el modo concreto como el fundador entiende debe vivirse la vida religiosa en el Instituto por él fundado, y a través de cuáles medios y obras concretas el Instituto debe alcanzar y realizar el fin para el cual surgió en la Iglesia.

¿Cómo se llega a conocer la mente y propósitos de un fundador? Principalmente a través de sus escritos. Ahora tenemos al Padre con nosotros, pero llegará el día en que no todos vivirán contemporáneamente al fundador. Incluso hoy en día no todos tienen la posibilidad de escuchar sus mismas palabras. Es indudable que los escritos constituyen el medio más eficaz que un religioso tiene para llegar a conocer la mente y propósitos de su fundador.

Nosotros en particular tenemos la gracia de haber recibido de nuestro fundador un inmenso y rico material, como una valiosa herencia: las Constituciones del Instituto, los Directorios, libros, sermones, conferencias, retiros, ejercicios espirituales, crónicas de viaje, audiovisuales, etc. Es decir, se trata de obras que tienen por autor a nuestro fundador, lo cual hace que para nosotros tengan una importancia sin igual, por cuanto reflejan, de alguna manera, el mismo carisma de fundación”[26]. Hasta aquí el P. Pombo.

Me gustaría agregar que de la fidelidad al carisma dependerá la vida y la fecundidad del Instituto a lo largo del tiempo. Y que “es obligación grave de las superioras y por tanto la deben de considerar de primaria importancia, el fomentar por todos los medios a su alcance la fidelidad de los religiosos al carisma del Fundador”[27].

Quisiera aquí referirme a la publicación de las ‘obras completas’ del P. Buela. Lo que yo quisiera enfatizar en este encuentro, sabiendo que estoy ante las superioras del Instituto y las consejeras generales es que estas obras tienen/deben ser conocidas por todas las hermanas y por Ustedes mismas. No basta con estudiar los directorios en el Noviciado. No basta con lo que se da en las Reuniones de Formación. Yo sé de hermanas, incluso superioras, que apenas si han leído un capítulo de algún libro de las Servidoras, que sin embargo leen a cuanto autor hay bajo el sol pero que nada saben de lo que dice el Fundador. Hay también quienes no consultan con los sacerdotes del IVE para aprender o aplicar criterios según nuestra espiritualidad (o consultan y sistemáticamente hacen lo contrario). Y eso no puede ser así.

El carisma, el espíritu de la congregación, nuestra regla debe ser el aire que respiramos; el criterio de nuestra acción, el libro fundamental para nuestra educación espiritual. San Pedro Julián Eymard les decía a los suyos: “La ley de nuestra santidad, así como también el poder de duración y de acción de la Congregación consisten en la observancia de la regla… no pueden llegar a ser santos sin practicar perfectamente la regla… Todos los hombres están obligados a saber y practicar el evangelio; pero a nosotros nos basta con saber y practicar nuestra regla, que es nuestro evangelio… No es el nombre de ustedes lo que dará al instituto alimento y larga vida, sino la práctica de la regla”[28]. Para lo cual es evidentemente necesario el conocerla, el transmitirla en toda su pureza, el evidenciarla en nuestras vidas y en nuestras obras, el ponerla a disposición de todos en todas las lenguas que haga falta y el educar a las hermanas para que hagan lo mismo. Y Ustedes tienen que ser las líderes en eso.

¡Aprenden tantas cosas! ¿Cómo es posible que no se aprendan de memoria los puntos 30 y 31 de las Constituciones donde se habla del carisma del Instituto? ¿Cómo es que no saben listar los elementos no negociables adjuntos al carisma? [Y les exigen a los chicos del catecismo 90 preguntas…].

En las Conclusiones del último capítulo general de las Servidoras se lee: “Es al Superior religioso a quien le compete de manera particular, mediante el ejercicio de su gobierno garantizar que se viva la vida religiosa de acuerdo al carisma y a la modalidad propia del Instituto”[29]. Ténganlo siempre presente.

Termino este punto con lo que Don Bosco le recomendaba a Don Juan Bonetti que fue director espiritual de las Hijas de María Auxiliadora: “A lo largo de tu vida predica siempre: No hay que reformar las Reglas, sino practicarlas. Quien anda buscando reformas, deforma su modo de vivir. Recomienda constantemente la observancia exacta de las Constituciones”[30], y es lo que yo les recomiendo hoy y siempre a todas las Servidoras.

3. Promover la unión de espíritus

Es otra de las cosas que Juan Pablo Magno les pedía a las religiosas. Y que me parece más que oportuno mencionar aquí, seguidamente al tema del carisma. Más aún me parece súper necesario dado el momento por el que pasa nuestra Familia Religiosa.

Como bien saben Ustedes a nosotros los sacerdotes del IVE nos compete trabajar “con especial diligencia” para que las hermanas del Instituto de las Servidoras queden informadas por el genuino espíritu de nuestra familia[31]. Es en este sentido que las Conclusiones del último capítulo de Ustedes reconocía: “La unidad entre ambos Institutos viene por el carisma. Así hemos sido fundados, así fue vista la Voluntad de Dios por nuestro Fundador. Ninguno puede prescindir del otro sin lesionar gravemente el carisma. Esto implica responsabilidades para ambas partes, responsabilidad por parte del IVE de asistir a las Servidoras y de las Servidoras de dejarse asistir”[32]. Eso por un lado.

Pero también por otro lado, como bien agrega más tarde el mismo documento: “El trabajo pastoral [de las SSVM] con el IVE plenifica el carisma y por lo tanto produce grandes frutos de fecundidad… De aquí que no debemos mezquinar los esfuerzos para trabajar bien, en mutua colaboración. El Padre Buela ha visto la unidad espiritual entre las dos ramas de la Familia Religiosa como una fuente de vocaciones[33].

Por eso se aplican a nosotros las palabras del Papa polaco: “[Tiene que ser] uno mismo el empeño… a través de la diversidad de obras y actividades… según el carisma del fundador”[34].  “Esto no es una simple dependencia disciplinaria, sino una realidad de fe. Debemos recordarnos sin cesar que estamos en la Iglesia, íntimamente incorporados en ella, ordenados a su misión, inseparables de su vida y santidad”[35] . Y participamos de la misión evangelizadora de la Iglesia como “una única familia, unidos por la misma fe, los mismos fines, la misma misión, el mismo carisma, la misma índole y el mismo espíritu”[36]. Por eso, si bien Juan Pablo II hablaba de la unidad dentro del mismo Instituto, en el que se tiene superiores propios, vale con especial analogía para la unidad de la Familia religiosa, que es tan fuerte e íntima por razón del carisma fundacional, no obstante la independencia jurídica de los dos institutos.

Por eso conviene y mucho, no sólo conocer bien a fondo el espíritu y el carisma de la congregación, no sólo encariñarse con la Familia Religiosa, velar por sus intereses –que son los de todos–, defenderla, sino además ser consecuentes con todo eso. Es decir: darle a la Familia el lugar prioritario que se le debe dar y trabajar afanosamente bajo el mismo estandarte sabiendo construir en la unidad. No puede suceder –como de hecho sucede en algunos lados– que los padres y las hermanas trabajan con una agenda diferente, casi sin punto de contacto.

Miren: es cierto que “ningún sacerdote es Superior de las hermanas”[37], pero somos una Familia Religiosa. Por tanto, debemos funcionar con espíritu de cuerpo, donde los miembros están estructurados y organizados, donde lo que le pasa a uno le afecta también al otro.

Lejos de las Servidoras el estar centradas siempre en lo propio, el no mostrar interés y un entusiasmo efectivo por las obras de la Familia Religiosa. Deben saber estar atentas a las obras del Instituto, adelantarse a que se les pida, involucrarse de lleno y con los mejores recursos, custodiarlas Ustedes mismas, promoverlas y hacerlas crecer (hay que tener cuidado a este respecto en no caer en un inmaduro espíritu de competición).

“Cueste lo que cueste, hay que estar unidos”, decía el Beato Giuseppe Allamano. La unión hace la fuerza. Por eso también decía San Juan Pablo II: “Si la unión en la familia religiosa es un poderoso testimonio evangélico, la división entre hermanos, entre las hermanas es una piedra de tropiezo para la evangelización”[38].

Por eso en párrafo siguiente, el documento de las Conclusiones afirma: “Por esto sigue siendo prioritario fundar en los lugares donde están los padres del IVE, sin descartar la posibilidad de fundar también en algunos otros lugares que se consideren importantes”[39].  

Entonces si bien “nuestra pequeña Familia Religiosa no debe estar nunca replegada sobre sí misma, sino que debe estar abierta como los brazos de Cristo en la Cruz” es necesario planificar conjuntamente la expansión del Instituto, ya que ésta afecta en no poca medida la relación del Instituto de las Servidoras con el IVE.

Una hermana de Uds. me escribía no hace mucho lo siguiente: “Fundando en lugares donde no están nuestros sacerdotes, la más de las veces, obviamente, las hermanas terminan haciendo dirección espiritual con otros sacerdotes que no comparten nuestra espiritualidad; quedan sujetas ‘al buen parecer’ de una superiora local (que no necesariamente está acertada), y se las va exponiendo al riesgo de debilitar el fervor por lo propio, a acostumbrarse a otro modo de hacer apostolado que no es el nuestro, a manejarse con criterios distintos… y después eso es algo difícil de corregir. Mucho mayor es el peligro cuando a esa clase de fundaciones se mandan hermanas que acaban de terminar su formación, porque piensan que esa es la manera en que se trabaja en el Instituto y después cuando se las manda a una parroquia o misión donde está el IVE, no saben trabajar con los nuestros o tardan tanto en adaptarse…”.

En este sentido, yo les quisiera recomendar lo siguiente –tómenlo como de quien viene–: 1. Consultar antes y durante el momento de planear la expansión; no cuando ya ha sido tomada la decisión, se han visitados los obispos, se han procurado los medios, no… consultar antes. 2. En la planificación dar prioridad a las obras de la Familia Religiosa. No se dejen tentar por apostolados más ‘vistosos’ o ‘mejor pagos’ o no tanto, pero alejados de los padres; porque el modo de misionar de las Hermanas Servidoras es “realizar apostolados en conjunto con los Sacerdotes del Verbo Encarnado”[40]. Y cuando digo dar prioridad no digo que Uds. son las servidoras del IVE (hay que tener cuidado de no formular falsas dialécticas, frutos de una visión mundana y horizontal de la vida religiosa), porque no ha faltado quien se siente ‘usada’ por el IVE como si el fin de las SSVM fuese distinto al del IVE. Dar prioridad significa dar la preponderancia que se merecen a las obras de la Familia Religiosa, invertir los mejores recursos, poner a disposición todo lo que haga falta como quien invierte para el cielo, no poner condicionamientos ridículos, no esperar nada en retorno… es lo del Evangelio: es venderlo todo para comprar el campo donde está enterrada la perla. 

4. Disponibilidad 

“Absoluta disponibilidad para servir a la familia humana”[41]. Constantemente les pedía el Papa a las religiosas: disponibilidad para el servicio.

Es lo que el P. Buela y el derecho propio incansablemente también piden de Ustedes. En Servidoras II se lee: es necesario que la religiosa tenga “la disponibilidad interior, espiritual, de hacerlo lo mejor posible por el bien de los hermanos”[42]. Y anteriormente también les decía el Padre: “Una de las características de la mujer es el hacerse don… Este ser don apunta al servicio de Dios y a los hombres –las almas– e implica muchas veces el sacrificio. Hacerse don es dar su propia vida al otro, para que el otro decida sobre lo que quiere hacer con el donante. Es un servicio total que va acompañado por un elevado grado de olvido de sí mismo, para poder así ser totalmente libre en el servicio al otro”[43].

Lo propio de las Servidoras es dar con acabada y longánima entrega –sin reticencias, antes bien con actitud de tercer binario–, sin reservas, sabiendo inmolarse de un modo real cada día por amor a Jesucristo[44], y tener por el mayor gozo en esta vida el poder dar la vida por el Verbo Encarnado a quien sirve. ¿Acaso no las invitaba a eso el mismo Cristo cuando decía: quien pierda su vida por mí, ese se salvará[45]?

Cuando las hermanas son conscientes de esto, son generosas en el servicio y se les puede pedir lo que sea porque ellas lo van a hacer con una sonrisa y bien y responsablemente, es un placer trabajar con ellas. Cuando eso no se da, cuando se ponen miles de condiciones… entonces surgen las dificultades, los distanciamientos. Ustedes tienen que ser conscientes del rol protagónico que puede llegar a tener su servicio y Ustedes mismas deben ser las primeras en destacarse en esa disponibilidad para el servicio que en muchos casos y en tantas de nuestras misiones resulta un apoyo insustituible.

Esto me hace acordar al ejemplo de Santa Marianne Cope; no sé si la conocen. Ella nació en Alemania pero se crió en New York. Fue provincial de su congregación por dos períodos. Y un día le llegó una carta del P. Damián de Veuster pidiéndole religiosas para trabajar cuidando a los leprosos de Molokai –ella era todavía la provincial. Sometió el tema a votación al consejo provincial donde habían nueve hermanas, dadas las dificultades 8 votaron negativamente, solo un voto positivo, el de ella. ¿Saben cuál fue luego su respuesta? Renunció a su cargo de provincial y ella misma fue a atender a los leprosos. Tengan en cuenta que más de 50 comunidades religiosas habían declinado la petición. En una carta escribió: “No tengo miedo a la enfermedad. Para mí será la alegría más grande servir a los leprosos desterrados…”. Al ver el ejemplo de la superiora muchas hermanas de su comunidad se ofrecieron a ir, al punto que tuvieron que elegir sólo unas cuantas. Marianne Cope vivió treinta años en una lejana península de la isla de Molokai, exiliada voluntariamente con sus pacientes. Nunca más volvió a USA. Sus mismas hermanas decían de ella: “Era una mujer que no buscaba protagonismo. Su lema era: ‘Sólo por Dios’”.  Respecto de esto ella misma afirmó: “Yo no busco recompensa. Yo trabajo para Dios y lo hago feliz”.

También Ustedes, hermanas, deben llevar bien en alto el magnífico título de Servidoras. Siendo conscientes que la vida de toda Servidora consiste en vivir en el más y en el por encima[46], sin contar cuánto dan para que otros les den; sin calcular cuánto van a dar para asegurarse la ganancia; sin pesar los sacrificios, los olvidos, los desaires de aquellos mismos a quienes sirven; sin medir cuánto hace uno y cuánto hacen los otros. Porque toda la riqueza de una verdadera Servidora consiste en darse al Verbo[47] y ese es y debe ser siempre “su ‘estilo particular de santificación y de apostolado’”[48]. Lo cual me lleva a hablarles de la quinta cosa que Juan Pablo II les pedía a las religiosas si quieren “ser monjas de 10”:

5. Primacía de Dios 

Así se expresaba el Santo Padre: “Cada religiosa debe dar testimonio de la primacía de Dios y consagrar cada día un tiempo suficientemente largo a estar delante del Señor, para decirle su amor y, sobre todo, para dejarse amar por Él”[49].

“Ningún movimiento de la vida religiosa tiene valor alguno si no es simultáneamente un movimiento hacia el interior, hacia el ‘centro’ profundo de vuestra existencia, donde Cristo tiene su morada. No es lo que hacéis lo que más importa, sino lo que sois como mujeres consagradas al Señor”[50]. “De esta manera, estar en la plenitud de la fuerza de uno o ser débil, joven o en edad avanzada, eficiente o sin ninguna actividad directa, no importa: la evangelización es real y profunda en la medida en que la vida de Cristo se refleja a través de vida personal. Los grandes evangelizadores fueron eminentemente almas de oración, almas interiores: siempre han sabido cómo encontrar tiempo para la contemplación prolongada”[51].  

Bien saben ustedes lo que enseña el derecho propio acerca de esto, pues ya desde las primeras líneas de nuestras Constituciones se nos habla de la “primacía de lo espiritual en todo nuestro pensar, sentir y proceder”[52]; de no anteponer nada al amor de Jesucristo[53] y así a lo largo y ancho de todos nuestros documentos.

Primacía que se debe manifestar –si es que hemos de ser coherentes– en nuestro modo de vivir, de rezar, de hacer apostolado, de tomar decisiones, de enfrentar los problemas, de practicar los votos, etc. Lo cual implica un enfrentamiento así, a secas, con el mundo malo y exige de nuestra parte el conducirnos con espíritu de príncipe.

Fulton Sheen cuenta que un día un judío fue a verlo para venderle cientos de crucifijos de plata. Él le preguntó que de dónde los había sacado, a lo cual el hombre respondió: ‘de monjas que ya no los quieren usar’.

¿Por qué les cuento esto? Porque esta primacía de Dios en nuestras vidas no es una metáfora poética. Que Dios sea el primero en ser servido trae aparejado necesariamente la Cruz. Cruz a la cual las Servidoras deben estar firmemente adheridas.

Estas monjas de la anécdota evidencian con ese gesto ya no un desposorio con el Crucificado sino con el mundo.

Abran los ojos: Porque muchos vendrán diciéndoles –algunas veces solapadamente y otras abiertamente– que hay que dar “la primacía a la naturaleza sobre la gracia, como quiere todo progresismo”[54]; que ya no se usa el hacer apostolado en parroquias, porque la gente hoy en día se muda de un lugar a otro constantemente y terminan apacentándose a sí mismos y obstaculizan la misión. Les dirán que si no tienen vocaciones, que no se preocupen porque de lo contrario estarían cayendo en “complejo de inferioridad”; que en nombre de la transparencia (que no es tal) denuncien, que hablen, que lo importante es “manifestar lo que sienten” y así se justifican para divulgar lo que el bien común exige que se guarde en silencio y se alimentan a diario de chismes, comadreos y habladurías[55]. Y no van a faltar quienes les digan que se olviden del carisma porque en definitiva todos los carismas tienen la misma riqueza evangélica, y entonces se quejan y hablan del “invierno de la vida consagrada” tendiendo un manto sombrío y depresivo sobre la vida consagrada. ¡Ah! Pero eso sí, la culpa la tienen las familias porque “ya no son como antes”, porque los fundadores están siendo investigados, porque “es un riesgo admitir a la vida religiosa a jóvenes que asuman un compromiso antes de la edad madura”, porque ellos dicen que la vida contemplativa no va más porque lo importante hoy en día es ‘ir a la periferia’ y hablan de cerrar monasterios como si cerraran un kiosquito… Algunos arguyen también que las hermanas tienen que ‘ser abiertas de mente’, no convencidas firmemente de la verdad, y terminan siendo huecas y por lo tanto vulnerables a cualquier ideología, y así son incapaces de ofrecer soluciones positivas, o de convencer a nadie, ¡porque ellas mismas no están convencidas! Y entonces si decimos que “toda verdadera renovación de la vida religiosa consiste en un volver continuamente, con las adaptaciones necesarias, al espíritu legado por el Fundador y al cumplimiento de las Constituciones”[56] ellos dicen que corremos el riesgo de caer en el “Restauracionismo” (¡?). Y así podríamos seguir una larga lista de sin sentidos que en definitiva se resumen en el bájate de la cruz y creeremos[57].

Dense cuenta de que la primacía de Dios en nuestra vida, en nuestro Instituto trae consigo la Cruz. Y respecto de eso, lejos de nosotros el avergonzarnos, ¡tenemos que aferrarnos aún más!, de modo tal que nuestro anuncio de la verdad, nuestro modo de santificación y apostolado sea en todo ‘no negociable’. Eso hermanas exige –se los vuelvo a repetir– un no negociar con el mundo.  

De lo cual se deduce que la formación en sus cuatro aspectos es importantísima. ¿Por qué es importante? Les leo lo que dice el P. Buela: “Porque con tener monjas tontas no hacemos nada, y esa es la verdad. Porque monjas tontas, ¿qué producen? Otras tontas, porque operare sequitur esse, de tontas van a salir tontas. Tienen que ser monjas ‘vivas’, que se den cuenta en qué momentos estamos viviendo, cuáles son los ataques, quién es el enemigo y dónde está, qué es lo que hay que hacer”[58]. Dicho está, lo que falta, si es que algo falta –como dice San Juan de la Cruz– es obrar[59].

[1] Cada año Juan Pablo II se reunía en mayo con las Superioras Generales y en noviembre con los Superiores Generales.

[2] Cf. Directorio de Vida Consagrada, 381.

[3] 180.

[4] Directorio de Espiritualidad, 42.

[5] A la Unión Internacional de Superioras Generales en Roma (09/05/1989).

[6] A la Unión de Superioras Mayores de Italia (09/04/1988).

[7] Cf. Servidoras I, Parte II, cap. 2, 1.

[8] Cf. Ibidem.

[9] Cf. Directorio de Vida Consagrada, 229.

[10] Directorio de Espiritualidad, 108.

[11] Directorio de Vida Consagrada, 225.

[12] P. Buela, Servidoras II, Epílogo.

[13] A la Unión Internacional de Superioras Generales en Roma (16/11/1978).

[14] Constituciones, 7; 254; 257

[15] Sacerdotes para siempre, Parte I, cap. 5.4.

[16] P. Buela, Servidoras I, Parte II, cap. 3.8.2.a; citando a Juan Pablo II, La vida consagrada femenina.

[17] Servidoras II, Parte V, cap. 2.

[18] Directorio de Espiritualidad, 118.

[19] Obras fundamentales, Parte III, Reglas o Constituciones de la Sociedad de San Francisco de Sales, [15], 2.

[20] A la Unión Internacional de Superioras Generales en Roma (16/05/1991).

[21] Directorio de Espiritualidad, 31.

[22] A la Unión Internacional de Superioras Generales en Roma (14/05/1987).

[23] Ibidem; op. cit. cf. Perfectae Caritatis, 2b.

[24] Redemptionis Donum, 14.

[25] Cf. Directorio de Vida Consagrada, 389.

[26] Cf. Servidoras IV.

[27] Directorio de Vida Consagrada, 381; op. cit. Sagrada Congregación para los religiosos e institutos seculares, Criterios Pastorales sobre las relaciones entre Obispos y religiosos en la Iglesia, 14.

[28] Obras Eucarísticas, 5ª Serie, Ejercicios Espirituales dados a los religiosos de la Congregación del Santísimo Sacramento, pág. 1023ss.

[29] 37. Cf. Directorio de Gobierno, 1.

[30] Obras Fundamentales, Parte III, Documentos personales de Don Bosco referentes a las Hijas de María Auxiliadora, carta 8.

[31] Cf. Constituciones, 175.

[32] 67.

[33] 71.

[34] A la Asamblea de Superiores y Superioras Mayores de Italia en Roma (15/10/1981).

[35] A la Asamblea de Superioras Generales en Roma (13/05/1983).

[36] Directorio de Tercera Orden, 5.

[37] Directorio de Gobierno, 254.

[38] A la Asamblea de la Unión de las Conferencias Europeas de Superiores Mayores en Roma (17/11/1983).

[39] Conclusiones del IV Capítulo General Ordinario 2016 SSVM, 72.

[40] Directorio de Gobierno, 249.

[41] San Juan Pablo II, A la Unión Internacional de Superioras Generales en Roma (16/05/1991).

[42] P. Carlos Buela, IVE, Servidoras II, Parte II, cap.1, 3

[43] P. Carlos Buela, IVE, Servidoras I, Parte II, cap. 3, 8.

[44] Cf. Directorio de Vida Consagrada,274.

[45] Lc 9, 24.

[46] Directorio de Vida Consagrada, 465.

[47] Directorio de Espiritualidad, 52.

[48] Directorio de Vida Consagrada, 2.

[49] A la Unión Internacional de Superioras Generales en Roma (16/11/1978).

[50] A la Unión Internacional de Superioras Generales en Roma (14/11/1979); op. cit. Discurso a los sacerdotes, religiosos y religiosas de Irlanda (01/10/1979).  

[51] A la Asamblea Internacional de las Superioras Generales en Roma (13/05/1983).

[52] 9.

[53] 37.

[54] P. Carlos Buela, IVE, El Arte del Padre, Parte III, cap. 13, VII.

[55] Cf. P. Miguel Fuentes, IVE, Cuatro temas de estudio sobre la fama.

[56] Directorio de Vida Consagrada, 327.

[57] Cf. Mt 27,42.

[58] P. Carlos Buela, IVE, Servidoras IV, Parte IV, 4.

[59] Cf. Epistolario, Carta 8, A las Carmelitas Descalzas de Beas, Granada, 22 de noviembre de 1587.

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