Directorio de Espiritualidad

Contenido

DIRECTORIO DE ESPIRITUALIDAD
del INSTITUTO DEL VERBO ENCARNADO

ÍNDICE ALFABÉTICO DE LAS REFERENCIAS
DE LOS DOCUMENTOS MAGISTERIALES CITADOS Y/O MENCIONADOS EN EL TEXTO DE LAS CONSTITUCIONES
Y DEL DIRECTORIO DE ESPIRITUALIDAD

Ad Diem Illum LaetissimumSan Pío X, Carta encíclica Ad Diem Illum Laetissimum sobre la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen (2/2/1904)
Ad GentesConcilio Vaticano II, Decreto Ad Gentes sobre la actividad misionera de la Iglesia (7/12/1965)
Aeterni Patris León XIII, Carta encíclica Aeterni Patris sobre la restauración de la filosofía cristiana conforme a la doctrina de Santo Tomás de Aquino (4/8/1879)
Benigna Hominum Parens León XIII, Breve Benigna Hominum Parens para instituir el Pontificio Colegio Armenio de Roma (1/3/1883)
Carta sobre Formación EspiritualCongregación para la Educación Católica, Carta circular sobre algunos aspectos más urgentes de la formación espiritual en los Seminarios (6/1/1980)
Catechesi Tradendae San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Catechesi Tradendae sobre la catequesis en nuestro tiempo (16/10/1979)
Christifideles LaiciSan Juan Pablo II, Exhortación apostólica Christifideles Laici sobre la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo (30/12/1988)
Christus Dominus Concilio Vaticano II, Decreto Christus Dominus sobre el ministerio pastoral de los obispos (28/10/1965)
Communionis NotioCongregación para la Doctrina de la Fe, Carta Communionis Notio sobre algunos aspectos de la Iglesia entendida como comunión (28/5/1992)
Credo del Pueblo de DiosSan Pablo VI, Solemne Profesión de fe Credo del Pueblo de Dios, al concluir el Año de la fe proclamado con motivo del XIX centenario del martirio de los apóstoles Pedro y Pablo en Roma (30/6/1968)
Dei Verbum Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Dei Verbum sobre la divina revelación (18/11/1965)
Dives in MisericordiaSan Juan Pablo II, Carta encíclica Dives in Misericordia sobre la misericordia divina (30/11/1980)
Divini Illius Magistri Pío XI, Carta encíclica Divini Illius Magistri sobre la educación cristiana de la juventud (31/12/1929)
Divino Afflante SpirituPío XII, Carta encíclica Divino Afflante Spiritu sobre los estudios bíblicos (30/9/1943)
Documento de Puebla III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Documento de Puebla (23/3/1979)
Dominum et Vivificantem San Juan Pablo II, Carta encíclica Dominum et Vivificantem sobre el Espíritu Santo en la vida de la Iglesia y del mundo (18/5/1986)
Ecclesiae ImagoCongregación para los Obispos, Directorio Ecclesiae Imago (22/2/1973)
Ecclesiam SuamSan Pablo VI, Carta encíclica Ecclesiam Suam sobre el “mandato” de la Iglesia en el mundo moderno (6/8/1964)
Evangelica Testificatio San Pablo VI, Exhortación apostólica Evangelica Testificatio sobre la renovación de la vida religiosa según las enseñanzas del Concilio (29/6/1971) 
Evangelii Nuntiandi San Pablo VI, Exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi sobre la evangelización en el mundo contemporáneo (8/12/1975)
Exultate DeoEugenio IV, Bula Exultate Deo sobre la unión de los armenios (22/11/1439)
Fausto Appetente Die Benedicto XV, Carta encíclica Fausto Appetente Die en ocasión del VII aniversario de la muerte de Santo Domingo de Guzmán (29/6/1921)
Gaudium et SpesConcilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo actual (7/12/1965)
Haerent Animo San Pío X, Exhortación apostólica Haerent Animo en ocasión del 50º aniversario de su sacerdocio (4/8/1908)
Laudis Canticum San Pablo VI, Constitución apostólica Laudis Canticum con la que se publica el oficio divino reformado (1/11/1970)
Lumen GentiumConcilio Vaticano II, Constitución Dogmática Lumen Gentium sobre la Iglesia (21/11/1964)
Marialis Cultus San Pablo VI, Exhortación apostólica Marialis Cultus para la recta ordenación y desarrollo del culto a la Santísima Virgen María (2/2/1974)
Mediator DeiPío XII, Carta encíclica Mediator Dei sobre la sagrada liturgia (20/1/1947)
Mirabilis Deus San Pío V, Bula Mirabilis Deus para proclamar a Santo Tomás de Aquino doctor de la Iglesia (11/4/1567)
Mutuae Relationes Congregación para los Obispos – Con­grega­ción para los Religio­sos e Institutos Seculares, Directivas Mutuae Relationes sobre la relación entre los obispos y los religiosos en la iglesia (14/5/1978)
Mystici Corporis ChristiPío XII, Carta encíclica Mystici Corporis Christi sobre la Iglesia (29/6/1943)
Optatam Totius Concilio Vaticano II, Decreto Optatam Totius sobre la formación sacerdotal (28/10/1965)

 

CAPÍTULO 1: EL MISTERIO DEL VERBO



Introducción
  1. Queremos estar anclados en el misterio sacrosanto de la Encarnación, que es “el misterio primero y fundamental de Jesucristo”[1], actualmente presente, y desde allí lanzarnos osadamente a restaurar todas las cosas en Cristo (Ef 1,10). Queremos ser otra Encarnación del Verbo para encarnarlo en todo lo humano.
  2. Nuestra religión “es una doctrina, pero sobre todo es un acontecimiento: el acontecimiento de la Encarnación, Jesús, Hombre-Dios que ha recapitulado en sí el Universo (cf. Ef 1,10)”[2]. “Imposible es encontrar algo semejante al misterio de la Santísima Trinidad y de la Encarnación”[3].
  3. Pues bien, del hecho de la Encarnación redentora queremos sacar luz y fuerzas siempre nuevas, ya que Jesucristo es fuente inexhausta de Ser, de Verdad, de Bondad, de Belleza, de Vida, de Amor.

    Artículo 1: Primacía de Jesucristo
     
  4. Confesamos la preeminencia de Cristo, aún en cuanto hombre, sobre toda la creación. Primacía que Cristo tiene sobre las almas y sobre los cuerpos de los miembros de su Cuerpo místico y, también, sobre todos los hombres de todos los tiempos –es Cabeza de todos– incluso de los no predestinados, quienes sólo dejarán de ser miembros en potencia del Cuerpo de Cristo cuando salgan de este mundo. El Hijo es “el arte del Padre”[4].
  5. Confesamos que Cristo es Cabeza de la Iglesia[5] y de todos los hombres[6], y que sobre todos tiene una triple primacía: de orden, de perfección y de poder. Tiene prioridad de orden, ya que por su proximidad con Dios su gracia es la más elevada y la primera, aunque no temporalmente; porque todos cuantos reciben la gracia la reciben en relación con la suya: A los que de antes conoció, a ésos los predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que Este sea el primogénito entre muchos hermanos (Rm 8,29). Tiene prioridad de perfección, porque posee la plenitud de todas las gracias: Le hemos visto… lleno de gracia y de verdad (Jn 1,14). Tiene prioridad en el poder, ya que Él tiene todo el poder de comunicar la gracia y la gloria a todos los miembros de su Cuerpo: De su plenitud todos hemos recibido gracia sobre gracia (Jn 1,16).
  6. Por eso las herejías de todos los tiempos tienen y tendrán un común denominador: disminuir la dignidad de Jesucristo. Señalaba San León Magno: “Casi ningún (hereje) ha sido engañado sin haber abandonado la creencia en la verdad de las dos naturalezas asociadas a la única persona de Cristo”[7]; y Santo Tomás enseña que “cuando uno considera en su conjunto los errores de los herejes es manifiesto que su fin principal es disminuir a Cristo en su dignidad”[8]. Finalmente, “no existe otro misterio fuera de Cristo”[9]. Y de aquí que San Felipe Neri enseñe que “el que quiere otra cosa que no sea Cristo, no sabe lo quiere. El que pide otra cosa que no sea Cristo, no sabe lo que pide. El que obra, y no por Cristo, no sabe lo que hace”[10].

    Artículo 2: Amor al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo
  7. La contemplación del misterio de la Encarnación alimenta el amor a la Trinidad Santísima: Padre, Hijo y Espíritu Santo, que fue la realizadora de la Encarnación; y nos enciende en ardiente amor al Verbo que “por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo”[11]; y al Verbo en su preexistencia, entrada al mundo, vida terrena –obras y enseñanzas–, salida del mundo, vida mística y segunda Venida.

    Artículo 3: Preexistencia del Verbo
  8. a) Persona eterna. La persona del Verbo existe desde toda la eternidad: al principio era el Verbo… y Él estaba al principio junto a Dios (Jn 1,1-2). Al confesar la existencia del Verbo como anterior a la Santísima Virgen y anterior a la creación del mundo, queremos basar nuestra espiritualidad en el absoluto de Dios, ante quien todo es como nada[12]. Siempre debe ser capi­tal para nosotros la exhortación de San Cipriano de “no anteponer nada a Cristo”[13], convencidos de que “Dios ama a Cristo más que a todo”[14], y la convicción de Santa Teresa: “Sólo Dios basta”[15]. Queremos en todo y por todo dar primacía a lo espiritual y entregarnos en santo abandono a la voluntad de beneplácito de Dios, ya que, como respuesta a la revelación de Dios “el hombre debe abandonarse enteramente en Dios”[16].

  9. b) Persona distinta. Y el Verbo estaba junto a Dios (Jn 1,1). El Verbo es la “Palabra que procedió del silencio”[17]. La distinción personal del Verbo con el Padre y el Espíritu Santo nos impele a que toda nuestra vida lleve la impronta trinitaria, que es el máximo misterio de Dios, es plenitud del hombre y es “la sustancia del Nuevo Testamento”, en la que los hombres por medio del Hijo hecho carne tienen acceso en el Espíritu Santo al Padre y se hacen partícipes de la naturaleza divina (2 P 1,4). Debe ser un timbre de honor el confesar “la distinción de las personas, la unidad de su naturaleza y la igualdad en la majestad”[18].
  10. c) Persona divina. Y el Verbo era Dios (Jn 1,1). Reconocemos en Él la plenitud de la divinidad y todos los atributos del ser y del obrar divinos y que todas las cosas fueron hechas por Él y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho (Jn 1,3). De manera particular, queremos vernos en Él a nosotros mismos y a todo hombre, y vernos creados “a imagen y semejanza de Dios”[19], y además, “por Él y ante Él comprender que el hombre es único e irrepetible; alguien eternamente ideado y eternamente elegido; alguien llamado y denominado por su propio nombre”[20].


    CAPÍTULO 2: EL MISTERIO DEL VERBO ENCARNADO



    Artículo 1: Su primera Venida
  11. Y el Verbo se hizo carne (Jn 1,14). La obra de la Encarnación es común a las tres divinas personas, pero se atribuye al Espíritu Santo porque: a) tiene por causa el máximo amor de Dios: de tal modo amó Dios al mundo que le dio a su Unigénito Hijo (Jn 3,16); b) la naturaleza humana no fue asumida por mérito propio, sino por la sola gracia, la cual se atribuye al Espíritu Santo: Hay diversidad de gracias, pero el Espíritu Santo es el mismo (1 Co 12,4); c) Jesucristo es el solo Santo e Hijo de Dios: lo que nacerá de ti será Santo, será llamado Hijo de Dios (Lc 1,35); y en Él somos hechos hijos de Dios: porque sois hijos envió Dios al Espíritu de su Hijo a nuestros corazones que grita: “¡Abba! ¡Padre!” (Ga 4,6), y somos santificados, ya que es el Espíritu de santificación (Rm 1,4).
  12. Basados en el misterio de la Encarnación, obrado por el Espíritu en María Virgen, debemos cantar siempre las misericordias de Dios[21] porque “por la Encarnación del Verbo se hace creíble la inmortalidad de la dicha”[22], debemos tener clara conciencia de que sin Jesucristo nada podemos[23], y debemos propender con todas nuestras fuerzas a adelantar siempre en la virtud.
  13. De allí que debamos obrar movidos por el Espíritu Santo teniéndole suma docilidad. Para ello tres cosas queremos tener:
  14. a) Atención a las inspiraciones del Espíritu Santo, como la Virgen, a quien el ángel Gabriel pudo presentarse y hablar por su habitual atención a las mociones del Espíritu[24]; para ello hay que trabajar contra la habitual disipación, la falta de mortificación y los afectos desordenados.
  15. b) Discernimiento de espíritus para aceptar y secundar las mociones del Espíritu Santo y rechazar las del mal espíritu; siendo muy prudentes, a ejemplo de la Virgen, que se preguntaba qué podría significar aquel saludo (Lc 1,29).
  16. c) Docilidad y prontitud en la ejecución de lo que pide el Espíritu Santo, como la Virgen, quien rápidamente se puso en camino (Lc 1,39), porque “los cálculos lentos son extraños a la gracia del Espíritu Santo”[25]; trabajando siempre contra la tentación de la dilación, contra el miedo al sacrificio y a la entrega total y contra la tentación de recuperar lo que hemos dado buscando compensaciones o instalándonos, poniendo “nido”[26] en cosas que no sean Dios.
  17. El sintonizar con el Espíritu Santo nos debe mover a vivir las bienaventuranzas evangélicas, a dejarnos llevar por la acción de los dones del Espíritu y a ser fecundos en producir sus frutos: caridad, gozo, paz, longanimidad, afabilidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza (Ga 5,22).
  18. También debemos considerar el “sí” de la Santísima Virgen: Hágase en mí según tu palabra (Lc 1,38). El consentimiento de la Madre de Dios nos muestra que no fue “un mero instrumento pasivo, sino cooperadora a la salvación humana por libre fe y obediencia”[27]. Y nosotros tampoco debemos ser instrumentos pasivos.
  19. La Virgen dio su “sí” en calidad de esclava: He aquí la esclava del Señor (Lc 1,38); y miró Dios la humildad de su esclava (Lc 1,48); y entonces tomó el Verbo forma de esclavo, haciéndose semejante a los hombres (Flp 2,7) en sus entrañas purísimas. Por eso nuestra espiritualidad quiere estar signada, con especial relieve, al profesar un cuarto voto de esclavitud mariana, según el espíritu de San Luis María Grignion de Montfort, de modo que toda nuestra vida quede marianizada. Al hablar de los votos profundizaremos en nuestra espiritualidad mariana.


    a) La divinidad de Jesús

  20. Desde siempre ha sido central en la fe católica la confesión de San Pedro: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo (Mt 16,16), y tiene que ser central en nuestra espiritualidad. “Sólo hemos sido salvados si Jesucristo comparte en su persona la plena vida divina” enseñó San Juan Pablo II[28]; y, en otra oportunidad, dijo que al confesar que Jesús es el Señor (Rm 10,9)[29] “rompemos con todo lo demás que pretenda erigirse en absoluto, y destruimos los ídolos del dinero, del poder, del sexo, los que se esconden en las ideologías, ‘religiones laicas’ con ambición totalitaria”[30].

  21. Él es el “Camino” para ir al Padre y nadie va al Padre sino por Él[31]. Tiene el único nombre por el cual podemos ser salvos (Hch 4,12). Es el que hace que la Iglesia sea un “sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano”[32]. Es el que sostiene todos los dogmas de la Iglesia, ya que es “la verdad que incluye todas las demás”[33]. Es el que nos muestra la primacía y el peso de la eternidad sobre toda realidad temporal.
  22. El confesar la divinidad de Jesucristo debe movernos, además, a la práctica de las virtudes de la trascendencia: fe, esperanza y caridad, y, de éstas, a la urgencia de la oración y contemplación incesantes, y a la conciencia de la necesidad de las purificaciones activas y pasivas del sentido y del espíritu.
  23. Contemplando que el Verbo Encarnado es “Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no hecho, consustancial con el Padre”[34], queremos dejar de lado toda postura de puro humanismo (humanismo sin trascendencia) que termina aniquilando al hombre, y todo falso kenotismo (anonadamiento) que, con excusa de ir a lo inferior, se vacía de lo superior, como hacen, por ejemplo, aquellos que por “estar en el mundo” se allanan al espíritu del mundo, vaciándose, y se olvidan de que los cristianos están en el mundo, pero no son del mundo (Jn 17,16). Porque “si Dios faltara completamente al hombre, el hombre dejaría de existir. La gloria de Dios es que el hombre viva, pero la vida del hombre es ver a Dios”[35].


    b) La humanidad de Jesús

  24. San Juan Bautista anunció a Jesús: Detrás de mí viene un hombre (Jn 1,30), San Pedro lo negó ante la criada: No conozco a ese hombre (Mt 26,72), y Pilato lo presentó a la turba: Ecce homo (Jn 19,5). Confesamos que Jesús no sólo es Dios, sino, también, verdadero hombre, como lo hiciera el centurión: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios (Mc 15,39).
  25. El hacerse hombre es “el misterio primero y fundamental de Jesucristo”[36]. “Dios no estuvo nunca tan cercano del hombre –y el hombre jamás estuvo tan cercano a Dios– como precisamente en ese momento: en el instante del misterio de la Encarnación”[37].
  26. El Verbo, que expresa no sólo al Padre, sino también expresa el ser y el obrar de todas las creaturas[38] y de manera particular, de todo hombre, varón o mujer, “manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación”, al punto tal que “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo Encarnado”[39].
  27. De aquí se deriva, raigalmente, uno de los elementos principales de nuestra espiritualidad. Decía Terencio: “soy hombre y nada de lo humano me es ajeno”[40]. Con mayor razón, por la Encarnación, nada de lo auténticamente humano nos es extraño. Por tanto, debemos trabajar para prolongar la En­carnación en toda la realidad, de manera específica, evangelizando la cultura, porque “ninguna actividad humana es extraña al Evangelio”[41].
  28. Para nosotros Cristo se identifica misteriosamente con cada hombre, y cada hombre y todos los hombres sólo pueden ser entendidos en Cristo Jesús, sabiendo que “fue necesario al género humano que Dios se hiciera hombre para demostrar al género humano la dignidad de la naturaleza humana”[42]. Dirá Él en el día del Juicio: porque tuve hambre y me disteis de comer… (Mt 25,35). Los pobres son Cristo: “representan el papel del Hijo de Dios”[43]; los peregrinos son Cristo: “recíbaselos como al mismo Cristo”[44]; los niños son Cristo: El que los recibe a mí me recibe (Mt 18,5); en todo hombre está “Jesús oculto en el fondo de su alma”[45]. Por eso decía San Agustín: “en Él somos cristos y Cristo”[46].
  29. Si todo cristiano debería pasar por la tierra a imitación del Dios Encarnado, con mucha mayor razón debemos vivir nosotros esta realidad como religiosos de la familia “del Verbo Encarnado”. Y no sólo vivir nosotros la vida de Cristo buscando en todo a Dios, sino difundir la vida de Cristo en los demás, e informar con ella las culturas de los hombres para elevar al hombre: “que el hombre se sienta inclinado a unirse a las cosas inferiores a Dios, tomándolas como fin, es por ignorar la dignidad de la propia naturaleza”[47].
  30. Esta realidad, misteriosa y gozosa, de ser “otros Cristos” (central en nuestra espiritualidad) lo lleva a San Pablo a inventar palabras para expresarla: conmortui (2 Tm 2,11), consepulti (Rm 6,14), conresuscitati (Ef 2,6), convivificati (Ef 2,5), complantati (Rm 6,5), convivemus (2 Tm 2,11), consedere (Ef 2,6)… llegando a exclamar: Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (Ga 2,20). Muy hermosamente dice Santa Isabel de la Trinidad que debemos ser “como una nueva encarnación del Verbo”, “como otra humanidad suya”, de modo que el Padre no vea en nosotros “más que el Hijo amado”[48].
  31. Ya somos, en principio, Cristo por el Bautismo, pero es nuestra tarea serlo en plenitud, muriendo y viviendo, como dice San Pablo: haced de cuenta que estáis muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús (Rm 6,11), y como dice San Pedro: Llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que, muertos al pecado, viviéramos para la justicia… (1 P 2,24).
  32. Muriendo:
    – al pecado y a las obras de la carne, ya que en Cristo tenemos la Redención por su sangre, la remisión de los pecados según la riqueza de su gracia (Ef 1,7), los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y concupiscencias (Ga 5,24);
    – a la pena del pecado, o sea, al mundo malo: he vencido al mundo (Jn 16,33), porque antes vivíamos en servidumbre bajo los elementos del mundo (Ga 4,3); y al infierno, porque: al nombre de Jesús se doble toda rodilla… en el infierno (Flp 2,10);
    – al miedo a la muerte, ya que el Hijo de Dios se encarnó para librar a aquellos que por el temor de la muerte estaban toda la vida sujetos a servidumbre (Hb 2,15);
    – al poder del demonio: para esto apareció (se encarnó) el Hijo de Dios, para destruir las obras del diablo (1 Jn 3,8);
    – a la esclavitud de la vieja ley: nos redimió de la maldición de la ley (Ga 3,13).
  33. Viviendo:
    – la vida de la gracia en plenitud, ya que Cristo ha venido en carne para traernos vida, y vida en abundancia[49]: esa vida es la gracia de Dios que nos hace partícipes de la naturaleza divina (2 P 1,4), es la vida sobrenatural de las virtudes teologales, de las morales infusas y de los dones del Espíritu Santo;
    – la vida profética, por la que participamos “de la función profética de Cristo”[50], dando testimonio de la fe y caridad, ofreciendo a Dios el sacrificio de alabanza, enseñando a tiempo y a destiempo[51] la Palabra, sea en la predicación, en la docencia, escribiendo o investigando, en la evangelización o en la catequesis, etc.;
    – la vida sacerdotal, tanto del sacerdocio común derivado del Bautismo, como del ministerial o jerárquico (esencial y no gradualmente distinto)[52];
  34. – la vida del señorío, que connota una cierta razón de dominio:
    a) Señorío sobre sí mismo: en la medida en que el hombre triunfa sobre el pecado, domina los incentivos de la carne, y gobierna su alma y su cuerpo. El religioso, en la medida en que somete cumplidamente su alma a Dios, llega a una situación de indiferencia y desapego a las cosas del mundo, lo cual no quiere decir impotencia sino al contrario, una voluntad dominadora y libre, capaz de dedicarse a las cosas sin dejarse dominar por ellas.
  35. b) Señorío sobre los hombres: en la medida en que el religioso se entrega generosamente al servicio de Jesucristo, el único Rey que merece ser servido, adquiere una realeza efectiva, aunque espiritual, sobre los hombres, aun sobre los que tienen poder y autoridad, y aun sobre los que abusan de ella. Porque toman sobre sí la carga de sus pecados y sus penas, por un amor humilde y servicial que llega hasta el sacrificio de sí mismo.
  36. c) Señorío sobre el mundo, de dos maneras:
    – Una, colaborando con el mundo de la creación por el trabajo y el mundo de la Redención por el apostolado. Para que esta realeza sea efectiva será necesario que junto a una dedicación a las cosas, haya al mismo tiempo, un desprendimiento y desapego de las mismas: Sólo queda que los que tengan mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran como si no llorasen; los que se alegran como si no se alegrasen; los que compran como si no poseyesen, y los que disfrutan del mundo, como si no disfrutasen, porque pasa la apariencia de este mundo (1 Co 7,29ss.).
    – Otra, rechazando el mundo, ya sea por lealtad al mundo mismo que debe ser tenido como medio y no como fin, ya sea por lealtad hacia Dios, resistiendo a las concupiscencias, tentaciones y pecados del mundo; siendo independientes frente a las máximas, burlas y persecuciones del mundo, sólo dependiendo de nuestra recta conciencia iluminada por la fe; dispuestos al martirio por lealtad a Dios, lo que constituye el rechazo pleno y total del mundo malo.
  37. La gracia más grande que Dios puede conceder a nuestra minúscula Familia Religiosa es la persecución, en especial aquélla que llegue al martirio[53]: “Viva siempre Jesucristo que nos da fuerza para soportar todas las pruebas por su amor. Las obras de Dios siempre se vieron combatidas para mayor esplendor de la divina magnificencia”[54]. Debemos recordar siempre que la persecución para que sea bienaventurada debe reunir, imprescindiblemente, dos requisitos: que seamos “injuriados por causa de Cristo”, y que sea “falso lo que se dice contra nosotros”[55]; y cuidar mucho de no volver y revolver en nuestros males, entreteniéndonos con delicadas complacencias en ellos, o cayendo en “esa creencia luciferina de que somos algo grande”[56], de que estamos sufriendo mucho. Nuestro orgullo nos lleva a “considerar como vigas las hierbas, como llagas las picaduras, como elefantes los ratones”[57].
  38. d) Señorío sobre el demonio: Necesitamos religiosos convencidos no sólo de que tienen por gracia de Dios poder para resistir al demonio, sino también poder para exorcizarlo.
  39. – Viviendo como resucitados: buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios; pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra (Col 3,1); en la libertad de los hijos de Dios que no se esclavizan:
    – ni bajo los elementos del mundo (Ga 4,3),
    – ni bajo la letra que mata[58],
    – ni bajo el espíritu del mundo[59],
    porque no debemos sujetarnos al yugo de la servidumbre… (de lo contrario) Cristo no nos aprovecharía en nada[60].
  40. Debemos ser tan dóciles al Espíritu que podamos decir: “Mi gloria es vivir tan libre / como pájaro en el cielo; / no hago nido en este suelo…”; no debiendo nada a la carne porque toda carne es como heno y toda su gloria como flor de heno (1 P 1,24) y si vivimos por el Espíritu, andemos según el Espíritu (Ga 5,25), ya que lo que nace de la carne, carne es; pero lo que nace del Espíritu, es Espíritu (Jn 3,6).
  41. Eso es tener espíritu de príncipe[61]: es orientar el alma a actos grandes… es preocuparse de las cosas grandes… es realizar obras grandes en toda virtud. Es ser noble. Y ¿qué es ser noble?… Eso se siente y no se dice. Es un hombre de corazón. Es un hombre que tiene algo para sí y para otros. Son los nacidos para mandar. Son los capaces de castigarse y castigar. Son los que en su conducta han puesto estilo. Son lo que no piden libertad sino jerarquía. Son los que se ponen leyes y las cumplen… Son los que sienten el honor como la vida. Los que por poseerse pueden darse. Son los que saben en cada instante las cosas por las cuales se debe morir. Los capaces de dar cosas que nadie obliga y abstenerse de cosas que nadie prohíbe. Son los que se tienen siempre por principiantes: tengámonos siempre por principiantes, sin cesar de aspirar nunca a una vida más santa y más perfecta, sin detenernos nunca.
  42. De modo tal que estemos firmemente resueltos a alcanzar la santidad. Un religioso que no esté dispuesto a pasar por la segunda y la tercera conversión, o que no haga nada en concreto para lograrlo, aunque esté con el cuerpo con nosotros no pertenece a nuestra familia espiritual. Debemos tener “una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella (la santidad), venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabájese lo que se trabajare, murmure quien murmure, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo…”[62]. Lo que importa es dar un paso, un paso más, siempre es el mismo paso que vuelve a comenzar.
  43. Por el Bautismo, por la práctica de las virtudes y por razón de la profesión religiosa, “que radica íntimamente en la consagración del Bautismo y la expresa con mayor plenitud”[63], queremos imitar más de cerca y representar perpetuamente en la Iglesia aquella forma de vida que el Hijo de Dios escogió al encarnarse[64].
  44. Queremos imitar lo más perfectamente posible a Jesucristo, ya que Él nos enseña: Os he dado ejemplo (Jn 13,15) y San Pablo exhorta: Tened los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús… (Flp 2,5), de tal manera que seamos el buen olor de Cristo (2 Co 2,15), embajadores de Cristo (2 Co 5,20)… del misterio del Evangelio (Ef 6,19), carta de Cristo (2 Co 3,3), revestidos de Cristo (Ga 3,27), firmemente convencidos de que somos predestinados a ser conformes con la imagen de su Hijo (Rm 8,29), reproduciéndolo[65], haciéndonos semejantes a Él[66], configurándonos con Él[67], sabiendo que reflejamos la misma imagen (2 Co 3,18) del Hijo Único de Dios. Queremos imitarlo hasta que podamos, de verdad, decir a los demás: Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo (1 Co 11,1), ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (Ga 2,20).
  45. El hecho de haber asumido el Verbo una naturaleza humana nos debe mover a la práctica de las virtudes del anonadarse: humildad, pobreza, dolor, obediencia, renuncia a sí mismo, misericordia y amor a todos los hombres.
  46. Del mismo hecho de hacerse hombre sin dejar de ser Dios, debemos aprender a estar en el mundo[68], “sin ser del mundo”[69]. Debemos ir al mundo para convertirlo y no mimetizarnos con él. Debemos ir a la cultura y a las culturas del hombre no para convertirnos en ellas, sino para sanarlas y elevarlas con la fuerza del Evangelio, haciendo, análogamente, lo que hizo Cristo: “Suprimió lo diabólico, asumió lo humano y le comunicó lo divino”[70].
  47. Al igual que Cristo se hizo semejante a nosotros en todo excepto en el pecado (Hb 4,15), para nosotros son inasumibles el pecado, el error y todos sus derivados. Antes de bautizar hay que exorcizar; sin conversión es imposible la reconciliación; sin renunciar al mal no existe Redención. No puede haber unidad a costa de la verdad. No hay santidad sin limpieza de alma: “santidad, limpieza quiere decir”[71].
  48. Sólo puede asumirse lo que tiene dignidad o necesidad. No puede asumirse ni lo inhumano, ni lo antihumano, ni lo infrahumano. Son inasumibles lo irracional, lo absurdo y todos sus derivados.
  49. Pero nada de lo auténticamente humano debe ser rechazado, ya que Cristo asumió una naturaleza humana íntegra. Debemos asumir todo lo humano ya que “lo que no fue tomado tampoco fue redimido”[72], y lo humano que no es asumido “se constituye en un ídolo nuevo con malicia vieja”[73].
  50. Y ese asumir lo humano no debe ser sólo aparente, sino real. Esa asunción sólo es real cuando de verdad transforma lo humano en Cristo, elevándolo, dignificándolo, perfeccionándolo. Lo que se deja sólo al nivel humano, sólo aparentemente se lo ha asumido.
  51. Vale lo dicho, de manera particular, para la evangelización de la cultura, que exige de nosotros una espiritualidad con matices peculiares: “ello pide un modo nuevo de acercarse a las culturas, actitudes y comportamientos para dialogar con profundidad con los ambientes culturales y hacer fecundo su encuentro con el mensaje de Cristo. Y de parte de los cristianos responsables, esta obra exige una fe esclarecida por la reflexión continua que se confronta con las fuentes del mensaje de la Iglesia y un discernimiento espiritual constante procurado en la oración”[74], no olvidando nunca que “la verdadera inculturación es desde dentro: consiste, en último término, en una renovación de la vida bajo la influencia de la gracia”[75].
  52. Además, debemos atender espiritualmente a las religiosas, por la misma dignidad de su consagración, que las hace ser “esposas del Verbo”. En cierto modo, las religiosas se asemejan a la naturaleza humana de Cristo, que:
    – está despojada totalmente de sí misma, sin tener, ni siquiera, personalidad propia;
    – está unida al Verbo con una unión íntima y perfectísima;
    – es instrumento docilísimo del Verbo;
    – toda su riqueza consiste en darse al Verbo.
  53. La religiosa que verdaderamente anhele ser esposa del Verbo debe, por amor a este divino Esposo[76]:
    – “abandonarlo todo”: por los tres votos se separa de todo lo que pueda obstaculizar la unión perfecta con Jesucristo;
    – “para unirse con todas sus fuerzas al Verbo”: por la caridad y por una fidelidad estable, firme y constante a la voluntad de Jesucristo: “en el Templo, en el claustro, en la celda, en el comedor, en los recreos, han de andar gimiendo por Jesucristo”[77];
    – “vivir para Él y dejarse guiar por Él”: han de ser celosas del honor y gloria del Verbo, su Esposo, y han de poder decir como San Pablo: ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (Ga 2,20);
    – “concebir del Verbo lo que para el Verbo debe dar a luz”: ya que por el Espíritu Santo todos sus actos han de ser sobrenaturales, fecundos y meritorios.


    c) La unión de ambas naturalezas

  54. Todo el augusto misterio del Verbo Encarnado debe ser motivo de constante inspiración para nuestra vida: “El Padre engendró al Hijo como diciéndose a sí mismo, igual en todo a Él; pues no se habría expresado íntegra y perfectamente a sí mismo si en su Verbo hubiera alguna cosa de más o de menos que no hay en Él. Allí reconocemos en grado sumo el sí, sí; no, no (Mt 5,37). Y por eso este Verbo es verdaderamente la Verdad”[78].
  55. El Verbo en la Encarnación unge con unción santísima todas y cada una de las células del cuerpo de Jesús, y el alma entera en su esencia y en sus facultades. No hay nada en Cristo que no sea tres veces santo, y por tanto, infinitamente adorable. Todo en Él es transparencia, autenticidad, sinceridad, coherencia, verdad: Yo soy… la Verdad (Jn 14,6). Es el Amén (Ap 3,14). Cuantas promesas hay en Dios son en Él Sí; y por Él decimos Amén, para gloria de Dios (2 Co 1,20); en Él habita la plenitud de la divinidad corporalmente (Col 2,9). En Él no hay nada vacío, hueco, o no asumido hipostáticamente. No hay nada de barniz o cáscara. Nada de simulado o camuflado. Nada de mentira, falsedad, inseguridad, velación o hipocresía. Es Uno Solo[79] –el Verbo– en dos naturalezas distintas, ambas perfectas, íntegras e hipostáticamente unidas.
  56. Por esto mismo, Cristo es uno sin comparación y “esto se dice de Cristo de múltiples maneras:
    – En primer lugar, Dios es uno solo a causa de la naturaleza divina; de donde, así, ninguno es Dios sino uno solo.
    – En segundo lugar, es un solo Creador a causa de su infinita potestad: Uno es el Altísimo, Creador de todas las cosas (Qo 1,8).
    – En tercer lugar, es único como hombre, a causa de la singular eminen­cia de la santidad: no hay quien haga el bien (Sal 14,1); conviene que uno muera por el pueblo (Jn 11,50).
    – En cuarto lugar, es un solo Señor, a causa de la gobernación de preeminencia: un solo Señor, una sola fe (Ef 4,5). De este modo hay un solo Señor, Jesucristo.
    – En quinto lugar, un solo Maestro, a causa de la infusión del conocimiento: a nadie llaméis maestro, porque uno solo es vuestro Maestro: el Cristo (Mt 23,10).
    – En sexto lugar, un solo Padre, a causa de la producción de todas las cosas: uno es vuestro Padre que está en los cielos (Mt 23,9).
    – En séptimo lugar, un solo Pastor, a causa del común cuidado del pueblo fiel: habrá un solo rebaño y un solo Pastor (Jn 10,16).
    – En octavo lugar, una sola Víctima, a causa del singular precio de nuestra Redención: pues con una sola oblación consagró para siempre a los santificados (Hb 10,14)”[80].
  57. Confesamos al Único Dueño y Señor Nuestro Jesucristo (Judas 4), y que en Él está comprendida una referencia a todas las creaturas. Es el punto de unión y cita del comprehensor y el viador; del Amo[81] y del esclavo[82]; del siglo y del segundo; del universo y del átomo; del desde ahora de la salvación y del hasta ahora de las promesas; del todavía no de lo que esperamos y del ya realizado; es el punto de unión y cita de Dios y el hombre; de lo escatológico y de lo encarnado; de las distancias siderales y del milímetro. Por eso, nada escapa a Cristo: ni los viajes espaciales, ni el mundo de la electrónica y de las computadoras, de la ciencia más actual o de la técnica más perfeccionada, ni de los descubrimientos recientes, ni de la familia, el trabajo, la cultura, lo económico-político, etc. Por eso, queremos vivir la exhortación de San Ignacio de Antioquía: “Tapaos los oídos cuando oigáis hablar de cualquier cosa que no tenga como fundamento a Cristo Jesús…”[83].
  58. Hay un solo Señor Jesucristo (1 Co 8,6), por eso no queremos “dejar de intentar nada para que el amor de Cristo tenga primado supremo en la Iglesia y en la sociedad”[84].
  59. Porque Cristo es uno, queremos trabajar con todas nuestras fuerzas para edificar nuestra vida en unión con los legítimos Pastores, y especialísimamente con una adhesión cordial al Obispo de Roma, mostrando así a la Iglesia una:
    – Para que todos los cristianos lleguen a la unidad perfecta a fin de que se cumpla la promesa y profecía del Señor: Habrá un solo rebaño y un solo Pastor (Jn 10,16), y alcance fruto su oración: Padre, que todos sean uno (Jn 17,21). Es la obra ecuménica.
    – Para que todos los hombres confiesen el adorable Nombre del Señor Jesús, cumpliendo con su mandamiento: Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura (Mc 16,15). Es la obra misionera. No olvidando que: “es la verdad, más que nada, la que construye la unidad: la comunión de inteligencias fácilmente se transforma en unión de corazones…”[85].
  60. Sólo en la verdad podremos vivir la inefable realidad que expresa San Juan Eudes: “Todo lo suyo es tuyo: el Espíritu, el corazón, el cuerpo, el alma y todas sus facultades… todo lo que hay en ti debe ser injertado en él… él debe ser tu espíritu, tu corazón, tu amor, tu vida y todo lo tuyo”[86].
  61. Las dos naturalezas, íntegras y perfectas, del Verbo Encarnado nos recuerdan la doble realidad, sobrenatural y natural, de lo creado, y por tanto, la real distinción entre gracia y naturaleza, fe y razón, Iglesia y mundo, que no deben confundirse, ni cambiarse, ni mezclarse, ni absorberse, ni subsumirse. No hay que mezclar lo humano con lo divino, que es un género de mezcla del cual no se ha de vestir ningún cristiano entendimiento. Nos mueven, además, a la práctica de las virtudes aparentemente opuestas, respetando sus esencias y evitando todo falso monismo gnóstico; por ejemplo, justicia y amor, firmeza y dulzura, fortaleza y mansedumbre, santa ira y paciencia, pureza y gran afecto, magnanimidad y humildad, prudencia y coraje, alegría y penitencia, etc. La elevada santidad es la unión eminente de todas las virtudes, aun las más diversas.
  62. Ambas naturalezas, conservando sus propiedades, se unen sustancialmente en la persona del Verbo; por tanto, no dejan lugar para falsos dualismos ni destructoras dialécticas que buscan dividir, separar y oponer la gracia y la naturaleza, la fe y la razón, la Iglesia y el mundo, realidades que no deben oponerse destructivamente, sino unirse ordenadamente. Nos mueven también a no dialectizar ni nuestra vida espiritual ni la vida pastoral, no enfatizando algún elemento en contra de otro, evitando toda dualidad, impregnando toda la vida con la Verdad, siendo “amén” del Amén (Ap 3,14).
  63. Hay que tener también cuidado de no caer nunca en visiones maniqueas de la realidad ni en reduccionismos jansenistas, evitando que la legítima y justa autonomía de lo temporal y de lo espiritual degenere en independencia de Dios: “La criatura sin el Creador desaparece”[87]. El ateísmo es “el fenómeno más grave de nuestro tiempo”[88].
  64. Ciertamente que es Dios quien asume una naturaleza humana y no al revés. Y así debe ser en toda nuestra vida, en que debemos dar siempre la primacía a Dios sobre el mundo, a la gracia sobre la naturaleza, a la fe sobre la razón: “en la prioridad de la ética sobre la técnica, en el primado de la persona sobre las cosas, en la superioridad del espíritu sobre la materia”[89]. Así como en Cristo se da un orden entre sus dos naturalezas, así en toda la realidad debe darse una subordinación jerárquica entre los órdenes sobrenatural y natural. Él es el que nos da la ley que rige las vinculaciones de ambos órdenes. Es Dios el que sana y eleva al hombre, no al revés; es la fe la que purifica y perfecciona la razón, no al revés; es la Iglesia la que cura y salva el mundo y no al revés. La inversión de valores que afecta a la cultura moderna es otro de los problemas de nuestro tiempo. Hay que darle más importancia a lo que la tiene y hay que buscar primero lo que primeramente cuenta: Buscad primero el Reino y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura (Mt 6,33).
  65. Tampoco es el misterio de la Encarnación una mera unión de la naturaleza divina con la naturaleza humana, sino que se trata de una unión de asunción[90]. No nos basta cualquier modo de unión entre Dios y la creatura para recapitular todo en Cristo (Ef 1,10), sino que, análogamente al misterio de la Encarnación, debe ser una asunción, o sea, se debe dar una acción y pasión que exprese el devenir y no sólo el resultado final y que diga referencia distinta a cada uno de los términos, de partida y de llegada. Hay que “asumir” las culturas, purificándolas y elevándolas a partir de Cristo y su Evangelio, entendido “en Iglesia”[91]. No nos basta con una mera unión ni con sólo poner una etiqueta nominalista a la realidad para que esta sea, de verdad, enseñoreada por Cristo. El “estar en el mundo” sólo tiene sentido para nosotros cuando depende del “no ser del mundo”. Sólo así se puede ser de verdad sal de la tierra y luz del mundo (Mt 5,13ss.). Si no nos convertiríamos en sal sosa y en luz bajo el celemín.


    d) Del fin de la Encarnación

  66. El fin último y absoluto de la Encarnación es la gloria de Dios; el mediato es la exaltación y gloria de Cristo, redentor del hombre; y el inmediato es la Redención del género humano. De ahí que en todo y por todo queremos buscar siempre la gloria de Dios, fin último de todo el universo; de manera particular, en la búsqueda, investigación, proclamación y celebración de la verdad, porque seguimos al Verbo que dice: Yo soy la Verdad (Jn 14,6), por ser ese mismo “el fin último del universo… la verdad”[92], y porque para eso se encarnó Jesucristo: Yo para eso he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad (Jn 18,37). Primeramente es la verdad la que da clara noticia con alabanza de Dios.
  67. Un modo particular de dar gloria a Dios es el confiar sin límites en su Providencia, basados en su designio de salvación, que se manifiesta de modo eminentísimo en la Encarnación. Debemos aprender a mirar todo como venido de Aquel que no se olvida ni de un pajarillo… y tiene contados hasta nuestros cabellos[93]. Por eso enseña San Pablo que todas las cosas se disponen para el bien de los que aman a Dios (Rm 8,28). Al decir todas las cosas, no exceptúa nada. Por tanto aquí entran todos los acontecimientos, prósperos o adversos, lo concerniente al bien del alma, los bienes de fortuna, la reputación, todas las condiciones de la vida humana (familia, estudio, talentos, etc.), todos los estados interiores por los que pasamos (gozos, alegrías, privaciones, sequedades, disgustos, tedios, tentaciones, etc.), hasta las faltas y los mismos pecados. Todo, absolutamente todo. Al decir se disponen para el bien, se entiende que cooperan, contribuyen, suceden, para nuestro bien espiritual. Hay que tener esta visión y no la del carnal o mundano. Hay que ver todo a la luz de los designios amorosos de la Providencia de Dios, que sólo el hombre espiritual descubre: el espiritual lo juzga todo (1 Co 2,15). Debemos creer con firmeza inquebrantable que aun los acontecimientos más adversos y opuestos a nuestra mira natural son ordenados por Dios para nuestro bien, aunque no comprendamos sus designios e ignoremos el término al que nos quiere llevar. Pero por nuestra parte, hemos de cumplir una condición para que esto suceda así, y por eso añade de los que aman a Dios, es decir, aquellos cuya voluntad está unida y sumisa a la de Dios, que procuran ante todo los intereses y la gloria de Dios, que están dispuestos a sacrificar todo sin reservas, persuadi­dos de que nada es tan ventajoso como abandonarse en las manos de Dios en todo lo que a Él le plazca ordenar, como nos dio a entender Jesús: si alguno me sirve, el Padre lo honrará (Jn 12,26). Sólo Él conoce todo, aun nuestra alma, sentimientos, carácter, los secretos resortes que es preciso mover para llevarnos al cielo, los efectos que tal o cual cosa producirán en nosotros, y tiene a su disposición todos los medios. Si amamos a Dios es imposible que haya algo en el mundo que no concurra y contribuya para nuestro bien.
  68. Y queremos propender a la santificación y salvación de los hombres, nuestros hermanos. Jesucristo vino al mundo “por nosotros los hombres”, por tanto, “todo hombre, todo el hombre y todos los hombres”[94] –sin discriminaciones–, de manera preferencial los más carenciados, deben ser objeto de nuestro amor y de nuestro servicio. A semejanza del Verbo Encarnado y crucificado debemos tener “sed de almas”. Debemos amar de obra y de verdad al hombre concreto que está necesitado –de bienes materiales o espirituales–, y jamás usarlo como demagógica propaganda. Seguimos a Aquel que inspirando a San Juan, dijo de sí: Dios es amor (1 Jn 4,8).

    Artículo 2: Su Vida terrena
  69. Toda la vida de Cristo debe ser para nosotros fuente de espiritualidad: “quiso prefigurarnos a nosotros en su cuerpo, en su propio cuerpo”[95].


    a) Al encarnarse

  70. Cuando el Padre introduce a su Primogénito en el mundo (Hb 1,6) tiene lugar la sublime consagración sacerdotal de Jesucristo, con la que queda marcado y ungido para siempre: te ungió ¡Oh Dios! tu Dios con óleo de alegría con preferencia a tus compañeros (Hb 1,9); Sumo y Eterno Sacerdote[96], único Mediador entre el cielo y la tierra.
  71. En este instante, su alma contempló la infinita majestad del Padre y experimentó “la incomprehensible inmensidad de su abundancia”[97] y, al mismo tiempo, contempló la inmensa injuria hecha a Dios –en cierto modo infinita– por los pecados de todos los hombres de todos los tiempos, y la insuficiencia de las víctimas ofrecidas hasta ese momento, y experimentó que el Padre lo había hecho Sacerdote y Víctima –para lo cual debió asumir materia–, y el impulso de su amor indecible hizo un acto soberanamente sacerdotal al entregarse enteramente a Su Voluntad[98].
  72. Ese primer acto sacerdotal del alma santísima de Cristo, en el mismo instante de su Encarnación y ordenación sacerdotal, jamás fue doblegado, nunca fue retractado y permanece para siempre en su corazón sacerdotal. Está presente durante su infancia, vida oculta y pública, en la Cena y en el Calvario, en su Resurrección y Ascensión, y las cinco preciosas llagas se lo recuerdan permanentemente en la Jerusalén celestial. Ese acto sacerdotal preludiaba su sacrificio redentor en la Cruz y todos los actos de su sacerdocio celestial: entrando en este mundo dice: me has preparado un cuerpo… ¡Heme aquí!… (Hb 10,5-7). Reconoce el dominio supremo del Padre; se ofrece a Él sin restricción; se obla victimalmente; se inmola en expiación; se entrega al Padre sin reserva.
  73. Tal debe ser la actitud sacerdotal de todo miembro de nuestra pequeña Familia Religiosa. Por el Bautismo todos son edificados como casa espiritual para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por Jesucristo (1 P 2,5). Todos, aun nuestros hermanos seglares, son sacerdocio real (1 P 2,9), porque “están unidos a Él y en su sacrificio”[99]; lo son también quienes por los votos religiosos deben entregarse totalmente a Dios por otro título; lo deben ser quienes además, por el Orden, ejercen el sacerdocio ministerial. Todos los miembros del Instituto deben perfeccionarse siendo en Cristo “una ofrenda eterna para Dios”[100], “una víctima viva y perfecta para alabanza de tu gloria”[101]. Es la actitud sacerdotal propia del “tercer binario” de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola[102]. Es la respuesta del hombre a la revelación de Dios: “Por la fe el hombre se entrega entera y libremente a Dios”[103]. Actitud que hay que vivir permanentemente, sin disminuciones ni retractaciones, sin reservas ni condiciones, sin subterfugios ni dilaciones, sin repliegues ni lentitudes. Tanto en los empeños de lo íntimo, como en los altos empeños históricos: no es capaz de edificar imperios quien no es capaz de dar fuego a sus naves cuando desembarca.
  74. En este sublime instante de la Encarnación nos da un ejemplo insigne de práctica de las virtudes mortificativas en grado abismal, ya que sin dejar de ser Dios infinito, se hizo hombre finito mostrándonos una humildad, pobreza, obediencia y amor infinitos.
  75. Es ejemplo de humildad, ya que Cristo siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios… se humilló a sí mismo… (Flp 2,6-8) al asumir la forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres (Flp 2,7), sin dejar de ser Dios, manifiesta un sumo abajamiento –se anonadó (2,7)– incluso como hombre, un rebajarse inconmensurable, con su juicio interno y externo; su humanidad sabía que todo lo tenía de Dios. Viendo tamaña humildad debemos aprender a tenernos unos a otros por superiores, buscando cada uno no su propio interés, sino el de los demás (Flp 2,4)[104]. Jamás debemos dejar de considerar todo el inagotable tesoro de virtudes del Corazón hipostático de Jesús. Contemplar ese venero riquísimo y no querer salir de allí, debe ser el timbre de honor, la señal distintiva, de nuestro Instituto.
  76. Allí, en la Encarnación, también debemos tomar ejemplo de la Santísima Virgen. En primer lugar, de su fe: Dichosa la que ha creído… (Lc 1,45); debemos vivir de la fe[105] y tener una fe viva, firme, intrépida, eminente, heroica; una fe convencida de que Dios no sería Dios si fuésemos capaces de abarcarlo con nuestra inteligencia limitada, si comprendiésemos todos sus juicios y caminos; una fe en absoluta sintonía con la doctrina propuesta por la Iglesia Católica, aun en los más pequeños detalles, amasada en la más estricta docilidad a las directivas y enseñanzas del Papa; una fe llena de presteza en desechar el error percibido aun a través de las más débiles apariencias, llena de celo ardoroso en propagarla, pero sin amarguras ni asperezas; una fe penetrante que ve todas las cosas a la luz de la revelación, sub specie aeternitatis, elevando el alma a los planes sobrenaturales de Dios, por lo que debemos considerarnos “merecedores de todas las aflicciones”[106]; una fe heroica como la de los santos del Antiguo Testamento[107], que triunfa sobre el mundo y el mal[108], que construye cosas grandes, que ilumina la vida y le da sentido, que fortalece, anima, conforta y excluye el miedo: ¡No tengáis miedo! Soy yo (Mc 6,50). Los cobardes mueren muchas veces antes de su muerte.
  77. De la Virgen María hemos de tomar ejemplo, además, de su humildad: ella se turbó al oír estas palabras (Lc 1,29), y se proclamó humilde[109]: y ensalzó a los humildes (Lc 1,52); de su prudencia: discurría qué podría significar aquella saluta­ción (Lc 1,29); de su pureza: ¿Cómo podrá ser esto, pues yo no co­nozco varón? (Lc 1,34); de su abandono en Dios: He aquí la esclava del Señor… (Lc 1,38). En María hemos de encontrar fuerza para redescubrir permanentemente la vida cristiana y sacerdotal como la fidelidad a la religión del misterio y del milagro, del martirio y de la misericordia, del Magnificat y de la magnanimidad. Del misterio, porque allí se revela la Trinidad: el Señor Dios… Hijo del Altísimo… el Espíritu Santo… (Lc 1,32-35), y se revela el Verbo Encarnado: Hágase en mí según tu palabra (Lc 1,38). Del milagro: una virgen… concebirás en tu seno y darás a luz un hijo (Lc 1,27.31). Del martirio: puesto para caída y levantamiento… y para signo de contradicción… y una espada atravesará tu corazón… (Lc 2,34-35). De la misericordia: tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo unigénito (Jn 3,16); a quien pondrá por nombre Jesús (Lc 1,31), porque salvará a su pueblo de sus pecados (Mt 1,21), y su misericordia se derrama de generación en generación… para siempre (Lc 1,50-51). Del Magnificat: Mi alma canta la grandeza del Señor (Lc 1,46), y los ángeles alaban a Dios diciendo: Gloria a Dios en las alturas… (Lc 2,14). De la magnanimidad: ha hecho en mí grandes cosas el Poderoso (Lc 1,49).
  78. Podríamos decir que nuestra espiritualidad debe ser la del “Ave María”, la del “Ángelus” y la del himno de la kénosis[110], la del “Magníficat” y la del “Gloria”.


    b) En el seno de la Virgen

  79. Tenemos que aprender a vernos encerrados con Cristo en el seno de María. Allí, en el momento de encarnarse, en Él quedamos incluidos: Cristo asume, moralmente, la carne de todos. En el seno de María tomó Él físicamente su carne y moralmente la carne de todos nosotros, de tal modo que fuimos concebidos en el seno purísimo de María y por eso es nuestra verdadera y propia Madre espiritual: “Hemos nacido del seno de la Virgen, al modo de un cuerpo unido a su cabeza”[111].
  80. Nunca insistiremos bastante en esta realidad misteriosa e inefable de nuestra incorporación a Cristo por el principio de koinonía, solidaridad o comunión, por el que estamos en Él recapitulados y como concentrados, ya que Él asumió en sí la representación, la responsabilidad y el destino de todos los hombres. Por esta íntima compenetración e identificación de Cristo con cada uno de nosotros, en el momento de la Encarnación somos hechos –en raíz– hijos de Dios, formando con el Verbo Encarnado un todo único, un bloque compacto: somos hijos en el Hijo, filii in Filio. “El Salvador… quiso hacerse Hijo del hombre para que nosotros pudiésemos llegar a ser hijos de Dios”[112]. “Forman junto con Él una sola persona mística”[113].
  81. Y no sólo los hombres. En el Verbo hecho carne convergen, se reúnen, se dan la mano, se traban, se compendian, se cifran todas las cosas… recapitulando todas las cosas… en el Alfa y la Omega[114].
  82. Durante nueve meses la Virgen fue sagrario que protegió a Jesús así como desde hace casi dos mil años es custodia que lo muestra al mundo, y no es menos importante una tarea que otra.
  83. Allí Dios fue tomando forma humana, por eso San Agustín llama a la Virgen “forma Dei[115], y a semejanza de Jesús nosotros, consagrándonos como esclavos de la Virgen, queremos “entrar en el seno de nuestra Madre y volver a nacer”[116]. Consagrarnos a Jesús por María es seguir el camino que siguió, que sigue usando y que usará Él para venir al mundo[117].
  84. Allí Jesús nos enseñó a depender, total y omnímodamente, de Dios a través de María. Allí nos enseñó el ministerio evangélico de la visita. Como María, “llevando a Quien la llevaba”[118], nos enseñó a fundar en Él todo nuestro entusiasmo apostólico. A realizar las cosas de Dios rápidamente[119]. A servir al prójimo, aun, como María, en las tareas más sencillas. A alabar y agradecer, a cantar y alegrarse en el Dios Poderoso, Santo, Misericordioso, Salvador y Fiel, como María, porque la “miró”, hizo en Ella “grandes cosas” (la Encarnación) desplegando su poder, dispersando a los soberbios, derribando a los poderosos, saciando a los hambrientos, enalteciendo a los humildes, protegiendo a sus siervos, para siempre.


    c) Infancia

  85. El nacimiento del Verbo Encarnado nos urge, entre otras cosas, a vivir estrictamente la santa pobreza, que quien tiene a Dios es extremadamente rico. Y a vivir en la alegría, fruto del Espíritu Santo y consecuencia de la Encarnación, como anunció el ángel a los pastores: os traigo una buena nueva, una gran alegría que es para todo el pueblo (Lc 2,10); es la alegría de la Virgen María, “causa de nuestra alegría”: Alégrate, María… (Lc 1,28) le dijo el ángel Gabriel, y Ella, docilísima, cantó: exulta de júbilo mi espíritu en Dios, mi Salvador (Lc 1,47) y, por eso, todas las generaciones la llamaron y la llamarán: bienaventurada (Lc 1,48), feliz en sumo grado.
  86. También nos urge a trabajar en los lugares más difíciles (aquellos donde nadie quiere ir) y cuando allí no se pueda seguir, luego de rezarlo una noche ante Jesús Sacramentado, pedirle al obispo que nos envíe a un lugar peor.
  87. De la Epifanía debemos extraer luces para comprometer toda nuestra vida en manifestar a Cristo al mundo, para que sea reconocido no sólo por los pobres sino también por los ricos, no sólo por los ignorantes sino también por los sabios, no sólo por los de nuestra patria, sino también por los de otros pueblos. No debemos entramparnos en falsas dialécticas reduccionistas donde se excluye a otros (por ejemplo, a los ricos, a los intelectuales, a los extranjeros o foráneos, etc.), donde uno sólo se preocupa exclusivamente por algunos o por algún lugar –localismo narcisista– porque el Espíritu sopla donde quiere (Jn 3,8). El campo de nuestra acción no tiene límites de horizontes sino que es el ancho mundo: id por todo el mundo… (Mc 16,15) dijo Jesús.
  88. De la pérdida y el hallazgo de Jesús queremos aprender a ser firmes y fieles al llamado, a la vocación, por sobre cualquier otro reclamo de esta tierra: es preciso que me ocupe de las cosas de mi Padre (Lc 2,49). Y a cumplir la voluntad de Dios cada vez mejor, es decir, de una manera:
    más universal en su objeto: en todas las formas en que pueda manifestarse, sea cuando Dios manda –mandamientos, preceptos, leyes, etc.–, sea cuando aconseja –inspiraciones, vocación, consejos evangélicos, etc.–, sea cuando se manifiesta por los acontecimientos –voluntad significada–;
    más exacta en su ejecución, no contentándonos tan sólo con lo sustancial sino también con los pormenores (Dios tiene finezas de amor y hay que responder a esas finezas);
    más sobrenatural en sus motivos, siendo más pura nuestra intención, haciendo las cosas sólo porque Dios lo quiere;
    más perfecta en las disposiciones con que la cumplimos, no haciendo la voluntad de Dios ni por temor mundano ni por interés egoísta o temporal, sino por puro amor, demostrándole de esta manera que lo amamos y que no queremos sino complacerle.
  89. También nos mueve su ejemplo a tener amor a la ciencia teológica, a tener el sentido verdadero del diálogo de la salvación: “El diálogo apostólico parte de la fe y supone una identidad cristiana firme”[120], a vacar en el Padre y a tener un profundo espíritu de piedad.


    d) Vida oculta

  90. No menos peso tiene para nuestra espiritualidad el ejemplo de Jesús en su vida oculta. De ahí que todo tiempo de preparación debe ser para nosotros muy importante, no es tiempo perdido cuando se lo aprovecha, no es tiempo que hay que pasarlo lo más rápido posible, no es un mal necesario; el futuro de nuestros hermanos en la vida religiosa y, por tanto, del Instituto, depende, fundamentalmente, de la formación que se les dé en los tiempos de preparación: postulantado, noviciado, seminario, perfeccionamiento posterior, formación permanente. Para ello no basta sólo la buena doctrina, sino que, además, se necesitan “maestros” con mucho espíritu y con clara intención de hacer rigurosísima selección; esto es capital para mantener el buen espíritu. Sabiendo que en el seleccionar más vale equivocarse por exceso que por defecto.
  91. A semejanza de Jesús, de manera particular en los tiempos de formación, debe resaltar en los candidatos el ansia de crecer, el amor al silencio fecundo, la entrega denodada al trabajo intelectual y material (cumpliendo perfectamente con el deber de estado hasta el fin), el estar sujetos[121] con responsabilidad, prontitud y madurez, y el vivir en un clima de alegría festiva[122].
  92. El silencio es una necesidad del alma, para manifestar de la manera más profunda que, en presencia de Dios, no hay nada más que decir. Es un medio para lograr la unión con Dios y, por lo tanto, deberá llevar a la cumbre de la oración. Quien busca callarse lo hará para conversar sólo con Dios, que lleva al alma al desierto para hablarle al corazón[123].
  93. También a semejanza del Verbo, que quiso vivir en el silencio de Nazaret durante treinta años, algunos de nuestros miembros se consagran a Él en el estado de vida contemplativa. Ellos quieren dedicarse a lo único necesario, han elegido la mejor parte[124]. “¡Qué preciosa es la vida contemplativa a los ojos de Dios y de la Iglesia! Constituye una de las estructuras fundamentales de la santa Iglesia; ha estado presente en todas las fases de su historia dos veces milenaria, siempre fecunda en virtudes sólidas, siempre dotada de un misterioso y poderoso atractivo sobre las más elevadas y nobles almas”[125]. Por eso mismo, estos miembros están a la vanguardia de todas las obras de apostolado del Instituto, ya que con su vida de oración y penitencia obtienen del Señor las gracias necesarias para la salvación de muchas almas: “Los Institutos de vida contemplativa tienen importancia máxima en la conversión de las almas con sus oraciones, obras de penitencia y tribulaciones, porque es Dios quien, por la oración, envía obreros a su mies, abre las almas de los no cristianos para escuchar el Evangelio y fecunda la palabra de salvación en sus corazones”[126]. A ellos se les aplican estas palabras de Santa Teresa: “Para esto (la salvación de las almas) Él os ha reunido aquí; ésta es vuestra vocación y vuestro deseo, éste es el motivo de vuestras lágrimas y de vuestras oraciones… El día en que vuestras oraciones, disciplinas, anhelos y ayunos no fueran dedicados a esto que os he dicho, no alcanzaréis –sabedlo– el fin por el que el Señor nos ha reunido aquí”[127]. Nuestros monasterios de vida contemplativa deben ser imanes de la gracia de Dios y pararrayos de su ira. ¡Ojalá pudiésemos multiplicarlos por todo el mundo! “La Iglesia y el mundo… necesitan… de una pequeña sociedad ideal donde reina, como fin, el amor, la obediencia, la inocencia, la libertad de las cosas y el arte de su buen empleo, la prevalencia del espíritu, la paz, en una palabra, el Evangelio”[128].


    e) Vida pública

  94. Imposible es resumir todo lo que nos enseña Jesucristo con su vida y su doctrina, lo cual es fuente para toda espiritualidad cristiana. A modo de ejemplo –no de enunciados exhaustivos– queremos marcar algunos aspectos de la espiritualidad de nuestra pequeña Familia Religiosa inspirados en los insignes ejemplos de nuestro Salvador y Redentor.


    El Bautismo

  95. Cristo fue bautizado por Juan a fin de que consagrase el Bautismo[129], de allí que toda la hondura teológica de nuestro nacimiento bautismal y nuestra profesión religiosa, que “radica íntimamente en la consagración del Bautismo y la expresa con mayor plenitud”[130], sólo es captable a la luz del Bautismo del Señor.
  96. Nos recuerda que hemos de entregarnos incesantemente al Padre, que en el Hijo nos ha dicho: Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias (Mt 3,17); al Hijo, de quien somos hechos discípulos y por el cual nos llamamos cristianos[131]; y al Espíritu Santo, que descendió sobre nosotros en el Hijo –en forma corporal, como una paloma sobre Él (Lc 3,22)–; y todo ello, sacramentalmente, se obró en nosotros el día de nuestro Bautismo.
  97. Nos recuerda la obligación grave de permanecer fieles a las promesas del santo Bautismo con que nos comprometemos a renunciar al demonio y a confesar la santa fe católica, y a las promesas de la profesión religiosa.
  98. Debe ser, además, acicate para vivir en plenitud la virtud de la humildad, ya que Cristo no tuvo temor de pasar por un pecador más, porque quería “purificar las aguas y, limpias por el contacto con la carne de Cristo, que no conoció pecado, tuvieran la virtud de bautizar”[132], y “las dejara santificadas para los que luego se habían de bautizar”[133]; asimismo, nos dejó ejemplo de ejercicio de la virtud de la justicia: conviene que cumplamos toda justicia (Mt 3,15).


    El ayuno

  99. Es esencial a la vida cristiana, y por tanto debe serlo en nuestra espiritualidad, la práctica de la penitencia: Si no hiciereis penitencia, todos igualmente pereceréis (Lc 13,3). Sobre todo la penitencia interna, la metanoia[134], o sea la íntima y total mudanza y renovación de todo el hombre en todo su sentir, juzgar y disponer.
  100. En Cristo se reconoce la santidad de Dios y la gravedad del pecado[135]; por su palabra somos invitados a la conversión y a recibir el perdón de los pecados, dones éstos que, en plenitud, recibimos en el Bautismo, y que debemos “encarnar” negándonos a nosotros mismos, tomando la propia cruz y participando en los sufrimientos de Cristo.
  101. Para nuestra minúscula Familia Religiosa el santo sacramento de la Reconciliación o Penitencia ocupa un lugar importantísimo en la vida espiritual, de tal modo que consideramos recomendable que se lo reciba semanalmente. Debemos tener devoción a la confesión frecuente, ya que son muchos los frutos que de ella se siguen: “aumenta el justo conocimiento propio, crece la humildad cristiana, se desarraigan las malas costumbres, se hace frente a la tibieza e indolencia espiritual, se purifica la conciencia, se robustece la voluntad, se lleva a cabo la saludable dirección de las conciencias y aumenta la gracia en la virtud del sacramento”[136].
  102. Pero, también, hay que tener sumo aprecio por la penitencia exterior: acerca del comer y del beber, acerca del modo del dormir, “dándole dolor sensible”[137] a la carne por medio de cilicios[138], disciplinas, etc. El carácter preferentemente interior y religioso de la penitencia no excluyen ni atenúan en manera alguna la práctica externa de dicha virtud; más aún, exigen con urgencia especial su necesidad. Las normas que da San Ignacio deben regular su práctica[139].
  103. Debemos privilegiar siempre los tiempos –Adviento y Cuaresma– y los días penitenciales, según el precepto de nuestra Santa Madre Iglesia[140], en los que hay que dedicarse en manera especial a la oración, a la práctica de la caridad y de la piedad, a negarse a sí mismo, a cumplir mejor las obligaciones de estado, etc.
  104. El ejemplo de nuestro Señor al retirarse durante cuarenta días nos debe llevar a valorar en sumo grado la práctica de los Ejercicios Espirituales, en especial según el método de San Ignacio de Loyola, y los típicos de treinta días hacia el término del noviciado y cada diez años. Asimismo, es de todo alabar el hacer Ejercicios anuales de ocho días. También creemos que es muy importante el retiro mensual.
  105. Esta conciencia clara del valor insustituible de los Ejercicios Espirituales para la renovación de la vida cristiana, enseñando a vencerse a sí mismo y a ordenar la propia vida según Dios, nos debe llevar a conocer en profundidad los mismos, a prepararnos para predicarlos con fruto y a tener la disponibilidad necesaria para no dejar pasar ninguna posibilidad de predicarlos, según la ocasión.


    Las tentaciones

  106. El ejemplo del Señor al sufrir los embates del demonio en el desierto será siempre fuente inexhausta de aliento para los religiosos. Porque quiso darnos fuerza contra las tentaciones: venció “nuestras tentaciones con las suyas”[141]; para que nadie, por muy santo que sea, se tenga por libre de ser tentado: Hijo mío, si te das al servicio de Dios, prepara tu ánimo a la tentación (Qo 2,1); para enseñarnos con qué prontitud y firmeza, y con qué justicia, hay que vencer las tentaciones del demonio: “el Diablo no ha de ser vencido con la fuerza, sino con la justicia”[142]; para que confiemos más en su misericordia: No es nuestro Pontífice tal que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, antes fue tentado en todo a semejanza nuestra, fuera del peca­do (Hb 4,15). Sobre todo, porque como en las tres tentaciones se halla “la materia de todos los pecados”[143], los religiosos se oponen por los tres votos, en forma diametral, a todos los pecados y a todas las tentaciones que empujan al pecado y que, de alguna manera, se pueden reducir a las tres que tuvo nuestro Señor. Y, por el cuarto voto, nos oponemos al pecado por otro título, ya que al ser esclavos de la Virgen tomamos claro partido en aquella enemis­tad creada por Dios: Pongo perpetua enemistad entre ti (el demonio) y la mujer, y entre tu linaje y el suyo; éste te aplastará la cabeza… (Gn 3,15).
  107. No es buena señal el asustarse de tener grandes y graves tentaciones, y darles importancia desmedida, por dos razones: a) “El Cristo Total era tentado por el diablo ya que en Él eras tú tentado… Reconócete a ti mismo tentado en Él y reconócete también a ti mismo victorioso en Él… nuestro progreso se realiza por medio de la tentación y nadie puede conocerse a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni puede vencer si no ha luchado, ni puede luchar si carece de enemigo y de tentaciones”[144]; b) No os ha sobrevenido tentación que no fuera humana, y fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas; antes dispondrá con la tentación el éxito para que podáis resistirla (1 Co 10,13).
  108. Son dignas de tenerse en cuenta algunas de las tentaciones más comunes que observamos en nosotros mismos dañando nuestra vida espiritual y pastoral. Entre estos estados están el sacerdote egocéntrico, que busca la gloria humana, o sea, el que busca agradar a los hombres más que a Dios[145], se preocupa sólo de lo que le afecta personalmente, es hiperceloso sobre todo si los sacerdotes más jóvenes tienen más dotes que él; el funcionario, con espíritu de empleado público burocrático, con multiplicadas exigencias para la gente a quien ve como clientes, que se cree “obediente” porque cumple con las formalidades pero no quema ni se quema con el fuego del Espíritu Santo, no sabe del aventurarse por Cristo, no es creativo, no realiza apostolados inéditos, “no hace el camino al andar”, no se da cuenta que el sacerdote debe ser poeta, artesano; el que siembra mezquinamente, haciendo lo menos posible con la excusa de no caer en el activismo, o porque la época es mala, o porque la familia no forma como antes, o por la acción malsana de los medios de comunicación social…, sólo sabe lamentarse: “aquí no se puede hacer nada”; el inconstante, que empieza muchas cosas pero que nunca termina ninguna, le falta final; el aburrido: algunos son tan ortodoxos como aburridos, tienen la rara habi­lidad de hacer fastidiosa la verdad, en el fondo no aman: “El alma que anda en amor no cansa ni se cansa”[146]; el improvisador, que hace todo sin prever nada, no prepara los sermones, no propone fines y, si lo hace, no sabe utilizar los medios, no piensa cómo se debe hacer tal cosa, es incapaz de planear la pastoral, es desordenado, no es señor de sí, termina siendo un irrespon­sable, no cumple lo que promete, no sabe seleccionar los ministerios; el frívolo, trivializa todo, todo es superficialidad, se cree vivo, no respeta las esencias, manosea todo, carece de señorío e ignora las jerarquías, se regodea con que es “entrador” en especial con las jóvenes, es insanablemente infantil y superficial; el crispado, todo seriedad, siempre distante, inaccesible, tenso, no sabe reír, toda sana distracción le parece una liviandad, una palabra mal so­nante es para él un grave pecado, para ellos pareciera que no es virtud la eutrapelia, por ver el árbol se olvidan de la existencia del bosque, suelen hacer tormentas en vasos de agua; el mediocre, que se ampara bajo un falso equilibrio, se considera “línea media”, toda magnanimidad le parece soberbia, todo heroísmo le parece extremismo, toda generosidad le parece exageración, todo mediocriza: sea retiros, campamentos, misiones populares, catequesis, su pro­pia vida espiritual, etc.; el localista, sólo se preocupa por los intereses de campanario, vive enfras­cado en su obrita, tiene espíritu de ghetto, pareciera que la Iglesia se agotase en su parroquia, ciudad, provincia o país, si es del clero diocesano le parece pecado si algún joven conocido quiere ser religioso, si es religioso sufre que quiera entrar en una congregación que no sea la de él, no entiende lo de la Iglesia “misionera por naturaleza”[147], su problema se agota con el vicario cooperador, o con una viejita, o con el párroco vecino, o con el obispo propio y no ve como problemas ni la “invasión de sectas”[148], ni el ateísmo militante, ni la descristianización de la cultura…; el afectado, todo elegante y limpio, es un primor, pero todo brillo exterior, se queda en los detalles y ese es su mundo, se le escurre entre las manos el sacrum de la liturgia, le falta garra, fortaleza y mundo en el sentido no peyorativo de la palabra; el avaro, que elige los apostolados según el rendimiento económico, interesado más por los estipendios que por la salvación de las almas, los gastos de las misiones populares, Ejercicios Espirituales, etc., le parecen un imperdonable derroche, no invierte en pastoral sino en financieras, todos los pobres que golpean a sus puertas son aprovechadores, no entiende que hay que hacerse bolsas que no se gastan (Lc 12,33); el malhumorado, siempre impaciente, hosco, que sólo es accesible cuando está de buen humor, es estéril, todo lo ve negro, no es célibe sino solterón, ignora de hecho que un miligramo de gracia pesa más que todos los pecados del mundo, aun éstos elevados a la enésima potencia; el laicizado, que es de costumbres, vida, espiritualidad laicales, pareciera no tener el sacramento del Orden, se lo conoce por el modo laico de vestir, por el trato, por la cantidad de horas que se pasa viendo televisión, por los criterios mundanos, etc.; el miedoso, preocupado por el qué dirán, que desconfía de todo, interpreta el gesto más sencillo como si fuese una descalificación grave, fabula historias que alimentan sus fobias, le falta la intrepidez del Espíritu Santo; el tímido es una variante más suave del anterior, sólo piensa que no es digno, que no sabe predicar, que se burlan de él, no trata con personas cultas, es apocado, cae en falsa humildad, y poco o nada hace por vencerse; el trepador, se arrima a la autoridad adulándola para ascender, ve el sacerdocio como un escalafón, cuida mucho su imagen, suele ser de psicología feminoide y, por lo tanto, intrigante, es incapaz “de florecer donde lo han planta­do”, quiere estar en macetas puestas en balcones; el solitario, que se maneja con espíritu propio, es incapaz de unirse a los demás para una tarea común, no se integra y así termina; el ubicuo, que está en todas partes menos en donde tiene que estar, que sube, baja, va y viene, confunde Iglesia peregrina con Iglesia nómade, no sabe “reprimir los pasos vanos”[149] y por eso poco hace y pierde mucho tiempo. En fin, bastante para muestra y para hacer notar que hacen falta santos sacerdotes y religiosos que sean poetas, metafísicos y soldados, que canten, contemplen y peleen.


    Enseñanza y obras

  109. Jesús hizo y enseñó (Hch 1,1). Por eso, en nuestra espiritualidad, nunca debemos separar dialécticamente la enseñanza del obrar ni el obrar de la enseñanza. Siempre hay que unir la integridad de la doctrina con la rectitud de vida, la ortodoxia y la ortopraxis. En toda la revelación están inseparablemente unidas palabra y obra, dabar y bará.
  110. También deben inspirarse en los ejemplos de nuestro bendito Salvador las líneas de la espiritualidad docente. Sobre todo en este tiempo de revitalización de la evangelización y la cate­quesis. Pensamos que las características fundamentales de la elocuencia de Jesús son: originalidad, autoridad, serenidad y universalidad. Los miembros de nuestro Instituto dedicados a la enseñanza –y de alguna manera todos lo deben ser– deben captar muy hondo en la ora­ción para luego poder transmitir a los demás estas características.
  111. Hay que tener la firmísima convicción de que sólo en la más estricta fidelidad a la doctrina de Jesús entendida en la Iglesia se encuentra la más fuerte, viva, fresca y graciosa originalidad: Jamás hombre alguno habló como éste (Jn 7,46) dijeron de Jesús sus oyentes. Todo lo que se aparte de Jesús es caduco, envejece rápidamente y, lamentablemente, será una cantinela aburrida. Aquí vale también aquel antiguo consejo: “no améis las singularidades”[150].
  112. El convencimiento de la verdad contemplada hace que se enseñe con convicción y –según su grado de certidumbre teológica– con una autoridad, que no es otra cosa que la participación de la autoridad de Cristo, tal que maravilla: Se maravillaban de su doctrina, pues la enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas (Mc 1,21). Enseñar doctrinas propias, exigir asentimientos indebidos, enfatizar lo accidental, tener una actitud dubitativa en todo, quedarse en insinuaciones o aproximaciones, problematizar las cosas más simples, oscurecer lo claro y no aclarar lo oscuro, buscarse a sí mismo en el enseñar, preferir la behetría al orden, ser ripioso en vez de sobrio, opaco en lugar de transparente, confuso en vez de preciso, verborrágico en vez de conciso, revolver las aguas para que otros crean que son profundas… no es tener el espíritu de Cristo que dijo: Sea vuestra palabra sí, sí; no, no; todo lo que pasa de esto procede del Maligno (Mt 5,37).
  113. La serenidad y dulzura es otra característica de la enseñanza evangélica, que no está reñida sino exigida aun en la réplica vivaz, la polémica inteligente, la refutación eficaz, la discusión académica o apologética. Nunca se debe perder la paz espiritual, la mesura, la afabilidad, la unción.
  114. Asimismo, hay que saber dejarse penetrar por la universalidad de la enseñanza de Cristo. El “sectarismo” intelectual no es evangélico ni intelectual. Los incapaces de hacerse entender por la gente sencilla, por estar sectorizados, no captan la universalidad del mensaje de Jesús. Sólo el contemplativo y el auténtico intelectual no olvidan que “existe una unidad fundamental que está antes de todo pluralismo, y que es la única que permite al pluralismo no sólo ser legítimo sino deseable y fructuoso”[151].
  115. Debemos tener impaciencia por predicar al Verbo en toda forma, siguiendo el consejo de San Pablo: predica la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, vitupera, exhorta… (2 Tm 4,2). No hay que ser perros mudos, incapaces de ladrar (Is 56,10). Hay que buscar las ovejas, emplear el método del diálogo, del testimonio y de la solidaridad[152], corregir a los pecadores, enseñar la doctrina: la fe viene por el oído (Rm 10,17), visitar a los enfermos, llevar a las almas al sacramento de la Reconciliación. “Demostrad con la profundidad de vuestras convicciones y con la coherencia de vuestro obrar que Jesucristo nos es contemporáneo”[153].


    Obras

  116. Nuestro Señor no solamente dijo, sino que “hizo”; en especial, se hizo carne (Jn 1,14) en la Encarnación, y se hizo pecado[154] al morir en la Cruz en sacrificio por nuestros pecados. Tan numero­sas son las cosas que “hizo” Jesús que San Juan dice que si se escribiesen una por una, creo que este mundo no podría contener los libros que se escribieran (Jn 21,25).
  117. Lo que es común a todas las obras de Cristo es que no hizo nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque lo que éste hace, lo hace igualmente el Hijo (Jn 5,19), y esto es lo que constituye la obra esencial de Jesús: Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado (Jn 4,34), de tal modo que dice de sí: Yo no puedo hacer por mí mismo nada… no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió (Jn 5,30). Y aquí está la verdadera grandeza de la vocación cristiana y religiosa: la unión con Dios.
  118. La voluntad del Padre tiene una concreción primera fundamental: el Reino… ha hecho de nosotros un Reino (Ap 1,6). De ahí que deba ser para nosotros la primera preocupación: Buscad primero el Reino… (Mt 6,33). Para construir el Reino llamaba a los hombres para hacerlos discípulos: hacía más discípulos… (Jn 4,1), y los formaba enseñándoles, sobre todo por el ejemplo, para que hiciesen lo mismo que Él: Porque os he dado el ejemplo, para que vosotros hagáis también como yo he hecho (Jn 13,15). De modo semejante, como elemento integrante de nuestra espiritualidad, debemos saber llamar, enseñar, dirigir, acompañar y seleccionar las vocaciones presbiterales, diaconales, religiosas, misioneras y seculares. Sabedores de que “la vocación está en germen en la mayoría de los cristianos”[155], debemos cumplir el mandato del Papa: “con pasión y discreción, sed despertadores de vocaciones”[156], sabiendo detectar la acción del Espíritu Santo en el alma, que la empuja a exigencias irresistibles de sacrificio por amor a Cristo, que al mismo tiempo es un acto de fe integral y de entrega total, con decisión formal de no pactar, no transigir, no capitular, no negociar, no conceder, ni hacer componendas con el espíritu del mundo.
  119. La letra de este Directorio será letra muerta si no se sabe formar a jóvenes de gran espíritu que sepan transmitir a las nuevas generaciones de nuestra Familia Religiosa el carisma que el Espíritu Santo concedió al Fundador.
  120. También nos enseñó el Verbo Encarnado a trabajar por la purificación y renovación: haciendo un látigo con cuerdas, los arrojó a todos del templo (Jn 2,15); por la reconciliación: hizo de los dos pueblos uno (Ef 2,14); por no perder de vista el carácter eminentemente sobrenatural de la fe y de la vida cristiana, para lo cual Él hizo obras que no ha hecho ningún otro (Jn 15,24); porque alcancemos la actitud oblativa y eucarística, imitando a nuestro Señor que lo hizo de una vez para siempre (Hb 7,27); por tratar de hacer las cosas lo mejor posible y no de cualquier manera, ya que Jesús todo lo hizo bien (Mc 7,37), y como confesó el buen ladrón: Nada malo ha hecho (Lc 23,41).
  121. Los milagros obrados por nuestro Señor son prueba irrefutable de la credibilidad de nuestra santa religión y manifestación elocuentísima de la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, Dios de Dios y Luz de Luz. Hizo milagros sobre todos los seres de la creación: sobre los ángeles (buenos y malos), sobre los cuerpos celestes, sobre los hombres y sobre las creaturas irracionales; como prueba y argumento de la fe que enseñaba, de que libraba a los hombres del poder de los demonios, de que era el que salvaba a los hombres, de que era el Dueño y Señor de toda la creación. De este modo, levantaba el Reino sobre sólidas e indestructibles bases. Y sobre esa solidez debe fundarse nuestra espiritualidad, que debe acerarse con las pruebas, acrisolarse con las tribulaciones, perfeccionarse con las persecuciones, ser inconmovible ante todas las furias del infierno desatadas, aun en el caso de que nos tocase vivir en los tiempos del Anticristo… seguimos a quien hoy, como ayer, tiene todo el poder, y por tanto no hay lugar a ningún miedo, y nada nos puede mover a renunciar a la verdad revelada y al amor de Cristo[157].
  122. El milagro de la Transfiguración, por el que mostró a sus discípulos la gloria y hermosura de su cuerpo, no sólo debe alentarnos, por la breve contemplación del gozo eterno, a tolerar las dificultades, sino que debe recordarnos el fin específico de nuestra pequeñísima Familia Religiosa: evangelizar la cultura, o sea transfigurarla en Cristo. Por eso, los días 6 de agosto, fiesta de la Transfiguración del Señor, recordaremos siempre con solemnidad aquello que nos constituye y debe distinguirnos entre las distintas familias religiosas de la Iglesia.


    f) El sacerdocio de Cristo

  123. Por razón de la unión del Verbo con la naturaleza humana y de la gracia capital, Jesucristo es constituido verdadero Sumo y Eterno Sacerdote. Nadie tan verdadero Sacerdote como Él, los demás son a su imagen. Nadie más Sumo Sacerdote que Él, de quien participan por derivación los demás. Nadie Eterno Sacerdote como Él, que perpetuará hasta el fin de los siglos su sacrificio sobre los altares y consumará su sacerdocio en el cielo: Tú eres sacerdote eterno… (Sal 110,4), Sumo Sacerdote (Hb 4,14), Sacerdote para siempre (Hb 6,20).
  124. Él fue, a su vez, sacerdote y víctima de su propio sacrificio: se entregó por nosotros a Dios en oblación y sacrificio… (Ef 5,2).
  125. Su sacerdocio tiene fuerza sobreabundante para expiar por todos los pecados de los hombres: en sus llagas hemos sido curados (Is 53,5).
  126. Él es el mediador perfectísimo entre Dios y los hombres: Porque uno es Dios, uno también el mediador entre Dios y los hombres… (1 Tm 2,5), Él es mediador de una alianza más excelente (Hb 8,6).
  127. De hecho, Jesucristo comunica su propio sacerdocio a sus discípulos, en grados diversos, haciéndolos participar de manera verdadera y real. Es en la liturgia donde el Cuerpo místico de Cristo, es decir, “la Cabeza y los miembros, ejerce el culto público íntegro. En consecuencia… es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia”[158].
  128. En la liturgia, el Verbo Encarnado pide por nosotros –es nuestro Sacerdote–, pide en nosotros –es nuestra Cabeza–, y a Él rezamos nosotros –es nuestro Dios–. Debemos reconocer nues­tra voz en Él y su voz en nosotros. Debemos rezar con Él, ya que Él reza con nosotros; rezar en Él, ya que Él reza en nosotros[159].
  129. Esta participación en el sacerdocio de Cristo es la esencia del carácter sacramental que comienza con el Bautismo, se perfecciona con la Confirmación, y llega a su máxima plenitud en el Orden Sagrado.
  130. a) El carácter bautismal nos faculta a recibir los demás sacramentos, y a los simples fieles los faculta para actuar como ministros propios en el sacramento del Matrimonio (es la máxima realización del sacerdocio común). ¡Cómo deberíamos nutrir nuestra alma con la realidad de nuestro Bautismo! ¡Cómo deberíamos enseñar esta realidad a los fieles cristianos laicos!
  131. b) El carácter bautismal faculta a todo bautizado para ofrecer el Sacrificio eucarístico. Esta grandiosa e impresionante prerrogativa debemos enseñar insistentemente a todos los miembros de nuestros Institutos que no son sacerdotes ministeriales. Los bautizados participan en la oblación de la Víctima del altar al Padre –sin realizar ellos el rito litúrgico– de dos maneras: primera, ofrecen el sacrificio por medio del sacerdote visible, ya que éste ofrece en nombre de todos los miembros al obrar en la persona de Cristo en cuanto Cabeza y Pastor; y segunda, juntamente con el sacerdote visible, al unir sus votos de alabanza, de impetración y de expiación.
  132. c) El carácter de la Confirmación faculta para confesar con valentía y fortaleza la fe de Cristo, al dar la gracia confortante o corroborativa, defendiendo la fe contra sus adversarios con mayor facilidad y como por oficio.
  133. d) El carácter del Orden Sagrado configura con Cristo Cabeza, dando poder al sacerdote ministerial sobre el Cuerpo físico de Cristo y sobre su Cuerpo místico. Le permite obrar “in persona Christi[160], siendo su acto principal la inmolación y oblación del sacrificio de la Misa[161] y, además, el bendecir, presidir, predicar, bautizar, confesar, etc. Los miembros de nuestro Instituto que son sacerdotes ministeriales deben volver una y otra vez a esta realidad inefable que produjo en ellos un cambio ontológico al asemejarlos a Cristo cabeza, y ninguna espiritualidad laical tiene que reducir su espiritualidad presbiteral.

    Artículo 3: Su Salida de este mundo


    a) Pasión

  134. Según el plan de la Santísima Trinidad era preciso que Jesucristo padeciese para salvar a todos los hombres: A la manera que Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del hombre para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna (Jn 3,14-15), ¿No era preciso que el Mesías padeciese esto y entrase en su gloria? (Lc 24,26), Comenzó a enseñarles cómo era preciso que el Hijo del hombre padeciese mucho… y que fuese muerto y resucitase después de tres días (Mc 8,31). Si en la actual economía salvífica fue necesaria la Pasión de Cristo, también será necesario nuestro padecer. Si hubiese otro camino para ir al cielo, Jesucristo lo hubiese seguido y, es más, lo hubiese enseñado. Pero no es así, Cristo fue por el camino regio de la santa Cruz y nos enseñó a ir por él: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome cada día su cruz y sígame (Lc 9,23). Enseña San Cirilo de Jerusalén: “Jesús, que en nada había pecado, fue crucificado por ti; y tú, ¿no te crucificarás por Él, que fue clavado en la Cruz por amor a ti?”[162].


    La cruz en nuestra vida

  135. Por tanto debemos amar la cruz viva de los trabajos, humillaciones, afrentas, tormentos, dolores, persecuciones, incomprensiones, contrariedades, oprobios, menosprecios, vituperios, calumnias, muerte… y poder decir con San Pablo: Muero cada día (1 Co 15,31), para clavar en el corazón al que por nosotros fue clavado en la Cruz[163].
  136. Debemos desear vehementemente la cruz: “que muera por amor de tu amor, ya que por amor de mi amor te dignaste mo­rir”[164]. Es una gracia que hay que pedir en la oración: Dios os ha dado la gracia… de padecer por Cristo (Flp 1,29). De manera especial hay que pedir la gracia de la ciencia de la cruz y de la alegría de la cruz, que sólo se alcanzan en la escuela de Jesucristo.


    Amor a la cruz

  137. Por eso debemos tener una muy grande devoción a la Pasión de nuestro Señor Jesucristo: “Todo está en la Pasión. Es allí donde se aprende la ciencia de los santos”[165]. El amor que no nace de la Cruz de Cristo es débil: “por cualquier parte que la miremos, ya sea por parte de la persona que padece, ya de las cosas que padece o del fin porque las padece, es la cosa más alta y la más divina y secreta que ha sucedido en el mundo desde que Dios le creó, ni sucederá hasta el fin de él”[166]. La Cruz “fue la cátedra donde enseñó, el altar sobre el que se inmoló, el templo de su oración, la arena donde combatió, y como la fragua de donde salieron tantas maravillas”[167]. Esta devoción se ha de concretar en el conocimiento y amor de los relatos evangélicos sobre la Pasión (Mt 26-27; Mc 14-15; Lc 22-23; Jn 18-19), en la teología de la Pasión y Redención, en la contemplación de los lugares santos de Jerusalén, de los crucifijos, del Vía Crucis, de los hermosos textos de la Imitación de Cristo al respecto[168], de la Eucaristía perpetuación de la Pasión y Cruz y segundo acto del único drama de la Redención, de la cruz en nuestra vida tan bien enseñada en la Carta circular a los Amigos de la Cruz de San Luis María Grignion de Montfort y, finalmente, en el fervor por llevar la gracia de la Redención a toda la realidad: al hombre, a todo el hombre y a todos los hombres, al matrimonio y la familia, a la cultura, a la vida político-económico-social, a la vida internacional de los pueblos con especial referencia al tema de la paz, o sea, a todos los grandes problemas contemporáneos analizados por la Constitución Pastoral Gaudium et Spes en su segunda parte[169].
  138. En la Sagrada Escritura se nos enseña que muchos hombres se portan como enemigos de la cruz de Cristo (Flp 3,18). Esto se debe a que la rechazan: El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí (Mt 10,38), la recortan[170], la rebajan: baje de la cruz que creeremos en Él (Mt 27,42), evitan ser perseguidos a causa de la cruz de Cristo (Ga 6,12), no predican entero el mensaje: si aún predico la circuncisión… ¡se acabó el escándalo de la cruz! (Ga 5,11).
  139. La misma Palabra Encarnada nos enseña a amar la cruz: niégate a ti mismo, toma tu cruz cada día y sígueme (Lc 9,23). De esto nos dan ejemplo los santos que llevaron en sus cuerpos los sufrimientos de Jesús[171], completando en nosotros lo que falta a la Pasión de Cristo[172].
  140. No debemos querer saber nada fuera de Jesucristo y Jesucristo crucificado (1 Co 2,2). Esta doctrina de la cruz[173] debe ser lo que prediquemos: la locura de la predicación… de Jesucristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los griegos (1 Co 1,21-23). Es en esta cruz en la que debemos gloriarnos, a imitación del Apóstol: yo sólo me gloriaré en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí, como yo lo estoy para el mundo (Gal 6,14).
  141. Esta cruz nos prepara un peso eterno de gloria incalculable (2 Co 4,17), pues los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros (Rm 8,18). De aquí que el mismo Señor nos anime: Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan y con mentira digan contra vosotros todo género de mal por mí. Alegraos y regocijaos porque grande será en los cielos vuestra recompensa, pues así persiguieron a los profetas que hubo an­tes de vosotros (Mt 5,11-12).
  142. No hay otra escuela más que la Cruz, en la cual Jesucristo enseña a sus discípulos cómo deben ser: Ella es “para nosotros la Cátedra suprema de la verdad de Dios y del hombre”[174]. De aquí que “en la escuela del Verbo Encarnado comprendemos que es sabiduría divina aceptar con amor su cruz: la cruz de la humildad de la razón frente al misterio; la cruz de la voluntad en el cumplimiento fiel de toda la ley moral, natural y revelada; la cruz del propio deber, a veces arduo y poco gratificante; la cruz de la paciencia en la enfermedad y en las dificultades de todos los días; la cruz del empeño infatigable para responder a la propia vocación; y la cruz de la lucha contra las pasiones y las acechanzas del mal”[175]. Y es Cátedra porque en Ella “se ha revelado la gloria del Amor dispuesto a todo”[176]. La cruz es el único camino de la vida, la señal de los predestinados, el cetro del reino de santidad, “es la fuente de toda bendición, el origen de toda gracia; por Ella, los creyentes reciben, de la debilidad, la fuerza; del oprobio, la gloria; y, de la muerte, la vida”[177].
  143. Los santos de todos los tiempos, verdaderas palabras de Dios[178], nos muestran la necesidad de la cruz en nuestras vidas: “Justamente con Cristo es glorificado aquel que, padeciendo por Él, realmente padece con Él”[179]. “Todo el que quiera llevar una vida perfecta no necesita hacer otra cosa que despreciar lo que Cristo despreció en la Cruz y amar lo que Cristo amó en ella”[180]. “A Jesús se le ama y se le sirve en la Cruz y crucificados con Él, no de otro modo”[181].
  144. Ellos mismos ardían en deseos de la cruz: “Si la Cabeza está coronada de espinas, ¿lo serán de rosas los miembros? Si la Cabeza es escarnecida y cubierta de lodo camino del Calvario ¿querrán los miembros vivir perfumados en un trono de gloria?”[182]. “Los que gustan de la Cruz de Cristo nuestro Señor descansan viviendo en estos trabajos y mueren cuando de ellos huyen o se hallan fuera de ellos”[183]. “Padecer o morir”[184]. “Quiero y elijo más pobreza con Cristo pobre que riqueza, oprobios con Cristo lleno de ellos que honores, y deseo más ser estimado por vano y loco por Cristo que primero fue tenido por tal, que por sabio ni prudente en este mundo”[185]. “Yo sé bien lo que me conviene… Vengan sobre mí el fuego, la cruz, manadas de fieras, desgarramientos, amputaciones, descoyuntamientos de huesos, seccionamientos de miembros, trituración de todo mi cuerpo, todos los crueles tormentos del demonio, con tal de que esto me sirva para alcanzar a Cris­to”[186]. “Permitid que imite la Pasión de mi Dios”[187]. En una palabra, “ni Jesús sin la Cruz, ni la Cruz sin Jesús”[188].
  145. Y los santos nos recuerdan la alegría que es fruto de esta cruz: “He llegado a no poder sufrir pues me es dulce todo sufrimiento”[189]. Debemos esperar de tal modo que toda pena nos dé consuelo. Ella “es el punto de apoyo, sobre el que se hace palanca para servir al hombre, así como para transmitir a tantísimos otros la alegría inmensa de ser cristianos”[190].
  146. La Cruz de Cristo reclama de nosotros una respuesta generosa: “(la Pasión y la Cruz)… son una aspiración perseverante e inflexible y un grito: un inmenso grito de los corazones”[191]. “Jesús, que en nada había pecado, fue crucificado por ti; y tú ¿no te crucificarás por El, que fue clavado en la cruz por amor a ti?”[192]. De ahí que sea también –por la imitación de Cristo que implica– “una corona, no una ignominia”[193]. Esta es la idea clamorosa: sacrificarse. Así se dirige la historia, aun silenciosa y ocultamente.


    Conveniencias

  147. De las muchas ventajas que nos ha traído el que Cristo nos redimiera por su Pasión debemos descubrir:
  148. a) Cuánto nos ama Dios y, por tanto, cuánto debemos amarle: Dios probó su amor hacia nosotros en que, siendo pecadores, murió Cristo por nosotros (Rm 5,8); Vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí (Ga 2,20).
  149. b) El ejemplo que nos dio de tantas virtudes necesarias para la salvación humana, como ser obediencia, humildad, constancia, justicia, desprecio de las cosas mundanas… Cristo padeció por vosotros dejándoos ejemplo para que sigáis sus pasos (1 P 2,21).
  150. c) No sólo cómo nos redimió del pecado, sino la grandeza de la gracia santificante y de la gloria eterna que nos mereció.
  151. d) La mayor necesidad de conservarnos inmunes del pecado: ¡Habéis sido comprados a gran precio! (1 Co 6,20).
  152. e) La mayor dignidad del hombre, que si bien fue vencido por el diablo, éste fue vencido por el hombre: ¡Gracias sean dadas a Dios que nos dio la victoria por Cristo! (1 Co 15,57).
  153. En fin, mil misterios encontramos en la Pasión del Señor, de tal manera que su abundancia es inagotable.
  154. Debemos también considerar atentamente que Cristo quiso libremente sufrir todos los acerbos dolores de su Pasión y Muerte; no los impidió pudiendo impedirlos: Yo doy mi vida… Nadie me la quita, soy yo quien la doy de mí mismo. Tengo poder para darla y poder para volverla a tomar (Jn 10, 17-18). Y manifestando que conservaba todo el vigor de su naturaleza corporal hasta el último momento, dando un fuerte grito, con una gran voz dijo: Padre, en tus manos entrego mi espíritu. Diciendo esto expiró (Lc 23,46).
  155. Y libremente se sujetó a la obediencia para cumplir el mandato de su Padre: Por la obediencia de uno muchos serán hechos justos (Rm 5,19). Cierto es que la obediencia es mejor que el sacrificio (1 S 15,22), pero el sacrificio realizado por obediencia es suma perfección. De aquí que debemos aprender a vivir libremente el voto de obediencia y no caer nunca en la dialéctica destructiva de oponer libertad a obediencia o libertad a autoridad y viceversa.
  156. De tal modo que, bien considerado todo, en la Pasión se manifiesta la severidad de Dios, que no quiso perdonar sin la conveniente satisfacción: no perdonó a su propio Hijo; y su infinita bondad: le entregó por todos nosotros; de donde debe brotar en nosotros una confianza ilimitada en la generosidad desbordante del Padre: ¿Cómo no nos ha de dar con Él todas las cosas? (Rm 8,32).


    Ejemplo

  157. Este es su segundo gran abatimiento: la kénosis de la Pasión. Brilla en ella su humildad y debemos nosotros imitarla: llevados por humildad teneos unos a otros por superiores (Flp 2,3). Al respecto enseña Santo Tomás de Aquino que en el hombre se pueden considerar dos cosas: lo que hay de Dios en él, es decir, todo cuanto pertenece a la salud y a la perfección; y lo que es propio del hombre, es decir, todo cuanto pertenece al defecto. Y como la humildad propiamente se refiere a la reverencia por la cual el hombre se somete a Dios, síguese que cualquier hombre, según lo que es suyo propio, debe someterse a cualquier prójimo, en cuanto a lo que es de Dios en él. En este sometimiento resplandece la humildad[194].


    Modos

  158. Contemplar las distintas maneras con que la Pasión del Señor alcanza el fin, o sea, la Salvación de los hombres, nos lleva a admirar su infinita Sabiduría, que todo lo hizo bien (Mc 7,37); la delicadeza de su amor: los amó hasta el fin (Jn 13,1); la magnanimidad y generosidad de su obrar: donde abundó el pecado sobreabundó la gracia (Rm 5,20). Esta obra de arte tan maravillosa y exuberante del Salvador motiva la certeza más absoluta en la Salvación efectuada por Él, por modo de mérito, de satisfacción, de sacrificio, de redención y de eficacia. Estos cinco modos de causalidad de la obra redentora, lejos de desmembrarla, nos la hacen ver con más fuerza y más unidad, como los dedos que perfeccionan la mano.
  159. Así es que Cristo mereció para todos los hombres de todos los tiempos todas las gracias que reciben o recibirán sin excepción ninguna; merecimiento que es universal: Él es propiciación por nuestros pecados. Y no sólo por los nuestros, sino por los de todo el mundo (1 Jn 2,2), sobreabundante, infinito y de estricta justicia.
  160. Así es que Cristo dio satisfacción de los pecados de todos los hombres ofreciendo al Padre una reparación universal, sobreabundante y en estricta justicia. Llevó sobre sí los pecados de todos (Is 53,12), a quien no conoció pecado, [Dios] le hizo pecado por nosotros para que viniésemos a ser justicia de Dios en Él (2 Co 5,21), se hizo maldito por nosotros (Ga 3,13), pagando por todos: Cristo Jesús… se entregó a sí mismo para Redención de todos (1 Tm 2,6).
  161. Así es que Cristo nos salva por el sacrificio de la Cruz, que es una oblación única: somos santificados por la oblación del Cuerpo de Cristo, hecha una sola vez (Hb 10,10); es un sacrificio definitivo: instituido… según el poder de una vida indestructible (Hb 7,16); es un sacrificio eterno, ya que posee un sacerdocio perpetuo porque permanece para siempre (Hb 7,24), y la Víctima es perfecta: y puede salvar perfectamente (Hb 7,25), ya que fue a la vez hostia por el pecado, hostia pacífica y holocausto: nos amó y se entregó por nosotros en oblación y sacrificio de fragante y suave olor (Ef 5,2). ¿No deberíamos recordar aquí que se llaman religiosos los que se consagran totalmente al servicio de Dios ofreciéndose a Él en holocausto?[195].
  162. Así es que Cristo nos redime de todas las esclavitudes, ya que vino a dar su vida en Redención de muchos (Mt 20,28), para Redención de todos (1 Tm 2,6), se entregó por nosotros para rescatarnos de toda iniquidad (Tt 2,14), librándonos de todas las esclavitudes del pecado, de la pena del pecado, de la muerte, del poder del diablo y de la ley mosaica.
  163. Así es que Cristo es la causa eficiente tanto de la Redención objetiva, realizada por Él en el Calvario, cuanto de la aplicación a nosotros de los frutos de la Redención –la llamada Redención subjetiva– por la fe y los sacramentos. Es causa eficientísima de nuestra salvación porque es Dios, el Verbo de Dios, y porque su humanidad es instrumento unido de la divinidad; de ahí que todas las acciones y padecimientos de Cristo obran, instrumentalmente, la salvación del género humano.


    Efectos

  164. Y si abismal es considerar los modos con que nos salva Jesucristo, abismales son los efectos de su Pasión:

    a) nos libera del pecado: nos limpió de los pecados con su sangre (Ap 1,5);
    b) nos libera del poder del diablo: ahora el príncipe de este mundo será arrojado fuera (Jn 12,31);
    c) nos libera de la pena del pecado: tomó sobre sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores (Is 53,4);
    d) nos reconcilió con Dios: fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo (Rm 5,10);
    e) nos abrió las puertas del cielo: teniendo firme confianza de entrar en el santuario en virtud de la sangre de Jesús (Hb 10,19);
    f) le otorga la exaltación: por lo cual Dios le exaltó (Flp 2,9).
  165. Debemos todavía tratar de un aspecto ya insinuado pero que ahora queremos explicitar: completo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo (Col 1,24), enseña San Pablo. Ciertamente que no añadimos nada sustancial al sacrificio de Cristo, pero en el orden de la operación lo completamos de algún modo. En su sacrificio, Cristo Cabeza ofreció al Padre sus propios dolores y los de todos los miembros de su Cuerpo místico, tomó sobre sí no sólo los pecados de todos los hombres sino todos sus dolores, los sufrimientos que sus miembros habrían de sufrir por su amor, pues los habrían de perseguir porque a Él lo servían[196]. Cristo “sufrió como Cabeza nuestra, continúa sufriendo en sus miembros, es decir, en nosotros”[197]. Por eso “el Cristo estará en agonía hasta el fin del mundo” ya que “la medida total de sufrimientos de todos los hombres no estará colmada hasta el fin del mundo”[198].


    El dolor

  166. El dolor es algo precioso y de incalculable valor ya que es elegido por Dios para redimirnos, cuando se soporta con paciencia, se acepta como venido de Dios y se santifica uniéndolo al de Cristo. He aquí la razón más profunda de nuestro apostolado con los enfermos, que siempre será una verificación de nuestra autenticidad cristiana. ¡Deben ser siempre nuestros preferidos!
  167. Todos los sufrimientos nuestros habían entrado en el corazón de Cristo en el Calvario. Esos sufrimientos ofrecidos de antemano por Cristo Sacerdote y Víctima faltaban ser cumplidos en nuestra carne. El sacrificio de Cristo, completo en su pensamiento profético, quedará totalmente cumplido en realidad cuando se complete el número de los elegidos. ¡Somos corredentores!
  168. Toda la eficacia corredentora de nuestros padecimientos depende de su unión con la Cruz, y en la medida y grado de esa unión. Vivimos del sacrificio de Cristo: ningún acto de virtud vale si no fue ofrecido por nuestra Cabeza en la Cruz, ningún pecado es perdonado si por él no suplicó misericordia Cristo en el Gólgota, ningún dolor es redentor si no se une a la Pasión de Cristo. Si no aprendemos a ser víctimas con la Víctima, todos nuestros sufrimientos son inútiles.
  169. Debemos aprender a completar lo que falta a la Pasión de Cristo[199] con una reparación afectiva –por la oración y el amor–, efectiva –cumplimiento de los deberes de estado, apostolado, etc.–, y aflictiva –el sufrimiento santificado–, en provecho propio y de todo el Cuerpo místico.
  170. Por eso los grandes benefactores de nuestros Institutos son sus miembros enfermos, a quienes debemos considerar miembros de privilegio, por quienes debemos estar dispuestos a vender “los cálices”[200] si fuese necesario para su bien.


    b) Muerte en Cruz y Sepultura

  171. Cristo con su muerte mata la muerte: La muerte ha sido devorada en la victoria, ¿dónde está, muerte, tu victoria? (cf. 1 Co 15,54-55); y por eso su muerte da vida: es paso para la resurrección suya y para la nuestra, tanto la espiritual como la corporal.
  172. Por eso los cristianos verdaderos consideran: si hemos muerto con Él, también con Él viviremos (2 Tm 2,11). En el Bautismo morimos y esa muerte nos asegura la resurrección: Si hemos sido injertados en Él por la semejanza de su muerte, también lo seremos por la de su resurrección (Rm 6,5), ofreciendo con Él los sufrimientos diarios, participando en sus padecimientos, conformándome a Él en su muerte (Flp 3,10), hasta poder exclamar: para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia (Flp 1,21).
  173. Por eso es “preciso vivir muriendo”[201], o como canta el poeta: “El que no sabe morir / mientras vive, es vano y loco: / morir cada hora un poco / es el modo de vivir […]/ de la muerte recibo / nueva vida y que si vivo, / vivo de tanto morir”. ¡Este es el secreto de toda fecundidad sobrenatural! ¡Todo está en saber morir! ¡Esa es la gran ciencia! Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, quedará solo; pero si muere llevará mucho fruto. El que ama su alma, la pierde; pero el que aborrece su alma en este mundo, la guardará para la vida eterna (Jn 12,24-25).
  174. Pero la Cruz nos ofrece otra magnífica lección. Así como todos los hombres habíamos pecado y perecido solidariamente en Adán, ya que por un hombre entró el pecado en el mundo… por cuanto todos habían pecado (Rm 5,12), así, en Cristo, nuevo Adán, por ese principio de comunión (koinonía), todos encontramos la salvación y la vida: los que reciben la abundancia de la gracia y el don de la justicia reinarán en la vida por obra de uno solo, Jesucristo (Rm 5,17).
  175. Jesucristo asume en sí la representación de todos los hombres: “padeció por mí, pagó por mí y murió por mí”[202]. En Él estamos recapitulados y como concentrados. Esta tan íntima y misteriosa compenetración y como identificación de Cristo con cada uno de nosotros es lo que hizo que Cristo asumiese nuestros pecados, se los apropiase: se hizo pecado[203].
  176. Ahora bien, no sólo murió en representación nuestra, sino que también morimos todos nosotros representados y contenidos en Él. Él y nosotros, nosotros y Él, formamos un todo único, un bloque compacto: todos vosotros sois uno en Cristo Jesús (Ga 3,28). Por eso morimos también nosotros en la Cruz, por la compenetración moral o identificación mística de las personas. Por esa misteriosa solidaridad o inefable comunión de los hombres con Cristo, en raíz, hemos muerto en Cristo.
  177. Por morir Cristo verdaderamente en representación de todos los hombres fue necesario que todos nosotros, de alguna manera, muriésemos en Él y con Él: si uno murió por todos, luego todos murieron (2 Co 5,14), o sea que todos en Él hemos muerto. Morir todos porque muere el uno supone que todos están en el uno y que el uno y todos sean lo mismo: todos somos uno… Debemos realizar de hecho lo que en la Cruz se realizó en raíz: debemos morir, de hecho, al hombre viejo, al pecado, a los afectos pecaminosos, hasta a la misma apariencia de mal.
  178. Debemos morir totalmente al propio yo. Hay tres momentos en la perfecta abnegación de sí mismo: la mortificación cristiana, el espíritu de sacrificio, y la muerte total al propio yo. A este tercer momento es muy difícil remontarse. Se logra mediante un trabajo perenne. Se trata de morir para vivir: estáis muertos y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Col 3,3). La vida de Cristo fue una muerte continua, cuyo último acto y consumación fue la Cruz. Por diversos grados de muerte se establece en nosotros la vida mística de Cristo:
    – muerte a los pecados, incluso a los más ligeros y a las menores imperfecciones;
    – muerte al mundo y a todas las cosas exteriores;
    – muerte a los sentidos y al cuidado inmoderado del propio cuerpo;
    – muerte al carácter y a los defectos naturales: no hablar u obrar según propio humor o capricho, mantenerse siempre en paz y en posesión de sí mismo;
    – muerte a la voluntad propia y al propio espíritu: someter la voluntad a la razón, no dejarse llevar por el capricho o las fantasías, no obstinarse en el propio juicio, saber escuchar, estar siempre alegres con lo que Dios nos da;
    – muerte a la estima y amor de nosotros mismos: al amor propio;
    – muerte a las consolaciones espirituales, que un día Dios retira completamente y al alma todo le molesta, todo le fastidia, todo le fatiga, la naturaleza grita, se queja, se enfure­ce;
    – muerte a los apoyos y seguridades con relación al estado de nuestra alma: experimentar el abandono de Dios…;
    – muerte a toda propiedad en lo que concierne a la santidad: entera desnudez. Ya no se ven los dones, ni las virtudes, sólo los pecados, la propia nada.
  179. Debemos aprender a descubrirnos, a nosotros y a los demás, en el Corazón y en las llagas de Cristo, y así comprenderemos lo que le pedimos cuando decimos: “dentro de tus llagas, escóndenos”[204], ya que “hemos sido hechos Cristo”[205].


    Locura de la Cruz

  180. Pero debemos tener en cuenta, aún, otra cosa más: la locura de la Cruz, que es la locura de Dios, más sabia que la sabiduría de los hombres (1 Co 1,23.25). Esta locura consiste en vivir en el más y en el por encima, es decir, donde cesa todo equilibrismo, todo cálculo, todo “te doy para que me des”. Esta locura comienza allí donde ya no se cuenta, ni se calcula, ni se pesa, ni se mide. ¿Amas sólo al que te ama?, ¿das sólo al que te lo puede devolver?, ¿haces favores sólo a los que te dan las gracias? ¿Qué importancia tiene todo eso? ¿No hacen eso también los paganos? (Mt 5,47).
  181. La locura de la cruz consiste en vivir las bienaventuranzas. ¡Bienaventurados los locos por Cristo! Se los llevará de aquí para allá, se reirán de ellos y los tendrán por torpes, atrasados y, aun, débiles mentales: de ellos es el Reino de los Cielos. ¡Bienaventurados los locos por Cristo! Porque se han despojado a sí mismos y están ante Dios con toda su candidez. ¡Bienaventurados estos locos por Cristo! Ninguna sabiduría del mundo podrá jamás engañarlos. Es la locura del amor sin límites ni medidas. Es bendecir a los que nos maldicen[206], es no devolver mal por mal (Rm 12,17). Cuando el mundo nos diga: ¡Mirad a los locos! se les tiran piedras y ellos besan la mano que las tira, se ríen y burlan de ellos y ellos ríen también, como niños que no comprenden; se les golpea, persigue y martiriza, pero ellos dan gracias a Dios que los encontró dignos. Cuando el mundo diga eso, es señal que vamos bien. ¡Locura del amor!, pero que la locura de la Cruz hace más sabia que la sabiduría de todos los hombres (1 Co 1,25).


    c) El descenso a los infiernos

  182. Enseña San Pedro que Cristo fue a predicar a los espíritus que estaban en la prisión (1 P 3,19), y agrega, fue anunciado el Evangelio a los muertos (1 P 4,6).
  183. La kénosis de la Encarnación del Verbo se prolonga a su Pasión y Muerte, y llega a su plenitud cuando desciende a los infiernos, de tal manera que, si dejásemos de considerar esta verdad de nuestra fe, estaríamos disminuyendo en algo la realidad de la Encarnación.
  184. Allí mostró Cristo el fruto de su Pasión a los santos del Antiguo Testamento, a los Patriarcas y Profetas, a San José y San Juan Bautista, a los Santos Mártires Inocentes, al buen ladrón… y les comunicó la bienaventuranza gloriosa.
  185. También consoló a las almas del purgatorio, sacando de allí a las que estaban suficientemente purificadas. En nuestra opción preferencial por los pobres siempre debemos tener presentes a estas benditas almas para sufragar por ellas.

    Artículo 4: Su Vida gloriosa

    a) Resurrección

    Hecho

  186. El hecho de la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo es un Misterio y un doble milagro. Es un milagro teológico que supera la capacidad de toda inteligencia creada, de tal modo que, si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, vana es también vuestra fe (1 Co 15,14). Pero, a su vez, es un milagro apologético, ya que, por la tumba vacía y las apariciones, se da cumpli­miento a las profecías y se certifica la verdad de la divinidad de Jesucristo. Es el primogénito de los muertos (Col 1,18), primicia de los que mueren (1 Co 15,20), o sea, el primero en resucitar de modo glorioso a una vida inmortal. Es el principio de la nueva creación o recreación del mundo, infinitamente superior a la primera creación.

    Efectos
  187. La Resurrección de nuestro Señor nos trajo dos beneficios principales: nuestra futura resurrección corporal y nuestra presente resurrección espiritual. Por eso se nos enseña, por un lado: como por un hombre vino la muerte, también por un hombre vino la resurrección de los muertos (1 Co 15,21); y, por otro: Cristo fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación (Rm 4,25); es evidente que la justificación es la resurrección de las almas, muertas espiritualmente por el pecado, a la vida de la gracia. Por eso Santo Tomás enseña: “El bien de la gracia de uno es mayor que el bien de la naturaleza de todo el universo”[207].
  188. En la Resurrección del Señor es en donde mejor se ve la importancia de la gracia en la economía salvífica de la Nueva Alianza y el porqué es la “única causa formal”[208] de nuestra salvación. La gracia santificante es la que nos hace partícipes de su naturaleza divina (2 P 1,4); es, como dicen los teólogos, una participación, física y formal, aunque análoga, de la misma naturaleza divina. ¡Con Él hemos resucitado! (Ef 2,6), llegando a “ser por gracia lo que Él es por naturale­za”[209]: hijos de Dios (cf. Rm 8,16), hermanos de Cristo, Primogénito entre muchos hermanos (Rm 8,29) y, por tanto, coherederos con Él, herederos de Dios y coherederos de Cristo (Rm 8,17). Junto con la gracia se nos dan las virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo.


    Envío del Espíritu Santo: la Ley Nueva

  189. El domingo mismo de su Resurrección, en forma privada, hizo Jesucristo lo que luego haría, en forma pública, el día de Pentecostés, enviando el Espíritu Santo: sopló y les dijo: recibid el Espíritu Santo (Jn 20,22), que constituye lo principal de la Ley Nueva, o Nueva Alianza, o Evangelio, es decir, la vida, y vida en abundancia (Jn 10,10) que Cristo vino a traer a la tierra. Es la ley de Cristo (Ga 6,2), es la ley de la fe (Rm 3,27), ley espiritual[210], ley perfecta (St 1,25), ley de libertad (St 2,12), ley del Espíritu (Rm 8,2), Evangelio de la gracia (Hch 20,24). Es la ley infusa –infundida en el corazón– profetizada por Jeremías: pondré mi ley en su interior y la escribiré en su corazón (Jr 31,33). Es “en lo que está todo su poder… en la misma gracia del Espíritu Santo, que se da por la fe en Cristo…”[211]. Sólo esta ley justifica y salva al hombre: el Evangelio… es poder de Dios para la salvación de todo el que cree… (Rm 1,16). Sólo en cuanto infusa, o sea, en cuanto comunicada interiormente, salva y justifica la ley nueva, el Evangelio; en cuanto secundariamente escrita, no. Por eso dice San Pablo que la letra mata, el Espíritu da vida (2 Co 3,6), y por letra entiéndase cualquier cosa o escritura que está fuera del hombre, aunque sea de cosas espirituales y celestiales, como las que se tienen en los Evangelios, “por donde también la letra del Evangelio mataría si no tuviera la gracia interior de la fe, que sana”[212]. Si esto vale para los Santos Evangelios, que tienen por Autor Principal al Espíritu Santo, ¡cuánto más vale para este Directorio! Sin la fe en Cristo, sin el Espíritu Santo, sin el amor de Dios, sin la gracia santificante, todos estos es­critos matarían las almas al quedarse ellos meramente en cosas exteriores.
  190. Vivir según la ley nueva es vivir de acuerdo con esta realidad: El amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado (Rm 5,5). Es vivir según la fe que actúa por la caridad (Ga 5,6). Y ¡la caridad no morirá jamás! (1 Co 13,8).


    Libertad

  191. Por la Resurrección y el envío del Espíritu Santo comprendemos que hemos sido llamados a la libertad[213], ya que para que gocemos de libertad, Cristo nos ha hecho libres (Ga 5,1).
  192. La libertad implica el “ir construyendo una comunión y una participación… sobre tres planos inseparables:
    – la relación del hombre con el mundo, como señor;
    – con las personas, como hermano;
    – y con Dios, como hijo”[214].
  193. “Hoy se han extendido en gran manera la gama de los abusos de la libertad, y esto conduce a nuevas formas de esclavitud, muy peligrosas, porque están disfrazadas bajo la apariencia de la libertad. Esta es la paradoja, el drama profundo de nuestro tiempo: en nombre de la libertad se impone la esclavitud”[215].
  194. De estos abusos ya prevenían San Pedro, que exhortaba a los fieles a ser realmente libres y no como quien tiene la libertad cual cobertura de la maldad (1 Pe 2,16), y San Pablo, que amonestaba a no tomar la libertad por pretexto para servir a la carne[216].
  195. La libertad auténtica se identifica con la santidad, con la Ley Nueva, con la fe cristiana, con la caridad, es la libertad… de los hijos de Dios (Rm 8,21). Tiene como fundamento la verdad, como lo mostró nuestro Señor al enseñarnos que la verdad os hará libres (Jn 8,32). Es propia de los que se dejan guiar por el Espíritu Santo: El Señor es Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor está la libertad (2 Co 3,17). Por eso enseña San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”[217], y San Juan de la Cruz coloca en la cima del monte de la perfección: “Ya por aquí no hay camino, que para el justo no hay ley”[218].
  196. La libertad cristiana “es poder evitar el pecado y hacer obras meritorias, sin que nadie tenga potestad de impedirle alcanzar el último fin”[219].
  197. Debemos ser y debemos saber formar hombres y mujeres: “Libres… libres… libres… libres… libres… libres con tu libertad… que vayan por todas partes con… el santo Evangelio en la boca y el santo rosario en la mano, a ladrar como pe­rros, a quemar como brasas e iluminar las tinieblas del mundo como soles”[220].
  198. El mismo Santo Tomás enseña: “Libre es quien es causa de su propio actuar; siervo quien tiene por causa de su actuar a su señor. Por tanto, quien obra por propia decisión, obra libremente; quien lo hace movido por otro, no obra libremente. Así, aquel que evita lo malo, no porque es malo, sino porque Dios lo manda, no es libre; pero quien evita lo malo porque es malo, ése es libre. Esto lo hace el Espíritu Santo que perfecciona interiormente al alma por el hábito bueno, de modo tal que se abstiene del mal por amor, como si lo preceptuara la ley divina; y por tanto se dice libre, no porque no se someta a la ley divina, sino porque se inclina por los buenos hábitos a hacer lo que la ley divina manda”[221].


    Hombre nuevo

  199. Es esta Ley Nueva la que trae al hombre nuevo que, por esencia, es el mismo Jesucristo: para hacer en sí mismo de los dos un solo hombre nuevo (Ef 2,15), y, por participación, todos los que se incorporan a Jesucristo por la gracia: vestíos del hombre nuevo creado según Dios en justicia y santidad verdaderas (Ef 4,24). El hombre nuevo se opone al hombre viejo, viciado por las concupiscencias seductoras (Ef 4,22)[222], de quienes profetizó el Apóstol: no sufrirán la sana doctrina; antes, por el prurito de oír, se amontonarán maestros conforme a sus pasiones (2 Tm 4,3).
  200. El hombre nuevo es el hombre interior, poderosamente fortalecidopor la acción de su Espíritu (Ef 3,16[223]). El hombre nuevo se identifica con hombre espiritual (1 Co 2,15). Es el hombre que canta el cántico nuevo, “cántico… que sólo pueden aprender los hombres nuevos, renovados de su antigua condición por obra de la gracia y pertenecientes ya al Nuevo Testamento, que es el Reino de los Cielos. Por él suspira todo nuestro amor y canta el cántico nuevo. Pero es nuestra vida más que nuestra voz la que debe cantar el cántico nuevo… Cada uno se pregunta cómo cantará a Dios. Cántale, pero hazlo bien. Él no admite un canto que ofenda a sus oídos… ¿Cuándo podrás prestarte a cantar con tanto arte y maestría que en nada desagrades a unos oídos tan perfectos? Mas he aquí que Él mismo te sugiere la manera cómo has de cantarle: no te preocupes por las palabras, como si éstas fuesen capaces de expresar lo que deleita a Dios. Canta con júbilo. Este es el canto que agrada a Dios, el que se hace con júbilo… (esto es), darse cuenta de que no podemos expresar con palabras lo que siente el corazón… Este modo de cantar es el más adecuado cuando se trata del Dios inefable. Porque si es inefable, no puede ser traducido en palabras. Y… por otra parte no te es lícito callar, lo único que puedes hacer es cantar con júbilo. De este modo el corazón se alegra sin palabras y la inmensidad del gozo no se ve limitada por unos vocablos”[224].
  201. El sumo y eterno hombre nuevo es Jesucristo, que quiere que nosotros asimilemos su doctrina, imitemos sus ejemplos, nos unamos de corazón a su Persona y frecuentemos sus sacramentos. De Él abominan las modernas concepciones inmanentistas que proponen un “hombre nuevo” que no es más que una piltrafa humana por negarle la dimensión sobrenatural de la gracia. Lo único auténticamente nuevo que ha habido, hay y habrá en el mundo es Jesucristo, que “al darse a sí mismo, ha dado novedad a todas las cosas”[225].
  202. El hombre nuevo que es el cristiano entona su propio cantar: “el canto brota de la alegría, y, si lo miramos bien, nace del amor: el obrar es propio del amor. El que sabe, pues, amar la vida nueva, sabe también cantar el cántico nuevo”[226], “porque cantar y entonar salmos es negocio de los que aman”[227]. La peregrinación cristiana debe acompañarse con el canto, con manifestaciones de alegría: “cantemos, pues, ahora, hermanos; no para deleite de descanso sino para alivio de nuestro trabajo. Como suelen hacer los caminantes, tú también canta y camina. Alivia tu fatiga de caminante con el canto. No te domine la pereza; canta y camina. ¿Qué significa camina? Avanza siempre en el bien. Pues no faltan quienes retroceden, yendo de mal en peor, como dice el Apóstol (2 Tm 3,13). Si tú progresas y adelantas, caminas; mas progresa en el bien, progresa en la fe, no te vuelvas atrás, no te detengas”[228].


    Alegría

  203. De aquí, también, de la Resurrección del Señor, surge un elemento que debe ser esencial en nuestra espiritualidad –y en toda espiritualidad cristiana–: la alegría, que, en nuestro caso, debe manifestarse de manera especial en la celebración del día del Señor, el domingo; en el sentido de la fiesta; y en la recreación, que nosotros llamamos eutrapelia.
  204. La alegría, que es el secreto gigantesco del cristiano, es espiritual y sobrenatural, y nace de considerar el misterio del Verbo Encarnado. Alégrate, regocíjate, le dijo el ángel Gabriel a María; Ella diría más tarde: exulta de júbilo mi espíritu (Lc 1,47), habiendo, instantes antes, testificado Isabel: exultó de gozo el niño en mi seno (Lc 1,44); y el ángel había dicho a los pastores: Os anuncio una gran alegría, que es para todo el pueblo (Lc 2,10). Nace de constatar el misterio de la Resurrección del Señor: llenas… de gran gozo (Mt 28,­8); como los discípulos de Emaús: ¿No ardían nuestros corazones dentro de nosotros mientras en el camino nos hablaba? (Lc 24,32); no creían aún en fuerza del gozo y la admiración (Lc 24,41), se volvieron… con grande gozo (Lc 24,52); los discípulos se alegraron viendo al Señor (Jn 20,20). Por eso insiste San Pablo: Alegraos, os vuelvo a repetir, alegraos (Flp 4,4).
  205. Por eso el cristiano ha de alegrarse siempre y en todo: el Reino de Dios… es alegría en el Espíritu Santo (Rm 14,17); que el Dios de la esperanza os llene de cumplida alegría (Rm 15,13); llegando con alegría a vosotros (Rm 15,32); alegraos (2 Co 13,11); alegraos en el Señor (Flp 3,1); estad siempre alegres (1 Ts 5,16).
  206. Ha de alegrarse en las virtudes: quien practica la misericordia, hágalo con alegría (Rm 12,8); alegres en la esperanza (Rm 12,12); fortalecidos en toda virtud según la fuerza de su gloria, en toda paciencia y longanimidad, con alegría (Col 1,11).
  207. Ha de alegrarse también en los padecimientos: rebozo de alegría en todas nuestras tribulaciones (2 Co 7,4); como tristes aunque siempre alegres (2 Co 6,10); me alegro de mis padecimientos (Col 1,24).
  208. Debe alegrarse también en la comunidad de seguidores del Resucitado: me alegro en vosotros (Rm 16,19); mi alegría es también la vuestra (2 Co 2,3); queremos contribuir a vuestra alegría por vuestra firmeza en la fe (2 Co 1,24); siempre, en todas mis oraciones, pido con alegría por vosotros (Flp 1,4); Hermanos… mi alegría y mi corona (Flp 4,1); vosotros sois nuestra gloria y nuestra alegría (1 Ts 2,20).
  209. Debe alegrarse con Cristo anunciado: que Cristo sea anunciado, yo me alegro de ello y me alegraré (Flp 1,18); permaneceré con vosotros para vuestro provecho y alegría en la fe (Flp 1,25); haced cumplida mi alegría (Flp 2,2); recibiendo la palabra con alegría en el Espíritu Santo (1 Ts 1,6).
  210. En el fondo la alegría brota de considerar que Dios es[229], que Cristo es: Ánimo, Yo soy (Mc 6,50), que la verdad prima sobre la mentira, el bien sobre el mal, la belleza sobre la fealdad, el amor sobre el odio, la paz sobre la guerra, la misericordia sobre la venganza, la vida sobre la muerte, la gracia sobre el pecado, y en fin, el ser sobre la nada, la Virgen sobre Satanás, Cristo sobre el Anticristo, Dios sobre todo. “Dios es alegría infinita”[230].


    Domingo

  211. Del Misterio Pascual y del día del Señor –domingo–, que es el día de fiesta por excelencia, deben nacer entre nosotros las fiestas, ya que la auténtica fiesta debe nacer del culto, es decir, en la alabanza tributada al Creador por la bondad de la existencia, ya que el séptimo día Dios vio que todo era bueno… y descansó (Gn 1,31; 2,2-3). Y, como enseña San Agustín, el culto tiene lugar mediante “el ofrecimiento de alabanza y de acción de gracias”[231], y siendo el acto prin­ci­pal de culto el sacrificio, se constituye así en el alma de la fiesta. ¡Cuánto más sentido tiene esto a la luz de la Resurrección del Señor y de la perpetuación de su Sacrificio en los altares! En efecto, por la Encarnación del Verbo y su Misterio Pascual, el hombre es elevado a un plano sobreeminente, el plano de la gracia, que excede absolutamente el orden de la naturaleza. Por tanto es el Misterio Pascual, y el domingo, que es su prolongación, la fuente de la auténtica fies­ta, donde se celebra tanto la bondad de esta existencia superior que nos trajo el Verbo, pues la gracia y la verdad nos han venido por Jesucristo (Jn 1, 17), cuanto la esperanza de poder entrar finalmente en la Bienaventuranza eterna, la Fiesta verdadera, de la que el Misterio Pascual y el domingo son un signo y un anticipo. El mismo nombre con que la tradición cristiana llama al Santo Sacrificio de la Misa dice referencia a esta acción de gracias: “Eucaristía”. Y es ya un adentrarse en la verdadera fiesta, la de la eternidad: para nosotros, los que vivimos aquí, son nuestras fiestas un acceso abierto a aquella vida. Vamos de fiesta en fiesta hacia la Fiesta[232].


    Fiesta

  212. De la Resurrección del Señor y del domingo toma también participación toda otra fiesta, ya que el motivo de la fiesta es la alegría: “Fiesta es alegría y nada más”[233]. Pero la alegría supone un fundamento, algo de que alegrarse: es la respuesta de un amante a quien ha caído en suerte aquello que ama. Alguien se alegra porque posee el bien que le es conveniente, sea realmente, sea en esperanza, sea al menos en la memoria. Y sólo se alegra verdaderamente el que se alegra en el amor: “Donde se alegra la caridad, allí hay festividad”[234]. Por eso no hay motivo mayor de alegría que la Resurrección del Señor, porque su triunfo es nuestro triunfo, su victoria es nuestra victoria. El Misterio Pascual es la manifestación por excelencia del amor de Dios a los hombres: los amó hasta el extremo (Jn 13,1). Por eso en este misterio debemos alegrarnos, y nuestra alegría debe ser permanente. De aquí que en nuestros Institutos deben celebrarse como corresponde las grandes solemnidades, en especial la Octava de Pascua, los domingos, los días de los Apóstoles y de Nuestra Señora.
  213. Asimismo hay como otra fiesta en pequeño, que es la recreación, en la que debe practicarse la virtud de la eutrapelia. El alma, a semejanza del cuerpo, se fatiga, y debe reposar. El reposo del alma es la delectación, por lo que ésta debe ser el remedio contra el cansancio del alma, que interrumpa la tensión del espíritu. De aquí que sea necesario procurar este reposo al alma mediante los juegos y las fiestas, cuya moderación pertenece a la virtud de la eutrapelia, practicada en los momentos de recreación.
  214. Quien no practique la virtud de la eutrapelia con agrado, difícilmente perseverará. Hay que precaverse mucho de aquellos que bajo capa de virtud no quieren practicar la virtud de la eutrapelia; generalmente son llevados de su egoísmo, faltan a la caridad con el prójimo y son de juicio duro. Lo peor es que van contra la verdad del hombre, que por ser inteligente, tiene que saber ser lúdico.


    Envío y misión

  215. Cristo resucitado, como indican los cuatro evangelistas, nos da el mandato de la misión: Como el Padre me envió, así os envío yo (Jn 20,21); en la que hay que dar testimonio: Vosotros daréis testimonio de esto (Lc 24,48); por el poder del Señor, dirigiéndose a todas las gentes, de todo el mundo: Id y enseñad a todas las gentes (Mt 28,19), por todo el mundo (Mc 16,15); para predicar el Evangelio enseñando a observar lo que Él nos mandó, bautizando en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, de modo que el que crea se salvará; acompañándonos Cristo hasta la consumación del mundo (Mt 28,20).
  216. Para no ser esquivos a la aventura misionera[235], y mover a otros muchos a ella, hay que tener algo de poeta, ya que a los pueblos no los han movido más que los poetas, ¡y qué poeta más grande que Jesucristo!, ¡y qué poesía más grande que gritarnos: ¡Navega mar adentro! Duc in altum! (Lc 5,4). Palabra profunda, de muy profundo contenido, de hondas resonancias místicas, que impele a grandes ideales, que entienden quiénes son hombres de acción, de mirada amplia, de corazón decidido y generoso, que por la nobleza de su alma se sonríen con alegría al saber que Jesús mismo es quien les dice ¡Duc in altum! Es una invitación a realizar grandes obras, empresas extraordina­rias donde hay mucho de aventura, de vértigo, de peligro, donde las olas sacuden la barca, el agua salada salpica el rostro, la proa va abriéndose paso por vez primera, donde no hay huellas y las referencias sólo son las estrellas, donde la quilla es sacudida por remolinos encontrados, las velas desplegadas reciben el furor del viento, los mástiles crujen… y el alma se estremece… ¡Mar adentro!, lejos de la orilla y de la tierra firme de los pensamientos meramente humanos, calculadores y fríos… donde el agua bulle, el corazón late a prisa, donde el alma conoce celestiales embriagueces y gozos fascinantes. Navegar mar adentro es tomar en serio, a fondo, las exigencias del Evangelio: ve, vende todo lo que tienes… (Mt 19,21), es el ansia de nuestro corazón inquieto, que anhela poseer el Infinito, es el ímpetu de los Santos y de los Mártires, que lo dieron todo por Dios. Es lo propio de los pescadores: hombres humildes, laboriosos, que no temen los peligros, vigilantes, pacientes en las prolongadas vigilias, constantes en repetir sus salidas al mar, prudentes para sacar los peces, curtidos por la sal y por el sol. Es disponerse a morir, como el grano de trigo, para ver a Cristo en todas las cosas. Por ello, hacemos nuestras las ardientes palabras de San Luis Orione: “Quien no quiera ser apóstol que salga de la Congregación: hoy, quien no es apóstol de Jesucristo y de la Iglesia, es apóstata[236].


    b) Ascensión

  217. La Ascensión de Cristo al cielo, entre otras cosas, nos mueve a buscar siempre las cosas esenciales, que son invisibles a los ojos del cuerpo, y que son aquellas cosas que no pasan y que no mueren: Aspirad a las cosas de arriba donde está Cristo… gustad las cosas de arriba, no las de la tierra (Col 3, 1-2).
  218. En estos tiempos de crudo temporalismo y en los cuales muchos contemporáneos están inficionados por el secularismo, debemos dar claro testimonio de ser hombres no enfrascados en los horizontes de este mundo, ni siquiera en el compromiso ineludible de promover la justicia.
  219. Asimismo, la Ascensión del Señor debe llenarnos de inconmovible esperanza, ya que nos aseguró: En la casa de mi Padre hay muchas moradas… Voy a prepararos el lugar… De nuevo volveré y os tomaré conmigo, para que donde yo estoy estéis también vosotros (Jn 14,2-3). “Es necesario que los miembros sigan dondequiera les preceda la Cabeza”[237]. Su Ascensión es causa de la nuestra. “Él con nosotros es una sola cosa”[238]. Todos con Cristo “forman un solo Cristo”[239]. ¡Somos ciudadanos del cielo! (Flp 3,20).
  220. Estaban mirando el cielo, fija la vista en Él… (Hch 1,10). Tendremos siempre un lugar preferente en nuestro Instituto para las ramas contemplativas. La vida contemplativa, como enseña San Juan Pablo II, es “el núcleo a partir del cual os aprestáis a dar sentido pleno a vuestra vida religiosa, como embajadores de Cristo[240] en medio de este mundo”[241]. Y la razón de esto reside en que la vida contemplativa implica una permanente dedicación a Dios y a la consideración y amor de su misterio y de su plan de salvación sobre todos los hombres, según aquello de San Pablo: Buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios… Estáis muertos, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Col 3,1.3). Por eso dice San Juan Pablo II: “Dedicarse a Dios es… la forma más noble y más alta de actividad del ser humano, en cuanto que éste se concentra del todo en la adoración del Ser Infinito, que quiere la salvación de toda la humanidad… He aquí, pues, la forma precisa de colaboración que… ofrecéis a la Iglesia para el bien de las almas”[242]. En este sentido dice San Juan de la Cruz: “Adviertan pues aquí los que son activos, que piensan ceñir el mundo con sus predicaciones y obras exteriores, que mucho más provecho harían a la Iglesia y mucho más agradarían a Dios si gastasen siquiera la mitad del tiempo en estarse con Dios en oración. Cierto entonces harían más y con menos trabajo… de otra manera todo es martillar y hacer poco más que nada y aun a veces daño”[243]. Y asimismo Santa Teresita del Niño Jesús: “Sólo esto reclama Jesús de nosotros. No tiene necesidad de nuestras obras, sino únicamente de nuestro amor”[244]. Y gracias a la oración y sacrificio de quienes se consagran a Dios en la vida contemplativa, el Señor suscita predicadores, confesores, directores espirituales, etc., que transmitan la verdad a los hombres, por lo que verdaderamente puede decirse que otros transmiten lo que ellos contemplan.


    c) A la diestra del Padre

  221. Se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas (Hb 1,3), según San Juan Damasceno, se refiere a “la gloria y el honor de la divinidad”[245], o sea, significa que Cristo reina junto con el Padre y, además, tiene el poder judicial sobre vivos y muertos. El saber que el Señor está junto al Padre debe hacer crecer, de manera inconmensurable, nuestra confianza en Él: Todo lo puedo en aquel que me conforta (Flp 4,13), según aquella otra magnífica expresión de confianza total: ¡Sé a quién me he confiado! (2 Tm 1,12).


    d) Realeza de Cristo

  222. El Señor es Rey de toda la humanidad en sentido estricto, literal y propio, ya que recibió del Padre la potestad, el poder y el Reino (Dn 7,13), y por eso es Rey de reyes y Señor de los señores (Ap 19,16). El fundamento de este reinado es cuádruple: en primer lugar, le compete por ser Dios, el Verbo Encarnado, y así dice San Cirilo de Alejandría: “Cristo obtiene la dominación de todas las creaturas, no arrancada por la fuerza ni tomada por ninguna otra razón, sino por su misma esencia y naturaleza”[246]; en segundo lugar le compete en virtud de la Redención, por derecho de conquista, al habernos comprado con su sangre: No fuisteis rescatados… con oro o plata corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo (1 P 1,18-19); en tercer lugar, por ser Cabeza de la Iglesia, por la plenitud de la gracia: lleno de gracia y de verdad (Jn 1,14); en cuarto lugar, por derecho de herencia: a quien constituyó heredero de todas las cosas (Hb 1,2). Su autoridad regia incluye la plenitud del triple poder: legislativo, judicial y ejecutivo.
  223. El ámbito de su reinado es doble, personal y social. Reina sobre las inteligencias porque es la Verdad, “y es necesario que los hombres reciban con obediencia la verdad de Él”[247]; reina sobre las voluntades porque es la Bondad, “de tal modo que nos inflama hacia las cosas más nobles”[248]; y reina sobre los corazones porque es el Amor. Y reina también socialmente, ya que “no hay diferencia entre los individuos y el consorcio civil, porque los individuos, unidos en sociedad, no por eso están menos bajo la potestad de Cristo, que lo están cada uno de ellos separadamente. Él es la fuente de la salud privada y pública”[249].
  224. Ciertamente que no es el Suyo un reino temporal ni terreno: mi Reino no es de este mundo (Jn 18,36), sino que es un Reino eterno: su Reino no tendrá fin (Lc 1,33), y es universal: le fue dado todo poder en el cielo y en la tierra (Mt 28,18); Reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justi­cia, de amor y de paz[250].
  225. Todo el trabajo misionero y apostólico se fundamenta en la convicción de que es necesario que Él reine (1 Co 15,25).

    Artículo 5: Su Vida mística

    a) La Iglesia, Cuerpo místico

  226. Desde su Resurrección y para siempre, la sagrada humanidad de Jesucristo vive una Vida gloriosa e inmortal, que desde el momento de la Ascensión se encuentra en el cielo y que regre­sará cuando ocurra su segunda Venida.
  227. Pero, en el arco de los siglos que median entre la Ascensión y la Parusía, vive aquí en la tierra su Vida mística. En efecto, así como el Verbo asumió una naturaleza humana para cumplir el designio de salvación, para prolongar ese designio a través de los tiempos elige otras naturalezas humanas a fin que la salvación llegue a todos los hombres de todos los tiempos. La Iglesia es Jesucristo continuado, difundido y comunicado; es como la prolongación de la Encarnación redentora al continuar la triple función: profética, sacerdotal y real; es el nuevo Pueblo de Dios; “es en Cristo como un sacramento o señal, e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano”[251]; es una comunidad orgánicamente estructurada[252], “un pueblo reunido por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”[253]. La Iglesia es misterio, es comunión y es misión[254]. Nuestra pertenencia a Ella, por la fe y el Bautismo, debe ser nuestro timbre de honor. Siempre la Iglesia, a la luz de la Palabra de Dios, celebra los misterios de Cristo para la salvación del mundo[255].


    b) Su “historia”

  228. La realidad de la Iglesia-misterio precede a la creación del mundo, como dice San Clemente Romano: “la Iglesia no es de ahora, sino de antes”[256], y el Pastor de Hermas: “fue creada… antes que todas las cosas… por causa de Ella fue ordenado el mundo”[257].
  229. Fue, de manera mediata, “preparada admirablemente en la historia del pueblo de Israel y en el Antiguo Testamento”[258]; de manera inmediata, “constituida en los últimos tiempos”[259] por Jesucristo, quien le dio la doctrina, los sacramentos y la jerarquía, de manera especial en Pedro, por quien principia su constitución al confesar: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia (Mt 16,18); culmina su preparación en la cumbre del Calvario, cuando del costado herido de Jesucristo crucificado manan la sangre y el agua, y “cuantas veces se renueva sobre el altar el sacrificio de la Cruz, en que nuestra Pascua, Cristo, ha sido inmolada (1 Co 5,7) se efectúa la obra de nuestra Redención”[260]; fue públicamente “manifestada por la efusión del Espíritu Santo”[261], tanto en el Pentecostés de los judíos[262], como en el Pentecostés de los paganos[263]; y “se perfeccionará gloriosamente al fin de los tiempos”[264], cuando todos los justos “desde Abel el justo hasta el último ele­gi­do”[265] se unan ante el Padre en una Iglesia Universal.
  230. Esto debemos considerar siempre para no caer en la tenta­ción de que la Iglesia comienza con nosotros. Sobre nues­tras espaldas no sólo hay 2000 años de historia, sino que está el pasado del mundo y todo su futuro.


    c) Su “alma”: el Espíritu Santo

  231. En la Iglesia juega un papel fundamental, esencial, cons­titutivo de la misma, el Espíritu Santo. En efecto, es Él quien obra nuestra incorporación al Cuerpo místico de Cristo, del cual somos miembros en virtud del Bautismo, ya que es pre­ciso renacer del agua y del Espíritu[266]: hemos sido bau­tizados en un solo Espíritu para formar un solo cuerpo (1 Co 12,13).
  232. El Espíritu Santo ya en el Antiguo Testamento había sido revelado, si bien no como Persona Divina, bajo distintos as­pectos relacionados tanto con la vida del Pueblo de Israel como con la de sus miembros. Así interviene en la crea­ción[267]; es fuente de vida: derramaré mi Espíritu sobre tu linaje… y crecerán como crecen los sauces entre la hierba, junto a las corrientes de las aguas (Is 44,3-4); su acción es directiva, tanto de Israel: Descendió el Señor en la nube, y habló a Moisés, y tomando del Espíritu que en él había, se lo infundió a los setenta varones (Nm 11,25), cuanto, profética­men­te, del Mesías: Reposará sobre Él el Espíritu del Señor, espí­ritu de sabiduría y de entendimiento, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de piedad, y estará lle­no del espíritu del temor del Señor (Is 11,2-3), sobre Él he derramado mi Espíritu (Is 42,1); por su acción hablan los pro­fetas: y luego que posó en ellos el Espíritu, comenzaron a profetizar (Nm 11,25); su acción renueva, purifica el cora­zón, santifica: no retires de mí tu santo espíritu… crea en mí, oh Dios, un cora­zón puro… rocía­me, y seré purificado, me lavarás, y quedaré más blanco que la nieve (Sal 51,9.12.13).
  233. En el Nuevo Testamento todos estos aspectos son reto­ma­dos y cobran un sentido nuevo a la luz de la revelación, hecha por Jesucristo, del Espíritu Santo como Persona Divina. Y en la vida misma del Verbo Encarnado, el Espíritu Santo está presen­te de un modo particularísimo. Es autor de la unión hipostáti­ca, que se llama “gracia de unión”[268], por lo que Él obra la Encarnación: el Espíritu Santo descenderá sobre ti (Lc 1,35). De dónde Cristo “es la suprema ma­ravilla realizada por el Espíritu Santo”[269], y confesamos en el Credo que “fue con­ce­bido por obra y gracia del Espíritu Santo”[270], es decir, “por la virtud del Espíritu”[271]. Es este mismo Espíritu el autor de la santidad de Jesús: por eso lo que nacerá de ti será Santo (Lc 1,35). Incluso la respuesta de la Santísima Virgen, de la cual se siguió la Encarnación, es fruto de la acción del Espíritu Santo en su alma[272], que es­ta­blece una relación personalísi­ma, esponsalicia, nupcial, con Ella, unión que es modelo para nosotros[273], ya que el Es­pí­ri­tu habita en vosotros (1 Co 3,16), pues habita en toda alma en gracia. También está pre­sente en la oración y predica­ción me­siánicas de Jesús; Cristo se aplica a sí mismo el cum­pli­miento de la profecía de Is 61,1: el Espíritu del Señor está sobre Mí porque Él me ungió; Él me envió a dar la Buena Nueva a los pobres, a anunciar a los cautivos la liberación y a dar a los ciegos vista, a poner en libertad a los oprimidos, a publicar el año de gracia del Señor (Lc 4,18ss.); es fuente de la ale­gría de Cristo: En aquella hora se estremeció de gozo en el Espíritu Santo (Lc 10,21); de Él tiene Cristo el poder de ex­pulsar los demonios: Si por el Espí­ritu de Dios echo Yo los demonios, es evidente que ha llegado a vosotros el reino de Dios (Mt 12,28). Está presente en su Sacrificio redentor, al cual Jesús llama “Bautismo”: ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber y recibir el Bautismo que yo he de recibir? (Mc 10,38), fuego vine a traer sobre la tierra, ¡y qué he de de­sear sino que arda! Un Bautismo tengo para bautizarme, ¡y cómo estoy angustiado hasta que sea cumplido! (Lc 12,49). Juan el Bautista había ya anunciado que el que viene después de mí… os bautizará con Espíritu Santo y fuego (Mt 3,11), y se nos enseña que por su Espíritu eterno se ofre­ció a Sí mismo sin mácula a Dios (Hb 9,14). Finalmente, el Espíritu Santo es autor de la Resurrección de Cristo: fue muerto en la carne, pero llamado a la vida por el Espíritu (1 P 3,18). Y en esto se manifiesta como Vivificador, “Señor y dador de vida”[274], como profesamos en el Credo. Precisamen­te, en la gracia del Es­píritu Santo consiste el Evangelio, la Ley Nueva, que por eso es “ley de vida”: La ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte (Rm 8,2).
  234. Este mismo Espíritu, luego de la Resurrección y Ascen­sión a los cielos de Jesús, es enviado a la Iglesia, según la misma promesa del Señor: cuando venga el Intercesor, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de Verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de Mí (Jn 15,26). “Una vez que el Señor Jesús fue exaltado en la Cruz y glorificado, derramó el Espí­ritu que había prometido, por el cual llamó y congregó en uni­dad de la fe, de la esperanza y de la caridad al Pueblo del Nuevo Testamento, que es la Iglesia”[275]. Este envío se cum­plió en el día de Pentecostés: todos fueron llenos del Espíri­tu Santo (Hch 2,1-4). Por tanto el Espíritu Santo es un don dado por Dios a la Iglesia: recibi­réis el don del Espíritu Santo (Hch 2,38), don que al mismo tiempo la vivifica: Si co­nocieras el don de Dios y quién es el que te dice: “dame de beber”, tú le hubieses pedido a Él y Él te habría dado agua viva (Jn 4,10), y la vivifica hasta tal punto, que con razón se lo llama “Alma de la Iglesia”, pues “de tal forma vivifica, unifica y mueve todo el cuerpo, que su operación pudo ser com­parada por los Santos Padres con el servicio que realiza el principio de la vida o alma, en el cuerpo humano”[276]. Por tan­to el Espíritu Santo es la fuente de la unidad de la Igle­sia: fuimos bautizados en un mismo Espíritu, para ser un solo cuer­po (1 Co 12,13), unidad que se basa en la caridad, que es también fruto de la acción del Espíritu: El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rm 5,5). Con razón, pues, llamaba San Agus­tín al Espíritu Santo “Beso, Amor, Lazo de unión entre el Pa­dre y el Hijo”[277]. Por consiguien­te el Espíritu es también fuente de la santidad de la Iglesia, ya que Él mismo es Santo: Espíritu de santidad (Rm 1,4) y, por tanto, obra la santificación: os ha escogido Dios… mediante la santifi­cación del Espíritu (2 Ts 2,13).
  235. Esta santificación la obra interiormente en nuestros co­razones, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros (1 Co 3,16), y por esta presencia renovado­ra nos transforma, hacién­donos hijos de Dios: y por ser hijos envió Dios a nuestros corazones el Espí­ritu de su Hijo, que grita “¡Abba, Padre!”. De modo que ya no eres esclavo, sino hijo, y si hijo, también heredero, por mer­ced de Dios (Ga 4,6-7); los que son movidos por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios (Rm 8,14ss.). Él nos renue­va, nos hace ser nuevas creaturas, edificadas por Dios: Sois coedificados en el Espíritu para morada de Dios (Ef 2,22), y por esta renovación y purificación, y en Él, podemos acceder al Padre: unos y otros tenemos el acceso al Padre en un mismo Espíritu (Ef 2,18). Por tanto, es prenda de la vida eterna: el Espíritu de la promesa, que es prenda de nuestra heren­cia (Ef 1,13-14), y que ya desde aquí nos enseña todas las cosas, porque todo lo escudriña (cf. 1 Co 2,10-11), Él os enseñará todas las cosas (Jn 14,26) porque es Espíritu de la Verdad (Jn 14,17); nos auxi­lia, ya que el Espíritu viene en ayuda de nues­tra flaqueza, porque no sabemos qué orar según conviene, pero el Espíritu intercede por nosotros con gemidos inenarrables (Rm 8,26); enriquece a la Iglesia con la diversidad de sus dones: todas estas cosas las obra el mismo y único Espíritu, repartiendo a cada cual según quiere (1 Co 12,11). Debemos pedir, pues, siempre al Señor que nos conceda su Santo Espíri­tu, y la doci­lidad a Él, de modo que pertenezca­mos cada vez más a Cristo, y por ende a su Cuerpo místico, ya que si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo (Rm 8,9). Dios no niega jamás este preciosísimo don, en el que consiste toda la Ley Nueva, y por tanto, toda nuestra salvación: Si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan! (Lc 11,13). Debemos pues, comprender, que el Reino de Dios es… justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo (Rm 14,17).


    La palabra de Dios

  236. El Espíritu Santo es el Autor Principal de la Sagrada Escritura, porque quiso que pudiésemos saciarnos en “la mesa de la Palabra”[278]. “El Espíritu Santo fecundó la Sagrada Escritura con verdad más abundante de la que los hombres puedan comprender”[279]. La Biblia está estrechamente unida al misterio del Verbo Encarnado: “al igual que la palabra sustancial de Dios se hizo semejante en todo menos en el pecado, así las palabras de Dios expresadas en lenguas humanas se han hecho en todo semejante al lenguaje humano, excepto en el error”[280].
  237. La riqueza de este tesoro celestial[281] de la Palabra de Dios, entre otras cosas, se ve por el hecho de que:
    – está contenida en los Libros Santos,
    – celebrada en la Sagrada Liturgia,
    – comentada por los Santos Padres,
    – testimoniada por los Mártires,
    – profundizada por los Doctores,
    – interpretada auténticamente por el Magisterio de la Iglesia,
    – y vivida por los santos de todos los tiempos.
  238. La Palabra de Dios debe ser “profundizada en Iglesia”[282], es decir, con el mismo Espíritu con que fue escrita[283], y es en verdad la fuerza de nuestro Instituto, “como lo es su suprema procla­mación sacra­mental en el Sacrificio eucarístico”[284].
  239. La Sagrada Escritura debe ser el alma de nuestra alma, de nuestra espiritualidad, teología, predicación, catequesis y pasto­ral. Debería poder decirse de nosotros lo que decía San Jeróni­mo de una persona conocida suya: “A través de la diaria lectu­ra y meditación de la Escritura, ha hecho de su corazón una biblioteca de Cristo”[285], pues para nosotros “la Palabra de Dios no representa menos que el Cuerpo de Cristo”[286].


    d) Iglesia una

  240. “Esta es la única Iglesia de Cristo, que en el Símbolo confesamos Una, Santa, Católica y Apostóli­ca”[287].
  241. La Iglesia de Cristo es Una y única. La idea de koino­nía (comunión) expresa adecuadamente el núcleo profundo del Miste­rio de la Iglesia, por ser éste misterio de la unión personal de cada hombre con la Santísima Trinidad y con los otros hom­bres, comenzada por la fe y el Bautismo.
  242. La común unión implica la dimensión vertical, o sea, co­munión con Dios, y la dimensión horizontal, o sea, comu­nión entre los hombres. Esta unidad es un don de Dios, fruto de la iniciativa divina obrada en el Misterio Pascual.
  243. La comunión eclesial es, al mismo tiempo, invisible y visi­ble. Como realidad invisible es comunión de cada hombre, por un lado, con el Padre por Cristo en el Espíritu Santo y, por otro, con los demás hombres, también partíci­pes de la gracia santificante[288], de la Pasión de Cristo[289], de la misma fe[290], del mismo Espíritu[291]. Realidades todas que guardan íntima relación con la comu­nión visible funda­da en la doctrina de los Apóstoles, en los sacramentos y en el orden jerárquico. Esta relación entre lo visible y lo invisible de la comunión eclesial es constitutiva de la Iglesia como “Sacramento universal de salvación”[292].
  244. Esta realidad jerárquica y a la vez mística, visible y espi­ritual, terrestre y celestial, canónica y carismática, humana y divina, por una profunda analogía “se asemeja al Mis­terio del Verbo Encarna­do”[293], ya que “Cristo mismo está Encarnado en su Cuerpo, la Iglesia”[294]. Por tanto, noso­tros, que nos honramos en llamarnos religiosos “del Verbo En­carnado”, traicionaríamos gravísimamente nuestro carisma si no trabajá­semos por tener una auténtica espiritualidad ecle­sial, que nos incorpore plenamen­te a la Iglesia del Verbo Encarnado. Y no queremos saber nada fuera de Ella.
  245. La más sólida unidad va adjunta a una diversificación, que no obstaculiza la unidad, y que la hace ser comunión. La uni­versa­lidad de la Iglesia, “dentro de la unidad de fe y la única consti­tución divina de la Igle­sia”[295], acepta la pluralidad de ministe­rios, carismas, formas de vida y de apostolado, di­versas tradi­ciones litúrgicas y culturales, teológicas, espi­rituales y discipli­nares. Esta realidad “muestra admirablemen­te la indivisa catoli­cidad de la Iglesia”[296].
  246. Debemos ser fervientes promotores “de la unidad que no obstaculiza la diversidad, así como… de una diversidad que no obstaculiza la unidad sino que la enriquece”[297]. Estamos lla­ma­dos a edificar, respetar y salvaguar­dar cada día esta unidad en la diversidad, sobre todo mediante aquel amor que es el vínculo de perfección (Col 3,14). Como dice el Angélico: “La Iglesia es una… por la unidad de la caridad, porque to­dos están unidos por el amor de Dios, y entre sí por el amor mu­tuo”[298].
  247. Expresión de esta unidad en la diversidad son los insti­tutos religiosos, entre los que nos queremos contar, que aun­que no pertenecen a la estructura jerárquica de la Iglesia, pertene­cen “de manera indiscutible a su vida y a su santi­dad”[299]. Cuando tienen carácter supradiocesano, radicado en el ministe­rio petrino, son también elementos al servicio de la comunión entre las diversas Iglesias particulares. Es un dato importante para nuestra espiritualidad, como ya lo experimen­tamos.


    Un mismo sentir

  248. Aspiramos, conforme a las palabras de San Pablo, a tener un mismo sentir (2 Co 13,11) en el Señor (Flp 4,2). Esta una­nimidad o concordia que buscamos significa unidad en el juicio de la razón sobre lo que debe hacerse, y unidad en las volun­tades de modo que todos quieran lo mismo. Así, pues, esta concordia nace de la misma fe, por la que sabemos qué debe­mos hacer, y de la caridad, por la que amamos todos los mis­mos bienes y compartimos las fatigas como buenos soldados de Cristo Jesús[300]. Esta unión se da porque todos sienten igualmente de Dios, es decir, porque reina entre todos la sabiduría, que es ese conocimiento sabroso de las cosas divi­nas, sabiduría que no es de este siglo… sabiduría divi­na, misteriosa, escondida (1 Co 2,6-7), que sólo puede otor­gar Jesucristo crucificado, poder y sabiduría de Dios para los llamados (1 Co 1,24).
  249. En esta unanimidad de sentimientos de unos para con otros (Rm 12,16) se hace presente el Reino de Dios, ya que “la na­turaleza del Reino es la comu­nión de todos los seres humanos entre sí y con Dios”[301].
  250. Esto supone que cada uno de los miembros de nuestra Familia Religiosa no sólo se goce en el bien que posee: gozo en el Espíritu Santo (Rm 14,17), sino además que tienda incesan­temente a una mayor perfección: Dando olvido a lo que queda atrás, me lanzo tras lo que tengo delante, mirando hacia la meta (Flp 3,13-14).
  251. Y supone también dejar de lado todo lo que pueda impe­dir o deformar esta unanimidad en el sentir. En primer lugar, la soberbia, por la cual buscamos desordenadamente la propia ex­celencia y no queremos someternos a los demás ni reconocer la excelencia ajena, y por ello donde hay soberbia sólo habita la discordia: Entre los soberbios siempre hay inju­rias (Pr 13,10). Además es un obstáculo la presunción de sabiduría, por la que no aceptamos las enseñanzas de los de­más, creyéndonos suficientes, en contra del ejemplo de San Pablo: les expuse el Evangelio que predico entre los gentiles… para saber si co­rría o había corrido en vano (Ga 2,2).
  252. El Espíritu Santo derramado en nuestros corazones, que es la Ley Nueva, es el que nos hace conservar la unidad del Espí­ritu mediante el vínculo de la paz (Ef 4,3). Él es quien, por el amor, nos hace salir del egoísmo, del particularis­mo, del espíritu de oposición y de desconfianza, del espíritu de re­serva, de no participa­ción, de no consentimiento con los de­más. Por el contrario, el Espíritu de Cristo es Espíritu de comunión: procurad tener unanimidad de sentimientos unos para con otros (Rm 12,16), de tal modo que tengamos verdadero cui­dado de los demás, que todos los miembros se preocupen por igual unos de otros (1 Co 12,25). De ahí que en nuestras co­munidades, que deben ser una unidad entre personas, un cuerpo lleno de miembros que piensan, ninguno debería compor­tar­se como un todo cerrado y solitario, como un nómade que se bas­ta a sí mismo, sino que debemos aprender a actuar como las partes o los miembros de un todo.
  253. Destruyen también la concordia que buscamos tanto la obse­cuen­cia cuanto el servilismo, que sacrifican la verdad y la propia con­ciencia pretendiendo mantener una paz falsa, no contrariar al amigo, evitar algún problema o, en ocasiones, sacar ventaja con el silencio o con el aplauso. Quienes tales cosas hacen se asemejan a aquellos judíos que creyeron en Él, pero por causa de los fariseos no le confesaban, temiendo ser excluidos de la sinagoga, porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios (Jn 12,42-43).
  254. El fruto de este común sentir en el Señor es justamen­te la paz: el fruto de la justicia se siembra en la paz para a­que­llos que obran la paz (St 3,18). La verdadera paz, dada por Cristo[302], es la tranquilidad en el orden. Surge naturalmente cuando todos, por la fe y por la caridad, están ordenados a Dios. Y juntamente con la paz, otro efecto de este unánime sentir de unos para con otros según Cristo Jesús (Rm 15,5) es la unidad que reina entre todos, incluso en los míni­mos detalles de la vida cotidiana o de cualquier decisión. Esto puede darse gracias a que en cada uno está la certeza de que en todo cuanto hacemos buscamos la gloria de Dios, tenien­do para ello un solo corazón y una sola alma[303].


    e) Iglesia santa

  255. La Iglesia es la “Comunión de los santos”[304]. Es la co­mún unión por la participación visible de los bienes santos, en especial la Eucaristía, que es la raíz de la común unión invi­sible de los participan­tes, o sea, de los santos. Hay una koi­nonía espiritual entre los miembros del mismo Cuerpo, que lle­va a una efectiva unión en la caridad y en la oración. No sólo entre los que peregrinamos todavía sobre la tierra, sino tam­bién entre estos y todos aquellos que llegaron al término y están en el cielo o de paso hacia él, en el purgatorio.
  256. Hay una mutua relación entre los diversos estadios de la única Iglesia, porque siendo miembros de Cristo (cf. 1 Co 12,12-27) en quien reside la plenitud de la gracia (cf. Jn 1,16), en Él también somos miembros los unos de los otros (Rm 12,5) y nos beneficiamos espiritualmente unos de otros. De aquí la importancia de ser conscientes de la intercesión de Cristo por nosotros: siempre vive para interceder por nosotros (Hb 7,25), de la intercesión de los santos que “nos están íntima­mente unidos”[305], de sus ejemplos que “nos impulsan a bus­car la ciudad futura… la perfecta unión con Cristo, o sea, la santidad”[306], y, de modo eminen­te entre los santos, de la intercesión de la Santísima Virgen María “a cuyo amparo los fieles en todos sus peligros y necesidades acuden con sus súplicas”[307]. De aquí que lo profundo de la devoción a los santos respon­da a la rea­lidad de la Iglesia como misterio de comunión.
  257. Los santos son señal elocuentísima de la vitalidad de la Iglesia, y por ello tienen un valor apologético de la verdad de nuestra fe, al realizar concretamente la nota de la santi­dad de la Iglesia. Son los mejores miembros del Cuerpo místico de Cristo y el fruto mayor y más completo de la Encarnación y de la Redención. Y gracias a esto son los que transforman al mundo con su ejemplo, y con la fuerza de su intercesión. Ellos nos recomiendan constantemente el cielo, la vida eterna, el premio de los méritos, ¡Dios! Por eso al honrarlos honramos al mismo Dios, pues los santos son su obra maestra, y al “co­ronar sus méritos corona el Señor sus propios dones”[308]. In­cluso después de su muerte cumplen misiones póstumas, empu­jan­do a generaciones enteras al heroísmo del seguimiento de Jesu­cristo, siendo no sólo para los jóvenes sino también para la gran mayoría de la nación… ejemplo de nobleza y recuerdo de virtud (2 M 6,31). Por eso no hay historia más completa, más magnífica y más provechosa que la Letanía de todos los santos; ella evoca e invoca a todos los grandes espíritus que han ilustrado el planeta y que han hecho avanzar a la humanidad con sus virtudes. Asimismo debemos venerar sus reliquias, que no dejan de obrar.
  258. Por ello, de nuestra parte, debemos hacer todo lo posi­ble para que el rostro de la Iglesia sea sin mancha ni arruga o cosa semejante, sino santa e intachable (Ef 5,27), recordando siem­pre la importan­cia insustituible de la gracia santificante, que nos dan los sacramentos, dignamente recibidos, que son “a manera de divinas reliquias de la Encarnación”[309].


    f) Iglesia católica

  259. La Iglesia de Cristo es la universal comunidad de los discípulos del Señor que se extiende a todos los tiempos, a todos los lugares, a todas las razas, lenguas y culturas, es decir, es católica, es universal.
  260. La Iglesia es católica también en la doctrina. Algunos acentúan más las enseñanzas de San Juan, otros las de San Pa­blo, etc.; hay variedad de escuelas teológicas, hay distintos y venerables ritos litúrgicos. Al respecto es nuestro deseo po­der tener en nuestro Instituto una rama oriental para poder ayudar a nuestros hermanos de las Iglesias orientales, ya que forman parte “del patrimonio indiviso de la Iglesia Univer­sal”[310]. De allí se deduce que no hay que caer en particula­ris­mos, reduc­cionismos, parcialidades o unilateralismos que aten­ten contra la catolicidad. La Iglesia Católica respira con dos pulmones: “no se puede respirar como cristiano, diría más, como católico, con un solo pulmón; hay que tener dos pulmones, es decir, el oriental y el occidental”[311].
  261. La Iglesia universal es el “Cuerpo de las Igle­sias”[312], y es, por tanto, una comunión de Iglesias par­ticu­­la­res. Estas son “partes… de la Iglesia única de Cristo”[313], es­tán consti­tuidas “a imagen de la Iglesia uni­ver­sal”[314], en ellas “se en­cuen­tra y opera verdaderamente la I­glesia de Cristo, que es Una, Santa, Católica y Apostólica”[315] y, por tanto, tienen con la Igle­sia uni­versal una peculiar relación de “mutua interiori­dad”[316]. La Igle­sia universal, en su esencial misterio, es una realidad onto­lógica y temporalmente anterior a cada Iglesia concreta parti­cular. La Iglesia-misterio es madre de las Iglesias particu­la­res, que son sus hijas.
  262. No pertenecemos a la Iglesia universal de modo me­diato, a través de una Iglesia particular. Por la fe y el Bautismo de modo inmediato somos incorpora­dos a la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica, aunque el ingreso y la vida en la Igle­sia universal se realicen necesariamente en una Iglesia parti­cular. Por eso, en la Iglesia nadie es extranjero[317]; quien pertenece a una Iglesia particular pertenece a todas las Iglesias –sin desdi­bujar la dependencia canónica[318]– ya que la perte­nen­cia a la Comunión, como pertenencia a la Iglesia, nunca es sólo parti­cular, sino que por su misma natu­raleza es siempre univer­sal: “Quien está en Roma sabe que los indios son sus miem­bros”[319].


    Iglesia misionera y ecuménica

  263. Por ser la Iglesia “Sacramento universal de salva­ción”[320] está abierta a la dinámica misionera y ecuménica, y no replegada sobre sí misma, ya que ha sido enviada para anun­ciar y testi­moniar, actualizar y extender el misterio de la comu­nión que la constituye; para reunir a todos y a todo en Cris­to[321]. Por eso, a imagen de la Iglesia, nuestra pequeña Familia Religiosa no debe estar nunca replegada sobre sí mis­ma, sino que debe estar abierta como los brazos de Cristo en la Cruz, que tenía de tanto abrirlos de amo­res, los brazos des­coyuntados.
  264. El Espíritu Santo, presente y operante en todo tiempo y lugar, actúa “en el corazón del hombre, mediante las ‘semi­llas del Verbo’, incluso en las iniciati­vas religiosas, en los esfuer­zos de la actividad humana encaminados a la verdad, al bien y a Dios”[322]. Es misión nuestra, por tanto, el descubrir­las, con gozo y respeto, a fin de buscar que los hombres des­pierten a un deseo más vehemente de la verdad y de la cari­dad[323], ya que “el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este Misterio Pascual”[324].
  265. Esta presencia del Espíritu “no afecta únicamente a los individuos, sino también a la sociedad, a la historia, a los pueblos, a las culturas y a las religio­nes… Es también el Espí­ritu quien esparce las ‘semillas del Verbo’ presentes en los ritos y culturas, y los prepara para su madurez en Cristo”[325], pues el Espíritu Santo obraba ya en el mundo antes de que Cristo fuese glorificado[326].
  266. Esta obra del Espíritu Santo tiene el papel de prepara­ción evangélica y “no puede menos de referirse a Cristo, Verbo Encarnado por obra del Espíri­tu”[327], por lo que “no hay que separarla… de la peculiar acción que despliega en el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia”[328].
  267. Por eso, siempre será para nosotros como una antorcha que ilumine nuestro obrar la enseñanza de San Ambrosio: “Todo lo verdadero, de cualquier cosa que se diga, viene del Espíritu Santo”[329]. Así lo afirmaron y creyeron los santos: “todo lo que de verdad se ha dicho pertenece a nosotros los cristianos”[330]; “todo buen cristiano entienda que cualquier verdad, doquier esté, pertenece a su Señor”[331]; “nadie puede decir algo verdadero sino movido por el Espíritu Santo, que es Espíritu de Verdad”[332]; “no hay conocimiento de la verdad sino en el Espíritu Santo que obra en la inteligencia y la conserva”[333]; “todo lo bueno y todo lo verdadero es del Espíritu Santo”[334].
  268. Merced a la enseñanza de Cristo, sabemos que existe una humanidad contraria a la fe y al don de la gracia, a la que el mismo Señor llama “mun­do”[335]. Frente al mundo, al cual Cris­­­­­to nos envía como ovejas en medio de lobos (Mt 10,16), San Pablo amonesta: No os conforméis a este mundo, sino transfor­maos por la renovación de la mente (Rm 12,2). Sin embargo, esta diferen­cia no puede traducirse en temor o despre­cio[336], ya que si se tiene conciencia de lo que el Señor quie­re, se ad­vierte tam­bién el deber de la evangelización y la ur­gencia de la mi­sión. Para esto no basta una actitud meramente conserva­dora, sino que es preciso además la difusión y el anuncio del depó­sito de la fe, conforme al mandato del mismo Cristo. Y a “este impulso interior de caridad”[337] se lo deno­mi­na diálo­go.
  269. Este diálogo, que es una comunicación espiritual, tiene su origen trascen­dente en el mismo Dios, en cuya inten­ción está instaurar “un diálogo en el cual el Verbo de Dios se ex­presa en la Encarna­ción”[338]. Tal diálogo de Dios con los hom­bres nace del amor divino y se dirige a todos los hombres, sin violentar a ninguno.
  270. Es preciso conocer y “compartir las costumbres comu­nes”[339], sin sucum­bir al peligro de la atenuación o dismi­nu­ción de la verdad, puesto que “el irenismo y el sincretismo son en el fondo formas de escepticismo respecto a la fuerza y al contenido de la Palabra de Dios que queremos predi­car”[340], seguros de que “sólo el que vive con plenitud la vo­cación cristiana puede estar inmuniza­do del contagio de los errores con los que se pone en contacto”[341].
  271. Particular importancia tiene la predicación, que debe ser hecha “siempre práctica en el lenguaje y experta en el método, asidua en el ejercicio, avalada por el testimonio de verdade­ras virtudes, ávida de progresar y de llevar a los oyen­tes a la seguridad de la fe”[342].
  272. Si bien este diálogo abarca a todos los hombres, sin em­bargo, teniendo en cuenta las posiciones concretas de la huma­nidad, se distinguen cuatro ámbitos o “círculos” en que esta comunicación espiritual se realiza:
  273. – En primer lugar, se ubica el círculo de aquellos con los que comparti­mos los valores humanos, a fin de elevarlos al nivel sobrenatural y cristiano[343]. En este ámbito se desta­ca singularmente el problema del ateísmo, fundado sobre teo­rías falsas y que no consiste en “una liberación sino (en) un drama que intenta sofocar la luz del Dios vivo”[344]. En estas cir­cunstancias es especialmente difícil el diálogo, y se debe ser “muy cautos al juzgar y… eficaces al refu­tar”[345], sabiendo que son muchas las situaciones que son oca­sión para tal acti­tud.
  274. – En segundo lugar, encontramos a los adoradores de un Dios único, entre los cuales se hallan los judíos, los musul­manes y los fieles de religiones afroasiáticas. Conscientes de que la religión verdadera es la cristiana, y anhelan­do que todos los que buscan a Dios la reconozcan como tal, es preciso reconocer los muchos valores espirituales y morales que poseen y los ideales que pueden promoverse y defenderse en co­mún[346].
  275. – En tercer lugar se halla el círculo de aquellos que llevan el nombre de Cristo, con los cuales es preciso remar­car, ante todo, aquello que nos une, y luego aquello que nos divide. Es necesario demostrar cómo aquellos elementos de la Iglesia que aparecen como obstáculo para la unión son fruto de la voluntad de Cristo para el beneficio, unidad y libertad de todos. En particular, no puede conside­rarse un obstáculo el Primado de Pedro, perpetuado en el Papa, tanto “porque sin el Papa la Iglesia Católica ya no sería tal”[347], cuanto por­que sin el Roma­no Pontífice “se formarían tantos cismas en la I­glesia cuantos sacerdo­tes”[348].
  276. – Y, finalmente, el diálogo se realiza con los fieles católi­cos, hijos de la casa de Dios. Este diálogo “no suprime el ejercicio de la función propia de la autoridad, por un lado, y de la sumisión, por otro”[349], sino que lo supone, pues “por obe­diencia enderezada hacia el diálogo entendemos el ejerci­cio de la autoridad, todo él impregnado de la conciencia de ser servi­cio y ministerio de verdad y de caridad”[350].
  277. Para llegar a ser hombres de auténtico diálogo debemos aprender a practicar las virtudes siguientes: “la claridad ante todo: el diálogo supone y exige la inteligibilidad, es un inter­cambio de pensamiento… Además, la afabili­dad: el diálogo no es orgulloso, no es hiriente, no es ofensivo. Su autoridad es intrínseca por la verdad que expone, por la cla­ridad que difun­de, por el ejemplo que propone; no es un manda­to ni una imposición… La confianza, tanto en el valor de la propia palabra como en la disposición para acogerla por parte del interlocutor; promueve la familiaridad y la amistad… Final­mente la pruden­cia pedagógica que tiene muy en cuenta las condiciones psicológicas y morales del que oye[351]… y se es­fuerza por conocer su sensibilidad y para adaptarse ra­zonable­mente y modificar las formas de la propia presentación por no serle molesto e incomprensible”[352]. Además, “mani­fies­ta, por parte del que lo entabla, un propósito de correc­ción, de estima, de simpatía y de bondad; excluye la condena­ción apriorística, la polémica ofensiva y habitual, la vanidad de la conversa­ción inútil… respeta su dignidad y su liber­tad, busca… su prove­cho y quisiera disponerlo a una comu­nión más plena de senti­mientos y conviccio­nes… supone en nosotros… el estado de ánimo del que siente dentro de sí el peso del mandato apostóli­co”[353].
  278. Asimismo debemos abrazar la santa causa del ecume­nis­mo; de por medio hay una promesa-profecía del Señor: Habrá un solo rebaño y un solo pastor (Jn 10,16), y una ora­ción del Señor: Que todos sean uno (Jn 17,21). Debemos empeñarnos para lograr con la oración, la penitencia, el estu­dio, el diálogo y la colaboración, llegar a la plena comunión en la unidad de la Iglesia “que Cristo concedió desde el principio a su Iglesia, y que creemos que subsiste indefectible­mente en la Iglesia Católica y esperamos que crezca hasta la consuma­ción de los siglos”[354], con el fin de que “en una renovada conversión al Señor se haga posible a todos reconocer la per­manencia del Primado de Pedro en sus sucesores, los Obispos de Roma, y ver realizado el ministerio petrino, tal como es entendi­do por el Señor, como universal servicio apostólico, presente en todas las Iglesias desde dentro de ellas y que, salvada su sustancia de institución divina, puede expresarse de modos diver­sos…”[355]. El compromiso ecuménico es “rezar y trabajar por la reconciliación y por la unidad eclesial según la mente y el corazón de nuestro Salvador Jesucristo”[356].


    g) Iglesia apostólica

  279. Otra de las estremecedoras realidades del inconmensu­rable misterio de la Iglesia del Verbo Encarnado es su apostoli­ci­dad, es decir, el hecho de ser fundada sobre los Apóstoles y perpe­tuada por la sucesión apostólica.
  280. La comunión entre las Iglesias particulares en la Iglesia universal se fundamenta –además de la fe, el Bautismo y la Eucaristía– en el Episcopado. La unidad de la Iglesia está enraizada, también, en la unidad del Episcopado: “Para que el mismo fuera uno solo e indiviso, estableció al frente de los demás Apóstoles al bienaventurado Pedro, y puso en él el prin­cipio visible y per­petuo fundamento de la unidad de fe y de comunión”[357].
  281. “Cada Obispo es principio y fundamento visible de unidad en su propia Iglesia (particular) formada a imagen de la Igle­sia universal”[358]. Pero para que esto sea así debe hallarse presen­te en la Iglesia particular, como elemento propio, la su­prema auto­ridad de la Iglesia: el Colegio episcopal “junto con su Cabeza el Romano Pontífice, y jamás sin ella”[359]. El Pri­ma­do del Obispo de Roma y el Colegio episcopal son elemen­tos pro­pios de la Iglesia universal, no derivados de las Igle­sias parti­cula­res, sino interiores a cada Iglesia particular. “En el Papa nosotros vemos a Jesucristo, seguimos a Jesucristo, ama­mos a Jesucris­to. ¿Y en los Obispos? En los Obispos vemos, segui­mos, veneramos y amamos a los Sucesores de los Apósto­les…”[360]. Cada uno de los miembros de nuestra Familia Religiosa “quieren ser una cosa enteramente del Papa, de los Obis­pos y de la Iglesia: estropajos, servidores e hijos obedientí­simos de la Iglesia, de los Obispos y del Papa, en humildad, con fideli­dad, con amor sin límites…”[361].
  282. Por eso debemos tener una mirada de fe para reconocer siempre a quienes el Espíritu Santo ha constituido obispos para apacentar la Iglesia de Dios (Hch 20,28). Debemos hacer nuestro el consejo de San Ignacio de Antio­quía: “Nada sin el Obispo y los presbíteros”[362], muchísimo menos en contra.
  283. También San Luis Orione aconsejaba: “El estado del Obispo es el más perfecto de todos, más aún que el estado religioso; a él la plenitud del sacerdocio; a él sobre todo otro, el espíritu de fe, de sabiduría y de fortaleza… El Obispo no conoce enemigos suyos; para él no hay sino hijos, y los más pequeños, los más humildes, los más infelices, le son más queridos. Por todos ruega, para todos tiene palabras de vida eterna, por todos sube al altar y ofrece la Sangre del Cordero inmaculado que borra los pecados del mundo… El Obispo es el Buen Pastor, que vigila, apacienta y evangeliza; que sabe sufrir en silencio y sabe dar la vida por sus ovejas”[363]. La historia de la Iglesia nos brinda abun­dantes ejemplos de figuras gloriosas del Episcopado: obispos que evangelizaron y fundaron naciones, defendieron y organizaron pueblos, guardaron el depósito de la fe a ellos confiado[364] en medio de las más cruen­­­­­­­­­­­­­­­­tas persecuciones, y apunta­laron la sana doctrina de la Iglesia frente a multitud de errores y confusiones. Por eso: “¡… ame­mos a los Obispos!”[365].
  284. No sólo es necesaria la comunión con el obispo, sino también ha de procurarse “… bajo la autoridad del Obispo”[366], que es dispensador de Dios (Tt 1,7), la comu­nión con los demás presbíte­ros, comunión que constituye un único presbiterio fundado en la común participación del sacer­docio de Cristo: “En virtud de la común ordenación sagrada y de la común misión, todos los presbíte­ros se unen entre sí en íntima fraternidad, que debe manifestarse en espontánea y gustosa ayuda mutua, tanto espiritual como material, tanto pastoral como personal…”[367].
  285. La unidad con los demás presbíteros, así del clero dioce­sano como del religioso, se da ante todo en la “íntima fraterni­dad sacramental”[368], y a partir de allí deseamos esta­ble­cer también una estrecha colaboración en la labor pastoral, puesto que los presbíteros, “… aunque se entreguen a diversos oficios, ejercen sin embargo un solo ministerio sacerdotal en favor de los hom­bres”[369]. Por ello, “entre el clero secular y las comunidades religiosas ha de fomentarse una renovada fraternidad y un vínculo de cooperación; tengan en gran estima ciertas ayudas mutuas y ciertos contactos… que tanto ayudan a la confianza mutua, a la apostólica unanimidad y a la fraterna concor­dia…”[370].
  286. Esta unidad y cooperación con los demás miembros del presbiterio que deseamos establecer, en la medida de nues­tras posibilidades, tiende a que, por la palabra y el ejemplo de vida, prediquemos todos a Jesucristo sin que haya escisio­nes[371], conscientes de ser ministros de una nueva Alianza, no de letra, sino del Espíritu… (2 Co 3,6) y, por tanto, de que en tan grave oficio debemos llevar los unos las cargas de los otros (Ga 6,2).
  287. Parafraseando al Apóstol[372], queremos siempre, según tengamos oportuni­dad, obrar el bien para con todos, mayor­mente para con los hermanos en el sacerdo­cio, recibido por la imposición de las ma­nos[373].
  288. El maravilloso don de Dios que significa la vida consa­grada, tal como son las vocaciones sacerdotales, diaconales, religiosas, misioneras o a la seculari­dad consagrada, “afecta a toda la Iglesia en una de sus notas fundamentales, que es la de su apostolicidad”[374].
  289. El fundamento de esta obra esencialmente sobrenatural reside en la misma elección y llamado de Dios: No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros y os he destinado para que vayáis y déis fruto (Jn 15,16), asimis­mo, cuando el Señor elige a los doce, se dice: Subió a un monte y lla­mando a los que quiso, vinieron a Él (Mc 3,13), ya que son propiedad de Dios: Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que Tú me diste; porque son tuyos, y todo lo mío es tuyo y lo tuyo mío (Jn 17,9-10).
  290. Quisiéramos que Dios nos diese el don de poder descu­brir y orientar tantas vocaciones que pudiésemos llenar todos los buenos seminarios y novicia­dos del mundo entero, según la re­comendación del Papa: “Dios llama a quien quiere, por libre iniciativa de su amor. Pero quiere llamar mediante nuestras personas… No debe existir ningún temor en proponer directa­mente a una persona joven, o menos joven, las llamadas del Señor”[375]. Por eso, la labor con las vocaciones debe ser ac­ti­va, cons­tan­te, llena de empuje y vitalidad, comprometida y urgida por la caridad de Cristo[376], y necesaria­men­te opues­ta a una mentalidad de “administración ordinaria o lentitud buro­cráti­ca”[377], que espera negligente­mente que las voca­cio­nes gol­peen a la puerta. Dios siembra a manos llenas por la gracia los gérmenes de vocación[378].
  291. La vitalidad de una comunidad y de la misma Iglesia puede medirse por las vocaciones que Dios suscita en ella, y a este fomento de las vocaciones va inseparablemente unida la recta formación de los elegidos. De aquí la importancia de “hacer intensos esfuerzos por fomentar las vocaciones y procu­rar la mejor formación sacerdotal posible en los seminarios. Abundan­cia de vocaciones y una formación eficaz de los semi­naristas: he aquí dos pruebas de la vitalidad de la Iglesia”[379].
  292. No sólo mediante la acción pastoral –una pastoral entu­siasta– se realiza esta tarea de descubrimien­to y conducción de las vocaciones. Es esencial, ante todo, la oración: Rogad al dueño de la mies que mande obreros a su mies (Mt 9,38), puesto que yo planté, Apolo regó; pero quien dio el crecimien­to fue Dios (1 Co 3,6). Y unida a ella, el ejemplo y el tes­timonio de vida: “Donde hay fe, oración, caridad, apostolado, vida cristiana, allí se multiplican los dones de Dios”[380], pues “los religiosos y sacerdotes que viven serenamente día a día su vocación, fieles a los compromisos adquiridos, cons­tructores humildes y escondi­dos del Reino de Dios, de cuyas palabras, comportamiento y vida irradia el gozo luminoso de la opción que hicieron… son precisamente… los que con su e­jemplo aguijonearán a muchos a acoger en su corazón el carisma de la vocación”[381].
  293. De aquí que todo antitestimonio, toda incoherencia entre cómo se expre­san los valores o ideales y cómo se viven de hecho, toda búsqueda de sí mismo y no del Reino de Dios y su justicia[382], toda falsificación de la palabra de Dios[383], “fre­cuen­temente son obstáculos fuertes para aque­llos que sien­ten la llamada de Cristo: ven y sígueme…”[384].


    h) En las tres cosas blancas
    [385]

    La Eucaristía

  294. La comunión eclesial tiene su raíz y su centro en la Sa­grada Eucaristía. Ella es fuente y fuerza creado­ra de comunión entre los miembros de la Iglesia porque une a cada uno con el mismo Cristo: “Participando realmente del Cuerpo del Señor en la fracción del Pan eucarístico, somos elevados a la comu­nión con Él y entre nosotros, porque el pan es uno, somos uno en un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan (1 Co 10,17)”[386]. En la Eucaristía “todo el bien común espiritual de la Iglesia se contiene sustancialmente”[387], “esto es Cristo”[388].
  295. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo. Esto significa que la Eucaristía, en la que el Señor entrega su Cuerpo y nos trans­forma en un solo Cuerpo[389], es el lugar donde perma­nente­men­­­­te la Iglesia se expresa en su forma más esencial: presente en todas partes y al mismo tiempo una, así como uno es Cris­to.
  296. En la Eucaristía todo fiel se encuentra en su Iglesia, ya que en toda válida celebración de la Eucaristía se hace pre­sente la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica, y esto más allá de que pertenez­ca o no, desde el punto de vista canónico, a la diócesis, parroquia o comunidad particular donde se reali­ce la celebración.
  297. La comunión de las Iglesias particulares en la Iglesia universal –además de la fe, Bautismo y Episcopado– está funda­mentada sobre todo en la Eucaristía. Porque el Sacrificio eu­carístico nunca es de una sola comunidad, ya que esta recibe, con el Señor, el don completo de la salvación, y se manifiesta así –más allá de su particularidad visible– como imagen y verdadera presencia de la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostóli­ca[390].
  298. La unicidad e indivisibilidad del Cuerpo eucarístico del Señor implica la unicidad e indivisibilidad de su Cuerpo místico. De cada Eucaristía surge el entregarse al Señor insertándose en su Cuerpo uno e indiviso. Por esto, el minis­terio petrino, fundamento de la unidad del Episcopado y de la Iglesia universal, se corresponde profundamente con la dimen­sión euca­rística de la Iglesia.
  299. La unidad de la Eucaristía y la unidad del Episcopado “con Pedro y bajo Pedro”[391] no son raíces independientes de la unidad de la Iglesia porque, por institución del mismo Cris­to, Euca­ristía y Episcopado son realidades esencial­mente vincu­ladas[392]. Uno es el Episcopado, como uno es el Sacri­fi­cio del único Señor. La liturgia manifiesta esta realidad, ya que toda Eucaristía se realiza en unión con el propio obis­po, con el Papa, con el Episcopado universal, con el clero y con todos los miembros del Pueblo de Dios[393]. Toda válida cele­bración de la Eucaristía expresa esta comunión uni­versal con Pedro y con la Iglesia entera, o la reclama obje­tivamente, como en las Igle­sias separadas de Roma.
  300. Siendo esto así, el fundamento más profundo de nuestra unidad como Familia Religiosa lo encontraremos siempre en la Eucaristía, que perpetúa el Sacrificio de la Cruz. Ella debe ser uno de nuestros grandes amores, ya que es el signo inequí­voco del amor sin medida de Dios a los hombres, de Dios que quie­re quedarse entre los hombres, de Dios que se entrega to­tal­mente al hombre: “En la Eucaristía, la lógica de la Encar­nación alcanza sus extremas consecuen­cias”[394].
  301. El acto principal del sacerdote es el sacrificio y el sacrifi­cio “de alaban­za”, “puro, inmaculado y santo”[395], “a­gra­da­ble… y salvación para todo el mundo”[396], que “nos abre ca­mi­no” hacia el Padre[397], “único”[398], “de reconcilia­ción per­fec­ta”[399], “nuestro”[400], “vivo”[401]. Por eso en la Li­turgia eucarís­tica Cristo habla, ante todo, con la fuerza de su Sacrifi­cio. Es un discurso muy conciso y, al mismo tiempo, ardiente. Debemos saber escucharlo atentamente.
  302. Ofrézcase todos los meses una Santa Misa sufragando por los miembros difuntos, otra por las intenciones del Supe­rior general y otra pidiendo para todos los miembros de nues­tros Institutos la gracia de la perseverancia final.


    La Virgen María

  303. La Virgen María debe ser otro de nuestros grandes amo­res. Por su unión con Cristo y con la Iglesia. Por habernos engen­drado a nosotros, los miembros, junto a la Cabeza. Por haber­nos sido dada como Madre cuando estaba de pie al pie de la Cruz: He ahí a tu hijo (Jn 19,26).
  304. La Santísima Virgen María es modelo de comunión ecle­sial “en el orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo”[402], Ella “es la imagen y principio de la I­gle­­­­­­­sia… antecede con su luz al Pueblo de Dios peregrinante, como signo de esperanza segura y de consuelo”[403].
  305. Ella está en medio de los Apóstoles, en el corazón mismo de la Iglesia naciente: perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María, la Madre de Jesús, y con los hermanos de éste (Hch 1,14), y de la Iglesia de todos los tiempos.
  306. Efectivamente, “la Iglesia fue congregada en la parte alta (del Cenáculo) con María, que era la Madre de Jesús, y con sus hermanos. No se puede, por tanto, hablar de Iglesia si no está presente María, la Madre del Señor, con sus herma­nos”[404]. A la única Iglesia de Cristo es esencial la dimen­sión mariana, como le es esencial la dimensión eucarística y la dimensión petrina.
  307. Debemos ser Apóstoles de María entregándonos a Ella en la materna esclavitud de amor y haciendo todo “por María, con María, en María y para María”[405].
  308. Téngase siempre en los momentos de eutrapelia un recuer­do de la Santísima Virgen. Hágase igual cuando ocurran activi­dades culturales, ya que después de Jesucristo nadie hace tanto por la evangeliza­ción de la cultura como nuestra Madre del cielo.


    El Papa

  309. Nuestro tercer gran amor debe ser siempre la blanca figu­ra del Papa: “Allí donde está Pedro, allí está la Igle­sia”[406] y “Pedro habla por la boca de León”[407]. Luego de que Simón diera testimonio de Cristo: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo (Mt 16,16), Cristo dio testimonio de Si­món: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edifi­caré mi Igle­sia (Mt 16,18).
  310. La idea de Cuerpo de las Iglesias reclama la existencia de una Cabeza de las Iglesias, que es precisamente la Iglesia de Roma, la cual “preside la comunión universal de la cari­dad”[408]. El Sucesor de Pedro “es principio y fundamento per­pe­tuo y visible”[409] de la unidad de la Iglesia univer­sal y de la unidad del Episco­pado. De ahí que el ministerio petrino no es un servicio que alcan­za a las Iglesias particu­lares “desde afuera”, sino “pertene­ciente ya a la esencia de cada Iglesia particular desde den­tro”[410]. El ministerio del Pri­ma­­­do com­por­ta una potestad epis­copal, o sea, como obispo uni­ver­sal y de la dióce­sis de Roma, que no es una mera dignidad, de tal modo que todo lo que un obis­po puede hacer en sus pa­rro­quias lo puede hacer el Papa en todas y cada una de las Igle­sias parti­culares del mundo; es potestad suprema, ningún otro posee igual o ma­yor poder; es potestad plena, no sólo la parte prin­cipal; es inmedia­ta, pue­de ejercerla sobre los obis­pos y fie­les; es uni­versal, sobre todos sin excluir ninguno; es or­dina­ria, deriva­da directa­mente de Jesucristo; y “puede ejer­cerla siempre y libremen­te”[411].
  311. La tarea primordial del Romano Pontífice para toda la Iglesia es la promoción de la unidad, que no repugna la promoción de la diversificación propia de la comunión.
  312. Hacemos nuestra la enseñanza de San Ignacio de Loyo­la: “Debemos siempre tener para en todo acertar, que lo blanco que yo veo, creer que es negro, si la Iglesia Jerárquica así lo determina”[412]. Por tanto, seguros de que esa es la voluntad de Jesucristo, “permanezcamos sordos cuando alguien nos hable prescindiendo del Papa, o no explícitamente en favor del Papa y de la sana y exacta doctrina de la Iglesia: los tales no son plantación del Padre Celestial, sino malignos retoños de here­jías que producen fruto mortífero”[413]. Recordemos siem­pre que “al Papa se le debe amar en cruz; y quien no lo ama en cruz, no lo ama de veras. Estar en todo con el Papa quiere decir estar en todo con Dios; amar a Jesucristo y amar al Papa es el mismo amor”[414], ya que “… amar al Papa, amar a la Iglesia, es amar a Jesucristo”[415].

    Artículo 6: Su segunda Veni­da

    a) Señales anteriores

  313. Así como Jesucristo vino por primera vez en humildad y pobreza, ha de venir por segunda vez pero en poder y ma­jes­tad, porque vendrá a pedir cuentas y a sancionar, por eso ven­drá en grandeza y dignidad.
  314. Las señales mayores de su segunda Venida son tres:
    a) El Evangelio será predicado a todo el mundo[416].
    b) Habrá una apostasía universal[417].
    c) Hará su aparición el Anticristo[418].
  315. Habrá, por tanto, un tiempo en que los hombres se aparta­rán de la verdad y se complacerán en la iniquidad[419], un tiem­­po en el que la mayoría no tendrá auténtica fe en Jesu­cris­to. La seguridad de que un día ocu­rrirá esta apostasía uni­ver­sal debe llevarnos a no atarnos al carro triunfal de nin­gún movimiento o ideología que se consti­tuya al margen de Cristo, aunque parezca que lo sigue el mundo entero. Nosotros debe­mos seguir a Cristo siempre. Y aunque los enemi­gos parezcan mayoría debemos decir: “estamos rodeados por todas partes, no los dejemos escapar”. Que “al alma que contempla a Dios toda creatura se le hace pequeña”[420].


    b) La resurrección final y universal

  316. Hacia el fin tendrá lugar la resurrección de la carne. Todos los hombres y mujeres han de resucitar por el poder de Dios. Nosotros creemos en la resu­rrección y no tenemos miedo a los verdugos que acechan a la Igle­sia en todo tiempo: no ten­gáis miedo a los que matan el cuerpo, que al alma no pueden matarla (Mt 10,28).
  317. El tiempo de dicha resurrección está oculto y “todos los que hasta el presente se empeñaron en determinar dicho tiempo fueron tenidos por embuste­ros”[421].
  318. El alma tomará su mismo cuerpo, íntegro, y gozará de las dotes de impasibilidad, de sutileza, de agilidad y de claridad o hermosura.
  319. ¡Cuál debe ser nuestra confianza y alegría al saber que la muerte ya ha sido vencida! Y ha sido vencida gracias a la Encarnación del Verbo, y a su Sacrificio redentor. Por eso la Encarnación del Verbo es condición y garantía para todo el universo. “La fuente de la vida y de la salvación de la desesperación para todos los hombres, la condición ‘sine qua non’ y la garantía para todo el universo se encierran en las palabras ‘El Verbo se hizo carne’ y ‘la fe en estas palabras’”[422]. Porque “la Encarnación del Hijo de Dios es el fundamento, la fuente y el modelo, tanto de un nuevo orden sobrenatural de existencia para todos los hombres, que precisamente de ese misterio obtienen la gracia que los santifica y los salva, como de una antropología cristiana, que se proyecta también en la esfera natural del pensamiento y de la vida con su exaltación del hombre como persona, colocada en el centro de la sociedad y –se puede decir– del mundo entero”[423].


    c) La Parusía y el Juicio final

  320. Luego, ocurrirá la Parusía del Señor: Llega la hora en que cuantos están en el sepulcro oirán su voz (Jn 5,28); En­tonces verán al Hijo del hombre venir en una nube con poder y majestad grandes (Lc 21,27); Aparecerá la señal (el signo de la Cruz) del Hijo del Hombre en el cielo (Mt 24,30). En ese momento tendrá lugar el universal Juicio. Cristo, junto con sus elegidos: os sentaréis también vosotros sobre doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel (Mt 19,28), separará a las ovejas de los cabritos, a unos pondrá a su derecha, a los otros a su izquierda, y dirá: Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino… (Mt 25,34) y Alejaos de Mí, malditos, id al fuego eterno (Mt 25,41). Los malos irán al fuego eterno y los justos a la vida eterna (Mt 25,46).
  321. Debemos con­vencernos cada vez más que no trabaja­mos por cosas efímeras o pasajeras, sino “por la obra más divina entre las divi­nas”[424], la salvación eterna de las almas y la re­su­­­rrección gloriosa de los cuerpos. Por un lado, debe­mos decir con San Luis Orione: “Colócame, Señor, sobre la boca del infier­no, para que yo, por tu misericordia, lo cie­rre”[425]; y, por otra, saber que trabajamos para la vida eterna.


    d) La innovación

  322. Luego tendrá lugar la innovación de todo el universo ma­terial, ya que habrá cielo nuevo y nueva tierra (Is 65,17; Ap 21,1), para que el hombre resucitado en gloria pueda ver sen­siblemente y de algún modo en los cuerpos a la divinidad por indicios manifiestos. Será verdad plena: “el cielo y la tierra y todo cuanto en ellos se contiene he aquí que me dicen de todas partes que te ame…”[426].
  323. Cómo será en cantidad y modo dicha innovación “sólo la conoce quien será su Autor”[427]. Allí Dios será todo en todas las cosas (1 Co 15,28), y la materia llegará a máxima dignidad, expresan­do al Espíritu Divino, pues será un perfecto espejo de Dios.
  324. A nosotros sólo nos cabe rezar, trabajar y esperar, sa­biendo que pasa la figura de este mundo (1 Co 7,31).


    CAPÍTULO 3: EPÍLOGO

  325. Queremos terminar esta parte de nuestro código funda­men­tal haciendo mención de lo que queremos que sea nuestra espi­ritualidad en forma resumida:

    No, Jesús o María; no, María o Jesús.
    Ni Jesús sin María; ni María sin Jesús.
    No sólo Jesús, también María; ni sólo María, también Jesús.
    Siempre Jesús y María; siempre María y Jesús.
    A María por Jesús: He ahí a tu Madre (Jn 19,27).
    A Jesús por María: Haced lo que Él os diga (Jn 2,5).
    Primero, Jesús, el Dios-hombre;
    pero luego María, la Madre de Dios.
    Él, Cabeza; Ella, Cuello; nosotros, Cuerpo.

    Todo por Jesús y por María;
    con Jesús y con María;
    en Jesús y en María;
    para Jesús y para María.

    En fin, sencillamente: Jesús y María; María y Jesús.

    Y por Cristo, al Padre, en el Espíritu Santo.

 

[1] San Juan Pablo II, Alocución dominical (9/9/1981), 1; OR (13/9/1981), 1.

[2] San Juan Pablo II, Homilía en la Catedral de Oaxaca al conferir los ministerios de lectorado y acolitado (29/1/1979), 3; OR (11/2/1979), 11.

[3] Santo Tomás de Aquino, S. Th., III, 2, 6 ad 1.

[4] San Agustín, De Trinitate, VI, 10; PL 34, 148; cf. Santo Tomás de Aquino, S. Th., III, 59, 1 ad 2.

[5] Cf. Ef 1,22.

[6] Cf. 1 Tm 4,10; 1 Jn 2,2.

[7] San León Magno, Homilía sobre la Natividad, VIII, 4.

[8] Santo Tomás de Aquino, Contra errores graecorum, en Opuscula theologica, t. 1, ed. Marietti, núm. 1078.

[9] San Agustín, Epístola 187, 34.

[10] Lo Spirito di San Filippo Neri nelle sue massime e ricordi, 1988, 7.

[11] Misal Romano, Credo; Dz 54.

[12] Cf. Is 40,17.

[13] San Cipriano, Sobre la oración del Señor, 13-15; CSEL 3, 275-278.

[14] Santo Tomás de Aquino, S. Th., I, 20, 4 ad 1.

[15] Santa Teresa de Jesús, “Nada te turbe” (poesía), en Obras Completas, BAC, Madrid 1979, 514.

[16] Dei Verbum, 5.

[17] San Ignacio de Antioquía, A los Magnesios, VIII, 2.

[18] Misal Romano, Prefacio de la Santísima Trinidad.

[19] Cf. Gn 1,26.

[20] San Juan Pablo II, Mensaje navideño (25/12/1978), 1; OR (31/12/1978), 1.

[21] Cf. Sal 89,1.

[22] San Agustín, De Trinitate, XIII, 9.

[23] Cf. Jn 15,5.

[24] Cf. Lc 1,28.

[25] San Ambrosio, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas, II, 19.

[26] San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, [322].

[27] Cf. Lumen Gentium, 56.

[28] San Juan Pablo II, Alocución a la Comisión Teológica Internacional (6/10/1981), 4; OR (25/10/1981), 12.

[29] Cf. 1 Co 12,3; Jn 20,28.

[30] Alocución al CELAM (2/7/1980), 6; OR (13/7/1980), 6.

[31] Cf. Jn 14,6.

[32] Lumen Gentium, 1.

[33] San Juan Pablo II, Alocución, en la visita al Pontificio Ateneo Antonianum de Roma, a los profesores y alumnos (16/1/1982), 5; OR (31/1/1982), 19.

[34] Misal Romano, Credo; Dz 64.

[35] San Ireneo, Adversus haereses, IV, 20, 7: “Gloria Dei, vivens homo. Vita autem hominis, visio Dei”.

[36] San Juan Pablo II, Alocución dominical (6/9/1981), 1; OR (13/9/1981), 1.

[37] San Juan Pablo II, Alocución dominical (2/8/1981), 2; OR (9/8/1981), 1.

[38] Cf. Santo Tomás de Aquino, S. Th., I, 34, 3; también S. Th., I-II, 93, 1 ad 2: “Entre las demás cosas que por este Verbo se expresan, también la misma ley eterna se expresa por el mismo Verbo”.

[39] Gaudium et Spes, 22.

[40] Heauton timorumenos, 77: “Homo sum, humani nihil a me alienum puto”.

[41] San Juan Pablo II, Homilía durante la Misa celebrada en la plaza de la Independencia de Acra en Ghana (10/5/1980), 7; OR (25/5/1980), 15.

[42] Santo Tomás de Aquino, Compendio de Teología, en Opuscula theologica, t. I, ed. Marietti, núm. 381.

[43] San Vicente de Paul, Cartas, XI, 32; E.S. XI, 725.

[44] San Benito, Santa Regla, LIII, 1.

[45] Santa Teresita del Niño Jesús, Historia de un alma, IX.

[46] San Agustín, Enarraciones sobre los Salmos, XXVI, II, 2; CCL 38, 154ss.

[47] Santo Tomás de Aquino, Summa contra gentiles, IV, 54.

[48] Santa Isabel de la Trinidad, Elevaciones, 33, 34 y 36.

[49] Cf. Jn 10,10.

[50] Lumen Gentium, 12.

[51] Cf. 2 Tm 4,2.

[52] Cf. Mediator Dei, 26-27; Presbyterorum Ordinis, 2.

[53] Carta a Diogneto, 5-6: “Aman a todos y todos los persiguen… los mismos que los aborrecen no saben explicar el motivo de su amistad”.

[54] Cit. por Carlos Almena, San Pablo de la Cruz, ed. Desclée, Bilbao 1960.

[55] San Juan Crisóstomo, In Matt. hom., XV, 5.

[56] San Luis María Grignion de Montfort, Carta circular a los Amigos de la Cruz, 48.

[57] Ibidem.

[58] Cf. 2 Co 3,6.

[59] Cf. 1 Co 2,12.

[60] Cf. Ga 5,1-2.

[61] Cf. Sal 50,14, en la versión de la Vulgata.

[62] Santa Teresa de Jesús, Camino de Perfección, 35, 2.

[63] Perfectae Caritatis, 5; Redemptionis Donum, 7.

[64] Cf. Lumen Gentium, 44.

[65] Cf. Rm 8,29.

[66] Cf. Flp 3,10.

[67] Cf. Flp 3,21.

[68] Cf. Jn 17,11.

[69] Cf. Jn 17,14-16.

[70] Beato Isaac de Stella, Sermón 11; PL 194, 1728.

[71] San Juan de Ávila, “Tratado sobre el sacerdocio”, 12, en Obras Completas, t. III, 504.

[72] San Gregorio de Nacianzo, Ep. 101; PG 37, 181. Ad Gentes, 3 (nota 15): “Los Santos Padres proclaman constantemente que no está sanado lo que no ha sido asumido por Cristo [y en nota:] cf. San Atanasio, Ep. ad Epicte­tum, 7; PG 26, 1060; San Cirilo de Jerusalén, Catech. 4, 9; PG 33, 465; Mario Victorino, Adv. Arium 3, 3; PL 8, 1101; San Basilio, Ep. 261, 2; PG 32, 969; San Gregorio Niceno, Antirrethicus, Adv. Apollim., 17; PG 45, 1156; San Ambrosio, Ep. 48, 5; PL 16, 1153; San Agustín, In Io. Ev. Tract. 23, 6; PL 35, 1585; C. Chr. 36, 236; además, se manifies­ta de esta manera que el Espíritu Santo no nos redimió porque no se encarnó: De agone Chr., 22, 24; PL 40, 3026; San Cirilo Alej., Adv. Nestor., I, 1; PG 76, 20; San Fulgencio, Ep. 17, 3. 5; PL 65, 454; Ad Trasimundum III, 21; PL 65, 284: De tristitia et timore”.

[73] Cf. Documento de Puebla, 400. 469.

[74] San Juan Pablo II, Alocución a los obispos de Zimbabwe (2/7/1985), 7; OR (21/8/1985), 10.

[75] Ibidem.

[76] Cf. San Bernardo, Sermones sobre el Cantar de los Cantares, 85, 12.

[77] San Juan de Ávila, “Plática a las monjas de Santa Clara de Montilla”, en Obras completas, t. III, 465.

[78] San Agustín, De Trinitate, XV, 14, 23.

[79] Cf. Rm 5,17.

[80] Santo Tomás de Aquino (Postilla de San Pedro de Tarantasia), Comentario a la primera epístola de San Pablo a los Corintios, ed. Marietti, t. 1, núm. 454.

[81] Cf. 2 Tm 2,21.

[82] Cf. Flp 2,7.

[83] San Ignacio de Antioquía, A los Tralianos, IX, 1.

[84] San Juan Pablo II, Alocución a los obispos de la Conferencia Episcopal Toscana (14/9/1980), 5; OR (21/9/1980), 17.

[85] San Juan Pablo II, Alocución a los sacerdotes, religiosos, religio­sas, miembros de institutos seculares y seminaristas en el Centro Pastoral Pablo VI (13/5/1982), 8; OR (23/5/1982), 10.

[86] San Juan Eudes, Tratado sobre el admirable Corazón de Jesús, I, 5.

[87] Gaudium et Spes, 36.

[88] Ecclesiam Suam, 25.

[89] Redemptor Hominis, 16.

[90] Cf. S. Th., III, 2, 8.

[91] San Juan Pablo II, Discurso al Consejo Internacional de los Equipos de Nuestra Señora (17/9/1979); OR (30/9/1979), 8.

[92] Santo Tomás de Aquino, Summa contra gentiles, I, 1.

[93] Cf. Lc 12,6-7.

[94] Cf. Redemptor Hominis, 13-18.

[95] San Agustín, Enarraciones sobre los Salmos, LX, 3.

[96] Cf. Hb 5,5.

[97] San Francisco de Sales, Tratado del amor de Dios, 5, 6.

[98] Cf. Hb 10,7.

[99] Christifideles Laici, 14.

[100] Cf. Misal Romano, Plegaria Eucarística III.

[101] Misal Romano, Plegaria Eucarística IV.

[102] Cf. San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, [155]. [157].

[103] Dei Verbum, 5.

[104] Cf. Santo Tomás de Aquino, S. Th., II-II, 161, 3.

[105] Cf. Hb 10,38.

[106] Santa Catalina de Siena, “El Diálogo”, en Obras, c. 100, BAC, Madrid 1980, 238.

[107] Cf. Hb 11,1ss.

[108] Cf. 1 Jn 5,4.

[109] Cf. Lc 1,48.

[110] Cf. Flp 2,6ss.

[111] Ad Diem Illum Laetissimum, 5.

[112] San León Magno, cit. en Liturgia de las horas, t. I, 363.

[113] Santo Tomás de Aquino, S. Th., III, 19, 4; cf. 48, 1.

[114] Cf. Ef 1,10; Ap 1,8.

[115] Cit. por San Luis María Grignon de Montfort, El Secreto de María, 16.

[116] Cf. Jn 3,4.

[117] San Luis María Grignion de Montfort, El Secreto de María, 58; Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, 50.

[118] San Bernardo, Sermón del domingo dentro de la octava de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María, 9.

[119] Cf. Lc 1,39.

[120] San Juan Pablo II, Discurso a los laicos en el Palacio de las Exposi­ciones de Coronmeuse de Lieja (19/5/1985), 11; OR (23/6/1985), 9.

[121] Cf. Lc 2,51.

[122] Cf. Lc 2,42.

[123] Cf. Os 2,16.

[124] Cf. Lc 10,41.

[125] San Juan XXIII, Discurso a los alumnos del Estudiantado Internacional Trapense (21/10/1960).

[126] Ad Gentes, 40.

[127] Santa Teresa de Jesús, Camino de Perfección, 1, 4-5. 3, 10.

[128] San Pablo VI, Discurso después de la consagración de la Abadía de Montecasino (24/10/1964).

[129] Cf. San Agustín, Comentario al Evangelio de San Juan, 5.

[130] Perfectae Caritatis, 5.

[131] Cf. Hch 11,26.

[132] San Ambrosio, Comentario a San Lucas, II, 21.

[133] Pseudo Crisóstomo, Opus imperfectum in Matt., 3, 13; hom. 4; PG 56, 657.

[134] Cf. Mc 1,15.

[135] Cf. Lc 5,8. 7,36-50.

[136] Mystici Corporis Christi, 73c.

[137] San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, [85].

[138] Cf. Lv 16,31.

[139] Cf. San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, [82-89].

[140] Cf. CIC, can. 1249ss.

[141] San Gregorio Magno, Homilías sobre los Evangelios, XVI, 1.

[142] San Agustín, De Trinitate, XIII, 14, 18.

[143] San Ambrosio, Comentario a San Lucas, IV, 35.

[144] San Agustín, Enarraciones sobre los Salmos, LX, 3.

[145] Cf. Ga 1,10.

[146] San Juan de la Cruz, Puntos de amor reunidos en Beas, 18.

[147] Ad Gentes, 2.

[148] Documento de Puebla, 419.

[149] Tomás de Kempis, Imitación de Cristo, III, 54.

[150] Ibidem.

[151] San Juan Pablo II, Discurso a los participantes en la asamblea organizada por la Conferencia Episcopal Italiana sobre el tema De la Rerum Novarum a hoy (31/10/1981), 3; OR (6/12/1981), 18.

[152] Cf. San Juan Pablo II, Alocución los obispos de Colombia en visita ad Limina Apostolorum (22/2/1985); OR (3/3/1985), 10.

[153] San Juan Pablo II, Discurso a los jóvenes de Brescia (26/9/1982); OR (3/10/1982), 14.

[154] Cf. 2 Co 5,21.

[155] San Juan Pablo II, Discurso a religiosas (13/4/1980); OR (20/4/1980), 12.

[156] San Juan Pablo II, En el encuentro semanal con los peregrinos (16/3/1983); OR (27/3/1983), 2.

[157] Cf. Rm 8,39.

[158] Sacrosanctum Concilium, 7.

[159] Cf. San Agustín, Enarraciones sobre los Salmos, LXXXV, 1.

[160] Exsultate Deo; DzS 1321, Dz 698.

[161] Cf. Santo Tomás de Aquino, S. Th., III, 22, 4 sc.

[162] San Cirilo de Jerusalén, Catequesis, 13.

[163] Cf. San Agustín, De Sancta Virginitate, 54-55.

[164] San Francisco de Asís, Oración Absorbeat.

[165] Cit. por Carlos Almena, San Pablo de la Cruz, 282.

[166] Luis de la Palma, Historia de la Pasión, preámbulo.

[167] San Roberto Belarmino, Libro de las siete palabras, preámbu­lo.

[168] Cf. en especial II, 11: “Cuán pocos son los que aman la Cruz de Cristo” y XII: “Del camino real de la santa Cruz”.

[169] Cf. Gaudium et Spes, 11-90.

[170] Cf. 1 Co 1,17.

[171] Cf. 2 Co 4,10.

[172] Cf. Col 1,24.

[173] Cf. 1 Co 1,18.

[174] San Juan Pablo II, Homilía durante la Misa para los universitarios romanos (6/4/1979), 3; OR (29/4/1979), 6.

[175] San Juan Pablo II, Homilía en la parroquia de Santo Tomás de Castelgandolfo (15/9/1991); OR (20/9/1991), 4.

[176] San Juan Pablo II, Homilía durante la concelebración euca­rística en la Basílica de San Francisco en Asís (12/3/1982), 4; OR (21/3/1982), 11.

[177] San León Magno, Sermón 8 sobre la Pasión del Señor, 6-8; PL 54, 340-342.

[178] Cf. Ap 22,6.

[179] San Ambrosio, Cartas, 35, 4-6.

[180] Santo Tomás de Aquino, Credo Comentado, IV, 60.

[181] San Luis Orione, “Carta del 24 de junio de 1937”, en Cartas, 89.

[182] San Luis María Grignion de Montfort, Carta circular a los amigos de la Cruz, 27.

[183] San Francisco Javier, “Carta del 20 de septiembre de 1542”, 15, en Cartas y escritos de San Francisco Javier (doc. 15), BAC, Madrid 1979, 91.

[184] Santa Teresa de Jesús, Libro de la Vida, XL, 20.

[185] San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, [167].

[186] San Ignacio de Antioquía, Carta a los Romanos, 5, 3.

[187] Ibidem, 6, 3.

[188] San Luis María Grignion de Montfort, El amor de la Sabiduría Eterna, XIV, 1.

[189] Santa Teresita del Niño Jesús, Historia de un alma, XII, 21.

[190] San Juan Pablo II, Encuentro con los jóvenes (2/4/1979); OR (19/4/1979), 7.

[191] San Juan Pablo II, Celebración de la Pasión del Señor en la Basílica de San Pedro y Vía Crucis en el Coliseo (4/4/1980), 6; OR (13/4/1980), 8.

[192] San Cirilo de Jerusalén, Catequesis, XIII, 23.

[193] Ibidem, XIII, 22.

[194] Cf. S. Th., II-II, 161, 3.

[195] Cf. Santo Tomás de Aquino, S. Th., II-II, 186, 7.

[196] Cf. Jn 15,20.

[197] San Agustín, Enarraciones sobre los Salmos, LXI, 4.

[198] Ibidem.

[199] Cf. Col 1,24.

[200] Sollicitudo Rei Socialis, 31.

[201] Tomás de Kempis, Imitación de Cristo, II, 12.

[202] San Juan de Ávila, “Sermones. Domingo III post Pente­costés”, en Obras completas, t. II, 295.

[203] Cf. 2 Co 5,­21.

[204] San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, Anima Christi.

[205] San Agustín, Tratado sobre el Evangelio de San Juan, XXI, 8.

[206] Cf. Rm 12,14.

[207] Santo Tomás de Aquino, S. Th., I-II, 113, 9 ad 2: “bonum gratiae unus maius est quam bonum naturae totius universi”.

[208] Dz 799 (Concilio de Trento).

[209] San Cirilo de Alejandría, In Ioh., I, 13; PG 73, 153.

[210] Cf. Rm 7,14.

[211] Santo Tomás de Aquino, S. Th., I-II, 106, 1.

[212] S. Th., I-II, 106, 2. Cf. San Agustín, De spiritu et littera, 14. 17; PL 44, 215. 219.

[213] Cf. Ga 5,13.

[214] Documento de Puebla, 322.

[215] San Juan Pablo II, Homilía en la Iglesia de San Estanislao (28/6/1992); OR (24/7/1992), 12; cf. San Juan Pablo II; OR (25/3/1979), 1: “la verdadera liberación del hombre, la liberación que Cristo le trae, es también liberación de las apariencias de liberación, de las apariencias de la libertad que no son la libertad verdadera”.

[216] Cf. Ga 5,13.

[217] In Epistola Ioannis ad Parthos, VII, 8.

[218] “Monte de perfección”, en Vida y obras de San Juan de la Cruz, BAC, Madrid 1982, 71.

[219] San Roberto Belarmino, Opera oratoria postuma, ed. Univ. Gregoriana, t. IV, 115.

[220] San Luis María Grignion de Montfort, Súplica ardiente para pedir misioneros (Oración abrasada).

[221] Comentario a la segunda epístola de San Pablo a los Corintios, ed. Marietti, t. 1, núm. 112.

[222] Cf. Rm 6,6; Col 3,9.

[223] Cf. Rm 7,22; 2 Co 4,16.

[224] San Agustín, Enarraciones sobre los Salmos, XXXII; Sermones 1, 7-8; CCL 38, 253-254.

[225] San Ireneo, Adversus haereses, IV, 34, 1.

[226] San Agustín, Sermones, 34, 1; PL 38, 210.

[227] San Agustín, Sermones, 33, 1; PL 38, 207.

[228] San Agustín, Sermones, 256, 3; PL 38, 1193.

[229] Cf. Ex 3,14.

[230] Santa Teresa de los Andes, Cartas, 101.

[231] San Agustín, De spiritu et littera, XIII, 22.

[232] Cf. San Atanasio, Cartas pascuales, 5, 1-2: “ab uno ad aliud festum pervenire”.

[233] San Juan Crisóstomo, De Sancta Pentecoste hom., 1; PG 50.

[234] Cit. de San Juan Crisóstomo, en Josef Pieper, Una teoría de la fiesta, Madrid 1974, 33.

[235] Como se decía de Santo Toribio de Mogrovejo: “Prelado de fácil cabalgar, no esquivo a la aventura misional…”; cf. V. Rodríguez Valencia, Santo Toribio de Mogrovejo. Organizador y apóstol de Sur-américa, ed. CSIC, Madrid 1957, 128.

[236] “Carta del 2 de agosto de 1935”, en Cartas de Don Orione, 89.

[237] Santo Tomás de Aquino, S. Th., III, 57, 6.

[238] San Agustín, Enarraciones sobre los Salmos, CXXII, 1.

[239] San Agustín, De peccatorum mer. et rem., 31, 60.

[240] Cf. 2 Co 5,20.

[241] Discurso al Consejo General de la Orden de los Agustinos Recoletos (28/4/1979); OR (13/5/1979), 12.

[242] Discurso al Monasterio de Monjas Camaldulenses del Aventino (28/2/1979); OR (11/3/1979), 3.

[243] Cántico Espiritual, XIX, 3.

[244] Historia de un alma, XI, 5, Apostolado Mariano, 1983.

[245] De fide orth., IV, 2; PG 94, 1104.

[246] San Cirilo de Alejandría, In Ioh., XII, 18, 38; PG 74, 632.

[247] Quas Primas, 4.

[248] Ibidem.

[249] Ibidem, 16.

[250] Misal Romano, Prefacio de Cristo Rey.

[251] Lumen Gentium, 1.

[252] Cf. Ibidem, 11.

[253] San Cipriano, De oratione Dominica, 23; PL 4, 553. Cf. Lumen Gentium, 4.

[254] Cf. Christifideles Laici, 18. 19. 32.

[255] Cf. Relación final del Sínodo de los obispos (1985).

[256] Epístola segunda a los Corintios, 14, 2.

[257] Visión 2, IV, 1.

[258] Lumen Gentium, 2.

[259] Ibidem.

[260] Lumen Gentium, 3. Cf. Misal Romano, Oración colecta del II domingo durante el año.

[261] Lumen Gentium, 2.

[262] Cf. Hch 2,1ss.

[263] Cf. Hch 10,44ss.

[264] Lumen Gentium, 2.

[265] San Gregorio Magno, Homilía sobre los Evangelios, XIX, 1.

[266] Cf. Jn 3,5.

[267] Cf. Gn 1,1.

[268] Cf. Santo Tomás de Aquino, S. Th., III, 7, 13.

[269] San Juan Pablo II, Catequesis en la audiencia general (28/3/1990), 3; OR (1/4/1990), 3.

[270] Misal Romano, Símbolo Apostólico; Dz 7.

[271] Santo Tomás de Aquino, S. Th., III, 32, 2 ad 1.

[272] Cf. San Juan Pablo II, Catequesis en la audiencia general (18/4/1990), 6; OR (22/4/1990), 3.

[273] Ibidem.

[274] Misal Romano, Símbolo Niceno Constantinopolitano; Dz 86.

[275] Unitatis Redintegratio, 2.

[276] Lumen Gentium, 7.

[277] San Agustín, De Trinitate, VI, 5, 7.

[278] Dei Verbum, 21; Sacrosanctum Concilium, 51.

[279] Santo Tomás de Aquino, In I Sent., 12, 1, 2 ad 7.

[280] Divino Afflante Spiritu, 24; palabras semejantes recoge la constitución Dei Verbum, 13.

[281] Cf. Sacrosanctum Concilium, 51.

[282] San Juan Pablo II, Alocución a los obispos de Malí (26/3/1988); OR (24/4/1988), 11; cf. San Juan Pablo II, Renovar la familia a la luz del Evange­lio. Discurso al Consejo Internacional de los Equipos de Nuestra Señora (17/9/1979); OR (30/9/1979), 8.

[283] Dei Verbum, 11.

[284] San Juan Pablo II, Alocución a los obispos de la Conferencia Episcopal de Pakistán (16/3/1985), 7; OR (24/3/1985), 7.

[285] San Jerónimo, Ep. ad Heliodorum, LX, 10.

[286] San Agustín, Serm. suppos., 300; cit. por Santo Tomás de Aquino, S. Th., II-II, 96, 4, ad 3.

[287] Lumen Gentium, 8.

[288] Cf. 2 P 1,4.

[289] Cf. 2 Co 1,7.

[290] Cf. Ef 4,13.

[291] Cf. Flm 2,1.

[292] Lumen Gentium, 48.

[293] Ibidem, 8.

[294] San Juan Pablo II, Discurso durante el encuentro de ora­ción en Toronto (15/9/1984), 5; OR (30/9/1984), 15.

[295] Lumen Gentium, 23.

[296] Ibidem.

[297] Communionis Notio, 15.

[298] Santo Tomás de Aquino, Credo Comentado, IX, 116.

[299] Lumen Gentium, 44.

[300] Cf. 2 Tm 2,3.

[301] Redemptoris Missio, 15.

[302] Cf. Jn 14,27.

[303] Cf. Hch 4,32.

[304] Dz 19. 25-30.

[305] Lumen Gentium, 50.

[306] Ibidem.

[307] Lumen Gentium, 66.

[308] Cf. San Agustín, Epístola 194, V, 19.

[309] Santo Tomás de Aquino, Sent. ad Annibaldum, I, 4.

[310] Orientalium Ecclesiarum, 1. En la actualidad, por gracia de Dios, ya tenemos dos ramas orientales.

[311] San Juan Pablo II, Discurso a los representantes de las comunidades cristianas no católicas, París (31/5/1980); OR (8/6/1980), 7. Al convertirse al catolicismo desde la ortodoxia rusa, Vjareslav Ivanov escribió que se había liberado “de respirar, por decirlo así, lo mismo que un tísico, más que por un sólo pulmón”: cit. por San Juan Pablo II, Discurso a los participantes en el simposio internacional sobre Ivanov y la cultura de su tiempo (28/5/1983); OR (24/07/1983), 11.

[312] Lumen Gentium, 23.

[313] Christus Dominus, 6.

[314] Lumen Gentium, 23.

[315] Christus Dominus, 11.

[316] Cf. San Juan Pablo II, Discurso a la Curia Romana (20/12/1990), 9; OR (28/12/1990), 7.

[317] Cf. Ga 3,28.

[318] Cf. CIC, can. 107.

[319] San Juan Crisóstomo, In Ioh. hom., 65, 1; PG 59, 361.

[320] Lumen Gentium, 48.

[321] Cf. Mt 28,19-20; Jn 17,21-23; Ef 1,10; Lumen Gentium, 9. 13. 17; Ad Gentes, 1.

[322] Redemptoris Missio, 28.

[323] Cf. Ad Gentes, 11.

[324] Gaudium et Spes, 22.

[325] Redemptoris Missio, 28.

[326] Cf. San León Magno, Sermón 76.

[327] Redemptoris Missio, 29.

[328] Ibidem.

[329] Cit. por Santo Tomás de Aquino, De Veritate, I, 8 sc.

[330] San Justino, Apología segunda, 13.

[331] San Agustín, De Doctrina Christiana, II, 18. 28.

[332] Santo Tomás de Aquino, Comentario a la primera epístola de San Pablo a los Corintios, ed. Marietti, t. 1, núm. 718.

[333] Santo Tomás de Aquino, In II Sent., 28, 1, 3 ad 1.

[334] Santo Tomás de Aquino, Reportationes ineditae Leoninae, 3, 12, v3.

[335] Cf. Jn 15,18-22.

[336] Cf. Ecclesiam Suam, 16.

[337] Ibidem, 16.

[338] Ibidem, 18.

[339] Ibidem, 20.

[340] Ibidem, 21.

[341] Ibidem, 21.

[342] Ibidem, 34.

[343] Cf. Ibidem, 24.

[344] Ibidem, 37.

[345] Ibidem, 38.

[346] Cf. Ibidem, 33.

[347] Ibidem, 41.

[348] San Jerónimo, Diálogo contra luciferianos; PL 23, 164.

[349] Ecclesiam Suam, 44.

[350] Ibidem, 44.

[351] Cf. Mt 7,6.

[352] Ecclesiam Suam, 31.

[353] Cf. Ibidem, 31.

[354] Unitatis Redintegratio, 4.

[355] Communionis Notio, 18.

[356] San Juan Pablo II, Homilía durante el encuentro ecuménico en la Catedral de Canter­bury, Gran Bretaña (29/5/1982), 8; OR (6/6/1982), 7.

[357] Lumen Gentium, 18.

[358] Ibidem, 23.

[359] Ibidem, 22; Cf. 19.

[360] San Luis Orione, “Carta del 15 de julio de 1936”, en Cartas, 143.

[361] Ibidem.

[362] A los Magnesios, VII, 1: “ut sine episcopo nihil agatis, sed et presbiterio subditi…”; A los Tralianos, II, 2.

[363] “Carta del 6 de febrero de 1935”, en Cartas, 58.

[364] Cf. 1 Tm 6,20.

[365] San Luis Orione, “Carta de Pentecostés de 1912”, en Cartas, 185.

[366] Ad Gentes, 20.

[367] Lumen Gentium, 28.

[368] Presbyterorum Ordinis, 8.

[369] Ibidem.

[370] Mutuae Relationes, 37.

[371] Cf. 1 Co 1,10.

[372] Cf. Ga 6,10.

[373] Cf. 1 Tm 4,14.

[374] San Juan Pablo II, Meditación dominical a la hora meridiana del Regina Coeli (16/4/1989), 3; OR (23/4/1989), 1.

[375] San Juan Pablo II, Mensaje a la XX Jornada mundial de oración por las vocaciones, 3; OR (17/4/1983), 20.

[376] Cf. 2 Co 5,14.

[377] San Juan Pablo II, Alocución a los sacerdotes, religiosos y religio­sas en la Catedral de Siena (14/4/1980), 5; OR (21/4/1980), 18.

[378] Cf. San Juan Pablo II, Mensaje a la XXIX Jornada mundial de oración por las vocaciones, 4; OR (20/12/1991), 24.

[379] San Juan Pablo II, Homilía durante la Misa celebrada en el Semina­rio mayor regional de Seúl, Corea (3/5/1984), 4; OR (13/5/1984), 2.

[380] San Juan Pablo II, Mensaje a la XX Jornada mundial de oración por las vocaciones, 3; OR (17/04/1983), 20.

[381] San Juan Pablo II, Discurso al Consejo Nacional y a los secretarios regionales de la Obra de vocaciones dependiente de los superiores mayores religiosos de Italia (16/2/1980), 3; OR (23/3/1980), 10.

[382] Cf. Mt 6,33.

[383] Cf. 2 Co 4,2.

[384] San Juan Pablo II, Discurso a los obispos de Estados Unidos (22/2/1989); OR (30/4/1989), 14.

[385] Cf. San Juan Pablo II, Mensaje en el V Centenario de la Primer Misa en América (12/12/1993); OR (14/1/1994), 9: “los misioneros fomentaron los tres grandes amores que han caracterizado la fe católica de vuestros pueblos: amor a la Eucaristía, amor a la Madre del Salvador y amor a la Iglesia en la persona del sucesor de Pedro. En estos tres grandes amores encontraréis la luz, fuerza e inspiración necesarias para llevar a cabo la ingente labor de la Nueva Evangelización que os aguarda”.

[386] Lumen Gentium, 7.

[387] Santo Tomás de Aquino, S. Th., III, 65, 3 ad 1.

[388] Santo Tomás de Aquino, S. Th., III, 79, 1; Cf. Presbyterorum Ordinis, 5.

[389] Cf. Lumen Gentium, 3. 11.

[390] Cf. Ibidem, 26.

[391] Ad Gentes, 38.

[392] Cf. Lumen Gentium, 26.

[393] Cf. Misal Romano, Plegaria Eucarística III.

[394] San Juan Pablo II, Alocución dominical (19/7/1981), 2; OR (26/7/1981), 2.

[395] Misal Romano, Plegaria Eucarística I.

[396] Ibidem, Plegaria Eucarística IV.

[397] Ibidem, Plegaria Eucarística V.

[398] Ibidem, Plegaria Eucarística sobre la reconcilia­ción I.

[399] Ibidem, Plegaria Eucarística sobre la reconcilia­ción II.

[400] Ibidem, Plegaria Eucarística para las Misas con niños II.

[401] Ibidem, Plegaria Eucarística III.

[402] Lumen Gentium, 63.

[403] Ibidem, 68.

[404] San Cromacio de Aquileya, Sermón 30, 1.

[405] Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, 257.

[406] San Ambrosio, Enarr. in Psalmos, XL, 30.

[407] Aclamación de los padres conciliares de Calcedonia (451), al concluirse la lectura del Tomus ad Flavianum del Papa San León I Magno.

[408] San Ignacio de Antioquía, A los Romanos, pról.; PG 5, 685.

[409] Lumen Gentium, 23.

[410] Cf. San Juan Pablo II, Alocución a los obispos de Estados Unidos en el Semina­rio menor de Nuestra Señora de los Ángeles (16/9/1987), 4; OR (18/10/1987), 16.

[411] Lumen Gentium, 22.

[412] San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, [365].

[413] San Luis Orione, “Carta de Pentecos­tés de 1912”, en Cartas, 184.

[414] San Luis Orione, Cartas, I, 99; cit. en OR (24/07/­1992), 1.

[415] San Luis Orione, “Carta del 1 de julio de 1936”, en Cartas, 133.

[416] Cf. Mt 24,14.

[417] Cf. 2 Ts 2,3.

[418] Cf. 2 Ts 2,3-10.

[419] Cf. 2 Ts 2,12.

[420] San Gregorio Magno, Diálogos, II, 35; PL 66, 200.

[421] Santo Tomás de Aquino, S. Th., Suppl., 77, 2; cf. San Agustín, De Civ. Dei, XVIII, 53.

[422] San Juan Pablo II, Discurso a los participantes del Coloquio sobre las comunes raíces cristianas de los pueblos europeos (6/11/1981); OR (15/11/1981), 20.

[423] San Juan Pablo II, Catequesis (23/3/1988); OR (27/3/1988), 3.

[424] Cit. del Pseudo-Dionisio, en San Alfonso María de Ligorio, Selva de materias predi­cables, IX, 1.

[425] “Apuntes de febrero de 1939”, en En camino con Don Orione, t. II, 427.

[426] San Agustín, Confesiones, X, 4, 6.

[427] Santo Tomás de Aquino, S. Th., Suppl., 91, 3.

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