Directorio de Espiritualidad

Contenido

DIRECTORIO DE ESPIRITUALIDAD
del INSTITUTO DEL VERBO ENCARNADO

 

ÍNDICE ALFABÉTICO DE LAS REFERENCIAS
DE LOS DOCUMENTOS MAGISTERIALES CITADOS Y/O MENCIONADOS EN EL TEXTO DE LAS CONSTITUCIONES
Y DEL DIRECTORIO DE ESPIRITUALIDAD

Ad Diem Illum LaetissimumSan Pío X, Carta encíclica Ad Diem Illum Laetissimum sobre la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen (2/2/1904)
Ad GentesConcilio Vaticano II, Decreto Ad Gentes sobre la actividad misionera de la Iglesia (7/12/1965)
Aeterni Patris León XIII, Carta encíclica Aeterni Patris sobre la restauración de la filosofía cristiana conforme a la doctrina de Santo Tomás de Aquino (4/8/1879)
Benigna Hominum Parens León XIII, Breve Benigna Hominum Parens para instituir el Pontificio Colegio Armenio de Roma (1/3/1883)
Carta sobre Formación EspiritualCongregación para la Educación Católica, Carta circular sobre algunos aspectos más urgentes de la formación espiritual en los Seminarios (6/1/1980)
Catechesi Tradendae San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Catechesi Tradendae sobre la catequesis en nuestro tiempo (16/10/1979)
Christifideles LaiciSan Juan Pablo II, Exhortación apostólica Christifideles Laici sobre la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo (30/12/1988)
Christus Dominus Concilio Vaticano II, Decreto Christus Dominus sobre el ministerio pastoral de los obispos (28/10/1965)
Communionis NotioCongregación para la Doctrina de la Fe, Carta Communionis Notio sobre algunos aspectos de la Iglesia entendida como comunión (28/5/1992)
Credo del Pueblo de DiosSan Pablo VI, Solemne Profesión de fe Credo del Pueblo de Dios, al concluir el Año de la fe proclamado con motivo del XIX centenario del martirio de los apóstoles Pedro y Pablo en Roma (30/6/1968)
Dei Verbum Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Dei Verbum sobre la divina revelación (18/11/1965)
Dives in MisericordiaSan Juan Pablo II, Carta encíclica Dives in Misericordia sobre la misericordia divina (30/11/1980)
Divini Illius Magistri Pío XI, Carta encíclica Divini Illius Magistri sobre la educación cristiana de la juventud (31/12/1929)
Divino Afflante SpirituPío XII, Carta encíclica Divino Afflante Spiritu sobre los estudios bíblicos (30/9/1943)
Documento de Puebla III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Documento de Puebla (23/3/1979)
Dominum et Vivificantem San Juan Pablo II, Carta encíclica Dominum et Vivificantem sobre el Espíritu Santo en la vida de la Iglesia y del mundo (18/5/1986)
Ecclesiae ImagoCongregación para los Obispos, Directorio Ecclesiae Imago (22/2/1973)
Ecclesiam SuamSan Pablo VI, Carta encíclica Ecclesiam Suam sobre el “mandato” de la Iglesia en el mundo moderno (6/8/1964)
Evangelica Testificatio San Pablo VI, Exhortación apostólica Evangelica Testificatio sobre la renovación de la vida religiosa según las enseñanzas del Concilio (29/6/1971) 
Evangelii Nuntiandi San Pablo VI, Exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi sobre la evangelización en el mundo contemporáneo (8/12/1975)
Exultate DeoEugenio IV, Bula Exultate Deo sobre la unión de los armenios (22/11/1439)
Fausto Appetente Die Benedicto XV, Carta encíclica Fausto Appetente Die en ocasión del VII aniversario de la muerte de Santo Domingo de Guzmán (29/6/1921)
Gaudium et SpesConcilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo actual (7/12/1965)
Haerent Animo San Pío X, Exhortación apostólica Haerent Animo en ocasión del 50º aniversario de su sacerdocio (4/8/1908)
Laudis Canticum San Pablo VI, Constitución apostólica Laudis Canticum con la que se publica el oficio divino reformado (1/11/1970)
Lumen GentiumConcilio Vaticano II, Constitución Dogmática Lumen Gentium sobre la Iglesia (21/11/1964)
Marialis Cultus San Pablo VI, Exhortación apostólica Marialis Cultus para la recta ordenación y desarrollo del culto a la Santísima Virgen María (2/2/1974)
Mediator DeiPío XII, Carta encíclica Mediator Dei sobre la sagrada liturgia (20/1/1947)
Mirabilis Deus San Pío V, Bula Mirabilis Deus para proclamar a Santo Tomás de Aquino doctor de la Iglesia (11/4/1567)
Mutuae Relationes Congregación para los Obispos – Con­grega­ción para los Religio­sos e Institutos Seculares, Directivas Mutuae Relationes sobre la relación entre los obispos y los religiosos en la iglesia (14/5/1978)
Mystici Corporis ChristiPío XII, Carta encíclica Mystici Corporis Christi sobre la Iglesia (29/6/1943)
Optatam Totius Concilio Vaticano II, Decreto Optatam Totius sobre la formación sacerdotal (28/10/1965)

 

CAPÍTULO 1: EL MISTERIO DEL VERBO

 

Introducción

  1. Queremos estar anclados en el misterio sacrosanto de la Encarnación, que es “el misterio primero y fundamental de Jesucristo”[1], actualmente presente, y desde allí lanzarnos osadamente a restaurar todas las cosas en Cristo (Ef 1,10). Queremos ser otra Encarnación del Verbo para encarnarlo en todo lo humano.
  2. Nuestra religión “es una doctrina, pero sobre todo es un acontecimiento: el acontecimiento de la Encarnación, Jesús, Hombre-Dios que ha recapitulado en sí el Universo (cf. Ef 1,10)”[2]. “Imposible es encontrar algo semejante al misterio de la Santísima Trinidad y de la Encarnación”[3].
  3. Pues bien, del hecho de la Encarnación redentora queremos sacar luz y fuerzas siempre nuevas, ya que Jesucristo es fuente inexhausta de Ser, de Verdad, de Bondad, de Belleza, de Vida, de Amor.

    Artículo 1: Primacía de Jesucristo
     
  4. Confesamos la preeminencia de Cristo, aún en cuanto hombre, sobre toda la creación. Primacía que Cristo tiene sobre las almas y sobre los cuerpos de los miembros de su Cuerpo místico y, también, sobre todos los hombres de todos los tiempos –es Cabeza de todos– incluso de los no predestinados, quienes sólo dejarán de ser miembros en potencia del Cuerpo de Cristo cuando salgan de este mundo. El Hijo es “el arte del Padre”[4].
  5. Confesamos que Cristo es Cabeza de la Iglesia[5] y de todos los hombres[6], y que sobre todos tiene una triple primacía: de orden, de perfección y de poder. Tiene prioridad de orden, ya que por su proximidad con Dios su gracia es la más elevada y la primera, aunque no temporalmente; porque todos cuantos reciben la gracia la reciben en relación con la suya: A los que de antes conoció, a ésos los predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que Este sea el primogénito entre muchos hermanos (Rm 8,29). Tiene prioridad de perfección, porque posee la plenitud de todas las gracias: Le hemos visto… lleno de gracia y de verdad (Jn 1,14). Tiene prioridad en el poder, ya que Él tiene todo el poder de comunicar la gracia y la gloria a todos los miembros de su Cuerpo: De su plenitud todos hemos recibido gracia sobre gracia (Jn 1,16).
  6. Por eso las herejías de todos los tiempos tienen y tendrán un común denominador: disminuir la dignidad de Jesucristo. Señalaba San León Magno: “Casi ningún (hereje) ha sido engañado sin haber abandonado la creencia en la verdad de las dos naturalezas asociadas a la única persona de Cristo”[7]; y Santo Tomás enseña que “cuando uno considera en su conjunto los errores de los herejes es manifiesto que su fin principal es disminuir a Cristo en su dignidad”[8]. Finalmente, “no existe otro misterio fuera de Cristo”[9]. Y de aquí que San Felipe Neri enseñe que “el que quiere otra cosa que no sea Cristo, no sabe lo quiere. El que pide otra cosa que no sea Cristo, no sabe lo que pide. El que obra, y no por Cristo, no sabe lo que hace”[10].

    Artículo 2: Amor al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo
  7. La contemplación del misterio de la Encarnación alimenta el amor a la Trinidad Santísima: Padre, Hijo y Espíritu Santo, que fue la realizadora de la Encarnación; y nos enciende en ardiente amor al Verbo que “por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo”[11]; y al Verbo en su preexistencia, entrada al mundo, vida terrena –obras y enseñanzas–, salida del mundo, vida mística y segunda Venida.


    Artículo 3: Preexistencia del Verbo
  8. a) Persona eterna. La persona del Verbo existe desde toda la eternidad: al principio era el Verbo… y Él estaba al principio junto a Dios (Jn 1,1-2). Al confesar la existencia del Verbo como anterior a la Santísima Virgen y anterior a la creación del mundo, queremos basar nuestra espiritualidad en el absoluto de Dios, ante quien todo es como nada[12]. Siempre debe ser capi­tal para nosotros la exhortación de San Cipriano de “no anteponer nada a Cristo”[13], convencidos de que “Dios ama a Cristo más que a todo”[14], y la convicción de Santa Teresa: “Sólo Dios basta”[15]. Queremos en todo y por todo dar primacía a lo espiritual y entregarnos en santo abandono a la voluntad de beneplácito de Dios, ya que, como respuesta a la revelación de Dios “el hombre debe abandonarse enteramente en Dios”[16].

  9. b) Persona distinta. Y el Verbo estaba junto a Dios (Jn 1,1). El Verbo es la “Palabra que procedió del silencio”[17]. La distinción personal del Verbo con el Padre y el Espíritu Santo nos impele a que toda nuestra vida lleve la impronta trinitaria, que es el máximo misterio de Dios, es plenitud del hombre y es “la sustancia del Nuevo Testamento”, en la que los hombres por medio del Hijo hecho carne tienen acceso en el Espíritu Santo al Padre y se hacen partícipes de la naturaleza divina (2 P 1,4). Debe ser un timbre de honor el confesar “la distinción de las personas, la unidad de su naturaleza y la igualdad en la majestad”[18].
  10. c) Persona divina. Y el Verbo era Dios (Jn 1,1). Reconocemos en Él la plenitud de la divinidad y todos los atributos del ser y del obrar divinos y que todas las cosas fueron hechas por Él y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho (Jn 1,3). De manera particular, queremos vernos en Él a nosotros mismos y a todo hombre, y vernos creados “a imagen y semejanza de Dios”[19], y además, “por Él y ante Él comprender que el hombre es único e irrepetible; alguien eternamente ideado y eternamente elegido; alguien llamado y denominado por su propio nombre”[20].

    CAPÍTULO 2: EL MISTERIO DEL VERBO ENCARNADO

     

    Artículo 1: Su primera Venida

  11. Y el Verbo se hizo carne (Jn 1,14). La obra de la Encarnación es común a las tres divinas personas, pero se atribuye al Espíritu Santo porque: a) tiene por causa el máximo amor de Dios: de tal modo amó Dios al mundo que le dio a su Unigénito Hijo (Jn 3,16); b) la naturaleza humana no fue asumida por mérito propio, sino por la sola gracia, la cual se atribuye al Espíritu Santo: Hay diversidad de gracias, pero el Espíritu Santo es el mismo (1 Co 12,4); c) Jesucristo es el solo Santo e Hijo de Dios: lo que nacerá de ti será Santo, será llamado Hijo de Dios (Lc 1,35); y en Él somos hechos hijos de Dios: porque sois hijos envió Dios al Espíritu de su Hijo a nuestros corazones que grita: “¡Abba! ¡Padre!” (Ga 4,6), y somos santificados, ya que es el Espíritu de santificación (Rm 1,4).
  12. Basados en el misterio de la Encarnación, obrado por el Espíritu en María Virgen, debemos cantar siempre las misericordias de Dios[21] porque “por la Encarnación del Verbo se hace creíble la inmortalidad de la dicha”[22], debemos tener clara conciencia de que sin Jesucristo nada podemos[23], y debemos propender con todas nuestras fuerzas a adelantar siempre en la virtud.
  13. De allí que debamos obrar movidos por el Espíritu Santo teniéndole suma docilidad. Para ello tres cosas queremos tener:
  14. a) Atención a las inspiraciones del Espíritu Santo, como la Virgen, a quien el ángel Gabriel pudo presentarse y hablar por su habitual atención a las mociones del Espíritu[24]; para ello hay que trabajar contra la habitual disipación, la falta de mortificación y los afectos desordenados.
  15. b) Discernimiento de espíritus para aceptar y secundar las mociones del Espíritu Santo y rechazar las del mal espíritu; siendo muy prudentes, a ejemplo de la Virgen, que se preguntaba qué podría significar aquel saludo (Lc 1,29).
  16. c) Docilidad y prontitud en la ejecución de lo que pide el Espíritu Santo, como la Virgen, quien rápidamente se puso en camino (Lc 1,39), porque “los cálculos lentos son extraños a la gracia del Espíritu Santo”[25]; trabajando siempre contra la tentación de la dilación, contra el miedo al sacrificio y a la entrega total y contra la tentación de recuperar lo que hemos dado buscando compensaciones o instalándonos, poniendo “nido”[26] en cosas que no sean Dios.
  17. El sintonizar con el Espíritu Santo nos debe mover a vivir las bienaventuranzas evangélicas, a dejarnos llevar por la acción de los dones del Espíritu y a ser fecundos en producir sus frutos: caridad, gozo, paz, longanimidad, afabilidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza (Ga 5,22).
  18. También debemos considerar el “sí” de la Santísima Virgen: Hágase en mí según tu palabra (Lc 1,38). El consentimiento de la Madre de Dios nos muestra que no fue “un mero instrumento pasivo, sino cooperadora a la salvación humana por libre fe y obediencia”[27]. Y nosotros tampoco debemos ser instrumentos pasivos.
  19. La Virgen dio su “sí” en calidad de esclava: He aquí la esclava del Señor (Lc 1,38); y miró Dios la humildad de su esclava (Lc 1,48); y entonces tomó el Verbo forma de esclavo, haciéndose semejante a los hombres (Flp 2,7) en sus entrañas purísimas. Por eso nuestra espiritualidad quiere estar signada, con especial relieve, al profesar un cuarto voto de esclavitud mariana, según el espíritu de San Luis María Grignion de Montfort, de modo que toda nuestra vida quede marianizada. Al hablar de los votos profundizaremos en nuestra espiritualidad mariana.


    a) La divinidad de Jesús

  20. Desde siempre ha sido central en la fe católica la confesión de San Pedro: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo (Mt 16,16), y tiene que ser central en nuestra espiritualidad. “Sólo hemos sido salvados si Jesucristo comparte en su persona la plena vida divina” enseñó San Juan Pablo II[28]; y, en otra oportunidad, dijo que al confesar que Jesús es el Señor (Rm 10,9)[29] “rompemos con todo lo demás que pretenda erigirse en absoluto, y destruimos los ídolos del dinero, del poder, del sexo, los que se esconden en las ideologías, ‘religiones laicas’ con ambición totalitaria”[30].

  21. Él es el “Camino” para ir al Padre y nadie va al Padre sino por Él[31]. Tiene el único nombre por el cual podemos ser salvos (Hch 4,12). Es el que hace que la Iglesia sea un “sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano”[32]. Es el que sostiene todos los dogmas de la Iglesia, ya que es “la verdad que incluye todas las demás”[33]. Es el que nos muestra la primacía y el peso de la eternidad sobre toda realidad temporal.
  22. El confesar la divinidad de Jesucristo debe movernos, además, a la práctica de las virtudes de la trascendencia: fe, esperanza y caridad, y, de éstas, a la urgencia de la oración y contemplación incesantes, y a la conciencia de la necesidad de las purificaciones activas y pasivas del sentido y del espíritu.
  23. Contemplando que el Verbo Encarnado es “Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no hecho, consustancial con el Padre”[34], queremos dejar de lado toda postura de puro humanismo (humanismo sin trascendencia) que termina aniquilando al hombre, y todo falso kenotismo (anonadamiento) que, con excusa de ir a lo inferior, se vacía de lo superior, como hacen, por ejemplo, aquellos que por “estar en el mundo” se allanan al espíritu del mundo, vaciándose, y se olvidan de que los cristianos están en el mundo, pero no son del mundo (Jn 17,16). Porque “si Dios faltara completamente al hombre, el hombre dejaría de existir. La gloria de Dios es que el hombre viva, pero la vida del hombre es ver a Dios”[35].


    b) La humanidad de Jesús

  24. San Juan Bautista anunció a Jesús: Detrás de mí viene un hombre (Jn 1,30), San Pedro lo negó ante la criada: No conozco a ese hombre (Mt 26,72), y Pilato lo presentó a la turba: Ecce homo (Jn 19,5). Confesamos que Jesús no sólo es Dios, sino, también, verdadero hombre, como lo hiciera el centurión: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios (Mc 15,39).
  25. El hacerse hombre es “el misterio primero y fundamental de Jesucristo”[36]. “Dios no estuvo nunca tan cercano del hombre –y el hombre jamás estuvo tan cercano a Dios– como precisamente en ese momento: en el instante del misterio de la Encarnación”[37].
  26. El Verbo, que expresa no sólo al Padre, sino también expresa el ser y el obrar de todas las creaturas[38] y de manera particular, de todo hombre, varón o mujer, “manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación”, al punto tal que “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo Encarnado”[39].
  27. De aquí se deriva, raigalmente, uno de los elementos principales de nuestra espiritualidad. Decía Terencio: “soy hombre y nada de lo humano me es ajeno”[40]. Con mayor razón, por la Encarnación, nada de lo auténticamente humano nos es extraño. Por tanto, debemos trabajar para prolongar la En­carnación en toda la realidad, de manera específica, evangelizando la cultura, porque “ninguna actividad humana es extraña al Evangelio”[41].
  28. Para nosotros Cristo se identifica misteriosamente con cada hombre, y cada hombre y todos los hombres sólo pueden ser entendidos en Cristo Jesús, sabiendo que “fue necesario al género humano que Dios se hiciera hombre para demostrar al género humano la dignidad de la naturaleza humana”[42]. Dirá Él en el día del Juicio: porque tuve hambre y me disteis de comer… (Mt 25,35). Los pobres son Cristo: “representan el papel del Hijo de Dios”[43]; los peregrinos son Cristo: “recíbaselos como al mismo Cristo”[44]; los niños son Cristo: El que los recibe a mí me recibe (Mt 18,5); en todo hombre está “Jesús oculto en el fondo de su alma”[45]. Por eso decía San Agustín: “en Él somos cristos y Cristo”[46].
  29. Si todo cristiano debería pasar por la tierra a imitación del Dios Encarnado, con mucha mayor razón debemos vivir nosotros esta realidad como religiosos de la familia “del Verbo Encarnado”. Y no sólo vivir nosotros la vida de Cristo buscando en todo a Dios, sino difundir la vida de Cristo en los demás, e informar con ella las culturas de los hombres para elevar al hombre: “que el hombre se sienta inclinado a unirse a las cosas inferiores a Dios, tomándolas como fin, es por ignorar la dignidad de la propia naturaleza”[47].
  30. Esta realidad, misteriosa y gozosa, de ser “otros Cristos” (central en nuestra espiritualidad) lo lleva a San Pablo a inventar palabras para expresarla: conmortui (2 Tm 2,11), consepulti (Rm 6,14), conresuscitati (Ef 2,6), convivificati (Ef 2,5), complantati (Rm 6,5), convivemus (2 Tm 2,11), consedere (Ef 2,6)… llegando a exclamar: Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (Ga 2,20). Muy hermosamente dice Santa Isabel de la Trinidad que debemos ser “como una nueva encarnación del Verbo”, “como otra humanidad suya”, de modo que el Padre no vea en nosotros “más que el Hijo amado”[48].
  31. Ya somos, en principio, Cristo por el Bautismo, pero es nuestra tarea serlo en plenitud, muriendo y viviendo, como dice San Pablo: haced de cuenta que estáis muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús (Rm 6,11), y como dice San Pedro: Llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que, muertos al pecado, viviéramos para la justicia… (1 P 2,24).
  32. Muriendo:
    – al pecado y a las obras de la carne, ya que en Cristo tenemos la Redención por su sangre, la remisión de los pecados según la riqueza de su gracia (Ef 1,7), los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y concupiscencias (Ga 5,24);
    – a la pena del pecado, o sea, al mundo malo: he vencido al mundo (Jn 16,33), porque antes vivíamos en servidumbre bajo los elementos del mundo (Ga 4,3); y al infierno, porque: al nombre de Jesús se doble toda rodilla… en el infierno (Flp 2,10);
    – al miedo a la muerte, ya que el Hijo de Dios se encarnó para librar a aquellos que por el temor de la muerte estaban toda la vida sujetos a servidumbre (Hb 2,15);
    – al poder del demonio: para esto apareció (se encarnó) el Hijo de Dios, para destruir las obras del diablo (1 Jn 3,8);
    – a la esclavitud de la vieja ley: nos redimió de la maldición de la ley (Ga 3,13).
  33. Viviendo:
    – la vida de la gracia en plenitud, ya que Cristo ha venido en carne para traernos vida, y vida en abundancia[49]: esa vida es la gracia de Dios que nos hace partícipes de la naturaleza divina (2 P 1,4), es la vida sobrenatural de las virtudes teologales, de las morales infusas y de los dones del Espíritu Santo;
    – la vida profética, por la que participamos “de la función profética de Cristo”[50], dando testimonio de la fe y caridad, ofreciendo a Dios el sacrificio de alabanza, enseñando a tiempo y a destiempo[51] la Palabra, sea en la predicación, en la docencia, escribiendo o investigando, en la evangelización o en la catequesis, etc.;
    – la vida sacerdotal, tanto del sacerdocio común derivado del Bautismo, como del ministerial o jerárquico (esencial y no gradualmente distinto)[52];
  34. – la vida del señorío, que connota una cierta razón de dominio:
    a) Señorío sobre sí mismo: en la medida en que el hombre triunfa sobre el pecado, domina los incentivos de la carne, y gobierna su alma y su cuerpo. El religioso, en la medida en que somete cumplidamente su alma a Dios, llega a una situación de indiferencia y desapego a las cosas del mundo, lo cual no quiere decir impotencia sino al contrario, una voluntad dominadora y libre, capaz de dedicarse a las cosas sin dejarse dominar por ellas.
  35. b) Señorío sobre los hombres: en la medida en que el religioso se entrega generosamente al servicio de Jesucristo, el único Rey que merece ser servido, adquiere una realeza efectiva, aunque espiritual, sobre los hombres, aun sobre los que tienen poder y autoridad, y aun sobre los que abusan de ella. Porque toman sobre sí la carga de sus pecados y sus penas, por un amor humilde y servicial que llega hasta el sacrificio de sí mismo.
  36. c) Señorío sobre el mundo, de dos maneras:
    – Una, colaborando con el mundo de la creación por el trabajo y el mundo de la Redención por el apostolado. Para que esta realeza sea efectiva será necesario que junto a una dedicación a las cosas, haya al mismo tiempo, un desprendimiento y desapego de las mismas: Sólo queda que los que tengan mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran como si no llorasen; los que se alegran como si no se alegrasen; los que compran como si no poseyesen, y los que disfrutan del mundo, como si no disfrutasen, porque pasa la apariencia de este mundo (1 Co 7,29ss.).
    – Otra, rechazando el mundo, ya sea por lealtad al mundo mismo que debe ser tenido como medio y no como fin, ya sea por lealtad hacia Dios, resistiendo a las concupiscencias, tentaciones y pecados del mundo; siendo independientes frente a las máximas, burlas y persecuciones del mundo, sólo dependiendo de nuestra recta conciencia iluminada por la fe; dispuestos al martirio por lealtad a Dios, lo que constituye el rechazo pleno y total del mundo malo.
  37. La gracia más grande que Dios puede conceder a nuestra minúscula Familia Religiosa es la persecución, en especial aquélla que llegue al martirio[53]: “Viva siempre Jesucristo que nos da fuerza para soportar todas las pruebas por su amor. Las obras de Dios siempre se vieron combatidas para mayor esplendor de la divina magnificencia”[54]. Debemos recordar siempre que la persecución para que sea bienaventurada debe reunir, imprescindiblemente, dos requisitos: que seamos “injuriados por causa de Cristo”, y que sea “falso lo que se dice contra nosotros”[55]; y cuidar mucho de no volver y revolver en nuestros males, entreteniéndonos con delicadas complacencias en ellos, o cayendo en “esa creencia luciferina de que somos algo grande”[56], de que estamos sufriendo mucho. Nuestro orgullo nos lleva a “considerar como vigas las hierbas, como llagas las picaduras, como elefantes los ratones”[57].
  38. d) Señorío sobre el demonio: Necesitamos religiosos convencidos no sólo de que tienen por gracia de Dios poder para resistir al demonio, sino también poder para exorcizarlo.
  39. – Viviendo como resucitados: buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios; pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra (Col 3,1); en la libertad de los hijos de Dios que no se esclavizan:
    – ni bajo los elementos del mundo (Ga 4,3),
    – ni bajo la letra que mata[58],
    – ni bajo el espíritu del mundo[59],
    porque no debemos sujetarnos al yugo de la servidumbre… (de lo contrario) Cristo no nos aprovecharía en nada[60].
  40. Debemos ser tan dóciles al Espíritu que podamos decir: “Mi gloria es vivir tan libre / como pájaro en el cielo; / no hago nido en este suelo…”; no debiendo nada a la carne porque toda carne es como heno y toda su gloria como flor de heno (1 P 1,24) y si vivimos por el Espíritu, andemos según el Espíritu (Ga 5,25), ya que lo que nace de la carne, carne es; pero lo que nace del Espíritu, es Espíritu (Jn 3,6).
  41. Eso es tener espíritu de príncipe[61]: es orientar el alma a actos grandes… es preocuparse de las cosas grandes… es realizar obras grandes en toda virtud. Es ser noble. Y ¿qué es ser noble?… Eso se siente y no se dice. Es un hombre de corazón. Es un hombre que tiene algo para sí y para otros. Son los nacidos para mandar. Son los capaces de castigarse y castigar. Son los que en su conducta han puesto estilo. Son lo que no piden libertad sino jerarquía. Son los que se ponen leyes y las cumplen… Son los que sienten el honor como la vida. Los que por poseerse pueden darse. Son los que saben en cada instante las cosas por las cuales se debe morir. Los capaces de dar cosas que nadie obliga y abstenerse de cosas que nadie prohíbe. Son los que se tienen siempre por principiantes: tengámonos siempre por principiantes, sin cesar de aspirar nunca a una vida más santa y más perfecta, sin detenernos nunca.
  42. De modo tal que estemos firmemente resueltos a alcanzar la santidad. Un religioso que no esté dispuesto a pasar por la segunda y la tercera conversión, o que no haga nada en concreto para lograrlo, aunque esté con el cuerpo con nosotros no pertenece a nuestra familia espiritual. Debemos tener “una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella (la santidad), venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabájese lo que se trabajare, murmure quien murmure, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo…”[62]. Lo que importa es dar un paso, un paso más, siempre es el mismo paso que vuelve a comenzar.
  43. Por el Bautismo, por la práctica de las virtudes y por razón de la profesión religiosa, “que radica íntimamente en la consagración del Bautismo y la expresa con mayor plenitud”[63], queremos imitar más de cerca y representar perpetuamente en la Iglesia aquella forma de vida que el Hijo de Dios escogió al encarnarse[64].
  44. Queremos imitar lo más perfectamente posible a Jesucristo, ya que Él nos enseña: Os he dado ejemplo (Jn 13,15) y San Pablo exhorta: Tened los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús… (Flp 2,5), de tal manera que seamos el buen olor de Cristo (2 Co 2,15), embajadores de Cristo (2 Co 5,20)… del misterio del Evangelio (Ef 6,19), carta de Cristo (2 Co 3,3), revestidos de Cristo (Ga 3,27), firmemente convencidos de que somos predestinados a ser conformes con la imagen de su Hijo (Rm 8,29), reproduciéndolo[65], haciéndonos semejantes a Él[66], configurándonos con Él[67], sabiendo que reflejamos la misma imagen (2 Co 3,18) del Hijo Único de Dios. Queremos imitarlo hasta que podamos, de verdad, decir a los demás: Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo (1 Co 11,1), ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (Ga 2,20).
  45. El hecho de haber asumido el Verbo una naturaleza humana nos debe mover a la práctica de las virtudes del anonadarse: humildad, pobreza, dolor, obediencia, renuncia a sí mismo, misericordia y amor a todos los hombres.
  46. Del mismo hecho de hacerse hombre sin dejar de ser Dios, debemos aprender a estar en el mundo[68], “sin ser del mundo”[69]. Debemos ir al mundo para convertirlo y no mimetizarnos con él. Debemos ir a la cultura y a las culturas del hombre no para convertirnos en ellas, sino para sanarlas y elevarlas con la fuerza del Evangelio, haciendo, análogamente, lo que hizo Cristo: “Suprimió lo diabólico, asumió lo humano y le comunicó lo divino”[70].
  47. Al igual que Cristo se hizo semejante a nosotros en todo excepto en el pecado (Hb 4,15), para nosotros son inasumibles el pecado, el error y todos sus derivados. Antes de bautizar hay que exorcizar; sin conversión es imposible la reconciliación; sin renunciar al mal no existe Redención. No puede haber unidad a costa de la verdad. No hay santidad sin limpieza de alma: “santidad, limpieza quiere decir”[71].
  48. Sólo puede asumirse lo que tiene dignidad o necesidad. No puede asumirse ni lo inhumano, ni lo antihumano, ni lo infrahumano. Son inasumibles lo irracional, lo absurdo y todos sus derivados.
  49. Pero nada de lo auténticamente humano debe ser rechazado, ya que Cristo asumió una naturaleza humana íntegra. Debemos asumir todo lo humano ya que “lo que no fue tomado tampoco fue redimido”[72], y lo humano que no es asumido “se constituye en un ídolo nuevo con malicia vieja”[73].
  50. Y ese asumir lo humano no debe ser sólo aparente, sino real. Esa asunción sólo es real cuando de verdad transforma lo humano en Cristo, elevándolo, dignificándolo, perfeccionándolo. Lo que se deja sólo al nivel humano, sólo aparentemente se lo ha asumido.
  51. Vale lo dicho, de manera particular, para la evangelización de la cultura, que exige de nosotros una espiritualidad con matices peculiares: “ello pide un modo nuevo de acercarse a las culturas, actitudes y comportamientos para dialogar con profundidad con los ambientes culturales y hacer fecundo su encuentro con el mensaje de Cristo. Y de parte de los cristianos responsables, esta obra exige una fe esclarecida por la reflexión continua que se confronta con las fuentes del mensaje de la Iglesia y un discernimiento espiritual constante procurado en la oración”[74], no olvidando nunca que “la verdadera inculturación es desde dentro: consiste, en último término, en una renovación de la vida bajo la influencia de la gracia”[75].
  52. Además, debemos atender espiritualmente a las religiosas, por la misma dignidad de su consagración, que las hace ser “esposas del Verbo”. En cierto modo, las religiosas se asemejan a la naturaleza humana de Cristo, que:
    – está despojada totalmente de sí misma, sin tener, ni siquiera, personalidad propia;
    – está unida al Verbo con una unión íntima y perfectísima;
    – es instrumento docilísimo del Verbo;
    – toda su riqueza consiste en darse al Verbo.
  53. La religiosa que verdaderamente anhele ser esposa del Verbo debe, por amor a este divino Esposo[76]:
    – “abandonarlo todo”: por los tres votos se separa de todo lo que pueda obstaculizar la unión perfecta con Jesucristo;
    – “para unirse con todas sus fuerzas al Verbo”: por la caridad y por una fidelidad estable, firme y constante a la voluntad de Jesucristo: “en el Templo, en el claustro, en la celda, en el comedor, en los recreos, han de andar gimiendo por Jesucristo”[77];
    – “vivir para Él y dejarse guiar por Él”: han de ser celosas del honor y gloria del Verbo, su Esposo, y han de poder decir como San Pablo: ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (Ga 2,20);
    – “concebir del Verbo lo que para el Verbo debe dar a luz”: ya que por el Espíritu Santo todos sus actos han de ser sobrenaturales, fecundos y meritorios.


    c) La unión de ambas naturalezas

  54. Todo el augusto misterio del Verbo Encarnado debe ser motivo de constante inspiración para nuestra vida: “El Padre engendró al Hijo como diciéndose a sí mismo, igual en todo a Él; pues no se habría expresado íntegra y perfectamente a sí mismo si en su Verbo hubiera alguna cosa de más o de menos que no hay en Él. Allí reconocemos en grado sumo el sí, sí; no, no (Mt 5,37). Y por eso este Verbo es verdaderamente la Verdad”[78].
  55. El Verbo en la Encarnación unge con unción santísima todas y cada una de las células del cuerpo de Jesús, y el alma entera en su esencia y en sus facultades. No hay nada en Cristo que no sea tres veces santo, y por tanto, infinitamente adorable. Todo en Él es transparencia, autenticidad, sinceridad, coherencia, verdad: Yo soy… la Verdad (Jn 14,6). Es el Amén (Ap 3,14). Cuantas promesas hay en Dios son en Él Sí; y por Él decimos Amén, para gloria de Dios (2 Co 1,20); en Él habita la plenitud de la divinidad corporalmente (Col 2,9). En Él no hay nada vacío, hueco, o no asumido hipostáticamente. No hay nada de barniz o cáscara. Nada de simulado o camuflado. Nada de mentira, falsedad, inseguridad, velación o hipocresía. Es Uno Solo[79] –el Verbo– en dos naturalezas distintas, ambas perfectas, íntegras e hipostáticamente unidas.
  56. Por esto mismo, Cristo es uno sin comparación y “esto se dice de Cristo de múltiples maneras:
    – En primer lugar, Dios es uno solo a causa de la naturaleza divina; de donde, así, ninguno es Dios sino uno solo.
    – En segundo lugar, es un solo Creador a causa de su infinita potestad: Uno es el Altísimo, Creador de todas las cosas (Qo 1,8).
    – En tercer lugar, es único como hombre, a causa de la singular eminen­cia de la santidad: no hay quien haga el bien (Sal 14,1); conviene que uno muera por el pueblo (Jn 11,50).
    – En cuarto lugar, es un solo Señor, a causa de la gobernación de preeminencia: un solo Señor, una sola fe (Ef 4,5). De este modo hay un solo Señor, Jesucristo.
    – En quinto lugar, un solo Maestro, a causa de la infusión del conocimiento: a nadie llaméis maestro, porque uno solo es vuestro Maestro: el Cristo (Mt 23,10).
    – En sexto lugar, un solo Padre, a causa de la producción de todas las cosas: uno es vuestro Padre que está en los cielos (Mt 23,9).
    – En séptimo lugar, un solo Pastor, a causa del común cuidado del pueblo fiel: habrá un solo rebaño y un solo Pastor (Jn 10,16).
    – En octavo lugar, una sola Víctima, a causa del singular precio de nuestra Redención: pues con una sola oblación consagró para siempre a los santificados (Hb 10,14)”[80].
  57. Confesamos al Único Dueño y Señor Nuestro Jesucristo (Judas 4), y que en Él está comprendida una referencia a todas las creaturas. Es el punto de unión y cita del comprehensor y el viador; del Amo[81] y del esclavo[82]; del siglo y del segundo; del universo y del átomo; del desde ahora de la salvación y del hasta ahora de las promesas; del todavía no de lo que esperamos y del ya realizado; es el punto de unión y cita de Dios y el hombre; de lo escatológico y de lo encarnado; de las distancias siderales y del milímetro. Por eso, nada escapa a Cristo: ni los viajes espaciales, ni el mundo de la electrónica y de las computadoras, de la ciencia más actual o de la técnica más perfeccionada, ni de los descubrimientos recientes, ni de la familia, el trabajo, la cultura, lo económico-político, etc. Por eso, queremos vivir la exhortación de San Ignacio de Antioquía: “Tapaos los oídos cuando oigáis hablar de cualquier cosa que no tenga como fundamento a Cristo Jesús…”[83].
  58. Hay un solo Señor Jesucristo (1 Co 8,6), por eso no queremos “dejar de intentar nada para que el amor de Cristo tenga primado supremo en la Iglesia y en la sociedad”[84].
  59. Porque Cristo es uno, queremos trabajar con todas nuestras fuerzas para edificar nuestra vida en unión con los legítimos Pastores, y especialísimamente con una adhesión cordial al Obispo de Roma, mostrando así a la Iglesia una:
    – Para que todos los cristianos lleguen a la unidad perfecta a fin de que se cumpla la promesa y profecía del Señor: Habrá un solo rebaño y un solo Pastor (Jn 10,16), y alcance fruto su oración: Padre, que todos sean uno (Jn 17,21). Es la obra ecuménica.
    – Para que todos los hombres confiesen el adorable Nombre del Señor Jesús, cumpliendo con su mandamiento: Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura (Mc 16,15). Es la obra misionera. No olvidando que: “es la verdad, más que nada, la que construye la unidad: la comunión de inteligencias fácilmente se transforma en unión de corazones…”[85].
  60. Sólo en la verdad podremos vivir la inefable realidad que expresa San Juan Eudes: “Todo lo suyo es tuyo: el Espíritu, el corazón, el cuerpo, el alma y todas sus facultades… todo lo que hay en ti debe ser injertado en él… él debe ser tu espíritu, tu corazón, tu amor, tu vida y todo lo tuyo”[86].
  61. Las dos naturalezas, íntegras y perfectas, del Verbo Encarnado nos recuerdan la doble realidad, sobrenatural y natural, de lo creado, y por tanto, la real distinción entre gracia y naturaleza, fe y razón, Iglesia y mundo, que no deben confundirse, ni cambiarse, ni mezclarse, ni absorberse, ni subsumirse. No hay que mezclar lo humano con lo divino, que es un género de mezcla del cual no se ha de vestir ningún cristiano entendimiento. Nos mueven, además, a la práctica de las virtudes aparentemente opuestas, respetando sus esencias y evitando todo falso monismo gnóstico; por ejemplo, justicia y amor, firmeza y dulzura, fortaleza y mansedumbre, santa ira y paciencia, pureza y gran afecto, magnanimidad y humildad, prudencia y coraje, alegría y penitencia, etc. La elevada santidad es la unión eminente de todas las virtudes, aun las más diversas.
  62. Ambas naturalezas, conservando sus propiedades, se unen sustancialmente en la persona del Verbo; por tanto, no dejan lugar para falsos dualismos ni destructoras dialécticas que buscan dividir, separar y oponer la gracia y la naturaleza, la fe y la razón, la Iglesia y el mundo, realidades que no deben oponerse destructivamente, sino unirse ordenadamente. Nos mueven también a no dialectizar ni nuestra vida espiritual ni la vida pastoral, no enfatizando algún elemento en contra de otro, evitando toda dualidad, impregnando toda la vida con la Verdad, siendo “amén” del Amén (Ap 3,14).
  63. Hay que tener también cuidado de no caer nunca en visiones maniqueas de la realidad ni en reduccionismos jansenistas, evitando que la legítima y justa autonomía de lo temporal y de lo espiritual degenere en independencia de Dios: “La criatura sin el Creador desaparece”[87]. El ateísmo es “el fenómeno más grave de nuestro tiempo”[88].
  64. Ciertamente que es Dios quien asume una naturaleza humana y no al revés. Y así debe ser en toda nuestra vida, en que debemos dar siempre la primacía a Dios sobre el mundo, a la gracia sobre la naturaleza, a la fe sobre la razón: “en la prioridad de la ética sobre la técnica, en el primado de la persona sobre las cosas, en la superioridad del espíritu sobre la materia”[89]. Así como en Cristo se da un orden entre sus dos naturalezas, así en toda la realidad debe darse una subordinación jerárquica entre los órdenes sobrenatural y natural. Él es el que nos da la ley que rige las vinculaciones de ambos órdenes. Es Dios el que sana y eleva al hombre, no al revés; es la fe la que purifica y perfecciona la razón, no al revés; es la Iglesia la que cura y salva el mundo y no al revés. La inversión de valores que afecta a la cultura moderna es otro de los problemas de nuestro tiempo. Hay que darle más importancia a lo que la tiene y hay que buscar primero lo que primeramente cuenta: Buscad primero el Reino y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura (Mt 6,33).
  65. Tampoco es el misterio de la Encarnación una mera unión de la naturaleza divina con la naturaleza humana, sino que se trata de una unión de asunción[90]. No nos basta cualquier modo de unión entre Dios y la creatura para recapitular todo en Cristo (Ef 1,10), sino que, análogamente al misterio de la Encarnación, debe ser una asunción, o sea, se debe dar una acción y pasión que exprese el devenir y no sólo el resultado final y que diga referencia distinta a cada uno de los términos, de partida y de llegada. Hay que “asumir” las culturas, purificándolas y elevándolas a partir de Cristo y su Evangelio, entendido “en Iglesia”[91]. No nos basta con una mera unión ni con sólo poner una etiqueta nominalista a la realidad para que esta sea, de verdad, enseñoreada por Cristo. El “estar en el mundo” sólo tiene sentido para nosotros cuando depende del “no ser del mundo”. Sólo así se puede ser de verdad sal de la tierra y luz del mundo (Mt 5,13ss.). Si no nos convertiríamos en sal sosa y en luz bajo el celemín.


    d) Del fin de la Encarnación

  66. El fin último y absoluto de la Encarnación es la gloria de Dios; el mediato es la exaltación y gloria de Cristo, redentor del hombre; y el inmediato es la Redención del género humano. De ahí que en todo y por todo queremos buscar siempre la gloria de Dios, fin último de todo el universo; de manera particular, en la búsqueda, investigación, proclamación y celebración de la verdad, porque seguimos al Verbo que dice: Yo soy la Verdad (Jn 14,6), por ser ese mismo “el fin último del universo… la verdad”[92], y porque para eso se encarnó Jesucristo: Yo para eso he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad (Jn 18,37). Primeramente es la verdad la que da clara noticia con alabanza de Dios.
  67. Un modo particular de dar gloria a Dios es el confiar sin límites en su Providencia, basados en su designio de salvación, que se manifiesta de modo eminentísimo en la Encarnación. Debemos aprender a mirar todo como venido de Aquel que no se olvida ni de un pajarillo… y tiene contados hasta nuestros cabellos[93]. Por eso enseña San Pablo que todas las cosas se disponen para el bien de los que aman a Dios (Rm 8,28). Al decir todas las cosas, no exceptúa nada. Por tanto aquí entran todos los acontecimientos, prósperos o adversos, lo concerniente al bien del alma, los bienes de fortuna, la reputación, todas las condiciones de la vida humana (familia, estudio, talentos, etc.), todos los estados interiores por los que pasamos (gozos, alegrías, privaciones, sequedades, disgustos, tedios, tentaciones, etc.), hasta las faltas y los mismos pecados. Todo, absolutamente todo. Al decir se disponen para el bien, se entiende que cooperan, contribuyen, suceden, para nuestro bien espiritual. Hay que tener esta visión y no la del carnal o mundano. Hay que ver todo a la luz de los designios amorosos de la Providencia de Dios, que sólo el hombre espiritual descubre: el espiritual lo juzga todo (1 Co 2,15). Debemos creer con firmeza inquebrantable que aun los acontecimientos más adversos y opuestos a nuestra mira natural son ordenados por Dios para nuestro bien, aunque no comprendamos sus designios e ignoremos el término al que nos quiere llevar. Pero por nuestra parte, hemos de cumplir una condición para que esto suceda así, y por eso añade de los que aman a Dios, es decir, aquellos cuya voluntad está unida y sumisa a la de Dios, que procuran ante todo los intereses y la gloria de Dios, que están dispuestos a sacrificar todo sin reservas, persuadi­dos de que nada es tan ventajoso como abandonarse en las manos de Dios en todo lo que a Él le plazca ordenar, como nos dio a entender Jesús: si alguno me sirve, el Padre lo honrará (Jn 12,26). Sólo Él conoce todo, aun nuestra alma, sentimientos, carácter, los secretos resortes que es preciso mover para llevarnos al cielo, los efectos que tal o cual cosa producirán en nosotros, y tiene a su disposición todos los medios. Si amamos a Dios es imposible que haya algo en el mundo que no concurra y contribuya para nuestro bien.
  68. Y queremos propender a la santificación y salvación de los hombres, nuestros hermanos. Jesucristo vino al mundo “por nosotros los hombres”, por tanto, “todo hombre, todo el hombre y todos los hombres”[94] –sin discriminaciones–, de manera preferencial los más carenciados, deben ser objeto de nuestro amor y de nuestro servicio. A semejanza del Verbo Encarnado y crucificado debemos tener “sed de almas”. Debemos amar de obra y de verdad al hombre concreto que está necesitado –de bienes materiales o espirituales–, y jamás usarlo como demagógica propaganda. Seguimos a Aquel que inspirando a San Juan, dijo de sí: Dios es amor (1 Jn 4,8).

    Artículo 2: Su Vida terrena
  69. Toda la vida de Cristo debe ser para nosotros fuente de espiritualidad: “quiso prefigurarnos a nosotros en su cuerpo, en su propio cuerpo”[95].


    a) Al encarnarse

  70. Cuando el Padre introduce a su Primogénito en el mundo (Hb 1,6) tiene lugar la sublime consagración sacerdotal de Jesucristo, con la que queda marcado y ungido para siempre: te ungió ¡Oh Dios! tu Dios con óleo de alegría con preferencia a tus compañeros (Hb 1,9); Sumo y Eterno Sacerdote[96], único Mediador entre el cielo y la tierra.
  71. En este instante, su alma contempló la infinita majestad del Padre y experimentó “la incomprehensible inmensidad de su abundancia”[97] y, al mismo tiempo, contempló la inmensa injuria hecha a Dios –en cierto modo infinita– por los pecados de todos los hombres de todos los tiempos, y la insuficiencia de las víctimas ofrecidas hasta ese momento, y experimentó que el Padre lo había hecho Sacerdote y Víctima –para lo cual debió asumir materia–, y el impulso de su amor indecible hizo un acto soberanamente sacerdotal al entregarse enteramente a Su Voluntad[98].
  72. Ese primer acto sacerdotal del alma santísima de Cristo, en el mismo instante de su Encarnación y ordenación sacerdotal, jamás fue doblegado, nunca fue retractado y permanece para siempre en su corazón sacerdotal. Está presente durante su infancia, vida oculta y pública, en la Cena y en el Calvario, en su Resurrección y Ascensión, y las cinco preciosas llagas se lo recuerdan permanentemente en la Jerusalén celestial. Ese acto sacerdotal preludiaba su sacrificio redentor en la Cruz y todos los actos de su sacerdocio celestial: entrando en este mundo dice: me has preparado un cuerpo… ¡Heme aquí!… (Hb 10,5-7). Reconoce el dominio supremo del Padre; se ofrece a Él sin restricción; se obla victimalmente; se inmola en expiación; se entrega al Padre sin reserva.
  73. Tal debe ser la actitud sacerdotal de todo miembro de nuestra pequeña Familia Religiosa. Por el Bautismo todos son edificados como casa espiritual para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por Jesucristo (1 P 2,5). Todos, aun nuestros hermanos seglares, son sacerdocio real (1 P 2,9), porque “están unidos a Él y en su sacrificio”[99]; lo son también quienes por los votos religiosos deben entregarse totalmente a Dios por otro título; lo deben ser quienes además, por el Orden, ejercen el sacerdocio ministerial. Todos los miembros del Instituto deben perfeccionarse siendo en Cristo “una ofrenda eterna para Dios”[100], “una víctima viva y perfecta para alabanza de tu gloria”[101]. Es la actitud sacerdotal propia del “tercer binario” de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola[102]. Es la respuesta del hombre a la revelación de Dios: “Por la fe el hombre se entrega entera y libremente a Dios”[103]. Actitud que hay que vivir permanentemente, sin disminuciones ni retractaciones, sin reservas ni condiciones, sin subterfugios ni dilaciones, sin repliegues ni lentitudes. Tanto en los empeños de lo íntimo, como en los altos empeños históricos: no es capaz de edificar imperios quien no es capaz de dar fuego a sus naves cuando desembarca.
  74. En este sublime instante de la Encarnación nos da un ejemplo insigne de práctica de las virtudes mortificativas en grado abismal, ya que sin dejar de ser Dios infinito, se hizo hombre finito mostrándonos una humildad, pobreza, obediencia y amor infinitos.
  75. Es ejemplo de humildad, ya que Cristo siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios… se humilló a sí mismo… (Flp 2,6-8) al asumir la forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres (Flp 2,7), sin dejar de ser Dios, manifiesta un sumo abajamiento –se anonadó (2,7)– incluso como hombre, un rebajarse inconmensurable, con su juicio interno y externo; su humanidad sabía que todo lo tenía de Dios. Viendo tamaña humildad debemos aprender a tenernos unos a otros por superiores, buscando cada uno no su propio interés, sino el de los demás (Flp 2,4)[104]. Jamás debemos dejar de considerar todo el inagotable tesoro de virtudes del Corazón hipostático de Jesús. Contemplar ese venero riquísimo y no querer salir de allí, debe ser el timbre de honor, la señal distintiva, de nuestro Instituto.
  76. Allí, en la Encarnación, también debemos tomar ejemplo de la Santísima Virgen. En primer lugar, de su fe: Dichosa la que ha creído… (Lc 1,45); debemos vivir de la fe[105] y tener una fe viva, firme, intrépida, eminente, heroica; una fe convencida de que Dios no sería Dios si fuésemos capaces de abarcarlo con nuestra inteligencia limitada, si comprendiésemos todos sus juicios y caminos; una fe en absoluta sintonía con la doctrina propuesta por la Iglesia Católica, aun en los más pequeños detalles, amasada en la más estricta docilidad a las directivas y enseñanzas del Papa; una fe llena de presteza en desechar el error percibido aun a través de las más débiles apariencias, llena de celo ardoroso en propagarla, pero sin amarguras ni asperezas; una fe penetrante que ve todas las cosas a la luz de la revelación, sub specie aeternitatis, elevando el alma a los planes sobrenaturales de Dios, por lo que debemos considerarnos “merecedores de todas las aflicciones”[106]; una fe heroica como la de los santos del Antiguo Testamento[107], que triunfa sobre el mundo y el mal[108], que construye cosas grandes, que ilumina la vida y le da sentido, que fortalece, anima, conforta y excluye el miedo: ¡No tengáis miedo! Soy yo (Mc 6,50). Los cobardes mueren muchas veces antes de su muerte.
  77. De la Virgen María hemos de tomar ejemplo, además, de su humildad: ella se turbó al oír estas palabras (Lc 1,29), y se proclamó humilde[109]: y ensalzó a los humildes (Lc 1,52); de su prudencia: discurría qué podría significar aquella saluta­ción (Lc 1,29); de su pureza: ¿Cómo podrá ser esto, pues yo no co­nozco varón? (Lc 1,34); de su abandono en Dios: He aquí la esclava del Señor… (Lc 1,38). En María hemos de encontrar fuerza para redescubrir permanentemente la vida cristiana y sacerdotal como la fidelidad a la religión del misterio y del milagro, del martirio y de la misericordia, del Magnificat y de la magnanimidad. Del misterio, porque allí se revela la Trinidad: el Señor Dios… Hijo del Altísimo… el Espíritu Santo… (Lc 1,32-35), y se revela el Verbo Encarnado: Hágase en mí según tu palabra (Lc 1,38). Del milagro: una virgen… concebirás en tu seno y darás a luz un hijo (Lc 1,27.31). Del martirio: puesto para caída y levantamiento… y para signo de contradicción… y una espada atravesará tu corazón… (Lc 2,34-35). De la misericordia: tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo unigénito (Jn 3,16); a quien pondrá por nombre Jesús (Lc 1,31), porque salvará a su pueblo de sus pecados (Mt 1,21), y su misericordia se derrama de generación en generación… para siempre (Lc 1,50-51). Del Magnificat: Mi alma canta la grandeza del Señor (Lc 1,46), y los ángeles alaban a Dios diciendo: Gloria a Dios en las alturas… (Lc 2,14). De la magnanimidad: ha hecho en mí grandes cosas el Poderoso (Lc 1,49).
  78. Podríamos decir que nuestra espiritualidad debe ser la del “Ave María”, la del “Ángelus” y la del himno de la kénosis[110], la del “Magníficat” y la del “Gloria”.


    b) En el seno de la Virgen

  79. Tenemos que aprender a vernos encerrados con Cristo en el seno de María. Allí, en el momento de encarnarse, en Él quedamos incluidos: Cristo asume, moralmente, la carne de todos. En el seno de María tomó Él físicamente su carne y moralmente la carne de todos nosotros, de tal modo que fuimos concebidos en el seno purísimo de María y por eso es nuestra verdadera y propia Madre espiritual: “Hemos nacido del seno de la Virgen, al modo de un cuerpo unido a su cabeza”[111].
  80. Nunca insistiremos bastante en esta realidad misteriosa e inefable de nuestra incorporación a Cristo por el principio de koinonía, solidaridad o comunión, por el que estamos en Él recapitulados y como concentrados, ya que Él asumió en sí la representación, la responsabilidad y el destino de todos los hombres. Por esta íntima compenetración e identificación de Cristo con cada uno de nosotros, en el momento de la Encarnación somos hechos –en raíz– hijos de Dios, formando con el Verbo Encarnado un todo único, un bloque compacto: somos hijos en el Hijo, filii in Filio. “El Salvador… quiso hacerse Hijo del hombre para que nosotros pudiésemos llegar a ser hijos de Dios”[112]. “Forman junto con Él una sola persona mística”[113].
  81. Y no sólo los hombres. En el Verbo hecho carne convergen, se reúnen, se dan la mano, se traban, se compendian, se cifran todas las cosas… recapitulando todas las cosas… en el Alfa y la Omega[114].
  82. Durante nueve meses la Virgen fue sagrario que protegió a Jesús así como desde hace casi dos mil años es custodia que lo muestra al mundo, y no es menos importante una tarea que otra.
  83. Allí Dios fue tomando forma humana, por eso San Agustín llama a la Virgen “forma Dei[115], y a semejanza de Jesús nosotros, consagrándonos como esclavos de la Virgen, queremos “entrar en el seno de nuestra Madre y volver a nacer”[116]. Consagrarnos a Jesús por María es seguir el camino que siguió, que sigue usando y que usará Él para venir al mundo[117].
  84. Allí Jesús nos enseñó a depender, total y omnímodamente, de Dios a través de María. Allí nos enseñó el ministerio evangélico de la visita. Como María, “llevando a Quien la llevaba”[118], nos enseñó a fundar en Él todo nuestro entusiasmo apostólico. A realizar las cosas de Dios rápidamente[119]. A servir al prójimo, aun, como María, en las tareas más sencillas. A alabar y agradecer, a cantar y alegrarse en el Dios Poderoso, Santo, Misericordioso, Salvador y Fiel, como María, porque la “miró”, hizo en Ella “grandes cosas” (la Encarnación) desplegando su poder, dispersando a los soberbios, derribando a los poderosos, saciando a los hambrientos, enalteciendo a los humildes, protegiendo a sus siervos, para siempre.


    c) Infancia

  85. El nacimiento del Verbo Encarnado nos urge, entre otras cosas, a vivir estrictamente la santa pobreza, que quien tiene a Dios es extremadamente rico. Y a vivir en la alegría, fruto del Espíritu Santo y consecuencia de la Encarnación, como anunció el ángel a los pastores: os traigo una buena nueva, una gran alegría que es para todo el pueblo (Lc 2,10); es la alegría de la Virgen María, “causa de nuestra alegría”: Alégrate, María… (Lc 1,28) le dijo el ángel Gabriel, y Ella, docilísima, cantó: exulta de júbilo mi espíritu en Dios, mi Salvador (Lc 1,47) y, por eso, todas las generaciones la llamaron y la llamarán: bienaventurada (Lc 1,48), feliz en sumo grado.
  86. También nos urge a trabajar en los lugares más difíciles (aquellos donde nadie quiere ir) y cuando allí no se pueda seguir, luego de rezarlo una noche ante Jesús Sacramentado, pedirle al obispo que nos envíe a un lugar peor.
  87. De la Epifanía debemos extraer luces para comprometer toda nuestra vida en manifestar a Cristo al mundo, para que sea reconocido no sólo por los pobres sino también por los ricos, no sólo por los ignorantes sino también por los sabios, no sólo por los de nuestra patria, sino también por los de otros pueblos. No debemos entramparnos en falsas dialécticas reduccionistas donde se excluye a otros (por ejemplo, a los ricos, a los intelectuales, a los extranjeros o foráneos, etc.), donde uno sólo se preocupa exclusivamente por algunos o por algún lugar –localismo narcisista– porque el Espíritu sopla donde quiere (Jn 3,8). El campo de nuestra acción no tiene límites de horizontes sino que es el ancho mundo: id por todo el mundo… (Mc 16,15) dijo Jesús.
  88. De la pérdida y el hallazgo de Jesús queremos aprender a ser firmes y fieles al llamado, a la vocación, por sobre cualquier otro reclamo de esta tierra: es preciso que me ocupe de las cosas de mi Padre (Lc 2,49). Y a cumplir la voluntad de Dios cada vez mejor, es decir, de una manera:
    más universal en su objeto: en todas las formas en que pueda manifestarse, sea cuando Dios manda –mandamientos, preceptos, leyes, etc.–, sea cuando aconseja –inspiraciones, vocación, consejos evangélicos, etc.–, sea cuando se manifiesta por los acontecimientos –voluntad significada–;
    más exacta en su ejecución, no contentándonos tan sólo con lo sustancial sino también con los pormenores (Dios tiene finezas de amor y hay que responder a esas finezas);
    más sobrenatural en sus motivos, siendo más pura nuestra intención, haciendo las cosas sólo porque Dios lo quiere;
    más perfecta en las disposiciones con que la cumplimos, no haciendo la voluntad de Dios ni por temor mundano ni por interés egoísta o temporal, sino por puro amor, demostrándole de esta manera que lo amamos y que no queremos sino complacerle.
  89. También nos mueve su ejemplo a tener amor a la ciencia teológica, a tener el sentido verdadero del diálogo de la salvación: “El diálogo apostólico parte de la fe y supone una identidad cristiana firme”[120], a vacar en el Padre y a tener un profundo espíritu de piedad.


    d) Vida oculta

  90. No menos peso tiene para nuestra espiritualidad el ejemplo de Jesús en su vida oculta. De ahí que todo tiempo de preparación debe ser para nosotros muy importante, no es tiempo perdido cuando se lo aprovecha, no es tiempo que hay que pasarlo lo más rápido posible, no es un mal necesario; el futuro de nuestros hermanos en la vida religiosa y, por tanto, del Instituto, depende, fundamentalmente, de la formación que se les dé en los tiempos de preparación: postulantado, noviciado, seminario, perfeccionamiento posterior, formación permanente. Para ello no basta sólo la buena doctrina, sino que, además, se necesitan “maestros” con mucho espíritu y con clara intención de hacer rigurosísima selección; esto es capital para mantener el buen espíritu. Sabiendo que en el seleccionar más vale equivocarse por exceso que por defecto.
  91. A semejanza de Jesús, de manera particular en los tiempos de formación, debe resaltar en los candidatos el ansia de crecer, el amor al silencio fecundo, la entrega denodada al trabajo intelectual y material (cumpliendo perfectamente con el deber de estado hasta el fin), el estar sujetos[121] con responsabilidad, prontitud y madurez, y el vivir en un clima de alegría festiva[122].
  92. El silencio es una necesidad del alma, para manifestar de la manera más profunda que, en presencia de Dios, no hay nada más que decir. Es un medio para lograr la unión con Dios y, por lo tanto, deberá llevar a la cumbre de la oración. Quien busca callarse lo hará para conversar sólo con Dios, que lleva al alma al desierto para hablarle al corazón[123].
  93. También a semejanza del Verbo, que quiso vivir en el silencio de Nazaret durante treinta años, algunos de nuestros miembros se consagran a Él en el estado de vida contemplativa. Ellos quieren dedicarse a lo único necesario, han elegido la mejor parte[124]. “¡Qué preciosa es la vida contemplativa a los ojos de Dios y de la Iglesia! Constituye una de las estructuras fundamentales de la santa Iglesia; ha estado presente en todas las fases de su historia dos veces milenaria, siempre fecunda en virtudes sólidas, siempre dotada de un misterioso y poderoso atractivo sobre las más elevadas y nobles almas”[125]. Por eso mismo, estos miembros están a la vanguardia de todas las obras de apostolado del Instituto, ya que con su vida de oración y penitencia obtienen del Señor las gracias necesarias para la salvación de muchas almas: “Los Institutos de vida contemplativa tienen importancia máxima en la conversión de las almas con sus oraciones, obras de penitencia y tribulaciones, porque es Dios quien, por la oración, envía obreros a su mies, abre las almas de los no cristianos para escuchar el Evangelio y fecunda la palabra de salvación en sus corazones”[126]. A ellos se les aplican estas palabras de Santa Teresa: “Para esto (la salvación de las almas) Él os ha reunido aquí; ésta es vuestra vocación y vuestro deseo, éste es el motivo de vuestras lágrimas y de vuestras oraciones… El día en que vuestras oraciones, disciplinas, anhelos y ayunos no fueran dedicados a esto que os he dicho, no alcanzaréis –sabedlo– el fin por el que el Señor nos ha reunido aquí”[127]. Nuestros monasterios de vida contemplativa deben ser imanes de la gracia de Dios y pararrayos de su ira. ¡Ojalá pudiésemos multiplicarlos por todo el mundo! “La Iglesia y el mundo… necesitan… de una pequeña sociedad ideal donde reina, como fin, el amor, la obediencia, la inocencia, la libertad de las cosas y el arte de su buen empleo, la prevalencia del espíritu, la paz, en una palabra, el Evangelio”[128].


    e) Vida pública

  94. Imposible es resumir todo lo que nos enseña Jesucristo con su vida y su doctrina, lo cual es fuente para toda espiritualidad cristiana. A modo de ejemplo –no de enunciados exhaustivos– queremos marcar algunos aspectos de la espiritualidad de nuestra pequeña Familia Religiosa inspirados en los insignes ejemplos de nuestro Salvador y Redentor.


    El Bautismo

  95. Cristo fue bautizado por Juan a fin de que consagrase el Bautismo[129], de allí que toda la hondura teológica de nuestro nacimiento bautismal y nuestra profesión religiosa, que “radica íntimamente en la consagración del Bautismo y la expresa con mayor plenitud”[130], sólo es captable a la luz del Bautismo del Señor.
  96. Nos recuerda que hemos de entregarnos incesantemente al Padre, que en el Hijo nos ha dicho: Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias (Mt 3,17); al Hijo, de quien somos hechos discípulos y por el cual nos llamamos cristianos[131]; y al Espíritu Santo, que descendió sobre nosotros en el Hijo –en forma corporal, como una paloma sobre Él (Lc 3,22)–; y todo ello, sacramentalmente, se obró en nosotros el día de nuestro Bautismo.
  97. Nos recuerda la obligación grave de permanecer fieles a las promesas del santo Bautismo con que nos comprometemos a renunciar al demonio y a confesar la santa fe católica, y a las promesas de la profesión religiosa.
  98. Debe ser, además, acicate para vivir en plenitud la virtud de la humildad, ya que Cristo no tuvo temor de pasar por un pecador más, porque quería “purificar las aguas y, limpias por el contacto con la carne de Cristo, que no conoció pecado, tuvieran la virtud de bautizar”[132], y “las dejara santificadas para los que luego se habían de bautizar”[133]; asimismo, nos dejó ejemplo de ejercicio de la virtud de la justicia: conviene que cumplamos toda justicia (Mt 3,15).


    El ayuno

  99. Es esencial a la vida cristiana, y por tanto debe serlo en nuestra espiritualidad, la práctica de la penitencia: Si no hiciereis penitencia, todos igualmente pereceréis (Lc 13,3). Sobre todo la penitencia interna, la metanoia[134], o sea la íntima y total mudanza y renovación de todo el hombre en todo su sentir, juzgar y disponer.
  100. En Cristo se reconoce la santidad de Dios y la gravedad del pecado[135]; por su palabra somos invitados a la conversión y a recibir el perdón de los pecados, dones éstos que, en plenitud, recibimos en el Bautismo, y que debemos “encarnar” negándonos a nosotros mismos, tomando la propia cruz y participando en los sufrimientos de Cristo.
  101. Para nuestra minúscula Familia Religiosa el santo sacramento de la Reconciliación o Penitencia ocupa un lugar importantísimo en la vida espiritual, de tal modo que consideramos recomendable que se lo reciba semanalmente. Debemos tener devoción a la confesión frecuente, ya que son muchos los frutos que de ella se siguen: “aumenta el justo conocimiento propio, crece la humildad cristiana, se desarraigan las malas costumbres, se hace frente a la tibieza e indolencia espiritual, se purifica la conciencia, se robustece la voluntad, se lleva a cabo la saludable dirección de las conciencias y aumenta la gracia en la virtud del sacramento”[136].
  102. Pero, también, hay que tener sumo aprecio por la penitencia exterior: acerca del comer y del beber, acerca del modo del dormir, “dándole dolor sensible”[137] a la carne por medio de cilicios[138], disciplinas, etc. El carácter preferentemente interior y religioso de la penitencia no excluyen ni atenúan en manera alguna la práctica externa de dicha virtud; más aún, exigen con urgencia especial su necesidad. Las normas que da San Ignacio deben regular su práctica[139].
  103. Debemos privilegiar siempre los tiempos –Adviento y Cuaresma– y los días penitenciales, según el precepto de nuestra Santa Madre Iglesia[140], en los que hay que dedicarse en manera especial a la oración, a la práctica de la caridad y de la piedad, a negarse a sí mismo, a cumplir mejor las obligaciones de estado, etc.
  104. El ejemplo de nuestro Señor al retirarse durante cuarenta días nos debe llevar a valorar en sumo grado la práctica de los Ejercicios Espirituales, en especial según el método de San Ignacio de Loyola, y los típicos de treinta días hacia el término del noviciado y cada diez años. Asimismo, es de todo alabar el hacer Ejercicios anuales de ocho días. También creemos que es muy importante el retiro mensual.
  105. Esta conciencia clara del valor insustituible de los Ejercicios Espirituales para la renovación de la vida cristiana, enseñando a vencerse a sí mismo y a ordenar la propia vida según Dios, nos debe llevar a conocer en profundidad los mismos, a prepararnos para predicarlos con fruto y a tener la disponibilidad necesaria para no dejar pasar ninguna posibilidad de predicarlos, según la ocasión.


    Las tentaciones

  106. El ejemplo del Señor al sufrir los embates del demonio en el desierto será siempre fuente inexhausta de aliento para los religiosos. Porque quiso darnos fuerza contra las tentaciones: venció “nuestras tentaciones con las suyas”[141]; para que nadie, por muy santo que sea, se tenga por libre de ser tentado: Hijo mío, si te das al servicio de Dios, prepara tu ánimo a la tentación (Qo 2,1); para enseñarnos con qué prontitud y firmeza, y con qué justicia, hay que vencer las tentaciones del demonio: “el Diablo no ha de ser vencido con la fuerza, sino con la justicia”[142]; para que confiemos más en su misericordia: No es nuestro Pontífice tal que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, antes fue tentado en todo a semejanza nuestra, fuera del peca­do (Hb 4,15). Sobre todo, porque como en las tres tentaciones se halla “la materia de todos los pecados”[143], los religiosos se oponen por los tres votos, en forma diametral, a todos los pecados y a todas las tentaciones que empujan al pecado y que, de alguna manera, se pueden reducir a las tres que tuvo nuestro Señor. Y, por el cuarto voto, nos oponemos al pecado por otro título, ya que al ser esclavos de la Virgen tomamos claro partido en aquella enemis­tad creada por Dios: Pongo perpetua enemistad entre ti (el demonio) y la mujer, y entre tu linaje y el suyo; éste te aplastará la cabeza… (Gn 3,15).
  107. No es buena señal el asustarse de tener grandes y graves tentaciones, y darles importancia desmedida, por dos razones: a) “El Cristo Total era tentado por el diablo ya que en Él eras tú tentado… Reconócete a ti mismo tentado en Él y reconócete también a ti mismo victorioso en Él… nuestro progreso se realiza por medio de la tentación y nadie puede conocerse a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni puede vencer si no ha luchado, ni puede luchar si carece de enemigo y de tentaciones”[144]; b) No os ha sobrevenido tentación que no fuera humana, y fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas; antes dispondrá con la tentación el éxito para que podáis resistirla (1 Co 10,13).
  108. Son dignas de tenerse en cuenta algunas de las tentaciones más comunes que observamos en nosotros mismos dañando nuestra vida espiritual y pastoral. Entre estos estados están el sacerdote egocéntrico, que busca la gloria humana, o sea, el que busca agradar a los hombres más que a Dios[145], se preocupa sólo de lo que le afecta personalmente, es hiperceloso sobre todo si los sacerdotes más jóvenes tienen más dotes que él; el funcionario, con espíritu de empleado público burocrático, con multiplicadas exigencias para la gente a quien ve como clientes, que se cree “obediente” porque cumple con las formalidades pero no quema ni se quema con el fuego del Espíritu Santo, no sabe del aventurarse por Cristo, no es creativo, no realiza apostolados inéditos, “no hace el camino al andar”, no se da cuenta que el sacerdote debe ser poeta, artesano; el que siembra mezquinamente, haciendo lo menos posible con la excusa de no caer en el activismo, o porque la época es mala, o porque la familia no forma como antes, o por la acción malsana de los medios de comunicación social…, sólo sabe lamentarse: “aquí no se puede hacer nada”; el inconstante, que empieza muchas cosas pero que nunca termina ninguna, le falta final; el aburrido: algunos son tan ortodoxos como aburridos, tienen la rara habi­lidad de hacer fastidiosa la verdad, en el fondo no aman: “El alma que anda en amor no cansa ni se cansa”[146]; el improvisador, que hace todo sin prever nada, no prepara los sermones, no propone fines y, si lo hace, no sabe utilizar los medios, no piensa cómo se debe hacer tal cosa, es incapaz de planear la pastoral, es desordenado, no es señor de sí, termina siendo un irrespon­sable, no cumple lo que promete, no sabe seleccionar los ministerios; el frívolo, trivializa todo, todo es superficialidad, se cree vivo, no respeta las esencias, manosea todo, carece de señorío e ignora las jerarquías, se regodea con que es “entrador” en especial con las jóvenes, es insanablemente infantil y superficial; el crispado, todo seriedad, siempre distante, inaccesible, tenso, no sabe reír, toda sana distracción le parece una liviandad, una palabra mal so­nante es para él un grave pecado, para ellos pareciera que no es virtud la eutrapelia, por ver el árbol se olvidan de la existencia del bosque, suelen hacer tormentas en vasos de agua; el mediocre, que se ampara bajo un falso equilibrio, se considera “línea media”, toda magnanimidad le parece soberbia, todo heroísmo le parece extremismo, toda generosidad le parece exageración, todo mediocriza: sea retiros, campamentos, misiones populares, catequesis, su pro­pia vida espiritual, etc.; el localista, sólo se preocupa por los intereses de campanario, vive enfras­cado en su obrita, tiene espíritu de ghetto, pareciera que la Iglesia se agotase en su parroquia, ciudad, provincia o país, si es del clero diocesano le parece pecado si algún joven conocido quiere ser religioso, si es religioso sufre que quiera entrar en una congregación que no sea la de él, no entiende lo de la Iglesia “misionera por naturaleza”[147], su problema se agota con el vicario cooperador, o con una viejita, o con el párroco vecino, o con el obispo propio y no ve como problemas ni la “invasión de sectas”[148], ni el ateísmo militante, ni la descristianización de la cultura…; el afectado, todo elegante y limpio, es un primor, pero todo brillo exterior, se queda en los detalles y ese es su mundo, se le escurre entre las manos el sacrum de la liturgia, le falta garra, fortaleza y mundo en el sentido no peyorativo de la palabra; el avaro, que elige los apostolados según el rendimiento económico, interesado más por los estipendios que por la salvación de las almas, los gastos de las misiones populares, Ejercicios Espirituales, etc., le parecen un imperdonable derroche, no invierte en pastoral sino en financieras, todos los pobres que golpean a sus puertas son aprovechadores, no entiende que hay que hacerse bolsas que no se gastan (Lc 12,33); el malhumorado, siempre impaciente, hosco, que sólo es accesible cuando está de buen humor, es estéril, todo lo ve negro, no es célibe sino solterón, ignora de hecho que un miligramo de gracia pesa más que todos los pecados del mundo, aun éstos elevados a la enésima potencia; el laicizado, que es de costumbres, vida, espiritualidad laicales, pareciera no tener el sacramento del Orden, se lo conoce por el modo laico de vestir, por el trato, por la cantidad de horas que se pasa viendo televisión, por los criterios mundanos, etc.; el miedoso, preocupado por el qué dirán, que desconfía de todo, interpreta el gesto más sencillo como si fuese una descalificación grave, fabula historias que alimentan sus fobias, le falta la intrepidez del Espíritu Santo; el tímido es una variante más suave del anterior, sólo piensa que no es digno, que no sabe predicar, que se burlan de él, no trata con personas cultas, es apocado, cae en falsa humildad, y poco o nada hace por vencerse; el trepador, se arrima a la autoridad adulándola para ascender, ve el sacerdocio como un escalafón, cuida mucho su imagen, suele ser de psicología feminoide y, por lo tanto, intrigante, es incapaz “de florecer donde lo han planta­do”, quiere estar en macetas puestas en balcones; el solitario, que se maneja con espíritu propio, es incapaz de unirse a los demás para una tarea común, no se integra y así termina; el ubicuo, que está en todas partes menos en donde tiene que estar, que sube, baja, va y viene, confunde Iglesia peregrina con Iglesia nómade, no sabe “reprimir los pasos vanos”[149] y por eso poco hace y pierde mucho tiempo. En fin, bastante para muestra y para hacer notar que hacen falta santos sacerdotes y religiosos que sean poetas, metafísicos y soldados, que canten, contemplen y peleen.


    Enseñanza y obras

  109. Jesús hizo y enseñó (Hch 1,1). Por eso, en nuestra espiritualidad, nunca debemos separar dialécticamente la enseñanza del obrar ni el obrar de la enseñanza. Siempre hay que unir la integridad de la doctrina con la rectitud de vida, la ortodoxia y la ortopraxis. En toda la revelación están inseparablemente unidas palabra y obra, dabar y bará.
  110. También deben inspirarse en los ejemplos de nuestro bendito Salvador las líneas de la espiritualidad docente. Sobre todo en este tiempo de revitalización de la evangelización y la cate­quesis. Pensamos que las características fundamentales de la elocuencia de Jesús son: originalidad, autoridad, serenidad y universalidad. Los miembros de nuestro Instituto dedicados a la enseñanza –y de alguna manera todos lo deben ser– deben captar muy hondo en la ora­ción para luego poder transmitir a los demás estas características.
  111. Hay que tener la firmísima convicción de que sólo en la más estricta fidelidad a la doctrina de Jesús entendida en la Iglesia se encuentra la más fuerte, viva, fresca y graciosa originalidad: Jamás hombre alguno habló como éste (Jn 7,46) dijeron de Jesús sus oyentes. Todo lo que se aparte de Jesús es caduco, envejece rápidamente y, lamentablemente, será una cantinela aburrida. Aquí vale también aquel antiguo consejo: “no améis las singularidades”[150].
  112. El convencimiento de la verdad contemplada hace que se enseñe con convicción y –según su grado de certidumbre teológica– con una autoridad, que no es otra cosa que la participación de la autoridad de Cristo, tal que maravilla: Se maravillaban de su doctrina, pues la enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas (Mc 1,21). Enseñar doctrinas propias, exigir asentimientos indebidos, enfatizar lo accidental, tener una actitud dubitativa en todo, quedarse en insinuaciones o aproximaciones, problematizar las cosas más simples, oscurecer lo claro y no aclarar lo oscuro, buscarse a sí mismo en el enseñar, preferir la behetría al orden, ser ripioso en vez de sobrio, opaco en lugar de transparente, confuso en vez de preciso, verborrágico en vez de conciso, revolver las aguas para que otros crean que son profundas… no es tener el espíritu de Cristo que dijo: Sea vuestra palabra sí, sí; no, no; todo lo que pasa de esto procede del Maligno (Mt 5,37).
  113. La serenidad y dulzura es otra característica de la enseñanza evangélica, que no está reñida sino exigida aun en la réplica vivaz, la polémica inteligente, la refutación eficaz, la discusión académica o apologética. Nunca se debe perder la paz espiritual, la mesura, la afabilidad, la unción.
  114. Asimismo, hay que saber dejarse penetrar por la universalidad de la enseñanza de Cristo. El “sectarismo” intelectual no es evangélico ni intelectual. Los incapaces de hacerse entender por la gente sencilla, por estar sectorizados, no captan la universalidad del mensaje de Jesús. Sólo el contemplativo y el auténtico intelectual no olvidan que “existe una unidad fundamental que está antes de todo pluralismo, y que es la única que permite al pluralismo no sólo ser legítimo sino deseable y fructuoso”[151].
  115. Debemos tener impaciencia por predicar al Verbo en toda forma, siguiendo el consejo de San Pablo: predica la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, vitupera, exhorta… (2 Tm 4,2). No hay que ser perros mudos, incapaces de ladrar (Is 56,10). Hay que buscar las ovejas, emplear el método del diálogo, del testimonio y de la solidaridad[152], corregir a los pecadores, enseñar la doctrina: la fe viene por el oído (Rm 10,17), visitar a los enfermos, llevar a las almas al sacramento de la Reconciliación. “Demostrad con la profundidad de vuestras convicciones y con la coherencia de vuestro obrar que Jesucristo nos es contemporáneo”[153].


    Obras

  116. Nuestro Señor no solamente dijo, sino que “hizo”; en especial, se hizo carne (Jn 1,14) en la Encarnación, y se hizo pecado[154] al morir en la Cruz en sacrificio por nuestros pecados. Tan numero­sas son las cosas que “hizo” Jesús que San Juan dice que si se escribiesen una por una, creo que este mundo no podría contener los libros que se escribieran (Jn 21,25).
  117. Lo que es común a todas las obras de Cristo es que no hizo nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque lo que éste hace, lo hace igualmente el Hijo (Jn 5,19), y esto es lo que constituye la obra esencial de Jesús: Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado (Jn 4,34), de tal modo que dice de sí: Yo no puedo hacer por mí mismo nada… no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió (Jn 5,30). Y aquí está la verdadera grandeza de la vocación cristiana y religiosa: la unión con Dios.
  118. La voluntad del Padre tiene una concreción primera fundamental: el Reino… ha hecho de nosotros un Reino (Ap 1,6). De ahí que deba ser para nosotros la primera preocupación: Buscad primero el Reino… (Mt 6,33). Para construir el Reino llamaba a los hombres para hacerlos discípulos: hacía más discípulos… (Jn 4,1), y los formaba enseñándoles, sobre todo por el ejemplo, para que hiciesen lo mismo que Él: Porque os he dado el ejemplo, para que vosotros hagáis también como yo he hecho (Jn 13,15). De modo semejante, como elemento integrante de nuestra espiritualidad, debemos saber llamar, enseñar, dirigir, acompañar y seleccionar las vocaciones presbiterales, diaconales, religiosas, misioneras y seculares. Sabedores de que “la vocación está en germen en la mayoría de los cristianos”[155], debemos cumplir el mandato del Papa: “con pasión y discreción, sed despertadores de vocaciones”[156], sabiendo detectar la acción del Espíritu Santo en el alma, que la empuja a exigencias irresistibles de sacrificio por amor a Cristo, que al mismo tiempo es un acto de fe integral y de entrega total, con decisión formal de no pactar, no transigir, no capitular, no negociar, no conceder, ni hacer componendas con el espíritu del mundo.
  119. La letra de este Directorio será letra muerta si no se sabe formar a jóvenes de gran espíritu que sepan transmitir a las nuevas generaciones de nuestra Familia Religiosa el carisma que el Espíritu Santo concedió al Fundador.
  120. También nos enseñó el Verbo Encarnado a trabajar por la purificación y renovación: haciendo un látigo con cuerdas, los arrojó a todos del templo (Jn 2,15); por la reconciliación: hizo de los dos pueblos uno (Ef 2,14); por no perder de vista el carácter eminentemente sobrenatural de la fe y de la vida cristiana, para lo cual Él hizo obras que no ha hecho ningún otro (Jn 15,24); porque alcancemos la actitud oblativa y eucarística, imitando a nuestro Señor que lo hizo de una vez para siempre (Hb 7,27); por tratar de hacer las cosas lo mejor posible y no de cualquier manera, ya que Jesús todo lo hizo bien (Mc 7,37), y como confesó el buen ladrón: Nada malo ha hecho (Lc 23,41).
  121. Los milagros obrados por nuestro Señor son prueba irrefutable de la credibilidad de nuestra santa religión y manifestación elocuentísima de la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, Dios de Dios y Luz de Luz. Hizo milagros sobre todos los seres de la creación: sobre los ángeles (buenos y malos), sobre los cuerpos celestes, sobre los hombres y sobre las creaturas irracionales; como prueba y argumento de la fe que enseñaba, de que libraba a los hombres del poder de los demonios, de que era el que salvaba a los hombres, de que era el Dueño y Señor de toda la creación. De este modo, levantaba el Reino sobre sólidas e indestructibles bases. Y sobre esa solidez debe fundarse nuestra espiritualidad, que debe acerarse con las pruebas, acrisolarse con las tribulaciones, perfeccionarse con las persecuciones, ser inconmovible ante todas las furias del infierno desatadas, aun en el caso de que nos tocase vivir en los tiempos del Anticristo… seguimos a quien hoy, como ayer, tiene todo el poder, y por tanto no hay lugar a ningún miedo, y nada nos puede mover a renunciar a la verdad revelada y al amor de Cristo[157].
  122. El milagro de la Transfiguración, por el que mostró a sus discípulos la gloria y hermosura de su cuerpo, no sólo debe alentarnos, por la breve contemplación del gozo eterno, a tolerar las dificultades, sino que debe recordarnos el fin específico de nuestra pequeñísima Familia Religiosa: evangelizar la cultura, o sea transfigurarla en Cristo. Por eso, los días 6 de agosto, fiesta de la Transfiguración del Señor, recordaremos siempre con solemnidad aquello que nos constituye y debe distinguirnos entre las distintas familias religiosas de la Iglesia.


    f) El sacerdocio de Cristo

  123. Por razón de la unión del Verbo con la naturaleza humana y de la gracia capital, Jesucristo es constituido verdadero Sumo y Eterno Sacerdote. Nadie tan verdadero Sacerdote como Él, los demás son a su imagen. Nadie más Sumo Sacerdote que Él, de quien participan por derivación los demás. Nadie Eterno Sacerdote como Él, que perpetuará hasta el fin de los siglos su sacrificio sobre los altares y consumará su sacerdocio en el cielo: Tú eres sacerdote eterno… (Sal 110,4), Sumo Sacerdote (Hb 4,14), Sacerdote para siempre (Hb 6,20).
  124. Él fue, a su vez, sacerdote y víctima de su propio sacrificio: se entregó por nosotros a Dios en oblación y sacrificio… (Ef 5,2).
  125. Su sacerdocio tiene fuerza sobreabundante para expiar por todos los pecados de los hombres: en sus llagas hemos sido curados (Is 53,5).
  126. Él es el mediador perfectísimo entre Dios y los hombres: Porque uno es Dios, uno también el mediador entre Dios y los hombres… (1 Tm 2,5), Él es mediador de una alianza más excelente (Hb 8,6).
  127. De hecho, Jesucristo comunica su propio sacerdocio a sus discípulos, en grados diversos, haciéndolos participar de manera verdadera y real. Es en la liturgia donde el Cuerpo místico de Cristo, es decir, “la Cabeza y los miembros, ejerce el culto público íntegro. En consecuencia… es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia”[158].
  128. En la liturgia, el Verbo Encarnado pide por nosotros –es nuestro Sacerdote–, pide en nosotros –es nuestra Cabeza–, y a Él rezamos nosotros –es nuestro Dios–. Debemos reconocer nues­tra voz en Él y su voz en nosotros. Debemos rezar con Él, ya que Él reza con nosotros; rezar en Él, ya que Él reza en nosotros[159].
  129. Esta participación en el sacerdocio de Cristo es la esencia del carácter sacramental que comienza con el Bautismo, se perfecciona con la Confirmación, y llega a su máxima plenitud en el Orden Sagrado.
  130. a) El carácter bautismal nos faculta a recibir los demás sacramentos, y a los simples fieles los faculta para actuar como ministros propios en el sacramento del Matrimonio (es la máxima realización del sacerdocio común). ¡Cómo deberíamos nutrir nuestra alma con la realidad de nuestro Bautismo! ¡Cómo deberíamos enseñar esta realidad a los fieles cristianos laicos!
  131. b) El carácter bautismal faculta a todo bautizado para ofrecer el Sacrificio eucarístico. Esta grandiosa e impresionante prerrogativa debemos enseñar insistentemente a todos los miembros de nuestros Institutos que no son sacerdotes ministeriales. Los bautizados participan en la oblación de la Víctima del altar al Padre –sin realizar ellos el rito litúrgico– de dos maneras: primera, ofrecen el sacrificio por medio del sacerdote visible, ya que éste ofrece en nombre de todos los miembros al obrar en la persona de Cristo en cuanto Cabeza y Pastor; y segunda, juntamente con el sacerdote visible, al unir sus votos de alabanza, de impetración y de expiación.
  132. c) El carácter de la Confirmación faculta para confesar con valentía y fortaleza la fe de Cristo, al dar la gracia confortante o corroborativa, defendiendo la fe contra sus adversarios con mayor facilidad y como por oficio.
  133. d) El carácter del Orden Sagrado configura con Cristo Cabeza, dando poder al sacerdote ministerial sobre el Cuerpo físico de Cristo y sobre su Cuerpo místico. Le permite obrar “in persona Christi[160], siendo su acto principal la inmolación y oblación del sacrificio de la Misa[161] y, además, el bendecir, presidir, predicar, bautizar, confesar, etc. Los miembros de nuestro Instituto que son sacerdotes ministeriales deben volver una y otra vez a esta realidad inefable que produjo en ellos un cambio ontológico al asemejarlos a Cristo cabeza, y ninguna espiritualidad laical tiene que reducir su espiritualidad presbiteral.

    Artículo 3: Su Salida de este mundo


    a) Pasión

  134. Según el plan de la Santísima Trinidad era preciso que Jesucristo pa