Constituciones

Contenido

CONSTITUCIONES
del INSTITUTO DEL VERBO ENCARNADO

Indisolublemente unidas al Directorio de Espiritualidad

El presente texto de las Constituciones del Instituto del Verbo Encarnado es el texto aprobado por Mons. Andrea Maria Erba el 8 de mayo de 2004, posteriormente enmendado por el Quinto Capítulo general del Instituto, tenido en Segni (Italia) en julio de 2007.

Excepto en lo que concierne a los párrafos 70 y 283 las enmiendas introducidas en el texto constan en el “Alegato n. 1” de la carta del 21 de noviembre de 2007 dirigida a Mons. Vincenzo Apicella, obispo de Velletri-Segni, en la cual se pedía la aprobación de las mismas. Por indicación de la Sagrada Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica el párrafo 283 no ha sido enmendado y el párrafo 70 ha sido reelaborado.

El texto se presenta a Mons. Vincenzo Apicella para su aprobación como un todo, en dos ejemplares firmemente encuadernados.

Segni, 14 de febrero de 2009, fiesta de los Santos Cirilo y Metodio.

P. Carlos Miguel Buela, IVE
Superior general

P. Gonzalo Ruiz Freites, IVE
Secretario general

* * * * *

Vidimus et approbamus ad normam Codicis Iuris Canonici (can. 595 §1)

+ Mons. Vincenzo Apicella
Vescovo di Velletri-Segni

ÍNDICE ALFABÉTICO DE LAS REFERENCIAS
DE LOS DOCUMENTOS MAGISTERIALES CITADOS Y/O MENCIONADOS EN EL TEXTO DE LAS CONSTITUCIONES
Y DEL DIRECTORIO DE ESPIRITUALIDAD

Ad Diem Illum LaetissimumSan Pío X, Carta encíclica Ad Diem Illum Laetissimum sobre la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen (2/2/1904)
Ad GentesConcilio Vaticano II, Decreto Ad Gentes sobre la actividad misionera de la Iglesia (7/12/1965)
Aeterni Patris León XIII, Carta encíclica Aeterni Patris sobre la restauración de la filosofía cristiana conforme a la doctrina de Santo Tomás de Aquino (4/8/1879)
Benigna Hominum Parens León XIII, Breve Benigna Hominum Parens para instituir el Pontificio Colegio Armenio de Roma (1/3/1883)
Carta sobre Formación EspiritualCongregación para la Educación Católica, Carta circular sobre algunos aspectos más urgentes de la formación espiritual en los Seminarios (6/1/1980)
Catechesi Tradendae San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Catechesi Tradendae sobre la catequesis en nuestro tiempo (16/10/1979)
Christifideles LaiciSan Juan Pablo II, Exhortación apostólica Christifideles Laici sobre la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo (30/12/1988)
Christus Dominus Concilio Vaticano II, Decreto Christus Dominus sobre el ministerio pastoral de los obispos (28/10/1965)
Communionis NotioCongregación para la Doctrina de la Fe, Carta Communionis Notio sobre algunos aspectos de la Iglesia entendida como comunión (28/5/1992)
Credo del Pueblo de DiosSan Pablo VI, Solemne Profesión de fe Credo del Pueblo de Dios, al concluir el Año de la fe proclamado con motivo del XIX centenario del martirio de los apóstoles Pedro y Pablo en Roma (30/6/1968)
Dei Verbum Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Dei Verbum sobre la divina revelación (18/11/1965)
Dives in MisericordiaSan Juan Pablo II, Carta encíclica Dives in Misericordia sobre la misericordia divina (30/11/1980)
Divini Illius Magistri Pío XI, Carta encíclica Divini Illius Magistri sobre la educación cristiana de la juventud (31/12/1929)
Divino Afflante SpirituPío XII, Carta encíclica Divino Afflante Spiritu sobre los estudios bíblicos (30/9/1943)
Documento de Puebla III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Documento de Puebla (23/3/1979)
Dominum et Vivificantem San Juan Pablo II, Carta encíclica Dominum et Vivificantem sobre el Espíritu Santo en la vida de la Iglesia y del mundo (18/5/1986)
Ecclesiae ImagoCongregación para los Obispos, Directorio Ecclesiae Imago (22/2/1973)
Ecclesiam SuamSan Pablo VI, Carta encíclica Ecclesiam Suam sobre el “mandato” de la Iglesia en el mundo moderno (6/8/1964)
Evangelica Testificatio San Pablo VI, Exhortación apostólica Evangelica Testificatio sobre la renovación de la vida religiosa según las enseñanzas del Concilio (29/6/1971) 
Evangelii Nuntiandi San Pablo VI, Exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi sobre la evangelización en el mundo contemporáneo (8/12/1975)
Exultate DeoEugenio IV, Bula Exultate Deo sobre la unión de los armenios (22/11/1439)
Fausto Appetente Die Benedicto XV, Carta encíclica Fausto Appetente Die en ocasión del VII aniversario de la muerte de Santo Domingo de Guzmán (29/6/1921)
Gaudium et SpesConcilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo actual (7/12/1965)
Haerent Animo San Pío X, Exhortación apostólica Haerent Animo en ocasión del 50º aniversario de su sacerdocio (4/8/1908)
Laudis Canticum San Pablo VI, Constitución apostólica Laudis Canticum con la que se publica el oficio divino reformado (1/11/1970)
Lumen GentiumConcilio Vaticano II, Constitución Dogmática Lumen Gentium sobre la Iglesia (21/11/1964)
Marialis Cultus San Pablo VI, Exhortación apostólica Marialis Cultus para la recta ordenación y desarrollo del culto a la Santísima Virgen María (2/2/1974)
Mediator DeiPío XII, Carta encíclica Mediator Dei sobre la sagrada liturgia (20/1/1947)
Mirabilis Deus San Pío V, Bula Mirabilis Deus para proclamar a Santo Tomás de Aquino doctor de la Iglesia (11/4/1567)
Mutuae Relationes Congregación para los Obispos – Con­grega­ción para los Religio­sos e Institutos Seculares, Directivas Mutuae Relationes sobre la relación entre los obispos y los religiosos en la iglesia (14/5/1978)
Mystici Corporis ChristiPío XII, Carta encíclica Mystici Corporis Christi sobre la Iglesia (29/6/1943)
Optatam Totius Concilio Vaticano II, Decreto Optatam Totius sobre la formación sacerdotal (28/10/1965)

 

PARTE 1: INTRODUCCIÓN

Nuestra Familia Religiosa:
Principios generales o nuestro “camino” (cf. Hch 9,2)

  1. [Intención] Confesamos que Dios es el Señor y Padre de todas las cosas, principio y fin de todas ellas, que su Hijo Jesucristo Nuestro Señor se encarnó, murió y resucitó para salvar a todos los hombres, que el Espíritu Santo es Señor y dador de vida y que, para gloria de la Trinidad Santísima, mayor manifestación del Verbo Encarnado y honra de la Iglesia fundada por Cristo que “permanece en la Iglesia Católica gobernada por el sucesor de Pedro y los Obispos en comunión con él”[1], queremos dar el “testimonio de que el mundo no puede ser transformado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las bienaventuranzas”[2]. Pedimos a la Santísima Virgen María nos alcance la gracia de perseverar en este propósito hasta la muerte.
  2. Deseamos vivir en un estado que “imita más de cerca y representa perpetuamente en la Iglesia aquella forma de vida que el Hijo de Dios escogió al venir al mundo…”[3], en la práctica de los consejos evangélicos, contribuyendo así “a revelar la rica naturaleza y el dinamismo polivalente del Verbo de Dios Encarnado…”[4].
  3. [Nombre] Aspiramos a que nuestra Familia Religiosa se distinga y sea llamada “del Verbo Encarnado” ya que nos acercamos al bimilenario de ese acontecimiento, que es más grande que la creación del mundo y que no puede ser superado por ningún otro.
  4. [Fin universal] El fin que nos proponemos es doble. Por un lado, buscar la gloria de Dios y la salvación de las almas –de las nuestras y de las de nuestros hermanos– practicando, especial­mente, las virtudes que más nos hacen participar del anonadamiento de Cristo[5].
  5. [Fin específico] Por otro lado, comprometemos todas nuestras fuerzas para inculturar el Evangelio, o sea, para prolongar la Encarnación en todo hombre, en todo el hombre y en todas las manifestaciones del hombre[6], de acuerdo con las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia[7]. Al respecto enseña San Juan Pablo II: “El término ‘aculturación’ o ‘inculturación’ por muy neologismo que sea, expresa de maravilla uno de los elementos del gran misterio de la Encarnación”[8].
  6. [La consagración mediante los votos] Para realizar con mayor perfección el servicio de Dios y de los hombres, nos comprometemos con los tres votos: de castidad por el Reino de los Cielos (Mt 19,12); de pobreza, vende cuanto tienes (Mc 10,21); y de obediencia, es mejor que los sacrificios (1 S 15,22); para seguir más íntimamente al Verbo Encarnado en su castidad, pobreza y obediencia.
  7. [Fundamento] Queremos fundarnos en Jesucristo, que ha venido en carne (1 Jn 4,2), y en solo Cristo, y Cristo siempre, y Cristo en todo, y Cristo en todos, y Cristo Todo, porque la roca es Cristo[9] y nadie puede poner otro fundamento (1 Co 3,11). Queremos amar y servir, y hacer amar y hacer servir a Jesucristo: a su Cuerpo y a su Espíritu. Tanto al Cuerpo físico de Cristo en la Eucaristía, cuanto al Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia, formada por nosotros mismos que, por la santidad de vida, debemos llegar a ser “otros Cristos” y por todos los hombres en los que vemos al mismo Cristo, en especial, los pobres, los pecadores y los enemigos. Queremos ser “como otra humanidad suya”[10], queremos ser cálices llenos de Cristo que derraman sobre los demás su superabundancia, queremos con nuestras vidas mostrar que Cristo vive. Y al Espíritu de Cristo porque es el alma de la Iglesia y porque si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, éste no es de Cristo (Rm 8,9).
  8. [Espiritualidad] Al respecto, consideramos que nuestra espiritualidad debe estar profunda­mente marcada por todos los aspectos del misterio de la Encarnación: a) respecto al origen, b) a las naturalezas, c) a la unión de las mismas, d) al fin.
  9. a) En cuanto al principio. Debemos tener profunda y raigal devoción a la Santísima Trinidad, principio activo de la Encarnación; y a quienes se apropia la misma: al Padre en cuanto es principio del Hijo –yo he salido y vengo de Dios (Jn 8,42)– y al Espíritu Santo en cuanto es el Amor personal del que proceden todas las obras divinas –por obra y gracia del Espíritu Santo[11]–. De allí también deriva la primacía de lo espiritual en todo nuestro pensar, sentir y proceder, ya que Dios es el que obra en vosotros el querer y el obrar según su voluntad (Flp 2,13), y es clarísima la enseñanza del Verbo Encarnado: Buscad primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura (Mt 6,33). Y un total abandono en la voluntad de beneplácito de Dios a ejemplo de la Virgen María: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (Lc 1,38).
  10. b) En cuanto a las naturalezas, divina y humana. Deseamos vivir intensamente las virtudes de la trascendencia: fe, esperanza y caridad, a fin de ser sal… ser luz (Mt 5,13ss.) para no ser del mundo[12]. De ahí la necesidad de oración incesante: orad sin cesar (1 Ts 5,17), y de las purificaciones de los sentidos y del espíritu, activas y pasivas: si no hiciereis penitencia, todos igualmente pereceréis (Lc 13,3).
  11. Deseamos vivir intensamente las virtudes del anonadarse: humildad, justicia, sacrificio, pobreza, dolor, obediencia, amor misericordioso…, en una palabra, tomar la cruz[13]. Hay que estar en el mundo[14] y asumir en Cristo todo lo humano, ya que “lo que no es asumido no es redimido”[15] “y se constituye en un ídolo nuevo con malicia vieja”[16]. Iluminando, los sacerdotes a modo de directores espirituales, lo temporal y formando a los laicos para que ellos “traten y ordenen, según Dios, los asuntos temporales”[17]. No asumiendo “materia” no asumible como el pecado, el error, la mentira, el mal: absteneos hasta de la apariencia de mal (1 Ts 5,22).
  12. c) En cuanto a la unión. El centro de nuestra vida debe ser Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, quien en su única persona divina une ambas naturalezas; por lo que en verdad confesamos el Verbo se hizo carne (Jn 1,14), es mediador entre Dios y los hombres (1 Tm 2,5) y es el Único que tiene palabras de vida eterna[18]. Es la persona término de la Encarnación. De manera particular debe manifestarse nuestra devoción a Jesucristo en el misterio de la Encarna­ción; en su segundo anonadamiento del misterio de la Pasión –supremo acto sacerdotal– que, por contraste, nos hace admirar más la profunda “kénosis[19] de la Encarnación; y en el misterio de su segunda Venida, que constituirá la plenitud de la primera Venida. Íntimamente unidas al misterio de la piedad, que se ha manifestado en carne (1 Tm 3,16) y, por tanto, a nuestro amor, están las tres cosas blancas de la Iglesia: la Eucaristía, que prolonga, por obra del sacerdocio católico, la Encarnación bajo las especies de pan y vino; la Santísima Virgen María, que dio el sí para que de su carne y sangre el Verbo se hiciera carne[20]; y el Papa, presencia encarnatoria de la Verdad, de la Voluntad y de la Santidad de Cristo.
  13. Hay que abrazar la práctica de las virtudes aparentemente opuestas, contra toda falsa dialéctica; hay que respetar, sin mezclar, las esencias de las virtudes; hay que evitar toda falsa dualidad practicando la veracidad, la fidelidad, la coherencia y la autenticidad de vida, contra toda falsedad, infidelidad, simulación e hipocresía; hay que restaurar, íntegramente, en Cristo, todas las cosas. Es preciso que Él reine hasta poner todos sus enemigos bajo sus pies (1 Co 15,25), enseñoreando para Cristo el universo mundo, recapitulando todas las cosas en Cristo, las del cielo y las de la tierra (Ef 1,10).
  14. d) En cuanto al fin. Queremos, en Cristo, buscar la gloria de Dios y el bien integral del hombre. El Padre, al introducir a su Primogénito en el mundo[21], manifiesta su gloria: nosotros hemos visto su gloria (Jn 1,14). Y en todo queremos tener recta intención: hacedlo todo para gloria de Dios (1 Co 10,31).
  15. Como “todo hombre es en cierto sentido la vía de la Iglesia”[22] y “el misterio del hombre sólo se esclarece a la luz del misterio del Verbo Encarnado”[23], queremos trabajar por su bien integral descubriéndole su naturaleza, su dignidad, su vocación, sus derechos inalienables, su libertad, su destino eterno logrando la meta de la fe, la salvación de las almas[24]. Todo lo que conduzca a ver a Cristo formado[25] en los hombres será para nosotros objeto de máxima atención y accionar apostólico.
  16. [Apostolado] De manera especial, nos dedicaremos a la predicación de la Palabra de Dios, más tajante que espada de dos filos (Hb 4,12), en todas sus formas. En el estudio y la enseñanza de la Sagrada Escritura, la Teología, los Santos Padres, la Liturgia, la Catequesis, el Ecumenismo, etc. En la realización de misiones populares, Ejercicios Espirituales, educación y formación cristiana de niños y jóvenes, y obras de caridad con los más necesitados (niños abandonados, minusválidos, enfermos, ancianos), etc. En la búsqueda y formación de idóneos ministros de la Palabra, en la publicación de revistas, tratados, libros, etc., y en otras cosas. Por el verbo oral y escrito queremos prolongar al Verbo.
  17. [Esclavitud mariana] Queremos manifestar nuestro amor y agradecimiento a la Santísima Virgen a la par que obtener su ayuda imprescindible para prolongar la Encarnación en todas las cosas, haciendo un cuarto voto de esclavitud mariana según San Luis María Grignion de Montfort.
  18. [Fidelidad al Espíritu Santo] Solo en la más absoluta fidelidad al Espíritu Santo se puede usar diestramente la espada del Espíritu que es la Palabra de Dios (Ef 6,17). Nuestro pobre aliento únicamente es fecundo e irresistible si está en comunicación con el viento de Pentecostés. El espíritu de nuestra Familia Religiosa no quiere ser otro que el Espíritu Santo y si degenera en otro, desde ahora y desde cualquier lugar, comprometemos nuestra súplica para que el Señor la borre de la faz de la Iglesia.
  19. Para alcanzar esta disposición de suma, total e irrestricta docilidad al Espíritu Santo, que es el Espíritu de Cristo[26], necesitamos que la Santísima Virgen sea el modelo, la guía, la forma de todos nuestros actos, por todo lo cual, con todas las fuerzas del alma y del corazón, hoy y siempre, decimos: ¡“Totus tuus”, María![27].

PARTE 2 : NATURALEZA Y FIN DEL INSTITUTO

Artículo 1: Naturaleza

  1. En nombre de Cristo queremos constituir una Familia Religiosa en la que sus miembros estén dispuestos a vivir con toda radicalidad las exigencias de la Encarnación y de la Cruz, del Sermón de la Montaña y de la Última Cena. Donde se puedan vivir los anonadamientos de Nazaret y del Calvario, donde se entre en las confidencias del Tabor y de Getsemaní. Donde se experimente la paternidad del Padre, la hermandad del Hijo y la inhabitación del Espíritu Santo, amándonos de tal manera los unos a los otros por ser hijos del mismo Padre, hermanos del mismo Hijo y templos del mismo Espíritu Santo, que formemos un solo corazón y una sola alma (Hch 4,32).
  2. Aspiramos a consagrarnos a Dios por la profesión de los consejos evangélicos, formando un Instituto religioso, bajo la dirección de clérigos y asumiendo el ejercicio del Orden Sagrado[28], emitiendo votos públicos, viviendo una vida fraterna en común, con un apartamiento propio de los religiosos, de modo tal, que todos los miembros puedan tender a la perfección de su estado[29]. Pero sin excluir la posibilidad de que se integren armoniosamente a nuestra familia religiosos que no sean sacerdotes, como asimismo, el tener unidas a nosotros asociaciones de fieles que quieran vivir en genuino espíritu de familia según su vocación laical[30].
  3. Queremos dedicarnos a las obras de apostolado, imitando a Cristo que “anunciaba el Reino de Dios”[31]. Algunos miembros de nuestro Instituto llevan una vida exclusivamente contemplativa, o bien monástica o bien eremítica. Asimismo no excluimos la posibilidad de que algunos de los miembros de la rama apostólica puedan llevar por un tiempo determinado un tipo de vida más contemplativa, ya que “un rato de verdadera adoración tiene más valor y fruto espiritual que la más intensa actividad, aunque se tratase de la misma actividad apostólica”[32].

Artículo 2: Fin común, fin propio y fin específico

  1. Como todo Instituto de vida consagrada, tanto religioso como secular[33], tenemos un fin universal y común –que suele denominarse vocación– por el que queremos seguir más de cerca a Cristo bajo la acción del Espíritu Santo, dedicándonos totalmente a Dios como a nuestro amor supremo, para que entregados por un nuevo y peculiar título a su gloria, a la edificación de la Iglesia y a la salvación del mundo, consigamos la perfección de la caridad, y por la caridad a la que conduce la profesión de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, nos unamos de modo especial a la Iglesia y a su misterio[34].
  2. Asimismo, tendemos al fin propio de todo Instituto de vida religiosa, el cual no es otro que la consagración total de nuestra persona, manifestando el desposorio admirable establecido por Dios en la Iglesia, signo de la vida del cielo. Así consumaremos la plena donación de nosotros mismos como sacrificio ofrecido a Dios, por el que toda nuestra existencia se hace culto continuo a Dios en la caridad.
  3. Esto se manifiesta en que formamos una Familia Religiosa: emitimos votos públicos y vivimos vida fraterna en común[35]; y el testimonio público que debemos dar conlleva un apartamiento del mundo[36]. Para vivir según el Espíritu Santo, necesariamente hay que apartar de sí el espíritu del mundo: El Espíritu de verdad… el mundo no lo puede recibir, porque no le ve ni le conoce (Jn 14,17).
  4. Finalmente, queremos, como fin específico y singular, dedicarnos a la evangelización de la cultura, es decir, trabajar para “transformar con la fuerza del Evangelio:
    – los criterios de juicio,
    – los valores determinantes,
    – los puntos de interés,
    – las líneas de pensamiento,
    – las fuentes inspiradoras,
    – los modelos de vida de la humanidad”[37];
    “para que estén imbuidos de la fuerza del Evangelio:
    – los modos de pensar,
    – los criterios de juicio,
    – las normas de acción”[38].
    Pues no podemos olvidar que el Concilio Vaticano II ha señalado que: “El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época”[39]; y ello se debe en gran medida a que el mundo “se ha ido separando y distinguiendo, en estos últimos siglos, del tronco cristiano de su civilización”[40], lo cual ha conducido a la descristia­nización de la cultura.
  5. Para ello tomamos, especialmente, como elementos funda­menta­les para permear con el Evangelio las culturas, las ense­ñanzas de la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes del Concilio Vaticano II[41], las Exhor­ta­ciones Apostólicas Evangelii nuntiandi[42] y Catechesi traden­dae[43], el discurso del Papa San Juan Pablo II a la UNES­CO[44] y otros sobre el mismo tema[45], el Documento de Pue­bla[46], la Carta Encíclica Slavorum Apostoli, la Carta Encíclica Re­demptoris missio, la Exhortación Apostólica Postsinodal Pasto­res dabo vobis, n. 55, c; y todas las futuras directivas, orienta­cio­nes y enseñanzas del Magisterio ordinario de la Iglesia que pue­dan darse sobre el fin específico de nuestra peque­ña Familia Religiosa.
  6. Desde ya expresamos que deseamos lograr la más filial y fraterna relación con el Pontificio Consejo para la Cultura, en orden a lograr una mayor y mejor concreción de la finalidad del Instituto.

Artículo 3: Índole

  1. Consideramos que algunos de los medios más importantes para alcanzar el fin establecido es trabajar sobre los puntos de inflexión de la cultura, a saber: las familias, la educación –en especial la seminarística, la universitaria y la terciaria–, los medios de comunicación social y los hombres de pensamiento o “intelectuales”, en lo que hace a la iniciación y llamamiento, desarrollo, discernimiento, formación, consolidación, acompaña-miento y posterior ejercicio de la vocación al apostolado intelectual.

Artículo 4: Carisma

  1. Por el carisma propio del Instituto, todos sus miembros deben trabajar, en suma docilidad al Espíritu Santo y dentro de la impronta de María, a fin de enseñorear para Jesucristo todo lo auténticamente humano, aun en las situaciones más difíciles y en las condiciones más adversas.
  2. Es decir, es la gracia de saber cómo obrar, en concreto, para prolongar a Cristo en las familias, en la educación, en los medios de comunicación, en los hombres de pensamiento y en toda otra legítima manifestación de la vida del hombre. Es el don de hacer que cada hombre sea “como una nueva Encarnación del Verbo”[47], siendo esencialmente misioneros y marianos.

Artículo 5: Misión

  1. La misión, recibida del Fundador, y sancionada por la Iglesia, es llevar a plenitud las consecuencias de la Encarnación del Verbo, que “es el compendio y la raíz de todos los bienes”[48], en especial, al amplio mundo de la cultura, o sea, a la “manifestación del hombre como persona, comunidad, pueblo y nación”[49].

Artículo 6: Espíritu

  1. El Espíritu que anima al Instituto desde sus comienzos y que debe determinar su propio rostro dentro de la Iglesia es el espíritu de fe y de amor con el que deben vivir todos sus miembros el misterio del Verbo Encarnado y su referencia a toda creatura: “el Verbo expresa no sólo al Padre, sino también a todas las criaturas… (de las que) es expresivo y operativo”[50].
  2. Es vivir y hacer vivir bajo la acción del Espíritu Santo, sin coacciones de ninguna especie, respetando escrupulosamente las conciencias, promoviendo el sano pluralismo, llevando a vivir plenamente la libertad de los hijos de Dios[51] porque donde está el Espíritu Santo, allí está la libertad (2 Co 3,17). Sin olvidar jamás que el Reino de Dios… es justicia, es alegría y es paz en el Espíritu Santo (Rm 14,17).
  3. Poco o nada nos interesa extendernos por muchos países o tener numerosos miembros, si perdemos el espíritu. Sólo a la Iglesia Católica, en la persona de Pedro y sus sucesores, está prometida la infalibilidad y la indefectibilidad. No perderemos el espíritu en tanto seamos fieles a Ella y se observe la voluntad e intenciones del Fundador en todo lo que constituye el patrimonio del Instituto[52].

PARTE 3: ESPIRITUALIDAD
 

  1. [Introducción] Nuestra espiritualidad quiere estar anclada en el misterio sacrosanto de la Encarnación, el misterio del Verbo hecho carne en el seno de la Santísima Virgen María. De modo tal que podemos decir que nuestra espiritualidad se deriva de la Persona del Verbo y de su Madre, para que, en el Espíritu Santo, podamos unirnos al Padre. De la explanación del misterio del Verbo Encarnado brotan todos los principios de la vida espiritual de nuestro Instituto, según consta en el Directorio de Espiritualidad.
  2. [Primacía de Jesucristo] En nuestras vidas y acciones debe primar “el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el Reino, el misterio de Jesús de Nazaret Hijo de Dios[53], de tal manera vividos que nada antepongamos a su amor.
  3. [Preexistencia de la persona del Verbo] Confesando la eternidad, distinción y divinidad de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, queremos alimentar nuestro deseo de abandonar­nos enteramente a la voluntad de beneplácito de Dios, y nuestro amor a la Trinidad y a los hombres creados por Dios a su imagen y semejanza[54].
  4. [El misterio del Verbo Encarnado] Su primera Venida obrada por el Espíritu Santo en las entrañas de la Virgen nos debe llevar a suma docilidad al mismo Espíritu y a un amor entrañable a su Madre y Madre nuestra. Basados en el misterio de la Encarnación, obrado por el Espíritu en María Virgen, debemos cantar siempre las miseri­cor­dias de Dios[55] porque “por la Encarnación del Verbo se hace creíble la inmortali­dad de la dicha”[56], debemos tener clara conciencia de que sin Jesucristo nada podemos[57], y debemos pro­pender, con todas nuestras fuerzas, a adelantar siempre en la virtud.
  5. Jesucristo es el “Camino” para ir al Padre y nadie va al Padre sino por Él[58]. Tiene el único nombre por el cual podemos ser salvos (cf. He 4,12). Es el que hace que la Iglesia sea un “sacra­mento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la uni­dad de todo el género humano”[59]. Es el que sostie­ne todos los dogmas de la Iglesia, ya que es “la verdad que incluye todas las de­más”[60]. Es el que nos muestra la primacía y el peso de la eterni­dad sobre toda realidad tempo­ral. Saber que Jesús es verdadero Dios nos debe mover a practicar las virtudes de la trascendencia: fe, esperanza y caridad; a dar importancia insustituible a la vida de oración y a la necesidad de las purificaciones activas y pasivas del sentido y del espíritu. El hacerse hombre es “el misterio primero y funda­mental de Jesucristo”[61] y “Dios no estuvo nunca tan cercano del hombre –y el hombre jamás estuvo tan cercano a Dios– como preci­samente en ese momento: en el instante del misterio de la Encar­na­ción”[62]. Saber que Jesús es verdadero hombre nos debe mover a considerar que nada de lo auténticamente humano nos es extraño, sabiéndolo asumir[63]; a amar en Él a todo hombre y a todo el hombre; a practicar las virtudes mortificativas del anonadarse. Saber que en Jesús se unen indisolublemente ambas naturalezas nos debe mover a reconocer la doble realidad de gracia y naturaleza, sin mala mezcla; a practicar las virtudes aparentemente opuestas, sin caer en falsos dualismos, lo superior asumien­do lo inferior. Y nos debe mover a buscar siempre la mayor gloria de Dios y la salvación de los hombres, que es el fin de la Encarnación.
  6. Su Vida terrena. Desde el mismo instante de la Encarnación nos da ejemplo de la entrega sacerdotal al Padre que debemos imitar nosotros; en el seno de María, donde ya estamos presentes nosotros por el principio de koinonía, nos enseña a depender totalmente de su Madre; en su vida oculta nos enseña a crecer, a trabajar, a hacer silencio, a estar sujetos[64], a vivir con alegría festiva[65]. Todas sus palabras y todas sus acciones son alimento para nuestra espiritualidad.
  7. Su salida de este mundo. De manera especial, el Misterio Pascual de nuestro Señor es fuente inexhausta de espiritualidad. Su Pasión, Muerte, descenso a los infiernos, Resurrección, deben iluminar nuestras vidas siempre. Debemos ser especialistas en la sabiduría de la cruz, en el amor a la cruz y en la alegría de la cruz.
  8. Su Vida gloriosa. El hecho espléndido de que Cristo resucitó nos debe llevar a vivir como resucitados, a vivir según la Ley Nueva –el Espíritu Santo– la libertad de los hijos de Dios propia del hombre nuevo, con inmensa alegría, en especial el domingo, sabiendo hacer fiesta, con gran compromiso por la misión.
  9. Su Vida mística. Es la maravilla de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, alimentada por la Palabra de Dios, Una, Santa, Católica –misionera y ecuménica–, Apostólica, enriquecida y apoyada en las tres cosas blancas.
  10. Su segunda Venida. Es la certeza de que el Señor está viniendo y que hacia Él estamos caminando. Un día volverá en poder y majestad, resucitará a los muertos, presidirá el juicio final y la innovación del universo.
  11. Todas nuestras Constituciones están inspiradas en el Directorio de Espiritualidad y se entienden a la luz del mismo. Hemos querido dar una preponde­rancia absoluta a la parte espiritual porque entendemos que así lo pide nuestro carisma, de modo tal que el Directorio de Espiritualidad debe considerarse como texto doctrinal que sirva de fundamento para los artículos constitucionales y punto de referencia para las posibles modificaciones que los tiempos vayan exigiendo, y para aplicar las Constituciones a las nuevas circunstancias.
  12. En fin, quisiéramos que nuestra espiritualidad pudiera ser sintetizada así:
    No, Jesús o María; no, María o Jesús.

    Ni Jesús sin María; ni María sin Jesús.
    No sólo Jesús, también María; ni sólo María, también Jesús.
    Siempre Jesús y María; siempre María y Jesús.
    A María por Jesús: He ahí a tu Madre (Jn 19,27).
    A Jesús por María: Haced lo que Él os diga (Jn 2,5).
    Primero, Jesús, el Dios-hombre;
    pero luego María, la Madre de Dios.
    Él, Cabeza; Ella, Cuello; nosotros, Cuerpo.

    Todo por Jesús y por María;
    con Jesús y con María;
    en Jesús y en María;
    para Jesús y para María.

En fin, sencillamente: Jesús y María; María y Jesús.

Y por Cristo, al Padre, en el Espíritu Santo.

PARTE 4: VIDA CONSAGRADA

Artículo 1: Principios generales

  1. La vida religiosa, por la cual nos entregamos totalmente al servicio de Dios, en lo cual está la perfección del hombre, consiste principalmente en el cumplimiento de los tres votos de castidad, pobreza y obediencia, impulsados por la caridad.
  2. La profesión de los votos:
    – En primer lugar, extrae de la gracia bautismal su fruto más copioso, pues el religioso se libera así de los impedimentos que podrían apartarlo del fervor de la caridad y de la perfección del culto divino, consagrándose más íntimamente al servicio de Dios[66]. La consagración con los tres votos hunde sus raíces en la consagración bautismal, de la cual es la expresión más perfecta, pues quien así se entrega a Dios lleva a su máxima perfección las exigencias bautismales: con Él hemos sido sepultados por el bautismo para participar en su muerte (Rm 6,4).
  3. – En segundo lugar, equivale en cierto modo al martirio, puesto que el religioso posee la misma voluntad que el mártir: ambos aceptan su muerte a este mundo para unirse plenamente a Cristo y formar parte de su Reino: “aunque falte la ocasión de la persecución, sin embargo la paz tiene su martirio: porque aunque no sometamos a las carnes con el hierro, sin embargo destroza­mos en el alma, con la espada espiritual, los deseos carnales”[67].
  4. – En tercer lugar, la profesión religiosa constituye un verdadero holocausto de sí mismo, ya que en virtud de los votos se entrega a Dios todo lo propio, sin reservarse nada: por el voto de castidad, el bien propio del cuerpo; por el voto de pobreza, las cosas exteriores; y los bienes del alma por el voto de obediencia[68].
  5. – En cuarto lugar, la profesión religiosa es una verdadera consagración, por la cual el religioso es algo sagrado, destinado al culto divino, propiedad de Dios.
  6. Con la profesión de los votos nos esforzamos por desarraigar de nosotros las tres concupiscencias, incompatibles con la caridad del Padre: concupiscencia de la carne (desorden en el comer, en el beber, en los bienes sensibles), concupiscencia de los ojos (afán de ver todo, de poseerlo, ostentación), soberbia de la vida (desorden en los honores, jactancia, autosuficiencia)[69], que responden exactamente a aquellas tentaciones con las que el demonio pretendió seducir a Nuestro Señor: di que estas piedras se conviertan en pan… (Mt 4,3), o sea, gula; échate de aquí hacia abajo (Mt 4,6), es decir, hacer las cosas por ostentación; y todo esto te daré si me adoras (Mt 4,9), o sea, soberbia. En estas tres tentaciones “se halla la materia de todos los pecados, porque las causas de las tentaciones son las mismas de la codicia: el deleite de la carne, la esperanza de la gloria y la ambición del poder”[70]. Es la misma treta que usó el padre de la mentira con Adán y Eva, tentándolos a comer del fruto prohibido, porque era de buen gusto, agradable a la vista y apto para alcanzar sabiduría (Gn 3,6).
  7. Por ello, el mismo Cristo da tres armas contra estas insidias, armas a las que se puede reducir cada uno de los votos en los que consiste esencialmente el estado religioso. Así, a la pobreza se corresponde el mandato de la limosna[71], en la que se contiene todo lo que se hace por amor al prójimo, despreciando las riquezas y la ambición; a la castidad, el ayuno[72], en el cual se condensa todo aquello que uno hace para refrenarse a sí mismo en sus concupiscencias; y a la obediencia, la oración[73], por la cual “el religioso se somete a Dios y manifiesta al orar que necesita de Él como Autor de todos los bienes”[74], pues aquí se contiene todo lo que se hace para dar recto culto a Dios, razón por la que el voto de obediencia, nacido de este culto, constituye esencialmente el estado religioso.

Artículo 2: El voto de castidad

  1. Imitando a Jesucristo, que habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin (Jn 13,1), mediante el voto de castidad queremos ofrecer a Dios el holocausto de nuestro cuerpo y de todos nuestros afectos naturales, viviendo “la obligación de la continencia perfecta en el celibato”[75]. Implica una elección preferencial del amor exclusivo a Dios, ya que libremente hemos elegido ser de los eunucos que a sí mismos se han hecho tales por amor del Reino de los Cielos (Mt 19,12).
  2. Esta virginidad, que es ante todo del corazón, nace de la caridad y a ella se ordena, a fin de poder cumplir con la máxima perfección el supremo mandamiento: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente (Mt 22,37). Por ello el voto de castidad permite al religioso estar totalmente libre para tender a Dios, puesto que cuida de las cosas del Señor, buscando cómo agradar a Dios (1 Co 7,32), ofreciendo su cuerpo como hostia viva, santa, agradable a Dios (Rm 12,1). Este voto de castidad, plenamente vivido, es lo que constituye la pureza triunfal, que tiende con todas sus fuerzas a Dios, sacrifica gozosamente sus afectos carnales entregándose a Jesucristo y a Él ordena todos sus amores. Fruto de esta consagración es un señorío sobre todas las cosas, junto con una voluntad libérrima, pronta para agradar sólo a Dios.
  3. Este voto da al religioso, además, una gran fecundidad espiritual, ya que es Dios mismo quien fecunda y vivifica el corazón de quien, por la virginidad, se asemeja a los ángeles y a los resucitados, que no tomarán mujeres ni maridos… siendo hijos de la resurrección (Lc 20,35-36).
  4. “Sólo el amor de Dios llama en forma decisiva a la castidad religiosa. Este amor exige imperiosamente la caridad fraterna, que el religioso vivirá más profundamente con sus contemporáneos en el Corazón de Cristo… Siendo decididamente positiva, la castidad atestigua el amor preferencial hacia el Señor y simboliza de la forma más eminente y absoluta el misterio de la unión del Cuerpo Místico a su Cabeza, de la Esposa a su eterno Esposo. Finalmente, ella alcanza, transforma y penetra el ser humano hasta lo más íntimo mediante una misteriosa semejanza con Cristo”[76].
  5. Debemos anhelar siempre la castidad victoriosa triunfal, ya que la victoria puede darse en diversos grados: sustancial, es decir, eliminando el pecado grave; perfecta, o sea, eliminando incluso los pecados menores; triunfal, o perfectísima, que se obtiene no sólo huyendo del pecado con la máxima delicadeza, sino yendo más allá, o sea, superando la mera eliminación del pecado, lo cual, a su vez, puede hacerse o en cuanto a la prontitud (eliminando toda discusión o compro­miso con la tentación, lo cual implica la inmediatez y radicalidad de la victoria) o en cuanto a la totalidad (inmolación del corazón y negación de la pasión, incluso en sus aspectos indirectos –vana belleza, amor natural, etc.– relacionados con los sentidos y el sexo, pero no estrictamente pecaminosos de por sí). Esta superioridad de delicadeza, de prontitud y sobre todo de totalidad en la negación de la esfera sexual es la característica propia del modo religioso de la castidad en relación a la natural tendencia, que no se excluye. Esta renuncia de la voluntad puede ser de dos modos: negativa, es decir, como pura mortificación dolorosamente soportada; positiva, como anhelado y alegre sacrificio para obtener la íntima unión con Dios de aquel matrimonio espiritual y virginal que caracteriza, según San Pablo[77], la vida consagrada, en el cual el corazón no queda sofocado, sino entregado, hecho sagrado. Solamente esta última actitud es digna del estado religioso. La entrega amorosa que implica debe ser gozosa, para sumergirse en la esfera espiritual del divino amor, que es el fin de la virginidad.

Artículo 3: El voto de pobreza

  1. Nuestro Señor, Camino que debemos seguir[78] y ejemplo que debemos imitar[79]: siendo rico se hizo pobre por amor vuestro, para que fueseis ricos por su pobreza (2 Co 8,9). Y en su predicación nos enseña: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos (Mt 5,3). Y para quien quiera alcanzar la perfección, invita: Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo, y ven y sígueme (Mt 19,21).
  2. Esta pobreza evangélica consiste en el abandono voluntario de las riquezas y de los bienes exteriores de este mundo con el fin de buscar únicamente a Dios. Es, en palabras de San Jerónimo, “seguir desnudo a Cristo desnudo”[80].
  3. Pero la perfección de la pobreza evangélica no reside simplemente en la mera carencia de riquezas o bienes materiales (pobreza efectiva), sino en el desprendimiento y desapego voluntario de las mismas (pobreza afectiva): Todo lo tengo por pérdida a causa del sublime conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por cuyo amor todo lo sacrifiqué y lo tengo por basura, con tal de ganar a Cristo (Flp 3,8).
  4. El consejo evangélico de pobreza, a imitación de Cristo, implica una vida pobre de hecho y de espíritu, esforzadamente sobria y desprendida de las riquezas terrenas, y lleva consigo la dependencia y la limitación en el uso y disposición de los bienes, según las Constituciones[81]. Gracias a esta renuncia a los bienes temporales, el voto de pobreza se vuelve un culto incesante a la divina Providencia, ya que se tiene la certeza de que “el peligro corporal no amenaza a aquellos que, con la intención de seguir a Cristo, abandonan todas sus cosas, confiándose a la divina Providencia”[82]. Aquel Padre lleno de bondad que se ocupa de los pájaros y de las flores del campo[83], no abandonará a los que con tanta confianza se entreguen a Él.
  5. Asimismo, la práctica de este voto constituye el máximo signo de humildad: “en aquel que es voluntariamente pobre, así como lo fue Cristo, la misma pobreza es indicio de máxima humildad”[84].
  6. Por otra parte, la pobreza asumida por Cristo aumenta la libertad de espíritu y el espíritu de príncipe que por su consagración debe poseer el religioso: “Ello es un bien que todos los bienes del mundo encierra en sí; es un señorío grande. Digo que es señorear todos los bienes de él otra vez a quien no se le da nada de ellos”[85].
  7. De aquí que el religioso no deba servirse de cosa alguna como si fuese de su propiedad o con el corazón apegado a eso, no disponiendo de nada sin permiso del Superior, y viviendo siempre pobremente. De este modo se imitará mejor a Jesucristo “pobre en su nacimiento, más pobre en su vida y pobrísimo en la Cruz”[86].
  8. Enseña nuestro Señor Jesucristo: vended vuestros bienes… haceos bolsas que no se desgasten… acumulad un tesoro inagotable en el cielo… donde tengáis vuestro tesoro allí estará vuestro corazón (Mt 6,20-21). Estas palabras han resonado un día en nuestro corazón y decidi­mos, por gracia del Espíritu Santo, seguir a Cristo pobre mediante el voto de pobreza. La pobreza religiosa puede practicarse con mayor o menor perfección. Hay cuatro grados principales:
    a) Abstenerse de poseer algo como si fuera propio o de hacer sin permiso cualquier acto de propiedad: es la materia obligatoria del voto, cuyo incumplimiento, por pequeño que sea, constituye siempre pecado, grave o leve según los casos.
    b) Privarse de lo superfluo (aun de la apariencia de lujo o riqueza), contentándose con lo necesario, sin que el corazón se apegue a ello. Su incumplimiento no quebraría el voto, pero sí la virtud de la pobreza.
    c) Preferir para su uso y escoger, cuando se pueda, lo de menos valor, lo menos agradable, lo más incómodo. Aceptar gustosos, y aun pedir, los oficios más bajos, los destinos más difíciles… lo que nos hace parecernos más a los pobres. Recién aquí comienza la perfección de la pobreza.
    d) Aceptar con alegría, por amor a Dios, las privaciones, aun en las cosas necesarias, por la santa pobreza. Gloriarnos como San Pablo, en hambre y sed, en privaciones de todo género, en frío y desnudez (2 Co 11,27). De San Francisco de Asís se decía que “nadie tan ambicioso de oro como él celoso de la pobreza…”[87]. Este grado constituye la perfección de la pobreza.
  9. Todavía puede practicarse más intensamente el cuarto grado de pobreza, conquistando así el desprendimiento total, no sólo de los bienes materiales –objeto propio de la virtud de la pobreza– sino de todo cuanto no sea el mismo Dios, lo que supone la perfección de la caridad y la santidad completa y consumada. Como dice San Juan de la Cruz, “amar es despojarse por Dios de todo lo que no es Dios”[88]. A quien alcanza esta disposición ya no le importará nada,
    – de la estima y buena opinión de los hombres,
    – de la salud y fuerzas corporales,
    – de los cargos u oficios que puedan darle o quitarle,
    – de los sucesos prósperos o adversos que puedan sucederle,
    – de morir joven o viejo.
    “Viva como si no hubiese en este mundo más que Dios y ella (el alma), para que no pueda su corazón ser detenido por cosa humana”[89]. Y “nada, nada hasta dejar la piel y lo restante por Cristo”[90]; “… Cuando con propio amor no lo quise, dióseme todo sin ir tras de ello… después que me he puesto en nada, he hallado que nada me falta”[91]. En definitiva, debemos amar todo lo que Dios quiere que amemos, sin ser esclavos de nuestros afectos a las creaturas, es decir, amar sin encadenarnos, poseer sin quedar presos, usar sin goces egoístas, conservar la completa independencia, buscar en todo y por todo la gloria de Dios.
  10. Hacemos nuestra la instrucción que dio Fray Francisco de los Ángeles a los doce apóstoles de México, previniéndoles que irían “a su viña no alquilados por algún precio, como otros, sino como verdaderos hijos de tan gran Padre, buscando no vuestras propias cosas, sino las que son de Jesucristo… El cual deseó ser hecho el postrero y el menor de los hombres, y quiso que vosotros, sus verdaderos hijos fueseis postreros, acoceando la gloria del mundo, abatidos por vileza, poseyendo la muy alta pobreza, y siendo tales que el mundo os tuviese en escarnio y vuestra vida juzgase por locura, y vuestro fin sin honra: para que así hechos locos al mundo convirtieseis a ese mismo mundo con la locura de la predicación. Y no os turbéis porque no sois alquilados por precio, mas antes enviados sin promesa de soldada”[92].
  11. En cuanto a los bienes personales se establece lo siguiente[93]:
    – Los profesos de votos temporales conservan la capacidad de poseer bienes patrimoniales, pero no de administrarlos. Por lo cual antes de emitir la primera profesión harán cesión de la administración de sus bienes a quien deseen y dispondrán libremente sobre su uso y usufructo.
    – Todo lo que un religioso gane con su propio trabajo o por razón del Instituto, como lo que perciba en concepto de pensión, subvención, o seguro, lo adquiere para el Instituto.
    – Todo religioso del Instituto, antes de la profesión perpetua, hará testamento válido según el derecho civil.
    – Los religiosos del Instituto deben aspirar a vivir la pobreza en grado máximo y absoluto para mejor y más radicalmente imitar a Cristo pobre. Para ello todo religioso podrá voluntariamente renunciar a sus bienes presentes y futuros, inmediatamente antes o después de la profesión perpetua. Esta total renuncia se haga en modo que sea válida también, si es posible, en el derecho civil. El profeso que haya renunciado a todos sus bienes pierde la capacidad de adquirir y poseer, por lo que son nulos sus actos contrarios al voto de pobreza. Lo que adquiera después de la renuncia pertenecerá al Instituto.
  12. El Instituto debe proporcionar a sus miembros todos los medios necesarios, según las Constituciones, para alcanzar el fin de su vocación[94].

Artículo 4: El voto de obediencia

  1. Siguiendo el ejemplo del Verbo Encarnado, los miembros del Instituto se entregan a Dios totalmente por el voto de obediencia, mediante el cual el religioso hace don de su voluntad.
  2. … aprendió por sus padecimientos qué es la obediencia (Hb 5,8). “Dice aprendió qué es la obediencia, esto es, cuán grave es obedecer, porque Él mismo obedeció en las cosas más graves y más difíciles: hasta la muerte de la cruz[95]. Y así muestra cuán difícil es el bien de la obediencia. Porque los que no son expertos en la obediencia, y no la han aprendido en las cosas más difíciles, creen que obedecer es muy fácil. Pero para que sepas qué sea la obediencia, es necesario que aprendas a obedecer en las cosas más difíciles, y el que no aprende obedeciendo a estar sometido, jamás sabrá mandar bien cuando deba mandar”[96]. Por ello, obedezca el que obedece y será bueno el que manda.
  3. Con el voto de obediencia se obliga a someter la propia voluntad a los Superiores legítimos, que hacen las veces de Dios cuando mandan algo según las Constituciones[97]. Se compromete el religioso a obedecer en todo lo referente a la vida religiosa y apostólica al Superior, imitando en esto a Jesucristo, hecho obediente hasta la muerte y muerte de cruz (Flp 2,8). De esta manera el religioso se vuelve dócil al Espíritu Santo y tiene constantemente el alma pronta para todo lo que Dios disponga: Os rogamos, hermanos, que acatéis a los que se afanan entre vosotros presidiéndoos en el Señor y amonestándoos, y que tengáis con ellos la mayor caridad por su labor (1 Ts 5,12-13).
  4. En el Superior el religioso debe ver a quien hace las veces de Jesucristo, como se nos enseña: Obedeced a vuestros jefes y estadles sujetos, que ellos velan sobre vuestras almas, como quien ha de dar cuenta de ellas, para que lo hagan con alegría y sin gemidos (Hb 13,17). Tal obediencia es el elemento esencial de la vida religiosa, ya que el estado religioso es un aprendizaje y ejercicio para alcanzar la perfección, y en este aprendizaje se requiere el sometimiento a la dirección de otro. Este voto ofrece a Dios el bien más excelente, que es la propia voluntad; contiene en sí los otros votos, que se realizan por obediencia; y se refiere propiamente a los actos más relacionados con el fin de la vida religiosa, puesto que nadie es religioso sin este voto, aunque haya hecho los demás[98].
  5. Algunos, desgraciadamente, movidos por espíritu propio, carnal o mundano, no obedecen bien: “No pocos viven bajo obediencia más por necesidad que por caridad; estos tales se sienten habitualmente afligidos y con facilidad se entregan a la murmuración. Y es evidente que no conseguirán la libertad de espíritu, a menos que se sometan de todo corazón, por amor de Dios”[99]. Al sustraerse de la obediencia se sustraen de la gracia: “quien trata de sustraerse al yugo de la obediencia se sustrae por lo mismo al orden de la gracia; y el que desea tener un bien individual malogra el colectivo. El que no se sujeta con gusto y espontáneamente a la autoridad da muestras de que tampoco su carne le obedece todavía a él perfectamente, sino que muchas veces se muestra recalcitrante y murmura. Aprende, pues, a someterte con presteza a tu superior, si quieres tener sujeta tu propia carne”[100]. No debemos olvidarnos nunca que “la obediencia es el aroma del sacrificio… Aunque fueran los Superiores en verdad ineptos por sí mismos para la altura de su cargo, defectuosos –dicho sea únicamente para hacerme comprender– y hasta repugnantes; se adquiriría un mérito mayor, se estaría más seguros de obedecer a Dios al obedecerles. Porque los defectos de los Superiores hacen infinitamente más meritoria y grata a Dios la obediencia: pues no se deben absolutamente tener en cuenta las cualidades humanas al obedecer, ni si la orden es razonable, sino si es razonable la obediencia. Si ponemos como base de nuestra sumisión la razonabilidad de lo ordenado se destruye la misma obediencia. Nosotros debemos anonadarnos a los pies de la Iglesia y de los Superiores y obedecer por amor a Cristo y ser como estropajos… que nadie jamás nos supere en obediencia filial, en obsequiosidad y amor al Papa y a los Obispos, a quienes el Espíritu Santo ha puesto para gobernar la Iglesia de Dios”[101]. Lo mismo enseña San Juan de la Cruz: “Jamás mires al prelado con menos ojos que a Dios, sea el prelado que fuere, pues le tienes en su lugar. Y advierte que el demonio mete mucho aquí la mano. Mirando así al prelado es grande la ganancia y el aprovechamiento, y sin esto grande la pérdida y el daño. Y así con grande vigilancia vela en que no mires en su condición, ni en su modo, ni en su traza, ni en otras maneras de proceder suyas; porque te harás tanto daño, que vendrás a trocar la obediencia de divina en humana, moviéndote o no te moviendo sólo por los modos que ves visibles en el prelado, y no por Dios invisible, a quien sirves en él… si esto no haces con fuerza, de manera que vengas a que no se te dé más que sea prelado uno que otro, por lo que a tu particular sentimiento toca, en ninguna manera podrás ser espiritual ni guardar bien tus votos”[102].
  6. Debemos ser religiosos verdaderamente obedientes, prestando atención a lo que dice San Juan Bosco: “Si vosotros cumplís la obediencia del modo indicado os puedo asegurar, en nombre del Señor, que pasaréis en la congregación una vida tranquila y feliz. Pero al mismo tiempo debo advertiros que desde el día en que, dejando de lado la obediencia obréis sólo según vuestro capricho, comenzaréis a sentiros pesarosos de vuestro estado. Si en las varias congregaciones religiosas se hallan descontentos y hasta algunos para quienes la vida de comunidad es de gran peso, obsérvese con atención, y se verá que esto proviene de la falta de obediencia”[103]. Debemos grabar en nuestro corazón la máxima de San Francisco de Sales: “Todo es seguro en la obediencia y todo es sospechoso fuera de ella”[104].
  7. Esta obediencia implica tres grados:- Primer grado: ante todo, obediencia de ejecución, que consiste en realizar la orden mandada, aun sin sometimiento interno.
    – Segundo grado, obediencia de voluntad, o sea la sumisión interior, que acomoda la voluntad del inferior a la del Superior sin dificultad, con amor y valentía.
    – Tercer grado, obediencia de juicio, por la cual se conforma el juicio interior con el del Superior, rindiendo también nuestra inteligencia, fuera del caso en que lo contrario se manifieste con certeza evidente.
  8. Esta obediencia es todo lo contrario, tanto de la obediencia “crítica”, que obedece en medio de la murmuración y la queja, y del “espíritu de oposición”, que forma grupos o bandos de oposición a cuanto ordene el Superior; como del servilismo y la obediencia farisaica que, con mezcla de cobardía e hipocresía, muestra una voluntad vencida pero no sumisa, incluso pretendiendo llevar al Superior a aquello que el súbdito busca.
  9. Además de la dependencia y sumisión a la que estamos obligados por el Bautismo respecto al Romano Pontífice, nos obligamos, en virtud del voto de obediencia, a obedecerlo por un nuevo título, como a nuestro Superior Supremo, conforme al canon 590 § 2: “Cada uno de sus miembros está obligado a obedecer al Sumo Pontífice, como a su Superior Supremo, también en virtud del vínculo sagrado de obediencia”. Los miembros del Instituto están sujetos también a la potestad de los obispos, a los cuales han de seguir con piadosa sumisión y respeto en lo que se refiere al cuidado de las almas, al ejercicio público del culto divino y a otras obras de apostolado, a tenor del derecho. En el ejercicio del apostolado externo los religiosos están sujetos también a sus Superiores propios y deben permanecer fieles a la disciplina del Instituto[105].
  10. Será siempre excepcional el mandar “bajo obediencia” y sólo tendrá valor cuando el Superior legítimo lo haga por escrito o delante de dos testigos. Se considera que los Superiores mandan en virtud del voto al emplear fórmulas como “en virtud de santa obediencia”, “bajo precepto formal” u otras semejantes, o cuando en la manera de ordenar u otras circunstancias se manifiesta claramente que ése es su deseo.

Artículo 5: El voto de consagración a María

  1. Este cuarto voto que hacemos, junto a los de castidad, pobreza y obediencia, implica una total entrega a María para servir mejor a Jesucristo. Por ello implica un doble aspecto:

    a) Materna esclavitud de amor
  2. Esta consagración a María es hecha como “materna esclavitud de amor”, según el modo admirablemente expuesto por San Luis María Grignion de Montfort. Tal esclavitud es llamada por él “esclavitud de voluntad” o “de amor”[106], ya que libre y voluntariamente, sólo movida por el amor, hacemos ofrenda de todos nuestros bienes y de nosotros mismos a María, y por Ella a Jesucristo. Esto no es sino renovar, más plena y conscientemente, las promesas hechas en el Bautismo, en el cual fuimos revestidos de Cristo[107], y en la profesión religiosa. Y, además, por esta esclavitud de amor se hace patente el dominio y la providencia maternal que tiene María sobre todas las cosas, pero especialmente sobre las almas fieles, según lo cual expresa San Buenaventu­ra: “Esclava de María Reina es cualquier alma fiel, incluso la Iglesia universal”[108]. Y afirma San Juan Pablo II: “… la entrega a María tal como la presenta San Luis María Grignion de Montfort es el mejor medio de participar con provecho y eficacia de esta realidad para extraer de ella y compartir con los demás unas riquezas inefables… Veo en ello (la esclavitud de amor) una especie de paradoja de las que tanto abundan en los Evangelios, en las que las palabras ‘santa esclavitud’ pueden significar que nosotros no sabríamos explotar más a fondo nuestra libertad… Porque la libertad se mide con la medida del amor de que somos capaces”[109].
  3. Por esta esclavitud de amor, no sólo ofrecemos a Cristo por María nuestro cuerpo, nuestra alma y nuestros bienes exteriores, sino incluso nuestras buenas obras, pasadas, presentes y futuras, con todo su valor satisfactorio y meritorio, a fin de que Ella disponga de todo según su beneplácito[110], seguros de que por María, Madre del Verbo Encarnado, debemos ir a Él, y que Ella ha de formar “grandes santos”[111].

    b) Marianizar la vida
  4. Fruto de la consagración a la Santísima Virgen y su consecuencia natural es el marianizar toda la vida. Para ello es preciso, en primer lugar, hacer todo por María, lo cual nos indica el medio, y tal es la fusión de intenciones. Nada hay que la Madre de Dios se reserve para sí, sino que en todo nos dice y enseña, como a los servidores de Caná: haced lo que Él os diga (Jn 2,5).
  5. En segundo lugar, hay que hacer todo con María, en lo cual se expresa la compañía y el modelo que debe guiar “todas nuestras intenciones, acciones y operaciones”[112], puesto que Ella es la obra maestra de Dios. Aquí, pues, se nos muestra lo que debemos imitar. Si el Apóstol decía: Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo (1 Co 11,1), ¡con cuánta mayor razón podrá afirmarse esto de la Virgen, en quien ha hecho maravillas el Todopoderoso, cuyo Nombre es santo![113]. “Mientras que la Iglesia en la Santísima Virgen ya llegó a la perfección, por lo que se presenta sin mancha ni arruga, los fieles… levantan sus ojos hacia María, que brilla ante toda la comunidad de los elegidos como modelo de virtudes”[114].
  6. En tercer lugar, es necesario obrar en María, vale decir, en íntima unión con Ella, y con esto se muestra la permanencia y unidad que ha de darse entre el consagrado y la Madre de Dios. El que ama está en el amante: tal es la propiedad del amor ardiente, que tiende de suyo a una mutua compenetración, cada vez más profunda y más sólida. De este modo se imita al Verbo Encarnado, que quiso venir al mundo y habitar en el seno de María durante nueve meses, y se hace efectivo su mandato y donación póstuma: Dijo al discípulo: He aquí a tu Madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa (Jn 19,27).
  7. Finalmente, es preciso hacer todo para María. La Santísima Virgen, subordinada siempre a Cristo según el designio eterno del Padre, debe ser el fin al cual se dirijan nuestros actos, el objeto que atraiga el corazón de cada consagrado y el motivo de los trabajos emprendidos. María es “el fin próximo, el centro misterioso y el medio fácil para ir a Cristo”[115].
  8. Todo fiel esclavo de Jesús en María debe, por tanto, invocarla, saludarla, pensar en Ella, hablar de Ella, honrarla, glorificarla, recomendarse a Ella, gozar y sufrir con Ella, trabajar, orar y descansar con Ella y, en fin, desear vivir siempre por Jesús y por María, con Jesús y con María, en Jesús y en María, para Jesús y para María.

PARTE 5: VIDA COMUNITARIA
 

CAPÍTULO 1: DE LAS COMUNIDADES


Artículo 1: Importancia

  1. Aunque es muy cierto, en un sentido, que la vida comunitaria es máxima penitencia[116], es también muy cierto que, si en matemáticas uno más uno son dos, un hombre más otro hombre son dos mil. Un hombre junto con otro en valor y en fuerza crece, el temor desaparece, y escapa de cualquier trampa.
  2. La hermosura y los bienes de la vida fraterna en común son mucho más grandes que las dificultades que conlleva: ¡Oh cuán bueno y cuán dulce es el vivir los hermanos unidos! (Sal 133,1).
  3. Es justamente por la vida fraterna por la que nos mostramos, unidos en Cristo –todos vosotros sois uno en Cristo Jesús (Ga 3,28)–, como una Familia Religiosa peculiar. Y esto debe realizarse de tal manera que sea para todos una ayuda en el cumplimiento de la propia vocación personal. Por la comunión fraterna[117], enraizada y fundamentada en la caridad, los miembros han de ser ejemplo de la reconciliación universal en Cristo. Digamos que hemos de ser como “una Iglesia doméstica”[118].

Artículo 2: Esencia

  1. En nuestras comunidades debemos tratar de vivir lo que es la esencia del Reino que Jesucristo vino a inaugurar en la tierra: El Reino de Dios… es justicia, alegría y paz en el Espíritu Santo (Ro 14,17). Cosas éstas que se identifican con la santidad, que es lo que, en última instancia, hace que nuestras comunidades sean auténticas. Cuando no existe, no hay ley, ni Superior, que pueda evitar la disgregación, como decía San Pío X: “Donde falta la santidad, inevitable es que entre la corrupción”[119].

Artículo 3: Justicia

  1. Queremos que la justicia, que da a cada uno lo suyo: a Dios latría, al Superior veneración y obediencia, al igual respeto, al inferior servicio, a todos –según medida– caridad; esa virtud tan hermosa que ni el lucero de la mañana ni el vespertino pueden serle comparados en belleza; resplandezca en nuestras comunidades. Dice el Papa San Juan Pablo II que para San Gregorio VII la justicia es “el orden de Dios en el mundo; ella comporta que todas las cosas humanas, desde las más pequeñas hasta las más grandes, estén ordenadas según la voluntad y la ley de Dios, que el hombre no sea deformado por el pecado, sino plasmado a imagen de Dios”[120].

Artículo 4: Alegría

  1. Respecto a la alegría, como fruto del Espíritu Santo y efecto de la caridad, hay que tratar, por todos los medios, que “nadie sea disturbado o entristecido en la casa de Dios”[121]. Para ello es totalmente imprescindible vivir la caridad fraterna: “Esto es: tengan por más dignos a los demás (Ro 12,10); soporten con paciencia sin límites sus debilidades, tanto corporales como espirituales; pongan todo su empeño en obedecerse los unos a los otros; procuren todos el bien de los demás, antes que el suyo propio; pongan en práctica un sincero amor fraterno; vivan siempre en el temor y amor de Dios; amen a su Abad [Superior] con una caridad sincera y humilde; no antepongan nada absolutamente a Cristo, el cual nos lleve a todos juntos a la vida eterna”[122].
  2. De tal modo debería vivirse la caridad fraterna que al ver nuestra vida se dijese: “¡Mirad cómo se aman entre sí y cómo están dispuestos a morir unos por otros!”[123], o, como también se decía de los primeros cristianos, “se aman aun antes de conocerse”[124]. Y no se crea que esto es una utopía, que muchas veces ya hemos escuchado expresiones parecidas. Debemos tener el firme propósito de salvar siempre la caridad, a pesar de que pueda haber falsos hermanos[125], que se entrometen para espiar la libertad que tenemos en Cristo Jesús (Ga 2,4), que parecen estar con nosotros, pero que no son de los nuestros[126]. ¡La caridad no morirá jamás! (1 Co 13,8). De cada uno de nosotros se debería poder hacer la biografía reemplazando la palabra “caridad” por nuestro nombre en el himno de San Pablo a los Corintios, donde describe con dos características generales, ocho notas negativas y cinco positivas, lo que debe ser el amor fraterno: El amor es longánime, es benigno; no es envidioso, no es jactancioso, no se hincha, no es descortés, no busca lo suyo, no se irrita, no piensa mal, no se alegra de la injusticia; se complace en la verdad, todo lo excusa, todo lo cree, todo lo tolera, todo lo espera (1 Co 13,4-7). “El amor es formalmente la vida del alma, como el alma es la vida del cuerpo”[127].

Artículo 5: La paz

  1. Respecto a la paz, es también fruto del Espíritu Santo y efecto de la caridad, porque por ella ordenamos a Dios todos nuestros afectos, y este orden implica la paz. Las almas disipadas no se dejan guiar por el Espíritu Santo, ni viven, por tanto, en la paz de Cristo. Esta paz es uno de los tantos beneficios que Nuestro Señor trajo al mundo, y es efecto de su Pasión redentora: quiso el Padre… reconciliar por Él consigo todas las cosas… haciendo la paz por la sangre de su Cruz con todos los seres, así del cielo como de la tierra (Col 1,19-20).
  2. Esta paz interior la alcanza el hombre cuando elimina la pugna dentro de sí, dada a veces por la lucha entre la carne y el espíritu[128], o por la lucha en la voluntad de dos amores contrarios.
  3. La paz puede ser falsa: esto ocurre cuando se pone en un bien aparente, o cuando se logra, por el medio que sea, hacer la voluntad propia. La paz que es verdadera será perfecta recién en la Patria del Cielo; en esta tierra es imperfecta, pero siempre podemos conservarla, aun en medio de las mayores contrariedades, de las mayores tribulaciones y de las mayores tragedias, conforme a la amonestación del Apóstol: Por nada os inquietéis… y la paz de Dios, que sobrepuja a todo entendimiento, guarde vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús (Flp 4,6-7). Conquistamos esta paz haciendo que el peso de nuestras almas sea el amor, por el cual nuestro corazón es llevado a lo que ama: “mi amor es mi peso”[129]. Si ese amor se pone en Cristo, allí se encuentra la paz, ya que Él es el fundamento de todo: todo fue creado por Él y para Él… todo subsiste en Él (Col 1,16-17). Y la paz debe buscarse dentro, no fuera, llenándonos de preocupaciones inútiles y llenando el corazón de resquemores contra todo lo que nos rodea, porque no depende la paz de nuestra alma de que desaparezcan los obstáculos exteriores, sino el afecto al pecado: ¿De dónde entre vosotros tantas guerras y contiendas? ¿No proceden de vuestras voluptuosidades, que luchan en vuestros miembros? (St 4,1). La paz debe buscarse dentro porque Dios es interior a nosotros: “Tú eras interior a mi más honda interioridad”[130].

Artículo 6: Capítulo de culpas[131]

  1. Confesaos, pues, mutuamente vuestros pecados y orad los unos por los otros para que seáis curados (St 5,16). Ayuda mucho para esto el “Capítulo de culpas” que se realiza, generalmente, todas las semanas. El fin de este ejercicio es humillar el espíritu y mortificar la carne, que así vuelve a descubrir sus propias debilidades.
  2. Deben acusarse solamente de las faltas exteriores, cometidas delante de otros, nunca de las puramente internas. La acusación debe ser sencilla, breve, sincera y sin callar nada, humilde y sin justificaciones, caritativa y sin acusar a nadie ni revelar defectos ajenos.
  3. Cada uno debe formarse mejor opinión que antes y profesar mayor estima por quien se acusa de sus faltas, aunque éstas sean humillantes, porque, si bien tiene que juzgarlo culpable, ahora, gracias a su confesión, advierte que es humilde, que ama la humillación y que con ésta ha borrado su falta.
  4. Fuera del capítulo de culpas no se debe hablar jamás de lo ocurrido en él.

Artículo 7: Corrección fraterna

  1. También la llamada corrección fraterna ocupa un lugar muy importante para edificar cada una de nuestras comunidades a ejemplo de la única Iglesia de Cristo. Es una obra de misericordia espiritual: corregir al que yerra. Es la advertencia (con la palabra, con un gesto, etc.) hecha al prójimo culpable (especialmente si lo es por ignorancia o negligencia) en privado y por pura caridad (no es corrección del Superior en cuanto juez, o judicial, ni en cuanto padre, o paterna), de hermano a hermano, para apartarle del pecado, sea sacándolo de él o evitando que lo cometa. “Todos los hermanos, tanto los ministros y servidores como los demás, eviten siempre enojarse o irritarse por el pecado o defecto del otro, ya que el diablo aprovecha la culpa de uno solo para echar a perder a muchos. En cambio, ayuden espiritualmente, como mejor puedan, al que pecó, porque no son los sanos quienes necesitan de médico, sino los enfermos”[132].
  2. Es obligación grave, ya que no sólo debemos ayudar al prójimo en sus necesidades materiales, sino también en las espi­rituales, además de que hay un mandato del Señor: si pecare tu hermano contra ti, ve y repréndelo a solas. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano (Mt 18,15). Esta correc­ción se refiere a los pecados mortales ya cometidos y a los veniales que por su fre­cuencia o consecuencias pueden llevar al pecado mortal. Y los pecados materiales cometidos con ignorancia invencible hay que corregirlos si producen escánda­lo, si hay peligro de contraer malos hábitos o si afec­tan al bien común. Debe hacerla todo el que tenga caridad y recto juicio racional, sea Superior o súbdito, aun cuando sea un pecador. Y de ordi­nario se hace a los iguales o inferiores, aunque a veces también a los Superiores, sin olvidar en el modo que son Superiores.
  3. Para que sea conveniente y obligatoria debe ser sobre materia cier­ta, y presentada manifiesta y espontáneamente; debe haber necesi­dad, pre­viéndose que el prójimo no se corregirá sin ella; debe ser útil, es decir, no ser contraproducente ni dudarse del éxito probable; debe ser posible, o sea, que pueda hacerse sin grave molestia o perjuicio del corrector, a menos que por oficio o piedad familiar deba hacerla; y, finalmente, debe ser oportuna, sopesando cuidadosamente tiempo, lugar y modo.
  4. En el modo debe ser:
    – caritativa: buscando sólo el bien del corregido y extre­mando la dulzura y suavidad de la forma: si alguno fuere hallado en falta… corre­gidle con espíritu de mansedumbre (Ga 6,1);
    – paciente: aunque no se obtengan enseguida resultados positi­vos, hay que volver una y otra vez, hasta que suene la hora de Dios, como la gota de agua que lenta y perseverante horada la piedra;
    – humilde: considerando siempre cómo lo haría Cristo en nuestro lugar, sin presunción ni altanería. Particularmente debe tenerse reveren­cia si se dirige al Superior[133];
    – prudente: elegir el momento y la ocasión, difiriéndo­lo si el culpable está turbado o delante de otros, encomendán­dolo a otro si lo fuese a hacer mejor, evitando en lo posible humillarlo;
    – discreta: no corregir todos los defectos, ni hacerla a cada momento y a propósito de todo –no hay que ser inquisido­res de la vida aje­na–, evitando el celo indiscreto;
    – ordenada: salvar la fama, en lo posible siguiendo el orden del Evangelio[134]: primero, en privado; luego, ante uno o dos testigos; y finalmente, ante el Superior, que comenzará por la correc­ción paternal y recu­rrirá a la judicial cuando no quede otro remedio. Si se duda de su efecti­vidad, o el pecado afecta al bien común, puede y debe invertirse este or­den.
  5. Por tanto, “roguemos que nos sean perdonadas cuantas faltas y peca­dos hayamos cometido… y aun aquellos que han encabezado sediciones y banderías deben acogerse a nuestra común esperanza. Pues los que proceden en su conducta con temor y caridad prefieren antes sufrir ellos mismos y no que sufran los demás; prefieren que se tenga mala opinión de ellos mismos, antes que sea vituperada aquella armonía y concordia que justa y bella­mente nos viene de la tradición… ¿Hay alguno lleno de caridad? Pues diga: si por mi causa vino la sedición, contienda y escisiones, yo me retiro y me voy a donde queráis, y estoy pronto a cumplir lo que la comunidad ordenare, con tal que el rebaño de Cristo se mantenga en paz…”[135].
CAPÍTULO 2: DE LOS SUPERIORES

Artículo 1: El uno rige los muchos

  1. Desde hace siglos que se descubrió el principio de unidad y de vida de las comunidades: “La multitud es gobernada mejor por uno que por muchos”[136]. Este principio de unidad es el Superior, en el cual deben brillar la justicia y la misericordia. Con relación a esto enseña Santo Tomás que: “Justicia sin misericordia es crueldad, misericordia sin justicia es la madre de la disolución”[137].

Artículo 2: Características del Superior

  1. Creemos que la mejor descripción de lo que debe ser un Superior general la trae San Ignacio de Loyola[138] y que, análogamente, vale para todo otro Superior:
  2. – Debe, en primer lugar, estar muy unido a Dios por la oración y por todas sus obras, ya que por él Dios bendice a los demás miembros. Debe impetrar a Dios todas las gracias para la comunidad.
  3. – Debe dar ejemplo a los demás, resplandeciendo en el ejercicio de las virtudes, en particular en la caridad y humildad. Por ello debe tener sujetas las pasiones, de modo que ni le sean obstáculo para ver y considerar claramente las cosas con su razón, ni en sus modos exterio­res o palabras deje de ser ocasión de edificación, tanto para los miembros del Instituto como para los demás. “¡Ay de los superiores que destruyen con el ejemplo lo que predican con la palabra!”[139].
  4. – Deben relucir en él la rectitud y severidad, para que sólo obre buscando agradar a Dios, junto con la benignidad y mansedumbre, a fin de que aun los reprendidos o castigados adviertan que obra movido por la caridad; asimismo la magnanimidad y fortaleza, para empezar obras grandes en servicio de Dios y perseverar hasta el fin en su realización, sufriendo las flaquezas de muchos, sin desfallecer por halagos o amenazas y manteniéndose por encima de los vaivenes de fortuna o de fracaso, teniendo el alma dispuesta a recibir la muerte, si fuese preciso, por el bien del Instituto al servicio de Jesucristo.
  5. – Debe estar dotado de gran entendimiento y juicio, de modo que ni en lo especula­tivo ni en lo práctico carezca de esta capacidad. Pero sobre todo, es fundamental que posea prudencia y discernimiento de espíritus, a fin de que advierta y subvenga a las necesidades, tanto espirituales como materiales, y que sea capaz de aconsejar y poner remedio.
  6. – Debe ser vigilante y cuidadoso para empezar las obras, y responsable para continuarlas y acabarlas, sin dejarlas negligentemente a mitad de camino.
  7. – Debe tener salud y edad suficientes para sobrellevar las responsabilidades que tal oficio requiere para gloria de Dios, así como también la experiencia necesaria. No debe ser de mucha vejez ni de mucha juventud, pues a la primera faltan fuerzas y a la segunda experiencia.
  8. – Debe tener de aquellas cosas externas que facilitan y ayudan para la edificación del prójimo y el servicio de Dios en este cargo, en particular el crédito y buena fama, tanto con los de dentro como con los de fuera.
  9. Por todo esto debe elegirse para esta función a los de más virtud y reconocidos méritos en nuestra Familia Religiosa. Y faltando, quizás, en algún caso, algunas de las características enumeradas, no debe faltar, en el Superior, bondad y amor al Instituto, junto con suficiente prudencia y ciencia, ya que lo demás podrá suplirse con el auxilio de Dios.

Artículo 3: La paternidad espiritual

  1. El sacerdote sobre todo debe ser padre, ya que engendra hijos por la cruz, por la oración, por el celo apostólico, por la predicación. En este ministerio Cristo fue el primero, por eso se lo llama Padre del siglo futuro (Is 9,5). Los demás sacerdotes son padres por participación de su Paternidad, son padres “por Él, con Él y en Él”.
  2. Pero para esto es necesario:
    – tener viva conciencia de la Paternidad Divina y de su Majestad, a quien todo pertenece;
    – no usurpar la gloria de Dios: los vínculos de la paternidad espiritual son más fuertes que los de la carne, pero no deben arrebatar a Dios lo que le pertenece: “la gloria de Dios sea para Dios”;
    – pedir el espíritu de padre, teniendo el Espíritu de su Hijo y amor puro para con Dios: “pedirle el espíritu de padre para con sus hijos que hubiéremos de engendrar”.
    De este modo el sacerdote se convierte en imagen visible de Dios Padre, a quien no vemos: A Dios nadie le ha visto jamás (Jn 1,18).
  3. Pero esta “dulce cosa de engendrar hijos” implica, necesariamente, la cruz: “los hijos que hemos por la palabra de engendrar no tanto han de ser hijos de voz cuanto hijos de lágrimas… A llorar aprenda quien toma oficio de padre”. El padre verdadero ha de morir a sí mismo en todo para que el hijo viva: “¿Quién contará el callarse que es menester para los niños, que de cada cosita se quejan, el mirar no nazca envidia por ver ser otro más amado, o que parece serlo, que ellos? ¿El cuidado de darles de comer, aunque sea quitándose el padre el bocado de la boca, y aun dejar de estar entre los coros angelicales por descender a dar sopitas al niño? Es menester estar siempre templado, porque no halle el niño alguna respuesta menos amorosa. Y está algunas veces el corazón del padre atormentado con mil cuidados, y tendría por gran descanso soltar las riendas de su tristeza y hartarse de llorar, y si viene el hijito ha de jugar con él y reír, como si ninguna otra cosa tuviera que hacer. Pues las tentaciones, sequedades, peligros, engaños, escrúpulos, con otros mil cuentos de siniestros que toman, ¿quién los contará? ¡Qué vigilancia para estorbar no venga a ellos! ¡Qué sabiduría para saberlos sacar después de entrados! ¡Paciencia para no cansarse de una y otra y mil veces oírlos preguntar lo que ya les han respondido, y tornarles a decir lo que ya se les dijo! ¡Qué oración tan continua y valerosa es menester para con Dios, rogando por ellos porque no se mueran! Porque si se mueren, créame, padre, que no hay dolor que a éste se iguale, ni creo que dejó Dios otro género de martirio tan lastimero en este mundo como el tormento de la muerte del hijo en el corazón del que es verdadero padre… Por tanto, a quien quisiere ser padre, conviénele un corazón tierno, y muy de carne, para haber compasión de los hijos, lo cual es muy gran martirio; y otro de hierro, para sufrir los golpes que la muerte de ellos da, porque no derriben al padre o lo hagan del todo dejar su oficio, o desmayar, o pasar algunos días en que no entienda sino en llorar”[140]. ¡He aquí el ideal del pastor! De aquí también que quienes “no tuvieron en nada el engendrar hijos espirituales, huyeron del trabajo de los criar”[141], son la antítesis del verdadero padre, son la negación del sacerdo­cio, como la paternidad es su plenitud.
CAPÍTULO 3: DE LOS SÚBDITOS

  1. Hay que saber que la comunidad se construye día a día, momento a momento. Siempre ha sido muy insidiada, v. gr., el caso de Fray Rufino con San Francisco de Asís –¡nada menos!–[142], y hoy día lo es mucho más. Digamos que tiene tribulaciones o tentaciones propias, unas generales, sobre todos los miembros; otras particulares, sea sobre los Superiores, sea sobre los súbditos.

Artículo 1: Dificultades generales

  1. Tentaciones generales o “estados” de tentación son, por ejemplo, cuando la comunidad, o gran parte de ella, no reconoce en la fe el don singular de la llamada y, por tanto, de la respuesta correspondiente; cuando no hay proyectos entusiastas para el futuro; cuando no hay empeños presentes exultantes de ideales; cuando no hay agradecimiento por los beneficios pasados; cuando merma en la comunidad la generosidad en la entrega y se va cayendo en el aburguesamien­to del confort desordenado; cuando se respira un clima de murmuración, de suspicacias, de crítica negativa, de pasiones desordenadas, de tensiones; en una palabra, cuando no se vive en la fe, la esperanza y la caridad, cuando no se busca la unidad en la verdad y en la caridad, cuando por el árbol de las dificultades se pierde de vista el bosque de las cosas que están bien, cuando se hace tormenta en un vasito de agua para llamar la atención, cuando falta el diálogo y la solidaridad…

Artículo 2: Dificultades particulares

  1. En los súbditos suelen darse tribulaciones cuando un miembro se cierra en sí mismo, busca egoístamente sus intereses y cae en alguna de las cuatro raíces del amor propio, a saber, juicio propio, voluntad propia, honor propio y gusto propio. Son los que tiran las piedras y esconden las manos, los que sólo ven la paja en el ojo ajeno y no ven la viga en el de ellos[143].
  2. Cuando el súbdito se cree muy importante considera que lo que sufre es muy grande, por eso exhorta San Pedro: No os sorprendáis como de un suceso extraordinario del incendio que se ha producido entre vosotros (1 P 4,12). “¡Mucho cuidado! No vayáis a creer –como los devotos orgullo­sos y engreídos– que vuestras cruces son grandes, que son prueba de vuestra fide­lidad y testimonio de un amor singular de Dios por voso­tros. Este engaño del orgullo espiritual es muy sutil e ingenio­so, pero lleno de vene­no. Pensad más bien que vuestro orgullo y delicadeza os llevan a considerar como vigas las pajas, como llagas las picaduras, como elefantes los rato­nes, una palabrita que se lleva el viento –una nadería en realidad– como una injuria atroz y un cruel aban­dono… ese volver y revolver deleitosa­mente los propios males, esa creencia luciferi­na de que sois de gran valía, etc.”[144].
  3. Cuando se cae en doblez de espíritu, entonces, aun sin saberlo, se incuban huevos de serpiente y se tejen telas de araña[145], imagen de la maldad y de la impotencia del hombre entregado a sí mismo, propio de aquellos que no obedecen a sus Superiores legítimos sino que, siendo díscolos, buscan “Superiores” a su gusto para seguir juzgando a partir de un principio “ajeno” a la comunidad y destruyen en sí el espíritu de comunión al poner un principio de unidad distinto del auténtico. Así empiezan a ver todo al revés: tener un mismo sentir (Ro 12,16; Flp 2,2) es obsecuencia; discernir juntos es injusticia; la caridad es debilidad; ejercer la autoridad, egolatría; confiar en la Providencia, imprudencia; la justicia es dureza; la obediencia, servilismo; que alguien sea padre, es porque se lo considera igual o más que Dios; la eutrapelia es relajamiento; la virginidad de corazón, imposible; la firmeza, intolerancia; la flexibilidad, componenda; decir la verdad, mentira; hacer el bien, un mal; y así el que tiene otro espíritu se entristece con lo que la comunidad se alegra, y se alegra con lo que entristece a la comunidad, cayendo en aquello de Isaías: ¡Ay de los que llaman al mal bien y al bien mal, que consideran las tinieblas luz y luz las tinieblas, y ponen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo! (Is 5,20).
  4. Cuando se hace “acepción de personas” y se escamotea el espíritu de los votos, con amores desordenados consentidos, manejo de bienes sin permiso, desobediencias conscientes, se destruye la vida comunitaria. La acepción de personas es un tipo de injusticia expresamente prohibido en la Sagrada Escritura: no haréis acepción de personas (Dt 1,17), puesto que en Dios no hay acepción de personas (Ef 6,9).
  5. Más particularmente hay tentaciones contra los Superiores, sea buscando rebajar su autoridad o su credibilidad, sea para que no se los oiga o para que no dirijan. Zacarías había profetizado: Hiere al pastor y se dispersarán las ovejas (Za 13,7), palabras que antes de su Pasión cita el Señor[146] como causa de la huida y dispersión de los discípulos.
  6. ¿Cómo se hiere a los Superiores? De muchas maneras: impidiendo que hablen, tratando de que los súbditos no entiendan lo que hablan o que lo entiendan al revés, obstaculizando el camino de las ovejas a ellos encomendadas a los buenos pastos (a la conversión, a la perfección, etc.), atentando contra su capitali­dad –ya que va delante de ellos (Jn 10,4)–, asustándolos para que dejen las ovejas y huyan, buscando que no conozcan a los súbditos y éstos no los conozcan a ellos, distrayéndolos con cosas menores para que no se ocupen de las importantes, presionándolos para que no den la vida por las ovejas, etc.
  7. Hay tentaciones que atacan directamente a las ovejas. Ello ocurre cuando los súbditos no escuchan con docilidad a los Superiores, cuando de palabra dicen obedecer pero de hecho no obedecen, cuando se excusan acusando a los Superiores, cuando actúan como cabilderos, o sea, gestionando con actividad y maña para ganar voluntades con el fin de alcanzar sus proyectos personales, generalmente formando grupo o camarillas para influir subrepticiamente –de manera oculta y a escondidas– y tratar de obtener lo que, suponen a veces, de otro modo no se conseguiría.
  8. Finalmente, queda claro que todo esta nómina de anormalidades y cuantas más se pudieren denunciar, se debe, en última instancia, a la falta de santidad. Cuando un alma ama de verdad, toda dificultad se le hace ligera y le es ocasión de ganar méritos para la vida eterna: Mi yugo es suave y mi carga ligera (Mt 11,30); por el contrario, cuando alguien no ama, lo más ligero se le hace insoportable.
CAPÍTULO 4: CONSTRUIR LA COMUNIDAD

  1. A nuestro modo de ver, los pilares sobre los cuales deben edificarse nuestras comunidades religiosas no son otros que los fines a los que apuntan los distintos aspectos de la formación integral de nuestros miembros (ver Parte VII):

Artículo 1: Virtudes humanas

  1. Ante todo esta formación debe fundamentarse en aquella “perfección humana que brilla en el Hijo de Dios y se transparenta con singular eficacia en sus actitudes hacia los demás”[147], a fin de servirles de puente y no de obstáculo para encontrar a Dios, conociendo en profundidad el alma humana, intuyendo sus dificultades y problemas, facilitando el encuentro y el diálogo, obteniendo la confianza y colaboración, expresando juicios serenos y objetivos. En otras palabras, hay que tratar de formar personalidades equilibradas, sólidas y libres, capaces de llevar el peso de responsabilidades, que amen la verdad y la lealtad, respeten a las personas, tengan sentido de justicia, sean fieles a la palabra dada, tengan verdadera compasión, sean coherentes, y, en particular, de juicio y de comportamiento equilibrados[148].
  2. Hay que tener capacidad para relacionarse con los demás, no ser arrogante ni polémico, sino sincero en las palabras y en el corazón, prudente y discreto, generoso y disponible para el servicio, capaz de ofrecerse personalmente y de suscitar en todos relaciones leales y fraternas, con disposición a comprender, perdonar y consolar[149]. Se requiere gran madurez afectiva, ya que “no se puede vivir sin amor”[150], y una educación de la sexualidad tal que favorezca la estima y el amor a la castidad, sabiendo incluir dentro de las relaciones humanas serena amistad y profunda fraternidad, y sobre todo un gran amor, vivo y personal, a Jesucristo. Cuando falta esto, es imposible formar comunidad, asimismo cuando hay graves falencias humanas y no se ponen los medios para salir de ellas.
  3. También se debe saber vivir en madura libertad responsable y con una delicada, no escrupulosa, conciencia moral.

Artículo 2: La vida de oración

  1. Sobre todo se funda la comunidad en una vida espiritual intensa[151]: la Misa diaria, la adoración al Santísimo Sacramento, el rezo de la Liturgia de las horas, la Liturgia penitencial semanal[152], el capítulo semanal, el rezo diario del Santo Rosario y del Ángelus, el Vía Crucis, el uso del escapulario, etc.
  2. Lo principal, lo más importante que debemos hacer cada día, es participar del Santo Sacrificio de la Misa. Es el acto principal de culto, el sacrificio de alabanza que da a Dios gloria infinita. En ella Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, perpetúa en los altares de todo el mundo su Sacrificio redentor, de manera que los efectos de su Pasión alcancen a todos los hombres de todos los tiempos. La Santa Misa es el acto litúrgico por excelencia, y “la liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza”[153], de ella “deriva hacia nosotros la gracia… y se obtiene con la máxima eficacia aquella santificación de los hombres en Cristo y aquella glorificación de Dios a la cual las demás obras de la Iglesia tienden como a su fin”[154]. Téngase gran aprecio por la Misa concelebrada por los miembros de la comunidad.
  3. “El cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales y que Jesucris­to, Sumo Sacerdote, introdujo en este destierro ha sido continuado fiel y constantemente por la Iglesia”[155]. Este cántico de alabanza constituye la Liturgia de las horas, en la que la “función sacerdotal (de Cristo) se prolonga a través de su Iglesia, que sin cesar alaba al Señor e intercede por la salvación de todo el mundo…”[156]. La Liturgia de las horas, “fuente de piedad y alimento de la oración personal”[157], debe realizarse con la convicción de que “todos aquellos que ejercen esta función… mientras alaban a Dios, están ante su trono en nombre de la Madre Iglesia”[158]. En esta oración, “complemento necesario del acto perfecto del culto divino que es el Sacrificio eucarístico”[159], es necesario “que… reconozcamos nuestra propia voz en Cristo y su propia voz en nosotros”[160]. De ser posible hay que realizar en común el rezo de Laudes y Vísperas.
  4. En especial debemos tratar de mantener la exposición y adoración del Santísimo Sacramento durante una hora diaria –en la medida de las posibilidades–, así como la adoración perpetua en cada Provincia y distributivamente en cada casa, puesto que adorar al Santísimo Sacramento es “el acto más excelente, pues comparte la vida de María en la tierra, cuando le adoraba en su seno virginal, en el pesebre, en la Cruz o en la divina Eucaristía. El acto más santo, ya que es éste el ejercicio perfecto de todas las virtudes: fe, la cual es perfecta y completa cuando adora a Jesucristo oculto, velado y como anonadado en la Sacratísima Hostia; esperanza, ya que para que pudiésemos esperar pacientemente el cielo de la gloria, y para conducirnos a él, creó Jesucristo el hermoso cielo de la Eucaristía; caridad, pues como el amor es toda la ley, toda ella se cumple al adorar a nuestro Dios y Señor en el Santísimo Sacramento con toda la mente, todo el corazón, toda el alma y con todas las fuerzas; adorando también se puede practicar la caridad perfecta para con el prójimo, orando por él e implorando en su favor las gracias y misericordias del Salvador. El acto más justo: adoramos a Jesucristo por aquellos que no le adoran, le abandonan, le olvidan, le menosprecian y le ofenden”[161].
  5. Con el rezo del Santo Rosario, preferentemente diario, meditamos la obra de la Redención consumada por Jesucristo, a la que asoció a su Madre. “El Santo Rosario es un sacrificio de alabanza a Dios por el beneficio de nuestra Redención y un devoto recuerdo de los sufrimientos, muerte y gloria de Jesucristo”[162]. “Se ha visto, por experiencia, que aquellos y aquellas que… tienen grandes señales de predestinación, aman, gustan y recitan con placer el Avemaría, y que, cuanto más son de Dios, más aman esta oración… No sé cómo sucede esto, ni por qué; pero, sin embargo, es verdadero; y no poseo secreto mejor para conocer si una persona es de Dios, que examinar si ama rezar el Avemaría y el Rosario”[163]. El Rosario es un “compendio del Evangelio”[164], “oración evangélica centrada en el misterio de la Encarnación redentora”, y en él “la repetición letánica del ‘Dios te salve, María…’ se convierte también en alabanza a Cristo”[165].
  6. Asimismo, otra práctica de piedad y de veneración a la Santísima Virgen que debe caracterizarnos es el Ángelus, por el que “mientras conmemoramos la Encarnación del Hijo de Dios pedimos ser llevados por su Pasión y cruz a la gloria de la Resurrección”, y en el que se dan, como elementos esenciales, “la contemplación del misterio de la Encarnación del Verbo, el saludo a la Virgen y el recurso a su misericordiosa intercesión”[166]. El rezo del Ángelus debe servirnos “para renovar la conciencia del misterio de la Encarnación del Hijo de Dios”[167].

Artículo 3: La vida intelectual

  1. Asimismo, es motivo de encuentro la tarea intelectual, sea en la preparación consciente e inteligente de la homilía dominical, en el estudio de los casos de moral que pueden presentarse, de ascética y mística, de los planes pastorales. Para ello es necesario saber lograr el silencio y recogimiento, el uso adecuado de la bibliografía necesaria: “Para los santos, el estudio era oración y contemplación”[168]. ¿Por qué algunos que aparentemente estudiaban mucho se equivocaron? Dice San Agustín que “no conocieron el camino (que es el Verbo) para descender desde sí mismos hacia Él, para poder ascender hasta Él. Ignorando, pues, este camino, se creen excelsos y luminosos como los astros, cuando en realidad se han venido a tierra y se ha oscurecido su corazón (Ro 1,21) No buscan con espíritu de piedad al Artífice del universo, y por eso no lo encuentran, porque es vanidad hacer profesión de estas cosas mundanales, pero es piedad el confesarte a Ti”[169].
  2. A propósito de este aspecto, debe alentarse toda forma ordenada de acceso a la cultura universal, de manera especial, el conocimiento de los que son considerados los grandes maestros en literatura, pintura, música culta y coral, escultura, arquitectura, las modernas artes visuales. Asimismo, para aquellos que tengan las debidas disposiciones, el conocimiento de las distintas ramas de todas las ciencias humanas: físicas, matemáticas, astronómicas, naturales, médicas, jurídicas, sociales, políticas, históricas, filosóficas, filológicas, etc.

Artículo 4: La vida de disciplina

  1. Los miembros del Instituto habitan en la propia casa religiosa, haciendo vida en común, bajo la dependencia del Superior[170].
  2. Como es evidente, la vida comunitaria exige una disciplina para que cada miembro coadyuve al bien de todos. Son de todo punto de vista necesarios horarios comunes para las actividades comunes. Es también necesario el reparto equitativo de los “oficios” o tareas a desarrollar, haciéndose responsable cada uno, en conciencia, del ministerio que le han encomendado.
    a) Diálogo con el Superior
  3. Es necesario que todos los religiosos acudan con frecuencia y con total confianza a su Superior para manifestarle su estado de salud, la marcha de sus estudios, del trabajo apostólico, las dificultades que encuentran en la vida religiosa y en la caridad fraterna, así como todo lo que pueda contribuir al bien de los individuos y de la comunidad. Los Superiores deben considerar este diálogo una de sus obligaciones y estar siempre dispuestos a recibir y escuchar a sus súbditos.
    b) La recreación
  4. En este orden merece una mención especial el tiempo dedicado a la recreación o eutrapelia, tanto en convivencias, como en vacaciones, deportes, salidas, etc. Sobre todo en las comunidades más chicas no debería excusarse a nadie de su participación. Generalmente si uno de nuestros miembros no participa cordialmente de la recreación y, luego de corregirlo, no cambia, caritativamente dígasele que no tiene espíritu para nuestro Instituto y sepáreselo.
    c) Para ausentarse
  5. Los miembros del Instituto habitan en la propia casa religiosa y no pueden ausentarse de ella sin permiso del Superior o de quien haga sus veces. De acuerdo con el derecho[171], establece­mos que si es una ausencia breve, puede conceder permiso el Superior local. Si es prolongada (diuturna), puede conceder licencia el Superior provincial, no necesariamente el Superior general. Establecemos que ausencia prolongada es la que se extiende por más de un mes. Para conceder el permiso de ausencia prolongada, además de causa justa, el Superior necesita, no un mero asesoramiento, sino el consentimiento de su Consejo. Como regla general la ausencia no puede prolongarse más de un año, salvo los tres casos previstos[172]: por motivo de enfermedad, apostolado o estudios.
  6. Cuando, por exigencias de apostolados ejercidos en nombre del Instituto, los religiosos necesiten vivir permanentemente fuera de sus comunidades, será necesario un permiso expreso del Superior provincial, quien lo concederá o negará teniendo en cuenta la importancia de la misión a cumplir y el bien espiritual del propio religioso. De cualquier manera se habrá de prever un régimen de visitas a la comunidad más próxima para que pueda mantenerse más fácilmente el vínculo común. Esta norma debe entenderse del apostolado ejercido en nombre del Instituto, no de cualquier apostolado personal y libremente elegido por el religioso.
  7. Cuando uno sienta alterada su salud habrá de comunicar la novedad al Superior y estar dispuesto a lo que disponga con absoluto desprendimiento e indiferencia.
  8. Fuera de estos supuestos (enfermedad, apostolado o estudios), para una ausencia Superior a un año habrá que acudir al indulto de exclaustración[173]. La ausencia ilegítima por más de un semestre constituye causa para poder ser expulsado del Instituto[174].
    d) Uso de los medios
  9. Séase muy discreto en el uso de los medios de comunicación, que en general son traumáticos para llevar una vida de auténtica oración y de estudio. Lo poco que se lea, vea y oiga sea siempre con gran espíritu crítico. El uso indebido de los medios de comunicación social, es destructor de las comunidades, ya que llenan el alma de cosas que no son Dios. Se debe evitar, tempestivamen­te, lo que sea nocivo “para la propia vocación o peligroso para la castidad de una persona consagrada”[175].
    e) Clausura
  10. En todas las casas debe observarse la clausura, reservándose una parte de la casa para el uso exclusivo de los religiosos, adaptándose convenientemente en cada una según el propio reglamento, incluidos los monasterios[176].
    f) Hábito
  11. Además, los religiosos de nuestro Instituto han de vestir el santo hábito, que es signo de su consagración y testimonio de su pobreza[177]. El valor del hábito está dado “no sólo porque contribuye al decoro del sacerdote en su comportamiento externo o en el ejercicio de su ministe­rio, sino sobre todo porque evidencia en la comunidad eclesiástica el testimonio público que cada sacerdote está llamado a dar de la propia identidad y especial pertenencia a Dios”[178]. Los signos deben emplearse ahora más que nunca, “sobre todo en este mundo de hoy, que se muestra tan sensible al lenguaje de las imágenes… donde se ha debilitado tan terriblemente el sentido de lo sacro, la gente necesita también estos reclamos a Dios, que no se pueden descuidar sin un cierto empobrecimiento de nuestro servicio sacerdotal”[179]. Este signo “para el religioso expresa su consagración y pone en evidencia el fin escatológico de la vida religiosa”[180]. Amemos, pues, el hábito, que se nos debe hacer piel. Decía San Francisco de Asís que con la sola presencia del religioso vestido con su santo hábito ya se predicaba[181].

Artículo 5: La vida pastoral

  1. La vida pastoral está orientada a “comunicar la caridad de Cristo”[182]. En ella hay que poner especial énfasis, ya que cuando se realiza de manera ordenada fomenta, de manera eminen­te, la vida comunitaria.
  2. Para nosotros el trabajo pastoral es cruz, no motivo de escapismo; por eso nunca hay que caer en el estéril activismo: “la actividad para el Señor no debe hacer olvidar a Aquél que es el Señor de la actividad”[183].
  3. En los capítulos semanales, luego del primer punto sobre espiritualidad y del segundo sobre las faltas, téngase un tercer punto para organizar –entre otras cosas– el trabajo pastoral. Nadie asuma por sí mismo compromisos, ni de celebrar Misas, ni de predicaciones, etc., sin el permiso explícito del Superior –o su delegado– a quien corresponde coordinar dichos trabajos apostólicos.
  4. Sepa pasarse de una pastoral de espera a una pastoral de propuesta, de una pastoral burocrática a una pastoral incisiva. Salvada la parte de clausura, ténganse abiertas las puertas para que puedan venir a consultarnos los feligreses. De manera especial ténganse, según los lugares, abiertos los templos, y si hay peligros, búsquese prudentemente que haya algún tipo de vigilancia, pero salvo en circunstancias realmente graves e insolubles, que el Pueblo de Dios pueda acceder con comodidad a Jesús presente en el Sagrario.
  5. A los pobres los tenemos que tener siempre con nosotros, sobre todo dándoles de comer. No tengamos miedo de que no vaya a alcanzar para nosotros. Dios no se deja ganar en generosi­dad. El Superior debe ordenar todo lo que se refiera a la atención de los pobres. Dado el caso, no sólo se atienda a las obras de misericordia urgentes, sino también a las obras de promoción de la justicia de mediano y largo plazo.
  6. Hay que asumir, en la medida de lo posible, sin dejar los medios tradicionales de apostola­do, los modernos campos que se abren a la actividad de la Iglesia. La sana creatividad es un elemento esencial de la Tradición viva de la Iglesia. No hay que tener miedo, el mismo Cristo nos invita: ¡Navegad mar adentro![184]. Esto conservará siempre su actualidad ya que “Dios es siempre lo que era entonces”[185].

PARTE 6: APOSTOLADO

 Artículo 1: Envío

  1. Jesucristo resucitado, Rey del universo, envía a sus Apóstoles a todas las naciones a continuar su propia misión redentora, que es “hacer partícipes (a los hombres) de la comunión que existe entre el Padre y el Hijo”[186]: id… y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado (Mt 28,19-20).
  2. Este envío presenta dos características:
    – tiene una dimensión universal: todos los hombres están llamados a formar parte del Reino de Dios, ya que Dios quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad (1 Tm 2,4);
    – implica la certeza del auxilio divino: Yo estaré con vosotros siempre hasta la consuma­ción del mundo (Mt 28,20); ellos se fueron, predicando por todas partes, cooperando con ellos el Señor… (Mc 16,20).

Artículo 2: Proclamación del Reino

  1. En virtud de este envío, la Iglesia tiene como misión proclamar el Reino de Dios, que “no es un concepto, una doctrina o un programa sujeto a libre elaboración, sino que es ante todo una persona que tiene el rostro y el nombre de Jesús de Nazareth, imagen de Dios invisible”[187]. Esta misión la realiza la Iglesia con el fin de liberar al hombre del pecado y de la muerte: a vosotros, que estabais muertos por vuestros delitos… os vivificó con Él, perdonándoos todos los delitos (Col 2,13). Y su principal protagonista es el Espíritu Santo, que actúa en los Apóstoles y en toda la Iglesia[188].
  2. Por eso la fidelidad al Espíritu Santo es lo que permite superar todas las dificultades con las que se encuentra la Iglesia en su misión: prohibición de misionar, obstáculos de parte de la cultura del lugar, falta de fervor, divisiones entre los cristianos, descristianización en países de larga tradición cristiana, disminución en las vocaciones misioneras, mal testimonio de fieles, mentalidad indiferentista, etc.[189]; ya que es el Espíritu Santo el que guía hacia la verdad completa[190].

Artículo 3: Testimonio

  1. La misión de la Iglesia la realiza cada cristiano, y de modo particular aquellos que se han consagrado a Dios, en el apostolado, que tiene la misma finalidad de la Iglesia: llevar a los hombres a la conversión a Dios, a “la adhesión plena y sincera a Cristo y a su Evangelio mediante la fe”[191], que debe tender a la digna recepción de los sacramentos.
  2. En esta obra de apostolado en la que “se es misionero ante todo por lo que se es… antes de serlo por lo que se dice o se hace”[192], ocupa el primer lugar el testimonio de vida, “primera e insustituible forma de la misión”[193], de modo que resplandezca entre los fieles la caridad de Cristo[194].
  3. Constituye otro elemento esencial el anuncio, que es “una clara proclamación de que en Jesucristo se ofrece la salvación para todos los hombres”[195], ya que ¿Cómo creerán sin haber oído de Él? Y ¿cómo oirán si nadie les predica?… Luego la fe viene por la audición, y la audición, por la palabra de Cristo (Ro 10,14-17).
  4. De modo particular urge ejercer el apostolado en los llamados “areópagos modernos”. Entre estos nuevos ambientes se encuentra, en primer lugar, el mundo de la comunicación, del cual depende en gran parte la labor de la evangelización de la cultura moderna, ya que “está unificando a la humanidad y transformándola en una ‘aldea global’… por eso [los medios de comunicación] son principal instrumento informativo y formativo… Las nuevas generaciones, sobre todo, crecen en un mundo condicionado por estos medios”[196]. También de modo particular “hay que recordar, además, el vastísimo areópago de la cultura, de la investigación científica, de las relaciones internacionales que favorecen el diálogo y conducen a nuevos proyectos de vida”[197], el compromiso por la paz, el desarrollo, los derechos del hombre, etc., y el ansia de interioridad y de oración. “Mientras por un lado los hombres dan la impresión de ir detrás de la prosperidad material y de sumergirse cada vez más en el materialismo consumístico; por otro, manifiestan la angustiosa búsqueda de sentido, la necesidad de interioridad, el deseo de aprender nuevas formas y modos de concentración y de oración… Este fenómeno, así llamado ‘del retorno religioso’, no carece de ambigüedad, pero también encierra una invitación. La Iglesia tiene un inmenso patrimonio espiritual para ofrecer a la humanidad: en Cristo, que se proclama el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14,6)”[198].

Artículo 4: Compromisos apostólicos

  1. El Instituto del Verbo Encarnado asumirá los apostolados más conducentes a la inculturación del Evangelio. Por tal motivo, diversos Directorios complementarán las Constituciones, contemplando la acción apostólica en los campos más urgentes e importantes.
  2. Con un sentido meramente enunciativo se manifiestan los campos preferenciales de acción:
  3. a) En su dimensión espiritual el Instituto habrá de encarar la evangelización de la cultura a través de la santificación de las personas individuales. Ello se hará, preferentemente, por la predicación de Ejercicios Espirituales según el método y espíritu de San Ignacio de Loyola, y, además, por la dirección espiritual.
  4. b) En su dimensión intelectual el Instituto dará prioridad a la formación sacerdotal en los Seminarios, a la educación en todos sus niveles, a la formación de dirigentes laicos por medio de los Cursos de Cultura Católica, y a los medios de comunicación social.
  5. c) En su dimensión de pastoral popular se dará preferencia a la ayuda a las parroquias mediante la predicación (de triduos, novenas, fiestas patronales) y la administración del sacramen­to de la Reconciliación. Asimismo tendrán prioridad las misiones populares en parroquias y zonas rurales, según el método y espíritu de San Alfonso María de Ligorio, y en todas sus formas, sea misión intensiva o permanente, sea juvenil, infantil, de los enfermos, fabril, abierta, etc. Atendiendo a los pedidos de obispos podrán aceptarse la dirección de parroquias, preferentemente en zonas misioneras o más necesitadas. En todo se estará muy atento a respetar, rescatar y elevar las tradiciones religiosas y folklóricas del lugar para que el Evangelio sea mejor recibido y eche raíces más profundas en los corazones.
  6. d) Asimismo hay que privilegiar la atención de pobres, enfermos y necesitados de todo tipo: la caridad de Cristo nos urge (2 Co 5,14), practicando concretamente la caridad, como testimonio, en primer lugar, a todos los miembros de nuestros Institutos de que “la caridad, sólo la caridad salvará al mundo, ¡bienaventurados los que tengan la gracia de ser víctimas de la caridad!”[199], y de que la caridad es imprescindible para evangelizar la cultura, como fin del que obra y como fin de la obra. En caso contrario, no se alcanzará “la civilización del amor”[200].

Artículo 5: Segunda y Tercera Orden

  1. Asimismo, será tarea apostólica preferencial la atención, según los requerimientos, de las “Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará”, como también la ayuda “con especial diligen­cia”, a los institutos, asociaciones, movimientos, o hermandad de la tercera rama de fieles cristianos laicos, para que se informen por el genuino espíritu de nuestra familia[201].
  2. Los miembros del Instituto dedicados al apostolado eminentemente espiritual trabajarán convencidos del inmenso valor que tiene para la vida de la Iglesia la santificación de los seglares. Este apostolado abrevará como en su fuente en las obras y el ejemplo de los grandes maestros de la pastoral católica.
  3. Consideramos del mismo modo que a los miembros de la Hermandad o Cofradía del Verbo Encarnado a todos aquellos que alguna vez pertenecieron a nuestros Institutos, incluso a aquellos que busquen hacernos mal, salvo que pidan ser excluidos. Aun en este caso, continúa nuestra obligación de rezar por ellos y hacerles bien. No por dejar nuestros Institutos dejan de ser hermanos nuestros muy queridos.

Artículo 6: Apostolado intelectual

  1. Los religiosos dedicados a la docencia procurarán imbuirse en el amor absoluto y total a la verdad, trabajarán para que los principios del Evangelio influyan efectivamente en la vida de los hombres y combatirán con todas sus fuerzas el error, en medio de un mundo que cree que el error posee entre los hombres iguales derechos que la verdad. En las disciplinas teológicas darán al Magisterio de la Iglesia, a la doctrina de los Santos Padres y a las enseñanzas de Santo Tomás de Aquino el lugar privilegiado que les otorgan los Papas, el Concilio Vaticano II y el Código de Derecho Canónico. En Filosofía enseñarán los aportes de la antigüedad griega recibidos por la tradición católica y que reciben el justo nombre de “patrimonio filosófico perennemente válido”[202].
  2. Los que se dediquen a la investigación teológica, filosófica, científica, cultural, etc., tienen que tener muy en claro que, aunque parezca más distante, este trabajo intelectual no sólo es para mayor gloria de Dios, sino también para el mayor bien de las almas, y entra de lleno en el carisma de nuestro Instituto. Al respecto enseña Santo Tomás: “En el edificio espiritual se encuentran algunos a manera de obreros manuales, los cuales de modo particular se ocupan del cuidado de las almas, esto es, administrando los sacramentos u obrando particularmente algo semejante; pero como artífices principales se encuentran los obispos, los cuales gobiernan y disponen de qué manera los predichos obreros deben ejecutar su oficio, por lo cual se les llama obispos, esto es, superintendentes; y similarmente, se encuentran también como artífices principales los doctores de teología, los cuales investigan y enseñan de qué modo los demás deben procurar la salvación de las almas. Por lo tanto es mejor enseñar la sagrada doctrina, y más meritorio, si se realiza con buena intención, que procurar el cuidado particular de la salvación de éste o de aquél… la misma razón demuestra que es mejor enseñar las cosas que pertenecen a la salvación a aquellos que pueden aprovechar tanto para sí como para los demás que a los simples que sólo pueden aprove­char para sí mismos”[203].
  3. Por otra parte, teniendo en cuenta la especial conveniencia del apostolado intelectual, particularmente por medio de las publicaciones, ya que lo escrito permanece y se propaga más, se pondrá un singular énfasis en la difusión del Evangelio mediante artículos en revistas de investigación o de divulgación, monografías, libros y demás niveles de publicación.

Artículo 7: Pastoral parroquial

  1. Los religiosos que atiendan parroquias deberán privilegiar, en una pastoral entusiasta:
    – La Liturgia dominical, con su homilía, preparada conscientemente. El centro de la pastoral parroquial debe ser siempre la Misa de los domingos, celebrada de tal manera que los feligreses participen de la misma cada vez más consciente, más activa y más fructuosamente[204]. Debe complementarse con la comunión a los enfermos.
         – La disponibilidad para oír confesiones en cualquier momento. Prestarse de buena gana a la auténtica dirección espiritual. Saber orientar a los que tengan “subiecto” a la práctica de los Ejercicios Espirituales. Asumir la responsabilidad de la enseñanza catequética de niños y adultos.
         – Constituir las asociaciones laicales convenientes para que, en una unidad diversificada, todos los fieles cristianos laicos puedan actuar apostólicamente según sus carismas y disposiciones. A los niños y jóvenes atiéndaselos según el espíritu de San Felipe Neri y de San Juan Bosco. Sigue siendo muy actual el “Oratorio”.
    Momentos fuertes de la pastoral parroquial serán: la Semana Santa, las Fiestas patronales, las primeras comuniones y las confirmaciones, la Misión popular, los Cursos de Cultura Católica.

Artículo 8: Predicadores

  1. Los religiosos dedicados preferentemente a la predicación en parroquias, misiones populares y atención de parroquias en zonas necesitadas, serán en su acción una prolongación de la obra redentora del mismo Cristo. Para mejor cumplir su misión, han de estar convencidos de que la mejor forma de desarrollar un apostolado eficaz es la unión más estrecha con el Verbo Encarnado y el amor a las almas hasta el heroísmo de la entrega sin reservas. Téngase especial aprecio a la enseñanza de los grandes maestros de la predicación sagrada acerca de cómo debe ser la misma[205]. “Todo hombre que es anunciador del Verbo, es voz del Verbo”[206].

Artículo 9: Selección de ministerios

  1. El Superior general podrá enviar a cual­quier parte del mundo donde fuere necesario a cualquiera de los miembros del Instituto. En la selección de los apostolados se ten­drán en cuenta las sabias disposi­ciones al respec­to de San Ignacio de Loyo­la[207]:
  2. Como en todas partes se piden opera­rios, hay que saber hacer selección para enviar a una parte o a otra, para alcanzar un objetivo de­terminado u otro, a tal persona o a tal otra, a una o a diez, de este modo o de aquel, para más o menos tiempo y demás circunstancias. Siendo esto así hay que sopesar mucho las ventajas y los inconve­nientes, buscando sólo la mayor gloria de Dios y el bien más universal, re­zando y haciendo rezar, aconsejándose de perso­nas prudentes y deci­diendo según recta conciencia delante de Dios.
  3. Al que es enviado, no le moverá ir a un lado más que a otro –en todos está Dios–, dejando total y muy libremente el destino de sí mismo al Superior, que está puesto en lugar de Cristo Nues­tro Señor, orientán­dolo por el camino del mayor servicio y alabanza de Él, evitando, en absoluto, influir en lo más mínimo sobre la voluntad del Superior con el fin de obtener esto o aquello. En la Iglesia no hay destinos que sean lugares de castigo, por tanto, tampoco en nuestro Instituto; y si alguien piensa así, no sabe lo que es la Iglesia ni el Institu­to.
  4. Las reglas que hay que tener presentes, además de la búsqueda de la mayor gloria de Dios y del bien más universal, son:
    a) donde hay más necesidad de operarios, porque faltan o porque los fieles tienen más urgencia de ellos;
    b) donde se diere más fruto para gloria de Dios, por tener más facilida­des, mejor disposición de los fieles para aprovechar (lo cual puede juzgarse por la insistencia en los pedidos), por la condición y cualidades en las que se desarro­lla­rá y conservará mejor el fruto hecho;
    c) donde hubiese mayor deuda, a saber: de donde hayan salido vocacio­nes, donde hayan mayores benefactores, donde de hecho Dios nos plantó ya que hay que florecer donde nos han plantado;
    d) y porque el bien cuanto más universal es más divino, deben preferirse aquellas personas que, por razón de su autori­dad, pueden hacer que el bien se extienda en muchos otros, sean gobernantes, profesionales, docentes, intelectuales, em­presarios, jefes, artistas, etc.; como si dijéramos, es preferible evangelizar un ministro de economía que erradique, con justi­cia, todas las villas de emergencia, a tratar de solucio­nar problema por problema, aunque lo uno no quita lo otro;
    e) donde haya más mal sembrado, incluso mala opi­nión o mala voluntad contra nuestro Instituto, enviando a quie­nes por su vida y doctrina deshagan la mala opinión fundada en malas informaciones;
    f) donde hubiere algo que incumba de modo particu­lar al Instituto, o no hubiese otros que se ocupen de ello, prefi­riéndose siempre lo que se extienda para el bien de mu­chos y sea más duradero;
    g) donde haya responsabilidades de gran importancia, enviándose personas escogidas y a quienes se tenga más confianza; asimismo, para los destinos donde haya más trabajos pastorales deben señalarse personas más recias y sanas, y en donde haya más peligros espirituales, personas más probadas y seguras en la virtud.
  5. Para el gobierno es preciso señalar a aquellos que más se distin­guen por la discreción y la prudencia, mientras que son más aptos para el pueblo aquellos que tienen talento para predi­car y confesar.
  6. En el envío de los designados, no es conveniente que vayan solos, sino al menos dos, para que entre sí se ayuden en las cosas espirituales y materiales, especialmente siendo uno de ellos de más experiencia, para imitarle y aconsejar­se. Igual­mente conviene juntar a uno animoso y ferviente con otro circunspecto y tranquilo, para que la diferencia ayude a ambos. Y si fuese de mayor impor­tancia la obra, debe proveerse de más operarios.
  7. Cuando haya de enviarse a alguna parte o trasladar a otra, debe tenerse en cuenta la importancia del trabajo espiri­tual en aquellos lugares, la obligación de acudir allí, la capaci­dad del Instituto para suplir en cada lugar lo necesario y el fruto que se percibe en donde se esté trabajando actualmente.
  8. No repugna a esto el presentar al Superior las mocio­nes o considera­ciones que se presenten en contra, sujetando siempre la volun­tad a la del Supe­rior.
  9. Debe el Superior dar instrucciones claras sobre el oficio y destino decididos. Asimismo, el súbdito debe mantener convenientemente informado al Superior para que éste pueda proveer cuanto hiciese falta, aunque fuese el súbdito muy instruido y de gran experiencia. Hay obligación de informar, por lo menos anualmente, en detalle, por medio de la “carta annua”.

Artículo 10: Descanso

  1. Los miembros del Instituto sabrán también interrumpir sus trabajos apostólicos con períodos de retiro y refección espiritual sabiendo que nadie puede procurar la santificación de los demás si no posee previamente la perfección que desea transmitir.

Artículo 11: Piezas claves

  1. Todos los miembros del Instituto participan con su esfuerzo de la misión apostólica de la Congregación, aun cuando desempeñen tareas ajenas a lo que es propio del trato con las almas. También los religiosos enfermos y los ancianos participan con sus sufrimientos en el apostolado que ejercen los otros miembros, y en grado sumo, ya que están completando lo que falta a la Pasión del Señor[208].
  2. Ellos –los enfermos y ancianos– junto con los miembros de las ramas contemplativas, los religiosos hermanos y los que se dedican a las obras de misericordia son las piezas claves del empeño apostólico de nuestro Instituto.

PARTE 7: FORMACIÓN DE LOS MIEMBROS

CAPÍTULO 1: DIMENSIONES DE LA FORMACIÓN

  1. Queremos formar a los miembros del Instituto en una gran madurez humana y cristiana para que alcancen la medida de la estatura de la plenitud de Cristo (Ef 4,13).
    Religiosos que manifiesten con las obras que tienen a Dios en el corazón, porque por los frutos se conoce el árbol (Lc 6,44), y la fe sin obras es muerta (St 2,17).
    Podemos estructurar esta obra en sus cuatro dimensiones, a saber: lo referente a la formación humana, a la formación espiritual, a la formación intelectual, y finalmente a la formación apostólica y pastoral. Para esto no hay nada mejor que las enseñanzas de San Juan Pablo II[209], que hacemos nuestras.

Artículo 1: Formación humana

  1. La formación humana es el fundamento de toda la formación religiosa y sacerdotal. La mala inteligencia de la relación entre naturaleza y gracia es la raíz de muchos males. La gracia no destruye a la naturaleza, sino que la sana, eleva, perfecciona, dignifica, ennoblece. La naturaleza no es sólo el soporte de la gracia, como mera condición exterior, sino que entra en la esencia de la identidad cristiana, y permanece perfeccionada. A la vez, la gracia trasciende a la naturaleza. La naturaleza se subordina a la gracia, como la potencia obediencial a su acto perfectivo. Lo natural tiene, pues, una autonomía relativa en subordinación a lo sobrenatural.
  2. En el sacerdote, como en todo cristiano, pero según la mayor exigencia de su vocación, debe reflejarse la misma Encarnación del Verbo, en quien brilla, sin mezcla pero en unión intimísima, la perfección humana y la perfección divina. Más aún, el sacerdote, tomado de entre los hombres y puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios (Hb 5,1), debe servir de puente y no de obstáculo para los demás, y debe hacer que su ministerio sea humanamente lo más creíble y aceptable.
  3. “Debe ser capaz de conocer en profundidad el alma humana, intuir dificultades y proble­mas, facilitar el encuentro y el diálogo, obtener confianza y colaboración, expresar juicios serenos y objetivos”. Por lo tanto se requiere la “formación de personalidades equilibradas, sólidas y libres”[210]:
    – Equilibradas: que no dejen de ver el todo por quedarse cautivos de la parte, que no se entusiasmen humanamente con esa parte que consideran el todo, que no se dejen llevar por la depresiva actitud de ver más el mal que el bien. Que den cabida en su alma a todas las cosas, sin despreciarlas, sin minimizarlas, pero con jerarquía y orden.
    – Sólidas: que no se dejen arrastrar de todo viento de doctrinas y novedades. Que se muevan y juzguen por principios. Que no sean blandos o sentimentalistas, ni duros o distantes.
    – Libres: que todo lo hagan por amor. Que hagan el bien aunque nadie los mire, ni el Superior los vigile, ni por alabanzas o premios. Que no sean obsecuentes con los Superiores, tratando de obtener ventajas. Que sepan hacer la corrección fraterna, sin importarles lo que piensen de ellos. Que entiendan con Santa Teresa de Jesús, que “era todo nada y cómo acaba en breve”[211].
  4. “Se hace así necesaria la educación a amar la verdad, la lealtad, el respeto por la persona, el sentido de la justicia, la fidelidad a la palabra dada, la verdadera compasión, la coherencia y, en particular, el equilibrio de juicio y comportamiento”[212]. La educación a amar la verdad debe realizarse por medio de una formación intelectual amplia, que se ordene a la verdad y que no se quede en conocer las meras opiniones de los teólogos. Que sea una formación filosófica tal como San Justino entendía esta palabra. Que le dé tiempo a la teoría, al ocio intelectual, a la disputa sincera, que es una búsqueda común de la verdad. Que en las clases se enseñe y se aprenda. “Un programa sencillo y exigente para esta formación lo propone el apóstol Pablo a los Filipenses: todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta (Flp 4,8)”[213].
  5. Asimismo, junto con la educación de la inteligencia, es necesario formar adecuadamente la voluntad, mediante la práctica constante de todas las virtudes y el dominio de las pasiones, de manera tal que siempre y en todo se busque y elija sólo el bien mejor. Queremos formar hombres auténticamente libres, dueños de sí mismos, que por poseerse puedan darse totalmente. En este aspecto consideramos muy importante la práctica de deportes, la realización de campamentos, convivencias, etc.

Artículo 2: Formación espiritual

  1. El fin sobrenatural del hombre corresponde, a la vez que trasciende, a su fin natural. Por eso todos los deseos del hombre no serán consumidos, sino consumados en la visión beatífica[214]. Debe tenerse en cuenta esta correspondencia y trascendencia en el período de formación. Enseña Pío XI que “la educación cristiana comprende todo el ámbito de la vida humana… para elevarla, regularla y perfeccionarla según el ejemplo y la doctrina de Cristo”[215].
  2. La vida espiritual debe entenderse “como relación y comunión con Dios”[216]. “La formación espiritual… debe darse de tal forma que los alumnos aprendan a vivir en trato familiar y asiduo con el Padre por su Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo”[217]. Es, por lo tanto, una forma de amistad: no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer (Jn 15,15). Esta amistad tiene las características de una verdadera búsqueda[218]: el sacerdote debe ser un hambriento insaciable de Dios. Sin oponer nunca “la búsqueda de la verdad y la certeza de conocer ya la fuente de esa verdad”[219]. Esta búsqueda puede darse porque de alguna manera ya lo hemos encontrado, pero debemos hacer cada vez más íntima esta relación. Para este encuentro hay una triple vía[220]: la meditación de la Palabra de Dios, la participación en los Sagrados Misterios y la caridad fraterna, especialmente con los más necesitados:
  3. – La meditación fiel de la Palabra de Dios, por la cual conocemos los misterios divinos, y hacemos propia su valoración de las cosas. Esto es especialmente importante en orden al ministe­rio profético[221]. Por eso enseña el Concilio Vaticano II que todos los clérigos, especialmente los sacerdotes, diáconos y catequistas dedicados por oficio al ministerio de la palabra, han de leer y estudiar asiduamente la Escritura para no volverse “predicadores vacíos de la palabra, que no la escuchan por dentro”[222]. La respuesta a la lectio divina es la oración, “que constituye sin duda un valor y una exigencia primarios de la formación espiritual…”, porque “… el sacerdote es el hombre de Dios, el que pertenece a Dios y hace pensar en Dios…”, además de que “… un aspecto, ciertamente no secundario de la misión del sacerdote es el de ser maestro de oración…”, por tanto, “… es preciso… que el sacerdote esté formado en una profunda intimidad con Dios”[223]. Fruto de esta intimidad con Dios y de la acción del Espíritu en el alma del sacerdote es el discernimiento, el gustar, aceptar, juzgar de las cosas[224].
  4. – La participación activa en los Sagrados Misterios, especialmente en la Eucaristía, que “es el culmen de la oración cristiana”[225]. Para esto se requiere una auténtica educación litúrgica, que lleva cada vez más a una participación “plena, consciente y activa”[226] en la misma. Los sacerdotes, por su condición de ministros de las cosas sagradas, son sobre todo los ministros del sacrificio de la Misa[227]: “su papel es totalmente insustituible, porque sin sacerdote no puede haber Sacrificio eucarístico”[228]. Por tanto es necesario que los seminaristas participen diariamente en la celebración eucarística, que la consideren el momento esencial de su jornada, que se identifiquen con el mismo Cristo sacrificado.
  5. Además deben descubrir la belleza y la alegría del sacramento de la Penitencia, en un mundo que ha perdido el sentido del pecado y de la misericordia divina[229]. Y, para poner en práctica, “a ejemplo de Cristo buen Pastor, la donación radical de sí mismo propia del sacerdo­te… es necesario inculcar el sentido de la cruz, que es el centro del Misterio Pascual”[230].
  6. – El servicio de la caridad a los más pequeños. Hay que enseñar a los religiosos a buscar a Cristo en los hombres. “El sacerdote es el hombre de la caridad, y está llamado a educar a los demás en la imitación de Cristo y en el mandamiento nuevo del amor fraterno (cf. Jn 15,12). Pero esto exige que él mismo se deje educar continuamente por el Espíritu en la caridad del Señor. En este sentido, la preparación al sacerdocio tiene que incluir una seria formación de la caridad, en particular del amor preferencial por los pobres, en los cuales, mediante la fe, descubre la presencia de Jesús (cf. Mt 25,40) y el amor misericordioso por los pecadores”[231]. Esta caridad del sacerdote brota de la oración, de la contemplación del misterio de la misericordia divina.
  7. En esta perspectiva de la caridad, “que consiste en el don de sí mismo por amor, encuentra su lugar en la formación espiritual del futuro sacerdote la educación de la obediencia, del celibato y de la pobreza”[232]. “Entiendan con toda claridad los alumnos que su destino no es el mando ni los honores, sino la entrega total al servicio de Dios y al ministerio pastoral. Con singular cuidado edúqueseles en la obediencia sacerdotal, en el tenor de vida pobre y en el espíritu de la propia abnegación, de suerte que se habitúen a renunciar con prontitud a las cosas que, aun siendo lícitas, no convienen, y a asemejarse a Cristo crucificado”[233].
  8. Ha de inculcárseles, además, vivir el carisma propio del Instituto[234].
  9. Jesucristo, Hijo de Dios y de la Santísima Virgen, debe ser el centro de toda vida espiritual: Nadie va al Padre sino por Mí (Jn 14,6). En el templo, en el claustro, en la celda, en el comedor, en los recreos, han de andar gimiendo por Jesucristo. El canto y la risa de los miembros de nuestra Familia Religiosa ha de ser llorar por Jesucristo. Éste es su oficio. Cuanto más dulce melodía canten en el coro, mejor manifestarán el profundo e interior suspiro de sus almas gimiendo por Jesucristo. La memoria y el recuerdo de Él nunca deben apartarse de sus corazones. Con eso ha de venir el sueño y eso han de soñar durmiendo. El corazón siempre derretido en amor suyo y la memoria no ocupada en otra cosa que en Él[235].
  10. Se encarnó para que tengamos vida y vida en abundancia (Jn 10,10). Para tener esa vida en Cristo Jesús[236] es absolutamente imprescindible unirse a su Persona, tener su Espíritu, asimilar su doctrina, frecuentar sus sacramentos, imitar sus ejemplos, amar entrañablemente a su Madre, estar en perfecta comunión con su Iglesia Jerárquica por su doble vínculo, a saber: por una misma fe y una misma caridad, y por el gobierno de uno solo sobre todos: Pedro.
  11. Nuestro lema es “con Pedro y bajo Pedro”[237].
  12. Queremos formar hombres virtuosos (de vir y de vis: que tengan la fuerza del varón) según la doctrina de los grandes maestros de la vida espiritual, en especial San Agustín, Santo Tomás de Aquino, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola, San Luis María Grignion de Montfort, Santa Teresa del Niño Jesús, y de todos los santos de todos los tiempos que la Iglesia propone como ejemplares para que imitemos sus virtudes.
  13. De este modo, siguiendo al Papa en la doctrina y a los santos en la vida, jamás nos equivocaremos, ya que no puede equivocarse el Papa en las enseñanzas de la fe y de la moral, ni se equivocaron los santos en la práctica de las virtudes.
  14. Queremos formar almas sacerdotales y de sacerdotes que no sean “tributarios”[238]. Que vivan en plenitud la reyecía y el señorío cristiano y sacerdotal. Que por tener a Jesucristo sientan resonar a sus oídos: “yo (soy) vuestro Padre por ser Dios, yo vuestro primogénito hermano por ser hombre. Yo vuestra paga y rescate, ¿qué teméis deudas, si vosotros con la penitencia y la Confesión pedís suelta de ellas? Yo vuestra reconciliación, ¿qué teméis ira? Yo el lazo de vuestra amistad, ¿qué teméis enojo de Dios? Yo vuestro defensor, ¿qué teméis contrarios? Yo vuestro amigo, ¿qué teméis que os falte cuanto yo tengo, si vosotros no os apartáis de Mí? Vuestro mi Cuerpo y mi Sangre, ¿qué teméis hambre? Vuestro mi corazón, ¿qué teméis olvido? Vuestra mi divinidad, ¿qué teméis miserias? Y por accesorio, son vuestros mis ángeles para defenderos; vues­tros mis santos para rogar por vosotros; vuestra mi Madre bendi­ta para seros Madre cuidadosa y piadosa; vuestra la tierra para que en ella me sirváis, vuestro el cielo porque a él ven­dréis; vuestros los demonios y los infiernos, porque los holla­réis como esclavos y cárcel; vuestra la vida porque con ella ganáis la que nunca se acaba; vuestros los buenos placeres porque a Mí los referís; vuestras las penas porque por mi amor y provecho vuestro las sufrís; vues­tras las tentaciones, porque son mérito y causa de vuestra eterna corona; vuestra es la muerte por­que os será el más cercano tránsito a la vida. Y todo esto tenéis en Mí y por Mí; porque lo gané no para Mí solo, ni lo quiero gozar yo solo; por­que cuando tomé compañía en la carne con voso­tros, la tomé en haceros participantes en lo que yo trabajase, ayunase, comiese, sudase y llorase y en mis dolores y muertes, si por vosotros no queda. ¡No sois pobres los que tanta riqueza te­néis, si vosotros con vuestra mala vida no la que­réis perder a sabiendas!”[239].
  15. Religiosos que están convencidos de que: “Míos son los cielos y mía la tierra. Mías son las gentes. Los justos son míos y míos los pecadores. Los ángeles son míos y la Madre de Dios y todas las cosas son mías. Y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí”[240]. Y, en definitiva, que comprendan y vivan aquella vibrante expresión de San Pablo: todo es vuestro; ya Pablo, ya Apolo, ya Cefas; ya el mundo, ya la vida, ya la muerte; ya lo presente, ya lo venidero, todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios (1 Co 3,21-23).
  16. Un aspecto de la formación espiritual debe ser adquirir una disciplina de vida, cuyo objetivo no es otro que captar el “estilo” de nuestro Señor Jesucristo, lo cual no es en Él otra cosa que las actitudes que, como Hijo, tiene junto al Padre. Respecto a nuestra relación de discípulos para con Él, la disciplina consiste en considerarlo como nuestro “camino” al Padre. La disciplina es la actitud fundamental del discípulo. Es la sumisión a las reglas de vida en orden a que la verdad se encarne en la vida de los discípulos. Para nosotros la verdad es Cristo y ser dóciles a la disciplina es dejarnos enseñorear por Él.
  17. Queremos ser hombres dóciles a la gran disciplina de la Iglesia, expresada en el Código de Derecho Canónico, en todas las demás normas y leyes eclesiales, y dóciles a la disciplina particular de nuestro Instituto, recordando esta enseñanza: apprehendite disciplinam; amad la disciplina, no sea que se enoje el Señor (Sal 2,12)[241], y la del Apóstol: padres, no exasperéis a vuestros hijos, sino criadlos en la disciplina y en la enseñanza del Señor (Ef 6,4). Así llegarán a ser los miembros del Instituto idóneos para el Amo (2 Tm 2,21). “Educarlos con la disciplina no es otra cosa que inducirlos al bien”[242]. Así los hermanos “muestran su propio estilo de vida”[243].
  18. Respecto a la disciplina del Instituto, entendemos que en general es el conjunto de disposiciones de derecho propio que regulan la vida de las personas y comunidades, en orden a concretar el espíritu del Instituto en la vida de todos los días, así como también en las sanas costumbres y tradiciones; y en particular, es el conjunto de normas prácticas contenidas en los Directorios y Reglamentos.

Artículo 3: Formación intelectual

  1. La formación intelectual de los futuros sacerdotes se plantea como algo urgente frente a la nueva evangelización y a los planteamientos modernos. Tal formación “es como una exigencia insustituible de la inteligencia con la que el hombre, participando de la luz de la inteligencia divina, trata de conseguir una sabiduría que a su vez se abre y avanza al conocimiento de Dios y a su adhesión”[244]. Esta formación implica dos momentos, uno ordenado al otro: el estudio de la Filosofía y el de la Ciencia Sagrada.
  2. “Un momento de la formación intelectual es el estudio de la filosofía, que lleva a un conocimiento y a una interpretación más profundos de la persona, de su libertad, de sus relaciones con el mundo y con Dios”[245]. Este estudio es urgente, no sólo en vistas a los estudios teológicos posteriores, sino también frente a una situación cultural del todo particular, que exalta el subjetivismo como criterio y medida de la verdad[246]. Es necesaria una “certeza de la verdad” dada sólo por una sana filosofía, fundada en la realidad objetiva de las cosas, ya que “la inteligencia… puede llegar a lo que es[247]. Sin ella no hay base para una entre­ga personal total a Jesús y a la Iglesia, ya que “si no se está seguro de la verdad, ¿cómo se podrá poner en juego la propia vida y tener fuerzas para interpelar seriamente la vida de los demás?”[248]. Por eso el estudio de la Filosofía conduce al candi­dato a una veneración amorosa de la verdad que lleva a reconocer que ésta no es creada y medi­da por el hombre, sino que es dada al hom­bre como don por la Verdad Suprema, Dios; que, aún con limitaciones y a veces con dificultades, la razón humana puede alcanzar la verdad objetiva universal, incluso la que se refiere a Dios y al sentido radical de la existencia; que la fe misma no puede prescindir de la razón ni del esfuerzo de pensar sus contenidos, como testi­moniaba la gran mente de San Agustín: “He deseado ver con el enten­dimiento aquello que he creído, y he discutido y trabajado mucho”[249].
  3. También aquí, en la formación intelectual, el principio y fin es Jesucris­to. De manera espe­cial, Jesucristo conocido a través de la Sagrada Escritura. Él es la luz de las Páginas Sagradas: les abrió la inteligencia para que comprendie­ran las Escrituras (Lc 24,45). Entender la Biblia es una gracia de Cristo: sus entendimientos estaban embotados, y hasta hoy existe el mismo velo en la lectura del Antiguo Testamento, sin renovarse, porque sólo con Cristo desaparece (2 Co 3,14). Él es el centro de la Escritura Santa: les fue decla­rado todo cuanto a Él se refería en todas las Escri­turas (Lc 24,27). Por eso “ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”[250]. De aquí que la Sagrada Escri­tura sea el “alma” de la Teología[251].
  4. Pero la lectura de la Sagrada Escritura tiene que ser hecha “en Iglesia”[252] porque debéis ante todo saber que ninguna profecía de la Escritura es (objeto) de interpretación propia (2 P 1,20). Y para ello es absolutamente necesaria la más es­tricta fidelidad al Magisterio supremo de la Igle­sia de todos los tiempos, norma próxima de la fe.
  5. Pero la formación intelectual del futuro sacerdote “se basa y se construye sobre todo en el estudio de la sagrada doctrina y de la teología”[253], que proviene de la fe y trata de conducir a ella, como siempre han enseñado el Magisterio de la Iglesia y los teólogos católicos; así enseña Santo Tomás que la fe es como el habitus de la Teología, o sea, su principio operativo perma­nente[254] y que toda la Teología está ordenada a alimentar la fe[255]. ¡Cómo hemos de introducirnos, por medio de los estudios teológicos, en los misterios de nuestra fe, si estamos llamados a ser los hombres de fe que deben llevar y fortalecer en la fe a sus hermanos!
  6. La reflexión teológica “tiene su centro en la adhesión a Jesucristo, Sabiduría de Dios…, ayuda a desarrollar, además del rigor científico, un grande y vivo amor a Jesucristo y a su Iglesia”[256], amor que, a la vez que alimenta la vida espiritual, sirve de pauta para el ejercicio generoso del ministerio. Por eso la Teología debe alimentarse en la oración y en el amor a Jesucristo. Advertía San Buenaventura: “Nadie crea que le baste la lectura sin la unción, la especulación sin la devoción, la búsqueda sin el asombro, la observación sin el júbilo, la actividad sin la piedad, la ciencia sin la caridad, la inteligencia sin la humildad, el estudio sin la gracia divina, la investigación sin la sabiduría de la inspiración sobrenatural”[257].
  7. Este estudio ha de llevar “a poseer una visión completa y unitaria de las verdades reveladas por Dios en Jesucristo y de la experiencia de fe de la Iglesia; de ahí la doble exigencia de conocer todas las verdades cristianas y conocerlas de manera orgánica”[258].
  8. En su reflexión sobre la fe la Teología se mueve en dos direcciones. La primera es la del estudio de la Palabra de Dios, escrita en el Libro Sagrado, celebrada y transmitida en la Tradición viva de la Iglesia e interpretada auténticamente por su Magisterio. De aquí el estudio de la Sagrada Escritura, de los Padres de la Iglesia, que explicaron los hechos y palabras reveladas por Dios y consignadas en las Escrituras[259], de la liturgia, de la Historia Eclesiástica, de las declaraciones del Magisterio. La segunda dirección es la del hombre, “interlocutor de Dios”, llamado a vivir, a creer y a comunicar la fe cristiana. De aquí el estudio de la Dogmática, de la Teología moral, de la Teología espiritual, del Derecho Canónico y de la Teología pastoral[260].
  9. Lugar preferente tendrá el conocimiento de Santo Tomás de Aquino, ya que hay que formar “bajo su magisterio”[261], “teniendo como maestro principalmente a Santo Tomás”[262]. Porque “iluminó más a la Iglesia que todos los otros doctores. En sus libros aprovecha más el hombre en un solo año que en el estudio de los demás durante toda la vida”[263]. Porque “por la suma veneración con que honró a los doctores sagrados, recibió en cierto modo el entendimiento de todos ellos”[264]. Porque “la Iglesia ha proclamado que la doctrina de Santo Tomás es su propia doctrina”[265]. Y porque Dios ha querido que por la fuerza y la verdad de la doctrina del Doctor Angélico “… todas las herejías y los errores que se siguieran, confundidos y convictos se disipa­ran…”[266]. Asimismo su conocimiento es de insoslayable y fundamental importancia para la recta interpretación de las Sagradas Escrituras, para poder trascender lo sensible y alcanzar la unión con Dios, para edificar el edificio de la Sagrada Teología sobre las sólidas bases que proporciona un conocimiento profundo de la filosofía del ser, “patrimonio filosófico perennemente válido”[267], teniendo en cuenta todos los adelantos de la investigación filosófica.

Artículo 4: Formación pastoral

  1. Aquí también el fin es Jesucristo, Pastor de pastores (1 P 5,4), en cuanto Él es el Sumo Modelo y en cuanto el rebaño es de Él: apacienta mis ovejas (Jn 21,16). Por eso “toda la formación de los candidatos al sacerdocio está orientada a prepararlos de una manera específica para comunicar la caridad de Cristo, Buen Pastor”[268]. Siendo el nuestro un Instituto que cuenta con una rama apostólica, los emprendimientos pastorales nos son esenciales. Sin olvidar jamás que no hay auténtica pastoral católica sin una profunda vida espiritual, sin una sólida formación doctrinal y sin una viril disciplina.
  2. La sed de almas tiene que ser desde el mismo comienzo de la vida religiosa una dimensión que, paulatina y prudentemente, debe ir concretándose en la vida del candidato, del novicio y del profeso. Por eso la formación pastoral debe incluir un aprendizaje pastoral armónico a través de una experiencia inicial y progresiva en el ejercicio del ministerio[269].
  3. De este modo el fin de la formación será sólo Cristo, Cristo siempre, y Cristo en todo, y Cristo en todos, y Cristo Todo. Hasta que el religioso pueda decir: sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo (1 Co 11,1); y: ya no soy yo quien vive sino Cristo quien vive en mí (Ga 2,20). De tal manera, el mismo Jesucristo nos defenderá ante el Padre en el día del juicio diciendo al vernos: “Mirad que es miembro mío y que es yo”[270].
  4. Aspiramos a formar para la Iglesia Católica sacerdotes según el Corazón de Cristo: que abreven su espíritu en la Palabra de Dios, serviciales con el prójimo, solidarios con todo necesitado, promotores del laicado, con gran capacidad de diálogo, sin crisis de identidad, deseosos de la formación permanente, abandonados a la Providencia, amantes de la liturgia católica, predica­dores incansables, “caudalosos de espíritu”[271], “con una lengua, labios y sabiduría a los que no puedan resistir los enemigos de la verdad”[272], de ubérrima fecundidad apostólica y vocacional, con ímpetu misionero y ecuménico, abiertos a toda partícula de verdad allí donde se halle, con amor preferencial a los pobres sin exclusivismos y sin exclusiones, que vivan en cristalina y contagiosa alegría, en imperturbable paz aun en los más arduos combates, en absoluta e irrestricta comunión eclesial, incansablemente evangelizadores y catequistas, amantes de la cruz. En fin, hombres con sentido común, con ese sentido común cristiano que no es otra cosa que la santa familiaridad con el Verbo hecho carne.
CAPÍTULO 2: ITINERARIO DE FORMACIÓN

Artículo 1: Seminario menor

  1. Entre los diversos períodos que se distinguen en el proceso formativo de los miem­bros se ubica, en el primer lugar, para aquellos que desde su temprana edad manifiestan su deseo de entregarse a Dios, el Seminario menor. “El fin propio del Seminario menor es ayudar a los adolescentes que parecen poseer gérmenes de vocación a que disciernan más fácilmente y puedan responder a ellas”[273].
    Esto posibilita también que, al concluir sus estudios en el Seminario menor, el candidato, “teniendo conciencia clara del llamamiento divino, haya alcanzado una tal madurez espiritual y humana que le permita tomar la decisión de responder a dicho llamamiento con la responsabilidad y la libertad suficientes”[274].
  2. “La vocación tiene, con frecuencia, como un primer momento de manifestación en los años de la preadolescencia o en los primerísimos años de la juventud… incluso en quienes deciden su ingreso en el Seminario más adelante no es raro constatar la presencia de la llamada de Dios en períodos muy anteriores”[275]. Y Santo Tomás enseña, al considerar la predilección de Jesús por el apóstol Juan: “esto nos da a entender cómo ama Dios de modo especial a aquellos que se entregan a su servicio desde la primera juventud”[276].
  3. En el Seminario menor debe ya inculcárseles a los que desean consagrarse a Dios “una especial formación religiosa que les disponga a seguir a Cristo Redentor con espíritu de generosi­dad y pureza de intención”[277], particularmente “por medio… de la dirección espiritual adecua­da”[278].
    Ha de procurarse, por ende, que los seminaristas “desarrollen armónicamente sus cualida­des físicas, morales, intelectuales y afectivas”[279]. La misma labor formativa de los Superiores no excluye una “oportuna cooperación de los padres”[280].
  4. Para la conveniente formación de los seminaristas es preciso que se les enseñe a valorar y amar el misterio de la Sagrada Eucaristía, que debe ser el centro de toda su vida –particularmente en la Santa Misa–, el sacramento de la Reconciliación, la obediencia pronta y alegre, la Santísima Virgen y los santos como intercesores y modelos de vida, la Sagrada Escritura –… porque desde la infancia conoces las Sagradas Letras, que pueden instruirte en orden a la salud por la fe en Jesucristo (2 Tm 3,15)–, etc.: “Cristo conocido, buscado, amado cada vez más a través de los estudios, de los sacrificios personales, de las victorias sobre sí mismo, en la lenta conquista de las virtudes de la justicia, la fortaleza, la templanza, la prudencia; Cristo contemplado con perseverancia paciente y fervorosa a fin de que… se imprima el rostro mismo de Cristo (cf. 2 Co 3,18)”[281].

    Artículo 2: El postulantado

  5. El postulantado se realiza en los contactos previos que el candidato tiene con los miembros del Instituto, a fin de informarse de su carisma y de las obligaciones del n Este contacto está a cargo de uno o varios sacerdotes, designados por el Superior provincial, que deberán conocer al candidato, su vocación, su idoneidad, a fin de presentarlo al noviciado.
  6. El tiempo de duración del postulantado no es fijo, sino que dependerá de la preparación del candidato, del grado de madurez humana y cristiana, de su cultura general básica, del equilibrio de la afectividad y de su capacidad de vivir en comunidad, etc.[282], ya que “la mayor parte de las dificultades encontradas en nuestros días en la formación de los novicios provienen del hecho de que éstos no poseen, en el momento de su admisión al noviciado, el minimum de madurez necesaria”[283]. Por eso se requiere este período ya que “nadie puede ser admitido sin una adecuada preparación”[284]. El postulantado no debe durar más de dos años.

    Artículo 3: El noviciado

  7. La vida en el Instituto comienza en el noviciado. El noviciado durará un año y “tiene como finalidad que los novicios conozcan más plenamente la vocación divina, particularmente la propia del Instituto, que prueben el modo de vida de éste, que conformen la mente y el corazón con su espíritu y que puedan ser comprobadas su intención y su idoneidad”[285].
  8. Los novicios[286] deberán prepararse debidamente, según las exigencias de la vida religiosa para su profesión. El Instituto por su parte estudia al candidato para poder recibirlo en su seno. Le compete al Superior provincial propio del candidato la admisión al noviciado.
  9. Es admitido inválidamente en el noviciado:
    – quien aún no ha cumplido los diecisiete años de edad;
    – un cónyuge durante el matrimonio;
    – quien se halla ligado mediante un vínculo sagrado con un Instituto de vida consagrada o se ha incorporado en una Sociedad de vida apostólica;
    – quien ingrese en el Instituto inducido por violencia, miedo grave o dolo, o aquél a quien el Superior admite inducido de ese mismo modo;
    – quien haya ocultado su incorporación en un Instituto de vida consagrada o en una Sociedad de vida apostólica.
  10. a) Antes de ser admitidos en el noviciado, los candidatos deben presentar certificado de su Bautismo y Confirmación, así como de su estado libre.
    b) Si se trata de admitir a clérigos o a aquellos que hubieran sido admitidos en otro Instituto de vida consagrada, en una Sociedad de vida apostólica o en un Seminario, se requiere además, respectivamente, el testimonio del ordinario del lugar o del Superior mayor del Instituto o Sociedad, o del rector del Seminario.
    c) Los Superiores, si les parece necesario, pueden pedir también otras informaciones, incluso bajo secreto.
  11. a) La erección, traslado y supresión de la casa de noviciado deben hacerse mediante decreto escrito del Superior general del Instituto, dado con el consentimiento de su Consejo.
    b) Para que el noviciado sea válido debe realizarse en una casa debidamente destinada a ello. En casos particulares y como excepción, por concesión del Superior general con el consentimiento de su Consejo, un candidato puede hacer el noviciado en otra casa del Instituto, bajo la dirección de un religioso experimentado, que haga las veces de Maestro de novicios.
    c) El Superior provincial puede permitir que el grupo de los novicios viva, durante determinados períodos de tiempo, en otra casa del Instituto designada por él mismo.
  12. a) Para que el noviciado sea válido debe durar doce meses, que se han de vivir en la misma comunidad del noviciado.
    b) Para completar la formación de los novicios, establecemos uno o más períodos de ejercitación apostólica fuera de la comunidad del noviciado.
    c) La ausencia de la casa del noviciado por más de tres meses, sean continuos o con interrupciones, hace inválido el noviciado. La ausencia que supere los quince días debe suplirse.
    d) Con el permiso del Superior provincial, la primera profesión puede anticiparse no más de quince días.
  13. “Un novicio puede abandonar libremente el Instituto; la autoridad competente de éste puede despedirle”[287], sin perjuicio de lo dispuesto en el can. 653 § 2 del CIC.
  14. En el noviciado debe prevalecer la formación espiritual. También tiene lugar en él la capacitación intelectual necesaria para que los novicios puedan encarar los estudios posteriores. Podrán realizarse también experiencias pastorales y especialmente misioneras de acuerdo al carisma propio del Instituto.
  15. Los novicios están a cargo de un Maestro, nombrado por el Superior general con el consentimiento del Consejo, al cual podrá adjuntársele otro sacerdote como vice maestro, según las necesidades[288].
  16. El gobierno de los novicios queda reservado únicamente al Maestro de novicios, bajo la autoridad del Superior provincial.
  17. Diálogo con el Maestro de novicios: el diálogo con el superior, momento privilegiado en la etapa de formación, beneficia tanto al novicio como al miembro de votos temporales favore­ciendo la buena marcha de la comunidad. En este diálogo de confianza, el religioso informa a su Superior de todas las actividades que realiza y, si lo desea, del estado de su conciencia. Es aconsejable hacerlo dos veces por mes en el noviciado y una vez por mes hasta la profesión perpetua y luego frecuentemente.
  18. El Maestro de novicios deberá estimular a los novicios para que vivan las virtudes humanas y cristianas, llevándolos por un camino de mayor perfección mediante la oración y la renuncia de sí mismos, instruyéndolos en la contemplación del misterio de la salvación y en la lectura y meditación de las Sagradas Escrituras, preparándolos para que celebren el culto de Dios en la Sagrada Liturgia, formándolos para llevar una vida consagrada a Dios y a los hombres en Cristo por medio de los consejos evangélicos, instruyéndolos sobre el carácter, espíritu, finalidad, disciplina, historia y vida del Instituto; y procurará imbuirlos de amor a la Iglesia y a sus sagrados pastores[289].
  19. Luego de un período de prueba los novicios recibirán el hábito religioso.

    Artículo 4: La profesión

    a) La profesión temporal

  20. Para la validez de la profesión temporal se requiere que:
    a) Quien la va a emitir, haya cumplido al menos los dieciocho años de edad.
    b) Haya realizado válidamente el noviciado.
    c) Sea expresa y emitida sin violencia, miedo grave o dolo.
    d) Sea recibida por el Superior provincial, personalmente o por medio de otro.

  21. Al terminar el noviciado el novicio ha de ser admitido a la profesión temporal. La admisión la resuelve el Superior provincial escuchado su Consejo. Cuando haya dudas sobre la vocación, tanto por parte del candidato como por parte del Instituto, podrá prolongarse el noviciado, pero nunca más de seis meses[290].
  22. La profesión temporal se hará durante los cuatro primeros años por el período de un año, y luego por un período de dos años. Para los religiosos candidatos al sacerdocio se tenga en cuenta lo establecido en el número [256].
    El Superior general con el consentimiento de su Consejo y con causa justa podrá dispensar de esta norma, de manera que un religioso pueda ser admitido a la profesión perpetua cumplido el tercer año de profesión temporal[291], quedando a salvo lo establecido en el can. 657 § 3.
  23. La fórmula de consagración temporal será la siguiente:

    Por el amor
    al Padre, origen primero y fin supremo
    de la vida consagrada;
    a Cristo, que nos llama a su intimidad;
    al Espíritu Santo, que dispone el ánimo
    a acoger sus inspiraciones.

    Yo N.N., libremente, hago a Dios oblación de todo mi ser:
    para profundizar, con un amor cada vez más sincero e intenso,
    el don de los consejos evangélicos en dimensión trinitaria;
    para ser una huella concreta que la Trinidad deja en la historia
    y así todos los hombres descubran el atractivo
    y la nostalgia de la belleza divina;
    para que mi vida sea memoria viviente
    del modo de existir y de actuar
    de Jesús, el Verbo hecho carne (cf. Jn 1,14),
    ante el Padre y ante los hombres.

    Por eso, comprometo todas mis fuerzas
    para no ser esquivo a la aventura misionera,
    para inculturar el Evangelio
    en la diversidad de todas las culturas,
    para prolongar la Encarnación del Verbo
    “en todo hombre, en todo el hombre
    y en todas las manifestaciones del hombre”
    asumiendo todo lo auténticamente humano,
    para ser como otra humanidad de Cristo,
    para realizar con mayor perfección
    el servicio de Dios y de los hombres.

    Por esto, delante de Dios nuestro Señor y de todos sus santos,
    ante N.N., Superior provincial
    del Instituto del Verbo Encarnado,
    (o bien: ante N.N., que hace las veces de
    Superior provincial del Instituto del Verbo Encarnado)
    y en presencia de los miembros de dicho Instituto
    y de las Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará,
    hago voto de vivir por … año/s
    casto, por el Reino de los Cielos,
    pobre, manifestando que Dios es la única riqueza
    verdadera del hombre,
    y obediente, hasta la muerte de cruz
    para seguir más íntimamente al Verbo Encarnado
    en su castidad, pobreza y obediencia,
    de acuerdo al camino evangélico
    trazado en las Constituciones
    del Instituto del Verbo Encarnado,
    y para mejor hacerlo hago un cuarto voto
    de consagración a María en materna esclavi­tud de amor.

    Pido la intercesión de Nuestra Señora, de los Doce Apóstoles
    y de los otros santos patronos,
    las oraciones de los hermanos en el Verbo Encarnado
    y de las hermanas del Instituto
    de las Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará.

    El amor y la gracia de la Santísima Trinidad
    me ayuden a ser fiel en la obra que ha comenzado.

    El que toma los votos responde:

    En nombre de la Iglesia
    y del Instituto del Verbo Encarnado
    recibo con gran alegría en nuestra Familia Religiosa
    a estos hermanos con votos temporales,
    quienes manifestaron el deseo explícito
    de una total conformación
    con Cristo, Verbo Encarnado.

    b) La profesión perpetua

  24. Para la validez de la profesión perpetua se requiere al menos los veintiún años de edad cumplidos.
  25. Los religiosos candidatos al sacerdocio podrán ser admitidos a la profesión perpetua después de haber realizado al menos cinco años de profesión temporal y habiendo completado los estudios filosóficos y teológicos previos al diaconado. Si hay duda sobre su idoneidad, o el mismo candidato lo solicita, podrá establecerse un tiempo adicional de profesión temporal de hasta tres años. Vencido el plazo, el candidato será admitido a la profesión perpetua o despedido.
  26. La fórmula de consagración perpetua será la siguiente:

    Por el amor
    al Padre, origen primero y fin supremo
    de la vida consagrada;
    a Cristo, que nos llama a su intimidad;
    al Espíritu Santo, que dispone el ánimo
    a acoger sus inspiraciones.

    Yo N.N., libremente, hago a Dios oblación de todo mi ser:
    para profundizar, con un amor cada vez más sincero e intenso,
    el don de los consejos evangélicos en dimensión trinitaria;
    para ser una huella concreta que la Trinidad deja en la historia
    y así todos los hombres descubran el atractivo
    y la nostalgia de la belleza divina;
    para que mi vida sea memoria viviente
    del modo de existir y de actuar
    de Jesús, el Verbo hecho carne (cf. Jn 1,14),
    ante el Padre y ante los hombres.

    Por eso, comprometo todas mis fuerzas
    para no ser esquivo a la aventura misionera,
    para inculturar el Evangelio
    en la diversidad de todas las culturas,
    para prolongar la Encarnación del Verbo
    “en todo hombre, en todo el hombre
    y en todas las manifestaciones del hombre”
    asumiendo todo lo auténticamente humano,
    para ser como otra humanidad de Cristo,
    para realizar con mayor perfección
    el servicio de Dios y de los hombres.

    Por esto, delante de Dios nuestro Señor y de todos sus santos,
    ante N.N., Superior provincial
    del Instituto del Verbo Encarnado,
    (o bien: ante N.N., que hace las veces
    de Superior provincial del Instituto del Verbo Encarnado)
    y en presencia de los miembros de dicho Instituto
    y de las Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará,
    hago voto de vivir para siempre
    casto, por el Reino de los Cielos,
    pobre, manifestando que Dios es la única riqueza verdadera del hombre,
    y obediente, hasta la muerte de cruz
    para seguir más íntimamente al Verbo Encarnado
    en su castidad, pobreza y obediencia,
    de acuerdo al camino evangélico
    trazado en las Constituciones
    del Instituto del Verbo Encarnado,
    y para mejor hacerlo hago un cuarto voto
    de consagración a María en materna esclavi­tud de amor.

    Pido la intercesión de Nuestra Señora, de los Doce Apóstoles
    y de los otros santos patronos,
    las oraciones de los hermanos en el Verbo Encarnado
    y de las hermanas del Instituto
    de las Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará.
    El amor y la gracia de la Santísima Trinidad
    me ayuden a ser fiel en la obra que ha comenzado.

    El que toma los votos responde:

    En nombre de la Iglesia
    y del Instituto del Verbo Encarnado
    recibo con gran alegría en nuestra Familia Religiosa
    a estos hermanos con votos perpetuos,
    quienes manifestaron el deseo explícito
    de una total conformación
    con Cristo, Verbo Encarnado.

    Artículo 5: Seminario religioso

    a) Seminario de religiosos que son candidatos al sacerdocio

  27. Como el Instituto del Verbo Encarnado es un Instituto clerical, la mayor parte de sus miembros son sacerdotes. Concluido el noviciado, comienza el período de formación sacerdotal que se realiza a tenor de las normas del derecho para los Seminarios y de los documentos de la Santa Sede, y siempre en consonancia con la espiritualidad y la misión del Instituto, a fin de lograr una auténtica formación integral: humana, espiritual, intelectual y pastoral.
  28. De acuerdo a nuestro carisma propio buscamos orientar todos nuestros estudios a la evangelización de la cultura, para lo cual no ahorraremos medios ni esfuerzos. No nos conforma­mos con un conocimiento superficial de la Filosofía y de la Teología, incapaz de comprender en toda su profundidad el drama del ateísmo contemporáneo y por tanto incapaz de remediarlo.

    b) Estudiantado de los religiosos hermanos

  29. En el Instituto habrá también religiosos llamados ‘religiosos hermanos’. Los mismos se dedicarán al servicio de las casas y a prestar servicios espirituales que no exijan la gracia sacramental del Orden Sagrado.
  30. Los hermanos deberán hacer el Estudiantado, en el cual cursarán algunos tratados de Filosofía y Teología, “atendiendo a las necesidades de la Iglesia y a las circunstancias de los hombres y de los tiempos, tal como lo exigen el fin y el carácter del Instituto”[292]. Los religiosos hermanos continuarán su formación hasta la profesión perpetua, en las casas donde sean destinados y bajo la autoridad directa del Superior local, y se atenderá a su formación permanente.


    Artículo 6: La formación permanente

  31. La vida religiosa es un proceso de continua conversión, que no acaba en los años de formación, sino que debe mantenerse y acrecentarse cada día más[293]. En relación a nuestra tarea pastoral esta formación es un acto de justicia verdadera y propia para con el Pueblo de Dios, que nos exige siempre la respuesta más adecuada[294].

  32. La formación permanente reviste cuatro dimensiones: la humana, la espiritual, la intelectual y la pastoral, y no conoce límites ni de edad ni de situación.
  33. Consideramos fundamental que la formación sea permanente. Para ello además de los medios ordinarios: conferencias, retiros, cursos, exámenes, etc.; en cuanto sea posible, se arbitrarán medios extraordinarios: por ejemplo, cada diez años los Ejercicios Espirituales de mes, peregrinar a Tierra Santa y a los grandes santuarios de la cristiandad, etc.
  34. En orden a esto deseamos que todos los miembros del Instituto, de acuerdo a sus capacidades y talentos, cursen estudios eclesiásticos o civiles posteriormente al Estudiantado, preferente­mente en las Universidades Pontificias de Roma o en aquellas reconocidas por la Santa Sede, con el fin de capacitarse y obtener título habilitante de Licenciado o Doctor[295]. A tal efecto tenemos en Roma una comunidad sacerdotal en la que, normalmente, se estará dos años para alcanzar este fin[296]. La formación en Roma implica alcanzar un espíritu romano, que “supone una corona de virtudes: apertura universal, fidelidad al Magisterio, espíritu misionero, longanimidad y magnanimidad”[297]. “Vuestra situación os permite vivir la realidad sobrenatural de la comunión con la Iglesia de Roma y con el Obispo de Roma. Y, en la experiencia eclesial, entráis en el ámbito de otra nueva realidad: experimentáis la comunión con todos cuantos están por su parte en comunión con la Iglesia de Roma”[298]. Por ello el poder realizar estos estudios en la Ciudad Eterna implica una doble ventaja: “Significa tener la ventaja de vivir en una comunidad de sacerdotes y seminaristas, y tener acceso a una formación académica, en o a través de las Universidades romanas. Significa ser testigos, día a día, de la tradición viva de la fe tal como es proclamada por la Sede de Pe­dro”[299].
  35. De allí que sea esta Iglesia de Roma el mejor lugar para esta formación: “En ninguna otra localidad hay tanta oportunidad de formar sacerdotes idóneos como hay en Roma, centro de la cristiandad, junto a la tumba de los dos grandes Apóstoles, bajo la solicitud paterna del Sumo Pontífice que, por su función de Vicario de Cristo, es padre común de las gentes y custodio e intérprete de la fe católica”[300].
    En esto precisamente consiste la romanidad, “entendida como especial espíritu de comunión con el Sucesor de Pedro, Cabeza visible de la Iglesia de Cristo, mediante unidad de fe y caridad…”[301].
    También podrían los estudios ser en alguna Universidad civil, eminente por su nivel, según juicio del Superior general y de su Consejo.
  36. Cada Superior local deberá poner los medios necesarios para que todos los miembros de la comunidad cultiven esta formación permanente: conferencias, retiros, cursos, exámenes, etc. Toda la vida debemos buscar la verdad plena: “si no se anhela la verdad con todas las fuerzas del alma, de ninguna forma se la puede encontrar”[302].

Artículo 7: Responsables de la formación

  1. Tendremos un especial cuidado en la preparación y elección de los responsables de la formación, pues de ellos dependerá el futuro del Instituto. Queremos formar “escuela” y no “solitarios”. En la tarea de evangelizar la cultura no son suficientes los esfuerzos individuales o de alguna generación, sino que se hace necesario un gran movimiento que vaya creciendo en extensión y profundidad. Y esta es la tarea de los formadores. Por eso se hace necesaria la formación de los formadores, de hombres con discernimiento propio y caudalosos de espíritu.
  2. La tarea de formar a otros exige, además de un conocimiento suficiente de la doctrina católica sobre la fe y costumbres, ciertas condiciones: capacidad humana de intuición y acogida, experiencia de Dios y de la oración, sabiduría, amor a la liturgia, necesaria competencia cultural, disponibilidad de tiempo y buena voluntad para consagrarse al cuidado personal de cada uno de sus formandos y no solamente del grupo. Para esto es necesario tener serenidad interior, disponibilidad, paciencia, comprensión, y un verdadero afecto hacia aquellos que le han sido confiados[303].

Artículo 8: Readmisión

  1. Quien hubiere salido legítimamente del Instituto una vez cumplido el noviciado o incluso después de la profesión, puede ser readmitido por el Superior general con el consentimiento de su Consejo, sin obligación de repetir el noviciado; al mismo Superior general corresponde determinar la conveniente prueba previa a la profesión temporal y la duración de los votos antes de la profesión perpetua[304].

PARTE 8: GOBIERNO DEL INSTITUTO

La Familia Religiosa
del Verbo Encarnado

  1. El Instituto del Verbo Encarnado reconoce en el Sumo Pontífice la primera y suprema autoridad y le profesa no sólo obediencia, sino también fidelidad, sumisión filial, adhesión y disponibilidad para el servicio de la Iglesia universal.
  2. Los Superiores, dóciles a la voluntad de Dios, considerarán el ejercicio de su potestad como un verdadero servicio a la Iglesia y recordarán siempre que la primera obligación del Superior es mandar bien.

Artículo 1:  Rama femenina. Instituto Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará

  1. El Instituto del Verbo Encarnado junto con el Instituto Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará forman la misma Familia Religiosa del Verbo Encarnado. Ambos Institutos se saben indisolublemen­te unidos. Esa unión es espiritual, no obstante ser jurídicamente independientes. La unión en el mismo espíritu se da esencialmente por tener un mismo Fundador y por las Constituciones gemelas, por el Padre espiritual, elegido por las religiosas, y por la ayuda de los demás sacerdotes del Instituto del Verbo Encarnado: asesores espirituales, los consejeros de cada casa, los directores espirituales, los confesores, profesores, etc., nombrados al efecto por la autoridad competente.

Artículo 2: Rama contemplativa

  1. También forma parte del Instituto del Verbo Encarnado la rama contemplativa, integrada por aquellas casas donde los religiosos se dedican a la vida contemplativa, conforme a las disposiciones del derecho propio.
  2. En cada monasterio habrá un Superior nombrado por el Superior general con el consentimiento de su Consejo.
  3. Los monasterios son casas del Instituto pertenecientes a la Provincia en cuyo territorio se encuentran.

Artículo 3: Tercera Orden

  1. Además, la Familia Religiosa del Verbo Encarnado cuenta con una Tercera Orden Secular, “cuyos miembros participan en el espíritu y misión del Instituto y están bajo la alta dirección de éste”[305].
  2. La Tercera Orden Secular está estructurada en tres niveles, según el grado de compromiso que libremente adquieran:
    – en un primer grado, el Instituto del Verbo Encarnado tiene asociados a aquellos fieles laicos que aspiran a la perfección evangélica según el espíritu del Instituto, participando en su misión[306], obligándose libremente por medio de votos privados o por algún otro vínculo sagrado;
    – en el segundo grado, se encuentran las asociaciones de fieles: grupos o movimien­tos, cada uno de ellos con su propia organización, que quieren participar del espíritu y fin del Instituto;
    – finalmente, en el tercer grado, constituido en forma amplísima, se encuentran todos aquellos fieles cristianos que siendo amigos, simpatizantes, bienhechores, familiares, etc., quieren participar con nosotros en el espíritu de nuestra Familia Religiosa.
  1. Esta Tercera Orden se sabe unida a nuestra Familia Religiosa y, por tanto, dependiente de la misma en su doble aspecto: colegial e individual.
  2. El nexo de unión lo tendrán a través del Asesor mayor, nombrado por el Superior general con el consentimiento de su Consejo, y a través de los Superiores provinciales del Instituto, quienes en sus Provincias proveerán a la asistencia espiritual de los terciarios, de acuerdo a los tres niveles de la Tercera Orden, y en coordinación con las Superioras provinciales del Instituto de las Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará.

Artículo 4: Junta coordinadora general

  1. Asimismo, se ha de constituir con los Superiores generales de ambos Institutos, los Superiores de los distintos Institutos, Movimientos y Asociaciones de la Tercera Orden, una Junta coordinadora general presidida por el Superior general del Instituto del Verbo Encarnado, o su delegado, con el fin de coordinar los distintos apostolados, la atención de las fundaciones, la promoción del espíritu de los Institutos, etc., no teniendo dicha Junta ninguna competencia en lo que hace al gobierno de cada Instituto.
CAPÍTULO 1: DIVISIÓN DEL INSTITUTO

  1. Las casas del Instituto se agruparán en Provincias, Viceprovincias y Delegaciones, las cuales podrán ser erigidas por el Capítulo general y por el Superior general con el consentimiento de su Consejo ad referendum del Capítulo general.
  2. Cuando un grupo homogéneo de casas no reúna las condiciones mínimas para ser constituido en Provincia, se constituirá una Viceprovincia o una Delegación, según sea el grado de desarrollo que haya alcanzado. Las Viceprovincias y las Delegaciones serán gobernadas por un Superior nombrado por el Superior general con el consentimiento de su Consejo, con las atribuciones que considere necesarias.
 CAPÍTULO 2: DE LOS CAPÍTULOS GENERALES

  1. El Instituto del Verbo Encarnado tiene como organismo supremo de gobierno el Capítulo general que se reunirá en los tiempos y formas establecidos a continuación.

Artículo 1: De la convocatoria a los Capítulos

  1. Los Capítulos generales pueden ser ordinarios y extraordinarios.
    El Capítulo general se convoca ordinariamente cada seis años para la elección del Superior general y para tratar todos los asuntos establecidos en el can. 631 § 1 y otros que fuese conveniente. Asimismo se convoca extraordinariamente para proceder a una nueva elección por muerte, renuncia o remoción[307] del Superior general.
    El Superior general con el consentimiento de su Consejo podrá convocar un Capítulo extraordinario para tratar asuntos graves de mayor importancia para el Instituto.
  2. Al Capítulo general convocado y presidido por el Superior general o por el que haga sus veces serán convocados con voz y voto deliberativo los miembros del Instituto mencionados a continuación:
    a) Por razón de su oficio:
    – Los ex-Superiores generales del Instituto del Verbo Encarnado.
    – Los Consejeros generales.
    – Los Superiores provinciales y otros a ellos equiparados.
    – Los Rectores de los Seminarios mayores.
    – Los Rectores de Colegios clericales erigidos.

    b) Delegados por elección:
    – Sacerdotes de votos perpetuos por cada Provincia y Viceprovincia, según proporción en base al número de miembros de cada jurisdicción, elegidos por los miembros profesos perpetuos por mayoría absoluta. La proporción numérica deberá ser establecida en un reglamento pre-capitular.
    – Dos Superiores de monasterios, elegidos según dictamina el Directorio de Vida Contemplativa, por cada seis monasterios.

    Se tendrá en cuenta cuanto se refiere a la capacidad y condiciones de los votantes y del voto en el derecho común[308].

  3. El número de miembros del Capítulo general delegados por elección debe ser Superior al de los participantes por razón de su oficio.

Artículo 2: De la celebración del Capítulo

  1. El Presidente del Capítulo es el Superior general del Instituto o quien haga sus veces.
  2. Los Padres capitulares elegirán por votación secreta un Secretario capitular, dos auxiliares y dos escrutadores.
  3. Abierto el Capítulo general, se realizará una profesión de fe a tenor del can. 833. Luego el Secretario capitular procederá a labrar un acta donde consten los miembros que asisten a dicho Capítulo. Igualmente, levantará acta en la que conste sobre quiénes recayeron las elecciones de Secretario capitular, auxiliares y escrutadores y dejará constancia del orden del día.
  4. En tiempo oportuno se procederá a la elección del Superior general, por votos libres, secretos, ciertos y absolutos, por mayoría de dos tercios de los votos de los Padres capitulares presentes. Después de dos escrutinios ineficaces, en los que no se haya alcanzado la mayoría de dos tercios, hágase una tercera votación sobre los dos candidatos que hubieren obtenido el mayor número de votos o, si fueren más, sobre los dos más antiguos en profesión o, si fueren de igual antigüedad, sobre los dos de mayor edad; después del tercer escrutinio, si persiste el empate, queda elegido el de mayor antigüedad, y si fueran en esto iguales, el de más edad[309]. El Superior electo deberá ser notificado de ello inmediatamente. A partir de allí, contará con un plazo de ocho días útiles para aceptar o no el oficio y nombrar Vicario, Secretario y Ecónomo generales en caso afirmativo. Los designados por el Superior general contarán, por su parte, con igual plazo para aceptar o no el nombramiento.
  5. Terminada la elección del Superior general, el Capítulo procederá a la elección de los dos miembros restantes del Consejo general, por mayoría absoluta, y del primero, segundo y tercer Consejeros suplentes, por igual mayoría. En caso que los nombramientos realizados por el Superior general recaigan sobre algunas de las personas elegidas por el Capítulo para Conseje­ros o Suplentes, tendrán prioridad los nombramientos efectuados por el Superior general, y será él mismo quien habrá de completar los cargos. Los miembros del Consejo general elegido durarán en sus funciones el mismo período que el Superior general, pudiendo ser reelegidos[310].
  6. Verificadas las elecciones, el Capítulo celebrará las sesiones necesarias, en las que el nuevo Superior general se informará sobre el estado del Instituto del Verbo Encarnado. Los demás religiosos asistentes podrán hacer las observaciones acerca de cuanto estimen digno de ser tratado para el bien de las Provincias y casas del Instituto del Verbo Encarnado.
  7. Los asuntos principales a tratar en Capítulo general son:
    a) Defensa del patrimonio del Instituto del Verbo Encarnado; procurar la acomodación y renovación de acuerdo con el mismo; elección del Superior general y emanación de normas vinculantes para todo el Instituto del Verbo Encarnado[311].
    b) Reforma de algún punto de las Constituciones que, previa aprobación de las dos terceras partes de los miembros del Capítulo general, aprobará la autoridad eclesiástica competente[312].
    c) Revisión y acomodación de los Directorios generales[313], Reglamentos y demás normas.
    d) La división de todo el Instituto del Verbo Encarnado en Provincias, Viceprovincias y Delegaciones[314], y supresión de las mismas[315].
    e) Definición del modo de observancia de los consejos evangélicos[316].
    f) Tratamiento de otros asuntos mayores y sugerencias que, libremente, se quiera aportar[317].
CAPÍTULO 3: DEL GOBIERNO GENERAL

Artículo 1: Del Superior general

  1. Permanentemente el Instituto está gobernado por un Superior general asistido por su Consejo, el cual estará integrado por cinco Consejeros. De los seis miembros del Gobierno general, el Superior general y al menos dos consejeros serán elegidos por el Capítulo. El Vicario, el Secretario y el Ecónomo general serán nombrados por el Superior general.
  2. El Superior general tendrá la superior representación del Instituto y ejercerá las funciones de primera autoridad atendiendo al cuidado y gobierno del Instituto del Verbo Encarnado y de todos sus miembros a tenor de las presentes Constituciones y del derecho canónico vigente.
    La jurisdicción de su potestad se extiende a todo el Instituto del Verbo Encarnado y se ejerce sobre todos y cada uno de sus miembros, tanto en las casas de vida apostólica cuanto en las de vida contemplativa.
    Para ser elegido y desempeñar este cargo ha de reunir las cualidades de aptitud, discreción, prudencia, madurez y otras que su acertado desempeño exige.
    Se requiere que el elegido sea sacerdote y tenga al menos 15 años de profeso perpetuo[318] en el Instituto del Verbo Encarnado.
    El Superior general dura seis años en sus funciones y puede ser reelegido.
  3. Ha de buscarse que el que desempeñe el cargo de Superior general esté fuera de desear serlo o procurarlo, al igual que los demás Superiores.
  4. Evite el Superior general preferencias con sus súbditos. Tenga equidad de ánimo con todos. No haga “acepción de personas”. La acepción de personas es un pecado opuesto a la justicia distributiva, que mira a distribuir los cargos, oficios y cargas en vistas al bien común, proporcionalmente, según la dignidad o capacidad de las personas. Pues en justicia, según el orden al bien común, hay que poner la persona apta en cada lugar. Es necesario, para esto, atender a la causa que hace apta a tal persona para tal cosa, es decir, a su condición. Pero cuando no se considera la causa, en orden al bien común, sino sólo la persona, se cae en este vicio de la “acepción de personas”, es decir, se nombra a tal o cual sólo por ser tal o cual, no por su idonei­dad, desplazando a quien, en justicia, debería ocupar ese lugar. Este tipo de injusticia está expresamente prohibida en la Sagrada Escritura[319]. El Superior debe ser padre a imagen del Padre Celestial, Quien no hace acepción de personas (Hch 10,34).
  5. Ha de exigirse del Superior general que guarde gran fidelidad a las Constituciones y que no permita que, por tener gran libertad en ella, dispense por causa leve el cumplimiento de las mismas.
  6. Nunca reprenda con ira. Sea con todos manso y consigo riguroso. Nunca diga cosa suya digna de loor si no tiene esperanza de que habrá provecho, y entonces sea con humildad y considerando son dones de Dios.
  7. Todas las funciones y obligaciones que le correspondan al Superior general en razón de su cargo desempéñelas con un marcado espíritu de servicio. Su potestad es servicial o su servicio es potestativo. Ha de gobernar como el que sirve, porque está obligado en razón de su oficio a servir mandando: el mayor entre vosotros sea como el menor, y el que manda como quien sirve (Lc 22,26).
  8. Son atribuciones y deberes del Superior general:
    a) Gobernar a los súbditos como a hijos de Dios. Ha de proyectar sobre los súbditos la misma caridad con que Dios los ama en cuanto hijos, y el mismo amor fraterno con que Dios amando a los Superiores y a los súbditos, desea que éstos se amen entre sí.
    b) Mostrar veneración a la persona humana basada en la dignidad de toda persona, más específicamente en la dignidad sobreañadida del bautizado y consagrado, y aún más en concreto, en el cúmulo de dotes innatas y adquiridas que conforman la personalidad de cada súbdito.
    c) Promover la obediencia voluntaria, impulsando la voluntariedad en la obediencia, la libertad sumisa. Quien libremente profesó obediencia, voluntariamente deberá poner los actos específicos en la práctica de aquel consejo. Es un ideal cuya prosecución efectiva será el signo sobrenatural y humano del recto ejercicio de la potestad.
    d) Oír de buen grado. No es el oír de quien asiente, ni el escuchar de quien tiene oídos sordos, ni el atender del discípulo, ni el enseñar del maestro. Esto no comprende ni un deber de respuesta, que puede no existir, o no ser prudente darla, o ser obligatorio el no darla; ni un deber de acuerdo y coincidencia en lo dialogado, tantas veces inexistente o inalcanzable; ni un deber de decisión ajustada a la posición del súbdito.
    e) Fomentar iniciativas para el bien del Instituto del Verbo Encarnado y de la Iglesia. Se ve, por oficio, obligado a suscitar múltiples iniciativas en bien del Instituto, y se excluye positivamente la pasividad ofensiva de quien espera que todo le sea propuesto por otros.
    f) Decidir y mandar lo que deba hacerse, contando para ello con la facultad de delegación que le otorga el derecho común[320].
  9. Son funciones específicas y propias del Superior General, además de las establecidas por el can. 619 del CIC, las siguientes:
    a) Procurar la conservación y aumento del Instituto del Verbo Encarnado.
    b) Promover entre sus súbditos el conocimiento y la observancia de los decretos de la Santa Sede de algún modo referentes a los religiosos.
    c) Vigilar la observancia de las Constituciones y velar porque se mantenga el espíritu del Instituto del Verbo Encarnado.
    d) Promover en cuanto le sea posible el bien espiritual y temporal de todos los miembros del Instituto y vigilar que todos cumplan sus respectivos deberes y obligaciones.
    e) Presidir las sesiones del Consejo general y presentar al mismo los asuntos que deban tratarse. El Superior podrá consultar al Consejo todas las veces que lo considere necesario.
    f) Comunicar a los Superiores provinciales, y también directamente a los locales cuando lo estimare conveniente, las resoluciones del Consejo de que deban tener conocimiento.
    g) La visita, inspección y dirección general de todas las Provincias y casas del Instituto del Verbo Encarnado.
    h) Vigilar todo lo referente a la formación espiritual e intelectual de los religiosos.
    i) La convocatoria de los Capítulos generales ordinarios y extraordinarios, de acuerdo a las presentes Constituciones.
    j) Conceder licencia para publicar escritos que se refieran a cuestiones de religión o de costumbres[321].
    k) Dentro de los límites de su propia competencia, el Superior general puede conceder dispensas –relajaciones de leyes meramente eclesiásticas en un caso particular[322]–, en todo lugar, respecto a sus súbditos y también respecto a sí mismo[323], en las condiciones exigidas por el derecho común[324].
  10. El Superior general posee además otras atribuciones en las que debe actuar con su Consejo, como se determina en el Capítulo 4.
  11. El Superior general podrá ser removido de su cargo por las razones invocadas por el derecho común[325].

    Artículo 2: De los miembros del Consejo general

    a) Del Vicario general

  12. Es la segunda autoridad de la Congregación a quien están obligados a obedecer todos los religiosos después del Superior general; ejercerá su autoridad según lo dicho, solamente cuando tenga que sustituir al Superior general o actúe con funciones delegadas por el mismo.
  13. Los nombramientos que son competencia del Superior general no podrán ser realizados por el Vicario general.
  14. El Vicario general será suplido en sus funciones, en caso de vacancia o ausencia, por quien designe el Superior general.
  15. El sacerdote que haya de desempeñar este cargo, además de las aptitudes necesarias al efecto, deberá contar con al menos 10 años de profesión perpetua en el Instituto.
  16. El Vicario general podrá ser removido de su cargo por las mismas razones que el Superior general. Lo mismo vale para todo otro Superior[326].
  17. Además de las obligaciones que el Vicario general tiene como primero de los Consejeros generales, deberá sustituir al Superior general en su ausencia, enfermedad u otros impedimentos. Asimismo, ocurrida la muerte, renuncia o remoción del Superior general, tomará el Vicario a su cargo el gobierno interino del Instituto del Verbo Encarnado, sin que se proceda a nueva elección hasta transcurridos cuatro meses a partir de la fecha vacante y no pudiendo hacer traslación ni nombramiento de Superiores provinciales ni locales fuera del caso de necesidad. Transcurridos los cuatro meses, el Vicario general no podrá diferir la convocatoria para la elección del Superior general más allá del trimestre siguiente.


    b) Del Secretario general

  18. El cargo será desempeñado por un sacerdote que tenga al menos 10 años de votos perpetuos en el Instituto y posea las cualidades que requiera su oficio.

  19. Es incumbencia del Secretario general:
    – Elaborar las actas de las sesiones celebradas en los Capítulos generales y en los Consejos.
    – El despacho de las comunicaciones del Superior general en lo que se refiere a toda la materia de sus funciones.
    – Cuidar y tener al día la documentación del Instituto, acerca de personas, casas, Provin­cias, relaciones con entidades religiosas y civiles, contratos, estadísticas, etc.


    c) Del Ecónomo general

  20. El sacerdote consejero a quien haya de confiarse el cargo de Ecónomo general deberá tener al menos 10 años de votos perpetuos en el Instituto y reunir las cualidades necesarias para su cargo.
  21. Corresponde al Ecónomo general la administración de los bienes de la Congregación bajo la autoridad del Superior general y la vigilancia de su Consejo. Tendrá particular cuidado de vigilar toda la documentación referente a los bienes y su custodia.
  22. El Ecónomo general cuidará de registrar la entrada y salida de fondos y valores. Dará razón del estado de las mismas al Consejo una vez por trimestre y siempre que éste se lo requiera[327].


    d) De los otros Consejeros generales

  23. Formarán asimismo parte del Consejo otros dos sacerdotes, además de los dichos anteriormente, los cuales recibirán el nombre de Consejeros generales.
  24. Deberán tener al menos 10 años de votos perpetuos en el Instituto y gozar de prudencia y demás condiciones necesarias para el ejercicio de su cargo, en correspondencia con los demás miembros del Consejo.
  25. En caso de sustitución de los Consejeros generales elegidos directamente por el Superior general, éste mismo nombrará a los reemplazantes. Lo mismo vale para la sustitución de Consejeros provinciales o locales, que son nombrados directamente por el Superior provincial o local respectivamente.
  26. Cuando por renuncia, dimisión, traslado u otra causa, algún Consejero de los elegidos por el Capítulo general deje de pertenecer al Consejo general, será reemplazado por el primer suplente, y así sucesivamente.
CAPÍTULO 4: DE LA ACTUACIÓN DEL CONSEJO GENERAL

Artículo 1: De las atribuciones

  1. Actuación como Colegio: El Superior general integra el Consejo general como primero entre iguales con derecho a voto. La decisión es colegiada[328] y obliga a su ejecución. El Colegio será convocado a tenor del can. 166 del CIC y deberá contar con, al menos, 4 miembros para poder sesionar. Las atribuciones del mismo son las siguientes:
    – Aprobación de los Directorios del Instituto del Verbo Encarnado ad referendum del Capítulo general. Modificación de los ya aprobados, cuando sea necesario, también ad referendum del Capítulo general, de manera especial para adecuarlos a los nuevos documentos del Magisterio de la Iglesia. La modificación del Directorio de Vida Contemplativa deberá contar con el voto favorable de las dos terceras partes de la totalidad de los miembros profesos perpetuos de la rama contemplativa.
    – Decretos de expulsión por la mayoría absoluta de los miembros presentes[329].
  2. Actuación con voto deliberativo: el Consejo actúa a tenor del can. 127 § 1 del CIC, pero no como Colegio sino como grupo de personas de las que se requiere su consentimiento. Las decisiones se tomarán por la mayoría absoluta de los presentes. El acto final será personal y potestativo del Superior, el cual podrá obrar conforme a dicha decisión o abstenerse de obrar. El Consejo, que será convocado según el modo dispuesto en el can. 166 del CIC, deberá dar su consentimiento sobre los siguientes asuntos:
    – Erección de Provincias, Viceprovincias y Delegaciones ad referendum del próximo Capítulo general.
    – Nombramiento de los Superiores provinciales, Viceprovinciales y Delegados. Los nombramientos deberán ir precedidos de una consulta apropiada[330]. Las personas deberán ser notificadas del oficio para el cual han sido nombradas, pudiendo en el plazo de ocho días útiles aceptar o no el oficio respectivo.
    – Nombramiento de los Superiores de casas de formación mayor y menor; de los Maestros de novicios, de los Rectores de universidades y de los Superiores de monasterios, oído también el parecer del Superior provincial.
    – Concesión y nombramiento del sacerdote elegido por la rama femenina para Padre espiritual.
    – Nombramiento del Asesor mayor de la Tercera Orden.
    – Admisión al diaconado y al presbiterado.
    – Erección de casas[331].
    – Erección o supresión de noviciados[332], casas de formación mayores y menores, y otras casas de formación.
    – Supresión de casas[333].
    – Aprobación de los planes de estudio de las casas de formación.
    – Venta de bienes[334].
    – Excepción para realizar el noviciado en otra casa[335].
    – Cambios de Instituto[336].
    – Exclaustración de sacerdotes de votos perpetuos[337].
    – Indulto de salida a los religiosos de votos temporales[338].
    – Readmisión de ex-miembros[339].
  3. Actuación con voto consultivo: el Consejo actúa también en este caso como grupo de personas, requiriéndose el consejo u opinión de todas ellas para la validez del acto. El acto final será personal y potestativo del Superior, quien puede obrar aun en contra de lo aconsejado unánimemente si considera tener razones suficientes para ello. Será convocado conforme lo determina el derecho[340] para tratar los siguientes asuntos:
    – Aprobación de los reglamentos de las casas de formación y de los monasterios.
    – Aprobación de otros reglamentos de carácter general.

Artículo 2: De las reuniones del Consejo general

  1. Habrá dos clases de reuniones del Consejo general: ordinarias y extraordinarias, presididas por el Superior general y en su ausencia por el Vicario general o por el que haga las veces.
  2. Las reuniones ordinarias se tendrán regularmente cada mes, y aquellas extraordinarias cuando la necesidad lo exigiere. En unas y otras se tratarán y resolverán los asuntos correspondientes al Instituto que sean presentados por el que preside dichas reuniones. Para la validez de las reuniones se requiere la presencia de al menos tres consejeros, salvo lo dispuesto por el número [321] de estas Constitu­ciones.
  3. Los miembros del Consejo tienen derecho a presentar propuestas sobre formación, apostolado, disciplina, vida espiritual y otras sugerencias, las cuales deberán quedar asentadas en el acta que se labre en la reunión correspondiente.
  4. Los miembros del Consejo han de exponer su parecer con fidelidad y sinceridad dando su consentimiento en los asuntos de mayor importancia y que así lo requieran.
  5. Fuera de los casos en que el Consejo actúa colegialmente, el Superior se halla fuera y sobre su Consejo, lo cual significa que no le corresponde votar, ya cuando se exija el parecer o consentimiento en cuanto a grupo de personas[341], ya en cuanto a personas individuales[342].
  6. Dentro del primer trimestre del año y en reunión ordinaria serán sometidas a examen y aprobación las cuentas de ingreso y gasto de la administración general del Instituto del Verbo Encarnado.
  7. Las Provincias y casas del Instituto del Verbo Encarnado tienen que presentar y someter al Consejo general la cuenta de ingresos y gastos de cada año dentro del primer trimestre del año siguiente. Lo que no obsta a que el Superior general por sí o por otro, y lo mismo el Superior provincial, deban revisar las cuentas de las administraciones provinciales o locales con ocasión de las visitas canónicas ordinarias o extraordinarias.
  8. Se previene con especial rigor a los religiosos que forman parte del Consejo que guarden reserva absoluta sobre los asuntos que se traten en las reuniones del mismo. Sólo el Superior general, cuando lo considere conveniente, podrá comunicar con la debida discreción los acuerdos del Consejo.
CAPÍTULO 5: DEL GOBIERNO PROVINCIAL

Artículo 1: De las Provincias

  1. Con el fin de hacer más fácil y eficaz el gobierno del Instituto del Verbo Encarnado se establece en el mismo, de modo permanente, según las diversas condiciones de personas, lugares y tiempo, divisiones territoriales que se llaman Provincias.
  2. Corresponde al Capítulo general, y al Superior general ad referendum del Capítulo general, el establecimiento o cambio de límites de las Provincias, Viceprovincias y Delegaciones, de acuerdo con las nor­mas que a conti­nuación se indican:
    a) Para que un territorio o grupo de casas pue­da quedar constitui­do en Provincia se requiere que existan canónicamente establecidas, como míni­mo, tres casas del Instituto del Verbo Encarnado.
    b) Se tendrá en cuenta la homogeneidad del te­rritorio y la realidad sociocultural del mismo, en la medi­da de lo posi­ble, y también la facilidad de las comunica­cio­nes y las convenien­cias administrativas.
  3. Bajo la dirección del Superior general y su Consejo, cada Provincia está gobernada por un Superior provincial, al cual asisten cuatro Consejeros provinciales.

Artículo 2: Del Superior provincial

  1. Un sacerdote, para ser nombrado Superior provincial, supuestas las aptitudes físicas y morales que el acertado desempeño del cargo exige, ha de tener al menos 10 años de votos perpetuos en el Instituto. Esta condición podrá ser dispensada por el Superior general con el consentimiento de su Consejo.
  2. El cargo de Superior provincial dura 3 años, terminados los cuales el religioso que cesa en el cargo podrá ser confirmado para otro trienio en la misma Provincia, pero habitualmente no más.
  3. El Superior provincial ejercerá su potestad sobre todas y cada una de las casas que integren la Provincia bajo su jurisdicción, como así también sobre los monasterios de vida contemplativa que se hallen en el mismo territorio.
  4. Son atribuciones y deberes del Superior provincial:
    a) Ejercer la autoridad en la Provincia bajo la dependencia del Superior general, cuyas comisiones llevará a exacto cumplimiento y a quien informará convenientemente de la vida de la Provincia.
    b) Nombrar a los dos primeros miembros del Consejo provincial, es decir, al Vicario y al Secretario.
    c) Nombrar a los Superiores locales con el consentimiento de su Consejo.
    d) Presidir las sesiones del Consejo provincial y proponer al mismo los asuntos a tratar. El Superior podrá consultar a su Consejo todas las veces que lo considere necesario.
    e) Comunicar a los Superiores locales las resoluciones y decretos del Consejo general y provincial.
    f) Resolver las consultas que le propongan los Superiores de las casas o los religiosos y, según la importancia del asunto, trasladar los que así conviniere al Superior general y su Consejo.
    g) Transmitir al Superior general cuantas noticias e informes pudieran servir para proceder con conocimiento a los nombramientos de su competencia.
    h) Visitar las casas de su Provincia una vez al año y cuantas veces fuese necesario.
    i) Admitir a los aspirantes al noviciado y a la profesión temporal, oído su Consejo. Asimismo prorrogar el tiempo de profesión temporal con el consentimiento de su Consejo[343].
    j) Admitir a los aspirantes a la profesión perpetua, con el consentimiento del Consejo provincial.
    k) Excluir de la profesión subsiguiente, oído su Consejo[344].
    l) Conceder los permisos para ausencias prolongadas de la comunidad[345].
    m) Conceder permisos, en casos particulares, acerca de los bienes propios de los profesantes, según se establece en el número [70] de estas Constituciones[346].
  5. Para que el Superior general esté bien informado de la vida y buena marcha del Instituto, además de los informes ordinarios, al fin de cada año enviarán los Superiores provinciales una relación exacta y detallada del estado disciplinar y económico de la Provincia y de su gobierno, junto con la “carta annua” personal.
  6. El Superior general con el consentimiento de su Consejo, podrá conceder a los Superiores provinciales facultades más amplias dentro de las normas del derecho, principalmente a los que se hallen en lugares más apartados. Pero las facultades –tanto ordinarias como extraordinarias– concedidas a los Superiores provinciales no podrán limitar de ningún modo la autoridad y los derechos que según las Constituciones competen al Superior general y a su Consejo.


    Artículo 3: De los miembros del Consejo provincial

    a) Del Vicario provincial

  7. El Vicario provincial es nombrado directamente por el Superior provincial. Ejercerá su autoridad sobre todos los miembros de la Provincia cuando tenga que sustituir al Superior provincial. Podrá también actuar con funciones delegadas por el mismo.

  8. El Vicario provincial, además de poseer las aptitudes que el cargo requiere, ha de tener al menos 10 años de votos perpetuos en el Instituto. Esta condición podrá ser dispensada por el Superior general, oído su consejo.

    b) Del Secretario provincial
  9. El Secretario provincial es nombrado directamente por el Superior provincial. Desempeñará las funciones de la secretaría y el archivo provincial, a cuya solicitud quedarán encomendados el despacho de los documentos provinciales y la conservación del archivo de gobierno de la Provincia. Para tal oficio se requiere ser sacerdote de votos perpetuos.

    c) De los demás Consejeros
  10. Los demás Consejeros provinciales, además de las aptitudes para el cargo, han de ser religiosos de votos perpetuos. Serán elegidos por los religiosos de votos perpetuos asignados a las Provincia, quienes elegirán también tres Consejeros suplentes. Hallándose presentes la mayoría de los que deben ser convocados, la designación recaerá sobre quien obtenga la mayoría absoluta de votos; después de dos escrutinios ineficaces, hágase la votación sobre los dos candidatos que hayan obtenido mayor número de votos o, si son más, sobre los dos más antiguos en profesión y, si fueran de igual antigüedad, sobre los dos de mayor edad; después del tercer escrutinio, si persiste el empate, queda elegido el de mayor antigüedad y, si fueran en esto iguales, el de más edad.
  11. Los Consejeros provinciales duran en su cargo tres años, terminados los cuales podrán ser nuevamente nombrados, pero no habitualmente por un tercer trienio.

    d) Del Ecónomo provincial
  12. El Superior provincial nombrará al Ecónomo provincial entre los dos Consejeros elegidos. El sacerdote a quien haya de confiarse este cargo deberá poseer la habilidad necesaria para el acertado desempeño del mismo.
  13. Corresponde al Ecónomo provincial la administración y custodia, bajo la autoridad de sus Superiores, de los bienes de la Provincia, teniendo particular cuidado en llevar con exactitud toda la documentación referente a los mismos. Cuidará de llevar los libros de entradas y salidas de la caja de la Provincia. Presentará este libro, con las demás informaciones pertinentes, al Superior provincial y su Consejo para su conocimiento, revisión y aprobación una vez cada trimestre y siempre que le fuere requerido por la autoridad competente.

Artículo 4: De los Consejos provinciales

  1. Son atribuciones y deberes del Consejo provincial:
    a) Tratar los casos que le sean presentados y sean de su competencia, mediante voto consultivo o deliberativo, conforme a las normas del derecho común y particular.
    b) El examen y aprobación de las cuentas de la Provincia.
    c) Dar su voto consultivo para la admisión de los aspirantes al noviciado y a la profesión temporal; y su consentimiento para la admisión a los aspirantes a la profesión perpetua, por mayoría absoluta de los presentes.
  2. El Consejo provincial será convocado obligatoriamente una vez al mes y podrá celebrar sesiones extraordinarias siempre que el Superior provincial o el que haga sus veces lo estimare conveniente. Para la validez de las sesiones se requiere la presencia de al menos tres consejeros. Al Superior provincial se aplica lo establecido en el número [328] de estas Constituciones.
CAPÍTULO 6: DE LAS VISITAS CANÓNICAS

  1. El Superior general deberá visitar oficialmente cada una de las Provincias y casas del Instituto del Verbo Encarnado al menos una vez durante el período de su gobierno y siempre que la necesidad lo exija. Sin carácter de visita oficial, podrá visitar cuando lo estime oportuno.
  2. Si llegase el caso en que de ningún modo pudiera desempeñar por sí mismo el grave cometido de la visita oficial, lo encargará a un religioso Visitador nombrado por él directamente.
  3. El Superior provincial visitará, por razón de su oficio, todas y cada una de las casas de su respectiva Provincia tres veces durante el trienio de su cargo, y cuantas veces las circunstancias especiales lo hicieren necesario.
CAPÍTULO 7: DE LAS COMUNIDADES LOCALES

  1. En cada una de las casas ha de haber un número tal de religiosos que salvaguarden la vida comunitaria y posibiliten la práctica de los consejos evangélicos[347]. Para ello, salvo casos excepcionales, deberán estar destinados, por lo menos, tres religiosos.
  2. En cada comunidad local del Instituto del Verbo Encarnado habrá un sacerdote que desempeñará el cargo de Superior local, asistido, salvo que no sea posible por el número de sacerdotes, por un Consejo de cuatro miembros. Los dos primeros, elegidos directamente por el Superior local, desempeñarán respectivamente los cargos de Vicario y Secretario locales. Los restantes dos miembros serán elegidos por los sacerdotes que conformen dicha comunidad, por mayoría simple; uno de ellos será elegido por el Superior local para el oficio de Ecónomo local.

Artículo 1: Del Superior local

  1. El Superior es la cabeza de familia en cada casa; sus mandatos y órdenes deberán ser obedecidos con docilidad y exactitud y sumisión religiosa por todos los religiosos de la comuni­dad.
  2. El nombramiento del Superior local ha de ir precedido de una consulta apropiada[348]. Para que un religioso pueda ser nombrado Superior local, además de las dotes de gobierno, religiosi­dad, espíritu de observancia y demás que el cargo exige, deberá ser sacerdote de votos perpetuos[349].
  3. Durará en el cargo tres años y regularmente no podrá ser nombrado para un tercer trienio inmediato en la misma casa.
  4. El Superior local tiene las siguientes atribuciones y deberes:
    a) El gobierno de la comunidad, mirando los fines de la vida religiosa y los peculiares del Instituto.
    b) Vigilar el cumplimiento de las Constituciones; velar porque se mantenga el espíritu del Instituto del Verbo Encarnado y dispensar, en casos particulares, de algún punto disciplinar, por causa razonable y de acuerdo con las normas establecidas por los Superiores mayores del Instituto del Verbo Encarnado.
    c) Promover entre los religiosos de la comunidad el conocimiento y cumplimiento de los decretos de la Santa Sede referidos a los religiosos o que puedan interesarles de algún modo.
    d) El nombramiento del segundo Consejero, en los casos en que sea posible, con la consulta al Superior mayor inmediato; y de los responsables para los distintos oficios. Las personas que han sido nombradas deberán ser notificadas y aceptarán o no el nombramiento en el plazo de ocho días útiles.
    e) Dictar las disposiciones que juzgare pertinentes al buen orden y servicio de la casa y sus dependencias, y cuanto pueda conducir al mayor bien de la familia encomendada a su cuidado y solicitud.
    f) La presidencia de todos los actos de la casa.
    g) La resolución de los casos graves y urgentes cuando no se puede recurrir al Superior general o provincial, dando cuenta después de sus resoluciones al Superior mayor competente, indicando los motivos de las mismas.
    h) Reunir a sus Consejeros una vez al mes y cuando hubiere necesidad de ello, a fin de que, oídos éstos, resuelva lo que mejor estime en el Señor. Para la validez de esta reunión se requiere la presencia de, al menos, dos miembros del Consejo local.
    i) La redacción del reglamento local, junto con su Consejo, el cual será sometido a la aprobación del Superior provincial, salvos los casos en los que el derecho propio establece que los reglamentos deban ser aprobados por el Superior general.
  5. En los casos de consulta, y siempre que lo estime conveniente, se dirigirá al Superior provincial, al cual ha de enviar –al menos cada tres meses– relación exacta del estado de la casa, así en lo relativo a personas como a cosas. También deberá escribir –al menos una vez al año, y cuantas otras veces lo creyera necesario– al Superior general.

Artículo 2: De los Consejeros locales

  1. El primer Consejero local es al mismo tiempo Vicario y sustituye en todas sus atribuciones al Superior durante su ausencia, enfermedad u otros impedimentos; fuera de estos casos no goza de otras facultades que aquellas que le delegare el Superior. En caso de faltar el Vicario será sustituido por el que le sigue como Consejero según orden riguroso.
  2. El segundo de los Consejeros de nombramiento directo del Superior local será Archivero local, a cuya solicitud quedarán encomendados el despacho de los documentos locales y la conservación del archivo de gobierno de la casa.
  3. En todas las casas del Instituto del Verbo Encarnado habrá un sacerdote con el cargo de Ecónomo local, siendo de su incumbencia la administración de los bienes de la casa, siempre bajo la dirección del Superior local; en el cumplimiento de su función tendrá vigilancia de los fondos y valores pertenecientes a la comunidad. El Ecónomo local administra los bienes de la comunidad y dispone los dispendios necesarios para la vida ordinaria de la misma, de acuerdo con las normas establecidas por el Superior local; llevará cuidadosamente el libro especial de entradas y salidas habidas en la caja de la comunidad; mensualmente, dará razón del estado de la economía de la casa al Consejo local, y periódicamente y siempre que éste lo pida, Superior provincial.
  4. Los sacerdotes, para ser nombrados en el Consejo local[350], además de tener las aptitudes necesarias, han de ser profesos perpetuos. Duran en el cargo por un período de 3 años renovables.
  5. Los Consejeros locales quedan obligados a guardar absoluta reserva acerca de los asuntos que les sean consultados, aunque tienen que informar con sinceridad, si se les requiere, al Superior general y provincial.

PARTE 9: ADMINISTRACIÓN DE BIENES

 

  1. Los bienes del Instituto son bienes de la Iglesia. Por lo tanto en su administración debe regirse por el derecho canónico, por estas normas y por las otras disposiciones del derecho propio. El Instituto, como persona jurídica[351], goza según la norma universal de la Iglesia del derecho de comprar, poseer, administrar y vender bienes temporales[352].
  2. El responsable último de la administración de todos los bienes de la Congregación es el Superior general.
  3. Todos los bienes del Instituto son administrados por el Ecónomo general que actúa en dependencia del Superior general.
  4. Los bienes del Instituto, en las Provincias y en las casas, son administrados por los Ecónomos respectivos, bajo la responsabilidad del Superior inmediato, a quien mantendrán informado de todos los asuntos de su competencia[353].
  5. Los Ecónomos han de rendir cuentas regularmente de su administración a su Superior correspondiente.
  6. Para la adquisición de recursos se deberán adoptar aquellos medios que sean conformes a la vida del Instituto, según se determina en el Reglamento de administración.
  7. Para la validez de cualquier acto de disposición o de administración que grave significativamente al Instituto habrá de pedirse el consentimiento por escrito del Superior general.
  8. Se ha “de evitar cualquier apariencia de lujo, lucro inmoderado y acumulación de bie­nes”[354].
  9. Se ha de destinar, en la medida de lo posible, algo para las necesidades de la Iglesia y para el sustento de los pobres[355].

PARTE 10: SEPARACIÓN DEL INSTITUTO

  1. En caso de separación del Instituto se siguen las normas del derecho común:
  2. Del tránsito a otro Instituto: CIC, cc. 684-685.
  3. De la salida del Instituto: CIC, cc. 686-693.
  4. De la expulsión de los miembros: CIC, cc. 694-704.

PARTE 11: LA OBLIGACIÓN DE OBSERVAR LAS CONSTITUCIONES
 

  1. Todos los miembros de nuestro Instituto no sólo deben cumplir con la mayor perfección posible los consejos evangélicos y la entrega a Jesús por María, sino también “ordenar su vida según el derecho propio del Instituto y esforzarse así por alcanzar la perfección de su estado”[356].
  2. Forman parte del derecho propio del Instituto las Constituciones legadas por el Padre Fundador; los Directorios, que contienen normas subsidiarias y prácticas, aplicativas de las Constituciones; los Reglamentos, las normas y documentos capitulares; las disposiciones ejecutivas de los Superiores; las tradiciones, sanas costumbres y documentos propios.
  3. Que la Santísima Virgen nos ayude a todos a alcanzar al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo.

    “Dios solo”[357].

     

[1] Lumen Gentium, 8.

[2] Lumen Gentium, 31.

[3] Lumen Gentium, 44.

[4] San Juan Pablo II, Discurso al Consejo de la Unión de Superiores generales (26/11/1979), 2; OR (23/12/1979), 13.

[5] Cf. Flp 2,7-8; Perfectae Caritatis, 5.

[6] Cf. San Juan Pablo II, Mensaje al mundo de la cultura y a los empresarios en el Seminario Santo Toribio de Mogrovejo, Lima (15/5/1988).

[7] En especial: Gaudium et Spes, 53-62; Evangelii Nuntiandi, 20; Catechesi Tradendae, 53; etc.

[8] Discurso a la Pontificia Comisión Bíblica (26/4/1979); OR (12/8/1979), 11.

[9] Cf. 1 Co 10,4.

[10] Santa Isabel de la Trinidad, Elevaciones, Elevación 34.

[11] Misal Romano, Credo; Dz 7.

[12] Cf. Jn 17,16.

[13] Cf. Mt 16,24.

[14] Cf. Jn 17,11.

[15] San Ireneo, citado en el Documento de Puebla, 400.

[16] Documento de Puebla, 400. 469.

[17] Cf. Lumen Gentium, 31.

[18] Cf. Jn 6,68.

[19] Cf. Flp 2,7.

[20] Cf. Jn 1,14.

[21] Cf. Hb 1,6.

[22] Redemptor Hominis, 13; Dives in Misericordia, 1.

[23] Gaudium et Spes, 22.

[24] Cf. 1 P 1,9.

[25] Cf. Ga 4,19.

[26] Cf. Ro 8,9.

[27] San Buenaventura (inter opera), Psalt. maius, Canticum ad instar illius, Is 12 (Opera omnia, Vivés, París 1868, t. 14, 221º b); San Luis María Grignion de Montfort, Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, 216; Lema episcopal de San Juan Pablo II.

[28] Cf. CIC, can. 588 § 2.

[29] Cf. CIC, can. 598 § 2.

[30] Cf. CIC, can. 677.

[31] CIC, can. 577.

[32] San Juan Pablo II, Discurso a los Superiores generales de Órdenes y Congregaciones religiosas (24/11/1978), 4; OR (3/12/1978), 10.

[33] Cf. CIC, Normas comunes a todos los Institutos de vida consagrada, cc. 573-606.

[34] Cf. CIC, can. 573.

[35] Cf. CIC, De los Institutos religiosos, cc. 607-709.

[36] Cf. CIC, can. 607.

[37] Evangelii Nuntiandi, 19.

[38] San Juan Pablo II, Constitución Apostólica Sapientia christiana, sobre las Universidades y Facultades Eclesiásticas (15/4/1979), 1; OR (3/6/1979), 7.

[39] Gaudium et Spes, 43.

[40] Ecclesiam Suam, 14.

[41] Segunda parte, 2, 53-62.

[42] Cf. Evangelii Nuntiandi, 20.

[43] Cf. Catechesi Tradendae, 53.

[44] Discurso a la Organización de las Naciones Unidas para la educación, la ciencia y la cultura (2/6/1980); OR (15/6/1980), 11-14.

[45] Cf. Alocución a los obispos del Zaire reunidos en Kins­hasa (3/5/1980), 4-6; OR (11/5/1980), 6-7; Discurso a la Conferen­cia Episcopal de Kenia, Nairobi (7/5/1980), 6; OR (18/5/1980), 13-14; Alocución a los obispos en la Catedral de Delhi, India (1/2/1986), 5; OR (9/2/1986), 4-5; Alocución a los fieles durante la Celebración de la Palabra en el cam­po de Chambacú, Cartagena, Colombia (6/7/1986), 7-8; OR (20/7/1986), 11-12.

[46] Cf. 385-443.

[47] Santa Isabel de la Trinidad, Elevaciones, Elevación 33.

[48] San Juan Crisóstomo, In Matt. hom., II, 3.

[49] San Juan Pablo II, Discurso a los hombres de la cultura con ocasión del jubileo de la Redención (15/12/1983), 3; OR (25/12/1983), 6.

[50] Santo Tomás de Aquino, S. Th., I, 34, 3.

[51] Cf. Ro 8,21.

[52] Cf. CIC, can. 578.

[53] Evangelii Nuntiandi, 22.

[54] Cf. Gn 1,26.

[55] Cf. Sal 89,1.

[56] San Agustín, De Trinitate, XIII, 9.

[57] Cf. Jn 15,5.

[58] Cf. Jn 14,6.

[59] Lumen Gentium, 1.

[60] San Juan Pablo II, Alocución, en la visita al Pontificio Ateneo Antonianum de Roma, a los profesores y alumnos (16/1/1982), 5; OR (31/1/1982), 19.

[61] San Juan Pablo II, Alocución Dominical (6/9/1981), 1; OR (13/9/1981), 1.

[62] San Juan Pablo II, Alocución Dominical (2/8/1981), 2; OR (9/8/1981), 1.

[63] “Lo que no fue tomado tampoco fue redimido”: cf. Ad Gentes, 3, nota 15.

[64] Cf. Lc 2,51.

[65] Cf. Lc 2,42.

[66] Cf. Lumen Gentium, 44.

[67] San Gregorio Magno, In Evang., 1, 3; PL 76, 1089.

[68] Cf. Santo Tomás de Aquino, S. Th., II-II, 186, 7.

[69] Cf. 1 Jn 2,16.

[70] San Ambrosio, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas, IV, 35.

[71] Cf. Mt 6,1-4.

[72] Cf. Mt 6,16-18.

[73] Cf. Mt 6,5-13.

[74] Santo Tomás de Aquino, S. Th., II-II, 83, 3.

[75] Cf. CIC, can. 599.

[76] Evangelica Testificatio, 13.

[77] Cf. 1 Co 7.

[78] Cf. Jn 14,6.

[79] Cf. 1 P 2,21.

[80] San Jerónimo, epístola 125, Ad Rusticum monachum; PL 22, 1085.

[81] Cf. CIC, can. 600.

[82] Santo Tomás de Aquino, S. Th., II-II, 186, 3 ad 2.

[83] Cf. Mt 6,25-34.

[84] Santo Tomás de Aquino, S. Th., III, 40, 3 ad 3.

[85] Santa Teresa de Jesús, Camino de Perfección, 2, 5.

[86] San Bernardo, Vitis mystica, 2.

[87] Tomás de Celano, Vida de San Francisco. Vida Segunda, BAC, Madrid 1975, 375.

[88] Subida del Monte Carmelo, II, 5, 7.

[89] San Juan de la Cruz, Dichos de luz y amor, 143.

[90] San Juan de la Cruz, ms 12738 de la Biblioteca Nacional, Madrid.

[91] San Juan de la Cruz, Monte de Perfección, en Obras Completas, BAC, Madrid 1982, 74.

[92] Fray Jerónimo de Mendieta, Historia Eclesiástica Indiana, México 1945, III, 9.

[93] Cf. CIC, can. 668.

[94] Cf. CIC, can. 670.

[95] Cf. Flp 2,8.

[96] Santo Tomás de Aquino, Comentario a la epístola de San Pablo a los Hebreos, ed. Marietti, núm. 259.

[97] Cf. CIC, can. 601.

[98] Cf. Santo Tomás de Aquino, S. Th., II-II, 186, 8.

[99] Tomás de Kempis, Imitación de Cristo, I, 9.

[100] Ibidem, III, 13.

[101] San Luis Orione, “Carta sobre la obediencia a los religiosos de la Pequeña Obra de la Divina Providencia. Epifanía de 1935”, en Cartas de Don Orione, ed. Pío XII, Mar del Plata 1952.

[102] Cautelas, 12: Segunda cautela contra el demonio.

[103] Reglas o constituciones de la Sociedad de San Francisco de Sales, VIII.

[104] Tratado del amor de Dios, VI, 13.

[105] Cf. CIC, can. 678.

[106] Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, 70. 72.

[107] Cf. Ga 3,27.

[108] Speculum Beatae Mariae Virginis, lect. III, 5.

[109] Cit. en André Frossard, No tengáis miedo, Plaza y Janes, Barcelona 1982, 131-132.

[110] Cf. Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, 121-125.

[111] Ibidem, 47.

[112] Cf. San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, [46].

[113] Cf. Lc 1,49.

[114] Lumen Gentium, 65.

[115] Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, 265.

[116] Cf. F. Cervós, Vida del angélico joven San Juan Berchmans, Madrid 1920, 150: “Mea maxima poenitentia vita communis.

[117] Cf. 1 P 1,22.

[118] Lumen Gentium, 11.

[119] Haerent Animo, 5.

[120] Homilía durante la Misa celebrada en la plaza de Concordia (26/5/1985), 1: OR (7/7/1985), 7.

[121] San Benito, Santa Regla, XXXI, 19.

[122] San Benito, Santa Regla, LXXII, 1-12.

[123] Tertuliano, Apologética; PL 1, 534.

[124] Marco Minucio Félix, Octavius; PL 3, 289.

[125] Cf. 2 Co 11,26.

[126] Cf. 1 Jn 2,19.

[127] Santo Tomás de Aquino, S. Th., II-II, 23, 2 ad 2.

[128] Cf. Mt 26,41.

[129] San Agustín, Confesiones, XIII, 9, 10.

[130] San Agustín, Confesiones, III, 6, 11.

[131] Cf. Regla de las Hijas de la Sabiduría, 254. 256-258. 261. 263.

[132] San Francisco de Asís, Escritos, Casa Editrice Franciscana, Porziuncola, Asís 1984, 33.

[133] Cf. 1 Tm 5,1.

[134] Cf. Mt 18,15-17.

[135] San Clemente Romano, Carta a los Corintios, 50, 1.

[136] Santo Tomás de Aquino, S. Th., I, 103, 3.

[137] Comentario al evangelio de San Mateo, ed. Marietti, núm. 429.

[138] Cf. Constituciones de la Compañía de Jesús, VIII, 3.

[139] San José de Calasanz, Vida, 31, sentencia 46.

[140] Cf. San Juan de Ávila, “Carta a Fray Luis de Granada”, en Obras completas, BAC, Madrid 1970, t. V, 20-21.

[141] San Juan de Ávila, “Memorial segundo al Concilio de Trento”, en Obras completas, t. VI, 92.

[142] Cf. San Francisco de Asís, Florecillas, I, 28.

[143] Cf. Mt 7,3-5.

[144] San Luis María Grignion de Montfort, Carta circular a los Amigos de la Cruz, 48.

[145] Cf. Is 59,5.

[146] Cf. Mt 26,31.

[147] Pastores Dabo Vobis, 43.

[148] Cf. Optatam Totius, 11; Presbyterorum Ordinis, 3; Ratio Fundamentalis, 51; Pastores Dabo Vobis, 43.

[149] Cf. 1 Tm 3,1-5; Tt 1,7-9.

[150] Cf. Redemptor Hominis, 10.

[151] Cf. CIC, can. 663.

[152] Cf. CIC, can. 630.

[153] Sacrosanctum Concilium, 10.

[154] Ibidem.

[155] Laudis Canticum, pról.

[156] Sacrosanctum Concilium, 83.

[157] Ibidem, 90.

[158] Ibidem, 85.

[159] Laudis Canticum, pról.

[160] Ibidem, 8; cf. San Agustín, Enarraciones sobre los salmos, LXXXV, 1.

[161] San Pedro Julián Eymard, Obras eucarísticas, ed. Eucaristía, 1963, 763-764.

[162] San Luis María Grignion de Montfort, El secreto admirable del Santísimo Rosario, 68.

[163] Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, 250-251.

[164] Pío XII, Carta al arzobispo de Manila Philippinas Insulas; AAS 38 (1946).

[165] Marialis Cultus, 46.

[166] Ibidem, 41.

[167] San Juan Pablo II, Homilía en la Misa de la presentación de la Encíclica Laborem Exercens (13/9/1982); OR (20/9/1981), 2.

[168] San Juan Pablo II, Discurso en Italia a los participantes en el simposio internacional celebrado con ocasión del 350º aniversario de la publicación de los “Diálogos sobre los dos máximos sistemas del mundo” de Galileo Galilei (9/5/1983), 8; OR (7/8/1983), 2.

[169] Confesiones, V, 3, 5.

[170] Cf. CIC, can. 665.

[171] Cf. CIC, can. 665.

[172] Cf. CIC, can. 665.

[173] Cf. CIC, can. 686.

[174] Cf. CIC, can. 696 § 1.

[175] Cf. CIC, can. 666.

[176] Cf. CIC, can. 667.

[177] Cf. CIC, can. 669 § 1.

[178] San Juan Pablo II, Carta al Card. Ugo Poletti, Vicario general para la diócesis de Roma (8/9/1982); OR (24/10/1982), 5.

[179] Ibidem.

[180] Ibidem.

[181] Cf. San Francisco de Asís, Florecillas.

[182] Pastores Dabo Vobis, 57.

[183] San Juan Pablo II, Alocución en Roma a la Unión internacional de Superiores generales (22/5/1986), 4; OR (12/10/1986), 21.

[184] Cf. Lc 5,4.

[185] Santa Catalina de Siena, Carta I a Gregorio XI.

[186] Redemptoris Missio, 23.

[187] Ibidem, 18.

[188] Cf. Dominum et Vivificantem, 42.

[189] Cf. Redemptoris Missio, 35.

[190] Cf. Jn 16,13.

[191] Redemptoris Missio, 46.

[192] Ibidem, 23.

[193] Ibidem, 42.

[194] Cf. Ef 3,19.

[195] Evangelii Nuntiandi, 27.

[196] Redemptoris Missio, 37.

[197] Ibidem.

[198] Ibidem, 38.

[199] San Luis Orione, “Saludo natalicio de 1934”, en Camino con Don Orione, ed. Provincia Nuestra Señora de la Guardia, 1974, t. I, 96.

[200] San Pablo VI, Homilía en el rito de clausura del Año Santo (25/12/1975); AAS 68 (1976), 145.

[201] Cf. CIC, can. 677.

[202] Cf. CIC, can. 251.

[203] Quodl., I, 7, 2.

[204] Cf. Sacrosanctum Concilium, 11. 48; Christus Dominus, 30.

[205] San Gregorio Magno, Regla Pastoral, spec. parte III; San Luis María Grignion de Montfort, Regla de los sacerdotes misioneros de la Compañía de María, 50-65; San Alfonso María de Ligorio, “Carta a un religioso, amigo suyo”; “Carta a un Obispo nuevo” y “Sermones abreviados”, en Obras ascéticas, t. II, BAC, Madrid 1954, 335ss., 379ss. y 465ss.; San Antonio María Claret, Método de misionar en las aldeas o campos y arrabales de las ciudades y Carta al misionero Teófilo; Imago Ecclesiae, 557a y 169; San Juan Pablo II, Discurso a los participantes en el Congreso Nacional Italiano sobre el tema “Misiones al pueblo para los años 80” (6/2/1981); OR (8/3/1981), 2.

[206] San Agustín, Sermones, 288, 4: “Omnis homo annuntiator Verbi, vox Verbi est”.

[207] Cf. Constituciones de la Compañía de Jesús, VII, 2.

[208] Cf. Col 1,24.

[209] Cf. Pastores Dabo Vobis, 42-59.

[210] Ibidem, 43.

[211] Libro de la Vida, III, 5.

[212] Pastores Dabo Vobis, 43.

[213] Ibidem; cf. Potissimum Institutioni, 29.

[214] Cf. Summa contra gentiles, III, 63.

[215] Divini Illius Magistri, 102.

[216] Pastores Dabo Vobis, 45.

[217] Optatam Totius, 8.

[218] Cf. Pastores Dabo Vobis, 46.

[219] San Juan Pablo II, Discurso a los profesores y alumnos del Instituto Católico (1/6/1980), 4; OR (8/6/1980), 10.

[220] Cf. Optatam Totius, 8; Pastores Dabo Vobis, 46ss.

[221] Cf. Pastores Dabo Vobis, 47.

[222] San Agustín, Sermones, 179, 1; PL 38, 966; Dei Verbum, 15.

[223] Pastores Dabo Vobis, 47.

[224] Cf. Potissimum Institutioni, 19.

[225] Sacrosanctum Concilium, 48.

[226] Ibidem, 14.

[227] Cf. Presbyterorum Ordinis, 13.

[228] Pastores Dabo Vobis, 48.

[229] Cf. Ibidem.

[230] Ibidem.

[231] Ibidem, 49.

[232] Ibidem.

[233] Optatam Totius, 9.

[234] Cf. Potissimum Institutioni, 16.

[235] Cf. San Juan de Ávila, “Plática a las monjas de Santa Clara de Montilla”, en Obras completas, t. III, 465.

[236] 1 Co 15,21-22.

[237]Cum Petro et sub Petro”: Ad Gentes, 38.

[238] Cf. Nm 18,24; Gn 47,26; San Juan de Ávila, “Sermones de santos”, en Obras completas, t. III, 230; cita a San Vicente Ferrer, Opusculum de fine mundi.

[239] San Juan de Ávila, “Epistolario. Carta 20”, en Obras completas, t. V, 149-150.

[240] San Juan de la Cruz, Dichos de luz y amor, 26; BAC, Madrid 1982, 45.

[241] En la versión de la Vulgata.

[242] Santo Tomás de Aquino, Comentario a la epístola de San Pablo a los Efesios, ed. Marietti, t. 2, núm. 342.

[243] Carta a Diogneto, V, 4.

[244] Pastores Dabo Vobis, 51.

[245] Ibidem, 52.

[246] Cf. Ibidem.

[247] Credo del Pueblo de Dios, 5.

[248] Ibidem.

[249] De Trinitate, XV, 28; CCL 50/A, 534.

[250] San Jerónimo, Comentario a Isaías, pról.

[251] Cf. Optatam Totius, 16.

[252] San Juan Pablo II, Discurso al Consejo internacional de los Equipos de Nuestra Señora (17/9/1979); OR (30/9/1979), 8.

[253] Pastores Dabo Vobis, 53.

[254] Cf. In Lib. Boetii de Trinitate, V, 4, ad 8; cf. Pastores Dabo Vobis, 53.

[255] Cf. In I Sent. 1, 1, 1.

[256] Pastores Dabo Vobis, 53.

[257] Itinerarium mentis in Deum, pról., 4.

[258] Pastores Dabo Vobis, 54.

[259] Cf. Ad Gentes, 22.

[260] Cf. Pastores Dabo Vobis, 54.

[261] Cf. Optatam Totius, 16.

[262] CIC, can. 252 § 3.

[263] Juan XXII, Alocución en el Consistorio (14/7/1323).

[264] Cardenal Cayetano, In secundam secundae, 148, 4 in fine; cit. Aeterni Patris, 10.

[265] Fausto Appetente Die, 4b.

[266] San Pío V, Bula Mirabilis Deus (11/4/1567); cf. Aeterni Patris, 13.

[267] CIC, can. 251.

[268] Pastores Dabo Vobis, 57; cf. Optatam Totius, 4.

[269] Cf. Pastores Dabo Vobis, 58.

[270] San Juan de Ávila, “Sermones. Domingo III post Pentecostés”, en Obras completas, t. III, 297.

[271] San Juan de Ávila, “Sermones. Fiesta de San Nicolás”, en Obras completas, t. III, 230.

[272] San Luis María Grignion de Montfort, Súplica ardiente para pedir misioneros (Oración abrasada), 22.

[273] Ratio Fundamentalis, 11.

[274] Renovationis Causam, 4.

[275] Pastores Dabo Vobis, 63.

[276] Comentario al Evangelio de San Juan, ed. Marietti, núm. 2639; Pastores Dabo Vobis, 63.

[277] Optatam Totius, 3.

[278] Ibidem.

[279] Ratio Fundamentalis, 14.

[280] Optatam Totius, 3.

[281] Carta sobre Formación Espiritual, 1, f.

[282] Cf. Potissimum Institutioni, 42-44.

[283] Renovationis Causam, nota 7; cf. CIC, can. 642.

[284] CIC, can. 597 § 2.

[285] CIC, can. 646.

[286] Para los mismos han de tenerse en cuenta las normas universales del Derecho Canónico; cf. cc. 641-645.

[287] CIC, can. 653 § 1.

[288] Cf. CIC, can. 651 § 2.

[289] Cf. CIC, cc. 646, 652; Potissimum Institutioni, 45-53.

[290] Cf. CIC, can. 653 § 2.

[291] Cf. CIC, can. 658, 2.

[292] CIC, can. 659 §§ 1-2.

[293] Cf. Potissimum Institutioni, 66-68; CIC, can. 661.

[294] Cf. Pastores Dabo Vobis, 70.

[295] Cf. CIC, can. 253 § 1.

[296] Cf. CIC, can. 660 § 1.

[297] San Juan Pablo II, Homilía durante el rezo de Vísperas en el Colegio Capránica de Roma (21/1/1992), 5; OR (31/1/1992), 9.

[298] San Juan Pablo II, Discurso al Pontificio Colegio Norteamericano de Roma con motivo del 125º aniversario de su fundación (15/10/1984), 2; OR (2/12/1984), 17.

[299] Ibidem.

[300] Benigna Hominum Parens; cit. por San Juan Pablo II, Discurso al Pontificio Colegio Armenio de Roma (7/7/1984), OR (9/12/1984), 13.

[301] San Juan Pablo II, Alocución a los alumnos y ex-alumnos del Colegio Capránica de Roma (21/1/1983), 6; OR (10/4/1983), 11.

[302] San Agustín, De dono perseverantiae, 20, 53.

[303] Cf. Potissimum Institutioni, 30-32.

[304] Cf. CIC, can. 690 § 1.

[305] CIC, can. 303.

[306] Cf. CIC, can. 725.

[307] Cf. CIC, can. 194.

[308] Cf. CIC, cc. 168-172.

[309] Cf. CIC, can. 119, 1º.

[310] Cf. CIC, can. 177.

[311] Cf. CIC, can. 631 § 1.

[312] Cf. CIC, can. 595 § 1.

[313] Cf. CIC, can. 587 § 4.

[314] Cf. CIC, can. 581.

[315] Cf. CIC, can. 585.

[316] Cf. CIC, can. 598 § 1.

[317] Cf. CIC, can. 631 §§ 1; 3.

[318] Cf. CIC, can. 623.

[319] Cf. Dt 1,17. 16,19; St 2,9.

[320] Cf. CIC, can. 137 y concordantes.

[321] Cf. CIC, can. 832.

[322] Cf. CIC, can. 85.

[323] Cf. CIC, cc. 91 y 136.

[324] Cf. CIC, can. 90 y concordantes.

[325] Cf. CIC, can. 194.

[326] Cf. CIC, can. 194.

[327] Cf. CIC, can. 636.

[328] Cf. CIC, can. 127 § 1.

[329] Cf. CIC, can. 699 § 1.

[330] Cf. CIC, can. 625 § 3.

[331] Cf. CIC, cc. 609 § 1; 610; 616, § 1.

[332] Cf. CIC, can. 647 § 1.

[333] Cf. CIC, cc. 585 y 616 § 1.

[334] Cf. CIC, can. 638 § 3.

[335] Cf. CIC, can. 647 § 2.

[336] Cf. CIC, can. 684 § 1.

[337] Cf. CIC, can. 686 §§ 1; 3.

[338] Cf. CIC, can. 688 § 2.

[339] Cf. CIC, can. 690 § 1.

[340] Cf. CIC, can. 127 § 1.

[341] Cf. CIC, can. 127 § 1.

[342] Cf. CIC, can. 127 § 2.

[343] Cf. CIC, can. 657 § 2.

[344] Cf. CIC, can. 689 § 1.

[345] Cf. CIC, can. 665 § 1; cf. nn. [148-151].

[346] Cf. CIC, can. 668 § 2.

[347] Cf. CIC, can. 610.

[348] Cf. CIC, can. 625 § 3.

[349] Cf. CIC, can. 625 § 3.

[350] Cf. CIC, can. 627 § 1.

[351] Cf. CIC, can. 113 § 2.

[352] Cf. CIC, cc. 634 § 1; 1255.

[353] Cf. CIC, cc. 668-695.

[354] CIC, can. 634.

[355] Cf. CIC, can. 640.

[356] CIC, can. 598 § 2.

[357] Dt 32,39.

Constituciones

Contenido

Otras
publicaciones

Otras
publicaciones

Otras
publicaciones