Homilía en la Basílica de San Pedro

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Homilía durante la Misa en el altar de la Cátedra de la Basílica de San Pedro, junto a los participantes del Encuentro Internacional del IVE en Roma

Vaticano,

Hoy estamos aquí reunidos en torno al altar levantado sobre el mismísimo lugar que atesora los restos del Príncipe de los Apóstoles, como miembros de una única Familia Religiosa unidos en un mismo amor a Dios y a su Iglesia.

Amor en el cual queremos destacarnos siempre manifestando claramente con nuestro testimonio de vida que para nosotros el amor al Verbo Encarnado y a su Iglesia se identifican. Porque firmemente creemos y estamos convencidos de que el Cuerpo Místico de Cristo es Jesucristo mismo “continuado, difundido y comunicado”[1]. Por tanto, no hablamos de dos amores o servicios distintos, sino que nuestro amor y servicio a Jesucristo se identifican con nuestro amor y servicio a la Iglesia. 

Y del mismo modo que Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella[2] así también nosotros “queremos amar y servir, y hacer amar y hacer servir a Jesucristo… tanto al Cuerpo físico de Cristo en la Eucaristía, cuanto al Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia”[3].

Ahora bien, “a Jesús se le ama y se le sirve en la Cruz y crucificados con Él, y no de otro modo”[4]. Y lo mismo podemos decir respecto de la Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo: A la Iglesia se la ama y se le sirve en la Cruz y crucificados con ella, y no de otro modo.

Lo cual tiene consecuencias prácticas en nuestra vida, como lo vemos en la vida y en las enseñanzas del mismo Apóstol San Pedro en sus cartas.

Simón, hijo de Jonás, después de su confesión de Cristo como el Hijo de Dios vivo se escandalizó de la cruz que implicaba el seguimiento de Cristo y tan pronto como nuestro Señor le dice que va a tener que sufrir mucho y ser condenado a muerte Pedro trata de impedirlo, de alejarlo de la cruz, diciendo: ¡Lejos de ti Señor! Eso no te sucederá[5]. A lo cual el Verbo Encarnado responde llamándolo Satanás[6]. Porque siempre será asunto del diablo el alejarnos de la cruz.

Pedro se escandalizó de la cruz. Como tantos cristianos hoy en día que abandonan la iglesia con la excusa de que “nunca podrán llegar a ser nada con una cruz a cuestas.” Y como tantos otros que mantienen su fe a puertas cerradas por el compromiso que demanda la amistad con Cristo.

Sin embargo, Pedro aprendió la lección y debemos aprenderla también nosotros hoy. Por eso en una de sus cartas hermosamente nos advierte: Resistid firmes en la fe[7]; armaos también vosotros de la misma disposición que Cristo para padecer[8]. Sirvan cada uno a los demás con el don que hayan recibido, como buenos dispensadores de la gracia multiforme de Dios[9]. Y claramente nos aconseja que no nos avergoncemos de ser cristianos y de padecer algo por Cristo[10]; es decir que no nos avergoncemos de llevar bien en alto nuestra cruz.

Por este motivo, la misión de los laicos del Verbo Encarnado no puede reducirse al puro y simple ejemplo de honradez, competencia y fidelidad al deber. Todo eso se supone. Sino que además debe relucir en ustedes “un auténtico testimonio de vida cristiana”[11], un testimonio audaz y firme de Cristo, primordialmente por la irradiación de la fe, la esperanza y la caridad[12].

De Ustedes, la Iglesia y el Instituto mismo esperan “un testimonio vivo y candente de Cristo vivo en su Iglesia, esperan que hablen y obren con el ejemplo, que se caractericen ante los demás por la práctica efectiva de las virtudes cristianas, como hombres y mujeres que llevan a Jesús y a María en la sangre, esperan que se esfuercen en llenar de magnanimidad cristiana su actividad doméstica social y profesional”[13].

Es decir, ser un laico del IVE es ser alguien que ama y sirve de verdad a la Iglesia, trabajando con ahínco por su santificación personal, luchando por ser ‘otro Cristo’[14]. Lo cual se traduce en seguir a Jesús pobre, sin abatirse por la escasez ni ensoberbecerse con la riqueza; imitando a Cristo humilde sin ambicionar glorias vanas, sino en todo procurar agradar a Dios antes que a los hombres, dispuestos siempre a dejarlo todo por Cristo; e incluso hasta padecer persecución por la justicia, recordando siempre las palabras del Señor: si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame[15]. Ese será siempre el mejor servicio que Ustedes puedan brindar a la Iglesia. Porque –mis queridos hermanos– las palabras mueven, pero los ejemplos arrastran[16]; como lo experimentó el mismo San Pedro y murió crucificado cabeza abajo en este preciso lugar.

Cierto es que estos no son tiempos fáciles para vivir y practicar nuestra fe. No es fácil a los padres de familia educar cristianamente a sus hijos en un mundo que busca erradicar a Dios. No es fácil para los jóvenes vivir castos en un mundo que predica una vida sexual sin responsabilidad. No es fácil para los profesionales que luchan por la primacía de Cristo en la sociedad cuando sus colegas piensan que el fraude es parte del negocio, y la codicia el motor de la sociedad. Sin embargo, lo propio de nuestros laicos es dar testimonio de Cristo en todas las circunstancias y situaciones. Testimonio que debe estar libre de todo temor. No hay que sorprenderse de la violencia que se ha desatado contra ustedes para ponerlos a prueba, como si les sucediera algo extraordinario[17], nos advierte el Apóstol Pedro en su primera carta.

Porque fíjense Ustedes que “una de las observaciones más interesante hechas por nuestro Señor con respecto a Su Cuerpo Místico fue la de que sería odiado por el mundo, como Él mismo lo fue. El mundo ama las cosas del mundo, pero odia lo que es divino…pero como vosotros no sois del mundo, antes os he elegido del mundo, por eso os odia el mundo[18][19].

Pero en eso mismo, dice el Príncipe de los Apóstoles, debemos alegrarnos: Alégrense en la medida en que puedan compartir los sufrimientos de Cristo. Así, cuando se manifieste su gloria, ustedes también desbordarán de gozo y de alegría. Felices si son ultrajados por el nombre de Cristo, porque el Espíritu de gloria, el Espíritu de Dios, reposa sobre ustedes[20]. Noten ustedes que el apóstol menciona sufrimientos, ultrajes… todo eso es parte del programa.

 Por eso hoy vuelve a decirnos San Pedro, con todo el poder de la verdad divina que subsiste en su palabra: ¿Quién puede hacerles daño si se dedican a practicar el bien? Dichosos ustedes, si tienen que sufrir por la justicia. No teman ni se inquieten; por el contrario, glorifiquen en sus corazones a Cristo, el Señor. Estén siempre dispuestos a defenderse delante de cualquiera que les pida razón de la esperanza que ustedes tienen. Pero háganlo con suavidad y respeto, y con tranquilidad de conciencia. Así se avergonzarán de sus calumnias todos aquellos que los difaman, porque ustedes se comportan como servidores de Cristo. Es preferible sufrir haciendo el bien, si esta es la voluntad de Dios, que haciendo el mal[21].

 Hemos sido engendrados para una herencia que no puede corromperse, ni mancharse, ni marchitarse, y que está reservada en los cielos para nosotros[22]. Por eso, con la mirada fija en Cristo debemos lanzarnos a la épica misión de transformar el mundo para Cristo.

* * * * *

Muy queridos todos: “La ley del Cuerpo es la ley de la Cabeza: Crucifixión y Tumba Vacía. […] Ahora el cristianismo está sufriendo un ataque. Pero eso significa que estos son días maravillosos para estar vivo. Es fácil flotar corriente abajo. Los cadáveres flotan río abajo. Pero se necesitan cuerpos vivos para resistir la corriente. […] La vida católica verdadera no está hecha de actos rutinarios de piedad, sino por una crisis que nos presenta una gran elección […] Es por eso que estos son días espléndidos para vivir. Podemos tomar decisiones que tendrán una repercusión en la eternidad”[23].  

Nos encomendamos a María, Madre de la Iglesia y a las oraciones del Apóstol San Pedro, sobre cuya tumba celebramos esta Santa Misa.

 

[1] Directorio de Espiritualidad, 227.

[2] Ef 5, 25.

[3] Cf. Constituciones, 7.

[4] Cf. Directorio de Espiritualidad, 143.

[5] Mt 16, 13.

[6] Mt 16, 23.

[7] 1 Pe 5, 9.

[8] Cf. 1 Pe 4, 1.

[9] 1 Pe 4, 10.

[10] Cf. 1 Pe 4, 16.

[11] Directorio de Tercera Orden, 142.

[12] Cf. Ibidem.

[13] Cf. Ibidem.

[14] Cf. Directorio de Tercera Orden, 8.

[15] Mt 16, 24.

[16] Cf. Directorio de Tercera Orden.

[17] 1 Pe 4, 12.

[18] Jn 15, 9.

[19] Cf. Ven. Arz. Fulton Sheen, The Rock Plunged Into Eternity, cap. 3, Mensaje radiofónico pronunciado el 15 de enero de 1950. [Traducido del inglés]

[20] 1 Pe 4, 13-14.

[21] 1 Pe 3, 13-17.

[22] Cf. 1 Pe 1, 4.

[23] Cf. Ven. Arz. Fulton Sheen, Those Mysterious Priests, cap. 10. [Traducido del inglés]

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